Alada satisfacción Nanim Rekacz

Ciento un pájaros volando y mis manos felizmente vacías.

Nanim Rekacz nació en Argentina y reside en Puerto Rico desde el año 2015. Es bloguera, escritora y autora de los libros de microficción Jardín Felino y Lluvia de arañas publicados en Macedonia Ediciones, Argentina. Se define como aficionada a la fotografía.

Mi jockey de Lucía Berlin

Me gusta trabajar en Urgencias, por lo menos ahí se conocen hombres. Hombres de verdad, héroes. Bomberos y jockeys. Siempre vienen a las salas de urgencias. Las radiografías de los jinetes son alucinantes. Se rompen huesos constantemente, pero se vendan y corren la siguiente carrera. Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián.
       Suelo atenderlos yo, porque hablo español y la mayoría son mexicanos. Mi primer jockey fue Muñoz. Dios. Me paso el día desvistiendo a la gente y no es para tanto, apenas tardo unos segundos. Muñoz estaba allí tumbado, inconsciente, un dios azteca en miniatura, pero con aquella ropa tan complicada fue como ejecutar un elaborado ritual. Exasperante, porque no se acababa nunca, como cuando Mishima tarda tres páginas en quitarle el kimono a la dama. La camisa de raso morada tenía muchos botones a lo largo del hombro y en los puños que rodeaban sus finas muñecas; los pantalones estaban sujetos con intrincados lazos, nudos precolombinos. Sus botas olían a estiércol y sudor, pero eran tan blandas y delicadas como las de Cenicienta. Entretanto él dormía, un príncipe encantado.
       Empezó a llamar a su madre incluso antes de despertarse. No solo me agarró de la mano como algunos pacientes hacen, sino que se colgó de mi cuello, sollozanzo «¡Mamacita, mamacita!»*. La única forma de que consintiera  que el doctor Johnson lo examinara fue acunándolo en mis brazos como a un bebé. Era pequeño como un niño, pero fuerte, musculoso. Un hombre en mi regazo. ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé de ensueño?
       El doctor Johnson me pasaba una toalla húmeda por la frente mientras yo traducía. La clavícula estaba fracturada, había al menos tres costillas rotas, probablemente una conmoción cerebral. No, dijo Muñoz. Debía correr en las carreras del día siguiente. Llévelo a Rayos X, dijo el doctor Johnson. Puesto que no quiso tumbarse en la camilla, lo llevé en brazos por el pasillo, estilo King Kong. Muñoz sollozaba, aterrorizado; sus lágrimas me mojaban el pecho.
       Esperamos en la sala oscura al técnico de Rayos X. Lo tranquilicé igual que habría hecho con un caballo. «Cálmate, lindo, cálmate. Despacio… despacio.» Se aquietó en mis brazos, resoplaba y roncaba suavemente. Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso.

Lucía Berlin

Lucia Brown Berlin, conocida como Lucia Berlin, fue una escritora estadounidense cuyo estilo ha sido comparado con el de Raymond Carver o Charles Bukowski.  Hija de un ingeniero de minas, nació en Juneau, Alaska, el 12 de noviembre de 1936. Publicó sus primeros relatos a los veinticuatro años en ‘The Atlantic Monthly’ y en la revista ‘The Noble Savage’.  Siguió escribendo esporádicamente hasta los años ochenta y, tras la insistencia del poeta Ed Dorn, decidió publicar su primer volumen de relatos, Angels Laundromat.
Sus historias se inspiran en sus propios recuerdos: su infancia en distintas poblaciones mineras de Idaho, Kentucky y Montana, su adolescencia entre la alta sociedad de Santiago de Chile, sus estancias en El Paso, Nueva York, México o California, sus tres matrimonios fallidos, su alcoholismo, o los distintos trabajos que desempeñó para mantener a sus cuatro hijos: enfermera, telefonista, limpiadora, profesora de escritura en distintas universidades y en una cárcel.
Publicó seis libros de cuentos, pero casi toda su obra se puede encontrar en Homesick: New and Selected Stories (1990, galardonado con el American Book Award), So Long: Stories 1987-1992 (1993) y Where I Live Now: Stories 1993-1998 (1999). Falleció en 2004 en Marina del Rey, California, el día de su cumpleaños. Manual para mujeres de la limpieza, con prólogo de Lydia Davis e introducción de Stephen Emerson, es una exhaustiva selección de sus mejores relatos, editados por primera vez en español. En 2018 Alfaguara publicó una nueva selección titulada Una noche en el paraíso. El relato de cinco párrafos «Mi jockey» ganó el Jack London Short Prize de 1985.
Comentario
En el magistral “Mi jockey”, la narradora trabaja en las Urgencias de un hospital donde a menudo acuden jockeys con los huesos rotos, que describe de la siguiente forma: “Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián” (2016: 63). No se puede añadir nada más, con muy pocas palabras construye imágenes cargadas de significado. Y cuando ella acuna al jockey entre sus brazos como a un bebé para intentar calmarlo, escribe: “Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso” (2016: 64).
Rosa María Navarro Romero
LUCIA BERLIN | Casa del Libro
Alaska 1936-2004

