Idea para un cuento Oche Califa

 

Los habitantes de un planeta remoto lo abandonan para ir a vivir a otro, pero en el apuro dejan olvidadas sus sombras. Tiempo después, llegan viajeros y ven deambular sombras que, en realidad, se mueven como hacen sus dueños en el nuevo planeta. Nadie logra explicar cómo esas sombras pueden moverse solas, qué leyes las dominan. Y nadie se animó nunca a colonizar el lugar, que resulta tenebroso. En algún momento (nadie sabe si transcurren días o años), los dueños regresan al país de las sombras (que es como se lo llama) a buscar las sombras, y se las llevan. Así se completa el misterio, porque es imposible explicar, además, cómo ahora desaparecieron. La historia se sigue contando durante años. Un siglo después, se convierte en una leyenda y muchos consideran que es pura fábula o que, al menos, se cuenta de manera exagerada. A alguien se le ocurre decir que, tal vez, eran sombras olvidadas de antiguos habitantes que emigraron, cosa que nadie considera posible. Aunque la idea le sirve a un escritor, que escribe un cuen-
to fantástico. Y eso es todo.

HECHO: teatro sombras chinescas | Gente con ganas de vivir

Micros argentinos, selección de Clara Obligado.

Cómo describir el narrador de Emma Zunz cuento de Borges de Gustavo Faverón

Gustavo Faverón Patriau Soy crítico y profesor de literatura en Bowdoin College. Hice mi doctorado en Cornell University. He sido profesor en Stanford University y Middlebury College. Soy autor del libro “Rebeldes” (Madrid: Tecnos, 2006),

¿Cómo describir al narrador de “Emma Zunz“, el célebre cuento de Jorge Luis Borges? Si uno le da una mirada rápida al relato, la primera impresión es que se trata de un clásico narrador omnisciente, capaz de ingresar incluso en la conciencia de la protagonista y transformar sus sensaciones, deseos y desvaríos en un discurso finamente articulado.

Leyendo con más cuidado, se descubre que son no pocos los pasajes en que el narrador apenas acierta a conjeturar acerca de los hechos del relato, y a proponer hipótesis sobre las ideas y pensamientos de Emma. En algún momento se declara casi incapaz de penetrar el tejido mental del personaje, impotente ante la tarea de narrar la historia.

Aquí una propuesta para explicar la calidad indecisa y cambiante de ese narrador: su omnisciencia tiene un límite; no puede trasponer la barrera del trauma de Emma y sus memorias aún no elaboradas: la muerte del padre, la clandestina desfloración con el marinero desconocido, la razón más íntima de su venganza. Un narrador omnisciente con amnesia parcial, valga la paradoja: una mirada capaz de verlo todo excepto las zonas opacas de represión en la mente de Emma.

Tomado de puro cuento.

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Gabo, Aureliano y la medicina, fragmento de cien años de soledad.

-¿Algo más? -le preguntó el coronel Aureliano Buendía.
El joven coronel apretó los dientes.
-El recibo -dijo.
El coronel Aureliano Buendía se lo extendió de su puño y letra. Luego tomó un vaso de limonada y un pedazo de bizcocho que repartieron las novicias, y se retiró a una tienda de campaña que le habían preparado por si quería descansar. Allí se quitó la camisa, se sentó en el borde del catre, y a las tres y cuarto de la tarde se disparó un tiro de pistola en el circulo de yodo que su médico personal le había pintado en el pecho. A esa hora, en Macondo, Úrsula destapó la olla de la leche en el fogón, extrañada de que se demorara tanto para hervir, y la encontró llena
de gusanos
-¡Han matado a Aureliano! -exclamó.
Miró hacia el patio, obedeciendo a una costumbre de su soledad, y entonces vio a José Arcadio Buendía, empapado, triste de lluvia y mucho más viejo que cuando murió.
traición -precisó Úrsula- y nadie le hizo la caridad de cerrarle los ojos.» Al anochecer vio a través de las lágrimas los raudos y luminosos discos anaranjados que cruzaron el cielo como una exhalación, y pensó que era una señal de la muerte.
Estaba todavía bajo el castaño, sollozando en las rodillas de su esposo, cuando llevaron al coronel Aureliano Buendía envuelto en la manta acartonada de sangre seca y con los ojos abiertos de rabia.

