Otra versión Ninguno, entre los discípulos, amó a Jesús con la devoción, con el fanatismo, con la fidelidad de perro con que lo amó Judas. Pero ahí estaba precisamente la mácula de su amor: en la falta de vuelo. Lo amaba con amor burgués, doméstico, de rienda corta. Nada de aventuras, nada de peligros, nada […]
El ayer lejano. Duele porque ya no estoy en tus pensamientos. Hay días en que tus manos acarician mis mejillas, y mis piernas rodean tu cintura. Los labios gritando hacia dentro y después el silencio cómplice. Hoy nos encontramos en el cinema, tú fingiendo una plática con tu pareja, yo, simulando no verte. Solo los aromas se mezclaron como lo hicieron alguna vez.
Relatos que me gustaron del muro de Miguel Ángel Flores tomado de Fb
MAREAS De niño siempre veraneábamos en septiembre, un mes, como solían explicarnos cada año, sin muchedumbres ni calor. Mis padres trabajaban todo el verano y el día uno salíamos a disfrutar nuestra esperada quincena de playa. Éramos muchos hijos y resultaba necesario buscar lugares tranquilos donde gozar del sol y del mar. Les encantaba plantar la sombrilla muy cerca de la orilla, cuando la marea estaba baja, y esperar a que subiera. En ocasiones, el agua comenzaba a cubrir nuestros pies y a anegar esterillas y bolsos. Mi padre detestaba tener que modificar nuestra posición y, un par de horas después, el agua nos llegaba al ombligo. Según la época y la fase del ciclo lunar, al final de la mañana o de la tarde, nos llegaba al cuello o incluso nos cubría la cabeza. Perdimos a Juanito en el noventa y tres y a Lucía y Miguel en el noventa y cinco y noventa y seis, respectivamente. Éramos muchos hermanos y ya estábamos acostumbrados. Lo que nos cogió por sorpresa fue que, en el noventa y ocho, tras bajar una marea crecida, el mar nos devolvió a Lucía, sana y salva. Apareció sentada en su sillita rosa, toda sonriente y cubierta de algas. Tengo hambre, dijo. Y mi madre le dio un bocadillo.
Decía sí con un par de pestañeos, solo uno para el no, guiñaba el ojo izquierdo para el no sabe y el derecho para el no contesta. La misma rutina de todas las semanas para cumplimentar las cincuenta preguntas de la encuesta de satisfacción, en la unidad de enfermos terminales.
«Todo trabajo bien hecho necesita de mucha práctica y una gran dedicación». Repetía una y otra vez las palabras que su tiránico padre le había enseñado, al tiempo que se ensañaba con las muñecas de su hermana.
El aplicado niño, ya con los genes predispuestos, empezó a labrarse un futuro.
«O dispara usted o disparo yo», antología de Lilian Elphick
Rafael Fernández Eficiente
La nota se viralizó rápidamente en las redes sociales: Lolo, el enfermero, había sido absuelto. Lolo —en realidad Lorenzo Lomelí, el enfermero del penal— fue juzgado por haber matado a un recluso. El interno había llegado a la enfermería inconsciente tras un intento de suicidio. Mientras el reo luchaba por su vida, Lomelí inclinó la balanza hacia el lado oscuro. Aunque en un principio, el criminal, trató de ocultar su responsabilidad; cuando las pruebas lo pusieron en situación difícil, terminó confesando. Dijo que el preso había intentado acabar con su vida porque estaba sentenciado a purgar una pena de 25 años. Explicó que ese castigo le había sido asignado por intento de homicidio: había tratado matarse a sí mismo. Si lo hubiera salvado -razonó el apodado Lolo- su condena hubiera aumentado, como consecuencia del segundo intento de homicidio. Esto, sin duda, lo habría llevado a intentar de nuevo el suicidio; tentativa que de no resultar exitosa, hubiera incrementado la pena. En suma -recapituló el recién absuelto- se generaría una serie de intentos de suicidio, que ocasionarían costos al ayuntamiento y que necesariamente resultaría exitosa en algún momento. Lo único que hice fue ahorrar tiempo y dinero, concluyó.
Rafael Fernández. Nació el 17 de junio de 1951 en el Distrito Federal. Es Doctor en ingeniería por el Instituto Politécnico de Toulouse, Francia. Es autor del libro de cuentos Eros y Tánatos. Ha sido antologado en Minificcionistas de El cuento. Revista de imaginación. Es autor de varios libros de divulgación de la ciencia, el más reciente Derrotar a la ignorancia como en el juego del maratón. Es creador y guionista del cómic
de divulgación de la ciencia: Dime abuelita por qué. Actualmente prepara la edición de una colección de minirrelatos de base científica. Blog.