Aprendiendo de Ana María Shua dos de Rosa Navarro Romero

Con respecto a los personajes, en el microrrelato muy pocas veces son descritos o caracterizados psicológicamente. Suelen ser anónimos, pero es muy frecuente el uso de personajes conocidos, ya sean bíblicos, mitológicos, literarios, históricos o legendarios. Esto permite una mayor brevedad, ya que ni siquiera es necesario describir el contexto. En un texto de La sueñera (Shua, 2009: 260), Ana María Shua nos sorprende con personajes procedentes de diversos mundos, como la Biblia, la Ciencia y la Literatura y los une en el terreno de la ficción. Esto suele hacerse, en muchas ocasiones, con el fin de desacralizarlos, para dar “la vuelta a la historia” o para dotar al texto de un sentido humorístico o irónico. La ironía se activa en el acto de lectura, desmoronando las certidumbres del lector. Se consigue así una ruptura de expectativas, sobre todo a través de finales sorpresivos e inesperados. También es frecuente mantener oculta la identidad del narrador hasta el final, cambiando así todo el significado del texto. Es el caso de la microficción Acerca del vampirismo (Shua, 2009: 554), en la que es el Conde Drácula el que da consejos para curar el vampirismo, a través de un lenguaje médico-científico que acaba teniendo un efecto ridículo.  Además de la técnica de mantener la identidad del narrador oculta, también es habitual presentar un doble del narrador, como en el siguiente texto donde, al descubrirse espiándose a sí misma, la narradora se regaña por su descuido:

Pelando zanahorias me corto un dedo. De la herida brotan gotas de alquitrán que manchan el parquet. Tratando de limpiarlo, hago un agujero en el piso. En el departamento de abajo hay una reunión de cátedra. Entre los profesores estoy yo. Al levantar la vista me descubro espiando. Eso te pasa por pelar zanahorias, me digo, muy enojada (Shua, 2009: 42).

Otro de los rasgos de la minificción, el juego lingüístico, aparece constantemente en la obra de Shua. El lenguaje se lleva al límite de sus posibilidades y, muchas veces, nos sorprende con una lógica inesperada que suele desembocar en el absurdo, la paradoja o la ironía. La ambigüedad y la metáfora son muy frecuentes y se juega con los refranes, las frases hechas o los dichos populares, normalmente dando la vuelta a su significado. El juego lingüístico está relacionado con el humor, y la elección de determinado vocabulario puede llegar a desembocar en un chiste o final sorprendente, como en el siguiente texto:

¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio (Shua, 2009: 127).

El carácter lúdico en la microficción es extremo. La autora parte con frecuencia de frases hechas, también para darles la vuelta y cambiar su significado, o incluso de canciones populares infantiles, que nos cuentan finales muy distintos de los que conocemos:

Todos los patitos se fueron a bañar y el más chiquitito se quiso quedar. Él sabía por qué. El compuesto químico que había arrojado horas antes en el agua del estanque dio el resultado previsto. Mamá Pato no volvió a pegarle: a un hijo repentinamente único se lo trata     –es natural− con ciertos miramientos (Shua, 2009: 259).

 

Ana María Shua es especialista en valerse de la polisemia del lenguaje para alterar la realidad. Así, narrativiza frases hechas o refranes rompiendo la lógica del lector. La literalización de metáforas también produce un efecto humorístico y encontramos ejemplos en los que la autora intenta doblegar militarmente a las manchas rebeldes o sentarse al borde de un sueño. De este modo consigue invertir el sentido común y crear paralelismos inesperados, como el de atraer lombrices al tocar la flauta:

 Interpretando con mi flauta dulce una vieja melodía, atraigo a tres lombrices que viven en la maceta del gomero. Toque algo de los Vétales, me piden, respetuosas pero con ganas de bailar. Como yo no sé más que el arrorró, las tres se quedan dormidas sobre el parquet. Antes de despertarme las vuelvo a poner en la maceta y las arropo bien con tierra suelta (Shua, 2009: 54).  

