Kali decapitada de Margarita Yourcenar

Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India.

 Puede vérsela simultáneamente en el Norte y en el Sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su nombre. Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada en su cintura que los poetas que la cantan la comparan con una palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca es cálida, pronto se mira en el bronce de la noche como en la plata de la aurora o el cobre del crepúsculo, y se contempla en el oro del mediodía. Pero sus labios no han sonreído jamás; un collar de huesecillos rodea su alto cuellos y en sus rostros, más claro que el resto del cuerpo, sus grandes ojos son puros y tristes. El rostro de Kali, eternamente mojado por las lágrimas , está pálido y cubierto de rocío como la faz inquieta de la mañana.

  Kali es abyecta. Ha perdido su casta divina a fuerza de entregarse a los parias y a los condenados, y su rostro, al que besan los leprosos, se halla cubierto de una costra de astros. Se aprieta contra el pecho sarnoso de los camelleros procedentes del Norte, que nunca se lavan a causa de los grandes fríos; se acuesta en los lechos infectados de piojos con los mendigos ciegos; pasa de los brazos de los Brhamanes al abrazo de los miserables- raza fétida, deshonra de la luz- encargados de bañar los cadáveres; y Kali, tendida en la sombra piramidal de las hogueras, se abandona sobre las tibias cenizas. Ama así mismo a los barqueros, que son fuetes y ásperos; acepta hasta a los negros que sirven en los bazares, a quienes se azota más que a las bestias de carga; frota su cabeza contra sus hombros, cuajados de rozaduras por el ir y venir de los fardos. Triste como una enferma con fiebre que no consistiera encontrar agua fresca, va de pueblo en pueblo, de encrucijada en encrucijada, a la busca de los mismos monótonos deleites.

  Sus piececitos bailan frenéticamente, moviendo las ajorcas, que tintinean, pero sus ojos no cesan de llorar, su boca amarga nunca besa, sus pestañas no acarician las mejillas de los que la abrazan, y su rostro permanece eternamente pálido como una luna inmaculada.

Hace mucho tiempo, Kali, nenúfar de perfección, se sentaba en el trono de Indra como en el interior de un zafiro: los diamantes de la mañana brillaban en su mirada y el universo se contraía o se dilataba según los latidos de sus corazón.
  Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no conocía su pureza.

  Los dioses acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un chorro de sangre su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos por donde se arrastran y sollozan aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. Sopló un viento frío, condensó la claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas, semejantes a una ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.

   Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo llenos de humo por donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no cometieron. Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y negros cabellos se extendían alrededor como raíces flotantes.

  Recogieron piadosamente aquella cabeza exangüe y se pusieron a buscar el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron, colocaren la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.

  Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber intentado entorpecer las meditaciones de un joven Brahman. Sin sangre aquel cadáver parecía puro. La diosa y la cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.

   Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El cuerpo, al que le había unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama, de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías, acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. Se convirtió en seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como las comadrejas de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés, a Kapilavistu, de Bangalor a Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos límpidos continuaban llorando.

  Una mañana, en Benarés, Kali, borracha, haciendo muecas de cansancio, salió de la sala de las cortesanas. En el campo, un idiota que babeaba tranquilamente sentado en un montón de de estiércol se levantó al verla pasar y se echó a correr tras ella. Ya sólo le separaba de la diosa la longitud de su sombra. Kali aminoró el paso y dejó que el hombre se acercara.

Cuando él la dejo, emprendió de nuevo el camino hacia una ciudad desconocida. Un niño le pidió limosna; ella no le aviso que una serpiente dispuesta a morder entre dos piedras entre dos piedras. Sentía un gran furor contra todo ser viviente y al mismo tiempo un deseo atroz de aumentar con ello su sustancia, de aniquilar a las criaturas saciándose con ellas. Se la pudo ver en cuclillas junto a los cementerios; su boca masticaba los huesos como los dientes de las leonas. Mató como el insecto hembra que devora a sus machos; aplastó a los hijos que paría como una cerda que se revuelve contra su camada. Y a los que exterminaba, los remataba después bailando encima de ellos. Sus labios, maculados de sangre, exhalaban el mismo olor insípido de las carnicerías, pero sus abrazos consolaban sus víctimas y el calor de su pecho hacía olvidar todos sus males.

  En la linde del bosque, Kali tropezó con el Sabio.

  Se hallaba sentado, con las piernas cruzadas, con las palmas unidas, y su cuerpo descarnado estaba tan seco como la leña preparada para encender la hoguera: Nadie hubiera podido adivinar si era muy joven o muy viejo, sus ojos que todo lo percibían, apenas eran visibles por debajo de sus parpados medio cerrados. La luz se disponía en torno a él en forma de aureola, y Kali sintió subir de las profundidades de sí misma el presentimiento del gran descanso definitivo, parada de los mundos, liberación de los seres, día de bienaventuranza en que la vida y la muerte serían igualmente inútiles, edad en que todo se resorbe en Nada. Como si esa pura nada que acababa de concebir se estremeciera en ella a la manera de un futuro hijo.

   El Maestro de la gran compasión levantó la mano para bendecir a la que pasaba.

  -Mi cabeza fue soldada a la infamia- dijo ella-. Quiero y no quiero; sufro, y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir. 

 -Todos estamos incompletos- dijo el Sabio-. Todos nos hallamos divididos y somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y gozar desde hace siglos.

  -Yo fui Diosa en el cielo de Indra- dijo la cortesana.

 -Y tampoco estabas libre del encadenamiento de las cosas, y tu cuerpo de diamante no estaba mas resguardado de la desgracia que tu cuerpo de barro y carne. Tal vez, mujer sin ventura, al errar deshonrada por los caminos te hallás mas cerca de accede a lo que no tiene forma.

  -Estoy cansada- gimió la diosa.

  Entonces tocando las trenzas negras y manchadas de ceniza con las puntas de los dedos, dijo el Sabio:

 -El deseo te enseñó la inanidad del deseo; el arrepentimiento te enseño la inutilidad de arrepentirte. Ten paciencia, ¡Oh, Error!, del que todos formamos parte… ¡Oh imperfecta!, en quien la perfección toma conciencia de sí misma, ¡Oh, Furor!, que no eres necesariamente inmortal.
  

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Sobre el mar de nubes — El Blog de Arena

Alguna vez titulé una entrada en este blog con una frase que no es mía pero que me apropié de una vez y para siempre: «Para modernos, los clásicos». Fiel a ella por convicción y costumbre, encuentro en la lectura de aquellos textos que tienen más de algunos siglos encima una fuente inagotable […]

a través de Sobre el mar de nubes — El Blog de Arena

Consejos para escribir. E. A. Poe (1) Así lo interpreto, RGG

Conoce de antemano el final

Se breve

Tienes que saber de antemano el efecto que quieres conseguir

 

Cuando Edgar nos dice que seamos breves, tampoco nos dice que seamos lacónicos. Brevedad de ninguna manera quiere decir síntesis. Si a un cuento de mil palabras le restamos doscientas palabras y no altera la belleza y función de la prosa, nos habla de que dichas palabras estaban sobrando.

Tome un párrafo y trabaje con sustantivos, pode todo adjetivo y adverbio y si funciona que mejor, pero si no es así, piense muy bien que adjetivo o adverbio puede insertarse. De tal manera que al leerlo se distinga por claridad, sencillez y un aroma que su estilo le de.

Cuando Edgar Allan nos refiere que debemos de  conocer  de antemano el final. Algunos escritores, así lo hacen. Yo, no siempre conozco el final, algunas veces sí, pero no es seguro que lo escriba tal cual lo imaginé.

cuando Po  refiere que hay que saber de antemano el efecto que quieres conseguir, inmagino que se refiere a lo que dice David Olier:

«…Una vez que ya tienes tu tema, conviene que pienses en el efecto que quieres transmitir. No me estoy refiriendo a que pienses en su género (aunque conviene que tengas claro por dónde vas a ir), sino a que te preguntes si quieres asustar a tu lector, si quieres que se ría, hacer una crítica social que haga reflexionar a tu lector… O si quieres que se pregunte todo el rato qué es lo que pasa y mantenerle en vilo hasta el final.»

https://cabaltc.com/como-escribir-relato-corto

Su comentario es valioso, seguramente lo agradecerán los que se inician en el placer de escribir y escribir bien.

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Del Chōka al Haiku: Una muy breve incursión en la poesía japonesa por Arquímedes Ruiz Columbié

