Cien fictiminimos: microrrelatario de Ficticia. Compilador Alfonso Pedraza

Presentación del Libro Cien Fictimínimos – Ficción Mínima

Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia es una selección de microrrelatos de escritores procedentes de diversas nacionalidades que han participado en el Taller de Minicuento del portal digital de Ficticia, llamado La Marina.

Estos textos han sido elegidos por  especialistas y escritores del mundo hispanoamericano y por los ficticianos, de entre 25 mil obras publicadas y trabajadas en red

Los escritores que han sido recogidos en esta antología: Jorge Oropeza, Joseph M. Nuévalos, Erendida Herrera, Gustavo Marcovich, Alfonso Pedraza, Luis Bernardo Pérez, Miriam Chepsy, Luis Torregrosa, Lola Díaz-Ambrona de Llera, Berta Sileno, S.M. Hernández, Amélie Olaiz, Delia Guerrero, Carlos De Bella, Jorge Pardo Pedrosa, C. Pérez Cárdenas, Isabel Segura Boutry, José T. Espinosa-Jácome, Lucía Díaz, José Manuel Dorrego Sáenz, Beatriz Patraca, Verónica Mendoza, Rubén García García, Ricardo Robles, Gerardo de Torre, Ojo Rojo, José Luis Vasconcelos, Nélida Vidal, José Luis Sandin, Laura Hermosilla, Rafael García Z., Sergio Patiño Migoya, Paola Cescón, Manuela Fernádez, Juan Lobaces, Juan Carlos Sánchez, Víctor Antero Flores, Elizabeth Pérez Ramírez, Mónica Ortelli, Rubén Pesquera Roa, Laura Elisa Vizcaíno Mosqueda, Gabriel Bevilaqua, Gilberto Marti Lelis, Elisa de Armas, Hugo López Araiza Bravo, José Manuel Ortiz Soto, Ponciano Palacios.Este artículo fue publicado en AntologíaConcursos de microrrelatosGénero literarioNoticias y etiquetado Alfonso PedrazaAmélie OlaizBeatriz PatracaBerta SilenoC. Pérez CárdenasCarlos De BellaDelia GuerreroElisa de ArmasElizabeth Pérez RamírezErendida HerreraGabriel BevilaquaGerardo de TorreGilberto Marti LelisGustavo MarcovichHugo López Araiza BravoIsabel Segura BoutryJorge OropezaJorge Pardo PedrosaJosé Luis SandinJosé Luis VasconcelosJosé Manuel Dorrego SáenzJosé Manuel Ortiz SotoJosé T. Espinosa-JácomeJoseph M. NuévalosJuan Carlos SánchezJuan LobacesLaura Elisa Vizcaíno MosquedaLaura HermosillaLola Díaz-Ambrona de LleraLucía DíazLuis Bernardo PérezLuis TorregrosaManuela FernádezMiriam ChepsyMónica OrtelliNélida VidalOjo RojoPaola CescónPonciano Palacios.Rafael García Z.Ricardo RoblesRubén García GarcíaRubén Pesquera RoaS.M. HernándezSergio Patiño MigoyaVerónica MendozaVíctor Antero Flores por Ana Calvo RevillaEnlace permanente.

De esta obra estaremos tomando ficciones que por su calidad literaria enriquecera los textos de sendero.blog.

Atte el administrador: Rubén García García

La cobija – SENDERO BLOG

Orieta de la Barra

Nació en Santiago de Chile en 1972. Narradora. Desde el año 2007 participa de talleres literarios. Sus
trabajos han sido publicados en diferentes antologías. Autora del libro A pesar del miedo, Editorial Mosquito, 2009.

Sin prisas. Recauación. Textos para disfrutar. tomado de «O dispara usted o disparo yo» selección de Lilian Elphick.

