Lilian Elphick o «Dispara usted o disparo yo». Compliladora

Textos: Lista alfabética y Legitima defensa

Ítalo se siente incómodo con su nueva figura, es como si anduviera volando. Sin embargo, sus heridas sanaron y esto es lo más importante. Ellos le incautaron sus dos pistolas de 9 mm, 108 proyectiles y cuatro cargadores, pero olvidaron el puñal de combate que estaba debajo de una cama. Lo recoge. Ensaya frente al espejo y comprueba satisfecho que está en perfectas condiciones. En un dos por tres llega al departamento de Araneda. Entra por la ventana. Recuerda la perentoria orden de El Tata . Araneda se levanta de la silla, extrañado de la ventolera que bota el periódico al suelo. La primera de las 34 puñaladas la recibe en la espalda; se gira y ve el corvo solo, en el aire, yendo nuevamente hacia su cuerpo. No fue nada del otro mundo. Ítalo tacha el nombre en la lista que tiene en su memoria. Ahora, le toca el turno a la C. y luego, a la T.

Legítima defensa

Veintisiete huesos dentro de mí, un revolotear de uñas y cutículas, tu dedo índice sermoneándome mientras se deshace, el anular perdido para siempre. No estoy arrepentida, la boca está bien puesta, aunque tenga la lengua un poco ahorcada y la mandíbula como
la de una boa. Quizás deba ir al dentista. Tu sangre tiñó mis muelas y se está coagulando en mis encías. Y a la jueza le diré la verdad y nada más que la verdad: que tenías la mano dura.

Ojo Travieso, de Lilian Elphick - Letras de Chile
Lilian Elphick Latorre
Escritora chilena (Santiago, 1959). Licenciada en literatura (Universidad de Chile). Hizo cursos de especialización en New Cork (EUA). Ha publicado los libros de cuentos La última canción de Maggie Alcázar (1990) y El otro afuera (2002). Ese mismo año, su cuento «La gran ola» fue finalista en el Concurso de Cuentos Juan Rulfo (París, Francia). Sus cuentos han sido publicados en antologías y revistas chilenas y extranjeras, como «Juego de cuatro estaciones», en Salidas de madre; «La pieza vacía» en Voces de Eros; «Los favores concedidos», en Hielo (cuentos finalistas del concurso de cuentos Paula); «El otro afuera», en Cuentos chilenos contemporáneos 2000; «Felicidad en blanco y negro», en Cuento hispanoamericano actual (selección de Reni Marchevska; Bulgaria, 2002), y «El viaje», en Después del 11 de septiembre. Narrativa chilena actual (selección de Poli Délano, 2003). Actualmente se desempeña como presidenta de la Corporación Letras de Chile; dirige talleres literarios y es editora de cuento de la página literaria Letras de Chile. También ha sido libretista de televisión.

Edmundo Valadez una minificción

de

¿POR QUÉ?

En el sueño, fascinado por la pesadilla, me vi alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen.
Un instante, el único instante que podría cambiar mi designio y con él mi destino y el de otro ser, mi libertad y su muerte, su vida o mi esclavitud, la pesadilla se frustró y estuve despierto.
 Al verme alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen, comprendí que no era un sueño volver a decidir entre su vida o mi libertad, entre su muerte y mi esclavitud. Cerré los ojos y asesté el golpe.
¿Soy preso por mi crimen o víctima de un sueño?

