Sendero
Sintió la tibieza de una boca en sus labios. El tren del medio día había cruzado el túnel y la claridad volvió. Los cuatro pasajeros parecían dormidos y de pelo en pecho.

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Sintió la tibieza de una boca en sus labios. El tren del medio día había cruzado el túnel y la claridad volvió. Los cuatro pasajeros parecían dormidos y de pelo en pecho.

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Quince días que la lluvia no para en la planicie sembrada de papa. ¿Y por qué papa? Estas tierras cuarteadas no dan más que papas, se han acostumbrado a lo frío y a lo seco. El cielo tiene nubes percudidas de sombra que presagian agua. Las mujeres rezan, los hombres miran el cielo para que suceda el milagro de que el agua pare, que terca insiste.
Bajan en silencio. Las pisadas de los cascos se oyen al golpear la laja de la serranía. Y las madres desesperadas abrazan a sus hijos. Han llorado días y días, lo hacen sin lágrimas para no mojar más la tierra.

Corría el año 1524 en la zona de la actual Nicaragua, cuando el conquistador Francisco Hernández de Córdoba, el mismo que le da nombre a la moneda en curso en Nicaragua, comenzó a traficar indígenas con destino a la zona minera del Perú. Comenzó, como años más tarde ocurriría en la zona norte de nuestro actual territorio, un proceso de despoblación que llevó a que, cuatro años más tarde, una veintena de caciques se rebelaran contra el representante de la civilización. Fueron derrotados, capturados y, por orden del señor gobernador, arrojados a los perros hambrientos. Fue
entonces cuando las corajudas mujeres originarias de la región promovieron una huelga de amores aceptada por sus compañeros. Según cuenta Francisco López de Gómara en su Historia Natural de las Indias: “No dormían con sus mujeres para que no parieran esclavos de españoles. Y Pedrarias, como en dos años no nacían niños, les prometió…
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Vio con horror a otro bebé, que hacía los mismos gestos. Arrojó la sonaja al intruso y el intruso hizo lo mismo, a toda prisa buscó el cobijo de su mamá. Lloraba tan angustiado que la madre pensó que algo le había picado. Muy cerca, el Otro había desaparecido del espejo.

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En las iglesias,
se amontonan los siglos
como monedas.