La ironía nos lleva a elegir un camino, a decidirnos por un sentido y excluir el otro, estableciendo así un juego entre el autor y el lector. Algo parecido ocurre con el doble sentido: las microficciones

3 Boccuti, Anna, “Humorismo y fantástico en la micro-ficción argentina: Raúl Brasca, Rosalba Campra, Ana María Shua”, leído por la autora en el marco del VI Coloquio Internacional Literatura Fantástica «Lo fantástico: norte y sur», Universidad de Gotemburgo, Suecia, 27-30 de junio 2007. Disponible en http://goo.gl/0OZSL (07/01/2013).

Ana María Shua: Argentine writer - Biography and Life

 

Poemita para no olvidar

 

Llegó un día sin luna

y me envolvió…

solo dejó su aroma

de madre selva.

y el carbón de sus ojos.

El arte de Vladimir Volegov forma un acompañamiento perfecto para esta oda a la memoria y la magia, el amor y el anhelo. Pintura de Vladimir Volegov Arte Figurativo, Arte Plástico, Pintura Y Escultura, Obras De Arte, Arte Hiperrealista, Pintura Femenina, Mujer Pintura, Amor Arte, Esculturas

Vladimir Volegov

Respirar de Sabina Berman G

https://www.eluniversal.com.mx/opinion/sabina-berman/respirar

Sabina Berman

 

BIOGRAFÍA

Sabina Berman Goldberg nació el 21 de agosto de 1955 en la ciudad de México, donde reside. Estudió psicología y letras mexicanas en la Universidad Iberoamericana.

En 1995 fue codirectora de la película Entre Pancho Villa y una mujer desnuda, con Isabelle Tardan. También escribió y coprodujo la película de Backyard, la cual representó a México en la ceremonia de los Oscar del 2010.

 

Entre otros éxitos se encuentra sus obras de teatro Entre Pancho Villa y una mujer desnuda, Muerte súbita, Molière, Feliz nuevo siglo Doktor Freud, eXtras Escribió la película The History of Love para Alfonso Cuarón y la película Light para Alejandro González Iñarritu.

Su más reciente novela La mujer que buceó dentro del corazón del mundo, se ha publicado en 11 idiomas y más de 33 países.

Actualmente es conductora del programa de televisión Sha la lá que se transmite por Televisión Azteca, en el Canal 13.

Berman es escritora, dramaturga, narradora, ensayista, directora de teatro y directora de cine mexicana. Es reconocida como la dramaturga «más prolífica, original y atrevida de su generación en el idioma español. Ha sido ganadora cuatro veces del Premio Nacional de Dramaturgia en México y el Premio Juan Ruiz de Alarcón, así como ha ganado en dos ocasiones el Premio Nacional de Periodismo (1999 y 2007).

https://www.escritores.org/biografias/9687-berman-sabina

Cambio de identidad de Fernando Aínsa

Cuando A se despertó a media mañana en una cama en la que no se había acostado, junto al cuerpo desnudo de la esposa de B, su mejor amigo, llamó de inmediato a su propia casa. Se sorprendió ligeramente cuando B le respondió al teléfono y le dijo que no se preocupara por la tardanza: su mujer todavía estaba durmiendo.

Mujeres que pasan más tiempo durmiendo suelen tener mejor sexo ...

Tomado de Fb

 

Cien años de soledad fragmento

«… y soltó el rumor de que Úrsula seguía virgen un año después de casada, porque su marido era impotente. José Arcadio Buendía fue el último que conoció el rumor.

—Ya ves, Úrsula, lo que anda diciendo la gente —le dijo a su mujer con mucha calma.
—Déjalo que hablen —dijo ella—. Nosotros sabemos que no es cierto.

De modo que la situación siguió igual por otros seis meses, hasta el domingo trágico en que José Arcadio Buendía le ganó una pelea de gallos a Prudencio Aguilar. Furioso, exaltado por la sangre de su aminal, el perdedor se apartó de José Arcadio Buendía para que toda la gallera pudiera oír lo que iba a decirle.

—Te felicito —gritó—. A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer.