Foto: CNIPL | CNL-INBA
Edmundo Valadés representa una de las figuras que toda tradición literaria necesita para consolidarse. Gracias a la edición de la revista El Cuento y a su amplia trayectoria como antologador del género, tendió puentes entre la literatura de México y las letras universales, colaboró en la formación de un público lector de los relatos breves y diversificó el cultivo de uno de los géneros en el que México ha hecho contribuciones a la tradición hispánica. Es autor de una obra clásica, La muerte tiene permiso (1955). Con ella anunció un momento estético posterior a su época en que ya no sería operante la separación de relato rural y relato urbano para México. Prefirió el final sorpresivo, la historia cerrada y recreó algunas inflexiones dialectales del habla popular del altiplano, con lo que amplió las posibilidades expresivas de narradores que lo sucedieron. También publicó los cuentarios: Las dualidades funestas (1966) y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita (1980). 
Su labor como periodista ha quedado registrada en Excerpta (1984). Además de columnista, exploró las posibilidades del reportaje. Dos ensayos sobre literatura nos permiten apreciar su concepción estética de la narración, La Revolución y las letras (1960, en coautoría con Luis Leal) y Por caminos de Proust (1974).
Enormemente apreciado por su humilde generosidad y la calidad literaria de su breve obra, Valadés recibió en vida el reconocimiento de sus pares y varios homenajes nacionales: en 1981, le entregaron el Premio Nacional de Periodismo y, en 1982, el Premio Rosario Castellanos del Club de Periodistas de México; en 1984, le aplaudieron en la Galería del Centro Cultural Guadalupe Posada; en 1985, le dedicaron el Encuentro de narradores en Morelia; asimismo en 1985, le rindieron homenaje en la Universidad Nacional Autónoma de México; en 1987, le entregaron el Doctorado Honoris Causa en Letras (Universidad de Sonora); y en 1989, le dedicaron La Feria Internacional del Libro de Guadalajara
Edmundo Valadés es uno de los máximos conocedores del cuento en el México del siglo xx y su máximo difusor.

http://www.elem.mx/autor/datos/1093

Pruebas diagnósticas C.19

De Rubén García García


Caronte no tenía problemas con las almas, sólo lo había si no le pagabas. Tampoco las aceptaba si éstas provenían de un cuerpo colmado de virus. En la entrada al inframundo custodiaba la puerta Cancerbero, un monstruo con tres cabezas de perro, que poseía olfato para escrutar aromas virulentos. Si lo distinguía, ipso facto, los situaba en cuarentena*. Caronte sabía de tamañas cualidades.
En este dato se basó Dominique Grandjean de la Escuela Nacional de Veterinaria de Alfort de Francia para entrenar perros, que sale más económico y rápido que estar haciendo pruebas en las terminales por un personal altamente capacitado**.

Cerberus: The three headed dog, Guardian of the Underworld, who was the twelve labor of Hercules.
Rubén García García jubilado mexicano que gusta escribir historias breves que llaman minificción. Tiene 74 años y padece de curiosidad .
  • La cuarentena posiblemente consistía en vagar por la rivera del río Aquaronte, junto con las almas que no pagaban.

**Tomado de la prensa nacional

Nadadores

De dina Grijalva tomado del microdecamerón compiladora Paola Tena


Las vecinas nos reunimos cada tarde. Cuando agotamos el tema de las niñas, los niños y el clima, entramos como sin querer en el tema de divertirnos a costa de los maridos. Que si Juan se duerme
apenas se acuesta, sin nada de nada; que si Jorge lo intenta pero no consigue nada; que Julián casi nada; que si Eduardo apenas logra hacer casi nada. Si algún niño nos escucha tal vez crea que hablamos de competencias de natación o de una nueva corriente artística llamada nadaísmo.

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Teoría de Manfred-Schwann de Elena Casero Viana

Del Microdecamerón complilación de Paola Tena



La solución, aconsejada por sus amigas, era aplicar esta novedosa
teoría cuyos resultados estaban garantizados: Manfred-Schwann,
un lúcido analista alemán, en apenas cuatro capítulos de su único
libro, abogaba por estudiar la conducta del oponente para
anticiparse, mediante tácticas lógicas, a sus reacciones.
El primero de ellos, “Die Nase berühren” o tocar las narices,
se basaba en crear conflictos cotidianos sin aparente sentido para
provocar confusión.
En el capítulo “Schwindlig das Rebhuhn“ o marear la perdiz,
se recomendaba desbaratar durante un mes la economía básica
mediante gastos desproporcionados e inútiles e imposibles de
cuantificar.
En el siguiente “Mit Honig auf den Lippen“ o con la miel en
los labios, sugería utilizar técnicas de acercamiento y alejamiento
hasta cerciorarse de que el oponente se hallaba desorientado, así
como deslizar mensajes subliminales en público para socavar su
confianza.
Al llegar al último capítulo “Leben, das sind zwei Tage“ o a
vivir que son dos días, y comprobado que su rival estaba emocional
y económicamente hundido, cerró el libro. Llamó a sus amigas.
Cogió a los niños y pidió el divorcio.