Azucena Franco Muerte por amor
Desde pequeño tuvo un amor muy especial por Nadia, unos cuatro años menor, jugaba con ella, le tenía paciencia, hacia rabietas, él aguantaba. Cuando fue alguna vez a recogerla a la escuela, de lejos estaba pendiente de lo que ocurriera, quién se le acercaba, quién le hablaba. Ya adolescente, una tarde Nadia sola en la casa, a escondidas, bebía licores de su padre, quería conocer una borrachera, según sus planes estaría sola hasta el otro día. Él llegó por casualidad, en vez de montar en cólera, como Nadia esperaría, le hizo gracia el hecho y empezó a tomar con ella. Pasó un buen rato, oían música, bebían, ella le contaba de sus amigas, lloró cuando recordó que Gloria no la invitó a su fiesta. Luego nuevamente se puso contenta, en tanto él tomaba mucho más fuerte. De pronto Nadia se aproximó, lo besó apasionadamente, él se entumeció, después de la sorpresa, la rechazó aventándola, ella nuevamente se acercó, al fin él respondió. Después de los besos, vinieron las caricias, ahí en la sala, sin palabras, a medio vestir, tuvieron furibundo sexo, se quedaron dormidos luego. Un par de horas más tarde, Nadia reaccionó, un escalofrío recorría su piel, náuseas, temor, el estómago revuelto, se dio cuenta horrorizada de lo que había pasado. Fue al clóset donde el padre escondía el arma, la tomó, sin pensar más nada, a sus catorce años y a poca distancia, descargó varios tiros sobre su hermano.
Azucena Franco. Mexicana,
es Maestra en Letras Latinoamericanas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; es coautora de MicroBerlín. De minificciones y microrrelatos, ¡Nocauts! Microrrelato internacional de boxeo, Imaginarios de papel, la edición mexicana de ¡Basta! Cien mujeres contra violencia de género y otros textos, asimismo ha publicado en diversas revistas y blogs literarios; ha presentado ponencias en congresos nacionales e internacionales de minificción.
Antología Pequeficciones hecha por Chris Morales y Jose luis Ortiz Soto
Mamá siempre me dice que no debo creerme todo lo que dicen los cuentos. Luego la escucho gritar: —¡Manooolooo, ya está tu desayuno! ¡No olvides ponerte las botas! Manolo es nuestro gato. Me preocupa que hoy empezó a leer Hansel y Gretel.
Angélica María Ramírez Madrigal (México).
Soy actriz de teatro y cuenta cuentos desde hace quince y cuatro años, respectivamente. A través del teatro llegué a la narración oral con el personaje de Gica Cuentacuentos. Tengo la fortuna compartir la literatura en escena para todo público, contar cuentos en cualquier espacio vital y transmitir mensajes que nos hacen crecer juntos en una misma sociedad.
De la antología «o dispara usted o disparo yo» Lilian Elphick antóloga
Rafael Fernández Eficiente
La nota se viralizó rápidamente en las redes sociales: Lolo, el enfermero, había sido absuelto. Lolo —en realidad Lorenzo Lomelí, el enfermero del penal— fue juzgado por haber matado a un recluso. El interno había llegado a la enfermería inconsciente tras un intento de suicidio. Mientras el reo luchaba por su vida, Lomelí inclinó la balanza hacia el lado oscuro. Aunque en un principio, el criminal, trató de ocultar su responsabilidad; cuando las pruebas lo pusieron en situación difícil, terminó confesando. Dijo que el preso había intentado acabar con su vida porque estaba sentenciado a purgar una pena de 25 años. Explicó que ese castigo le había sido asignado por intento de homicidio: había tratado matarse a sí mismo. Si lo hubiera salvado -razonó el apodado Lolo- su condena hubiera aumentado, como consecuencia del segundo intento de homicidio. Esto, sin duda, lo habría llevado a intentar de nuevo el suicidio; tentativa que de no resultar exitosa, hubiera incrementado la pena. En suma -recapituló el recién absuelto- se generaría una serie de intentos de suicidio, que ocasionarían costos al ayuntamiento y que necesariamente resultaría exitosa en algún momento. Lo único que hice fue ahorrar tiempo y dinero, concluyó. Rafael Fernández. Nació el 17 de junio de 1951 en el Distrito Federal. Es Doctor en ingeniería por el Instituto Politécnico de Toulouse, Francia. Es autor del libro de cuentos Eros y Tánatos. Ha sido antologado en Minificcionistas de El cuento. Revista de imaginación. Es autor de varios libros de divulgación de la ciencia, el más reciente Derrotar a la ignorancia como en el juego del maratón. Es creador y guionista del cómic
de divulgación de la ciencia: Dime abuelita por qué. Actualmente prepara la edición de una colección de minirrelatos de base científica. Blog.
