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Un paseo por la montaña VII
CAPÍTULO VII. ESCUELA Y MENTORES
Un médico tiene que vincularse con los maestros. Ellos se convierten en luces para la población marginada; batallan por la falta de recursos. Primero, instruyen a los niños indígenas en el español para después enseñarles a leer y escribir. Luchan contra la desnutrición, la pobreza, y la necedad de algunos padres.
Conocí a un maestro que era víctima del alcoholismo. En la mañana, enseñaba y, en la tarde, ingería hasta perderse. Conocí, también, a Santos, que tenía deseos de que en el pueblo existiese secundaria. Cuando me dio la noticia de que habían aprobado la propuesta, se lo aplaudí, así, cuando me invitó a dar clases de biología, lo acepté. Revisé a todos los niños de la primaria, impartí pláticas a diferentes grupos y conviví con ellos.
Por ese entonces, me regalaron un puerco grande, pero flaco. Me dediqué a engordarlo, para obsequiarlo al comité pro construcción de la escuela. Para tal cosa, organizamos un baile. Las veces que había asistido, sólo ponían bancas pegadas a la pared donde las muchachas se sentaban. Los varones de pie, haciendo bola y tomando cerveza. Esperaban que el conjunto tocase para sacar a bailar a su dama de preferencia. Cuando el puerco engordó, el día del baile, adornamos la pista con palmeras y hojas de plátano, se consiguieron mesas y manteles. Hubo refresco, cerveza y carnitas. El salón lució como nunca. Los muchachos de la escuela la hicieron de meseros y la fiesta terminó después de la media noche dejando ganancias al comité.
LLEGÓ Y SE FUE
Un maestro nuevo. ¡Por fin llegó! El más contento era el director, que atendía a tres grupos. Los padres de familia habían levantado otra aula, para que el docente recién llegado auxiliase. El maestro venía de la ciudad y fue recibido por su colega, quien le mostró dónde viviría.
—Has llegado oportunamente. En la noche hay baile y habrá muchachas que te querrán conocer.Sigue leyendo «Un paseo por la montaña VII»
El niño y el anciano
Tengo que admitirlo. A mis setenta años, en las noches escucho los horrores de aquel momento. la cortina se mueve, suspiro y trato de dormir; aunque el presente me propone un final cercano.
Sudoroso y tenso, percibo los latidos desordenados de mi corazón. Con esfuerzo me siento y voy al baño. Orino sobre la blancura de la taza y el chorro final se queda a medias, pujo hasta que las gotas se reúnen en un flujo fatigado. Camino
a tientas hacia la cocina para tomar agua: me calma el ardor y mi panza se vuelve tolerante.
Mi oído es muy perceptivo; la familia ignora lo bien que escucho. Soy un anciano subordinado, que vive gracias a Dios y a las medicinas.
Sin embargo, mis parientes han decidido adelantarme la muerte. Mis bienes, prácticamente ya se los han repartido; no les pertenecen, pero saben que en el futuro los tendrán.
Cuchichean en los pasillos: cómo irán vestidos cuando esté en el velatorio, qué bocadillos darán y discuten, si me llevarán a la iglesia antes de darme sepultura.
Sí; ¡tengo deseos de abandonarme a la corriente! No soporto este duelo diario, mas una mano pequeña, dentro de mí, me dice que no.
Y entonces sobreviene el recuerdo de cuando tenía diez años.
Vagaba por el malecón y me distraía mirando el río. Mi padre en la cantina, mamá en alguna casa lavando ajeno para darnos un pedazo de pan. llevaba las ropas sucias, raídas y los zapatos gastados.
—¡Chamaco, chamaco! Sigue leyendo «El niño y el anciano»
Un paseo por la montaña VI
ALGUNOS PACIENTES Los ahorcados
—Es camino a Chumatlan, no hay pierde, llega hasta la casa de tarro, techo de palma, está bajo dos árboles de Zapote. Usted pregunta por los ahorcados y luego le dicen. — ¿Ahorcados?