Estaba fuera de peligro. El proyectil siguió una trayectoria tan limpia que el médico le metió por el pecho y le sacó por la espalda un cordón empapado de yodo. «Esta es mi obra maestra -le dijo satisfecho-. Era el único punto por donde podía pasar una bala sin lastimar ningún centro vital.» El coronel Aureliano Buendía se vio rodeado de novicias misericordiosas que entonaban salmos desesperados por el eterno descanso de su alma, y entonces se arrepintió de no haberse dado el tiro en el paladar como lo tenía previsto, sólo por burlar el pronóstico de Pilar Ternera.
-Si todavía me quedara autoridad -le dijo al doctor-, lo haría fusilar sin fórmula de juicio. No por salvarme la vida, sino por hacerme quedar en ridículo.

Audiolibros para todos - (9) Cien años de soledad de gabriel ...

Emma Zunz de José Luis Borges

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el    Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico… De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova… Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día… El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Pardójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer – ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.
La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.
Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.

Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado («He vengado a mi padre y no me podrán castigar…»), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.

Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

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Pleno municipal de Pedro Herrero

La propuesta del señor alcalde, de declarar laborable la festividad del santo patrón que da nombre al municipio, provoca el rechazo frontal del principal partido de la oposición, defensor de la tradición secular de pasear su imagen por las calles del pueblo, desde la ermita hasta la iglesia parroquial, como argumento de la importancia de dicha efeméride. El alcalde quiere trasladar ese acto al día de la fiesta nacional, con el fin de optimizar el calendario de fiestas locales. Pero esa iniciativa tampoco es del agrado del tercer grupo del consistorio -cuyos votos son esenci ales para cerrar cualquier acuerdo de gobierno- que expresa su temor de que los fastos religiosos adquieran demasiado protagonismo, frente a la proclama reivindicativa que ese día tiene lugar desde el balcón del ayuntamiento. Cada año, en estas mismas fechas, se convoca un pleno extraordinario que siempre mantiene en vilo a la mayor parte de la población, pendiente de saber si el día en cuestión será festivo, para coger el coche, salir al campo y disfrutar de un merecido día de vacaciones.

Tomado de Fb

Murió el provocador caricaturista mexicano Eduardo del Río ...

La puerta condenada Carlos Vitale

 

De niño, en el barrio, se relataba la aventura de un vecino que había sobrevivido a un naufragio flotando durante una semana sobre una puerta. Des-conozco quién era e incluso si la peripecia acaeció de verdad, pero no dejo de meditar en ese hombre, azul y agua, negro y agua, asido a una puerta por la que no es posible huir.

Pies Del Hombre Flotando En El Mar En La Mañana De Verano ...

Micros argentinos, selección de Clara Obligado

Un día de estos análisis del cuento

Un día de éstos” pertenece al libro de cuentos “Los funerales de la mamá grande”, publicado en 1962.

Para ver el cuento: https://sendero.blog/2018/11/15/un-dia-de-estos-de-garcia-marquez/

Pertenece al género literario narrativo, ya que relata un suceso o acontecimiento ficticio que se desarrolla en el tiempo, en el cual quedan por fuera los sentimientos del autor. En cuanto al sub-género, la obra es un cuento, dado que es una narración breve que consta de pocos personajes y de un suceso o acontecimiento simple.

La estructura interna de este cuento está compuesta por tres momentos;

el planteo, que es la presentación del dentista y de su labor, el desarrollo, que abarca el diálogo entre el dentista y su hijo y la entrada del alcalde y su extracción de muela, y el desenlace, que es la despedida entre el alcalde y el dentista. El cuento es relatado por un narrador externo, omnisciente, narra en tercera persona, se muestra distante y contenido, pues no se detiene a opinar sobre los hechos.

El título de la obra es simbólico y tiene dos posibles interpretaciones, “un día de éstos” ¿sería algo habitual o extraordinario la violencia política y social en el pueblo?, o ¿Qué puede ocurrir “un día de éstos” con esta violencia dictatorial ejercida en el pueblo?

                El tema o idea central del cuento es claramente el enfrentamiento entre los personajes protagonistas, el dentista y el alcalde y la tregua que se produce entre ambos. Cabe mencionar que en esta obra aparece un tercer personaje, el hijo del dentista, quien tendrá el papel de personaje secundario. La obra se ubica espacialmente en la ciudad de Macondo, ciudad inventada por el autor. 

