La tejedora

de Marina

LA TEJEDORA

Carátula de La Joven Tejedora (Mariana Colasanti - 2004)

Se despertaba cuando todavía estaba oscuro, como si pudiera oír al sol llegando por detrás de los márgenes de la noche. Luego, se sentaba al telar.
Comenzaba el día con una hebra clara. Era un trazo delicado del color de la luz que iba pasando entre los hilos extendidos, mientras afuera la claridad de la mañana dibujaba el horizonte.
Después, lanas más vivaces, lanas calientes iban tejiendo hora tras hora un largo tapiz que no acababa nunca.
Si el sol era demasiado fuerte y los pétalos se desvanecían en el jardín, la joven mujer ponía en la lanzadera gruesos hilos grisáceos del algodón más peludo. De la penumbra que traían las nubes, elegía rápidamente un hilo de plata que bordaba sobre el tejido con gruesos puntos. Entonces, la lluvia suave llegaba hasta la ventana a saludarla.
Pero si durante muchos días el viento y el frío peleaban con las hojas y espantaban los pájaros, bastaba con que la joven tejiera con sus bellos hilos dorados para que el sol volviera a apaciguar a la naturaleza.
De esa manera, la muchacha pasaba sus días cruzando la lanzadera de un lado para el otro y llevando los grandes peines del telar para adelante y para atrás.
No le faltaba nada. Cuando tenía hambre, tejía un lindo pescado, poniendo especial cuidado en las escamas. Y rápidamente el pescado estaba en la mesa, esperando que lo comiese. Si tenía sed, entremezclaba en el tapiz una lana suave del color de la leche. Por la noche, dormía tranquila después de pasar su hilo de oscuridad.
Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.
Pero tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que se sintió sola, y por primera vez pensó que sería bueno tener al lado un marido.
No esperó al día siguiente. Con el antojo de quien intenta hacer algo nuevo, comenzó a entremezclar en el tapiz las lanas y los colores que le darían compañía. Poco a poco, su deseo fue apareciendo. Sombrero con plumas, rostro barbado, cuerpo armonioso, zapatos lustrados. Estaba justamente a punto de tramar el último hilo de la punta de los zapatos cuando llamaron a la puerta.
Ni siquiera fue preciso que abriera. El joven puso la mano en el picaporte, se quitó el sombrero y fue entrando en su vida.
Aquella noche, recostada sobre su hombro, pensó en los lindos hijos que tendría para que su felicidad fuera aún mayor.
Y fue feliz por algún tiempo. Pero si el hombre había pensado en hijos, pronto lo olvidó. Una vez que descubrió el poder del telar, sólo pensó en todas las cosas que éste podía darle. -,
-Necesitamos una casa mejor- le dijo a su mujer. Y a ella le pareció justo, porque ahora eran dos. Le exigió que escogiera las más bellas lanas color ladrillo, hilos verdes para las puertas y las ventanas, y prisa para que la casa estuviera lista lo antes posible.
Pero una vez que la casa estuvo terminada, no le pareció suficiente. -¿Por qué tener una casa si podemos tener un palacio?- preguntó. Sin esperar respuesta, ordenó inmediatamente que fuera de piedra con terminaciones de plata.
Días y días, semanas y meses trabajó la joven tejiendo techos y puertas, patios y escaleras y salones y pozos. Afuera caía la nieve, pero ella no tenía tiempo para llamar al sol. Cuando llegaba la noche, ella no tenía tiempo para rematar el día. Tejía y entristecía, mientras los peines batían sin parar al ritmo de la lanzadera.
Finalmente el palacio quedó listo. Y entre tantos ambientes, el marido escogió para ella y su telar el cuarto más alto, en la torre más alta.
-Es para que nadie sepa lo del tapiz -dijo. Y antes de poner llave a la puerta le advirtió: -Faltan los establos. ¡Y no olvides los caballos!
La mujer tejía sin descanso los caprichos de su marido, llenando el palacio de lujos, los cofres de monedas, las salas de criados. Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.
Y tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que su tristeza le pareció más grande que el palacio, con riquezas y todo. Y por primera vez pensó que sería bueno estar sola nuevamente.
Sólo esperó a que llegara el anochecer. Se levantó mientras su marido dormía soñando con nuevas exigencias. Descalza, para no hacer ruido, subió la larga escalera de la torre y se sentó al telar.
Esta vez no necesitó elegir ningún hilo. Tomó la lanzadera del revés y, pasando velozmente de un lado para otro, comenzó a destejer su tela. Destejió los caballos, los carruajes, los establos, los jardines. Luego destejió a los criados y al palacio con todas las maravillas que contenía. Y nuevamente se vio en su pequeña casa y sonrió mirando el jardín a través de la ventana.
La noche estaba terminando, cuando el marido se despertó extrañado por la dureza de la cama. Espantado, miró a su alrededor. No tuvo tiempo de levantarse. Ella ya había comenzado a deshacer el oscuro dibujo de sus zapatos y él vio desaparecer sus pies, esfumarse sus piernas. Rápidamente la nada subió por el cuerpo, tomó el pecho armonioso, el sombrero con plumas.
Entonces, como si hubiese percibido la llegada del sol, la muchacha eligió una hebra clara. Y fue pasándola lentamente entre los hilos, como un delicado trazo de luz que la mañana repitió en la línea del horizonte.

