Me dijo. Accionó una cerbatana, rompió el foco y la luz empezó a derramarse hasta que inundó el cuarto. Estoy ahogado en luz y en cada hipo ilumino mi piel como cualquier foquito de navidad.
Intertextualidad con un cuento de Gabo
Rubén García es el administrador y autor de minificcones. El blog tiene como uno de sus propósitos apoyar a quienes disfrutan de la creación de textos y los que gustan leer cuento, minificción, hayku, poesía.
A doña Juana le trasplantaron un corazón a los setenta y dos años; el suyo ya no daba ni para lo mínimo.
—¿De dónde vienen estos corazones? —le preguntó al anestesiólogo, tumbada sobre la camilla del quirófano.
—De donantes —contestó él, colocándole la máscara de oxígeno.
—¿Y de quién era este? —preguntó otra vez, quitándose la mascarilla de un manotazo.
—Eso no se sabe, doña Juana, son datos confidenciales. De un joven, supongo, alguien de veinte años a lo más que habrá muerto en un accidente. Ahora, a dormir.
Lo que oyó le impactó de tal modo que mientras se hundía en el sopor del fentanilo hizo un juramento: le mostraría a ese corazón todo lo que se perdió por la crueldad del destino. Así que cada domingo emprendía una caminata de tres horas por los montes, que remataba bebiendo ron y bailando hasta la madrugada, y al mismo tiempo se enamoró perdidamente de una pelirroja que le abrió las puertas del paraíso terrenal a su joven corazón. Y todo por ese donante; si por ella fuera, reflexionaba doña Juana recorriendo el país en moto, se hubiera dejado morir gustosamente en el quirófano.
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Paola Tena(Chihuahua, Chihuahua, 1980). Pediatra es su identidad “oficial”. Escritora es su personalidad no tan secreta. Ha publicado microcuentos en varias antologías y revistas dedicadas al género minificcional. Ha sido ponente en sesiones de animación a la lectura. Imparte talleres de Escritura Creativa y elaboración de fanzines. Es autora de Las pequeñas cosas (Ediciones La Palma, 2017), su primer libro.
Incorpóreas, emergiendo del limbo, dos almas despertaron. Recordaron sus vidas pasadas juntas: la fuerza del amor las hizo inseparables más allá de la muerte. Vislumbraron la eternidad unidas y, para su nueva reencarnación, se amalgamaron, se hicieron una.
Años después de renacer, él se autonombró Freddie Mercury.
Fernando Sánchez Clelo(Puebla, Puebla, 1974). Entre sus obras más recientes están La letra de bengala (2019), Un reflejo en la penumbra (2016) y Resonancias (2018), antología realizada con Gloria Ramírez. Es director de la colección Ficción Express en Publicaciones BUAP.
Como una flor desmembrándose, la gente se apartaba del pasillo para abrir paso a esos dos que se venían corriendo. Cuando el tren se acabó, la persecución también. Quedaron cara a cara, dispararon. Una bala atravesó el furgón hacia el carterista, mientras que otra atravesó el lugar en sentido opuesto, hacia el policía. Los disparos se cruzaron frente a los inertes boquiabiertos. Cuando los proyectiles hubieron impactado en sus respectivos objetivos, los testigos creyeron que eso era el fin. Menos uno, quien afirmó que las balas siguieron surcando el aire, llegaron a la casa de cada muerto, ubicadas en barrios similares, bajos y pobres, y atravesaron a cada mujer y a cada hijo, ultimando mucho más que dos vidas.
La quietud —¡Quieta ahí! —exclamó mientras la arrinconaba contra el portón— ¿Tus labios o la vida? Ella bajó los párpados, lenta, temerosa y se entregó en la quietud a su suerte.
Claro que tuvimos un final feliz. Y por supuesto que, como siempre sucede en las malas comedias románticas, no supe reconocerlo. Y, finalmente, ni siquiera reconocí el final triste.