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Las técnicas narrativas tienen detractores y defensores.
Por un lado, están los escritores defensores que consideran que las técnicas narrativas son el paradigma de buena literatura. Por el otro, los escritores detractores opinan que las técnicas narrativas ahogan o dificultan ese impulso íntimo, genuino e irrefrenable de expresarse a través de las palabras. Esto es normal, siempre ha existido gente a favor y en contra de casi todo. El problema de estas posiciones encontradas es el conocimiento, ya sea por falta de comprensión, por ignorancia parcial o absoluta o, simplemente, por conveniencia.
De cualquier modo, negar los beneficios del conocimiento y, muy importante, de la comprensión de las técnicas narrativas es tan dañino como considerarlas el elixir de escritura literaria. Puede parecer paradójico que yo, que me gano la vida, entre otros servicios, impartiendo cursos de escritura creativa, no las ponga en un altar. Pero poco a poco me iré explicando e intentaré dejar claro que de paradójico no tiene nada, que para mí las técnicas narrativas no son ni la esencia ni el lastre de la escritura. A ver si soy capaz de hacerme entender.
Hace unos días, exactamente el 5 de julio, leí Por qué el consejo más «sagrado» a la hora de escribir está totalmente equivocado, un artículo de Isaac Belmar en el cual asienta ciertos perjuicios de la técnica de «mostrar, no explicar/decir» en la evolución de los escritores noveles. Le dejé un comentario del cual voy a rescatar un fragmento:
«… las técnicas narrativas no son el paradigma de la buena escritura, el dominio de ellas no te pondrá de cara al Nobel. Son solo herramientas, como la gramática (incluida la puntuación), que usarás según tu intuición, conocimiento y experiencia, y con el paso de los años, según tu estilo. No son reglas, y quien las explique como tales, no se ha enterado de nada.»
Como dice Valentina Truneanu en Reflexiones sobre Escribir bien, de Isaac Belmar, el blog de Isaac es polémico, por las razones que con tanto acierto explica Valentina. Pero son sesudamente polémicos, aunque Isaac mismo diga que la primera regla básica de su sitio [su blog] es que no se le haga ni caso. En resumen, se puede coincidir o no con sus artículos, como me suele ocurrir, aunque más de lo primero que de lo segundo. Además, compartimos la pasión por Hemingway. No obstante, su mayor virtud, al menos desde mi perspectiva, no es lo que dice, sino la reflexión a la que te invita, si eres capaz de detenerte y analizar lo que has leído.
A lo que íbamos. En ese artículo habla de lo dañino que puede ser el «consejo» de «mostrar, no explicar» para el escritor principiante. Para dar fundamento práctico a su argumentación, explica la problemática de «mostrar» las emociones a través del lenguaje corporal y cómo afectaría al ritmo de la historia tirarse una página describiendo cada gesto para que, por ejemplo, la tristeza surja del texto sin necesidad de escribir «está triste», como aseguraba Chéjov. Totalmente de acuerdo.
He escrito «consejo» en negritas y entrecomillado porque, partiendo de que «mostrar, no explicar» no es un consejo, sino una de las tantas técnicas narrativas, supongo que lo que Isaac considera «totalmente equivocado» es el hecho concreto de liar a un escritor en ciernes aconsejándole que, en lugar de decir, muestre. No lo dice explícitamente, asumo que solo es mi interpretación subtextual, secundada por la lectura de otros artículos suyos.
Dicho esto, estoy convencido de que el problema no está en que el escritor se encuentre con la técnica de «mostrar, no explicar» cuando está escribiendo sus primeras letras, ni siquiera en el consejo de aplicarla, sino en la comprensión de la técnica, y en esto influye la forma de entrar en contacto con ella. La red está plagada de consejos de escritor que son verdaderos edificios con cimientos de barro, titulares «pilla visitas» que poco aportan al camino de aprendizaje que requiere un escritor. He leído novelas de profesores de escritura que me han hecho preguntarme qué mierda explicarán a sus alumnos respecto a la técnica narrativa de «mostrar, no explicar» o del desarrollo de los diálogos o si se han enterado de qué es eso que se llama «ritmo». Y si el escritor en ciernes bebe de estas fuentes pensando que son el elixir de la buena escritura y el éxito, mal asunto para sus ilusiones.La red está plagada de consejos de #escritor que son edificios con cimientos de barro.CLIC PARA TUITEAR
Pero, reflexionemos. ¿Se puede ser escritor sin conocer las técnicas narrativas? Definitivamente, sí. ¿Se puede escribir una novela sin mostrar, solo explicando? Definitivamente, sí, aunque sería dificilísimo. Incluso, también se puede escribir sin haber leído jamás un libro. ¿Qué lo impide? Para escribir solo hace falta lápiz, papel y estar alfabetizado. Peeeero, si tienes nociones básicas de gramática, escribirás mejor. Si tienes un bagaje de lectura, escribirás mejor aún. Si tienes riqueza de vocabulario y comprensión léxica, mejor que mejor. Si, además, escribes todos los días, tu escritura mejorará todavía más.¿Se puede ser #escritor sin conocer las #tecnicasnarrativas o sin haber leído jamás un libro?CLIC PARA TUITEAR
Planteado esto, debo decir jamás he leído una buena novela que no use técnicas narrativas, en especial la de «mostrar no explicar». Ninguna obra maestra de la Literatura Universal carece de esta técnica. Es más, el día que lea una novela que no muestre y solo esté dicha/explicada, y me parezca una obra excelente, ese día cierro mi chiringuito definitivamente y me planto en Cibeles o en la Gran Vía de Madrid disfrazado de troglodita y con un altavoz para que se escuche cómo me cago de la risa de Aristóteles y su Retórica, de Chéjov y sus recomendaciones, de David Lodge y El arte de la ficción, Patricia Highsmith —la que dijo: «El talento sin técnica, en fin.»—, de mí mismo y de todos los grandes de la Literatura Universal y los blogueros que la proclaman. Igual hasta me compro un bisturí, unas pinzas y unas gasas y me dedico a la neurocirugía, que me parece apasionante y rentable.
No soy un pibe. Tengo cincuenta y cinco años, escribo desde los catorce. En aquellos años, y en la ciudad en la que yo vivía, se aprendía a escribir leyendo y escribiendo. Si eras espabilado, cuando leías una novela o un cuento que te tocaba alguna fibra íntima, hacías un trabajo de minería sobre el texto para averiguar el secreto de hacerte saltar un par de lagrimones u odiar a un personaje sin que dijera «está triste» o «es un traidor hijo de puta». Picabas y picabas hasta encontrar la piedra preciosa y comprender por qué brilla. En aquellos años, al menos en mi entorno, no existían cursos de escritura. Así que, si tenías suerte, como la tuve yo, te cogía de la mano un escritor veterano y te transmitía su experiencia, que era casi como hacer un curso. Por ambos caminos, el del tutor experimentado y el del minero literario, empezabas, muy lentamente, a entender los mecanismos de un relato, muchos de los cuales ahora tienen nombre: Técnicas Narrativas.