Marina Colasanti - Wikipedia, la enciclopedia libre
Marina Colasanti (Asmara, Eritrea –colonia italiana-, 1937). Artista plástica, traductora, periodista, ilustradora y escritora ítalo-brasileña, quien a lo largo de su carrera ha incursionado en la escritura de diversos géneros literarios como la poesía, el ensayo, la literatura infantil y juvenil y la narrativa, con numerosas publicaciones en portugués, algunas de las cuales han sido traducidas al español, como es el caso de Hablando de amor (cuentos, 1988), Una idea maravillosa (LIJ, 1991), La mano en la masa y otros cuentos (LIJ, 1995), La joven tejedora (LIJ, 2004) –libro al cual pertenece el cuento que aquí se publica- y El hombre que no paraba de crecer (LIJ, 2005), entre otras. Como reconocimiento a su obra literaria, ganó el primer premio del Concurso Latinoamericano de Cuentos para Niños convocado por UNICEF y Funcec con su relato “La muerte y el rey” (1994); y obtuvo el Jabuti, premio que otorga la Cámara Brasileña del Libro, en tres ocasiones (1993, 1994 y 1997). También recibió el Premio Norma Fundalectura en el año 1996, por su texto Lejos como mi querer.

Colitis aguda

Por Rubén García García

Colitis aguda

En la planicie del mesenterio abdominal se jugaba la final entre los nematelmintos contra los platelmintos.  La estridencia de los gritos se debía a lo aguerrido del partido y a la levadura de cerveza que rolaba por las tribunas.

Mujer joven sufre de dolor abdominal, sensación de dolor de ...
Rio Tecolutla, lugar de tecolotes. Mirando el ocaso, con algo frío en las manos.

El secreto de Don ambrosio

de Elena Casero Viana

Tomado del Microdecamerón, organizada por Paola Tena


Apareció en silencio, como si flotara, sobre el suelo de piedrecillas
del cementerio. Vestía un traje de chaqueta negro sobre una blusa
blanca de la que apenas se veía la gorguera de puntilla que
envolvía su cuello. Se situó al final del círculo que rodeaba la tumba de Don
Ambrosio, el prócer de la aldea. Y comenzaron los cuchicheos
mientras el párroco seguía con su interminable letanía de
alabanzas. Y siguieron las conjeturas. Y las elucubraciones.
La nariz, pétrea, que sobresale de un cutis delicado. Tiene
la mujer un tono seductor en su porte que les hace recordar a
aquella mucama que trajo él desde Cuba. Y ella, silente, etérea,
abre el círculo y se acerca a la tumba. Se enjuga una lagrimilla
díscola que rueda por su mejilla. Mira a su alrededor. Mantiene la
mirada de quienes la observan. Traga saliva y la nuez de Adán
sobresale por la gorguera. Lee el epitafio: “Aquí yace todo un
hombre, temeroso de Dios” Pensó añadir algunas palabras más a ese epitafio sobre su
hombría, pero prefirió reír. La gente, desconcertada, salió
corriendo. Su carcajada profunda resuena por todo el cementerio.

Quien quiera conocer la historia de un pueblo, que vaya al ...

Hayku

Basho

Amanecer lejos de casa
Niebla sobre las montañas

Sugerir e insinuar son recursos potentes porque, al no darle todo el trabajo hecho al lector, le obligamos a poner de su parte y esto transforma la lectura una experiencia más activa y estimulante.