Tomado del Microdecamerón organizado por Paola Tena
Mi tía se escapó a los catorce años con un novio al que había conocido en un campamento de verano. Las vecinas, enteradas de todo el idilio incluso antes que los interesados, le informaron al abuelo que la pareja había puesto rumbo a Cuencamé. Él bajó una maleta del clóset y metió a la carrera las dos cosas que le cupieron, después de dar parte de la fuga a la señora Marisa, madre del novio y antes de pasar a recogerla en su Golf verde del ‘59; cada quien se iba a ocupar de su hijo, él ya cumplía con haberle avisado. Cuando llegaron a la estación del pueblo el autobús ya había salido, así que condujeron ocho horas hasta Cuencamé en el carrito destartalado de mi abuelo, tiempo que les dio de sobra para contarse los vericuetos y avatares de la vida de cada uno, y encontrar que al fin y al cabo no eran tan diferentes, e incluso hasta se caían bien. Sorprendieron a los enamorados en la carretera pidiendo aventón de noche para ir hasta la Ciudad de México. El viaje de regreso fue de silencio sepulcral por parte de mi abuelo y reproches sin fin por la de la madre. Los jóvenes enamorados se separaron al volver al pueblo y nunca más volvieron a dirigirse la palabra, pero el amor a veces triunfa: cuando el abuelo falleció, entre sus cosas encontramos un atadito de cartas románticas, todas con la misma firma: Marisa.
Tomado del Minidecamerón. Compilado por Paola Tena
Se conocen, se enamoran locamente, sufren por las jornadas laborales que les impiden estar mucho tiempo gozando de su amor, llega un virus letal, el gobierno obliga a toda la población a quedarse en casa. Se encuarentenan –y todo lo demás– en la casa de ella. Desean que el virus no desaparezca jamás.
Dina Grijalva es escritora y ensayista. Doctora en Letras por la UNAM. Profesora e investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Actualmente realiza una Estancia Posdoctoral en la Universidad de Salamanca, en donde investiga sobre la narrativa erótica en lengua española. Entre sus libros de ensayos destacan: Eldorado: Mito y evocación en la narrativa de Inés Arredondo y Eros: Juego, poder y muerte. Suslibros de minificciones son: Las dos caras de la luna y Goza la gula.
En el primer viaje de ella (hacia él; hacia el cuerpo de él, hacia su piel y sus manos, hacia su cama y su habitación diminuta), se vaciaron y volvieron a llenar el uno en el otro y la otra en el uno múltiples veces, y sus hilos se trenzaron —por primera vez— de forma paralela en calles, pueblos, restaurantes, museos, tiendas, en un parque, en un templo, en un mirador (donde observaron miles de hilos tejerse y se imaginaron a sí mismos repetidos hasta el infinito hacia atrás y hacia adelante —como los mira Dios desde su omnipresente asiento—) para volver a su camino perpendicular en un aeropuerto. Al volver, Helena, la enamorada Helena, no quería seguir esperando, así que se casó con la única persona que no se marcharía jamás: con ella misma.
Katalina Ramírez (Puebla, 1990). estudió la licenciatura en Literatura y Filosofía y un diplomado en Edición y comercialización de libros, el cual ella misma gestionó, en la Universidad Iberoamericana de Puebla. Ha organizado eventos masivos de fomento a la lectura, como la primera Feria del libro infantil en Puebla, talleres de edición, entre otros. Actualmente trabaja como editora de manera independiente con diversas editoriales. Ha impartido clases de Literatura, y actualmente imparte la clase de Edición en la Universidad Anáhuac. Escribe microcuentos y poemas, y ha publicado textos de dichos géneros en seis antologías internacionales y en diversas revistas nacionales.