Quién pudiera ser poeta”
J.L. Borges
Todo para indicar que los especialistas en literatura japonesa disfrutan de una suerte sólo
reservada a muy pocos expertos: ellos conocen muy bien los años de sus primeras
publicaciones. Como ha ocurrido siempre, dicha literatura fue precedida por una oralitura
cuyos orígenes se pierden en el tiempo, pero hoy se puede asegurar que la primera
antología de poemas japoneses, el Manyōshū, fue publicada en el año 759 ne. Sólo dos
publicaciones precedieron a dicha antología: el Kojiki (712 ne), un compendio de
mitología, y un libro de crónicas llamado Nihon Shoki (720 ne). Pareciera que con la
publicación relativamente tardía de versos, aquella lejana literatura marcaba una
anticipada diferencia con la aún por descubrir literatura occidental.
Otro de los grandes contrastes entre la literatura occidental y su homóloga japonesa es la
presencia temprana en esta última de mujeres creadoras, pues como ya ha sido señalado
por diferentes autores (1)
, a pesar de la presencia en el Manyōshū de un número mayor de
hombres y un consecuente tono masculino, a lo largo de la historia posterior las autoras
lograron recuperarse de esa desventaja inicial y establecieron una fuerte impronta,
especialmente entre los siglos VIII y XII. Vale apuntar también que los hombres
2
presentes en la mencionada antología escribieron principalmente chōkas o poemas largos,
de cincuenta a cien versos, los cuales destacan por un tono externo, sin lugar para las
emociones y los asuntos íntimos. Por oposición, las poetisas mostraron poco interés por
el chōka, y preferíeron el tanka, un poema breve de cinco versos con métrica 5-7-5-7-7,
donde desplegaron su sensibilidad femenina. Los primeros tres versos del tanka, el
kaminoku o frase alta, evolucionaron eventualmente hacia lo que sería el haiku.
Por si fuera poco, un accidente de carácter socio-lingüístico parece haber producido aún
mayor extraneza en la evolución literaria del Nihon. Si bien la introducción del kanji o
caracteres de escritura china hizo posible el surgimiento en Japón de las obras escritas,
esto implicó también que muchos autores decidieran escribir en lengua china, lo cual fue
entonces considerado de buen gusto (algo semejante pasaba casi al unísono en Europa
con el uso del latín en detrimento de las lenguas “vulgares”). La alta sociedad nipona
decidió competir con la vecina civilización continental, algo que aún ocurre en nuestros
días aunque a la inversa, e impuso como norma y condición de ascenso la composición
literaria en lengua china. Todos sabemos que ese tipo de imposición tiende a empobrecer
al arte y a la literatura, los cuales sólo florecen en un ambiente de auténtica libertad. Los
autores que se ciñeron a dichas normas terminaron escribiendo obras eruditas aunque sin
energía, mientras que las mujeres, a las que entonces no se les exigía ninguna aspiración
social, se mantuvieron escribiendo en la lengua vernácula y lograron expresar con
naturalidad y belleza sus emociones y experiencias. Mientras los hombres insistían en
escribir en chino, las mujeres incluso aceptaron al kana (escritura silábica introducida en
el siglo IX), y salvaron a la literatura nacional de una decadencia irreversible a la que la
supeditación foránea irremediablemente hubiera llevado. Es el caso de las literaturas
coreana y vietnamita, donde lo vernáculo fue desplazado por la invasión cultural china (2)
.
Hay una grandeza y un caracter único en esa hazana cultural realizada por las escritoras
japonesas. Una hazana al parecer sin paralelos en la literatura occidental. En particular,
puede hablarse de una época de oro para las poetisa de la corte Heian, en el ya
mencionado período (siglos VIII al XII), cuando impusieron al tanka como la expresión
poética clásica genuinamente nacional, relegando el chōka al olvido. Está claro que la
brevedad intrínsica del tanka no permitía espacio para la elaboración de temas muy
profundos, y para esos menesteros los escritores parecieron preferir la prosa, pero en ese terreno también destacaron las novelistas, y como consecuencia la posición de las
mujeres alcanzó niveles sólo superados en años recientes. El régimen feudal japonés
(shogunato, finales del siglo XII hasta 1868) cerró el período Heian, y no es hasta la
Constitución de 1947, bajo la ocupación aliada, que a las mujeres se les restaura la
igualdad de derechos. No obstante, los ya mencionados siglos dorados marcaron para
siempre a sus obras con un sello femenino indiscutible donde la melancolía devino la
emoción primordial (al parecer en cinco versos de muy corta métrica no hay espacio para emociones más dolorosas). Un ejemplo extraído del Manyōshū pudiera ilustrar aún
mejor cuanto hasta ahora he intentado resumir (traducción al español del autor):
Kimi matsu to Esperándote
waga koioreba con enorme anhelo
waga yado no esas persianas
3
sudare ugokashi de mi ventana vibran
aki no kaze fuku. con el viento de otoño.
(autora: Princesa Nukada, 630- 690, “Pensando en el Emperador Tenji”)
Se puede descubrir de inmediato la ausencia de rima en los versos de este tanka, aunque
sí un respeto por la norma métrica (5-7-5-7-7); sólo la anáfora en los versos segundo y
tercero (repetición de la palabra waga al inicio de dichos versos) pudiera semejar a lo que en lenguas romances entendemos como parte del ejercicio poético. La clave a semejante problema la ofreció Jorge Luis Borges cuando declaró:
…Cuando yo era joven todos sentíamos la gravitación de Lugones.
Lugones había dicho que la metáfora era un ingrediente esencial
de la poesía. Ultimamente, se ha estudiado, a través del inglés y
el alemán, la poesía japonesa. No hay una sola metáfora, como
si sintieran que cada cosa es única, que no puede ser transformada
en otra…es la ausencia de la metáfora…Creo que lo esencial en el
verso es la cadencia. El verso tiene que tener, esencialmente, música,
música verbal. El verso tiene que ser grato al oído. Para los chinos
y japoneses, el verso tiene que ser grato a la vista…(3)

La no existencia de rima tiene que ver con el hecho claro de que todos los versos
terminan en vocal. Tanto el tanka como el derivado haiku son siempre poemas muy
breves donde deben confluir, para ser eficaces, la sencillez del lenguaje impuesta por la
brevedad con la complejidad de lo sugerido a través de la imagen “visual”. Estas
características parecen estar vinculadas a aspectos muy profundos de la relación
pensamiento- lenguaje y como ésta se realiza en la cultura que aquí nos ocupa. Sin la
intención de profundizar demasiado en este asunto, podría enunciarse que la lengua
japonesa posee un sistema ideofónico mucho más amplio que las lenguas occidentales, y
usa palabras de origen onomatopéyico con mucha más extensión y trascendencia en la
escritura (4)
. Incluso, las vocales aisladas y en combinación pueden formar palabras y
frases enteras. Tales recursos resultan ajenos al hacer poético occidental (5)
.
El haiku crece entonces en un contexto muy peculiar. El año de 1868 fue muy
importante para la historia y la literatura del Sol Naciente. El emperador Meiji asume el
poder absoluto y promete acabar con la ignorancia y modernizar el país al mejor estilo
occidental. Ya antes de ese año, los poetas que reaccionaban con el entonces agotado
tanka escogían entre dos formas fundamentales de expresión: el haiku, y la escritura en
lengua china. La primera alternativa era auténticamente nacional, la segunda estaba
finalmente condenada a desaparecer ante los embates de la cultura occidental. Al inicio
hubo imitación, mientras los poetas japoneses se adaptaban a las nuevas influencias, mas el gusto tradicional por la alternancia de versos de 5 y 7 sílabas sobrevivió, mientras
abrían el espectro temático en reacción contra los agotados asuntos medievales. Llama la
atención que fue el simbolismo francés la corriente literaria de mayor impacto en la
4
nueva poesía, tal vez por el encanto parisino de aquella época, pero sobre todo por las
excelentes traducciones de los poemas irrepetibles de Baudelaire, Mallarmé y Verlaine.
Francia era entonces el sueño dorado de todos los poetas alrededor del mundo. Habría
que apuntar también que existía cierta semejanza entre los cánones estéticos del
simbolismo francés y el entonces ascendente haiku: ambos pretendían empujar al lector a un estado emocional similar al que había tenido el autor de los versos: la explicación del poema resultaba intrascendente, lo que importaba era el estado emocional que el poema generaba. Ambas escuelas basaban sus expectativas en la ambigüedad del habla y de sus símbolos. La lección aún está vigente en nuestros días.
Desde de un punto de vista formal el haiku tradicional es definido como un poema de tres versos con métrica 5-7-5 para totalizar 17 sílabas. Es importante destacar que ya aquí hay una ligera simplificación occidental, pues la sílaba como la entendemos nosotros es mucho más larga de pronunciar que el análogo onji japonés. Los japoneses pronuncian sus vocales mucho más rápido que nosotros las nuestras, y las traducciones en promedio son casi sistemáticamente más largas al recitarse. Se estima que para equiparar los tiempos de lectura, el haiku occidental debería tener de 10 a 12 sílabas. Tal brevedad impondría mayores retos a la composición, y lo que la mayoría de nosotros vería como una limitación podría convertirse en mayor espacio creativo para el lector. El haiku tradicional tiene además otro ingrediente formal que es a menudo ignorado. Se trata del kireji, una palabra que sirve como pausa para dividir el haiku en dos partes, una de 12 onjis y otra de 5. Junto al kigo, la palabra que marca la estación del año, el kireji es una remembranza del renga, un tipo de poema largo de composición colectiva y franco caracter lúdico que precedió al haiku. Una pequeña muestra de tres autores de haiku tradicional servirá para ilustrar lo antes expuesto (7):
Furike ya Vieja fuente…
kawazu tobikomu una rana salta hacia
mizu no oto tu acuoso ruido
(Bashō)
Fuji hitotsu Fuji en soledad
uzumi nokoshite alta presencia imponen:
wakaba kana ¡las hojas nuevas!
(Buson)
Kumo o fumi ¡Andan las nubes
kasumi o sūya robando toda niebla!
agehibari la alondra asciende
(Shiki)

En las tres traducciones, los signos de puntuación al final de los versos simulan el kireji.
El lector debe notar también como una imagen visual es fácil de extraer, y esas imagenes
visuales ofrecen la pista sobre el kigo o estación del año.
5
Es imposible agotar en pocas cuartillas toda la diversidad que el haiku posee. Baste decir
que éste ha sido cultivado con fruición en Occidente, con variaciones ocasionales de
métrica, pero siempre intentando evocar a los sentidos, crear esa imagen visual apelativa
que exige la tradición, y con intención inconfesa de arrastrar al lector a completar los
versos. Como cultivadores en español merecen mención especial Jorge Luis Borges y
Mario Benedetti (6)
, quienes parecieron jugar cuando lo incursionaron. Entre nuestros
contemporáneos existen aproximaciones por parte de aquellos que exploran el ripio
literario y el epigrama, en los cuales se pretende también la colaboración del lector para
recrear el poema. Sin embargo, por su naturaleza el epigrama suele ser mucho más
tendencioso que el haiku, con más espacio para la subjetividad y sin una métrica estricta,
en tanto que el ripio literario se toma aún mayores libertades (8)
.
Cierro esta muy breve exploración del haiku con uno de mi propia cosecha, a la espera de
que los lectores lo disfruten y puedan identificar los elementos formales antes descritos,
pero sobre todo la imagen visual que le antecedió. Es tiempo para ustedes.
Un viento leve
arrulla a la hojarasca,
bendito sueño.
Arquímedes Ruiz Columbié, San Angelo, Texas, Agosto- Septiembre del 2009
Referencias y Notas
(1) Donald Keene: La Literatura Japonesa entre Oriente y Occidente, El Colegio de
México, Guanajuato, 1969, 154 páginas. En particular, el capítulo 3, página 36
(2) Donald Keene, ibid, página 41
(3) Jorge Luis Borges, 1985: Literatura/ Sueño/ Realidad, La última conferencia de
Borges, Colegio Ward, Gran Buenos Aires, Septiembre 5 de 1985;