La encajuelada

De Gabriela Aguilera Valdivia

A Jaime Muñoz por sus encajuelados

Tomado de «O dispara usted o diasparo yo» Antología realizada por Lilian Elphick



Un auto abandonado en un sitio baldío siempre es sospechoso.
Los niños juegan fútbol en esos lugares y es fácil que uno de ellos,
curioso, se acerque al auto y después llame a los demás. Lo más seguro
es que rodeen el auto, que intenten abrirlo y si no pueden, rompan un
vidrio con una piedra. Posiblemente alguno finja que conduce y otro se
entretenga en apretar botones y mover manijas. Es obvio que uno de
esos movimientos será el preciso y la cajuela se abrirá con un sonido
seco. Los niños que permanecen fueran del auto, rodeándolo y
haciendo morisquetas frente a los vidrios, levantarán la cajuela
empinando los pies, estirando las manos. Y es indudable que se
encontrarán de frente y para siempre con la mujer muerta, bulto
ensangrentado, su pelo pegajoso, el rostro destruido por la detonación,
la cruz de oro colgando de su cuello. Correrán, gritando. Llegará la
policía, examinará el auto, localizará el nombre del dueño en el sistema
de tránsito, se dará cuenta que ha sido encargado por robo. En pocas
horas estarán en la casa, verificarán relación con la víctima. Dirán que
es necesario llevarlo a la brigada para interrogarlo. En el interrogatorio,
derribarán una a una las coartadas esgrimidas hasta que sólo quede la
verdad desnuda que lo llevará a una celda por 10 años y un día.
«Mejor no», se dice, mirando desde la ventana su querido auto
recién lavado. Y luego come el arroz pegajoso y la tortilla sosa que le
ha servido la mujer de la cruz de oro en el cuello, como siempre,
regañando

Alma viva

Una sentida letanía

Avatar de Maria Jesus BeristainMJB Maria Jesus Beristain

Alma viva
desordenada y contradictoria del mar
(Whitman).

Sí, soy ola
nací mojada por el agua salobre,
caprichosa
y con caricias de mujer.

Hija del mar,
soy el frágil juguete de los vientos
y la música sin letra de las tempestades.
Soy el largo llanto, rebelde
de la cólera
y la placidez
de la armonía conmovida.

Soy el acorde plural de los zumbidos
de las caracolas
en los abismos del gran azul ilimitado…

Soy el alma viva desordenada y contradictoria del mar.

@mjberistain (collage)


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Sirenos

Por Dina Grijalva

Tomado del Microdecamerón, compilación de Paola Tena


Son seres asombrosos y sensuales y propiciadores de deleite. Están dotados por la naturaleza –o tal vez por las diosas, no lo sé– de atributos felices. Porque los sirenos son lo opuesto de las sirenas: son viriles y hombres perfectos de la cintura hacia abajo y bellos peces del torso hacia arriba. Con lo cual podemos proceder libremente a nuestro antojo –sin instrucciones ni peticiones engorrosas– y obtener nuestro placer. Y, además de todos los deleites que brindan, dan besitos de pescado.

Dina Grijalva presenta 'Literatura y violencia' | EL DEBATE

Hoy contamos con la maravillosa Dina Grijalva, nacida en Sonora. Conoció la minificción en los cursos de Lauro Zavala en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y so pretexto de su tesis de doctorado viajó a Buenos Aires el 2008 y durante esa estancia nació como minificcionista. Ha impartido e imparte talleres de minicuento y ha publicado dos libros de minificción: Goza la gula y Las dos caras de la luna. Dicta clases de Literatura en la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Sinaloa. 

Cien años de Ray Bradbury..