Azucena Franco Muerte por amor Desde pequeño tuvo un amor muy especial por Nadia, unos cuatro años menor, jugaba con ella, le tenía paciencia, hacia rabietas, él aguantaba. Cuando fue alguna vez a recogerla a la escuela, de lejos estaba pendiente de lo que ocurriera, quién se le acercaba, quién le hablaba. Ya adolescente, una tarde Nadia sola en la casa, a escondidas, bebía licores de su padre, quería conocer una borrachera, según sus planes estaría sola hasta el otro día. Él llegó por casualidad, en vez de montar en cólera, como Nadia esperaría, le hizo gracia el hecho y empezó a tomar con ella. Pasó un buen rato, oían música, bebían, ella le contaba de sus amigas, lloró cuando recordó que Gloria no la invitó a su fiesta. Luego nuevamente se puso contenta, en tanto él tomaba mucho más fuerte. De pronto Nadia se aproximó, lo besó apasionadamente, él se entumeció, después de la sorpresa, la rechazó aventándola, ella nuevamente se acercó, al fin él respondió. Después de los besos, vinieron las caricias, ahí en la sala, sin palabras, a medio vestir, tuvieron furibundo sexo, se quedaron dormidos luego. Un par de horas más tarde, Nadia reaccionó, un escalofrío recorría su piel, náuseas, temor, el estómago revuelto, se dio cuenta horrorizada de lo que había pasado. Fue al clóset donde el padre escondía el arma, la tomó, sin pensar más nada, a sus catorce años y a poca distancia, descargó varios tiros sobre su hermano.
Azucena Franco. Mexicana, es Maestra en Letras Latinoamericanas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; es coautora de MicroBerlín. De minificciones y microrrelatos, ¡Nocauts! Microrrelato internacional de boxeo, Imaginarios de papel, la edición mexicana de ¡Basta! Cien mujeres contra violencia de género y otros textos, asimismo ha publicado en diversas revistas y blogs literarios; ha presentado ponencias en congresos nacionales e internacionales de minificción.
Llegó la abuela a cenar. Mal comió dos tamales, su taza de chocolate, pellizco el pan y terminó con su copita de anis del mono. Cruzamos miradas, y todos nos levantamos. En la puerta nadie se animaba a encaminar a la abuela, hasta que mi madre le dijo: usted ya conoce el camino. Bien sabe que al final de la calle comienza el cementerio.
Espíritu aventurero a Miguel Gomes Conocí todas las selvas, los desiertos y los hielos de la Tierra. Solo, en el fondo de la caverna más profunda, vi las flores que mueren cuando se las ilumina y oí el lento gorgoteo de los líquidos invisibles, la continua digestión del mundo. Ni los monstruos de las fosas abisales ni los seres gelatinosos y transparentes de los planetas cercanos me son extraños. Estaba en la plenitud de mis fuerzas cuando agoté el espacio posible para la aventura. Entonces conocí el aburrimiento, la desesperación de haberlo visto todo. Por eso me lancé a navegar en el mar del tiempo. Vi a Sodoma hundirse entre nubes de azufre y quemarse la biblioteca de Alejandría, vi a un hombre que inauguraba el fuego cuando los glaciares demolían el paisaje. Había notado que, casi insensiblemente, las cosas ocurrían cada vez con mayor lentitud, pero al principio no le di importancia. Primero la barba no me crecía, luego el áspid no terminaba de picar a Cleopatra, después podía seguir el recorrido del relámpago como había seguido en mi casa el crecimiento de un ciruelo. Ahora estoy atrapado en el vértice del remolino: en el puro tiempo. Es terrible para un espíritu como el mío este estado en que nada puede ocurrir: ni mi fuga ni mi muerte. FicticiaED_MinificcRB_Final.indd ——— Historia
Autor de cuentos, microficciones y ensayos. En 1989 fundó, con otros cuatro escritores, la revista Maniático Textual que estuvo en quioscos y librerías hasta 1994. Compiló quince antologías, once de ellas de microficciones, algunas en colaboración con Luis Chitarroni. Su obra ficcional y ensayística fue publicada en antologías, publicaciones académicas, revistas y suplementos literarios de Argentina y numerosos países de América y Europa. En el país recibió, entre otros, los premios del Fondo Nacional de las Artes y de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. La Universidad de Carabobo (Venezuela) le otorgó la «Orden de Alejo Zuluoga» que confiere a personalidades de la cultura. Fue ponente y conferencista en congresos internacionales, ha dictado clases magistrales, talleres y seminarios en varias universidades europeas y americanas y se desempeñó como jurado en certámenes literarios nacionales e internacionales. Colaboró con bibliográficas sucesivamente en el suplemento literario del diario La Nación y la revista ADN. Creó las «Jornadas Feriales de Microficción» que coordina y conduce anualmente en la Feria del Libro de Buenos Aires desde 2009. Un jurado internacional le otorgó el «Premio Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola» correspondiente a 2017 que organiza la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y el Seminario de Cultura Mexicana.