Sin pistas
Meses enterrada en papeles e informes inútiles que le gritaban la misma conclusión: ni una sola prueba; ni la más mínima pista. La PDI había puesto a su disposición el mejor equipo humano y 2
técnico para resolver estos crímenes. Pese al minucioso y exhaustivo trabajo, seguían sumando cuerpos. Estaban igual que al principio. No dejaba de sentir cierta simpatía por el homicida. La elección de sus víctimas no podía ser al azar, cada uno de ellos merecía, al menos, la silla eléctrica: pedófilos, violadores, torturadores; todos criminales de la peor calaña. Se encontraba frente a un solitario justiciero, pero la ley era clara y no podía hacer ninguna excepción aunque quisiera: encontrar al culpable, quien debía pagar sí o sí. En sus manos estaban todas las autopsias e informes de criminología. No se cansaba de revisarlos una y otra vez, pero no encontraba ninguna evidencia que los guiara a su autor. El asesino era excepcionalmente inteligente. El murmullo suave de una carcajada contenida interrumpió sus pensamientos. Su inquilino interior se reía sabiendo que no podrían
atraparlo jamás.

Cómo trabaja un detective privado: La intimidad al descubierto


Recaudación
Sentada en la endeble silla en el pórtico de su casa, pausadamente masticaba coca para el dolor. Su mirada vacía oscilaba entre el suelo y el horizonte velado. Las facciones reflejaban el espíritu
inquebrantable de su dueña. Sabía que ya le quedaba poco tiempo, que él vendría a llevársela
en cualquier momento, pero no le importaba nada. Los causantes de cada una de las grietas que cubrían su rostro, habían pagado un elevado precio por ello y ella había quedado conforme. Por eso, ahora él vendría a cobrarse la deuda pactada.

Una Mujer Se Está Sentando En El Pórtico De Una Casa De Madera ...


Volar

José Manuel Dorrego

Tomado del Microdecamerón- Paola Tena organizadora

No entiendo por qué no ovacionan ustedes con más entusiasmo. A veces, querido público, me indigna su indiferencia, esa manera tan intrascendente de presenciar nuestro espectáculo, como si estuviesen hojeando con desgana el suplemento de un periódico dominical en busca del sudoku. Sinceramente, he visto estatuas aplaudir de manera más efusiva. ¿Acaso no les gusta el número de nuestro funambulista? ¿Les incomoda que no se caiga? ¿Echan de menos algo de tragedia en su número? Sí, es eso: les molesta su perfección, pensar que todo sale según lo previsto. Pues pasen ustedes por taquilla todas las tardes y quizá algún día de estos puedan contemplar cómo, en ocasiones, tiene un traspié. Y ese día, el día que nuestro funambulista pierda el paso y se precipiteal vacío, descubrirán ustedes su verdadero truco: comprobarán, en fin, que en realidad solo sabe volar.

Pin en Cuerda floja.
José Manuel Dorrego Saenz
Comencé a escribir muy joven, cuando en la televisión solo había un canal con películas malísimas donde siempre ganaban los buenos, así que era la manera de inventarme mis propias historias. Luego, en 2002 me encontré en Internet con Ficticia, página decana del cuento en la red, y donde el microrrelato tiene un hueco esencial. Desde entonces escribo y colaboro en esa página, igual que otros están apuntados a un club de críquet. Tengo relatos publicados en la antología “Latidos”, “101 fictimínimos” o “La lectora impaciente”, y he sido ganador o finalista de concursos como “Relatos de verano” (ABC) “Los microrrelatos de El País” (El País) “Relatos” (ABC), “Concurso de relatos de RENFE”, “Cuentos en la Onda” (Onda Madrid), “El museo de la palabra”, “Augusto Monterroso”, “Maratón de microrrelatos Navacerrada 2015” o “Relatos en Cadena” de la Cadena Ser, donde he sido 8 veces finalista, y estaré presente en la final anual de 2015. En mayo, presenté y publiqué mi primer libro en solitario de microrrelatos, “El contrabajista del Titanic”, cuya segunda edición se espera para el mes de junio. 
 
 

El vicio del deseo

de Rubén García García

Me gusta dormir boca abajo para relajar el cuello. Debí soñar que ella me daba masaje, tenía arte para hacerlo. últimamente me ofrecía una aspirina. Solo sentí un piquete y las luces se apagaron. Me enterraron en el sótano. Cosa graciosa en este lugar yo me hacía el muerto para no ser descubierto en el juego de las escondidas,
Salí del encierro a nuestra recámara. Dormía de espaldas a su amante, la desperté acariciando su frente. Abrió los ojos. espantada de ver mi cara llena de gusanos, los suficientes para ocasionarle un infarto en un corazón ingrato, pero ya dañado por una fiebre que tuvo en su juventud. El sujeto dormía boca abajo muy parecido a como yo lo hacía. Encontré la aguja de raquea y entró sin resistencia, profundamente en su médula espinal. Le di la vuelta y lo reconocí. Siempre supuse que mi otro yo me envidiaba.