En 1951, Ray Bradbury escribe el cuento “The Pedestrian” (“El peatón”), manifiesto y sostén de su obra futura. En el relato, una noche de noviembre del año 2053, un hombre llamado Leonard Mead sale a caminar, como lo ha hecho los últimos diez años de su vida. Cuando está a punto de llegar a su casa, es interceptado por la luz y la sirena de la única patrulla que existe en la ciudad de tres millones de habitantes. Una voz metálica lo increpa y lo obliga a levantar las manos, con la amenaza de un disparo. Sigue un interrogatorio donde nos enteramos de que Leonard no tiene televisión, es soltero, es escritor (a cuya respuesta el policía escribe: “No profession”), camina de noche por el placer de hacerlo. Es obligado a subir a la patrulla. Ante la pregunta de Leonard de adónde lo conducen, obtiene la única respuesta proporcionada por la autoridad: “To the Psychiatric Center for Research on Regressive Tendencies”. Lee más: Bukowski: terror y excesoEl resplandor maldito de Charles Bukowski El atropello sufrido por Leonard es una muestra del autoritarismo y del absurdo que rigen el texto de Bradbury. Si no fuera por la explicación sobre el destino anunciado del protagonista, el relato se aproximaría a las pesadillas inexplicables de Franz Kafka, que parecen condicionar la vida social desde que la humanidad descubrió que su obligación principal para convertirse en ser civilizado era destruir todo aquello que se opusiera a su búsqueda de la que considera felicidad. A fines del siglo XVIII, Jean-Jacques Rousseau descubrió la importancia espiritual de la autolocomoción, que lo llevó a escribir Las ensoñaciones del paseante solitario. En la centuria siguiente, William Hazlitt y Robert Louis Stevenson escribieron notables ensayos sobre el arte de caminar, costumbre tanto física como espiritual, benéfica para el cuerpo y para el alma. Henry David Thoreau, gran caminante a quien se debe también el ensayo “Walking”, publica en 1849 un texto titulado “La desobediencia civil”, y Herman Melville escribe su texto sobre Nathaniel Hawthorne, quien dice “no” a todo lo que lo condiciona. Pocos años más tarde, Melville publica ese texto luminoso y oscuro llamado Bartleby, cuyo supremo acto de rebeldía en la capital financiera del imperio es atrever la frase, firme y contundente: “Preferiría no hacerlo” (“I would prefer not to”). Por lo anteriormente expuesto, podemos ver que la rebelión de Leonard tiene raíces profundas en el país donde nació Ray Bradbury hace cien años, el 22 de agosto de 1920, en Wakegan, Illinois. La supremacía de la máquina y su vertiginoso desarrollo provocó la desaparición de costumbres ya arraigadas. En 1982, José Agustín publicó la novela Ciudades desiertas, en la cual descubre, entre otras cosas, que en las calles de las grandes urbes estadunidenses no circula nadie peatonalmente, y quien lo hace de esa manera es una persona extraña. Sospechosa. Dicha impersonalidad es retratada por Bradbury en el relato “There will come soft rains”, que tiene lugar el 5 de agosto de 2026. El cuento advierte contra los peligros de una sociedad tecnificada donde todo está predeterminado y la intervención humana es mínima, cuando no aparece negada en absoluto. De ahí la amenaza que representa el peatón de Bradbury para una sociedad que basa su felicidad en tener una o varias televisiones planas, hacer su propio programa, estar atados a sus audífonos y hacer del olvido y la ignorancia una forma fácil de felicidad. O de ignorancia y olvido. El descubrimiento del bombero Guy Montag de que detrás de cada libro que quema se encuentra una voluntad humana vuelve tan aterradora y tan actual su metáfora. Aunque ediciones en lengua latina como la traducción danesa de la novela originalmente adoptaron el título 233º Celsius para hacer la conversión decimal a la temperatura en que arde el papel, el original y afortunado Fahrenheit 451 se encuentra grabado a fuego en el alma de lectores de varias generaciones. Bradbury en 1997. (Foto: Steve Castillo | AP)El cuento titulado “El peatón” apareció en 1951, cuando el joven escritor apenas rebasaba la treintena. Había publicado el año anterior su visión de Marte y los marcianos, para modificar el horizonte de la que por comodidad llamamos ciencia ficción. Había escrito ya el relato “The Fireman” (“El bombero”), prefiguración de su novela mayor. Ante la falta de un espacio adecuado para hacerlo en su modesto hogar de Venise, California, donde se había instalado con su reciente y joven familia, eligió un espacio en la biblioteca de la Universidad de California en los Ángeles, donde escribió el primer borrador de su novela en una máquina de escribir alquilada, la cual lo obligaba a la rapidez, entre sus deberes como padre de familia y la tiranía de la máquina, a la que alimentaba con dinero cada media hora. No era sólo la juventud lo que lo impulsaba a escribir con rapidez. Dice Bradbury, refiriéndose a esa época, y a lo que se mantuvo fiel toda su vida: “escribía muy rápido, porque quería ser muy honesto —quería ser emocionalmente honesto—. Siempre he creído en la escritura rápida, para sacar las cosas antes de tener tiempo de pensar en ellas. Quería ser fiel a mi lógica interna”. Pensador y poeta Líneas arriba hablé de que a Ray Bradbury se le considera el revolucionario de la ciencia ficción. De hecho, uno de sus primeros y bien ganados premios fue en 1949, cuando fue nombrado el mejor autor de ciencia ficción por The National Fantasy Fan Federation. Bradbury es un gran escritor que no requiere de complementos adnominales ni de otras muletas que lo ayuden a caminar. Es un pensador y un poeta, creyente en la frase que envuelve y da en el blanco. Sus situaciones son siempre sorpresivas y nos enfrentan al fulgor provocado por el terror o lo sagrado. Su lenguaje y su imaginación apuestan por la frase sinuosa y sus adjetivos son plenos en significado. Insistió