Amazon.com: Donde nunca pasa nada (Cortoletrajes) (Spanish Edition)  (9788494258657): Casero Viana, Elena: Books

Amante profesional

de Ramón Díaz Eterovic

Romero, asesino de profesión, se vanagloriaba de ser un hombre de palabra. Al conocer a Raquel sintió una súbita comezón en su orgullo. La invitó a cenar, la enamoró y por la mañana, cuando el sol caía plácido sobre los cabellos de la mujer, le disparó entre los pechos por el simple placer de cumplir un contrato.

Hallan cuerpo de mujer baleado y escondido debajo de cama, en Neza | El  Gráfico Historias y noticias en un solo lugar


Ramón Díaz Eterovic
Novelista, cuentista y poeta. Reconocido por su personaje el
detective privado Heredia, ha publicado más de quince novelas
policiales, entre otras: El leve aliento de la verdad, 2012; La música de la
soledad, 2014; y Los fuegos del pasado, 2016.

El vicio del deseo

De Rubén García García


Me gusta dormir boca abajo para relajar el cuello. Debí soñar que ella me daba masaje, tenía arte para hacerlo. últimamente me ofrecía una aspirina. Solo sentí un piquete y las luces se apagaron. Me enterraron en el sótano. Cosa graciosa, en este lugar yo me hacía el muerto para no ser descubierto en el juego de las escondidas. Salí del encierro a nuestra recámara. Dormía de espaldas a su amante, la desperté acariciando su frente. Abrió los ojos. espantada de ver mi cara llena de gusanos, los suficientes para ocasionarle un infarto en un corazón ingrato, pero ya dañado por una fiebre que tuvo en su juventud. El sujeto dormía boca abajo muy parecido a como yo lo hacía. Encontré la aguja de raquea y entró sin resistencia, profundamente en su médula espinal. Le di la vuelta y lo reconocí. Siempre supuse que mi otro yo me envidiaba.

Alguna vez Rubén García, el administrador, tuvo deseos de hacer deporte y encontró en el trote un placer que guarda cariñosamente. La carrera de resistencia le dio la oportunidad de ponerse en contacto con la naturaleza. Paisajes muy bellos que están cerca del habitad. Fotos que como buen anciano las conserva, como para decirle a los nietos que el abuelo un día también fue joven.

Señales que te indican que no estas durmiendo lo suficiente | En Pareja

Abelardo Castillo y Julio Cortazar

Del muro de Dina Grijalva

“…Después de unos vasos de vino 🍷, el humor de Cortázar es irrefrenable…”.

Una ES-PEC-TA-CU-LAR y cómica anécdota relatada por Abelardo.

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Este año he conocido personalmente a Cortázar, de la manera más insospechada y cómica. Una mañana, a eso de las nueve y media, me llaman por teléfono y una voz grave me pregunta si ésta es la casa de Abelardo Castillo.

Yo le digo que sí, en bastante mal tono porque estaba medio dormido, quizá me había acostado dos horas antes. La voz me dice: “Le habla Julio Cortázar”. Y yo, con absoluta indiferencia: “Ah, sí, qué bien”. Esto sólo es explicable por esa manía tan nacional de sospechar que si una voz en el teléfono nos dice que habla Julio Cortázar sólo puede tratarse de una broma.

Supuse que era Athos Barbieri o algún amigo de San Pedro que, cuando me oyera contestar: “¡Ah, Cortázar!, pero cómo le va, qué sorpresa”, iba a decir: “Así que a Cortázar lo atendés de mañana y con nosotros te hacés el raro…”. La voz, un poco cortada, me dice: “Pero, ¿hablo con la casa de Abelardo Castillo?”, y en el “pero” y en el “Abelardo” noté el gangoseo típico de Cortázar, que pronuncia la “r” a la francesa; no podía ser Athos ni mucho menos mis amigos ajedrecistas quienes, hablando en general, no son lingüistas tan refinados como para reparar en detalles fonéticos. Le digo: “Pero, quién habla”. “Cortázar”, me dice Cortázar. Vuelvo a notar la “r” francesa y le digo que me perdone, que estoy medio dormido, me acuesto muy tarde, estoy durmiendo con mi novia, qué sé yo qué disparates. O eso de decirle que estaba durmiendo con Sylvia sucedió más tarde, cuando volví a pedirle disculpas personalmente.

El hecho es que Cortázar quería conocerme, lo que viene a ser algo así como el mundo puesto al revés, Julio Cortázar en la Argentina, yo que ni siquiera me había enterado y él que quería verme a mí. Le propuse encontrarnos donde él quisiera, y él mismo dijo de venir a casa. Le pregunté si podía invitar a algún integrante del Escarabajo. Me pidió que no hubiera demasiados, porque los argentinos hablábamos muy alto y ya estaba desacostumbrado a nuestros decibeles.

