Desnudas de sueños

 

pareja-cafe-blogEllas compran en tianguis mercancías usadas. Hay peluches descoloridos que amontonados sobre el piso o sobre el cofre de un viejo carro, son exhibidos, también hay antiguas películas con actores que fueron ídolos y hoy nadie reconoce. Ellas compran en silencio, perturbadas por el olor intenso de las fritangas.

Hay cerros de ropa usada que la clientela revisa mientras el vendedor grita: “Pásele, pásele, todo de diez pesitos. Pásele…” Escogen, desechan, escogen, la extienden y la pegan a su cuerpo. Los sostenes son revisados prolijamente y miran de un lado a otro, lo llevan al seno para darse una idea y saber si la copa puede contener su abultada y flácida glándula.

Mujeres de treinta y cuarenta años que van y vienen cargando el sobrepeso de su cuerpo que años atrás movían con destreza en los salones de baile y que la vida se los cambió. Llegaron los hijos, pero también arribaron años y penurias. Algunas caminan solas, otras cargan o bien llevan de la mano a sus vástagos. El ceño fruncido, miradas lejanas y chanclas de plástico. En algunas aún quedan huellas que tuvieron un cuerpo esbelto y deseable.

Todas soñaron con un matrimonio bien avenido que les permitiese una mejor vida. Nada de sus sueños llegó, se toparon con la promesa, la mentirosa frase de que conmigo serás feliz, pues traigo un buen negocio entre las manos que si se me hace saldremos de este barrio de mierda. Llegaron, eso sí, hijos, pleitos, infidelidades y un chingo de trabajo para mantener a la prole. Al cuerpo se le colgó la grasa, la inflamación. Las estrías y las manchas amariposadas en la cara. La belleza, los sueños y la promesa de viajar se fueron al caño.

En la televisión, cuando las telenovelas han terminado, después de medianoche, llegan los comerciales, desfilan consejos de la medicina naturista, jabones, pomadas. Con este aparato recobre su figura en un dos por tres, de obsequio incluye un recetario. Adelgace sin sufrir, y si usted llama ahora… ¿Y si así fuese y se diesen los milagros? Piensan ellas. No, no es suficiente, ¿cómo reparamos los sueños adolescentes, y la sonrisa íntima? Ésa que viene desde muy dentro, ¿volverá?

 

 

Sonidos

Aquella tarde noche la cortina de la ventana ondulaba por la brisa, y tu pelo suelto bamboleaba al unísono con tus caderas. Dentro de tus ojos miré los barcos. Por un instante el splash de nuestros cuerpos parecía coincidir con los murmullos del agua. Te decía entre silencios que en mis años sólo estabas tú. Desperté sin ti, te busqué, mas nadie dijo nada. En la lejanía las olas seguían martilleando el risco.mujer-joven-mirando-hacia-fuera-al-mar-6078515

El papayo

CIMG_0797Salió como lo hace un hongo en los días de humedad. Nadie se dio cuenta de su nacimiento. Después, a base de empujones, logró hacerse notar, sin embargo, la penuria de sol, la tierra seca y la competencia criminal lo destinaron a ser enano. El tallo con jorobas doblado a la izquierda, luego, a la derecha por su constante búsqueda del astro. Se quedó sin hojas, pero nunca renunció a trascender. En un parto prolongado, libró los obstáculos y cuajó una papaya petisa, pálida y desnutrida. Con respeto acaricié el fruto y lo abrí y supe que tenía una carne maltratada y sin sabor. Dentro, casi escondidas entre sus pliegues, había cinco semillas oscuras y redondas donde, seguramente, se había escrito su fortaleza y la promesa de mejores tiempos.

Venganza

mujeres—¡No me toque!
La voz suave y delicada dio paso a una enérgica y dura. Julián no esperaba esa reacción de Amalia. Ayer habían caminado por la arboleda tomados de la mano y por la tarde disfrutaron de café con galletas que había horneado su madre. La mirada sonriente de ella se había transformado en punta de lanza, y la boca de él era una mueca por la fuerza con la que apretaba las mandíbulas.

—¿Acaso cree que no me iba a dar cuenta? ¿Qué me embaucaría como seguramente lo ha hecho con otras? ¿Acaso piensa que porque vive lejos de esta ciudad no hay gente que lo conoce? Es cierto que han pasado dos meses que lo trato y que cada vez que le pregunto por su familia me evade. Tarde, pero abrí los ojos. Antes de que lo corra, déjeme decirle que vino a esta casa para vengarse de mi madre. Prometería desposarme y, seguramente, el día de la boda, me dejaría plantada ante el juez. Mi madre no tiene la culpa, la culpa es de mi padre. ¡Ande, aquí tiene una pala, desentiérrelo y exhíbalo en el pueblo! Bastante dolor ha sentido mi madre al saber que mi padre tuvo una primera esposa, y que usted es hijo de su primer matrimonio. ¡Ahora lárguese!

intertextualidad, afliccion de electra, O neil

Ausencia

palomassMe quedé indefenso, turbado, al ver la sonrisa de collar que rompía el día; no me contuve y le grité—espera— Fue una voz astillada de silencio y ella se perdió entre las voces adosadas del viejo muro y el aleteo de las palomas que bullían en el campanario.

El gober

Inserté el anuncio en la sección de «Empleos» donde solicitaba un licenciado en Ciencias Sociales con carácter y capacidad para resolver problemas. Pasé días entrevistando gente en una oficina que no es la mía y que estaba alejada del centro urbano.

Cuando lo tuve en frente, vi que era el hombre que buscaba: frente amplia, cejas robustas, de mediana edad, ojos grandes que despertaban simpatía y un movimiento rápido que reconozco sólo en las personas observadoras. Era alto, recio y con la piel aceitunada seguramente por frecuentes caminatas bajo el sol. Discutimos el sueldo, y acepté su propuesta. Le pagaría de acuerdo a los resultados.

La zona indígena de la región de la montaña andaba alborotada. Él tendría que llevar en una mano el pan y en la otra el fuete. Tenía libertad para decidir. Si una situación escapaba y había difuntos, yo tendría a quien echarle las culpa. ¡Joder! En la actualidad los “ “chivos expiatorios” le salen caros al gobierno.

A quienes sigo y aplaudo y a mis seguidores

Desde hace como quince días deje de recibir en mi correo sus textos, como soy torpe con la informática no sabía como resolver el problema. Una luz se filtró en mi entendimiento y supe por el mismo google que era posible que un extraño haya metido mano en mi correo y haya mandado a spam todos mis contactos. Casi resuelvo, pero me será complicado leerme todo lo que se ha generado en quince días o más.

Ya me he subido al ring del quirófano en varias ocasiones y he salido bien librado, en los próximos por venir, tendré que volver, todo por la rebeldía de una vertebra lumbar que se ha salido del orden establecido y me ha estrechado el canal medular. «puede quedarse así, si lo desea, pero le recuerdo que nunca he visto una columna vertebral que al pasar los años se rejuvenezca» Ante tales sustentos, no me queda mas que decir… «Bien, para cuando, nos comemos el pollito» Recordé a mi madre, cuando nos llevaba  de visita y  estando en casa extraña, hacíamos ruido o corríamos y discretamente me decía «cuando lleguemos a casa nos comeremos un pollito» En mi inocencia, le recordaba «mamá a que horas nos comemos el pollito»

Espero su benevolencia y aunque con irregularidad pero estaré dándome el placer de leerlos.

Abrazos de Sendero.

 

 

 

Shou

tabledance1708513jpg Camino por las enredaderas de tu pelo,
 los entretejes de tu pensamiento
y me acercó a las fuentes de tu deseo.

Te despierto con una caricia,
y  tomo el mejor asiento en algún recodo de tu mente
y a media noche: aplaudo a rabiar el tabledance de tu libido.

La cocina de mamá

cocina-rural-mexicana-vieja-20931899La s gotas frías caen perseverantes sobre la hoja de plátano y el ruido tamborilea en mis oídos.
—Esta silla es mía.
— ¿Quién te la va a quitar, tú?
— ¡Mis hermanos, mamá, mis hermanos!
—Deja de hacerte el chistoso, pues bien sabes que no tienes hermanos
— Bueno, por si las dudas.
Mamá se arrima al fogón, sopla con fuerza para que la lumbre baile alrededor de la sartén y escucho el chirriar del aceite. Al poco rato me llega un rico olor a plátanos fritos y ese aroma que no se ve y que despierta ansias. A mí me lo dan con leche porque los chiquitos no deben tomarlo solo. Me froto las manos para quitarme el frío y mamá me dice cuando sorbo: “Te vas a quemar”. Si supiera mi mamá que cuando ella se descuida me lo tomo bien caliente y negro.
En la cocina de mamá se está re bien; hay plátanos, galletas y café. Ella a cada rato me acaricia y me pregunta — ¿No quieres más?
Afuera, el agua se envuelve con el frío y la hoja de plátano al caerle la gotera parece que tirita…

Eres

Paisaje-sideral-901331Estás llena de asombro: osos que parecen de hielo y retoños de bambú que cubren gacelas. Percibo la vida cuando tus pies  encienden mi espalda. Me gustas en tu grito y callo. ¡Me gustas como la tierra! Tienes agua termal en tu vientre, rosetas en tus volcanes, y viento cuando el maíz se entrega. Me gusta que circules abrazada a mí como gigantesco anillo, y canto enloquecido uniendo mi grito al escándalo de los tordos. Grito sideral que corre tras las cometas, diciéndote que estás en mí, como yo estoy en la tierra.

El camión de la media noche

cabaLa lluvia menuda y fría moja la oscuridad y los pastizales. En la peligrosa curva se oye el pujido asmático del último camión de pasajeros que conduce a la ciudad. El grito de los pájaros anuncia su inminente llegada. Si deseo abordarlo, es preciso salir corriendo de la cabaña hacía la carretera.

Mi mano arqueada se abastece de la curva de su seno. Ella reposa su cabeza en mi brazo. El estremecimiento ha dado paso a la languidez. Mañana muy temprano saldré sin despertarla.

Ajedrez

ajedrez

La sábana color madera se tiende lisa. La luz traspasa los vidrios de la ventana proyectando un tablero sobre la cama. Ella, una reina blanca; él, un alfil ébano. Aún estremecidos, evocan la reciente batalla.

 

Tu nombre

prehistoriaLo deletreo en el agua, lo escucho en la corteza de los árboles y la bóveda de mi oído lo escribe y reescribe en sus paredes. Hace millones de años besé tu boca de reptil y fuimos uno en el nido de los hongos. Beso helecho que cae desde la montaña, beso viejo de tiempos, beso anfibio que respiro en mis lagunas y me lo repite el toc toc del pájaro carpintero.

Ramo de ojos

zopilotesImpulsado por un olor, se levanta. No lo piensa dos veces. Busca el bordón, traspone la puerta y camina hacia las afueras del pueblo. Claramente  escucha el roce del viento en las plataneras, el silbido profundo de las aves insomnes y el grito lejano de los animales del monte.
Va rumbo a la cañada ensimismado. trata de recordar los hilachos de su sueño cuando, al pasar por debajo de un enorme zapote, un pájaro aletea cerca de su cara y el susto lo hace trastabillar. Después, pasos adelante, un aroma se le escurre por su nariz aguileña. Sube con dificultad. La humedad de las lajas hace que resbale, y tiene que detenerse para afirmar bien el paso.
Cuando llega a una cima, la luz de la luna le muestra la sombra de la higuera y,  abajo, sobre la falda del cerro, se perfila el cementerio.
Allá, camino al río, vivió con su madre. La visualiza lavando montones y montones de ropa ajena, barriendo la minúscula hoja del tamarindo y dándole a los pollos las sobras de la comida.

Ahí se recordaba él,  en el patio. Con su pantalón raído, flaco, mugriento y con la mirada atenta.
Absorto, veía cómo un polluelo apresaba con el pico una lombriz y, detrás de él, dos de ellos lo correteaban ferozmente por todo el patio. Se fue tras los pollos, los apresuró hasta que vio que daban vueltas, piaban lastimeramente, y caían al suelo con los ojos muy abiertos.
Repetía la historia las veces que podía, siempre burlando la atención de los mayores; hasta que, cierta vez, a mitad de la diversión, se dio cuenta que su madre iba detrás de él, con una vara afilada que, al blandirla, zumbaba como lo hacen las moscas del inodoro.  Se ocultó bajo el guayabo que, por estar cargado de frutos, hacía que las ramas se doblaran ofreciendo un buen escondite. Tirado en el suelo, percibió el alboroto que hacían las gallinazas cuando buscan sitio para dormir; una de ellas se vino hacia abajo, arrastrando frutos maduros y media docena de larvas negras y peludas que cayeron sobre su espalda. Empezó a dar gritos de dolor que llamaron la atención de la mamá.

Tres días estuvo en cama sacudido por las fiebres.
Tiempo después, discretamente, volvía a las andadas. Buscaba entre los montes aves extraviadas, o bien él las hacía perdidizas para corretearlas en  los potreros , o entre los helechos que crecían en el monte.
Les sacaba los ojos por el espanto y después miraba cómo daban vueltas, en un piar sin freno, que terminaba cuando el ave doblaba la cabeza y caía de lado, dando dos o tres aletazos, poco antes de morir

El alba ya viene; el viento mecía los frutos sacándole  los olores y esparciéndolos en  el camino. Por  un momento, parecería  que  atardece  y, que  la noche  caerá en una brevedad. En ese clarooscuro el bordón  resbala; pierde el equilibrio, da varias vueltas, cae y, sin poder detenerse, la inercia lo saca de la vereda y rueda, golpeándose; quiere asirse de las raíces, pero éstas se le escapan de entre los dedos y rueda hasta el fondo de la cañada.

Su cabeza, su cuerpo, dan vueltas, respira con ansiedad, percibe la humedad y el sonido del agua que corre, así como la sombra de un frutal que se recuesta en la mitad de su cuerpo.

Tirado, su corazón corre con frenesí. Quiere sentarse y, al apoyar la mano, rompe la corteza de un fruto: por su mano corren mil pies. No puede evitar la nausea, cuando los gusanos reptan por su palma y suben hacia su brazo.

Al dirigir la mirada hacia arriba observa a unas aves encuclilladas que, en hilera, lo escrutan con fingida indiferencia. Aletean al parejo, como si quisieran iniciar el vuelo.
Pero no; sólo llaman a otras plumíferas que planean en círculo y que se retratan, sonrientes, en los ojos del viejo.

La mañana se abre con un insolente olor a guayabas.

La metamorfosis (2)

esSoñé que corría desorientado por los arenales y los hilos de las telarañas cruzaban mi cara. Respiraba haciendo hipos y por el frío de la madrugada mi cuerpo era un temblor. Anteayer cuando leía el periódico, miré hacia la ventana y no pude percibir el reflejo de mi rostro. Lo atribuí al cansancio. Una mañana frente al espejo, quitándome una escama de la cara, vi que uno de los dedos faltaba. Sonreí. Pues me percaté que éste se escondía detrás de los otros.

Los sueños no variaban. Corría entre los arbustos preso de confusión sobre los médanos. En las espinas quedaban jirones de piel. Algunas veces escuchaba el ruido sordo de mis pisadas; en otras, el murmullo del mar y el silbido de la brisa cuando ésta roza los tallos secos de las ramas.

Siempre de la oficina a la casa. Si acaso pasaba a una tienda a comprar víveres, la mayor parte de las veces latas de salmón, en la creencia que el aceite era bueno para las funciones mentales. Leía y leía; y de pie, miraba la calle y a la muchedumbre hasta que ésta quedaba solitaria, moviéndose solamente los colores del semáforo.

Las noches transcurrían con lentitud. Mi corazón parecía anunciar con su tambor un espectáculo circense. Ése, donde el lanzador de cuchillos parte a la mitad una manzana que descansa en la testa de una mujer hermosa.

Revoloteaba en la cama como una libélula que aletea dentro de un frasco de vidrio. Cuando me situaba en posición fetal, el corazón parecía ubicarse dentro de mi boca, y el latido repercutía en las sienes. Las horas se hacían lentas, y la mente era una pizarra que cultivaba voces e imágenes que una tras otra se proyectaban y desaparecían, para dar inicio a otra serie. Escuchaba el carro pasar, un grito lejano y el ulular de una patrulla. Veía la transparencia de la luna reflejada en los vidrios de la ventana. ¿A qué horas el sueño llegaba en mi ayuda? No lo sé, pero cuando abría los ojos, rumiaba un cansancio apelmazado.

Un domingo lluvioso desperté. El frío dormía en mis pies y busqué otra frazada, temblé, hasta que el sueño – bendito sea- llegó. Bajo las sábanas vi la hora, eran cerca de las cuatro de la tarde. Recordé que la despensa estaba vacía y con gran pereza me vestí para ir al supermercado. Antes, pensé en tirar la basura acumulada de hace una semana, pero me dije: mañana. En la tienda, después de comprar lo de costumbre, tuve dificultades para coger la billetera y sacar el importe.
– ¿Le pasa algo, me dijo la cajera? ¡Se ve transparente!
Sonreí, le di las gracias y contesté.
– Debe de ser el frío de diciembre.

Un día me sorprendí por no percibir el olor del café, observé que mi foto en el buró era sólo una mancha de claroscuros y que el recuerdo de su visita a mi departamento se había envejecido.

Recordé súbitamente que ella, al mencionar nuestras vivencias, las refería siempre en pasado. Miré el algodón de la fina camiseta que un día me obsequió, había máculas de un rojo óxido. Un algo del corazón me dijo que debía acariciarla, pero al hacerlo noté con gran pesar que la tela ya no respondía a mis manos. Entonces caminé de un lado a otro sin sentir mi peso y observé que al fondo del cuarto, se abría un rayo de luz y que en la parte superior danzaban finos corpúsculos. Salté una, dos y tres veces hasta que conseguí atraparlos y tenerlos entre mis manos. Curiosamente después de mi esfuerzo, me perdí entre ellos.