José Arcadio Buendía, sereno, recogió el gallo.

—Vuelvo en seguida —les dijo a todos. Y luego a Prudencio Aguilar:

—Y tú, anda a tu casa y ármate, porque te voy a matar.

Diez minutos después volvió con la lanza cebada de su abuelo. En la puerta de la gallera, donde se había concentrado medio pueblo, Prudencio Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo de defenderse. La lanza de José Arcadio Buendía, arrojada con la fuerza de un toro y con la misma dirección certera con que el primer Aureliano Buendía exterminó a los tigres de la región, le atravesó la garganta. Esa noche, mientras se velaba el cadáver en la gallera, José Arcadio Buendía entró en el dormitorio cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón de la castidad. Blandiendo la lanza frente a ella, le ordenó:
—Quítate eso.
Úrsula no puso en duda la decisión de su marido.

—Tú serás responsable de lo que pase —murmuró.

José Arcadio Buendía clavó la lanza en el piso de tierra.

—Si has de parir iguanas, criaremos iguanas —dijo—. Pero no habrá más muertos en este pueblo por culpa tuya.

Era una buena noche de junio, fresca y con luna.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Estiu de 1972 / Verano de 1972 — metáfora de un grito

Malgrat la pluja uns ulls de cotó em miren darrere una finestra de somnis o amagats sota les cortines del temps perdut vigilant el pati vigilant l’infant que vaig ser de l’escola un capvespre d’estiu el 1972 A pesar de la lluvia unos ojos de algodón me miran detrás una ventana de […]

a través de Estiu de 1972 / Verano de 1972 — metáfora de un grito

Conitos de Murakami

Estaba hojeando distraídamente el periódico de la mañana cuando, en una esquina, descubrí el siguiente anuncio: “Famosos Pasteles Conitos. Concurso para la creación de los Nuevos Conitos. Gran sesión informativa”. No tenía ni idea de qué diablos eran aquellos Conitos. Pero lo de “famosos pasteles” hacía suponer que se trataba de algún tipo de dulce. Yo soy un poco quisquilloso en lo que a los dulces se refiere. Y, como no tenía nada que hacer, decidí asomar las narices por la “gran sesión informativa”.

            La “gran sesión informativa” se celebra en el salón de un hotel e incluso ofrecían té y pasteles. Los pasteles eran, ¡cómo no!, Conitos.

            Probé uno, pero su sabor no me entusiasmó precisamente. Lo encontré empalagoso y la corteza me pareció demasiado reseca. No podía creer que a los jóvenes de mi generación les gustara un dulce semejante.

            Sin embargo, a la sesión informativa únicamente se presentaron chicos de mi edad, o incluso más jóvenes. A mí me asignaron el número 952 y, después, llegaron todavía unas cien personas más; es decir, que debieron de asistir a la reunión más de mil personas. Lo que no es poco.

            A mi lado estaba sentada una chica de unos veinte años, llevaba unas gafas de muchas dioptrías. No era guapa, pero parecía tener buen carácter.

            -Oye, ¿tú habías comido alguna vez Conitos? –le pregunté.

            -Pues, claro –respondió ella-. Son muy famosos.

            -Sí, pero no valen mucho la pe… -La chica me dio una patada en la espinilla y no me dejó acabar la frase. Los individuos a mi alrededor me lanzaron una mirada despectiva. ¡Qué mal ambiente! Pero yo puse cara de inocente tipo Pooh, el osito barrigón, y dejé pasar la tormenta.

            -¿Tú eres tonto o qué? –me susurró la chica al oído poco después-. ¿Cómo se te ocurre venir aquí a criticar los Conitos? Mira que si te agarran los Cuervos Conitos, no sales de ésta con vida.

            -¿Los Cuervos Conitos? –grité sorprendido-. ¿Y qué son…?

            -¡Chist! –dijo la chica. La sesión informativa ya había empezado.

            La abrió el presidente de “Confiterías Conitos” para hablar de la historia de los Conitos. Según uno de aquellos relatos de verdad incierta debías remontarte a la Era Heian* para encontrar a no sé quién que hizo no sé qué a resultas de lo cuál nació  el primer Conito. El hombre llegó a decir que en el Kokinshu** figuraba un poema sobre los Conitos. Al oír semejante barbaridad estuve a punto de echarme a reír, pero, a mi alrededor, todo el mundo escuchaba con una cara tan seria que me contuve. También influyó el miedo que me inspiraban los Cuervos Conitos.