Sylvia recuerda que cuando yo le comenté a Cortázar que estaba durmiendo con mi novia, él dijo: “No hay nada más lindo que dormir con la novia”. Cortázar vino a casa esa tarde. Cuando lo atiende Sylvia, ocurrió un mínimo milagro. Estábamos oyendo jazz, a Charlie Parker, pero por pura casualidad. La radio del escritorio estaba prendida, no era un disco nuestro. El dijo: “Qué linda música”, como si nos agradeciera algo. Yo le dije que no, que no era una grabación nuestra, era algo mucho más extraordinario.

Era la radio, como si la radio, cuando él entró, se hubiera puesto a tocar por su cuenta el saxo de Charlie Parker. No le pareció asombroso, más bien le pareció natural. En su literatura se nota que estos pequeños milagros le parecían naturales.

Más tarde llegaron Liliana Heker, Bernardo Jobson, uno o dos más. Lo que nos asombró esa primera tarde fue no encontrar en Cortázar el humor de sus libros, el de Cronopios o de algunos capítulos de Rayuela.

Me pareció un alto señor muy serio, casi circunspecto, muy tímido, que hablaba en voz baja y, que cuando se reía, se tapaba la boca con la mano. Hablamos muy poco de política. El mismo confesó no entender mucho del tema. Apoya a Cuba, a Nicaragua, al movimiento obrero argentino y a los movimientos de liberación por razones viscerales, aunque ésta no es del todo la palabra. No da la idea de ser un hombre visceral. Sus razones políticas son más bien impulsos éticos. Da toda la impresión de creer, sin pudor, en lo sobrenatural: cuando habla de vampiros, cruza los dedos.

Cuando habla de los cronopios los describe como a objetos o seres reales: los vio por primera vez en un teatro, él estaba en un palco y de pronto los cronopios bajaban de alguna parte. Y, cuando lo decía, hacía el gesto de cronopios bajando y los seguía con la mirada. En esos momentos, impresiona un poco. Elogió el sentido del tiempo en la narrativa de Vargas Llosa, pero pareció asombrado por su falta de humor. Me dijo que una vez fueron juntos a ver una de las grandes películas de Chaplin, no sé si no era El pibe, y que Vargas Llosa no se rió ni se conmovió ni le encontró mérito de ninguna clase. Yo me callé la observación de que, aparte de falta de humor, eso me parece, más bien, un grave defecto moral.

No habló mal de ningún escritor argentino, cosa muy rara entre escritores argentinos, aunque yo creo que, en parte lo hace, o lo hizo, por una especie de astucia candorosa, no por las mismas razones por las que Marechal no hablaba mal de nadie. Cortázar se cuida un poco, por su condición de argentino a medias. Es ambiguo y querible, sobre todo, pude comprobarlo, muy querible para las mujeres. Es altísimo, cerca de dos metros. Una combinación rarísima de gigante y de huérfano.

Tiene casi sesenta años, barba absolutamente negra, pelo negro y tupido; parece un hombre de treinta que se ha dejado crecer la barba para parecer mayor. Hasta que nos reencontramos, esa misma noche o alguna otra, no lo oímos reír. Estaba entusiasmado por recorrer “el barrio de los piringundines”, en la calle 25 de Mayo, y nadie se animaba a decirle que a estas alturas ya no había tantos piringundines como él recordaba, pero igual nos fuimos a caminar por la calle 25 de Mayo, por Alem, a tomar vino y a comer en algún bodegón del Bajo. Y ahí sí, ahí apareció el verdadero Julio Cortázar.

Después de unos vasos de vino, el humor de Cortázar es irrefrenable. Está hecho de cosas mínimas, como las que a veces pone en sus libros. Contó una miniatura inolvidable. No sé si en Villa Crespo o en Flores, o tal vez en Banfield o en alguno de los pueblos donde vivió, había una profesora de Teoría y Solfeo, una de esas señoritas mayores un poco mamarrachos, un poco patéticas. Esta mujer tenía unas tarjetas de presentación donde decía:

Fulana de Tal Profesora de Piano, Teoría y Solfeo y abajo, en letra muy chiquita, casi invisible: Se vende un arpa usada.

