LAS VÍBORAS
La tarde, todavía, giraba señales: bandadas de pájaros peleando por las mejores ramas, el café tostándose en los comales de barro. Bajo las puertas, asomaba la luz desteñida de los quinqués; y entre la hierba de los patios, salían los gruñidos de los cerdos y de las calles, el griterío de los chamacos que retozaban de una calle a otra.
Esa noche, prendí las lámparas y saqué de mi cajón las barajas de naipes. Loño vendría y jugaríamos una partida para ir matando las horas. En lo mejor, su grito me sobresaltó.
— ¡Súbase a la silla médico! Acaba de entrar una víbora.
Hizo la silla a un lado, desenfundó el machete y fue tras ella. Instantes después, la culebra se movía sin cabeza.
—No está muy grande, pero su mordida puede mandar al panteón a cualquier cristiano. Por precaución, médico, antes de dormir abra bien los ojos, no sea que por allí esté la otra.
Después, seguimos la partida de naipes.
Ha pasado mucho tiempo y aún recuerdo -con claridad- lo que pasó desde el momento en que la víbora entró hasta veinticuatro horas después. Sigue leyendo «Un paseo por la montaña. El ciclo doloroso»