Haz clic para acceder a 210109_0043.pdf

(4) (5) En 1985, Dr. Tadanoku Tsunoda publicó un polémico libro titulado “El cerebro
japonés: su unicidad y universalidad” en el que planteó el papel primordial que juega
el lenguaje en la activación de los hemisferios cerebrales. En su teoría, basada en
experimentos realizados con sujetos de diferentes culturas, Tsunoda sostiene que en las
respuestas a los sonidos en los hemisferios cerebrales japoneses difieren claramente de
las respuestas observadas en sujetos occidentales. El hemisferio cerebral izquierdo
japonés procesa un amplio rango de sonidos, tanto lingüísticos (vocales y consonantes)
como no lingüísticos (expresiones emocionales, sonidos naturales), mientras el rango de
sonidos recibidos por su homólogo occidental resulta ser mucho más estrecho, limitado
6
fundamentalmente a lo lingüístico, dándole más oportunidades al hemisferio derecho para
trabajar en los otros tipos. En promedio, el hemisferio cerebral derecho en los japoneses
resulta ser muy poco usado. La actividad cerebral en ellos parece asemejar a la de los
estudiantes en vísperas de un examen difícil: el hemisferio izquierdo sufre sobrecargas.
(6)http://www.terebess.hu/english/haiku/borges.html;
http://www.terebess.hu/english/haiku/benedetti.html
(7) Harold G. Henderson: An Introduction to Haiku, Doubleday Anchor Books, NY,
1958, 179 páginas. Matsuo Bashō (1644 – November 28, 1694) fue el poeta japonés más
famoso del período Edo (1600- 1868). Es reconocido hoy como un maestro del haiku
tradicional; Taniguchi Buson (1716-1784), fue poeta y pintor, solo segundo de Bashō en
el arte del haiku; Masaoka Shiki (1867- 1902) lidereó la renovación de la poesía
japonesa a finales del siglo XIX. Otra referencia importante para aquellos que se inician
en estos menesteres es William J. Higginson: Haiku Handbook, Between Two Rivers,
NY, 1985, 331 páginas.
(8) Le debo a los lectores un análisis más profundo de ese comentario final sobre los
puntos de contactos entre el haiku y otras formas más occidentales. Considero que
aquellos que cultivan la poesía breve intentan resaltar la existencia de un diálogo autorlector, el cual insiste en el carácter cuasi-colectivo de la creación literaria. La poesía
breve, el textículo y el miniensayo parecen ser elementos de una tendencia de algunos
escritores contemporáneos por escribir pensando en el lector y el poco tiempo que éste
tiene para los “ladrillos literarios”. Hace unos años llamé a esta tendencia extremo
minimalismo, pero Rosa María Muiña acuñó lo que creo es un mejor término: miniminimalismo. Eventualmente algo tendremos sobre el tema.

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Borges y la poesía japonesa

…Cuando yo era joven todos sentíamos la gravitación de Lugones.
Lugones había dicho que la metáfora era un ingrediente esencial
de la poesía. Últimamente, se ha estudiado, a través del inglés y
el alemán, la poesía japonesa. No hay una sola metáfora, como
si sintieran que cada cosa es única, que no puede ser transformada
en otra…es la ausencia de la metáfora…Creo que lo esencial en el
verso es la cadencia. El verso tiene que tener, esencialmente, música,
música verbal. El verso tiene que ser grato al oído. Para los chinos
y japoneses, el verso tiene que ser grato a la vista…

Algo me han dicho

la tarde y la montaña.

Ya lo he perdido.

 .

¿Es o no es

el sueño que olvidé

antes del alba?

 .

La vasta noche

no es ahora otra cosa

que una fragancia.

.

Bajo el alero

el espejo no copia

más que la luna.

 .

¿Es un imperio

esa luz que se apaga

o una luciérnaga?

 .

La luna nueva.

Ella también la mira

desde otra puerta.

 .

Lejos un trino.

El ruiseñor no sabe

que te consuela.

 

Jorge Luis Borges

 

Descuartizados

Avatar de Marti LelisCEREMONIA DE PALABRAS

Descuartizados

Marti Lelis

Había abusado de ella. Ahora la tenía inmóvil sobre la mesa. Tomó el cuchillo y comenzó la tarea de amputar las manos, los brazos. Tuvo dificultades con las piernas. Dejó la cabeza al último. En cualquier momento podrían descubrirlo y eso le arrancaba una sonrisa nerviosa. La tomó de los cabellos y comenzó a cortar la cabeza. Al final, contempló el cuerpo desmembrado. Jamás la encontrarían. Arrojó las partes a la bolsa que tenía preparada bajo la ventana.

    Sintió hambre. Fue al comedor, aún con el cuchillo en la mano. Ahí se topó con su hermana, quien le preguntó desconsolada: “¿Tomaste otra vez mi Barbie? Te voy a acusar con mamá cuando llegue del trabajo”. “Acúsame. No tienes pruebas” respondió socarrón al tiempo que hundía el cuchillo en el frasco. En la otra mano tenía lista la rebanada de pan blanco; comenzó a untar…

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Superviviente de Stephen King

Más tarde o más temprano, la pregunta surge siempre en la carrera de un médico: ¿Hasta qué punto puede un paciente soportar un shock traumático? Según las teorías, hay diferentes respuestas, pero, básicamente, la contestación esencial es otra pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir?

26 de enero

Hace dos días que la tormenta me arrojó a esta playa. Me he estado paseando por la isla toda la mañana. ¡Qué isla! Mide 190 pasos de ancho por 267 pasos de punta a punta.

Además, por lo que veo, no hay nada que comer.

Me llamo Richard Pine y éste es mi diario. Si me encuentran (o mejor, cuando me encuentren), puedo destruirlo fácilmente. No me faltan cerillas. Cerillas y heroína. De las dos cosas tengo enormes cantidades, aunque ninguna de las dos valga nada aquí, ja, ja. De modo que escribiré. Al menos, para pasar el tiempo.

Para decir toda la verdad —¿y por qué no?, ¡tengo todo el tiempo del mundo!— debería empezar por aclarar que, cuando nací, en Little Italy, el barrio italiano de Nueva York, me llamaron Richard Pinzetti. Mi padre, que era un desgraciado, procedía del Viejo Mundo. Yo quería ser cirujano. Mi padre se reía a mandíbula batiente, me llamaba chalado y me mandaba a buscar otro vaso de vino. Murió de cáncer a los cuarenta y seis años. Me alegró.

Empecé a jugar al fútbol en el instituto. Fui el mejor jugador de la historia local. Jugaba de defensa. Durante los dos últimos años recorrí todas las ciudades de los Estados Unidos. Odiaba el fútbol. Pero si eres un chaval pobre, que vive en una casa barata y quiere ir a la universidad, tu única oportunidad es el deporte. Así que jugué y conseguí una beca para atletas.

En la Universidad seguí jugando hasta conseguir una beca de estudios completa. Entonces, lo dejé. Iba a estudiar medicina. Mi padre murió seis semanas antes de mi graduación. No me importó. ¿Acaso creéis que me hubiera gustado subir a la tarima para recoger el diploma y ver aquella bola de sebo allí sentada? ¿Les gusta a las gallinas viajar en metro? Además, ingresé en un club estudiantil. No uno de los mejores, con un nombre como Pinzetti, pero, después de todo, era un club.

¿Por qué escribo todo esto? Es bastante divertido. No, me rectifico. Es extraordinariamente divertido. El gran doctor Pine, sentado en una roca, en pantalones de pijama y camiseta, en medio de una isla que se puede cruzar con un salivazo, escribiendo la historia de su vida… ¡Tengo hambre! No importa. Escribiré la maldita historia de mi vida, si me da la gana. Al menos, así no pensaré en mi estómago. Espero.

Cambié mi apellido por el de Pine antes de empezar los estudios de medicina. Mi madre me dijo que le había partido el corazón. ¿De qué corazón estaría hablando? Al día siguiente al del entierro del viejo, le estaba guiñando el ojo al judío de la tienda de la esquina. Para tratarse de alguien que adoraba su nombre de aquella manera, corría como un diablo para cambiarlo por el de Steinbrunner.

Todo lo que yo anhelaba en la vida era ser cirujano. Desde los días del colegio. Ya entonces me vendaba las manos antes de empezar un partido y me las lavaba después con agua y jabón. Si quieres ser cirujano, tienes que tener cuidado con las manos. Algunos de mis compañeros me tomaban el pelo y me llamaban mariquita. Nunca llegué a enfrentarme con ninguno de ellos. Ya es bastante peligroso jugar al fútbol. El que realmente llegó a ponerme los nervios de punta fue Howie Plotsky, un estúpido gigantón con la cara llena de cicatrices. Por aquel entonces, yo repartía periódicos y aprovechaba para vender un poco de lotería, lo cual me permitía conocer gente, establecer contactos… No te queda más remedio, si quieres sobrevivir. Cualquier imbécil sabe cómo caerse muerto, pero lo realmente difícil es sobrevivir, ¿comprendéis? Pues eso fue lo que me decidió a pagar a Ricky Brazzi, que era el tío más grande del instituto, para que le partiera la boca a Howie Plotsky. Sí, eso es lo que he dicho: partirle la boca. Le prometí un dólar por cada diente que me trajera. Rico vino con tres dientes envueltos en papel de periódico. Se dislocó un par de nudillos en el trabajito. Podéis imaginar en qué lío me hubiese metido.

En la facultad de medicina, mientras los otros memos se mataban tratando de ganar un centavo para llenar el puchero con un poco de carne —no con sobras de quirófano, ¿eh?— trabajando como camareros, vendiendo corbatas o limpiando suelos, yo me saqué de la manga un sistema de apuestas y, con unos cuantos trucos que conocía, me ganaba algún dinerillo en las apuestas de caballos, de billar o de lo que fuera. Además, tenía excelentes relaciones con el vecindario y cursé mis estudios sin ningún problema.

No me metí en la cuestión de las drogas, hasta que empecé mi residencia en un hospital, uno de los más grandes de Nueva York. Al principio, sólo fueron recetas en blanco. Vendí un cuadernillo de cien a un chico del barrio, y él falsificó las firmas de cuarenta o cincuenta médicos, por cuyos nombres yo también le cobraba. El muchacho, a su vez, las ofrecía en la calle por diez o veinte dólares cada una, lo que hacía las delicias de los fanáticos drogotas que iban cada vez más acelerados, y los partidarios de los sedantes, que se pasaban el día dando tumbos por las esquinas.