— Sí. Dicen que en esos árboles ahorcaban gente.
No fue difícil dar. Reconocí al enfermo: muy delgado, respiraba con dificultad y con fiebres que lo llenaban de sudor por las noches. Tos de meses. Un mal con siglos de historia y que conocemos bien: “Enfermedad de pobres con tratamiento de ricos”, nos decían los maestros. De poco sirven las medicinas, si no hay una buena alimentación. Por más que miraba y miraba, sólo había pobreza. Por fortuna, traía medicinas para el mal, pero habría que insistir que con un mes de tratamiento no bastaba. En aquellos tiempos, se tardaba un año para completar el proceso. ¿Y el alimento, de dónde lo sacarían? En el pueblo, cada semana mataban res y cerdo, dos o tres veces. Gallinas en el patio no se veían. —Come cada tercer día carne de tlacuache. Con eso empezarás a engordar, pero no te olvides que es un año de tratamiento.
Dejé de verlo, y en una ocasión, el día de la plaza, entre tanta gente, una persona joven me enfrentó. — ¿Ya no te acuerdas de mí? Qué difícil, la verdad nunca he sido buen fisonomista y cuando la gente
pertenece a una etnia y visten igual, pues mucho menos. — Yo soy el enfermo que fuiste a ver a la salida de Chumatlan. Tengo la casa debajo de los “ahorcados”. — ¿Tú eres..? Mi sorpresa consistía en que éste se veía gordo, luciente, enérgico. — ¿Te sigues tomando las medicinas? —Sí, pero lo que me está curando es la carne de tlacuache que me recomendaste, pero ya me chocó. ¿Puedo comer carne de gallina?
LA GASTRITIS
Había otros pueblos de la sierra que tenían mejores condiciones. Disponían de un centro de salud, luz eléctrica y vías de comunicación. Era el caso del pueblo de Coyutla. Aunque estos poblados están al pie de la sierra cuando el calor aprieta, se siente el pellejo colmado de ardor, pero teniendo luz, un ventilador mitiga el sofoco. Tuve un amigo que hizo su servicio social unos años antes de que yo hiciera el mío. Una noche que compartimos, me hizo la siguiente confesión: -En tres días no hubo luz en el pueblo. El sol rompía y mi cuerpo era una esponja seca. El ventilador parecía meditar. Había terminado la consulta. Pronto, darían las dos de la tarde, y me urgía algo frío. Recordé que el comercio que tenía ese producto era la cervecería de Pancho, pues disponía de un refrigerador de petróleo que aún daba pelea. Pensaba decirle a Filemón que me acompañara, pero en la mañana salió con sus mulas. Así que repasaba, mentalmente, qué amigos podrían estar dispuestos, pero todos estaban en labores. Poco antes de terminar mi horario de consulta, llegó un paciente. Entre el bochorno, el sudor que brotaba de mi testa, le comuniqué, que tenía una gastritis y que debía tomar su medicina con apego al horario; que tuviese cuidado de no ingerir irritantes. Nada de chile, nada de grasa, nada de caña y venga dentro de quince días. Cerré el consultorio y fui a dar de vueltas al centro del pueblito con la esperanza de encontrar a un conocido, pues me desagrada estar en una mesa en silencio, nada como algo frío en la mano y una buena plática. Sin embargo, a esas horas, encontré lagartijas, señoras comprando de última hora, pero ningún amigo. Estaba bajo la sombra de un árbol cuando pasó el enfermo de gastritis. No le dejé decir nada. Le abracé, y pronto charlé como si no le hubiese visto en años. Él me miraba sorprendido, no dando crédito. — Sígueme, aquí hace un calor que no se aguanta— y a empellones le metí a la cantina, ya sentados pedí dos cervezas, venían chorreando de agua helada y le digo ¡Salud! — Yo tengo gastritis, no puedo tomar. — ¿Quién dice que no? — Pues usted. — Yo no me acuerdo. — Me lo dijo hace como una hora. — ¡Qué memoria tengo! ¿Y qué te dije? — Que no podía comer, ni chile ni grasa. — ¡Ah! pero la cerveza no es ni chile, ni grasa. — Pero irrita. — Bueno, irrita, si está muy caliente, la que tenemos está más fría que una muerta. — Digamos entonces… ¡Salud! De dos tragos terminé el contenido y él, temeroso, sorbió un poco, después cerró los párpados y se la empujó de un trago, tomó resuello y me dice: — Médicos como usted, hay pocos. ¡Me caí de madre! Yo no le hacía caso, sólo doblaba mis ojitos para decirle a Pancho que me trajera otras dos.