Las 20 películas de terror más espeluznantes de la última década

Exámenes finales

Pia Barro

EXÁMENES FINALES

La calle está desierta. Desde la esquina se aproxima el hombre dispuesto a cruzar en diagonal la plaza.
Desde la esquina opuesta, un grupo de colegialas viene apuradas, cabeza gacha, los doce años contenidos en el jumper azul y la blusita blanca. Se cruzarán en breve. Una de las chicas parece saludar con el brazo en alto. Las otras cinco se detienen apretadas a ella.
El hombre sonríe confiado.
Una descuelga la mochila de su espalda, las otras imitan el gesto.
Lo rodean. El hombre pierde aplomo, intenta unas palabras.
– Mañana a las diez, recuerden el examen de química.
La que había levantado el brazo, incrusta lo que ha extraído de la mochila en su costado.
– Ni ese examen ni ningún otro bajo la falda, profe.
La plaza entera vibra con el estampido.
Las seis se alejan a paso breve hacia la noche.

Entrevista a la escritora Pía Barros

Pía Barros Bravo nació en Melipilla, Chile, en 1956. Ha destacado en el cuento, aunque también ha escrito algunas novelas. Además, ha publicado una treintena de libros-objeto con material literario ilustrado por destacados artistas gráficos chilenos, lo que le ha valido la obtención del Fondart (Fondo Nacional de las Artes) en dos oportunidades. Obtuvo también la Beca de la Fundación Andes, con la que escribió la primera novela de difusión digital en Chile, Lo que ya nos encontró, y la Beca del Escritor, del Consejo Nacional del libro y la lectura.

Dirige los talleres literarios Ergo Sum desde 1976; también es directora de Ediciones Asterión. Sus cuentos han sido publicados en más de treinta antologías.

Casi todo bien puesto y una lágrima

de Alex Daniel Barril de Saldivia chile


Ayer pinté mis uñas temprano para no atrasarme, lavé los pies y
les puse crema. Pero igual me cuesta ponerme los tacos. Se resisten.
Doblegué el izquierdo y el derecho quedó suelto. Me veo al espejo.
Mierda. Barba de un día. Aplico el after shave de mi viejo. Old Spice olor
a Leña. Sonrío. El pachulí lo disimula. Salgo. Estoy a tres cuadras.
Mientras camino, me arreglo las tetas. Me muevo despacio. Siento
venir un auto a mi espalda. Cambio de luces. Se detiene a mi lado. Baja
la ventanilla. Yo me inclino coqueta. Nunca digo nada, solo lo miro.
Mi voz sigue siendo grave y eso los espanta. Se engrupen con lo que
ven. Sube, me dice. Me siento. Me arreglo el pelo y paso la mano por
mi cuello. Y justo ahí siento el olor a leña de mi viejo. Mierda. Busco
disimuladamente el pachuli en mi cartera. No está. Lo veo en el baño
de casa al lado del lavamanos. Semáforo en rojo. Me mira. Estira su
mano a mis piernas y se acerca a besarme el cuello. Me huele. No
puedo evitarlo. Él se aleja rápido y frunce el ceño. Qué te pasa,
conchetumadre, ¡huevón maricón! ¡Me querías cagar! Semáforo en verde.
El auto no se mueve. Siento cómo me golpea. Cierro los ojos y
escucho un estruendo y el olor a leña ahora es pólvora. Se abre la
puerta y me empuja a la calle. Intento moverme y el taco derecho se
quiebra. Me caigo. No tengo fuerzas para abrir los ojos. La sangre.
Llega a mis tobillos. A mis tacos. Ellos sabían que no debía salir hoy.

Una lágrima
Murió convencido que el silencio era su mayor acto de
resistencia, que su inmovilidad era la respuesta más directa a los
movimientos de aquel hombre apretando el gatillo. En el mismo
segundo en que el arma expulsaba rabiosa la bala de su cañón, una
lágrima comenzaba el derrotero a través de su mejilla hasta llegar a sus
labios secos. La humedad de la muerte y de su llanto se anidaron
simultáneas en su boca.