            La explicación del presidente de la compañía se alargó durante una hora. Aburridísima. Lo único que quería decir era, en definitiva, que los Conitos eran pasteles con historia. Pues podía haber acabado con una sola línea.

            Luego, salió el director general y nos informó sobre el concurso para la creación del nuevo producto. Ni siquiera los Conitos, unos pasteles famosos en todo el país que se enorgullecían de su larga historia, podían prescindir de la incorporación de savia nueva que hiciera posible un desarrollo dialéctico apto para responder a las exigencias de las distintas generaciones. Eso sonaba muy bien, pero lo que quería decir, en definitiva, era que el gusto de los Conitos estaba pasado de moda y que habían bajado las ventas, por lo cual querían ideas nuevas de la gente joven. Podía haberlo dicho así, tal cual.

            Al terminar nos dieron las bases del concurso. Elaborar un pastelito

tomando como base los Conitos y presentarlo al cabo de un mes.

            El importe del premio ascendía a dos millones de yenes. Con esos dos millones podía casarme con mi novia y mudarme a un departamento nuevo.

            Y decidí hacer el Nuevo Conito.

            Tal como he dicho antes, soy un poco quisquilloso en lo que respecta a los dulces. Pasteles de anko***, crema u hojaldre puedo prepararlos de todos los tipos  imaginables. Para mi era pan comido hacer en un mes el Nuevo Conito de la Edad Contemporánea. El día en que expiraba el plazo hice dos docenas de Conitos y los llevé a Confiterías Conitos.

            -¡Mmmm! ¡Qué buena pinta tienen! Parecen buenísimos –me dijo la chica de recepción.

            -Son buenísimos –aseguré yo.

            Un mes después recibí una llamada de Confiterías Conitos diciendo que me apersonara en la empresa al día siguiente. Me puse una corbata y salí para allá. Hablé con el director general de la sala de visitas.

            -El pastel Nuevo Conito que usted ha presentado ha tenido una excelente acogida en la compañía –dijo el director-. Ha recibido muy buenas críticas, especialmente, ¡ejem!, entre el sector joven de la empresa.

            -Muchas gracias –le dije.

            -Por otra parte, ¡ejem!, entre lo miembros de más edad hay quien dice que su pastel no es un Conito. En definitiva, ¡ejem!, que cabe hablar de confrontación de ideas.

            -¡Ah! –dije. No tenía ni idea de adónde quería ir a parar.

            -En consecuencia, la junta directiva ha acordado pedirles la opinión a los señores Cuervos Conitos.

            -¡Los Cuervos Conitos! –exclamé-. ¿Y que son los Cuervos Conitos?

            El director general me miró con expresión atónita.

            -¿Usted se ha presentado al concurso sin saber quiénes son los señores Cuervos Conitos?

            -Lo siento mucho. Nunca me entero de qué va el mundo.

            -¡Menudo problema! –exclamó el director y sacudió la cabeza-. Con que ni siquiera conoce a los señores Cuervos Conitos… Bueno, ¡en fin!, sígame.

            Salí de la habitación en pos de él, caminé por el pasillo, subí al sexto piso en ascensor y, luego, avancé por otro pasillo. Al fondo había un gran portalón de hierro. Cuando el director llamó al timbre, apareció un fornido guarda y, después de pedirle al director que se identificara, dio la vuelta a la llave y nos abrió la gran puerta. Unas medidas de seguridad extremas.

            -Aquí dentro se encuentran los señores Cuervos Conitos –me explicó el director-. Los señores Cuervos Conitos son una familia de cuervos especiales que vienen alimentándose exclusivamente de Conitos desde tiempos inmemoriales.

            Sobraba cualquier otra explicación. Dentro de la estancia, había más de cien cuervos. Se trataba de una habitación vacía, parecida a un almacén, de más de cinco metros de altura, con un montón de palos horizontales que iban de pared a pared y en los que estaban posados, unos al lado de otros, los Cuervos Conitos. Eran más grandes que los cuervos ordinarios y los mayores debían de medir un metro de largo.

            Incluso los más pequeños alcanzaban los sesenta centímetros. Al fijarme bien descubrí que no tenían ojos. En lugar de eso, sólo tenían pegado un bulto blanco de grasa. Además, sus cuerpos estaban tan embotados que parecían a punto de reventar.

