Se va el amor,
se va sin decir nada.
Queda el recuerdo,
la intimidad del beso;
y una calle sin pasos.

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Biografía
Rubem Fonseca (Juiz de Fora, Minas Gerais, 11 de mayo de 1925) es un escritor y guionista de cine brasileño. Estudió Derecho y se especializó en Derecho Penal. A pesar de su amplio reconocimiento como escritor, no fue hasta los 38 años de edad que decidió dedicarse de lleno a la literatura. Antes de ser escritor de tiempo completo, ejerció varias actividades, entre ellas la de abogado litigante. En 2003, ganó el Premio Camões, el más prestigiado galardón literario para la lengua portuguesa, una especie de Nobel para escritores lusos, en 2004 recibió el Premio Konex Mercosur a las Letras, y en 2012 el Premio Iberoamericano de Narrativa «Manuel Rojas».
Al parecer Rubem Fonseca prefiere pensar que un escritor puede decir todo lo que a él le parezca importante, independientemente de lo que los lectores puedan opinar al respecto, pero siempre a través de sus obras y no como personaje público que dicta sentencias en cuanto tiene un micrófono enfrente. Él mismo me comentó después que John Updike le había dicho alguna vez que la fama es como una máscara que los hombres suelen ponerse, y que resulta peligrosa porque devora el rostro original, le impone gestos, niega la identidad de quien se la ha echado encima.
Las obras de Rubem Fonseca generalmente retratan, en estilo seco, áspero y directo, la lujuria sexual y la violencia humana, en un mundo donde marginales, asesinos, prostitutas, delegados y pobres se mezclan. Fonseca dice que un escritor debe tener el coraje para mostrar lo que la mayoría de la gente teme decir. La historia a través de la ficción es también una marca de Rubem Fonseca, como en las novelas Agosto (su libro más famoso) en la que retrata las conspiraciones que resultaron en el suicidio de Getúlio Vargas, y en El Salvaje de la Ópera en la que narra la vida de Carlos Gomes, o aún sobre la obra La Caballería roja, libro de Isaac Babel retratado en Vastas Emociones y Pensamientos Imperfectos. Casi todos los autores brasileños contemporáneos reconocen la importancia de Fonseca, y algunos de la nueva generación, tales como Patrícia Melo o Luis Ruffato, dicen que es una gran influencia.

Los relatos de Rubem Fonseca no dejan indiferente. Si en su obra maestra “El cobrador” es la furia del pobre, aquí son dos personajes aparentemente desvitalizados y sin embargo llenos de vida
En mi caso, me despierta el ruido causado por el movimiento de gases en los intestinos, pero hay gente que no advierte esa señal prodrómica – mi mujer dice que eso no es una enfermedad, y no siendo una enfermedad no tiene elementos precursores, como el aviso que recibe un epiléptico momentos antes de que se desencadene el ataque, como ocurría con nuestro hijo, Dios le tenga en la gloria, pero mi mujer se empeña en llevarme la contraria en todo lo que digo, en hostilizarme constantemente, ese es el pasatiempo de su vida -, pero decía yo que mi flatulencia se anuncia con esos ruidos de los gases desplazándose en el abdomen, y eso me permite, casi siempre, una retirada estratégica para ir a expeler los gases lejos de los oídos y narices de los otros.
Por otra parte, prefiero hacer eso aislado, pues los gases, al ser expulsados, me proporcionan un gran placer que se manifiesta en mi rostro, eso lo sé, pues la mayor parte de las veces los libero en el baño, el mejor lugar para hacerlo, y puedo ver en mi rostro, reflejado en el espejo, una placentera expresión de alivio, el deleite provocado por esa esencia odorífera, y también cierta euforia cuando resultan muy ruidosos. Y, siendo en un ámbito cerrado, tengo otra emoción, tal vez más placentera, que es la de gozar con exclusividad de ese peculiar olor. Sí, sé que para la mayoría de la gente – desde luego, no para quien la soltó – el aroma de la flatulencia ajena es ofensiva y repugnante. Mi mujer, por ejemplo, cuando estamos en la cama y oye el barullo de mis intestinos, me grita, lárgate de aquí y vete a pedorrear lejos de mí, asqueroso. Salgo de la cama a la carrera y voy al cuarto de baño. En esas ocasiones, como he dicho ya, prefiero estar solo, y tras soltar los gases con la puerta cerrada, cuando ni siquiera he acabado de gozar la satisfacción que aquello me propicia, grita ella desde el cuarto, Dios santo, hasta aquí llega el hedor de ese pedorro, es que estas podrido, realmente.