 

Análisis Dentista

                El dentista, cuyo nombre es Aurelio Escovar, representa a la clase obrera. Aparece vistiendo una camisa a rayas, sin cuello, cerrada con un botón dorado y sosteniendo sus pantalones con tiradores elásticos, de postura rígida y muy delgado. Interiormente es un individuo recto, estricto consigo mismo, ordenado y hasta obsesivo. El narrador nos muestra una persona muy profesional y dedicada a su trabajo, obsesiva con la limpieza y el orden de sus instrumentos, madrugador y responsable en sus tareas. Aurelio Escovar recibía en el pueblo el trato de “Don”, ya que en la época era muy común este trato hacia alguien apreciado y respetado, y él, por su dedicación, profesionalismo y solidaridad era muy bien considerado en el pueblo, razón por la cual también, pudo ejercer su profesión de dentista sin título, ya que contaba con la plena confianza de la gente.

El dentista es un buen profesional, y lo demuestra por el orden y la limpieza de sus instrumentos, la temprana hora a la que se levanta para trabajar, su dedicación y su concentración, por ejemplo cuando se higieniza antes de atender al alcalde o cuando se sienta a pulir la dentadura postiza.

Don Aurelio se muestra como un personaje calmo y a la vez muy valiente, un claro ejemplo es, que tras recibir la amenaza del alcalde de que si no lo atendía recibiría un tiro, éste tranquilamente y sin exaltarse, respondió a la amenaza encarando la situación de igual manera, tomando su revólver de un cajón y girando lentamente en el sillón, ubicándose de frente a la puerta por donde entraría el alcalde, diciéndole a su hijo, quien actuaba como mensajero, que lo deje pasar al alcalde para que vaya a pegarle el tiro; “Bueno, dile que venga a pegarmelo”, es decir, que el dentista no hace pasar al alcalde debido a la amenaza, lo hace pasar para hacerle frente a la misma.

                En uno de los principales puntos del cuento, se ven reflejados los valores y principios humanos de éste personaje, que pese a la enemistad con el alcalde, decide atenderlo para extraerle la muela en el momento que lo mira a los ojos y ve en ellos la desesperación que el alcalde había pasado noches anteriores, es aquí que compadeciéndose del enemigo, decide ayudarlo, muestra piedad.

Al momento de atenderlo el dentista le dice al alcalde un seco “siéntese”, aquí podemos denotar la enemistad, las diferencias ideológicas entre ambos personajes, ellos luchan por diferentes objetivos y pertenecen a distintas castas y clases sociales. Seguidamente, aumenta nuevamente la tensión en el cuento, se da la situación en donde el dentista no puede anestesiar al alcalde dada la infección; “Tiene que ser sin anestesia -dijo. -¿Por qué? -Porque tiene un absceso”, lo que aun siendo verdad y cierto, genera desconfianza en el alcalde.

                Segundos antes de que el dentista le extrajera la muela, le dice al alcalde “aquí nos paga veinte muertos, teniente”, en un claro reproche y de forma ofensiva. Social, política y moralmente, para el dentista el alcalde representa el abuso de poder, el autoritarismo y la desigualdad, le reprocha en la cara su profesión tan poco humana, y que veinte muertos no es nada en comparación con la cantidad de gente que habría matado el alcalde.

Una vez extraída la muela del alcalde, el dentista le dice “séquese las lágrimas”, lo que marca cierta ironía en el gesto del dentista, las lágrimas que provocó una muela y no provocó la muerte de tanta gente inocente, actos dados por la profesión poco humana e injusta del alcalde.

Análisis Alcalde

 

                El alcalde es uno de los dos personajes principales del cuento junto con el dentista Don Aurelio Escovar. Este, dentro del texto representa la fuerza política, la violencia, el abuso de poder sobre el pueblo, en fin, es uno de los pilares del gobierno totalitario.

El alcalde aparece en el cuento de forma abrupta a través del hijo del dentista, quien es el enlace entre los dos personajes. El alcalde es la cara opuesta de Don Escovar, son dos bandos contrarios tanto en su forma de pensar, como en su forma de actuar. Él, es una persona que acostumbra recurrir a la fuerza para lograr sus objetivos, y nos damos cuenta de ello por la manera en que se dirige hacia Don Aurelio. A través del niño se ve claramente la poca paciencia y respeto hacia los demás, pues al no tener una respuesta positiva en primer término, recurre a la violencia, amenazando al dentista, que, sin embargo, le responde con total serenidad.

                   Este personaje es atormentado por un dolor de muelas, por lo tanto, acude a Don Aurelio quien es el único dentista del pueblo. El alcalde demora en acudir al dentista, dada su posición y su orgullo, sin embargo no le queda mas remedio que buscar ayuda nada menos que con su enemigo, debiendo dejar toda diferencia, tanto política como moral, de lado.