Escribir bien es el fruto de la conjunción de muchos factores, entre los cuales el conocimiento y la comprensión de las técnicas narrativas es uno más. Solo son herramientas que ayudan a contar historias bien contadas, ni más ni menos importantes que la riqueza del vocabulario, las nociones básicas de gramática, la lectura y la perseverancia en la escritura.
Por ejemplo, ¿sabes cuántos conocimientos intervienen en un recurso tan habitual como el flash back? Pues, para introducir una analepsis, antes tienes que haber utilizado algunas de estas técnicas y recursos lingüísticos: in media res o in extrema res, elipsis e, incluso, un resumen o sumario; variación de las conjugaciones verbales para dar profundidad y diferenciar los planos temporales; fraseología adecuada para introducir el viaje al pasado y el retorno al presente sin que el lector se pierda; coherencia para que la información elidida que se rescata con flash back no haga que el lector sienta que lo has engañado; y todo eso envuelto en el paquete de la naturalidad. En resumen, en el mismo equipo juegan técnicas narrativas, conocimientos lingüísticos y experiencia.
Del mismo modo, las técnicas narrativas no son manuales de procedimientos que te garantizarán calidad y premios literarios. Qué va. Ojalá fuera así. Si como profesor de escritura pudiera garantizar eso, me lloverían los billetes de quinientos. La verdad es ineludible: Si no haces de la lectura y la escritura un hábito, si no te preocupas por tu riqueza de vocabulario, las técnicas narrativas te resultarán tan efectivas como un parachoques en un Airbus 320.
Las técnicas narrativas tampoco están incluidas en la normativa legal de ningún país o en los estatutos de la comunidad de los escritores más maravillosos e incomparables del mundo. Todo lo contrario, son herramientas adaptativas, de uso optativo e, incluso, estratégico. ¿Estratégico? Sí, claro, estratégico. Cuando decides utilizar el in media res o eliges determinado tipo de narrador, lo que estás haciendo es establecer una estrategia para tu relato.
La evolución de las técnicas narrativas está indisolublemente vinculada a la evolución de la psicología, en especial al modo con que las personas nos relacionamos con el mundo y percibimos la realidad. No le demos más vuelta, cuando un lector abre un libro, su propósito es la vivencia emocional y su línea roja es la verosimilitud. Pero el problema es que la vida es multidimensional y la escritura y la lectura son lineales. Las técnicas narrativas son los recursos de que disponemos los escritores para «adaptar» lo mejor posible la linealidad del plano lingüístico y así salvar algunos de los muebles que se lleva el desfase que hay entre la riqueza de estímulos de la realidad y la imposibilidad narrativa de reproducir esos estímulos. Un ejemplo de esto lo plantea el mismo Isaac Belmar al referirse a eso de que tirarse una página describiendo detalladamente el lenguaje corporal para «mostrar» el estado emocional de un personaje produce el efecto contrario al buscado. Lo que dice Isaac es inapelable, i-na-pe-la-ble, porque eso que se describe en una página, en la vida real es un pestañeo. Pero, ¿la causa de ese error narrativo que destruye el ritmo y la emoción que se quiere transmitir es realmente que el consejo «más sagrado» está totalmente equivocado, o solo se trata de un fallo en la comprensión de la técnica y, por tanto, su aplicación genera un desastre narrativo? ¿O es, acaso, que la ignorancia de la técnica de «mostrar, no explicar» va a evitar que escribamos ese coñazo de página?Cuando un lector abre un libro, su propósito es la vivencia emocional y su línea roja es la verosimilitudCLIC PARA TUITEAR
Pero, volvamos a una de las preguntas centrales. ¿Se puede ser escritor sin conocer las técnicas narrativas? Por supuesto que sí. De hecho, yo, Néstor Belda, profesor de escritura creativa, afirmo y confirmo bajo juramento que leyendo y escribiendo, borrando y reescribiendo se puede llegar a ser un gran escritor. Hay una lista de grandes escritores que lo demuestran. Pero ¡cuidado!, que también hay otra lista, igual de extensa: la de grandes escritores que tomaron cursos de escritura.
Entonces, ¿cuál es la diferencia, aparte de que para hacer un curso hay que invertir dinero? El tiempo invertido. Si vas por tu cuenta, para aprender a hacer huevos fritos echarás a perder muchas docenas. Si alguien te enseña a hacerlos, también te cargarás algunos huevos, pero mucho menos.
Que no me vengan con cuentos. Ningún curso te hará escritor, como los quieren vender por ahí. Un buen curso de escritura, un curso honesto, solo te dará herramientas para picar y picar y picar y…
Escritor te harás solito. Escribiendo, leyendo, borrando y reescribiendo.