Alex Daniel Barril Saldivia. Es Periodista y Magíster en
Antropología y Desarrollo. En 2006, publicó su novela La Memoria
del Caracol, bajo el sello de MAGO Editores. Algunos de sus cuentos
han sido publicados en antologías sobre la narrativa chilena actual,
producidas por la misma casa editorial. Ha participado en los talleres
literarios de las escritoras Lilian Elphick, Diamela Eltit y Ana María
Del Río.

Daniel Barril Saldivia (Alex) on Twitter: "Otra persona muerta ...

Poesía Japonesa

Rubén García García

Bajo la sombra,
se abrazaron con ansia,
con beso y fiebre.
las piernas de ella;
compás acanelado…
flor en la oscuridad.

Dos niños enamorados y uno más imbecil - Magia - Wattpad

Silencio

De Ildiko Nassr

Tomado de la antología del Microdecamerón

En la casa, hay un silencio diferente. Los enfermos han dejado de quejarse y su lamento es un zumbido de abejas. La nieve ha dado paso a un frío agradable. Algunos brotes se abren paso en la tierra
yerma. Los que permanecieron sanos tienen un ánimo diferente: se sienten inmunes y eso les otorga una acidez particular a lo que escriben.
Hay humo en algunas partes de la casa que comparten. Dos hombres fuman sin piedad y sin respeto hacia los demás. Inundan todo con su olor. La mujer de los ojos celestes los increpa sin piedad y los incita a salir al bosque:
–Son cobardes para ir afuera, pero no para contaminar la casa –les dice y ellos no saben qué hacer y apagan sus cigarrillos.
El silencio parece devorarlo todo alrededor.

Tres microrrelatos de Ildiko Nassr | La emperatriz

Ray Bradbury, el genio de la ciencia ficción que odiaba las nuevas tecnologías

https://www.elconfidencial.com/cultura/2020-08-20/escritor-bradbury-centenario-ciencia-ficcion_2719415/

El hombre que no quiso ser Gabriel García Márquez | Cultura | EL PAÍS

https://elpais.com/cultura/2020-08-19/el-hombre-que-no-quiso-ser-gabriel-garcia-marquez.html

La escena del crimen

de Gregorio Angelcos

Tomado de la antologia de «Dispara usted o disparo yo»
Luego de una llamada telefónica, el Inspector Pastrana se dirigió
junto a un par de subalternos al sitio del suceso, a exceso de velocidad
y con la baliza sonando constantemente, se detuvo con el vehículo
policial en marcha, y descendieron corriendo hasta un costado de la
rivera.
Encontraron a un viejo vagabundo con una lata de cerveza en la
mano, a una mujer en ropa interior y con serios síntomas de
encontrarse bajo el efecto de las drogas, y a un oficial en retiro del
ejército con su gorra de servicio, parecía estar un tanto enajenado.
—¿Dónde está el cadáver? —preguntó Pastrana. —Se lo llevó el
río —contestó el oficial—, los otros policías rastrearon el lugar sin
encontrar vestigio de un posible crimen. Pastrana observó a los
testigos, y sin dudarlo, procedió a la detención inmediata de los tres.
—Son antropófagos —afirmó—, y se comieron al muerto. Sus
acompañantes enmudecieron ante la asertiva decisión del oficial de
policía, mientras tanto, el narrador se detuvo en este segundo de la
historia, fue a la cocina, abrió la olla y revolvió la sopa en la que
cocinaba la vaca que había degollado durante la tarde en un suburbio

de Nueva Delhi.

Gregorio Angelcos

es un escritor, periodista y profesorde literatura. Ha incursionado en los géneros de poesía, ensayo y
narrativa, destacándose sus libros de microficción: Dios necesita un siquiatra; El Abuelo que comía mariposas; 69 puñaladas a la realidad; La muerte está en mi conciencia; Reptilia, y Angelcos selecto (300 microcuentos).

