Cuando se inclinó sobre la figura que agonizaba en la cama, reconoció con horror a la mujer con la que había yacido dos noches antes. Se echó hacia atrás asustado, y tambaleándose se llevó la mano derecha a la careta con pico de pájaro buscando un poco de aire.
–No se la quite, doctor. Se va a infectar –lo detuvo uno de sus ayudantes.
Pero ya era tarde, estaba contagiado sin remedio de la enfermedad más letal de que se tuviera noticia. El médico murió una semana después entre aullidos desesperados repitiendo el nombre de la mujer, víctima del mal de amores.
Microbiografía
(México, 1980). Pediatra de profesión y escritora por vocación. Ha publicado algunos de sus microcuentos en antologías de minificción (Señales mínimas , Ediciones Idea, Tenerife, 2012; Érase una vez… un microcuento, Diversidad Literaria, Madrid, 2013; Saborea la locura, Chiado Editorial, Barcelona, 2013; Vamos al circo, BUAP, Cd. de México, 2017; Las musas perpetúan lo efímero, Micrópolis, Lima, 2017). Ha publicado sus microcuentos en diversos blogs y revistas digitales, participando de manera activa en las redes sociales. Las pequeñas cosas es su primer libro.
El sol cae de filo sobre tu cabeza y es grande el valle de lágrimas que debes recorrer. Sudas de manera incontrolable y tu labio superior, partido y reseco por la sed, se hiende como un terrón de tierra. El aire que acaricia tu rostro te recuerda a la respiración tibia de Sergio cuando dormía sobre tu pecho.
¿Amó el eunuco en silencio a aquel que estuvo entre los leones? Yo te amaré con todas mis fuerzas, Sergio, aunque me cubriera el polvo de los gentiles.
¿Por qué no caes de rodillas y dejas de correr? Falta poco, Sergio, y sólo sientes los clavos puestos en tus sandalias. Y a través de ese dolor, que anuncia la muerte, el recuerdo de Baco te sostiene.
Y el alma de Jonatán se quedó prendada de David aquel día que murió Goliat. Con esa misma intensidad, te amo a ti, Baco.
Llegas sucio por el polvo y las injurias. El miedo se te ha quedado en los ojos. “¿Dios, estaré contigo hoy en el paraíso?”. Los gentiles esperan con ansias tu cuerpo para mancillarlo, destruirlo, corromperlo.
Y Rut se desnudó en la estera y concibió con Booz un hijo para Noemí, ¿no es eso, amado Baco, la prueba más grande de amor?
Desgarradas las plantas de tus pies, sientes el filo de la espada sobre tu cuello. Cierras los ojos y piensas en la muerte, pero también en un halo de luz que puede ser la esperanza.
***
Edgar Núñez Jiménez (Copainalá, Chiapas, 1991). Ha aparecido en los libros En-saya (Universidad Veracruzana, México, 2013), Brevísimos (Ediciones Equinoxio, Argentina, 2019) y Esto solo podía pasar en verano (España, 2019). Aparece en las antologías Perros y Gatos (Ediciones Sherezade, Chile, 2019).
Diversidades minificciones alternas compilación:
Vimarith Arcega-Aguilar
Diana Raquel Hernández Meza José Manuel Ortiz Soto
No me podía dormir. Desde la ventana entreabierta se veían las sombras de los árboles. Se oía el runrún lejano de la avenida y, de vez en cuando, algunos pasos apurados en la vereda. Ella no se movía; la toqué y después de tantos años me seguía sorprendiendo la suavidad de su piel. Me levanté y me senté en la silla en la que había colgado los pantalones. Las sombras recorrían su espalda como olas. Ella parecía tener un poco de frío pero si me hubiera levantado para taparla me habría perdido el espectáculo. Pensé en lo mucho que la quiero y en lo mucho que me costaba decírselo. Encendí el velador que daba una luz tenue hacia abajo. La suficiente para permitirme tomar notas en el cuaderno de tapas duras. Hice un boceto de su espalda desnuda que, en un vano intento, quise difuminar en una guitarra, incluso dibujé el agujero. Escribí algunos recuerdos de momentos que pasamos juntos. Intercalé texto y dibujos. Con un lápiz 2B hice unos sombreados como los que estaba viendo. Con algo de rencor escribí el dolor que me había producido el engaño. Fui al placar y saqué la caja de Faber-Castell. Para completar el dibujo, elegí el lápiz más rojo de todos y comencé a pintar las manchas de la sábana.