            Al oírnos entrar, los Cuervos Conitos empezaron a graznar a coco mientras batían las alas. Al principio creí que eran simplemente graznidos, pero cuando se me habituó el oído, comprendí que gritaban: “¡Conitos! ¡Conitos!”. Sólo de mirar a aquellos pajarracos se te helaba la sangre en las venas.

            El director sacó algunos Conitos de una caja que llevaba y los fue arrojando al suelo. Cien cuervos se abalanzaron a la vez sobre los pasteles.

            Y en su búsqueda desesperada de Conitos se daban picotazos los unos a los otros en las patas, incluso en los ojos. ¡Uf! ¡Con razón se habían quedado ciegos!

            Acto seguido, el director fue esparciendo por el suelo unos pasteles, parecidos a los Conitos, que sacó de otra caja.

            -Mire. Éstos son los pasteles de uno de los participantes que ha sido eliminado del concurso.

            Los cuervos se arrojaron, como antes, sobre los pasteles, pero en cuanto se dieron cuenta de que no eran Conitos los vomitaron y empezaron a graznar con irritación. Gritaban:

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            Sus graznidos retumbaban en el techo hasta clavarse en los oídos.

            -¡Mire! Sólo comen Conitos auténticos –dijo el director, convencido-.

            Las imitaciones ni las tocan.

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            -Y, ahora, vamos a ofrecerles los pasteles que usted ha elaborado.

            Si se los comen, será usted eliminado.

            “¡A ver cómo va!”, pensé inquieto. No sé por qué, pero tenía un mal presentimiento. Era un error hacerles decidir a aquellos bichos el resultado del concurso. Pero el director, haciendo caso omiso de mis opiniones, esparció profusamente por el suelo los Nuevos Conitos que yo había presentado a concurso. Los cuervos volvieron a abalanzarse sobre los pasteles. Y, acto seguido, empezó el jaleo. Algunos cuervos se los comían satisfechos, otros los escupían gritando: “¡Conitos!”. A continuación, los cuervos que no habían podido coger ninguno clavaban excitadísimos el pico en la garganta de los que se los acababan de tragar.

            La sangre se esparcía por todas partes. Un cuervo cogió el pastel que otro había vomitado, pero otro cuervo gigantesco, al grito de “¡Conitos!”, lo atrapó y le abrió el vientre en canal. Y, de este modo, empezó una batalla sin cuartel. La sangre llamaba a la sangre, el odio llamaba  al odio. Se trataba sólo de unos insignificantes pasteles, pero éstos lo eran todo para los cuervos. Para ellos era cuestión de vida o muerte si los Conitos eran auténticos o no.

            -¡Mire lo que ha conseguido! –Le espeté al director-. Arrojárselos de ese modo, tan de repente, ha sido un estímulo demasiado poderoso.

            Luego salí solo de la estancia, bajé en ascensor y abandoné el edificio de Confiterías Conitos. Perder los dos millones de yenes era una verdadera lástima, pero no quería ni oír hablar de vivir el resto de mis días acompañado de unos pajarracos como aquéllos.

            Yo sólo hago la comida que yo quiero comer y me la como yo.

            Y los cuervos; ¡qué se mueran todos pegándose picotazos los unos a los otros!

Cuervo: 10 curiosidades que lo convierten en una de las mejores aves

Actualmente, se toma más en consideración las aficiones y preferencias de la gente para elaborar un perfil; prueba de esto es Facebook, donde los usuarios tienen la opción de declararse fans de cualquier cosa, desde un escritor o artista hasta una bebida o una golosina. El conflicto ético surge cuando el narrador protagonista constata la diferencia de calidad entre el producto de la empresa y su fórmula, al ver cómo los cuervos se desesperan por acabar su golosina gritando “¡Conitos! ¡Conitos!”

Los cuervos son una élite de fanáticos de esta golosina, miden la calidad porque vomitan los conitos de uno de los perdedores del concurso. Su consulta, semeja los experimentos de fármacos en ratas para calibrar efectos de posible ocurrencia en seres humanos. El narrador teme que su golosina desate un caso de histeria colectiva en los consumidores por analogía con la conducta de estas aves. La empresa tuvo la culpa de mantener un estándar bajo de calidad antes de la llegada del narrador.

