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Puede ser excepcional mente medida o bien verso libre, abarca diferentes temas pero cargado hacia el amor o desamor.
¡Llegaron las aguas!
¡Llegaron las aguas! En la mañana, aún con el sol, anunciaron su llegada. Fue un trueno tumbador que erizó las antenas de las hormigas. El sol se hizo menos como la gente que, al despedirse, mete por debajo de su sombrero el mechón rizado.
Llegaron las aguas con su cohorte de damiselas para confeccionarle al cielo una capa de grises y lúgubres azules. Aaahhh… mi corazón se rinde ante septiembre, y salgo disparado a quitarme las ropas porque llegaron las aguas.
Tu ombligo
Tu ombligo
redondo,
profundo,
con una muesca que parece un pétalo curvado.
Mi aliento es un carro de fuego que vuelca en tu cadera.
Abajo del precipicio: la flor.
Con mi papila
la envolveré como la luna hace con la hierba.
Sobre tu rocío titilan húmedas luciérnagas,
se agitan en la oscura enramada.
Seré arete que la fiebre mece y mece.
El agua no pide permiso
El cielo arde, y del río quedan mojones de agua. No hay nubes. Sueñan los sapos bajo tierra con la lluvia, sólo sol y un maíz cabizbajo, pero en un estornudo… el día abre encharcado.
Los sapos dejan de soñar, y el maíz baila huapango con el viento.En ausencia de los santos, en el silencio de las lenguas, el agua llegó despertando los tambores dormidos del tejado. Todos salieron a mojarse y a sentirse purificados.
El regreso
Lejos de ti.
Miro a distancia la piedra,
traerla y construir un nuevo puente…
tardaría.
Necesito dos corazones
para levantar los muros
y darle silueta de pájaro.
Sé que tardaría
pero volvería por ti.
Confusión
Veía como llegaban mujeres de otras vidas, doblando orillas de hombre y zurciendo esperanzas. En mis sueños: la inquietud te despertaba y en tus ojos había sombras que transitaban en sospechosa calma. Al despertarme percibía la fuga de tu perfil y el sabor agrio de tu axila. Estoy en esta esquina viendo pasar a las mujeres que vienen hilando su camino. Y no te veo. Quizá nada es cierto. Nada, sólo fantasmas que durmieron en mis ojos; pero sigo esperando a que cruces.
El sol
Minutos antes de que abra la noche hay un catálogo de sepias. Las nubes obesas y lentas procuran inminencia. El sol aún hierve, tiembla y deja en el aire una respiración comatosa. A los lados del río hay un mantel de piedras. El perfil de los montes se oculta y es que el añil de la tierra se amontona cubriendo sus ramas.
El río corre dando golpes y revuelca remolinos. Bajo el chapoteo del agua, anima el canto intermitente de las ranas. La noche se da por instantes al silencio y al sopor le crecen olores de flores trituradas. Nada perturba, los gusanos dejan de roer y el sopor, el silencio y las sepias se tensan cuando el monte pare el silbido profundo de la serpiente. El sol ha muerto.
El invitado
Estoy entresoñando. Te mueves en la oscuridad con la destreza de un ciego en su casa. Dejé la puerta del dormitorio entreabierta y a través de la rendija tu sombra me estremece. Desapareces.
En la mañana que sorbo el café y muerdo el pan, siento la insistencia de tus ojos. Tienen fuerza. Levanto la cara y desvías la mirada. Tal vez piensas que me molestaría si me vieses comer. Para nada, pues seguiría haciéndolo y sonreiría.
Estoy en tu casa como un invitado extraordinario, pues sé que no introduces a nadie que no sea de tu familia y yo no lo soy. Soy tu invitado que llegó del norte. Es complicado definirme, pero diré que soy un amigo íntimo al que no conocías en persona. Los niños se han ido a la escuela, y pronto iras al laburo. El carro de la compañía ha llegado y alcanzo a escuchar el ronroneo del motor.
El tiempo se ha echado encima. El taconeo de tus botas en la duela del piso, es fiel reflejo de tu prisa. Miro a través de la ventana, las buganvilias ofrecen nuevos ramos y la perra retoza en la grama. Sé que observas mis espaldas. Tienes la mirada pesada y tersa como es el mercurio. Pero en este momento, en que la perra persigue a la libélula, le agregas el deseo de no ir al trabajo y quedarte conmigo a contemplar el jardín. Sé que sacudiste la cabeza e hincaste tu tacón en las vetas de la madera. No tanto para que me diera cuenta, sino para decirte que volar es peligroso.