Álvaro Ruiz de Mendarozqueta. Publicó relatos y artículos en las revistas SuperHumor, Sinergia, Clepsidra, Cuasar, Vórtice, Gurbo, Gestalt, Axxon, miNatura, Brevilla y Puro Cuento. También publicó en el diario El Litoral de Santa Fe y en las antologías Fase Uno, Fase Dos, Grageas 2, Todo el país en un libro. Fue incluido en las antologías Microrrelatos navideños y Fútbol en breve, de Internacional Microcuentista y Antología de microrrelatos de amor y desamor, de Brevillia. Alción Editora publicó su libro de cuentos El arte de lo efímero.
Se hacía de noche y no podía dormir, el día había sido tan caluroso que el bochorno lo impregnaba todo, mi cuerpo estaba caliente y salí a pasear, a reencontrarme con los murciélagos que le hacen la competencia a mis ojos pues de carácter nocturno más que diurno son, y lo son porque de noche […]
Sí era el mismo. Premio mayor. Rumbo a su casa hacia cuentas para tener una idea aproximada del monto. Una cuadra antes de llegar, se le prendió como garrapata una duda. Estaba seguro de que era el mismo número, pero si no fuese la fecha…volvió sobre sus pasos y pasando el crucero estaba el estanquillo. Todos los días lo hacía para llegar a su trabajo, al cruzar recordaría su último vuelo y a su lado el boleto de la lotería.
La enóloga chocó su copa de brandy Gran Reserva con la de su prometido, se la llevó a los labios y bebió un trago corto de aquel líquido caoba oscuro. A petición de los invitados a su ceremonia de pedida, besó después a su novio en la boca. Cerró los ojos y se concentró en su paladar, en el que se mezcló un suave toque a ciruelas y pasas del brandy, con la dulzura de la boca del hombre al que amaba. Al final del beso, una vez que se hubo extinguido el regusto a taninos del brandy en sus papilas gustativas, reconoció, oculto en el fondo de la boca de aquel que le había prometido amor eterno, el inequívoco sabor de otra saliva femenina
Que Igor, el forzudo de nuestro circo, tenía un romance con Raisa, la partener del lanzador de cuchillos, es algo que sabía todo el circo. E incluso buena parte de los espectadores, a poco vivos que estuviesen. Pero precisemos: los sabía todo el circo menos Pietro, el lanzador de cuchillos. O al menos no se enteró hasta el último día, cuando cazó al aire una conversación en la que se hablaba de su cornamenta. Ese mismo día, el tercero de los cuchillos fue a parar al cuello de Raisa, con tal fuerza y tanta rabia que lo atravesó y quedó clavado en la madera, tambaleándose. Fue la primera y única vez que hemos visto llorar a Igor el forzudo, un tipo rudo e impertérrito capaz de levantar una caravana con la mano izquierda mientras se lía un cigarrillo con la derecha. Y todo ello, sin darse apenas importancia.
Empezó a escribir cuentos “cortos y raros” desde muy pequeño, pero no fue hasta que encontró, en el año 2002, a Ficticia (www.ficticia.com) en Internet, la página decana del cuento en la red. Ahí se enteró de que lo que escribía tenía un nombre, “microrrelatos”, y desde entonces sigue escribiendo y colaborando semanalmente en esa página. Ha sido ganador o finalista de concursos de relatos organizados por “El País”, “ABC”, “La Razón”, “Onda Madrid”, “RENFE”, “Augusto Monterroso”, “Museo de la Palabra” o “Relatos en Cadena” de la Cadena Ser, donde ha sido finalista en 8 ocasiones y este año 2015 estará presente en la final anual. Tiene escritos otros dos libros de microrrelatos (ambos con micronovela incluida, por supuesto) y está preparando un libro de relatos con el mundo del cine como protagonista.
La mejor manera que encontré para descargar la parte oscura que llevamos dentro, fue asesinando gente en los cuentos. Forjé cierta reputación y aparezco en antologías de la serie «Letra negra». Incluyo algo de sadismo y toques eróticos —muy de moda—. Sin ir más lejos acabo de mutilar a la vecina de arriba que me tiene harto con sus tacos resonando a las seis de la mañana. Disfruté mucho relatando cómo la desmembré con el cuchillo grande que uso para el asado. Salgo de casa a comprar algo para festejar. En la vereda dos policías se me acercan; detrás de ellos, un empleado de la editorial me señala con el dedo.