Al poco tiempo de trabajar en el hospital me di cuenta del desbarajuste que había en la farmacia del mismo. Nadie tenía la menor idea de lo que entraba ni de lo que salía. Había gente que sacaba de allí píldoras a puñados, cosa que yo me guardé muy bien de hacer. Siempre he tomado todo tipo de precauciones y nunca he tenido problemas hasta que me descuidé… y la suerte me volvió la espalda. Pero sé que caeré de pie; siempre ha sido así.

Me duele la muñeca y el lápiz se ha quedado sin punta. No puedo seguir escribiendo. No sé por qué me preocupo tanto. Es probable que me encuentren pronto.

27 de enero

El bote salvavidas se hundió anoche en unos tres metros de agua, al norte de la isla. ¿Qué importa? De todos modos, después de arrastrarse por todo el arrecife, el fondo parecía un colador. Además, ya había rescatado todo lo que valía la pena salvar, a saber, cuatro galones de agua, un cajita de costura para viajes, un botiquín y este libro en el que estoy escribiendo, que es, en realidad, un cuaderno de inspección del bote. ¡Qué risa! Por cierto, ¿cómo es que a nadie se le ocurrió poner comida de reserva en el bote? El último informe que aparece en el cuaderno lleva fecha 8 de agosto de 1970. Ah, además, he conseguido salvar dos cuchillos, uno mellado y el otro afilado, y un juego de cuchara y tenedor que voy a usar esta noche para la cena: asado de piedras. Ja, ja. Bueno, al menos, le he sacado punta al lápiz.

Cuando salga de esta isla, cubierta de excrementos de pájaros, les voy a sacar hasta el hígado a los de Paradise Lines Inc. Sólo por eso vale la pena seguir viviendo. Y pienso seguir viviendo y salir de ésta, no os quepa la menor duda. Voy a salir de ésta.

(más tarde)

Olvidé una cosa al hacer el inventario: dos kilos de heroína pura, algo así como 350.000 dólares en las calles de Nueva York, aunque aquí no valga más que un puñado de cacahuetes. Ja, ja. ¿Verdad que es cómico?

28 de enero

Bueno, he comido…, si es que a eso se le puede llamar comer. Una gaviota vino a posarse en una de las rocas del centro de la isla, un montículo también cubierto de excrementos de pájaros. Agarré una piedra que tenía a mano y me acerqué a ella todo lo posible. No se movía, observándome con sus ojos negros y brillantes. Me sorprendió que no la asustara el ruido de mis tripas.

Arrojé la piedra con todas mis fuerzas y le di de lleno. La gaviota lanzó un graznido y trató de volar, pero le había roto el ala derecha. Trepé en su busca, pero se alejó a saltos. La sangre manchaba sus plumas. Me dio bastante trabajo. Metí el pie en un agujero entre dos rocas y estuve a punto de partirme el tobillo. Finalmente, cuando empezaba a cansarme, logré darle alcance al otro lado de la isla. La gaviota se había metido en el agua y se alejaba. La atrapé por la cola, pero se volvió y me dio un picotazo. Le agarré una de las patas y, con la otra mano, le retorcí el cuello. El sonido de las vértebras al romperse me llenó de satisfacción. La cena está servida, caballero. ¿Os acordáis? ¡Ja! ¡Ja!

Me la traje al «campamento», pero antes de desplumarla y cortarla a trozos, me limpié la herida con yodo. Los pájaros llevan toda clase de gérmenes y sólo me faltaría una infección.

La operación de la gaviota fue de perlas, pero, que pena, no había manera de cocinarla. No hay vegetación en la isla, ni maderas a la deriva y, por si fuera poco, el bote se ha hundido. Así que me la comí cruda. El estómago quiso devolverla inmediatamente. Aunque yo estaba de acuerdo con él, no se lo podía permitir. Así que empecé a contar hasta cien al revés hasta que pasaron las náuseas. Es un sistema que funciona casi siempre.

¿Os dais cuenta del bicharraco, que casi me rompe el tobillo y después me da un picotazo en la mano? Si cazo otra gaviota mañana, la torturaré. A ésta la he dejado escapar sin castigo. Mientras escribo, veo su cabeza cortada en la arena. Sus ojillos negros, aun velados por la muerte, parecen mirarme.

¿ Tienen cerebro las gaviotas?

¿Son comestibles?

29 de enero

Hoy no hay comida. Una gaviota aterrizó en el macizo, pero voló antes de que me aproximara lo suficiente para hacerle un «pase». ¡Ja, ja! Me estoy dejando la barba. Pica como un demonio. Si la gaviota vuelve y consigo darle caza, le sacaré los ojos antes de matarla.

Creo haber dicho ya que era un cirujano de primera. Me expulsaron. Realmente ridículo. Todos los médicos hacen lo mismo y luego se ponen tan estirados cuando le atrapan a uno. ¡Peor para ti! ¡Yo ya tengo mi parte! El Segundo Juramento de Hipócrates y de Hipócritas.

Había acumulado ya bastante de mis correrías como interno y como residente (se supone que, de acuerdo con el Juramento de Hipócrates, eres un funcionario y un caballero, pero nadie cree tal cosa). Tenía lo necesario para abrir mi consulta privada en Park Avenue. Lo necesitaba. No tenía un papá rico ni un protector con influencias, como muchos de mis colegas. Cuando me instalé, mi padre llevaba nueve años criando malvas. Mi madre murió un año antes de que me revocaran la licencia.

Pasó lo siguiente: yo tenía un trato con media docena de farmacéuticos del East Side, además de un par de laboratorios y al menos, otros veinte médicos. Los pacientes iban y venían de uno a otro. Yo operaba y después prescribía los medicamentos postoperatorios adecuados. No todas las operaciones eran necesarias, pero nunca actué contra la voluntad del paciente. Y jamás sucedió que un paciente le echara un vistazo a la receta y me dijera que no quería aquello. Escuchadme: hay gente a la que se le hizo una histerectomía en 1965 o una tiroides parcial en 1970 y que seguirían engullendo pastillas si el médico se lo permitiera. Y era lo que hacía algunas veces. Además, yo no era el único. Si podían pagarse el vicio, ¿por qué no? Cuando no era un paciente que padecía de insomnio después de alguna operación, era alguien que quería adelgazar, o quería Librium. Todo tenía arreglo. ¡Ja! Sí. De no haber sido yo, hubiera sido cualquier otro.

Hasta que los de Sanidad fueron a ver a Lowenthal, ese gallina. Le asustaron diciéndole que le iban a echar cinco años y el tipo cantó media docena de nombres, uno de los cuales era el mío. A mí me estuvieron observando durante bastante tiempo y, en realidad, cuando me echaron el guante, cinco años eran pocos para mí. Por ejemplo, no había dejado del todo lo de las recetas en blanco, algo muy divertido, pero que no necesitaba en absoluto. Lo seguía haciendo por costumbre; además, a nadie le amarga un dulce.

El caso es que yo conocía a mucha gente. Probé con algunos. Y arrojé un par de individuos a los leones. Nadie que me gustara, sin embargo. Todos auténticos cerdos.

Dios, tengo hambre.

30 de enero

Hoy no hay gaviotas, lo que me recuerda los letreros de las tiendas de comestibles del barrio: HOY NO HAY TOMATES. Me metí en el agua hasta la cintura, con un cuchillo afilado en la mano. Permanecí inmóvil durante casi cuatro horas, mientras el sol caía de pleno sobre mis espaldas. Creía desmayarme un par de veces, pero conté hasta cien al revés hasta que desapareció la sensación. No vi un solo pez. Ni uno.

31 de enero

Hoy he matado otra gaviota tal como lo hice con la primera. Tenía demasiada hambre para torturarla como me había prometido a mí mismo. Así que la abrí y me la comí. Vacié las tripas y me las comí también. Es extraño ver cómo se recobra la vitalidad. Empezaba a preocuparme. Tendido a la sombra del montículo central, creí oír voces. Mi padre. Mi madre. Mi esposa, de la que me divorcié… Y, lo peor de todo, la voz del chino que me vendió la heroína en Saigón. Ceceaba, probablemente a causa de un paladar hendido.

«Vamos —me decía la voz desde lo alto—. Vamos, esnifa un poco. Te olvidarás del hambre. Es tan buena…» Pero nunca tomé drogas, ni siquiera para dormir.

Lowenthal se suicidó. El muy gallina. ¿No os lo había dicho? Se colgó en el que había sido su consultorio. Desde mi punto de vista, hizo un favor al mundo.

Yo quería recuperar mi título. Algunos de los tipos con los que hablé me dijeron que no era imposible… pero costaba mucho dinero, más del que podía imaginar. Yo tenía 40.000 dólares en una caja de seguridad y decidí arriesgarme para doblar o triplicar la cantidad.

Me fui a ver a Ronnie Hanelli, compañero mío de equipo en los años de la universidad, a cuyo hermano menor había conseguido una residencia en un hospital cuando resolvió estudiar medicina. Ronnie estudiaba Derecho. ¿Verdad que es gracioso? En el barrio se le conocía por el apodo de Ronnie el Árbitro, porque se metía en todos los juegos y, sin que nadie se lo pidiera, empezaba a pitar faltas a todo el mundo. Si no te gustaba, tenías dos opciones: callarte la boca o tragarte unos cuantos dientes. Los portorriqueños le llamaban Ronniewop, o algo así. A él le hacía gracia Ronnie. Ronnie estudió Derecho, pasó los exámenes sin problemas y abrió un bufete en su propio barrio, justo encima del bar La Pecera. Aún le veo pasar por allí, cuando cierro los ojos, con su gran Continental blanco. Era el usurero más grande de toda Nueva York: un tiburón.

Sabía que Ronnie tendría algo para mí.

—Es peligroso —dijo—. Pero tú sabes cuidarte. Y, si traes la mercancía, te presentaré un par de individuos. Uno de ellos es funcionario del Estado.

