Sendero
Rechinando la carretilla deposita la mezcla de concreto. Allí va también su dolor.

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Sendero
Rechinando la carretilla deposita la mezcla de concreto. Allí va también su dolor.

sendero
En fila india,
las hormigas se llevan
las verdes hojas.

sendero
Entre las sábanas
escucho tus latidos.
Vine a verte.
Sendero
llovió en la noche.
La teja acariciada
aún exhala.

Sendero
Mi ángel de la guarda trabajo bien hasta mi pubertad. En mi adolescencia fue peor que mi madre. siempre detrás como perro faldero. Me dejaba sola cuando me bañaba, pero estaba pendiente a un costado de la puerta. De púber me gustaba encaramarme a los árboles y deslizarme presionando mi pubis sobre la superficie rugosa y me reprendía, que si era yo marimacho, que eso no estaba bien para una señorita decente. Nunca vio mi cara de placer al tocar tierra, yo no sabía porque lo disfrutaba, pero lo disfrutaba. Ahora lo sé, pero es insuficiente.
—¿ te pasa algo? —pregunta mi Ángel cuando escuchó que suspiraba.
—Nada, solo es por lo frío del agua;. Abrí la llave del agua caliente. y «sorprais», enmedio del vapor, apareció un fauno de esos que corretean a las ninfas y yo no tenía para donde correr…
— Te pasa algo, me preguntó al escuchar mis gemidos.
— Nada, nada…le dije con voz entrecortada. Es que el agua ahora está muy caliente.

1Lilian Aguilar de Andreutti
Sendero
Fiesta HuastecaEl Palomo vestía de blanco con zapatos de charol. En la alameda reconocía a la pareja de indígenas y preguntaba:
—¿Se quieren casar?
Él costearía los trajes, la música, y la primera ronda para brindar por los novios. después, todo tendría un pago.
Palmar grande era el centro de otras rancherías. Los domingos hacían su mercado. Había cerca de la plaza un viejo cañón que aún servía. Si tronaba, la gente se enteraba que habría baile y la muchachada bajaba con sus mejores vestidos.
La plaza se transformaba en salón de baile que era iluminado por lámparas de gasolina. Agregaban una barra, bancas para las mujeres y un estrado para los músicos huapangueros.
Un día antes llegaba la cerveza y la caña, que era transportada por Juvencio, hombre del Palomo.
—Todo quedo listo patrón, solo hay que esperar que llegue la gente.
Cerca de la media noche el baile estaba en su mejor momento. . Había una joven de trenzas, sola, que miraba hacia todos lados.
—¿Gusta bailar morena?, — dijo Juvencio.
Ella lo ignoro y él volvió a invitarla ofreciéndole su mano. Muy entrecortadamente contestó
—No, gracias.
Juvencio se retiró, fue a la barra, donde pidió un vaso de caña y cuatro cervezas. A hurtadillas la miraba, y de nuevo encaminó sus pasos hacia ella. Antes de llegar, otro hombre la sacó a bailar y aceptó sonriendo. Regresó a la barra y volvió a pedir más caña al cantinero.
El enojo por el desaire sufrido le revolvía la cabeza. Temblaba… de un salto se plantó entre la pareja, sacó una navaja con pico de loro y sin mediar palabra asestó la cuchillada en el vientre del hombre. El herido abrazaba su vientre intentando detener a los intestinos que pugnaban por salir. Fue llevado fuera de la pista y lo cubrieron con una sábana.
Al agresor lo amarraron al poste.
Los huapangueros no dejaron de tocar y la muchachada siguió zapateando. Cada vez que los músicos paraban, se oían los quejidos y al tocar de nuevo se ocultaban. Juvencio con las puntas de los botines seguía el ritmo de la música. La gente disfrutaba.
Cerca del alba se fueron los quejidos.
Anestesiados por la caña los músicos tocarían hasta que empezaran a cantar los gallos. Al clarear, si bien los músicos se habían ido. En la pista silenciosa se oía otra música: la de las moscas.
Sendero
La tarde fría
y el olor del café
me hablan de ti.