que había que leer poesía porque de tal manera se ejercitan músculos que no utilizamos de manera cotidiana. Su vecindad con la poesía no se halla solo en sus periodos armónicos y en la elección de la palabra justa, sino en su continua referencia a poetas y sus creaciones, como se aprecia en varios de sus títulos y situaciones. Sería necesario que otro gran escritor, llamado Jorge Luis Borges, descubriera que las Crónicas marcianas son estremecedoras porque provocan en nosotros ese nuevo calosfrío que sólo nos brindan la novedad y la sorpresa. ¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o novelería, de la science fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street. Acaso La tercera expedición es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado “El marciano”, que encierra una patética variación del mito de Proteo. Como el texto amoroso o el policiaco, la llamada ciencia ficción y el género de horror abundan en imitaciones burdas e ínfima calidad. Bradbury restaura la gloria de la escritura. Como Richard Mattheson y Stephen King, demuestra que el gran autor lo es en la arena donde lo coloquen, y torea con la misma responsabilidad ante plaza llena o a solas frente al toro que otorga la gloria o la muerte. Así describe su aventura el autor: “la ficción de las ideas, la ficción donde la filosofía puede ser modificada, desarmada, y puesta otra vez en su sitio. Es la ficción de la sociología, la psicología y la historia compuestas y ordenadas por el tiempo. Es la ficción donde puedes instalar y echar abajo tus ideas políticas y religiosas. Puede ser una alta forma de relojería suiza. Puede ser poesía. Así ha sucedido con algunos de los grandes autores del pasado, desde Platón hasta Lucano, hasta Sir Thomas More y François Rabelais, pasando por Jonathan Swift y Johannes Kepler hasta Poe y Edward Bellany y George Orwell”. Ray Bradbury tuvo una relación estrecha con nuestro mexicano domicilio, donde descubrió el terror cotidiano, por lo mismo ya ignorado, de las momias. Sus ecos se encuentran mayoritariamente en el relato “The Next in Line”, tan próximo a otros enamorados de México como D. H. Lawrence y Malcolm Lowry. Contrariamente a ellos, Bradbury juega con sus lectores y nos otorga una triple vuelta de tuerca. Otro relato que lo aproxima a México es aquel en el cual un grupo de jóvenes viste alternadamente el mismo traje color crema que todos cuidan en extremo, pues en ese afán se les va la vida. Ray Bradbury fue un hombre feliz, un ser de familia a quien siempre vemos radiante en sus fotografías de juventud y madurez. Desde muy joven, cuando vendía periódicos para sostenerse y era un enamorado de los dinosaurios y las películas de Lon Chaney, supo que iba a convertirse en escritor, y se mantuvo fiel a ese muchacho que publicó en mimeógrafo su propia revista. Por esa persistencia tuvo a su lado a grandes ilustradores, como queda claro en el libro lleno de imágenes Bradbury. Illustrated Life de Jerry West. La que acompaña este texto fue especialmente hecha por el talentoso Bef, y muestra a Bradbury feliz, vestido de astronauta y sobre la superficie de Marte, esa que imaginó tantas veces. Ray Bradbury llegó al fin de sus días en la Tierra el 5 de junio de 2012. Dos meses más tarde, el 6 de agosto de ese mismo año, la nave que transportaba el robot Curiosity pudo posarse en la superficie marciana. Actualmente, tenemos acceso inmediato a fotografías del planeta, en alta resolución y como síntesis de las imágenes tomadas a lo largo de varios días. Podemos comprobar científica y tangiblemente los hallazgos sobre el planeta, pero no por ello dejaremos de soñar con los ojos abiertos, como nos enseñó Bradbury. Bradbury no fue tan ingenuo como para suponer que la felicidad es un estado permanente. Sus relatos y novelas nos aproximan al lado siniestro de la vida, al corazón de sombra que en todos palpita pero del que tarde o temprano saldremos. La última frase de su novela Fahrenheit 451 así lo afirma: “When we reach the city”. Todos queremos volver a transitar, vivir y merecer el espacio negado en este momento por el enemigo invisible. Una semana después de que aparezcan estas líneas, el 20 y el 21 de agosto, se llevará a cabo el encuentro virtual “Ray Bradbury en El Colegio Nacional”, donde participaremos astrónomos, neurocientíficos, lingüistas, poetas y novelistas que desde su área de especialidad ofrecen diversas interpretaciones sobre el autor. Sus conclusiones son materia de otro artículo, pero la vigencia de Ray Bradbury demuestra la viveza y el entusiasmo que provocan su descubrimiento o su relectura. En palabras del poeta Jorge Esquinca, la primera instalación humana en Marte debería llamarse Estación Bradbury, pues él sí supo hacer más puras las palabras de la tribu para enseñarnos a mirar con otros ojos las estrellas. Bradbury en El Colegio Nacional El 20 y el 21 de agosto, a las 18 horas, El Colegio Nacional rendirá un homenaje virtual a quien imaginó una fantasmagoría que se inspiraba por igual en el futuro de la humanidad que en el triunfo de la sinrazón tecnológica. Participan Luis Fernando Lara, Antonio Lazcano, Susana Lizano, Jaime Urrutia Fucugauchi, José Antonio de la Peña, Luis Felipe Rodríguez Jorge, Pablo Rudomin, Juan Villoro, Vicente Quirarte, Francisco Hinojosa y Gabriela Frías, y lo hacen desde varios puntos de vista: el de la biología, la geofísica, la astronomía, la lingüística, la literatura. Los seguidores de Bradbury pueden ingresar a las siguientes plataformas: http://www.colnal.mx, ColegioNacional.mx (en Facebook) y @ColegioNal_mx (en Twitter). Lee más: ‘Amores modernos’: una gran película con poca pacienciaJulio Torri o la estética de la miniaturaApestados rusosLa paz como actividad ÁSS Tags Relacionados: Laberinto Ray Bradbury Ciencia ficción https://www.milenio.com/cultura/laberinto/ray-bradbury-centenario-autor-fahrenheit-451