Me dio dos nombres. El de Henry Li-Tsu, el chino, y el de Solom Ngo, un químico vietnamita. El vietnamita probaba la heroína del chino a cambio de dinero. El chino era conocido por sus «bromas». Por ejemplo, llenaba las bolsitas de plástico con talco, o detergente, o almidón. Ronnie decía que un día, una de aquellas «bromas» le iba a costar la vida.

1 de febrero

He visto un avión. Pasó de largo sobre la isla. Intenté subir al montículo central para llamar su atención y metí el pie en el mismo agujero del día en que cacé la primera gaviota. Me rompí el tobillo. Fractura compuesta. Fue como un disparo. El dolor era insoportable. Grité y perdí el equilibrio. En vano, agité los brazos como un molino de viento. Caí y me golpeé la cabeza. Todo se puso negro. Cuando volví en mí, se había puesto el sol. Había perdido un poco de sangre. El tobillo se me había hinchado como un neumático y tenía una buena insolación. Creo que, de haber habido una hora más de sol, tendría todo el cuerpo llagado.

Me arrastré como pude hasta aquí y pasé la noche temblando y llorando de rabia. Me he desinfectado la herida de la cabeza, situada encima del lóbulo temporal derecho, y me la he vendado como he podido. Es una herida superficial en el cuero cabelludo con una pequeña contusión, creo, pero el tobillo, es una mala fractura, en dos puntos, quizá tres. ¿Cómo voy a cazar las gaviotas ahora?

El avión debía de estar en busca de supervivientes del Callas. En medio de la oscuridad y la tormenta, el bote salvavidas ha de haber recorrido kilómetros. No creo que vuelva por aquí.

¡Dios mío, cómo me duele el tobillo!

2 de febrero

He puesto una señal en la playa de guijarros del lado sur de la isla, donde se hundió el bote. Me llevó todo el día, con algún descanso en la sombra. Aun así, me desmayé dos veces. Calculo haber perdido unos ocho kilos, en su mayor parte, por deshidratación. Desde aquí veo las cinco letras que tardé el día entero en componer; rocas oscuras sobre la arena blanca, dicen AYUDA en letras de metro y medio. El próximo avión no va a pasar de largo.

El pie palpita constantemente. Todavía está hinchado y se ha puesto sospechosamente blanco alrededor de la fractura. Cada vez más blanco. Si me lo vendo con la camisa, apretando mucho, el dolor cede, pero aun así duele tanto que, más que dormirme, me desmayo.

Empiezo a pensar que tal vez haya que amputar.

3 de febrero

La hinchazón y la pérdida de color son todavía mayores. Esperaré hasta mañana. Si la operación es imprescindible, creo que podré llevarla a cabo. Tengo cerillas para esterilizar el cuchillo y aguja e hilo de la cajita de costura. Como vendaje, la camisa.

Tengo además dos kilos de «analgésico», aunque no precisamente del que prescribía a mis pacientes. Pero lo hubieran empleado, de haber dispuesto de él. Podéis apostar. Esas señoras de pelo azul serían capaces de esnifar un ambientador de pino si les hiciera efecto, creedme.

4 de febrero

He decidido amputar el pie. Hace cuatro días que no como. Si espero más, corro el riesgo de desvanecerme en medio de la operación por la acción combinada del shock traumático y el hambre. En ese caso, podría morir desangrado. Y, a pesar de lo desdichado que soy, aún tengo ganas de seguir viviendo. Recuerdo lo que Mockridge decía en Anatomía básica, el viejo Mocki, le llamábamos: más tarde o más temprano, la pregunta surge siempre en la carrera de un médico. ¿Hasta qué punto puede un paciente soportar un shock traumático? Y entonces, señalaba con el puntero el dibujo del cuerpo humano, el hígado, los riñones, el bazo, los intestinos. Básicamente, caballeros, decía, la contestación esencial es otra pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir?

Creo poder hacerlo.

De verdad.

Supongo que estoy escribiendo para aplazar lo inevitable, pero se me ocurre que no acabé de contar por qué me encuentro aquí. Tal vez deba hacerlo por si la operación no sale bien. Tardaré sólo unos minutos y estoy seguro de que todavía habrá claridad para la operación, ya que, según mi reloj, son las nueve de la mañana. ¡Ja!

Fui a Saigón como turista. ¿Os extraña? No sé por qué. Hay miles de personas que van allí cada año, a pesar de la guerra de Nixon. También hay gente a la que le gusta presenciar accidentes o peleas de gallos. Mi amigo chino tenía la mercancía. Se la llevé a Ngo, quien me ratificó que era de primera clase. Me contó también que Li-Tsu había gastado una de sus bromas hacía cuatro meses, y que su mujer había saltado hecha pedazos por los aires al poner la llave de encendido en su automóvil. Desde entonces no había vuelto a hacer bromas.

Me quedé en Saigón tres semanas. Había reservado pasaje de regreso a San Francisco en un crucero, el Callas. Primera clase. Subir a bordo con la mercancía no representó problema alguno. Ngo arregló el asunto, sobornando a dos oficiales de aduana que se limitaron a saludarme y hacer pasar las maletas. La heroína iba en una bolsa de viaje que ni siquiera vieron.

—Pasar la aduana en los Estados Unidos será mucho más difícil —me dijo Ngo—, pero ése es problema únicamente suyo.

No tenía la menor intención de pasar aquello por la aduana. Ronnie había contratado un buzo que haría el trabajo por tres mil dólares. Tenía que encontrarme con él (ahora que lo pienso, hace dos días) en una especie de corral llamado Regis Hotel en San Francisco. El plan consistía en poner la mercancía en una lata a prueba de agua. Sujetos a la tapa, un reloj y un sobre de tinte rojo. Antes de atracar, había que tirar la lata al agua, cosa que no iba a hacer yo mismo, naturalmente.

Estaba todavía buscando un cocinero o un camarero al que no le viniera mal un dinero extra y que fuera lo bastante listo — o lo bastante idiota—, como para mantener la boca cerrada, cuando el Callas se hundió.

No tengo ni la menor idea de cómo sucedió, ni de por qué. Se nos había echado encima un buen vendaval, pero el crucero parecía capaz de capearlo. Pero el día 23, alrededor de las ocho de la noche, hubo una fuerte explosión bajo cubierta. Yo estaba en el salón en aquel momento y el Callas se escoró casi inmediatamente. A la izquierda, ¿cómo se llama: babor o estribor?

La gente empezó a gritar y a correr en todas direcciones. Las botellas cayeron de la estantería del bar y se estrellaron contra el suelo. Un hombre salió de una de las escaleras, con la camisa quemada y la piel asada. Los altavoces empezaron a decir a la gente que se dirigiera a los botes salvavidas que se les habían asignado al principio del viaje, durante un simulacro. Los pasajeros echaron a correr sin rumbo. Muy pocos se habían molestado en comparecer durante el simulacro. Yo, no sólo estuve allí, sino que fui más temprano, para estar en primera fila y ver bien todo, ¿comprendéis? Siempre pongo mucha atención en lo que se refiere a mi pellejo.

Bajé a mi camarote, saqué las bolsitas de heroína y me puse una en cada bolsillo. Después, me dirigí al Bote Salvavidas 8. Mientras yo subía las escaleras, hubo otras dos explosiones y el barco se inclinó aún más peligrosamente, si cabe.

En cubierta, todo era confusión. Vi una mujer que corría por la cubierta resbaladiza, gritando y con un niño en brazos. Según se inclinaba el buque, ella ganaba velocidad. Finalmente, golpeó contra la borda a la altura de los muslos, saltó por encima de ella, dio dos vueltas de campana y desapareció de mi vista. Había un hombre de mediana edad, sentado en medio del puente, que se arrancaba los cabellos con las manos. Otro, con ropas blancas de cocinero, la cara y las manos horriblemente quemadas, se daba contra las paredes y gritaba: «¡Socorro! ¡No veo! ¡Socorro! ¡No veo!»

El pánico era total y se había contagiado del pasaje a la tripulación como una epidemia. Tenéis que tener en cuenta que entre la primera explosión y el hundimiento del barco, pasaron solamente veinte minutos. Algunos de los botes iban repletos de gente que aullaba, y otros, totalmente vacíos. El mío, que estaba en la zona más próxima al agua, estaba casi desierto. Nadie más que yo y un marinero, con la cara muy pálida y llena de espinillas.

—Echemos al agua enseguida este condenado barreño —dijo, con los ojos desorbitados—, porque la maldita bañera se va a pique sin remedio.

Maniobrar un bote no es nada difícil, pero, con los nervios, el marinero se hizo un lío con las maromas de su lado. El bote bajó unos dos metros y quedó colgado, yo más cerca del agua que él.

Fui hacia su lado para ayudarle cuando empezó a gritar. Había logrado deshacer el nudo; pero, al mismo tiempo, se había pillado la mano. La soga se deslizó sobre la palma, dejándosela en carne viva; finalmente, salió despedido de la embarcación.

Acabé de deshacer el lío y libré el bote, que bajó al agua. Empecé a remar como un condenado. Remar era algo que siempre había hecho por placer en las casas de veraneo de mis amigos, pero ahora, por primera vez, lo hacía para salvar mi vida. Si no me alejaba del Callas antes de que se hundiera, me arrastraría con él.

Cinco minutos más tarde, se hundió. No escapé del todo a la succión, tuve que remar desesperadamente sólo para permanecer en el mismo lugar. Se hundió muy de prisa. Todavía había gente aferrada a la borda, gritando. Parecía una banda de monos.

La borrasca empeoró. Perdí un remo. Pasé la noche en una especie de pesadilla, achicando agua del bote, primero, y maniobrando con el único remo que me quedaba, después, para mantener la proa contra el oleaje.

Antes del amanecer del 24 las olas empezaron a empujarme por la popa. El bote adquirió una cierta velocidad, lo cual es aterrador, pero, al mismo tiempo, constituye un alivio. De pronto, los tablones fueron arrancados de debajo de mis pies, pero el bote no se hundió: había encallado a este montón de piedras olvidado del mundo. Ni siquiera sé dónde estoy; no tengo la menor idea. La navegación no es mi punto fuerte. Ja, ja.

Pero sí sé qué tengo que hacer. Éstas pueden ser mis últimas notas, pero algo me dice que saldrá bien. ¿Acaso no he conseguido siempre lo que me he propuesto? Además, hoy se hacen maravillas con las prótesis y podré moverme con un solo pie con toda comodidad.