Álvaro Ruiz de Mendarozqueta. Publicó relatos y artículos en las revistas SuperHumor, Sinergia, Clepsidra, Cuasar, Vórtice, Gurbo, Gestalt, Axxon, miNatura, Brevilla y Puro Cuento. También publicó en el diario El Litoral de Santa Fe y en las antologías Fase Uno, Fase Dos, Grageas 2, Todo el país en un libro. Fue incluido en las antologías Microrrelatos navideños y Fútbol en breve, de Internacional Microcuentista y Antología de microrrelatos de amor y desamor, de Brevillia. Alción Editora publicó su libro de cuentos El arte de lo efímero.
No creía en nada. Mi amor desterrado a los abismos de la normalidad. Mi cuerpo, subyugado, esclavo de la norma del deber ser, existiendo sólo para cumplir los planes de la sociedad. Aterrado, aterrada. Tiemblo como un animal indefenso perdido en las entrañas de una cueva desconocida; me llegan ecos de gritos a cada paso: “¡No! ¡No! ¡No!”. No es normal. Es un error. Se trata sólo de una fase. Mientras más gritan, más me oculto en lo profundo de la cueva, mi cueva desconocida. Se oyen gotas que caen a lo lejos, se escuchan torturas que vienen de cualquier destino, y de pronto, un susurro. “¿A qué sabe un beso?”, a beso, “¿A qué sabe un beso?”, a beso, “¿A qué sabe un beso?”, a beso, respondo nuevamente. Unos labios se posan sobre los míos. Al primer contacto, me muestro temeroso; luego, tras esa sensación de labios, me doy cuenta: un beso no es heterosexual; no sabe a homosexualidad; no sabe a lesbianismo; no es bisexual; no es travesti; no es transexual; no es transgénero. Un beso es un beso. Un beso, fue el primer paso para enfrentar a la cueva desconocida, para callar a los ecos resonantes, para dejar atrás la normalidad. Un beso.
Leodan Morales (Coacoaco, Ilamatlán, Veracruz, 1990). Actual integrante del círculo literario “Luz y palabra”. Ha presentado su obra poética en náhuatl en la FIL del Zócalo, así como en la Revista de la Universidad.
Si bien hemos encontrado una frecuente presencia de la ironía, también es cierto que el humor en forma franca y directa aparece en la elaboración de estos relatos. En este sentido, muchos son los que relacionan estos microcuentos con los chistes:
¿Tu marido es celoso?
Sí, es el oso que viene allí.
¿Qué recursos del humor podemos encontrar?
Vamos a ver qué recursos del humor descubrimos en esta selección de microrrelatos que presentamos a continuación. En este caso vamos a encontrarnos con autores de diferentes nacionalidades.
Definiciones poco usuales. En muchas ocasiones nos topamos con ejemplos que son como definiciones pero atravesadas por un lenguaje que las saca del discurso de los diccionarios. En algunos casos, se hace referencia a la presencia del diablo: así sucede con el Diccionario del diablo, de Ambrose Bierce y con Rol de cornudos, de Camilo José Cela:
Cornudo angélico:
El que al encontrarse a su mujer en la cama con un vecino, lo atribuye a falta de calefacción. Es especie ejercitadora de la caridad: convierte infieles, regala boinas y calzoncillos a los huérfanos de las riadas, da tres pesetas mensuales a la Cruz Roja, etc.
Camilo José Cela (España, 1916/2002)
Inventor: Persona que construye un ingenioso ordenamiento de ruedas, palancas y resortes, y cree que eso es civilización.
Ambrose Bierce (EEUU, 1842/1914)
Sirena: Uno de los varios prodigios musicales célebres por su vana tentativa de disuadir a Odiseo de una vida oceánica. Figurativamente, dama de espléndida promesa, aviesa intención y frustrante rendimiento.
Ambrose Bierce
Observación absurdamente natural. En otros ejemplos predomina la observación de la realidad con una naturalidad tal que lleva necesariamente a la evidencia de lo absurdo o ridículo:
Una vida
La cocinera dijo que no se casó porque no tuvo tiempo.Cuando era joven trabajaba con una familia que la dejaba salir dos horas cada quince días. Esas dos horas las empleaba en ir en el tranvía 38, hasta la casa de unos parientes, a ver si habían llegado cartas de España, y volver en el tranvía 38.