Esa primera noche, en la puerta del departamento en que paraba, me llevó aparte y me preguntó, no sin cierto misterio, cuándo había escrito yo “Los ritos”.

Se lo dije. Movió la cabeza aprobatoriamente, sin comentar nada.
Del muro de Damián Lanzieri

❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️

Deconstrucción

de Karla Barajas


Al artista lo encontraron fornicando con la modelo sobre una lavadora. Él explicó a su esposa:
–Esto es una deconstrucción, una deformación del significado del electrodoméstico en la vida de las personas, correlaciona y contrapone a la máquina con nuestra humanidad. ¿Me entiendes, amor?
Una semana después la obra entera del pintor emergente se remojaba en ese mismo artefacto, abandonado, por la autora y ahora ex esposa, a las afueras del museo con el título: Engaños
entendidos.

La escritura y la lectura, el refugio de Karla Barajas
Tomado del Microdecamerón organizado por Paola Tena

Marianito

Diana Baláustegui

A Marianito le gustaba invitar a sus amiguitos a dormir.
Siempre llevaba papitas, gaseosas y películas de terror a la pieza, y cuando ellos se encontraban en un estado inicial de pánico, apagaba las luces y aullaba desde distintos puntos del cuarto. Marianito sentía una fascinación morbosa por verlos aterrados, era algo que estaba más allá de su comprensión. Sus padres casi nunca estaban, y las niñeras que solían transitar por su casa, le gritaban cuando tenían que socorrer a sus ocasionales compañeros de piyamada tras encontrarlos pálidos y temblorosos en medio de una crisis de llanto.
Marianito fue espaciando sus viernes de películas porque ya no tenía amiguitos dispuestos a ser traumatizados. En un par de ocasiones intentó hacer lo mismo con sus niñeras pero una de ellas, en una crisis de histeria, le golpeó el rostro de manera brutal y cuando sus padres descubrieron el hematoma se molestaron con él. No lo intentó más.
Después de un mes sin sesiones de terror, fijó su atención en la niña pálida que ayudaba a su madre en la atención de una verdulería en la esquina de su casa.
No le costó trabajo acercársele, siempre invitaba amigos varones pero imaginó que no habría obstáculos en llevar a una niña, un viernes a la noche.
Cuando se lo mencionó a sus padres se lo negaron rotundamente así que comenzó a idear la manera de asustarla… sin llevarla a dormir antes.
Cada mañana durante un mes, acompañó a sus niñeras hasta la verdulería y fraguo lenta y serenamente una buena amistad con la niña.
Se llamaba Rosita, tenía 10 años igual que él, odiaba la escuela igual que él, sentía antipatía por las comidas con acelga igual que él y… odiaba las películas de terror porque le causaban miedo.
Este detalle casi le provoca una erección y se sintió un tanto incómodo con eso.
Una noche se escapó de la niñera y se fue a conversar con ella. Eran las diez. La madre de la niña los vio sentados en la vereda y los dejó pasar el rato. Cerró la verdulería y entró dejando a la parejita, conversando debajo de un árbol.
Marianito le contaba historias de terror a Rosita y ella escuchaba atenta, con las manitas crispadas sobre la pollera. Bajo la luz de la luna se la notaba pálida y temblorosa.
Le contó que en noches como esa se escuchaban aullidos en el fondo de su casa y que sus padres se negaban a creer que algo vivía entre los limoneros y naranjos de su patio.
-Pedí permiso y vamos un rato a mi casa para que te muestre de donde vienen los ruidos.- propuso Marianito y Rosita lo miró un instante con el rostro blanco del susto, antes de entrar a preguntar si podía ir. Cuando salió cinco minutos después se la notaba nerviosa.
Entraron a la casa por el costado para que su niñera no se diera cuenta de que había huido hacía un buen rato. A tientas, en la oscuridad, se llegaron hasta el primer naranjo donde el niño escondía una linterna. El haz de luz iluminó poco. Había casi diez árboles cargados de frutos. Marianito señaló una zona oscura en el rincón izquierdo de la pared perimetral y le iluminó el rostro para mirarla.
-Ahí es donde se escuchan los aullidos, primero se sienten arañazos en la pared y después el llanto. Mi niñera cree que puede ser un perro, pero ninguno de mis vecinos tiene mascotas.
Rosita estaba agitada y tenía los ojos cubiertos de lágrimas.
-Vamos a ver que hay -instó Marianito tironeándola del brazo. La niña emitió un pequeño quejido.
-No- le dijo suavemente casi al borde del llanto.
-Vamos- volvió a insistir y esta vez le tomó de la mano obligándola a seguirlo.
Caminaron despacio hasta que quedaron a unos metros de la esquina oscura.
Se sintió el ruido de la cadena antes de que un perro enorme y negro casi les saltara encima ladrándoles.
Rosita pegó un alarido y Marianito retrocedió chillando fascinado.
El perro movía la cola feliz mientras ladraba.
El niño se dio media vuelta y la buscó. Ella estaba parada junto a un naranjo, apoyando la espalda en el tronco, con las manos adheridas a su vestido y el rostro casi azulado por el pánico.
Marianito se tomó de la panza y comenzó a reír a grandes carcajadas.
Rosita hiperventilaba.
Se dio cuenta de que a su amiga le pasaba algo extraño cuando un silbido comenzó a salir de su pechito mientras la caja torácica subía y bajaba de manera alarmante.
-Eh!- le gritó tratando de quitarle dramatismo a la situación y se le acercó.
Ella estaba con los ojos casi fuera de las órbitas, estática, intentando respirar.
-Rosita- le dijo él y le apoyó la mano en el hombro.
La niña pareció salir del trance y gritó aterrorizada abriendo la boca tan demencialmente que se escuchó cuando la mandíbula salió de su lugar y la comisura de los labios se rasgaron dejando escapar un hilo grueso de sangre.
Rosita se agarraba de la cabeza y se arrancaba mechones de pelo mientras daba alaridos que por ratos se confundían con un aullido animal.
Marianito retrocedió espantado.
La niña gritó hasta que el globo ocular derecho cayó dejando una cuenca vacía. Gritó mientras por entre las piernas se escapaba un chorro caliente de orina y el líquido cambiaba de color hasta ser un reguero de sangre que llegaba al suelo sin tocar su entrepierna.
Gritó hasta que el perro se ahorcó con la cadena mientras intentaba huir.
Gritó hasta que la lengua se le hinchó tanto que comenzó a reventar.
Gritó hasta que Marianito comenzó a convulsionar mientras escupía espuma espesa por la boca.
Rosita regresó a las 11 de la noche a su casa. Su madre la regañó por tardar tanto y su padre le preguntó porque le faltaba el ojo derecho.
-No me gusta que me cuenten cuentos de terror- le aclaró mientras recordaba que lo había levantado y estaba en su bolsillo izquierdo.
-Ya no quiero ser amiga de Marianito, me hace asustar- acotó al final, mientras lo ponía nuevamente en su cuenca.