Gregorio Angelcos Díaz – Sociedad de Escritores de Chile | SECH

La tejedora

de Marina

LA TEJEDORA

Carátula de La Joven Tejedora (Mariana Colasanti - 2004)

Se despertaba cuando todavía estaba oscuro, como si pudiera oír al sol llegando por detrás de los márgenes de la noche. Luego, se sentaba al telar.
Comenzaba el día con una hebra clara. Era un trazo delicado del color de la luz que iba pasando entre los hilos extendidos, mientras afuera la claridad de la mañana dibujaba el horizonte.
Después, lanas más vivaces, lanas calientes iban tejiendo hora tras hora un largo tapiz que no acababa nunca.
Si el sol era demasiado fuerte y los pétalos se desvanecían en el jardín, la joven mujer ponía en la lanzadera gruesos hilos grisáceos del algodón más peludo. De la penumbra que traían las nubes, elegía rápidamente un hilo de plata que bordaba sobre el tejido con gruesos puntos. Entonces, la lluvia suave llegaba hasta la ventana a saludarla.
Pero si durante muchos días el viento y el frío peleaban con las hojas y espantaban los pájaros, bastaba con que la joven tejiera con sus bellos hilos dorados para que el sol volviera a apaciguar a la naturaleza.
De esa manera, la muchacha pasaba sus días cruzando la lanzadera de un lado para el otro y llevando los grandes peines del telar para adelante y para atrás.
No le faltaba nada. Cuando tenía hambre, tejía un lindo pescado, poniendo especial cuidado en las escamas. Y rápidamente el pescado estaba en la mesa, esperando que lo comiese. Si tenía sed, entremezclaba en el tapiz una lana suave del color de la leche. Por la noche, dormía tranquila después de pasar su hilo de oscuridad.
Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.
Pero tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que se sintió sola, y por primera vez pensó que sería bueno tener al lado un marido.
No esperó al día siguiente. Con el antojo de quien intenta hacer algo nuevo, comenzó a entremezclar en el tapiz las lanas y los colores que le darían compañía. Poco a poco, su deseo fue apareciendo. Sombrero con plumas, rostro barbado, cuerpo armonioso, zapatos lustrados. Estaba justamente a punto de tramar el último hilo de la punta de los zapatos cuando llamaron a la puerta.
Ni siquiera fue preciso que abriera. El joven puso la mano en el picaporte, se quitó el sombrero y fue entrando en su vida.
Aquella noche, recostada sobre su hombro, pensó en los lindos hijos que tendría para que su felicidad fuera aún mayor.
Y fue feliz por algún tiempo. Pero si el hombre había pensado en hijos, pronto lo olvidó. Una vez que descubrió el poder del telar, sólo pensó en todas las cosas que éste podía darle. -,
-Necesitamos una casa mejor- le dijo a su mujer. Y a ella le pareció justo, porque ahora eran dos. Le exigió que escogiera las más bellas lanas color ladrillo, hilos verdes para las puertas y las ventanas, y prisa para que la casa estuviera lista lo antes posible.
Pero una vez que la casa estuvo terminada, no le pareció suficiente. -¿Por qué tener una casa si podemos tener un palacio?- preguntó. Sin esperar respuesta, ordenó inmediatamente que fuera de piedra con terminaciones de plata.
Días y días, semanas y meses trabajó la joven tejiendo techos y puertas, patios y escaleras y salones y pozos. Afuera caía la nieve, pero ella no tenía tiempo para llamar al sol. Cuando llegaba la noche, ella no tenía tiempo para rematar el día. Tejía y entristecía, mientras los peines batían sin parar al ritmo de la lanzadera.
Finalmente el palacio quedó listo. Y entre tantos ambientes, el marido escogió para ella y su telar el cuarto más alto, en la torre más alta.
-Es para que nadie sepa lo del tapiz -dijo. Y antes de poner llave a la puerta le advirtió: -Faltan los establos. ¡Y no olvides los caballos!
La mujer tejía sin descanso los caprichos de su marido, llenando el palacio de lujos, los cofres de monedas, las salas de criados. Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.
Y tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que su tristeza le pareció más grande que el palacio, con riquezas y todo. Y por primera vez pensó que sería bueno estar sola nuevamente.
Sólo esperó a que llegara el anochecer. Se levantó mientras su marido dormía soñando con nuevas exigencias. Descalza, para no hacer ruido, subió la larga escalera de la torre y se sentó al telar.
Esta vez no necesitó elegir ningún hilo. Tomó la lanzadera del revés y, pasando velozmente de un lado para otro, comenzó a destejer su tela. Destejió los caballos, los carruajes, los establos, los jardines. Luego destejió a los criados y al palacio con todas las maravillas que contenía. Y nuevamente se vio en su pequeña casa y sonrió mirando el jardín a través de la ventana.
La noche estaba terminando, cuando el marido se despertó extrañado por la dureza de la cama. Espantado, miró a su alrededor. No tuvo tiempo de levantarse. Ella ya había comenzado a deshacer el oscuro dibujo de sus zapatos y él vio desaparecer sus pies, esfumarse sus piernas. Rápidamente la nada subió por el cuerpo, tomó el pecho armonioso, el sombrero con plumas.
Entonces, como si hubiese percibido la llegada del sol, la muchacha eligió una hebra clara. Y fue pasándola lentamente entre los hilos, como un delicado trazo de luz que la mañana repitió en la línea del horizonte.