Adolfo Bioy Casares (Argentin, 1914/1999)
La última vez que nos encontramos Jorge Luis Borges y yo, estábamos muertos. Para distraernos, nos pusimos a hablar de la eternidad.
Juan José Arreola (México-1918/2001)
La mala memoria
Me contaron hace un tiempo una historia muy estúpida, sombría y conmovedora. Un señor se presenta un día en un hotel y pide una habitación. Le dan el número 35. Al bajar, minutos después, deja la llave en la administración, y dice:
-Excúseme, soy un hombre de muy poca memoria. Si me lo permite, cada vez que regrese le diré mi nombre: el señor Delouit, y entonces usted me repetirá el número de mi habitación.
-Muy bien, señor.
A poco, el hombre vuelve, abre la puerta de la ofinina:
-El señor Delouit.
-Es el número 35.
-Gracias.
Un minuto después, un hombre extraordinariamente agitado, con el traje cubierto de barro, ensangrentado y casi sin aspecto humano entra en la administración del hotel y dice al empleado:
-El señor Delouit.
-¡Cómo! ¿El señor Delouit? A otro con ese cuento. El señor Delouit acaba de subir.
-Perdón, soy yo… Acabo de caer por la ventana. ¿Quiere hacerme el favor de decirme el número de mi habitación?
André Breton (Francia, 1896/1966)
El elefante
Había una vez un cachorro de elefante que escuchó decir a alguien: “mira, allá va un ratón”. La persona que lo dijo estaba realmente viendo un ratón, pero el elefante pensó que se estaba refiriendo a él.
Había muy pocos ratones en aquel país y, en todo caso, preferían quedarse en sus agujeros, y sus voces no eran muy fuertes. Pero el cachorro de elefante bramó por todas partes, embelesado por su descubrimiento: ‘soy un ratón’.
Lo dijo tan fuerte, tan frecuentemente y a tanta gente que, créanlo o no, en la actualidad existe un país en el que casi toda la gente cree que los elefantes, y particularmente los cachorros de elefante, son ratones.
Es verdad que, de tiempo en tiempo, los ratones han tratado de argumentar con aquellos que sostienen la creencia de las mayorías, pero siempre se les ha hecho huir.
Idries Shah (India, 1924/1996)
Milonga para Jacinto Cardoso
A Jacinto Cardoso se lo llevaron, esposado, un martes por la noche. Se resistió con todas las fuerzas que quedaban en su pobre cuerpo, desangrado, pero no hubo caso. La libertad esa noche le volvía la espalda. Pobre Jacinto Cardoso. Se cuenta que los muchachos le compusieron una doliente canción de despedida. Un martes por la noche nada menos, martes 13 para Jacinto Cardoso aunque fue un martes cualquiera cuando lo esposaron. Los muchachos supieron llorar la pérdida de Jacinto Cardoso, desangrado en el juego de naipes, esposado por la Juana un martes a la noche.
Historia verídica (Julio Cortázar-argentino-1914/1984)
A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.
Luisa Valenzuela (Argentina, 1938)
Juegos con referencias conocidas. También podemos encontrarnos con los cuentos que juegan haciendo referencia a historias conocidas (generalmente procedentes de la literatura):
The female animal
Despertada por el canto de la alondra, Julieta abre los ojos, se levanta del lecho, se viste de raso, de brocato y de terciopelo, se calza chapines de seda, aprisiona sus cabellos en una red de hilos de oro, se colorea las mejillas con agua de púrpura, los párpados con tierra de Egipto, los labios con pasta carmín, se adorna con collares, con pendientes, con pulseras, con anillos, se perfuma con esencias arábigas, se mira en el espejo, sonríe, suspira y sale al balcón. Toda Verona arde en riñas callejeras entre Montescos y Capuletos. En el centro de la vasta reyerta, Romeo se bate encarnizadamente con Teobaldo. Julieta espera un minuto, dos minutos, tres minutos. Después vuelve a entrar en su alcoba, se arranca los collares, los aros, los brazaletes, las sortijas, hace volar por el aire los chapines de seda, se rasga el raso, el brocato y el terciopelo, arremete contra el agua de púrpura, contra la tierra de Egipto y la pasta carmín, hace pedazos la red de hilos de oro, se sienta, grita: ´¡Y para esto me vestí!¨?’