Sherezada nunca ha dejado de contar historias. De un pasillo del palacio han visto salir a Po, Chejov, Kafka, Cortázar, Gabo, Arreola, Rulfo, Shua, por mencionar algunos. Después, cada quién arma sus historias con su estilo. Últimamente, ella dejó de contar cuentos largos para acercarse al cuento cuántico, de incertidumbre, donde el tiempo es un nudo y el futuro y pasado se rozan. Y para saber que ha sucedido con el gato, el lector tiene que levantarse y abrir la caja. Los títulos se convierten en cajones de Pandora . El cuerpo del cuento ha perdido su articulación y los finales pueden o no sorprenderte. Lo seguro es que vuelvas a leer y a releer para descubrir el sabor, o para darle solidez a lo que no se dice. Si bien el Rey ha sido condescendiente y como buen árabe le sugirió que utilice la tecnología actual y organice cursos para ofrecer la creatividad que Ala le ha concedido.
He sido antologado en Cien fictiminimos,( Edit.Ficticia) Alebrije de la palabra, (Universidad Autónoma de Puebla) Minibichiario, (edit. Ficticia) Lectura de locos,( edit. GH) Cuentos pequeños grandes lectores. 2015 Eros y afrodita Edit. Ficticia 2017 O dispara usted o disparo yo Textos en libros de primaria de la editorial Sm de Puerto Rico y en revistas tanto de papel como electrónicas.
Ella sabía que él vendría. Él no sabía que ella sabía. Emboscada en la oscuridad espera. Desde allí distingue las finas líneas de luz que contornean la puerta. Oye la pava bullir en la cocina, que olvidó apagar, y piensa en los platos aún sucios. Oye pasos afuera, que se acercan, se detienen. Gira la llave, sigilosa. La vertical de luz se ensancha, como si un telón se corriese, generando un rectángulo amarillento. En el rectángulo se recorta la silueta del visitante. Entra, con pasos medidos, cautelosos, revólver en mano. Ella se había prometido no dudar y dispara, Una, dos veces, tres. Él da pasos de ebrio, a un lado, a otro y se desploma, gatillando en la caída. El proyectil da en el cielorraso. Hay una breve lluvia de arenas. Da rugidos de animal, revolviéndose en el suelo, en borboteos de sangre. Ella jadea, su cuerpo entero tiembla. Piensa que debería rematarlo, detener el surtidor de aguas rojas que ahogan el grito. Y a la vez, fascinada, mira esos ojos despavoridos que la miran. Él se va aquietando, una mano invisible lo aprieta, los ojos blanquean. Ella guarda su pistola en el bolso, ya preparado para el viaje. Va hacia la puerta eludiendo los charcos, la cierra. Ya en la calle, que huele a jazmín, recuerda una vez más los platos sin lavar, la hornalla encendida. Siempre, aún de chica, le fastidió dejar algo pendiente. Con esa desazón se aleja, noche adentro.
«O dispara usted o disparo yo » compilación de Lilian Elphick
Un amigo de años me dijo que te vio sola, a la deriva, con tu pelo maltratado y en desorden. Creo que no tardaremos en concluir lo que dejamos a medias en aquel sótano de la escuela… espero no te incomode la sencillez de mi fosa.
De pequeño torcía los brazos y le dijeron que no lo hiciera porque estaba mal; luego jugó con muñecas y se las arrebataron porque lo podían golpear si lo veían. Conforme los gestos se le iban acartonando, no podía llorar porque los hombres no hacen eso. Tampoco pudo usar un sombrero de ala ancha en su graduación ni un moño rosa en la boda de su tía. A los veinte años conoció el amor, pero no pudo agarrarle la mano por miedo, no se atrevió a darle un beso, y lo dejaron. Él se sentía bien porque nunca fue culpable, al contrario, el rechazo hizo de su cuerpo una cárcel.
Marco Salas (Xochimilco, Ciudad de México, 1995). Egresado del diplomado en Creación Literaria de la Sogem. Ha colaborado en medios y revistas. Ocupa la mayor parte del tiempo en ser autor de sus tonterías.