sendero
Ayer pasó con bastón y morral el vidente Tiresias. Me dio un manojo de hierbas. Me abrazó. “buen viaje”, me dijo. Un mes después, llegué al inframundo. Los perros me ignoraron y Caronte me dio luz verde. La vi en su sueño profundo y unté en su frente el humor de las raíces. Con dos tablas y una mantilla inmovilicé su cuello. Poco antes de la salida escuchamos ¡A dónde vas! y por reflejo quiso voltear, y no pudo. La empujé hacia la salida y corrimos hasta ver el día. Ella florecía en lágrimas y sonrisas al abrazarse con sus hijos.

sendero
Sobre el cauce
hay un puente de piedra.
Ya no hay arroyo.

Sendero
Hace unos cuarenta y dos años, año más o año menos, un escritor amigo mío y yo
íbamos paseando y charlando por Wilshire, Los Angeles, cuando un coche de
policía se detuvo y un agente salió y nos preguntó qué estábamos haciendo.
-Poniendo un pie delante del otro -le contesté, sabihondo.
Ésa no era la respuesta apropiada.
El policía repitió la pregunta.
Engreído, respondí: -Respirando el aire, hablando, conversando, paseando.
El oficial frunció el ceño. Me expliqué.
-Es ¡lógico que nos haya abordado. Si hubiéramos querido asaltar a alguien o
robar en una tienda, habríamos conducido hasta aquí, habríamos asaltado o
robado, y nos habríamos ido en coche. Como usted puede ver, no tenemos coche,
sólo nuestros pies.
-¿Paseando, eh? -dijo el oficial -. ¿Sólo paseando?
Asentí y esperé a que la evidente verdad le entrara al fin en la cabeza.
-Bien -dijo el oficial -. Pero, ¡qué no se repita!
Y el coche patrulla se alejó.
Atrapado por este encuentro al estilo de Alicia en el País de las Maravillas, corrí a
casa a escribir «El peatón» que hablaba de un tiempo futuro en el que estaba
prohibido caminar, y los peatones eran tratados como criminales. El relato fue
rechazado por todas las revistas del país y acabó en el Reporter la espléndida
revista política de Max Ascoli.
Doy gracias a Dios por el encuentro con el coche patrulla, la curiosa pregunta, mis
respuestas estúpidas, porque si no hubiera escrito «El peatón» no habría podido
sacar a mi criminal paseante nocturno para otro trabajo en la ciudad, unos meses
más tarde.
Cuando lo hice, lo que empezó como una prueba de asociación de palabras o
ideas se convirtió en una no vela de 25.000 palabras titulada «The Fireman», que
me costó mucho vender, pues era la época del Comité de Investigaciones de
Actividades Antiamericanas, aunque mucho antes de que Joseph McCarthy saliera
a escena con Bobby Kermedy al alcance de la mano para organizar nuevas
pesquisas. 5
En la sala de mecanografía, en el sótano de la biblioteca, gasté la fortuna de
nueve dólares y medio en monedas de diez centavos; compré tiempo y espacio
junto con una docena de estudiantes sentados ante otras tantas máquinas de
escribir.
Era relativamente pobre en 1950 y no podía permitirme una oficina. Un mediodía,
vagabundeando por el campus de la UCLA, me llegó el sonido de un tecleo desde
las profundidades y fui a investigar. Con un grito de alegría descubrí que, en
efecto, había una sala de mecanografía con máquinas de escribir de alquiler
donde por diez centavos la media hora uno podía sentarse y crear sin necesidad
de tener una oficina decente.
Me senté y tres horas después advertí que me había atrapado una idea, pequeña
al principio pero de proporciones gigantescas hacia el final. El concepto era tan
absorbente que esa tarde me fue difícil salir del sótano de la biblioteca y tomar el
autobús de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequeña hija.
No puedo explicarles qué excitante aventura fue, un día tras otro, atacar la
máquina de alquiler, meterle monedas de diez centavos, aporrearla como un loco,
correr escaleras arriba para ir a buscar más monedas, meterse entre los estantes
y volver a salir a toda prisa, sacar libros, escudriñar páginas, respirar el mejor
polen del mundo, el polvo de los libros, que desencadena alergias literarias. Luego
correr de vuelta abajo con el sonrojo del enamorado, habiendo encontrado una
cita aquí, otra allá, que metería o embutiría en mi mito en gestación. Yo estaba,
como el héroe de Melville, enloquecido por la locura. No podía detenerme. Yo no
escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de
energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema
nervioso antes de salirme por las manos. La máquina de escribir y yo éramos
hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos.
Fue un triunfo especial porque yo llevaba escribiendo relatos cortos desde los
doce años, en el colegio y después, pensando siempre que quizá nunca me
atrevería a saltar al abismo de una novela. Aquí, pues, estaba mi primer intento de
salto, sin paracaídas, a una nueva forma. Con un entusiasmo desmedido a causa
de mis carreras por la biblioteca, oliendo las encuadernaciones y saboreando las
tintas, pronto descubrí, como he explicado antes, que nadie quería «The
Fireman». Fue rechazado por todas las revistas y finalmente fue publicado por la
revista Galaxy, cuyo editor, Horace Gold, era más valiente que la mayoría en
aquellos tiempos.
¿Qué despertó mi inspiración? ¿Fue necesario todo un sistema de raíces de
influencia, sí, que me impulsaran a tirarme de cabeza a la máquina de escribir y a
salir chorreando de hipérboles, metáforas y símiles sobre fuego, imprentas y
papiros?
Por supuesto: Hitler había quemado libros en Alemania en 1934, y se hablaba de
los cerilleros y yesqueros de Stalin. Y además, mucho antes, hubo una caza de 6
brujas en Salem en 1680, en la que mi diez veces tatarabuela Mary Bradbury fue
condenada pero escapó a la hoguera. Y sobre todo fue mi formación romántica en
la mitología romana, griega y egipcia, que empezó cuando yo tenía tres años. Sí,
cuando yo tenía tres años, tres, sacaron a Tut de su tumba y lo mostraron en el
suplemento semanal de los periódicos envuelto en toda una panoplia de oro, ¡y
me pregunté qué sería aquello y se lo pregunté a mis padres!
De modo que era inevitable que acabara oyendo o leyendo sobre los tres
incendios de la biblioteca de Alejandría; dos accidentales, y el otro intencionado.
Tenía nueve años cuando me enteré y me eché a llorar. Porque, como niño
extraño, yo ya era habitante de los altos áticos y los sótanos encantados de la
biblioteca Carnegie de Waukegan, Illinois.
Puesto que he empezado, continuaré. A los ocho, nueve, doce y catorce años, no
había nada más emocionante para mí que correr a la biblioteca cada lunes por la
noche, mi hermano siempre delante para llegar primero. Una vez dentro, la vieja
bibliotecaria (siempre fueron viejas en mi niñez) sopesaba el peso de los libros
que yo llevaba y mi propio peso, y desaprobando la desigualdad (más libros que
chico), me dejaba correr de vuelta a casa donde yo lamía y pasaba las páginas.
Mi locura persistió cuando mi familia cruzó el país en coche en 1932 y 1934 por la
carretera 66. En cuanto nuestro viejo Buick se detenía, yo salía del coche y
caminaba hacia la biblioteca más cercana, donde tenían que vivir otros Tarzanes,
otros Tik Toks, otras Bellas y Bestias que yo no conocía.
Cuando salí de la escuela secundaria, no tenía dinero para ir a la universidad.
Vendí periódicos en una esquina durante tres años y me encerraba en la biblioteca
del centro tres o cuatro días a la semana, y a menudo escribí cuentos cortos en
docenas de esos pequeños tacos de papel que hay repartidos por las bibliotecas,
como un servicio para los lectores. Emergí de la biblioteca a los veintiocho años.
Años más tarde, durante una conferencia en una universidad, habiendo oído de mi
total inmersión en la literatura, el decano de la facultad me obsequió con birrete,
toga y un diploma, como «graduado» de la biblioteca.
Con la certeza de que estaría solo y necesitando ampliar mi formación, incorporé a
mi vida a mi profesor de poesía y a mi profesora de narrativa breve de la escuela
secundaria de Los Angeles. Esta última, Jermet Johnson, murió a los noventa
años hace sólo unos años, no mucho después de informarse sobre mis hábitos de
lectura.
En los últimos cuarenta años es posible que haya escrito más poemas, ensayos,
cuentos, obras teatrales y novelas sobre bibliotecas, bibliotecarios y autores que
cualquier otro escritor. He escrito poemas como Emily Dickinson, Where Are You?
Hermann Melville Called Your Name Last Night In His Sleep. Y otro reivindicando
a Emily y el señor Poe como mis padres. Y un cuento en el que Charles Dickens
se muda a la buhardilla de la casa de mis abuelos en el verano de 1932, me llama
Pip, y me permite ayudarlo a terminar Historia de dos ciudades. Finalmente, la 7
biblioteca de La feria de las tinieblas es el punto de cita para un encuentro a
medianoche entre el Bien y el Mal. La señora Halloway y el señor Dark. Todas las
mujeres de mi vida han sido profesoras, bibliotecarias y libreras. Conocí a mi
mujer, Maggie, en una librería en la primavera de 1946.
Pero volvamos a «El peatón» y el destino que corrió después de ser publicado en
una revista de poca categoría. ¿Cómo creció hasta ser dos veces más extenso y
salir al mundo?
En 1953 ocurrieron dos agradables novedades. Ian Ballantine se embarcó en una
aventura arriesgada, una colección en la que se publicarían las novelas en tapa
dura y rústica a la vez. Ballantine vio en Fahrenheit 451 las cualidades de una
novela decente si yo añadía otras 25.000 palabras a las primeras 25.000.
¿Podía hacerse? Al recordar mi inversión en monedas de diez centavos y mi
galopante ir y venir por las escaleras de la biblioteca de UCLA a la sala de
mecanografía, temí volver a reencender el libro y recocer los personajes. Yo soy
un escritor apasionado, no intelectual, lo que quiere decir que mis personajes
tienen que adelantarse a mí para vivir la historia. Si mi intelecto los alcanza
demasiado pronto, toda la aventura puede quedar empantanada en la duda y en
innumerables juegos mentales.
La mejor respuesta fue fijar una fecha y pedirle a Stanley Kauffmann, mi editor de
Ballantine, que viniera a la costa en agosto. Eso aseguraría, pensé, que este libro
Lázaro se levantara de entre los muertos. Eso además de las conversaciones que
mantenía en mi cabeza con el jefe de Bomberos, Beatty, y la idea misma de
futuras hogueras de libros. Si era capaz de volver a encender a Beatty, de dejarlo
levantarse y exponer su filosofía, aunque fuera cruel o lunática, sabía que el libro
saldría del sueño y seguiría a Beatty.
Volví a la biblioteca de la UCLA, cargando medio kilo de monedas de diez
centavos para terminar mi novela. Con Stan Kauffmann abatiéndose sobre mí
desde el cielo, terminé de revisar la última página a mediados de agosto. Estaba
entusiasmado, y Stan me animó con su propio entusiasmo.
En medio de todo lo cual recibí una llamada telefónica que nos dejó estupefactos a
todos. Era John Houston, que me invitó a ir a su hotel y me preguntó si me
gustaría pasar ocho meses en Irlanda para escribir el guión de Moby Dick.
Qué año, qué mes, qué semana.
Acepté el trabajo, claro está, y partí unas pocas semanas más tarde, con mi
esposa y mis dos hijas, para pasar la mayor parte del año siguiente en ultramar.
Lo que significó que tuve que apresurarme a terminar las revisiones menores de
mi brigada de bomberos. 8
En ese momento ya estábamos en pleno período macartista- McCarthy había
obligado al ejército a retirar algunos libros «corruptos» de las bibliotecas en el
extranjero. El antes general, y por aquel entonces presidente Eisenhower, uno de
los pocos valientes de aquel año, ordenó que devolvieran los libros a los estantes.
Mientras tanto, nuestra búsqueda de una revista que publicara partes de
Fahrenheit 451 llegó a un punto muerto. Nadie quería arriesgarse con una novela
que tratara de la censura, futura, presente o pasada.
Fue entonces cuando ocurrió la segunda gran novedad. Un joven editor de
Chicago, escaso de dinero pero visionario, vio mi manuscrito y lo compró por
cuatrocientos cincuenta dólares, que era todo lo que tenía. Lo publicaría en los
número dos, tres y cuatro de la revista que estaba a punto de lanzar.
El joven era Hugh Hefner. La revista era P1ayboy, que llegó durante el invierno de
1953 a 1954 para escandalizar y mejorar el mundo. El resto es historia. A partir de
ese modesto principio, un valiente editor en una nación atemorizada sobrevivió y
prosperó. Cuando hace unos meses vi a Hefner en la inauguración de sus nuevas
oficinas en California, me estrechó la mano y dijo: «Gracias por estar allí». Sólo yo
supe a qué se refería.
Sólo resta mencionar una predicción que mi Bombero jefe, Beatty, hizo en 1953,
en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni
fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de
gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol
inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego
al kerosene o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y
desaparece a través de las grietas y de la ventilación de la clase, ¿quién, después
de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?
No todo está perdido, por supuesto. Todavía estamos a tiempo si evaluamos
adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la
calidad una responsabilidad compartida, si nos aseguramos de que al cumplir los
seis años cualquier niño en cualquier país puede disponer de una biblioteca y
aprender casi por osmosis; entonces las cifras de drogados, bandas callejeras,
violaciones y asesinatos se reducirán casi a cero. Pero el Bombero jefe en la mitad
de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con
tres imágenes por segundo, un bombardeo sin tregua. Escúchenlo, comprendan lo
que quiere decir, y entonces vayan a sentarse con su hijo, abran un libro y vuelvan
la página.
Pues bien, al final lo que ustedes tienen aquí es la relación amorosa de un escritor
con las bibliotecas; o la relación amorosa de un hombre triste, Montag, no con la
chica de la puerta de al lado, sino con una mochila de libros. ¡Menudo romance! El
hacedor de listas de «Bonfire» se convierte en el bibliotecario de «Bright Phoenix»
que memoriza a Lincoln y Sócrates, se transforma en «El peatón» que pasea de
noche y termina siendo Montag, el hombre que olía a kerosene y encontró a 9
Clarisse. La muchacha le olió el uniforme y le reveló la espantosa misión de un
bombero, revelación que llevó a Montag a aparecer en mi máquina de escribir un
día hace cuarenta años y a suplicar que le permitiera nacer.
-Ve -dije a Montag, metiendo otra moneda en la máquina -, y vive tu vida,
cambiándola mientras vives. Yo te seguiré.
Montag corrió. Yo fui detrás.
Ésta es la novela de Montag.
Le agradezco que la escribiera para mí.
Prefacio de Ray Bradbury,
Febrero de 1993

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La cultura de los tuaregs sorprendería e incluso escandalizaría a muchos ciudadanos occidentales. Un reportaje publicado por el medio británico Daily Mail revela las curiosas costumbres de este pueblo, habitante del desierto del Sáhara y cubierto por el misterio. Sus mujeres pueden tener numerosos amantes fuera del matrimonio, a pesar de que su religión es el islam y esa práctica no es aceptada en el resto del mundo musulmán.
No es la única costumbre que puede chocar por su particularidad. En la cultura tuareg, son los hombres y no las mujeres quienes cubren su rostro. Cuando la fotógrafa Henrietta Butler se interesó por esta tradición y preguntó a miembros del pueblo del desierto por la misma, la respuesta que recibió fue que «las mujeres son hermosas y nos gusta ver sus caras».
Aunque las curiosidades no quedan ahí. Antes del matriomonio, por ejemplo, las mujeres tienen libertad para tener tantos amantes como deseen. Pero hay normas de protocolo que no pueden romper. «Los tuaregs son completamente discretos. Todo se hace con el máximo cuidado y respeto», explica Butler.
Los hombres tuaregs que quieren matener relaciones con una mujer se acercan hasta su tienda y si son aceptados pasan la noche con ella. La familia, que suele habitar en el mismo recinto, pretende ignorar lo que sucede. Si al día siguiente el amante cambia, no hay problema. Pero siempre debe marcharse antes del amanecer.
Para cortejar a las mujeres, los hombres suelen invertir parte de su tiempo escribiendo poesía. Las mujeres también lo hacen, enseñadas por su madres y capaces, por tanto, de «elogiar a sus compañeros» mediante las palabras, como señala Butler. Además, las mujeres no pierden nada de su poder después del matrimonio, sino que mantienen unos altos niveles de autonomía.
En caso de divorcio, las mujeres conservan a los hijos, pero también los animales y otras muchas posesiones. Los hombre normalmente se ven obligados a volver a la casa materna. Las separadas pueden celebrar, por iniciativa de su familia, una fiesta para anunciar que están disponibles de nuevo.
Sin embargo, los riesgos de que los tuaregs abracen el islamismo radical persisten. La situación en África contribuye a este cambio. Los tuaregs del suroeste de Libia combaten la amenaza de Estado Islámico. Los de Malí, Níger y el norte de Nigeria la de grupos como Boko Haram. Sin embargo, Butler mantiene la esperanza de que la cultura de este pueblo no mute para siempre. En parte, por el orgullo con el que defienden sus tradiciones: «Tal vez consideran las otras culturas un poco estúpidas y me atrevería a decir que primitivas».
https://www.abc.es/internacional/20150626/abci-tuareg-mujeres-costumbres-sahara-201506251214.html

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¡Ha de estar agotadisima! toda la noche soñé con ella.

Sendero
Muchos borrones
En la copa del cielo,
¡se escapa el agua!

El ejemplo de los lobos: Los tres primeros los mayores o los enfermos van adelante y marcan el ritmo del grupo. Los siguen los cinco más fuertes que los defenderán en un ataque sorpresa. En el centro siguen los demás miembros de la manada, y al final del grupo siguen los otros cinco más fuertes que protegerán al grupo. En último lugar, está el lobo macho alfa, el líder de la manada. En resumen, la manada sigue el ritmo de los ancianos y bajo el mando del líder, que impone el espíritu de grupo, no dejando a nadie atrás. El verdadero sentido de la vida, no es llegar primero, sino llegar todos juntos al mismo destino.
Tomada del Fb

Sendero
Minutos antes de que abra la noche hay un catálogo de sepias. Las nubes obesas y agrisadas procuran inminencia. El sol deja en el aire una luz comatosa. A los lados del río lo sigue una pista de piedras. En el horizonte el perfil de los montes se pierde y el añil de la tierra se amontona cubriendo la arboleda. El río da golpes de mago y hace y deshace remolinos. Bajo el chapoteo del agua, se abre en intermitencia el canto de las ranas… la noche se da por instantes y en el calor aletean olores de flores trituradas. Nada perturba, los gusanos dejan de roer. El sopor, el silencio y las sepias se tensan al parir en el monte el silbido profundo de la serpiente. El sol ha muerto.