Marco Denevi (Argentino, 1922/1998)
En algunos de los grupos de historias seleccionadas estamos más cerca del cuento breve que del microrrelato, pero me ha parecido importante abrir un abanico de posibilidades. En cualquier caso, hasta aquí llega el artículo de hoy. En el próximo artículo, retomaremos este tema y seguiremos ahondando en cómo el humor impregna los microcuentos.
Profesora de Lengua y Literatura. Interesada en los microrrelatos, la narración oral, la literatura comparada, la producción de audiovisuales y el análisis comparado de textos y manifestaciones estéticas (diferentes casos de transtextualidad). Luego de batallar con otras aplicaciones vuelvo por acá con otro espacio dedicado en particular para el material de trabajo del año en la escuela.
Si en el cuento cada palabra es importante, en el microrrelato mucho más. Cuando tienes que causar sensaciones en el lector con tan solo un puñado de palabras, has de elegirlas bien. Intenta que no sobre ni falte nada, que cada palabra esté donde debe y que se trate de la palabra correcta. Busca sinónimos si hace falta, elige siempre la que evoque aquello que quieres transmitir, vigila la sonoridad del texto… Tendrás que revisarlo unas cuantas veces hasta alcanzar el resultado que persigues, pero al ser una narración tan breve, puedes dedicarle más tiempo.
Desesperado, salí del baño como estaba; a decir verdad, no muy vestido. Encima, no tengo una figura agraciada, de modo que, en la calle, mis desnudeces no fueron celebradas con aplausos sino más bien con horror y frases que denostaban mi condición. Inútil fue decirles qué había pasado, de modo que seguí corriendo hasta encontrar u policía, que resultó mujer y que me miró con cara de pocos amigos. —Hay un muerto en mi baño, oficial —le dije casi sin poder respirar. —¿Cómo murió? —me dijo mirando sin disimulo mis partes bajas. —Creo que yo lo maté. —¿Cree? —dijo, sacando su arma reglamentaria—. Acompáñeme a la Comisaría. —Pero… ¿y el muerto? —No nos necesita —dijo (y tenía cierta lógica)—. Usted quedará encerrado hasta que se sepa qué le pasó. —Pero fue involuntario. No quise matarlo —dije. —Todos dicen lo mismo —contestó con una media sonrisa—. Vamos. ¡Venga! —reforzó con un grito su orden. De pronto, mi capacidad de moverme se anuló, quedé congelado en el vidrio. —No puedo acompañarla. Estoy congelado. Debe ser el miedo. No necesité decir más. Ella disparó tres veces. El espejo estalló en millones de pedazos. Algunas esquirlas, incluso, la lastimaron levemente. Cuando me encontraron en el baño de mi casa, desnudo y muerto de tres tiros de pistola de la policía, ella no pudo explicarlo y de nada sirvieron en su defensa todos los testigos que aseguraron ver pasar un espejo por la calle con un hombre desnudo dentro. La encontraron culpable.
Héctor Ranea. Educado en escuelas públicas y la Universidad Nacional de La Plata, es poeta, escritor y jubilado de los sistemas de educación universitaria y científico. Como escritor es autor de un libro de poemas (Profundo corazón de la marea, Último Reino 2000), un libro de divulgación científica (Los cazadores de la unificación perdida, Editorial Colihue 1992) y participa en 13 antologías de diferente corte. Tiene varios libros de narrativa y poesía en preparación.
Ausente el hombre bala, fue sustituido por el payaso Risitas. Voló como pájaro multicolor, la melena al viento y los ojos al cielo. Cayó la bola roja, la peluca dorada, los zapatos enormes y luego se perdió en el firmamento. El público lo despidió con atronador y prologado aplauso.
Rubén García García médico jubilado y estudiante de escritor a tiempo completo.
Avanzando en oleadas malignas, las hormigas carnívoras no han dejado más que esqueletos blanqueados a su paso. Horrorizado, Tarzán sostiene en su mano temblorosa la calavera pelada de un primate. ¿Se trata de su amada mona Chita? Condenado al infinitivo, el rey de la selva se pregunta ¿ser tú Chita, mi buena amiga mona? ¿La compañera que alegrar mis largos días en esta selva contumaz? ¿Ser o no ser?