Diana Beláustegui.

Areola o aureola

Pensamiento para hoy acerca de las palabras «areola (o aréola) – aureola»

De tanto fijarnos en las suculencias del cuerpo humano —y de tanto gozarlas— a veces ni se nos ocurre preguntar cómo se llaman. Una de estas suculencias es, sin duda, el pecho, sea de hombre o mujer. Pero si decimos «pechos», casi siempre nos referimos a los senos, que son femeninos siempre. Los hombres no tienen senos. Pecho, sí; pechos, tal vez; senos, jamás, salvo que sean operados. Pero todos tenemos pezones, casi siempre dos, y ese círculo rojizo, rosáceo o moreno que los rodea tiene su nombre: «areola».

A veces confundimos esta palabra con la más sagrada «aureola», el disco aquel que sobrevuela la cabeza de los santos en las representaciones. Los dos términos provienen del latín, con las mismas ortografías que en español. El hecho de que se trate en ambos casos de formas geométricas iguales —círculos— y que se escriban de manera tan parecida, es probablemente un accidente de la naturaleza lingüística.

Y para agregar aún más confusión, el Diccionario de la Academia da «aureola», en su segunda acepción, como sinónimo de «areola» (o aréola). Tal vez sea justicia poética, pues cuando se juntan dos pares de areolas —o aureolas—, ¿quién no siente que se eleva al cielo?

Poesía japonesa

de Rubén García García

Las tardes frías
calientan mi recuerdo,
en el invierno,
voy a mi memoria:
hay un canto de llamas,
fuego y aromas;
la peineta y la seda
tendidos en la alfombra.

My blythe and me: Hotel Japonés