El olor no es tan fuerte, a mi hasta me gustaría que fuese más intenso, pues me daría aún más placer, pero a veces es tan suave que tengo que inclinarme y olfatear con las narices casi pegadas a la barriga para sentir el aroma desprendido de la ventosidad; pero, incluso así, en esos días, ella grita insultos desde el dormitorio, como si un olor tan suave pudiera hacer un recorrido tan largo sin desvanecerse por el camino. Otro día, en la cena, por otra parte eso ocurre casi todos los días, al repetir el plato de judías, ella me dijo, come más, llena las tripas, así soltarás más fuertes los pedos, pero lo mismo dice si repito las judías al mediodía, soy flaco y no consigo dejar de ser flaco coma lo que coma, ella es gorda, y no deja de ser gorda, pues vive a base de pastelillos, pudines de leche y mouse de chocolate, pero si soy yo el que repite el pudin o la mouse, me dice, te vas a pasar la noche soltando unos pedos de caballo, y por si fuera poco, me echa la culpa de su gordura, que es muy desgraciada y que come para compensar las frustraciones que le provoco, y tiene razón, pues no consigo cumplir mis obligaciones de marido por más que lo intento, y la verdad es que ya ni lo intento.
Podría irme de casa, pedir el divorcio, pero recuerdo lo que ella sufrió durante la enfermedad de nuestro hijo, creo que jamás hubo en el mundo madre más entregada, y empezó a engordar después de que se murió nuestro hijo, y a veces la sorprendo llorando con el retrato del hijo en la mano, no debo abandonarla en esta situación, no puedo ser tan desalmado y egoísta, y aún más porque, siendo como soy, delgado y elegante, podría encontrar otra mujer, pero ella nunca iba a poder encontrar otro hombre, y la soledad aumentaría aún más su sufrimiento, y ella al fin y al cabo es una buena mujer, no merece esto.
Estamos acostados, ella de espaldas a mi, pensé que estaba durmiendo, pero mis intestinos empezaron a gemir a borbotones y ella, sin volverse, gritó, Dios santo, que vida la mía, vete a soltar tus pedos al cuarto de baño, y yo fui, e hice lo que me mandó y contemplé en el espejo la felicidad que el estampido y el intenso olor grababan en mi rostro.



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convertía en una ciudad moderna, y las universidades se multiplicaban. Sin embargo, el campo se despoblaba, porque la reforma agraria se había detenido y aumentaba la marginación de los desposeídos.
Tomado de Fb


DECÁLOGO DEL ESCRITOR DE MINICUENTOS
Biografía
¿Quién fue José de la Colina? Nacido en Santander, España, el 29 de marzo de 1934, José de la Colina vivido exiliado en Francia y Bélgica con sus hermanos y madre, mientras su padre combatía en la Guerra Civil Española. Tras el fin de la Guerra Civil, su familia viajó a la República Dominicana y Cuba, antes de hacer su parada final en México, donde vivió desde 1940. Estudió la primaria en el Colegio Madrid y cursó un año en prevocacional en el Instituto Politécnico Nacional. Después de las exigencias de su padre, José de la Colina, con tan sólo 13 años, fungió como guionista para un programa de radio de la XEQ llamado La legión de los madrugadores. En XEX continuó escribiendo programas radiofónicos hasta los 17 años. A los 18 años dio el paso al periodismo, convirtiéndose en crítico de cine.
