Mareas de Salvador Terceño

Relatos que me gustaron del muro de Miguel Ángel Flores tomado de Fb

MAREAS
De niño siempre veraneábamos en septiembre, un mes, como solían explicarnos cada año, sin muchedumbres ni calor. Mis padres trabajaban todo el verano y el día uno salíamos a disfrutar nuestra esperada quincena de playa. Éramos muchos hijos y resultaba necesario buscar lugares tranquilos donde gozar del sol y del mar.
Les encantaba plantar la sombrilla muy cerca de la orilla, cuando la marea estaba baja, y esperar a que subiera. En ocasiones, el agua comenzaba a cubrir nuestros pies y a anegar esterillas y bolsos. Mi padre detestaba tener que modificar nuestra posición y, un par de horas después, el agua nos llegaba al ombligo. Según la época y la fase del ciclo lunar, al final de la mañana o de la tarde, nos llegaba al cuello o incluso nos cubría la cabeza.
Perdimos a Juanito en el noventa y tres y a Lucía y Miguel en el noventa y cinco y noventa y seis, respectivamente. Éramos muchos hermanos y ya estábamos acostumbrados.
Lo que nos cogió por sorpresa fue que, en el noventa y ocho, tras bajar una marea crecida, el mar nos devolvió a Lucía, sana y salva. Apareció sentada en su sillita rosa, toda sonriente y cubierta de algas. Tengo hambre, dijo. Y mi madre le dio un bocadillo.

Salvador Terceño Raposo

Cuando era fan de El Padrino

Levantó la sábana y vio una cabeza de caballo; gritó, y aún más al ver asesino.

—Prepárate a morir, Ramón.
—Me llamo Paco.

El asesino tras disculparse le dijo que era la tercera vez que le pasaba, cogió la cabeza y se marchó.

Ramón, con una sonrisa, se durmió plácidamente.

Escrito por Rubén José Huertas Rojo 

La paciencia del paciente

Decía sí con un par de pestañeos, solo uno para el no, guiñaba el ojo izquierdo para el no sabe y el derecho para el no contesta. La misma rutina de todas las semanas para cumplimentar las cincuenta preguntas de la encuesta de satisfacción, en la unidad de enfermos terminales.

Escrito por Rafa Olivares

Genética

“Todo trabajo bien hecho necesita de mucha práctica y una gran dedicación”. Repetía una y otra vez las palabras que su tiránico padre le había enseñado, al tiempo que se ensañaba con las muñecas de su hermana.

El aplicado niño, ya con los genes predispuestos, empezó a labrarse un futuro.

Escrito por María Galerna

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