En la que he tenido el placer de colaborar con el relato CONSENTIMIENTO basado en la obra de “Thérèse soñando” de Balthus. 1938 A través de AMAZON. Ver formatos
NUEVA ANTOLOGÍA DE RELATOS VISIBILIZ-ARTE: MUJER Y VIRGINIDAD — FILOSOFIA DEL RECONOCIMIENTO
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Andrés adelantó su regreso y entró a su casa con pasos felinos y sorprender. La sorpresa fue hacia él. Su amigo amado y su compañera dormían abrazados. El estilete de la traición hacía estragos en la batea del tórax. <<Cómo no estarlo narrador, si hace quince días él y yo dormimos en la montaña…>>

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En el lenguaje existen muchas figuras retóricas de significación que nos permiten expresar las ideas de distintas formas en la comunicación oral y escrita. En la comunicación habitual, muchas veces se usan frases para expresar ideas distintas a las que se dicen. Por ejemplo, cuando alguien pregunta «¿tienes la hora?», lo que en realidad quieren saber es, qué hora tienes, no si usas o no reloj. Este tipo de figura muy usada en la comunicación urbana es conocida como metalepsis y es un recurso semántico que se aplica más a la lengua oral que a la escritura.
La metalepsis es una figura retórica de significación, variante de la metonimia, que permite expresar una acción mediante un cambio semántico por el cual una idea se elige con el nombre de otra, sirviéndose de alguna relación semántica existente entre las dos. Existe en la literatura la metalepsis narrativa o metaficción, en la cual, el o los personajes de la narración rompen la barrera de su mundo y se conectan con el mundo real del narrador o al contrario, en la cual, el narrador externo puede insertarse en el mundo ficticio de la narración. La metalepsis narrativa también se ha utilizado muchas en historias de películas y series de televisión.
En el campo de la literatura existe la metalepsis narrativa, la cual se da cuando uno o varios personajes de una historia sale de su mundo narrado hacia el mundo del narrador o viceversa, pasando del mundo narrado al mundo real.
Muchos escritores reconocidos como Woody Allen, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Jostein Gaarder, entre otros, han hecho uso de la metalepsis en sus obras escritas.
También se puede observar este recurso narrativo en películas de comedia, acción o fantasía del cine moderno y en algunas series de televisión.
La historia de muchas figuras retóricas no tiene un origen definido o registrado por los historiadores del lenguaje. Este es el caso de la metalepsis, sin embargo, si la estudiamos desde el punto de vista narrativo, es a partir de la aparición de la novela vanguardista, surrealista y postmodernista que se pueden reportar históricamente obras en las que se hace presente este recurso literario. Gerard Genette fue el primero en utilizar este término en el año 1972 en su obra Figures III.
En la novela vanguardista latinoamericana, se pueden identificar muchos escritores conocidos como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges que han hecho uso de este recurso narrativo en sus obras. Woody Allen de Estados Unidos, también lo ha utilizado en algunos de sus cuentos.
La metalepsis narrativa en el siglo XX también se ha manifestado en el cine con películas cómicas y dramáticas, donde vemos a los personajes principales hablando con el público o entrando en otros mundos de fantasía.
Un ejemplo muy conocido de la metalepsis narrativa se puede observar en el film titulado “La historia sin fin” donde el protagonista de la historia al leer un libro, entra en ese mundo de fantasía y rompe con la pared que separa su realidad de la historia mágica que está leyendo.
A continuación presentaremos varios ejemplos de metalepsis.
“¿Puedes cerrar la puerta?”