  

Ser consecuente con la ética: Las empresas en expansión no siempre mantienen niveles altos de calidad, muchas veces el tamaño del producto y los ingredientes son rebajados para mantener el precio del mercado o buscar la plusvalía. El narrador se declara quisquilloso respecto a sus preferencias en dulces, el es la conciencia del relato y de cierta forma debe tomar distancia de la postura del resto de los personajes. El narrador se siente responsable de lo que puede causar su fórmula y decide rechazar el premio.

Murakami opone el gusto elevado al de las masas. En el cuento los consumidores y aficionados a Confitería Conitos son seres pasivos, que no pretenden llegar a ser gourmets. La empresa vulgariza el talento al consultar la calidad con animales rabiosos, no deja margen para un control adecuado, su nivel es experimental, pensando en abrir mercado y lucrar. También vale el celo del repostero que no quiere corromper su secreto con una empresa de esta índole y prefiere seguir su vida cotidiana.

La ética se corresponde a un buen vivir espiritual, que encuentra fortaleza en la persona para rechazar premios que pueden corromper la conducta. Cuando el oficio se toma como un arte, el dinero tiene un fin accesorio. El artista no puede rebajar su calidad por satisfacer a masas desinformadas de criterios técnicos elevados. A la empresa no le importaba vender un producto empalagoso antes del concurso, ni mucho menos desencadenar la histeria colectiva con una nueva fórmula.

El lugar de la excelencia: El narrador abandona el edificio de Confitería Conitos, chocado por la grotesca guerra entre los cuervos. Su conciencia le impide firmar un contrato con una empresa que rebajaría su talento a las necesidades inmediatas del lucro. El director de la empresa aparenta mucha frialdad, no se inmuta ni con los cuervos caídos por la histérica gresca. La empresa tiene un aura de misterio que al ser develada revela animalización y ambición sin ética.

La ética de los negocios debe buscar la excelencia del producto. En este relato el narrador podía cubrir la calidad pero la organización de la empresa era tensa y desagradable, no brindaba la paz necesaria para dedicarle una vida de trabajo, menos aún teniendo que supeditarse el trabajador al criterio de los cuervos. Los métodos capitalistas y la arremetida de la globalización en la expansión de mercados es cuestionada por Murakami, cuando el lucro es el criterio predominante.

La política y el espíritu de la empresa desaniman al narrador de colaborar con ella. Ahí todo es siniestro, los cuervos, su refugio tras una puerta de hierro guardada por un fornido agente de seguridad y el director de la empresa, inconmovible, ambicioso y corrupto. El talento necesita de un espacio propicio para desenvolverse, mientras no hallan estas condiciones, los empresarios exageran su pedido al trabajador de laborar bajo presión física y psicológica.

Conclusión: El talento del narrador protagonista le vale ganar un concurso de repostería y le permite distanciarse del gusto de las masas. El nota la falta de calidad de la empresa productora de los conitos, lo constata cuando su fórmula enloquece a los cuervos que eran los encargados de probar la calidad del producto. Las políticas de mercado que prescinden de la ética con el fin de lucrar, representan un tipo de astucia que se distancia del deber ser de la cultura, el talento y la excelencia.

El trabajador no puede formar equipo con una empresa que lo desmotiva. Esta crítica surge de la ironía que aplica Murakami con el caso de los cuervos, que simbolizan las oscuras ambiciones de los grupos de poder económicos que llegan a liderar en el mercado por una buena estrategia publicitaria en vez de ofrecer la calidad deseada en sus productos.

http://arealibros.republica.com/cuentos/conitos-de-haruki-murakami.html

La verdad de Agamenon Frag de Javier Cercas

Alter Ego on Twitter: "Jajajaj Talll cual… "

 