Ha llegado el momento de ver si soy tan extraordinario como creo. Buena suerte.

5 de febrero

Lo hice.

El dolor era lo que menos me preocupaba, porque puedo soportarlo, pero temía que la debilidad, el hambre y el dolor combinados me hicieran perder el conocimiento antes de acabar.

Pero la heroína resolvió el problema maravillosamente.

Abrí una de las bolsitas y aspiré dos generosas dosis sobre una roca plana, primero la ventanilla derecha, luego, la izquierda. Era una especie de hielo deslumbradoramente anestésico que invadía mi cerebro íntegro. Aspiré la heroína al dejar de escribir, ayer, a las 9.45. Cuando volví a mirar la hora, las sombras se habían movido, dejándome parte del cuerpo al sol, y eran las 12.41. Me había adormilado. Nunca había imaginado que fuese tan fantástico y no comprendo por qué le tenía tanta manía. El dolor, el miedo, la infelicidad… todo desaparece, dejando sólo una calma eufórica.

Operé en esas condiciones.

Como era de esperar, sentí un dolor agudísimo, especialmente en la primera parte de la operación. Pero el dolor parecía desconectado de mí, como si fuera de otro. Me molestaba, pero me resultaba extraordinariamente interesante. ¿Podéis entender lo que digo? Si alguna vez habéis empleado un calmante con una fuerte base de morfina, sabréis de qué hablo. Hace algo más que mitigar el dolor. Induce un estado mental. Una cierta serenidad. Entiendo por qué la gente se queda colgada, aunque ésa sea una palabra horrorosamente fuerte y que usa, en general, la gente que nunca lo ha probado.

A media operación, el dolor empezó a ser algo más personal. Oleadas de desfallecimiento me acometían. Miré con ansia la bolsita de heroína, pero me obligué a apartar la vista. Si volvía a adormilarme, moriría desangrado con la misma seguridad que si me desmayara. Conté hasta cien al revés.

La pérdida de sangre era el factor más crítico. Como cirujano, era vitalmente consciente de ello. No debía perder una gota más que lo imprescindible. Si un paciente sufre una hemorragia durante una operación en un hospital, se le puede suministrar sangre. Yo carecía de esos medios. Todo lo que se había perdido —la arena debajo de mi pie estaba ya negra— estaba perdido hasta que mi propia fábrica lo repusiera. No tenía hemostáticos, ni hilo de sutura, ni grapas.

Empecé la operación exactamente a las 12.45. Acabé a la 1.50 e inmediatamente me atonté con heroína, una dosis mayor que la anterior. Me dormí en un mundo gris, indoloro, y permanecí así hasta alrededor de las cinco. Cuando me espabilé, el sol estaba cerca del horizonte occidental, trazando un camino de oro sobre el azul del Pacífico que llegaba hasta mí. Nunca he visto algo tan increíble. Tanto, que me compensó del dolor en un segundo. Una hora más tarde aspiré un poquito más, para seguir disfrutando de la puesta de sol.

Poco después de hacerse de noche, yo…

Yo…

Esperad un segundo. ¿Os he dicho que no he comido absolutamente nada durante cuatro días? ¿Y que lo único que tenía a mi alcance para recuperar mis energías agotadas era mi propio cuerpo? Después de todo, ¿no se ha dicho, una y otra vez, que la supervivencia es una cuestión mental? ¿De una mente superior? No voy a justificarme diciendo que cualquiera hubiera hecho lo mismo. En primer lugar, hay que ser cirujano. Y aun conociendo la técnica de la amputación, es posible hacer una carnicería y desangrarse de todos modos. Y, aun en el caso de poder sobrevivir a la amputación y al shock traumático, jamás se le ocurriría algo semejante a alguien convencional. No importa. Nadie tiene por qué enterarse. Lo último que haré antes de abandonar la isla será destruir este libro.

Tuve mucho cuidado.

Lo lavé muy bien antes de comérmelo.

de febrero

El dolor del muñón es intensísimo —en ocasiones, realmente intolerable—. Pero creo que el escozor profundo del proceso de cicatrización es todavía mucho peor. Esta tarde me he acordado de los pacientes que me tenían harto con lo mucho que les picaba la carne remendada, que era horrible y que no se podían rascar.

Yo sonreía y les decía que se sentirían mejor al día siguiente, pensando que se quejaban sin razón, que eran débiles e ingratos. Ahora los comprendo perfectamente. Varias veces he estado a punto de arrancar la camisa que sirve de vendaje y rascarme la herida, hundir los dedos en la carne cruda y tierna, quitarme los puntos, dejar que la sangre corriera en la arena, cualquier cosa, cualquier cosa con tal de no sentir ese horrible y enloquecedor hormigueo.

Entonces contaba hasta cien al revés y aspiraba heroína.

No tengo idea de cuánta he llegado a tomar, pero sí sé que he estado casi permanentemente dopado desde la operación. Como sabéis, quita el hambre. Ni siquiera sé si tengo hambre. Siento algo extraño, fantasmal, en la barriga, eso es todo. Por otra parte, puedo ignorarla con toda facilidad y, sin embargo, sé que no debo hacerlo, ya que la heroína no tiene un valor calórico fácilmente calculable. De manera que me he puesto a prueba para medir mi energía, arrastrándome de aquí para allá, y es agotador.

Dios mío, espero que no…, pero temo que sea necesaria una nueva operación.

(más tarde)

Pasó otro avión. Demasiado alto. Tanto, que todo lo que podía ver era el alerón de popa dibujándose contra el cielo azul. Hice señales, por si acaso, y grité como un energúmeno. Cuando desapareció, me eché a llorar.

Está muy oscuro y es difícil seguir escribiendo. Comida. He estado pensando en cantidad de platos. La lasaña de mi madre, pan de ajo, caracoles, langosta, chuletas, melocotones, asado, la gran porción de pastel de mantequilla y el helado de vainilla hecho en casa que te sirven en Mother Crunch en la Primera Avenida, pretzels calientes, salmón ahumado, cangrejos ahumados, jamón ahumado con rodajas de piña, aros de cebolla fritos, salsa de cebolla con patatas chip, té frío en largos sorbos, patatas fritas, y te relames los labios de gusto…

100, 99, 98, 97, 96, 95, 94

Dios, Dios, Dios.

8 de febrero

Esta mañana ha aterrizado otra gaviota en el montículo, grande, gorda, mientras yo reposaba a la sombra de mi roca, la que considero mi campamento particular, con el muñón apuntando al cielo. En cuanto el pájaro se posó, empecé a salivar igual que los perros de Pavlov. Se me caía la baba como a un bebé. Como a un bebé.

Busqué una piedra del tamaño de mi mano y empecé a arrastrarme hacia el pájaro. Queda tan sólo un cuarto, ya hemos escalado tres. Tres y pico. Pinzetti pasa hacia atrás (Pine, quiero decir Pine). No tenía demasiadas esperanzas. Estaba seguro de que saldría volando, pero había que intentarlo. Si atrapara un ave tan gorda y tan insolente como ésa, tal vez pudiese posponer la segunda operación indefinidamente. Continué, aunque, de vez en cuando, me golpeaba el muñón contra el canto afilado de una roca y veía las estrellas con todo el cuerpo, obligándome a reposar hasta que el dolor se calmara.

La gaviota no escapó. Daba saltitos de aquí para allá, con el pecho hinchado, como un general pasando revista a las tropas. De vez en cuando me miraba con sus ojos pequeños, negros y malignos, y no me quedaba más remedio que quedarme inmóvil como una piedra y contar hasta cien a la espera de que volviera a moverse. Cada vez que agitaba las alas, el hielo me invadía el estómago. más No dejaba de salivar. Se me caía la baba como a un niño.

No sé cuánto tiempo estuve al acecho. ¿Una hora? ¿Dos? Cuanto más me acercaba, más fuerte me latía el corazón y más apetecible parecía la gaviota. Daba la impresión de estar burlándose de mí y empecé a temer que, antes de que la tuviese a mi alcance, echara a volar. Me temblaban las piernas y los brazos. Tenía la boca seca. El muñón, por su parte, me daba unas punzadas asesinas. Ahora pienso que debo haber sentido también dolores de abstinencia. ¿Tan pronto? No he tomado heroína más que una semana.

No importa. La necesito. Y hay mucha, muchísima. En cuanto llegue a los Estados Unidos, me someteré a una cura de desintoxicación en la mejor clínica de California. Pero ahora no se trata de eso, ¿verdad?

Cuando la tuve al alcance, no quise arrojar la piedra. Estaba irracionalmente seguro de que erraría, probablemente por unos pocos centímetros. Tenía que acercarme. Así que seguí arrastrándome, con la cabeza alta, el sudor cayendo a chorros por mi cuerpo maltrecho de espantapájaros. Por cierto, creo que se me están pudriendo los dientes, ¿lo he dicho ya? Si fuera supersticioso, diría que es porque comí …

¡Ja! Pero no debe de ser ésa la razón, ¿verdad?

Me detuve otra vez. Estaba mucho más cerca de esta gaviota que de cualquiera de las anteriores. No conseguía obligarme a tirar la piedra. La agarré con toda mi alma, hasta que me dolieron los dedos, pero ni siquiera así pude hacerlo. Porque sabía perfectamente lo que no dar en el blanco significaba.

No me importa emplear toda la mercancía. Les voy a poner un pleito que se van a acordar toda la vida. ¡Viviré como un rey durante el resto de mi vida! ¡Mi larga, larga vida!

Estoy convencido de que hubiera escalado hasta poder tomarla con la mano si finalmente no hubiera levantado el vuelo. La hubiera estrangulado. Pero extendió las alas y echó a volar. La insulté, me hinqué de rodillas y le lancé la piedra con las pocas fuerzas que me quedaban. ¡Y le di!

El pájaro soltó un graznido y cayó al otro lado del montículo. Entre risas y temblores, sin preocuparme por los golpes en el muñón ni por si se me abría la herida, llegué a la cima y empecé a descender por la otra vertiente. Perdí el equilibrio y me di en el suelo con la cabeza. En aquel momento ni siquiera lo advertí, aunque tengo un magnífico chichón como recuerdo. Sólo podía pensar en la gaviota y en cómo le había dado, suerte fantástica, aun volando, ¡le había dado!