José de la Colina publicó Cuentos para vencer a la muerte en 1955, siendo este su primer libro y su entrada de lleno a la literatura. En 1959 la Universidad Veracruzana publicó su siguiente libro Ven, caballo gris y en 1962, la universidad publicó La lucha con la pantera. Fue amigo e interlocutor de Luis Buñuel y parte del círculo cercano de Octavio Paz, quien en numerosas ocasiones exaltó la alta calidad de su prosa. Muchos de sus trabajos literarios fueron llevados al cine por el realizador Paul Leduc. Además de su labor como escritor, fue fundador y colaborador de Milenio Diario, donde escribió su columna Inmortales del momento, por muchos años. En la actualidad escribía para el suplemento Laberinto. El escritor también dirigió Contrechamp y Positif, Ideas de México, La Cultura en México, La Nouvelle Revue Francaise, La Palabra y El Hombre, Le Chanteau du Verre, Letras Libres, México en la Cultura, entre otras publicaciones. También fue miembro del consejo de redacción de las revistas Nuevo Cine, Plural, Revista Mexicana de Literatura y Vuelta. José de la Colina fue Premio Nacional de Periodismo Cultural 1984 por El Semanario Cultural de Novedades, Premio Mazatlán de Literatura 2002 por Libertades imaginarias. En 2005 recibió el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, dentro del marco de la FIL de Guadalajara. Ganó la Medalla de Bellas Artes en 2009 y el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2013 por De libertades fantasmas o de la literatura como juego. https://www.milenio.com/cultura/jose-de-la-colina-quien-fue-y-biografia
Cursaba la preparatoria y le pregunté al subdirector: ¿si escribiese un libro, podría tener apoyo de la escuela para publicarlo? —me miro con sus ojos saltones y acomodándose los lentes con el dedo meñique me contestó:
—Claro Rubén, faltaba menos, veríamos cómo. Sería grato que la escuela contase con un escritor tan joven. —Sonreí, ese era nuestro subdirector, amable, estudioso. en cambio, el director apestaba. Por la noche anexé a mi autoría dos poemas más… han pasado más de cincuenta años y pareciera que solo son cinco minutos. Ya se fue quién me prometió la impresión y aún sigo espulgando textos.
Me río. Él maestro sabía lo complicado que es el proceso de hacer un libro, imprimirlo, promocionarlo y llevarlo a las vitrinas de las librerías. Sólo fue una mentira piadosa, que nunca he olvidado y que llevaré a la realidad. Algunas de mis historias forman parte de antologías, pero yo no he hecho un libro. Me inspira temor, respeto. No aspiro más, a que el lector diga: está bien.


Por razones de fuerza mayor (llámese SEO) permíteme copiar el texto que has leído en la imagen. No hace falta que lo leas de nuevo, puedes pasar al final.
El cuento de los tres párrafos
Había una vez un párrafo tan largo que exigía a los lectores un esfuerzo constante para mantener la atención, porque, a pesar de hacer un uso correcto de la puntuación, no había variedad en su estructura y, como una gigantesca cadena montañosa, cada vez que se llegaba al final de una coma, aparecía otra, y otra, y hasta en algún momento se llegó a especular si el susodicho párrafo tenía fin, aunque, por supuesto, nadie se atrevió a hacer públicas sus opiniones.
Qué cómico. Una oración así. Muy larga. Deberían prohibirlas. Concisión ante todo. Eso es universal. Todos lo entienden. La brevedad es querida. Más en estos tiempos. Tiempos acelerados. Comida rápida. Amor sin compromiso. Literatura chatarra. Da igual. Importa la acción. Que no aburra.
Cuando el tercer párrafo vio a sus pares, sonrió. Eran sus amigos. Del primero, le gustaba que era charlatán y, a la vez, expresivo. Pero cuando este se embalaba no había quien lo detenga; y al final, se volvía pesado. Del segundo, le gustaba la agilidad y su capacidad para contar acciones rápidas. Pero en su afán por escapar del aburrimiento, a través de tanta brevedad, el segundo párrafo se había vuelto monótono.