Tal para cual

de Carmen de la Roca

Tomado del Microdecamerón compiladora Paola tena


Cuando la catoptrofílica entró en aquella cristalería del casco viejo
y se vio multiplicada en las lunas que forraban las paredes,
experimentó un orgasmo múltiple. El cristalero, que era un voyeur
empedernido, se enamoró al instante de ella. Ahora le fabrica
bellísimos espejos facetados, esféricos, cóncavos, convexos,
caleidoscópicos. Ella goza al contemplar tan variadas versiones de
sí misma y él, al mirarla.

Relaciones y Maestros: espejos y proyecciones (I) | SENTIDO Y ...
Carmen de la Rosa, Santa Cruz de Tenerife.

Sus relatos y microrrelatos aparecen en Entre humo y cuentos”, “Todo vuela“, Acordeón”, las antologías: “Somos Solidarios”, “99 crímenes cotidianos”, “Primavera de microrrelatos indignados”, “Ellas”, “Eros y Afrodita en la minificción” “Perdone que no me calle”; la revista Fahrenheit XXI, los blogs: Antología Mundial de MinificciónQuímicamente Impuro, La cazadora de relatos, Máquina de coser palabras, Brevilla, Internacional microcuentista y Lectures d´ailleurs. Participó en el I y el II Simposio Canario de Minificción.

Diferencias entre pleonasmo y redundancia

Tomado de amantes de la ortografía Fb

Ambos términos se refieren a la repetición innecesaria de términos; pero mientras que hablar de redundancia suele tener connotaciones negativas y se considera un vicio de expresión, el pleonasmo se considera una figura estilística.

Sin embargo, los límites entre ambos conceptos no están bien definidos y no resulta fácil hacer una diferenciación tajante. Lo que unos consideran redundancia, otros lo consideran pleonasmo; e incluso, algunos lingüistas afirman que se trata de la misma cosa.