Marina Colasanti - Wikipedia, la enciclopedia libre
Marina Colasanti (Asmara, Eritrea –colonia italiana-, 1937). Artista plástica, traductora, periodista, ilustradora y escritora ítalo-brasileña, quien a lo largo de su carrera ha incursionado en la escritura de diversos géneros literarios como la poesía, el ensayo, la literatura infantil y juvenil y la narrativa, con numerosas publicaciones en portugués, algunas de las cuales han sido traducidas al español, como es el caso de Hablando de amor (cuentos, 1988), Una idea maravillosa (LIJ, 1991), La mano en la masa y otros cuentos (LIJ, 1995), La joven tejedora (LIJ, 2004) –libro al cual pertenece el cuento que aquí se publica- y El hombre que no paraba de crecer (LIJ, 2005), entre otras. Como reconocimiento a su obra literaria, ganó el primer premio del Concurso Latinoamericano de Cuentos para Niños convocado por UNICEF y Funcec con su relato “La muerte y el rey” (1994); y obtuvo el Jabuti, premio que otorga la Cámara Brasileña del Libro, en tres ocasiones (1993, 1994 y 1997). También recibió el Premio Norma Fundalectura en el año 1996, por su texto Lejos como mi querer.

Colitis aguda

Por Rubén García García

Colitis aguda

En la planicie del mesenterio abdominal se jugaba la final entre los nematelmintos contra los platelmintos.  La estridencia de los gritos se debía a lo aguerrido del partido y a la levadura de cerveza que rolaba por las tribunas.

Mujer joven sufre de dolor abdominal, sensación de dolor de ...
Rio Tecolutla, lugar de tecolotes. Mirando el ocaso, con algo frío en las manos.

El secreto de Don ambrosio

de Elena Casero Viana

Tomado del Microdecamerón, organizada por Paola Tena


Apareció en silencio, como si flotara, sobre el suelo de piedrecillas
del cementerio. Vestía un traje de chaqueta negro sobre una blusa
blanca de la que apenas se veía la gorguera de puntilla que
envolvía su cuello. Se situó al final del círculo que rodeaba la tumba de Don
Ambrosio, el prócer de la aldea. Y comenzaron los cuchicheos
mientras el párroco seguía con su interminable letanía de
alabanzas. Y siguieron las conjeturas. Y las elucubraciones.
La nariz, pétrea, que sobresale de un cutis delicado. Tiene
la mujer un tono seductor en su porte que les hace recordar a
aquella mucama que trajo él desde Cuba. Y ella, silente, etérea,
abre el círculo y se acerca a la tumba. Se enjuga una lagrimilla
díscola que rueda por su mejilla. Mira a su alrededor. Mantiene la
mirada de quienes la observan. Traga saliva y la nuez de Adán
sobresale por la gorguera. Lee el epitafio: “Aquí yace todo un
hombre, temeroso de Dios” Pensó añadir algunas palabras más a ese epitafio sobre su
hombría, pero prefirió reír. La gente, desconcertada, salió
corriendo. Su carcajada profunda resuena por todo el cementerio.

Quien quiera conocer la historia de un pueblo, que vaya al ...