La gaviota se arrastró hasta la playa, el ala rota, el cuerpo ensangrentado. Me arrastré tras ella todo lo rápido que me era posible, pero ella era más veloz. ¡ Una carrera de lisiados! ¡Ja! ¡ Ja! Podría haberla capturado, ya estaba muy cerca, de no haber sido por mis manos. Tengo que cuidar mis manos. Puedo volver a necesitarlas. A pesar del cuidado tenía las palmas llenas de tajos cuando por fin llegamos a la playa. Por si fuera poco, golpeé mi reloj contra una roca y saltó hecho añicos.

La gaviota entró en el mar cojeando, graznando como una endemoniada. La atrapé, pero sólo me quedó un puñado de tristes plumas. Entonces me caí y tragué agua, tosiendo y atragantándome.

Pero seguí arrastrándome y hasta traté de nadar tras ella. La venda del muñón acabó por caérseme en el agua, empecé a hundirme y no tuve más remedio que regresar a la arena. No sé cómo, pero salí del agua, temblando, exhausto, encogido de dolor, llorando, gritando y maldiciendo a la gaviota. Todavía estaba a la vista, allá lejos, cada vez más lejos. Creo recordar que en un momento le rogué que volviera. Eso sí, cuando salió al arrecife, juraría que estaba muerta.

No es justo.

Me llevó casi una hora arrastrarme hasta el campamento. He tomado mucha heroína, pero aun así, continúo enfadado con la gaviota. Si no iba a dejarse cazar, ¿a qué burlarse así de mí? ¿Por qué diablos esperó tanto?

9 de febrero

Me he amputado el pie izquierdo y lo he vendado con mis pantalones. Extraño. Durante toda la operación se me cayó la baba. ¡Se me cayó la baaaaaba! Como cuando descubrí la gaviota, se me caía la baba sin parar… Pero me obligué a esperar hasta la noche. Conté hasta cien al revés veinte o treinta veces. ¡Ja! ¡Ja!

Entonces…

Tenía que repetirme: rosbif frío, rosbif frío, rosbif frío.

11 de febrero (?)

Ha llovido durante dos días, con mucho viento. Cambié algunas rocas de lugar, hice una especie de escondrijo con ellas y me guarecí allí dentro todo el tiempo. Sorprendí una pequeña araña, la tomé con los dedos antes de que escapara y me la metí en la boca. Muy buena, muy gustosa. Empecé a temer que las rocas que tenía encima de la cabeza se vinieran abajo y me sepultaran. No importaba.

Me pasé toda la tormenta muy dopado. Tal vez haya llovido tres días, y no dos. O sólo uno. Aunque creo recordar que oscureció en dos ocasiones. Me encanta dormir, no siento ni el dolor ni el picor. Sé que voy a sobrevivir, no puede ser que tenga uno que pasar por todo esto para nada.

Había un cura en la Sagrada Familia cuando yo era niño, un enano que adoraba hablar del infierno y del pecado mortal. Les tenía verdadero cariño. No hay retorno del pecado mortal, ése era su punto de vista. Me pasé la noche soñando con él, el Padre Hailley, con su sotana y su nariz de whisky, sacudiéndose el dedo y diciendo: «Qué vergüenza, Richard Pinzetti…, un pecado mortal…, condenado al infierno…, condenado al infierno…

Me reí de él. Si esto no es el infierno, ¿qué es? El único pecado mortal es darse por vencido.

La mitad del tiempo la paso delirando; el resto me pican los muñones; la humedad hace que me duelan todavía más.

Pero no voy a ceder. No me voy a dar por vencido. No pasaré por todo esto para nada.

12 de febrero

Hace un día magnífico y el Sol brilla otra vez en todo su esplendor. Espero que se estén helando en Nueva York.

Es un buen día, en la medida de lo posible. La fiebre parece haber bajado. Estaba débil y temblaba cuando salí de mi madriguera, pero después de dos o tres horas al sol, vuelvo a sentirme casi humano otra vez.

Me arrastré hasta el sur de la isla y encontré varios trozos de madera arrojados por la tormenta, además de varios tablones de mi propio bote. Había quelpo y algas en uno de los tablones y me lo comí todo. Me dieron ganas de vomitar. Es como comerse la cortina de plástico del baño, pero me siento mucho más fuerte esta tarde.

Llevé la madera a la arena para que se secara. Todavía me queda una caja completa de cerillas a prueba de humedad y podré hacer una fantástica señal de humo si pasa alguien pronto. Si no, me servirá para cocinar. Voy a aspirar heroína.

13 de febrero

He encontrado un cangrejo, que maté y cocí en una pequeña hoguera. Esta noche casi vuelvo a creer en Dios.

14 de feb

Acabo de darme cuenta de que la tormenta se llevó casi todas las piedras de mi señal de AYUDA. Pero la tormenta terminó… ¿hace más de tres días? ¿He estado drogado todo ese tiempo? Tengo que tener más cuidado y bajar la dosis, porque ¿qué ocurriría si pasara un barco y yo estuviera durmiendo?

Reconstruí la señal, pero me llevó casi todo el día y estoy exhausto. Busqué un cangrejo donde encontré el otro, pero nada. Me corté las manos con varias de las piedras de la señal, pero me desinfecté con yodo, a pesar de mi debilidad. Debo cuidar mis manos. Por encima de todo.

15 de feb

Hoy se posó otra gaviota en el montículo. Levantó el vuelo antes de que yo me acercara. La conminé a irse al infierno, a picotear los ojillos rojizos del Padre Hailley para toda la Eternidad.

¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Ja.

17 de feb (?)

Me he cortado la pierna derecha a la altura de la rodilla, pero he perdido mucha sangre. El dolor era inenarrable, a pesar de la heroína. Sólo el shock hubiera matado a un hombre menos hombre que yo. Déjame contestar con una pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir? ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir?

Me tiemblan las manos. Si me traicionan, estoy perdido. No tienen ningún derecho a traicionarme. ¡Ningún derecho! Las he cuidado durante todas sus vidas. Las he mimado. Mejor que no me traicionen. O se van a arrepentir.

Por lo menos, no siento hambre.

Uno de los tablones del bote se partió por la mitad. Una de las partes tenía una punta bastante afilada, que fue la que usé. Se me caía la baba, pero me hice esperar pensando en… ¡aquellas barbacoas! Aquella casa que Will Hammersmith tenía en Long Island, con una barbacoa donde se podía asar un cerdo entero. Acostumbrábamos a sentarnos al atardecer, con tragos largos en la mano, hablando de nuevas técnicas quirúrgicas o de golf o de cualquier otra cosa. Y la brisa nos traía el olor del cerdo asado. Madre mía, el olor del cerdo asado.

Feb ?

Me he cortado la otra pierna a la altura de la rodilla. He estado dando cabezadas todo el santo día:

«Doctor, ¿la operación era necesaria?». Ja, ja. Me tiemblan las manos como las de un viejo. Las odio. Tengo sangre debajo de las uñas, costras. ¿ Recuerdas el modelo de la facultad, con la barriga de vidrio? Pues me siento igual, pero no quiero mirar. De ninguna de las maneras. Recuerdo que Dom decía eso, se paraba a charlar contigo en la calle con la chaqueta del Hiway Outlaws Club. Tú le decías: «Hombre, ¿cómo hiciste para conseguirla?». Y Dom respondía de ninguna de las maneras. Viejo Dom. Caramba, ojalá me hubiera quedado en el barrio. Esto tiene tan mala pinta, como decía Dom. Ja ja.

Pero me han dicho, sabes, que con la terapia adecuada y unas prótesis, volvería a estar como nuevo, podría volver a la isla y decirle a la gente: «Aquí es donde ocurrió».

¡Ja-ja-ja!

23 de febrero (?)

Encontré un pez muerto, podrido y apestoso. Es igual, me lo comí. Me doblaban el cuerpo las arcadas, pero no me lo permití. Sobreviviré. Estoy tan bien con heroína, las puestas de sol.

Febrero

No me atrevo, pero tengo que hacerlo. ¿Pero, cómo haré para ligar la arteria femoral tan arriba? Es amplia como una maldita autopista a esa altura.

A pesar de todo, tengo que hacerlo. He marcado la parte alta del muslo, la parte donde todavía hay carne, con lápiz.

Desearía poder dejar de babear.

Fe

Te… mereces… un descanso hoy… también… así que… levántate y vete.., a McDonald’s… dos hamburguesas… salsa especial… lechuga… pepinillos.., cebollas… en… un panecillo…

Da… dada… dadada…

Febbe

Hoy me he visto la cara en el agua. Una calavera cubierta de piel. ¿Me he vuelto loco ya? Debo de estar loco. Ahora soy un monstruo. Un engendro. No me queda nada bajo las ingles. Un verdadero monstruo. Una cabeza atada a un torso que se arrastra por los codos en la arena. Un cangrejo. Un cangrejo dopado. Eh, tú, soy un pobre cangrejo dopado, dame una moneda.

Jajajaja.

Dicen que de lo que se come se cría, así que ¡TODAVÍA SOY EL MISMO! Querido Dios shock traumático shock traumático shock traumático NO EXISTE NADA QUE SE PAREZCA A UN SHOCK TRAUMÁTICO.

JA.

40/Fe ?

He soñado con mi padre. Cuando se emborrachaba, olvidaba el inglés. No es que tuviera nada interesante que decir de todos modos. Condenado cerdo, me alegré tanto de irme de tu casa, papito, condenado cerdo, chapucero, nada, no vales para nada, nada, cero. Sabía que lo lograría. Me alejé de ti, ¿verdad? Me fui andando sobre las manos.

Pero ya no puedo cortar nada más con ellas. Ayer me corté las orejas.

la mano izquierda lava la derecha no dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha pito pito colorito donde vas tú tan bonito… jajaja…

Qué importa, una mano u otra, buena comida, buena carne, buen Dios comamos… pies de cerdo saben igual que manos de cerdo.

https://www.biblioteca.org.ar/libros/1590.htm

Gentileza de Beater


Donado por Letras Perdidas

 

Vicios del lenguaje, para recordar

Los tipos de vicios de la lengua ya los hemos sugerido en la propia definición, unos son de construcción sintáctica… y los demás de léxico (aparte de los orales).