El beso que me dejas en la mejilla tiene humedad, presión y, un grito contenido. Todo lo transformas. Sudo. Tengo caballos en el corazón y en el bajo vientre una caricia no concretada. Cierras la puerta, pero alcanzo a escuchar tu respiración entrecortada y, luego el ruido del motor que se aleja.
El baile de las lagartijas
Por la noche soñaron las lagartijas con un cinturón magenta, que haría resaltar el verde voluptuoso untado de las piernas hacia la cola. Por la mañana después de cargar sus pilas al sol, colgaron a su cuello argollas de buena suerte. Se fueron desierto arriba, hacía el desfiladero, sacando sus lenguas de chicote. Cruzaron la arena, los cactus, y esperaron en las partes bajas del río muerto, sin agua.
Los truenos distantes parecían tambores de guerra. Llegó el agua que corre ruidosa. La corriente hincha las ardientes rocas del desierto y las moscas zumban siguiendo las espumas del río. Son miríadas de dípteros que nacen en milésimas de segundo.
Las lagartijas bailan. Comen ante las asombradas dunas y las crestas rojizas de la cordillera. El río difunto ha resucitado. Bailan las lagartijas, que ayer en la noche soñaban con un cinturón magenta que ahora resalta el verde danzón de sus piernas.
El ave
El árbol extiende su sombra, es una cobija refrescante para las rocas. ¡Hay tanta lejanía cuando el ave planea en el desfiladero! En un quiebre del silencio, se escuchan voces que pareciera que llegaran de un velorio que fue hace años, pero no, son las mujeres que cuchichean mientras sus manos tallan la ropa en el vientre de las losas. Cerca de ahí, los hombres platican mientras la espuma de la cerveza resbala saliendo de su boca.
Los niños grandes cuidan a los chicos, y las mujeres parece que rezan, pero no, es el río que murmura cuando pasa arrastrando los tejos. Los hombres ya salen, las mujeres en silencio cuidan la ropa. El ave se ha ido, dejando la soledad en la boca del desfiladero.
¡Ah la vida!
Fastidiado porque la tarde pasa sin pena ni gloria. La noche presiente una luna de bruja, entonces, se hinca y se santigua. Allá, va la beata camino a la iglesia, lleva bajo el vestido la acalorada discusión de los pezones y, sobre la espalda, el crespón de la Vía Láctea.
Todo es igual: el mismo rincón y la misma araña disecada. Tiene días que no llueve; y en la azotea está el tinaco que sueña que el agua lo rebalsa. ¡Qué fastidio! Un bostezo rompe la carcajada en mi boca. Le digo a mi otro: la vida no se mueve, pero sigue.
Me aplasta el ruido asmático de la hormiga que carga cien veces su peso, el chapoteo de las lavanderas que tienen, en sus manos, más pantalones que jeans tenga una boutique de Manhattan. Por allá, va un ciempiés que sueña con ser mariposa. Camina con sus juanetes y busca reposo en una adormidera.
¡Ah si la vida siguiera sin moverse! No sentir hambre, tristeza, dolor, sería un placer. Pero no, la vida sigue y es un fastidio: para las manos, para el seco tinaco, para la hormiga y para el ciempiés afrutado de juanetes que sueña con ser mariposa
La alharaca
Por allá, se ven las luces de Zicatlán. Aquí, en Amaxac, sólo piedra, adobe y candil. Hace un rato, pasaron haciendo alharaca una docena de hombres: unos se bañaron con el agua fría del pozo, otros en el río para masajear sus dolores y ver como se deslizan las luces en la corriente que baja de la montaña.
Ya regresan, descamisados y caminan pisando viejas pisadas. Platican de mujeres, y algunos se embroman tocándose las nalgas. Desde el fondo del camino, se oye, lejana, la risa cascada de los abuelos. Por instantes, contemplan el cielo trastornado de estrellas, dejan la charla y beben. Tras de ellos, el viento esparce el dulce sabor de la caña.
Mañana, el sol les barbechará la espalda y‚ a la misma hora, el patrón, en un confesionario de la iglesia, limpiará con abundante limosna sus pecados.

Siempre paso por tu perfil. Desde lejos, veo que recuestas la cabeza en la almohada elevando tu mirada hacía el horizonte. Cabello de caoba lacio que se desplaza como Dios le da a entender. Me complace tu nuca que enmarco en un acercamiento. Tu espalda es abismo, besos que alimentan el no retroceso. Atracaderos son tus hombros que me acercan. No digas que no te visito: siempre recorro tu perfil.