Asimismo, al enfatizar el sentido de la frase, el pleonasmo contribuye a fijar en el receptor la idea que interesa al emisor. Por esta razón, los políticos abusan de las repeticiones léxicas y semánticas en sus discursos.

… Y «subir arriba» «bajar abajo»
Ante la duda, la RAE respondió que «la redundancia expresiva es un fenómeno normal en la lengua». «Subir arriba», «bajar abajo», etc., son expresiones redundantes pero expresivas, y a menudo útiles, en la lengua hablada. No cabe censurarlas.

El amor es eterno mientras dura

Tomado del Microdecamerón Antóloga Paola Tena

de Ildiko Nassr


Lleva un perfumero con su sangre colgado del cuello, como si fuera un indefenso adorno. Juraron amarse eternamente y, con sangre, firmaron las actas de su matrimonio. Días y noches se amaron con todos los adjetivos posibles. Incluso inventaron nuevos adjetivos para su loca pasión. La eternidad caducó a los tres años, el perfumero fue a dar a la basura, pero el amor fue eterno.

el norte del sur: noviembre 2006
Ildiko Nassr (Río Blanco, Jujuy, Argentina, 1976) ha publicado libros de poemas (Reunidos al azar, 1999; La niña y el mendigo, 2002; y en coautoría Ser poeta, 2007), de cuentos (Vida de perro, 1998) y de microrrelatos (Placeres cotidianos, 2007, e-book, 2011). Es licenciada en letras y coordina talleres de escritura creativa. Sus microrrelatos han sido incluidos en recopilaciones como la de Laura Pollastri, El límite de la palabra. Antología del microrrelato argentino contemporáneo (Menoscuarto, Barcelona, 2007); 1001 cuentos de una línea (Thule), Monoambientes. Microrrelatos del Noroeste Argentino, 4 voces de la microficción argentina (selección y prólogo de Raúl Brasca), El micorrelato en Tucumán y el Noroeste Argentino. Velas al Viento. Los microrrelatos de la nave de los locos. Selección y Prólogo de Fernando Valls. (Ed. Cuadernos del Vigía. Granada. España.), entre otras.
Ildiko cuenta con la siguiente página: http://ildikotxt.blogspot.com/2019/03/el-placer-de-la-relectura.htmly también se la puede seguir por Facebook: Ildiko Nassr

Dos textos de Saturnino Rodríguez R.

Tomado de «O dispara usted o disparo yo» Lilian Elphick antologa

El bueno y el malo
El policía malo te rompió la cabeza; te sacó cuatro dientes. La
nariz te sangra; te partió los labios; casi te asfixia. No te queda un
hueso sano. ¿ Te sirvo champán helado? ¿Un poco de caviar? Por qué
no me dices la verdad, ¿eh? ¿Que la verdad es relativa? Correcto; eso es
verdad. Después del cabroncito de Einstein, la verdad se fue a bolina.
Pero míralo así: yo soy el policía bueno que quiere ayudarte. Si no me
ayudas a mí, el malo puede encarnar al bueno, y el bueno volverse
malo, con mucha relatividad. De esa forma, habrá un absoluto cabrón
de menos, en este mundo tan relativo.

Habitual del delito
No tiene caso sufrir, y, sin embargo, estoy penando.
No tiene caso lamentarse, y me quejo silencioso.
No tiene caso derramar lágrimas, y no las derramo.
No tiene caso mascullar improperios, y me los callo.
No tiene caso, señor inspector. Búsquese otro sospechoso. El
cadáver que examina es el mío propio. Y le juro por lo más sagrado
que no fui yo quien lo mató.

Saturnino Rodríguez Riverón. Narrador y poeta. Ha
obtenido premios y menciones en diversos concursos nacionales e
internacionales. Premio Calendario Narrativa con el cuaderno
Manuscritos en papel de cigarro ( Ed. Abril, 2001); publicó Cuentos de papel
( Letras Cubanas, 2007) y Muchas veces mucho ( Letras Cubanas, 2013).
Tiene en proceso editorial la recopilación: Tres toques mágicos. Antología
de la minificción en Cuba.

Mujer Detective Es el Interrogatorio Un Hombre Criminal Peligroso ...

Sherlock Holmes

Rubén García Garcia

Abandonaba la lectura de una novela a la mitad, pues intuía el final del personaje principal y eso lo deprimía.

I sort of see this as Sherlock's mind palace when he was younger.
Tpmado de pinterest