                   Se crea una tregua entre los personajes, un pacto que comienza cuando el dentista ve el sufrimiento del teniente en sus ojos y decide atenderlo. Al entrar al consultorio de Don Aurelio, el teniente dice “buenos días”, como forma de apaciguar la situación, ya que hace unos instantes le había amenazado de muerte.

Cuando el dentista prepara todos los materiales para curar el dolor del alcalde, este no deja de mirarle, no le pierde rastro a cada movimiento, lo que demuestra una actitud de desconfianza por parte del mismo, como consecuencia del temor a que Don Aurelio tome venganza. Pero el dentista es una  persona de principios muy sólidos, es un individuo que posee valores muy humanos y de soliradidad hacia los demás, todo lo contrario al alcalde.

               Mientras Don Escovar le sustraía la muela al teniente, éste observa en el techo del consultorio una tela araña polvorienta, insectos muertos y los huevos de la araña, lo que tiene una fuerte carga simbólica. La araña, aunque no mencionada de forma directa, representa la autoridad, el alcalde, el poder y la violencia ejercida sobre el pueblo. La tela araña polvorienta, el sistema ejercido; en este caso en concreto una dictadura militar, un sistema corrupto que reprime y limita la libertad del pueblo. Por otra parte, los insectos muertos simbolizan todas aquellas personas que han sido víctimas de las injusticias llevadas a cabo por el gobierno y, finalmente, los huevos de araña, representan la continuidad de esa cruda realidad.

               Una vez solucionado el problema del dolor de muela, el alcalde toma nuevamente su actitud de militar, dado que ya no sufre de dolor. Por lo tanto todo vuelve a la normalidad, se termina la tregua, los roles de cada personaje se restablecen y el distanciamiento entre ellos se presenta nuevamente, pues las razones que los obligaban a mantener la tregua ya no están.

                Cuando el dentista termina su trabajo, le pregunta al alcalde a quien le pasa la cuenta, a lo que este último le contesta “es la misma vaina”. A través de esta afirmación se puede ver claramente por un lado, el interés del alcalde por el dentista, que luego de haber conseguido su propósito se marcha, y por otro, la indiferencia ante quien va dirigida la “cuenta”, pues tanto el municipio como el alcalde, forman parte de la misma unidad.

Del sacamuelas al odontólogo - LA GACETA Tucumán

Análisis «Un día de estos» de Gabriel García Márquez»

Abrazo

El primer beso, El que ella puso en mis labios. En el segundo saboreamos la humedad. El tercero acompañara el momento de acariciar tu rostro. Tus manos peinaran el pelo y llevarás mi cara a tu pecho. Me hago viento, tierra, fuego. Llamarada que viene de los pastizales secos de soledad, que pulsa el deseo de lo inevitable. RGG

7 maneras de superar el Estrés (con imágenes) | Buenas fotos ...

El clima da sorpresas

Mayo llegó de invierno, gotas afiladas caen sobre el naranjo, que no sabe dónde guardó la gabardina; él esperaba un chubasco que lo limpiara del polvo cotidiano y no la insolencia de un gota fría y nebulosa que lo estremece.RGG

 

 

Las 14 mejores imágenes de Fotografía By. Jessy Sandoval ...

Olvido César Antonio Alurralde

 

Busco a mi perro que lo apodamos Olvido, cuyo mote jamás recuerdo. Mi mujer le colgó del cogote un collar con la palabra Olvido para ayudarme. Todo resultó en vano pues el perro se lo pasa en la calle. Yo en casa, y con mi falta de memoria, traté de llamarlo por su nombre que siempre olvido, aunque de solo pensarlo, él viene.

Las emociones dificultan el olvido de recuerdos indeseados

Escribir David Lagmanovich

 

Cuando era joven, escribía para llegar a ser. Hoy, cerca de la muerte, escribo para no ser. Mi meta es la inexistencia. Cada párrafo es un logro más en la búsqueda de la negrura a la que aspiro. Y el último párrafo, ese que quedará para siempre inconcluso, será también mi último triunfo, la definitiva ausencia de mí mismo.

Sonría si le apetece

El Novio dice : pero… ¡Tú no eres virgen! Ella al botepronto le contesta: ¡Ni tú San José!, ¿venimos a tener sexo o a armar un pesebre?

Estas son las preguntas sobre sexo más extrañas que se buscaron en ...