Pensaba que un colofón era un colofo grandazo, descomunal, inmenso. Un gran bicho, parecido a los dinosaurios de las ilustraciones, pero en versión maxi. Una especie de dragón (dragón y colofón sonaban igual) como el de los cuentos. Cierto día, ocioso, la palabra colofo le vino a la mente y se puso a buscarla en […]
Antología realizada por Chris Morales y José Luis Ortiz Soto
Mundodisco Victor Hugo Pérez Nieto La trigonometría y las leyes físicas no son reales. Prueba de ello es el mundo sobre cuatro elefantes montando una magna tortuga que nada lentamente en el espacio y cuya simetría profunda está presente en la estructura fantástica del niño, quien poco recordará de grande lo que aprendió fuera del Imperio Ágata. Las ciencias exactas nunca bastarán para explicar hacia dónde nada la tortuga en el cosmos que los chiquillos recorren al vuelo de un rechoncho escarabajo con la pata amarrada al cordel. Tampoco hay ecuación matemática para que en los chaparrones noctívagos del verano, caigan las estrellas sobre las charcas de la acera y se pongan al alcance de párvulos pies que gozan haciéndolas desaparecer a pisotones mientras ellas ríen. Todo, en la infancia, está en el entendimiento de la magia, no de la ingeniería, porque al amor, a la amistad, a la fidelidad de un perro, al ronroneo del gato y a todo lo que es realmente importante, no se le ha inventado un sistema métrico y está más allá del alcance de la mano, de la vista y del entendimiento de los adultos, educados para pesar y medir lo superfluo y resignarse a morir intoxicados en sus verdades. La fantasía es la única salvación plausible de la propia vida. Aunque no lo enseñan en el colegio, eso cualquier chico lo sabe. Victor Hugo Pérez Nieto (México). Es autor de Tesoros de México (2011), La Noche de los Orfelunios (2012); Feralis (XV Premio Nacional de Novela 2012); Del Chiquistriquis y Otros Demonios (2013); y compiló la antología Tintas del Lerma (2014). Participa en libros y revistas de cuento nacionales y extranjeras. Columnista de la Organización Editorial Mexicana (OEM). PequeFicciones Salto mortal Marcos Pico Rentería La acrobacia siempre me ha asombrado. Sin duda, esa es la única razón por la que vengo al circo todos los años. Me gustan los saltos. Los giros. Las piruetas que generan los cuerpos suspendidos en el aire. Esos cuerpos de maíz que se abren y entoldan sus alas blancas y caen justo antes de ser estrujados por mis blanquecinas muelas. Marcos Pico Rentería (México, 1981). Profesor de español en Defense Language Institute. Su investigación se centra en literatura latinoamericana, principalmente en torno al desarrollo del cuento y ensayo en la producción mexicana de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. Su obra ha aparecido en revistas literarias y académicas como Conexos, Campos de Plumas, Caleidoscopio, La Santa Crítica, Revista Crítica, Confluencia y en antologías como Alebrije de palabras (BUAP, 2013). PequeFicciones El centro de la manzana Katalina Ramírez A Emma y maestra Estrella En la escuela Emma se come una manzana, y al llegar al centro descubre un pequeño hueco con forma de estrella. Su maestra le dice que si se la come podrá́ convertirse en una. Emma llora porque no quiere ser estrella, lo que recordará después es que en realidad es una estrella que se convirtió́ en niña. Katalina Ramírez Aguilar (México, 1990). Licenciada en Literatura y Filosofía y diplomada en Edición y Comercialización de Libros. Ha organizado eventos masivos de fomento a la lectura, trabajado como editora en EDAF y actualmente dirige la editorial Cariátide. Tiene publicados un libro de poesía: Lengua soy, edición español-náhuatl; y uno de minificción: Música primigenia. Se encuentra incluida en la Enciclopedia de la Literatura en México y la Antología Virtual de Minificción Mexicana.
Tener tus manos, tus manos entre las mías, solo un momento, solo eso, para saberme, sentirme más humano y que tú me guíes en ese mundo que necesito, de caricias, cariño y bondad. Rozar tu cara con la yema de mis dedos. Para darte, para ofrendarte todo mi ser, el que guardo en la profundidad […]