«Transcurrieron varios días, pero nadie contestó el mensaje, así que decidí salir de dudas. Llamé al servicio de información de telefónica y, sin poder evitar sentirme un poco ridículo, le pregunté a la telefonista por el número de un señor llamado Javier Cercas, residente en Granada, en el número trece de la avenida Salvador Allende. Tras un instante, la telefonista me dijo que no había ningún abonado con ese nombre viviendo en ese número de esa calle. ¿Tampoco hay ninguno que se llame así en toda Granada?, insistí. Tras otro instante, la telefonista me informó: Tampoco. Confirmadas mis sospechas, estaba sonriendo mentalmente, preguntándome cuál de mis amigos o conocidos sería el responsable de la humorada, cuando un resto de incertidumbre me dictó una idea. Volví a llamar a información, pedí el número de teléfono de la Facultad de Letras de la Universidad de Granada y lo marqué. Facultad de Letras, dígame, recitó una voz de mujer. ¿Podría hablar con Javier Cercas?, pregunté. Un momento, por favor, contestó. Incrédulo, esperé, y al cabo de un rato mi tocayo se puso al teléfono. Me identifiqué; su reacción no fue cálida. He buscado el número de teléfono de tu casa, dije por decir algo, como si me disculpara por llamarle al trabajo. Pero no lo he encontrado. El teléfono está a nombre de mi mujer, contestó. Ah, dije. Bueno, sólo quería agradecerte tu carta. Ya me la agradeciste por correo electrónico, dijo. ¿Lo recibiste?, pregunté. Claro, respondió. No le pregunté por qué no había contestado a mi correo: a esas alturas ya era evidente que no estaba muy contento de que le hubiera llamado, lo que me irritó un poco, porque después de todo había sido él quien primero se había puesto en contacto conmigo. Traté de contemporizar, sin embargo. ¿Sabes?, creí que era una broma, reconocí jovialmente. ¿El qué?, preguntó. Tu carta, contesté. ¿Por qué iba a ser una broma?, preguntó. Bueno, nuestro nombre no es nada habitual, expliqué. Yo creía que todos los que lo llevábamos éramos de la misma familia, o por lo menos veníamos del mismo pueblo. Pues ya ves que te equivocaste, dijo. La conversación continuó en el mismo tono durante un rato, pero poco a poco conseguí suavizar la aspereza o el recelo inicial de mi interlocutor. Le pregunté por su trabajo, por su mujer y por sus hijos, por sus aficiones literarias, por las reseñas que publicaba. También escribes novelas, ¿no? No, replicó. Todavía no. ¿Todavía no?, pregunté. Quiero decir que a lo mejor algún día lo hago, aclaró. Bueno, en realidad ya lo he hecho, pero el resultado no me gustó. En fin, supongo que soy demasiado exigente conmigo mismo. El comentario me pareció petulante: la clásica bravata de quien ni puede ni sabe ni quiere de verdad escribir, pero su vanidad le impide reconocerlo. Por supuesto, no dije nada, pero tampoco supe reprimir un atisbo de compasión por mi interlocutor. Continuamos hablando, y al final nos despedimos con alguna cordialidad, más, en todo caso, de la que presagiaba el inicio de nuestra conversación, quedando vagamente en que seguiríamos en contacto. Como es natural, no seguimos en contacto. »

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Para recordar…Cómo diferenciar entre comparación, imagen y metáfora por Santiago Moll

Diferenciar entre una comparación, una imagen y una metáfora es posible. En este artículo os mostraré cómo podéis enseñárselo a vuestros alumnos. Pero no sólo de figuras retóricas trata el artículo. También me gustaría incidir en algo que llevo aplicando para algunas de mis clases y que me está dando magníficos resultados. Se trata de explicar varios conceptos a la vez y no de forma escalonada o en sesiones lectivas distintas. Intentaré explicarlo a partir de los tres recursos retóricos que aparecen en el título del artículo.

Como profesor de lengua y literatura, debo decir que me apasionan las metáforas. De hecho, es un tema que me encanta explicar porque creo que conecta muchísimo con los alumnos. Y conecta porque las usamos en el lenguaje común, en nuestra forma de hablar y de entender el mundo. Es lo que denominamos metáforas lexicalizadas. Aquí van algunos ejemplos:

  • una columna

Años atrás, explicaba las tres figuras retóricas de forma escalonada. ¿Qué quiere decir eso? Pues que en una sesión lectiva explicaba la comparación, en otra la imagen y en la tercera y última la metáfora. Os aseguro que ponía todo mi empeño en explicarlo lo mejor que sabía, pero año tras año comprobaba que una parte de mi alumnado no asimilaba correctamente estos conceptos. Hasta que probé explicarlos al mismo tiempo y en la misma sesión lectiva. Y funcionó.

Explicando los tres conceptos en una misma clase aumenta enormemente la comprensión y la asimilación de los conceptos. Anteriormente he dicho que lo aplico en varias de mis Unidades Didácticas. Aquí tenéis el método que utilizo para explicar las figuras retóricas de la comparación, la imagen y la metáfora:

Comparación, Imagen y Metáfora

Este es el cuadro que proyecto en la pizarra digital. Prestad atención a los siguientes aspectos: