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Ratones
Éramos chavales, niños grandes. Al regreso de la escuela pasaba por tu casa que parecía tener en la ventana figuras de ratones. Un día me regalaste una corbata tejida con la palidez de tus manos. Nos citamos por el camino de los pájaros. Te quité tus cántaros, se perdieron espacios y mi aliento sopló en tu barro. Fuimos flauta que el viento hizo sonar.
Mortalidad feliz
La flor
Escuché atento. Seguí con la vista la mirada del águila. Estábamos en lo alto de un risco y divisé entre el mar la barca de los pescadores.
– ¿Has notado que el amor tiene muchos caminos? Es como una cabellera: veredas que van, lunas frías que pasan sin retorno, trópicos que los pájaros dejan caer, tejos que mueven el corazón. Fíjate en la piedra salobre donde el mar da las horas. Es una lápida que la gaviota desprecia y donde anidan remolinos de viento. En el medio se da el parto de la vida: hay una flor retadora que se levanta, desafiando al viento, al mar y a la gaviota.
El gato del tejado
Me dicen el gato del tejado porque me gusta trepar a los techos para contemplar a los que pasan. ¿Ven a ese niño de pelo oscuro, ojos grandes y mochila azul? Es Armando. Regresa de la escuela y no se ha dado cuenta de que se va a tropezar. Siempre anda soñando como el ave cuando navega en el cielo. Aquélla es María. Una simpática niña muy amiga de él. Van a la misma escuela y son compañeros de clase.
– ¡Te vas a tropezar Armando! ¡Mira por donde andas! Le dice María.
Él reacciona y evade el tronco, levanta su mano y la saluda con alegría.
Ella también tiene sus sueños. Sueña con ser doctora para curar a su padre y comprende que debe aplicarse en el estudio para que cuando sea grande, su corazón abarque a los que sufren sin quejarse.
El cielo ya se pinta de grises y naranjas, debo regresar; la anciana a la que acompaño estará preparando el café con pan y me extrañará, si no me acurruco entre sus piernas pidiéndole leche.
Ojos
Cuando los sueño en mi pecho, despierto con el aroma de tus cabellos, color de mazorca criolla, y de vientos que hacen bailar a la flor de caña. Corremos por los pastisales de la sabana hasta el mangal, donde las vacas echadas reposan del capricornio. Buscamos tarro seco y te adiestro en volar cometas. Tomo el papel, e imprimo mi boca y sobre el hilo de la pandorga vamos tu y yo. Juntos. Juntos por siempre, te digo. Aùn de madrugada, se escucha el tren, ruido de vìas y de nuevo me duermo. La mañana es insolente en el asilo.
La noche y ella
Entre el pinar el viento tañe la quena. Los pastizales guardan silencio. Sobre la oscuridad del asfalto, en la peligrosa curva se oye el pujido asmático del ultimo camión de pasajeros que conduce a la ciudad. El grito de los pájaros me anuncia su inminente llegada. Si deseo abordarlo es preciso salir corriendo de la cabaña. La neblina fría hace que la media noche sea tenebrosa. No muevo mi mano arqueada sobre la curva de su seno, mientras mi brazo sirve de almohada para la nuca que duerme y suspira. La languidez y el silencio nos envuelven. Nuestros gemidos tiene rato que se fueron. Mañana muy temprano saldré sin despertarla.
Clik
Hay sonidos microscópicos:
cuando el talón hinca un tallo reseco…
A nadie ofende,
o atemoriza.
Son fugacidades
que suceden en el camino. En mi interior hay pasos
Y talluelos a la vera
que se rompen:
como la vez que un hijo nos miente,
un amigo que defrauda,
o nos consume la incertidumbre
al enterarnos,
que ya no somos lo mismo
ante los ojos de la persona que amamos.
Es un clik breve, Intenso,
un alfiler que penetra;
un dolor que nos hace bajar la cabeza,
por días o toda la vida.
Vives en dos mundos
Despierto cuando beso tus caderas. En otro sol descubro el diapasón de tus ojos y la luna de tus hombros.
No estés triste. Recuerda que vives en dos mundos. Soy el de la noche que resbala por tus pestañas y después rodea tus muslos.
No estés triste … son complemento. Así tus hombros… así tus pechos.
En el día eres de él, en las noches vienes conmigo.
El psiquiàtrico
Los amantes
-Alguien cuchichea – se dijo el esposo que estaba acostado y recordó las palabras del yerbero: “La hierba rumorosa debe su nombre ya que poco antes de que aparezca la muerte, la gente mastica sus pensamientos, como si rezaran.”
La habitación tenía pintura deslavada. Al fondo, la estufa de carbón prendida hacía bufar un caldero que desprendía vapor y humo, el cual intentaba aminorar el frío en la casucha de lámina.
– ¡Con qué claridad habla mi odiada esposa! ¡Escuche lo que dice!
– Él es hediondo, obeso, sedentario, fumador y sordo. Su gesto indica que no da crédito a lo que digo. Seguro que no tarda en morirse, la pócima que le di está en proceso, pues el oído capta el más leve cuchicheo después de ingerida. ¡Bendito pulque que permite combinarlo con cualquier fruta! ¿Quién puede pensar que lo he envenenado? El médico dirá que fue un ataque al corazón. ¡Me importa un rábano que escuche! ¡No sé cómo pude soportar tanto!
El sujeto antes de morir comprendió. Tuvo fuerzas para irse sobre su mujer y forcejear. Abrazados y con la cara de ella sobre el hueco del hombro, los encontraron sin vida. El diario exhibió la foto y al pie de la página se leía: “Victimas del frío. Se amaron hasta la muerte”.
Salgamos
El momento
Dualidad
La yegua
La yegua tenìa asma y sudaba copiosamente. Estaba encharcado de mis corvas y la silla se movia de un lado a otro. Transitàbamos pegados a la montaña y a veces frunciendo la mirada olìa el desfiladero. Al pasar sobre una peña, la silla resbalo: mi cabeza abajo y los pies mirando el cielo.
-¡No se mueva! ¡no se mueva! ¡Aguante, aguante…! ¡Ya vamos! ¡Agarra la pinche yegua! ¡Cuida que no resbale! ¡Putas madres! Si nos quedamos sin médico: ¡Quién chingaos nos va a curar ey …ey… tú pendejo, amárrale las patas al doctor, qué no se vaya a caer, porque el pinche pueblo se queda sin matasanos. ¡Y todavía no lo probamos! ¡ Tánto trabajo que nos costó convencerlo!
Dále un vaso de caña para el susto, y otro para que le vuelva la sangre…
No se preocupe doctor: ya verá que en el camino y en la vida,
siempre nos topamos con yeguas mañosas.