Esta frase interrogativa no es para saber si uno puede o no cerrar una puerta. Ésta quiere decir en realidad “cierra la puerta”. Es por eso que esta frase es una metalepsis.
“Recuerda el juramento que me hiciste”.
Esta frase no busca que una persona recuerde algo sino que cumpla lo que dijo. Es por esta razón que en este caso de una metalepsis.
“No estás viendo la luz del semáforo en rojo”.
Esta frase es usada frecuentemente como ironía para llamar la atención a la gente que se pasa la luz roja. Lo que realmente quiere decir esta frase es: “Debes detenerte si la luz está roja”.
“¿Tienes la hora?”
Esta frase en realidad es utilizada para pedir la hora.
Novela “El mundo de Sofía” de Jostein Gaarder
Esta novela escrita por Jostein Gaarder presenta una historia entre una joven llamada Sofía y un filósofo que la conecta con el escritor de la historia y que la hace entender que es un personaje de una novela y no un ser de la vida real.
Cuento “El episodio Kugelmass” de Woody Allen.
En esta historia un profesor de literatura se introduce en el mundo de la novela de Madame Bovary para conquistar a Emma Bovary.
Cuento “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar.
En este cuento corto de Cortázar se mezclan dos historias; la de dos amantes que van a matar al marido de la mujer y la del lector real de esta primera historia que resulta ser el hombre al cual quieren asesinar los amantes. Escrito por Valentina Sancler.
Toamdo de Euston96.com
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Nuestro recuerdo,
inefable paraíso;
del cual solo la muerte
podría expulsar.
Un segundo me basta:
será eterno y sublime.
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Me vestí con un short adherente y un suspensorio. Terminaba de calzarme los tenis para ir a trotar cuando oí tus pasos.— ¡Ah… ya hizo café! –Exclamó. ¿Quiere que le sirva una taza? Sentada en un sofá. Me acuclillé y quedamos cara a cara. No recuerdo que le dije acerca de la vida. Dejé de hablar. Murmullos, pulsos, alientos cortados. Mis labios en su oído. Sus muslos duros. Metí los pulgares en el elástico y empecé a tirar. Besaba sus rodillas. Labio con labio. Amoldados; sudor, respiración ruidosa ocultados por el sonido de la televisión.Salí a correr por un camino de naranjos. Imposible no recrear lo que había pasado a cada zancada, la brevedad del short, el roce constante de la tela y volvió el deseo de tomar otra taza de café.

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Tuve un beso que retozó en tu vientre. Una noche regresó en silencio y se tendió en la oscuridad de mis labios…´

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Escucho el río
con su rezo monótono,
vuelan luciérnagas,
se encienden las chicharras.
Se oyen las voces,
alborotos de gozo…
carcajadas de muerto.

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Banquetas de adoquín, callejones y tejados de barro. Me instalé en un hotel céntrico. Le di las llaves al empleado de la recepción.-¿Algún pendiente señor?-Regresaré en dos o tres horas.- Perfecto. No le recomiendo que esté fuera después de las doce. Si desea una copa, es mejor que lo haga en el bar del hotel. Al salir del cine me detuve en un callejón a mirar revistas. Hojeaba una cuando se desató una balacera. Todos corrían; estaba paralizado. Una mano piadosa me jaló. Estaba dentro del kiosco.—No hable, no se mueva. Percibí aroma de flores restregadas. Después un silencio. Una zapatilla encajó en mis costillas. —¡Salga! Me dijo la voz hueca. Le platiqué al empleado de la recepción. —¿Está seguro que es el estanquillo que se encuentra a dos cuadras del cine? Porque ese quiosco lo cerraron hace años. La dueña, una mujer joven, la degollaron porque no quiso vender droga. En mi cuarto, saqué la revista que había tomado antes del percance. No pude dormir. La revista tenía fecha de hace cuatro años.