 

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Los vicios de construcción son errores manifiestos en la sintaxis, la concordancia, la conjugación de los verbos, los relativos, el uso de preposiciones, etc. Vamos a ver los más comunes y conocidos:

SOLECISMO: HACE REFERENCIA EN GENERAL A LA FALTA DE SINTAXIS, O AL USO INCORRECTO DE EXPRESIONES IDIOMÁTICAS.

  • Cuando faltan o sobran letras, por ejemplo en “dijistes”  (lo correcto es dijiste),  “a grosso modo” (lo correcto es grosso modo)
  • Uso indebido de unas palabras por otras: Habemos más vecinos que autos (lo correcto es «somos«).
  • Dequeísmo, cuando se usa el “de que” incorrectamente; ejemplos:

Dijo de que vendría mañana [el “de” sobra].

Opino de que es imposible olvidarlo [la preposición sobra].

  • Queísmo, cuando se trata del fenómeno contrario, en el que falta la preposición:

No te olvides sacar el perro [falta la preposición “de”, puesto que el verbo la exige].

  • Cosismo, cuando se usa el vocablo “cosa” constantemente en el texto.
  • Verbos comodines, cuando se los usa en exceso: hacer, poder, lograr, etc.
  • Monotonía es la falta de léxico rico y variado en un texto, por pereza o desconocimiento.
  • Pleonasmo, que consiste en el empleo de palabras innecesarias; ejemplos:

Persona humana [sobra “humana”, por definición de persona].

Volar por el aire [sobra “por el aire”, por definición].

Me parece a mí que… [sobra “a mí”, ya que está contenido en el “me” inicial].

 

El cadáver fue encontrado muerto dentro de su automóvil [sobra “muerto”].

Mas sin embargo [“mas” y “sin embargo” representan lo mismo].

No obstante lo dicho anteriormente, existen excepciones, por ejemplo la frase: ¡Lo vi con mis propios ojos!, que podría considerarse un pleonasmo, las Academias de la Lengua Española la aceptan como una licencia literaria para darle más fuerza a la expresión. Por tanto, los vicios de la lengua son relativos en parte.

  • Anfibología, doble sentido, mala construcción de la oración (cuando no es intencionada):

Me voy a lavar => la oración es correcta, pero da lugar a anfibología, porque tanto puede significar “voy a lavarme” (a mí mismo) como “voy a lavar [“el coche”, por ejemplo].

Pero la anfibología también es una figura retórica usada por los escritores precisamente para dar una sensación de ambigüedad, en ese caso no pertenece a la sección «vicios de la lengua».

  • Cacofonía, cuando se repiten las mismas sílabas o letras:

La atroz zozobra del barco…

  • Redundancia: repetición innecesaria y errónea, por ejemplo “sube arriba” o “baja abajo”.

BARBARISMO: SE REFIERE AL MAL USO DEL LÉXICO EN GENERAL. HAY MUCHOS TIPOS DE ESTA CLASE DE VICIOS DE LA LENGUA:

  • Arcaísmo: uso de términos poco habituales, o casi sin uso:

Depende mucho del lugar: “platicar” está completamente en desuso en España, pero sigue vigente en México. Es un arcaísmo en España, pero no en México. El abuso de arcaísmos en un texto se considera incorrecto.

Algunos otros arcaísmos: conseja (por cuento), asaz (por bastante), yantar (por comer), aguamanil  (hoy inexistente, especie de palangana para limpieza de manos), etc.

  • Extranjerismo, uso de términos propios de lenguas extranjeras:

Barman, best-seller, number one, backup, consulting, etc. Todos ellos tienen equivalentes en español, como camarero ( o mesero en ciertas partes de América), superventasnúmero uno, copia de seguridadconsultoría, etc.

Otra cosa son aquellos extranjerismos sin equivalente o traducción, como “software” o “jazz”, que simplemente se resaltan con comillas o cursiva, para dar a entender que no son propios de nuestra lengua.

  • Neologismo: son palabras nuevas, generalmente compuestas y poco asentadas. Su abuso también se considera inadecuado. Por ejemplo… dialogismo, gestáltica, resemantización, etc.

Muchos neologismos se utilizan en especialidades científicas, como psicología, físico-química, lingüística, etc. En ese ámbito, su uso es normal y adecuado.

**************

En fin, este artículo sobre los vicios de la lengua ha sido un resumen apretado y no exhaustivo de los principales errores que cometemos al escribir. Sólo es cuestión de pensar un poco y de tener muy claros los conceptos gramaticales, que iremos desarrollando en distintos artículos.

Si te ha gustado el «post» (entrecomillado y en cursiva, además de negrita, para dar a entender que es una expresión foránea), no te olvides comentarlo abajo, o bien de compartirlo en tus redes sociales favoritas. Gracias.

CARA DE PERRO. — manologo

Sus compañeros de colegio le pusieron como apodo “Cara de perro”, tal vez por la forma de su boca, o la de sus ojos o por el conjunto que hacía recordar a una cara de ese animal. En clase había un “pajarito”, un “sapo”, un “burro” y un par más cuyos apodos solo se […]

a través de CARA DE PERRO. — manologo

En defensa del oficio de Rogelio Guedea

Los que no escriben saben que escribir es fácil. Que para ello sólo es necesario un jardín, una mujer y un hombre que, por alguna circunstancia de la vida, ha olvidado la cita. Los que no escriben saben que eso es suficiente para escribir una novela o un cuento, según si en medio del hombre y la mujer interviene un tercero con intenciones de contrariarlo todo. De eso dependen la extensión y la intención de la historia. Sin embargo, los que escriben piensan todo lo contrario, y si se empeñan en estar horas enteras frente a la página en blanco, quemándose la s pestañas y la sesera, creando largos e intrincados argumentos, es sólo porque quisieran encontrar, finalmente, esa verdad que de tan buena fuente saben los que no escriben.

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Jack Kerouac, su visión del hay-ku y la opinión de un ingeniero en sus ratos libres.

Fundador de poemame.com. Poeta aficionado e ingeniero en sus ratos libres. Le gusta el café sin azúcar y la rima consonante, aunque tiene cierta debilidad por el haiku japonés. Code is poetry.

Con estas palabras –de la introducción de su libro “Poemas dispersos”- nos daba Jack Kerouac (1922-1969) su concepción del haiku en lengua inglesa (y por extensión en cualquier lengua occidental).

El estadounidense Jack Kerouac ha pasado a la historia como el escritor más representativo de la Generación Beat. Él y otros como Allan Ginsberg, William Burroughs o Neal Cassady tomaron las carreteras de los EEUU entre los años 50 y 60 en busca de la libertad artística y vital.

kerouac
Jack Kerouac

Si bien Kerouac es conocido sobre todo por su faceta como novelista –sus novelas “En la carretera” (1957) o “Los vagabundos del Dharma» (1958) retrataron el lado oscuro de la acomodada sociedad norteamericana- su obra poética es también particularmente interesante. Y de hecho, a él se debe buena parte de la popularidad del haiku en la literatura norteamericana.

Kerouac llegó al haiku a través de sus estudios de budismo, de la mano de su amigo Gary Snyder, un conocido poeta zen. Y de igual manera que revolucionó la novela tradicional con sus ideas sobre la “escritura espontánea”, también cambió la manera de entender el haiku: rechazó de plano la métrica estricta de diecisiete sílabas propia del haiku japonés, pero mantuvo en cambio la brevedad expresiva en tres líneas.

No telegram today
only more leaves
fell.

No hay telegramas hoy
sólo más hojas
que caen.

Nightfall,
boy smashing dandelions
with a stick.

Anochecer,
un chico destroza el diente de león
con un palo.

Siguiendo de nuevo las palabras de Keroauc, “un verdadero haiku debe ser tan sencillo como unas gachas, y aún así mostrarte completamente la realidad”. El haiku permitía a Kerouac mantener esa espontaneidad buscada –vital para él- mediante la imagen descrita pero también sugerida. Veámoslo.

Missing a kick
at the icebox door
It closed anyway.

Yerra la patada
en la puerta de la nevera.
Se cierra igualmente.

Me gusta este haiku. En mi opinión muestra “el aquí y el ahora” que sugería Basho, acompañado de una fina ironía, la puerta que se cierra igualmente, a pesar de los esfuerzos del protagonista del haiku.

Evening coming.
The office girl
unloosing her scarf.

Cae la tarde.
La chica de la oficina
se desata la bufanda.

Éste es un haiku sencillísimo, que nos describe una escena diaria en la rutina de una joven. Quizá ha terminado el trabajo y vuelve a casa, o quizá tiene una cita, o quizá va de compras, o quizá… Me sugiere tantísimas cosas.

In the sun
the butterfly wings
Like a church window

En el sol
las alas de la mariposa.
Como la vidriera de una iglesia.

En este caso se presenta una imagen que se me antoja hermosa. Establece un vínculo entre la belleza de la naturaleza y la belleza del arte, e insinúa cómo éste se inspira en aquella.

Concluyo este breve recorrido por la obra de Jack Kerouac con una reflexión sobre el carácter universal que el haiku ha tomado en el último siglo, y cómo ha convertido su sencillez en un puente capaz de unir culturas y tiempos y literaturas muy lejanas entre sí.

And the quiet cat
sitting by the post
Perceives the moon

Y el gato inmóvil
sentado junto al poste
se percata de la luna.

The bottoms of my shoes
are clean
from walking in the rain.

Las suelas de mis zapatos
están limpias
de caminar bajo la lluvia.

https://revista.poemame.com/2019/03/20/8-haikus-de-jack-kerouac/

Esperanza RGG

Estoy desordenado, confuso. Sentía a deshoras que tus cabellos danzaban sobre mi cuerpo. Entresoñando olía tus manos y encontraba el aroma que respiramos juntos. con gritos de silencio lo negaba; pero hubo noches que percibía tus pasos recorriendo mis latidos y me levantaba habitado de ti.

En la mañana cantaron los Jilgueros, los mismos que silbaban en nuestra cita de las tardes. Sé que nada es cierto, es mi torpeza o mi cuerpo desatento. ¡Qué difícil es negar que aún te espero!

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