A pesar de sus errores y virtudes, a los tres párrafos les agradaba la presencia de sus amigos y valoraban la armonía con que se relacionaban.
“¿Qué longitud tienen tus oraciones? ¿Varían? ¿Son armoniosas las frases entre sí?
Aquí, no se trata de decir si las oraciones largas son mejores o peores que las cortas. La idea es encontrar qué es lo que funciona para tu historia. No hay reglas. O quizás la hay: que suene bien.
Piensa en la música, en sus melodías y silencios. Existen solo siete notas naturales y, con ellas, los músicos nos transportan a mundos épicos, románticos, clásicos, urbanos… Piensa como un director de orquesta que sabe cuando hay que dar pequeños y delicados golpes de triángulo y cuando se debe lanzar toda la caballería al ritmo de cajas y tambores.
Extracto del libro: 36 cuerdas para mejorar tu escritura y llegar a la cima.
Error común número 14: confundir «tan» y «tanto» con «muy» y «mucho»
Con frecuencia leemos y escuchamos proposiciones donde las palabras «tan» y «tanto» se emplean como si significaran exactamente lo mismo que «muy» y «mucho», sobre todo —pero no exclusivamente— cuando se trata de expresiones exclamativas. Ejemplos:
ⓧ¡Ella es tan inteligente!
ⓧ¡El año pasado gastamos tanto dinero!
Evidentemente, las palabras más adecuadas habrían sido «muy» y «mucho»:
☞ ¡Ella es muy inteligente!
☞ ¡El año pasado gastamos mucho dinero!
«Muy» se emplea antes de adjetivos y adverbios —asimismo antes de locuciones adjetivas y adverbiales— para «denotar un grado superlativo de significación» (DRAE): muy bueno, muy gastado, muy lejos…
«Mucho», como adjetivo, da a entender «abundante, o que excede a lo ordinario, regular o preciso» (DRAE): «Actualmente tenemos muchos problemas». Como adverbio, significa «con abundancia, en alto grado, en gran número o cantidad; más de lo regular, ordinario o preciso» (DRAE): «Este candidato habla mucho».
Por otro lado, «tan» y «tanto» no significan «muy» y «mucho». La primera pareja posee usos diversos, pero ninguno de ellos sustituye a «muy» y «mucho». Se entiende cómo pueden encimarse sus sentidos, y cómo pueden confundirse. «Tan» y «tanto», cuando su sentido está cerca de «muy» y «mucho», plantean la primera parte de una proposición bipartita: (a) y (b), como en estos dos ejemplos:
☞ ¡Te quiero tanto (a) que me casaría contigo mañana (b)!
☞ La economía ha sido tan dependiente de la exportación durante el último sexenio (a) que se ha desatendido el consumo interno (b).
«Tan» y «tanto» tienen otros sentidos y usos, por supuesto, pero cuando los usamos en lugar de «mucho» y «muy», es como si olvidáramos la segunda parte, las partes «b» de los dos ejemplos citados arriba:
ⓧ¡Te quiero tanto!
ⓧ La economía ha sido tan dependiente de la exportación durante el último sexenio.
¿Cuál es, entonces, el veredicto? La necesidad de emplear «tan» y «tanto» es real porque son opciones emotivas. No considero que, en sí, constituyan un «error» y que deberían evitarse totalmente en estructuras como las citadas, pero sí tengo una sugerencia en cuanto a la puntuación que deberíamos aplicar cuando los usamos en la escritura: si no incluimos la segunda parte de la expresión bipartita, es sumamente recomendable utilizar puntos suspensivos [ … ] para indicar que hemos elidido esa segunda parte:
☞ ¡Te quiero tanto…!
☞ La economía es tan dependiente…
fuente
Redacción sin dolor Sandro Cohen