CUANDO UN RICO SE ENFERMA
Fue en la madrugada. Tocaron a mi puerta. Supe que la esposa de Walo tenía un fuerte dolor. Poco después, iba rumbo a su rancho, adolorido por el golpe que tuve al caer del caballo brioso. Acostumbrado a mi yegua, jalé la rienda sin precaución, y el caballo relinchó. Iba imaginando cómo fue mi caída y la suerte que tuve de no lastimarme, ya que el suelo era rocoso. Me reí, tengo dura la cabeza.
La señora de treinta y tantos años, refería un dolor bajo la costilla del lado derecho de gran intensidad. Descarté inflamación de apéndice y administré analgésicos. Media hora después, el dolor cedió. Cuando su marido me preguntó si le volvería el dolor, le dije que sí. -Requiere estudios y probablemente termine en cirugía.
Horas después, llegó una avioneta. Más tarde, abordaría un avión para que la trasladase a la ciudad de México, a un centro hospitalario de lo mejor en aquel entonces. Poco antes del mes, había regresado, con menos kilos y con una cicatriz en el abdomen. Los ricos de todos lados así se curan, siempre y cuando, la vida les dé oportunidad de llegar al hospital.
El pobre se cura con hierbas y a la buena de Dios, también, si tiene suerte de encontrar pasante y medicina. Porque si no hay medicina, de qué sirve el mejor diagnóstico. Es real decir que el médico deja de ser médico cuando carece del recurso. Se nos olvida que debemos conocer sobre medicinas alternativas y, llevar una buena estrategia educativa para enseñar y promover la salud: con el paciente, con los grupos, en un marco de respeto a su cultura.
Un paseo por la montaña(V)
El consejo de un maestro hacía eco: “si ven a un dentista en el pueblo, quiere decir que hay recurso, pues los servicios de ellos son caros”. Era cierto que en el pueblo no había un odontólogo de forma permanente, pero llegaba uno cada mes que recorría las comunidades de la sierra. El pueblo de Cox estaba en su itinerario. Nunca lo conocí personalmente, pero sí por las consecuencias de sus tratamientos. Cuando no había muelas que sacar, simplemente, se cambiaba de profesión y le daba por recetar.
—Doctor, va a pasar mi hermano por usted. Mi papá está enfermo.
Arreglé el maletín y, sobre la yegua de nombre Gurrumina, salí a ver al enfermo.
Fueron como dos horas de camino. Setenta y tantos años. Delgado. Lo encontré acostado con aparente buen estado general. Se quejaba de un dolor en el abdomen, del lado derecho, a nivel de la cicatriz umbilical. A veces, colmaba en la boca del estomago. Dolor de pequeña a mediana intensidad que tenía día y medio de haber iniciado. Él le echaba la culpa de su enfermedad a unos elotes tiernos que había comido por la noche. Lo exploré con toda la atención puesta en el dolor. Recordaba a mi maestro de salud pública: “la muerte campea en los extremos de la vida”. Repetí la toma de la temperatura, tanto axilar como oral, y encontré que estaba por encima de los 37.5 grados, sólo unas décimas. Me tardé en revisarlo, pero al final, deseaba de todo corazón el apoyo de los datos de laboratorio. Allí, no había. Sólo un paisaje de vacas pastando, gallinas correteándose en el patio y guajolotes esponjados.
— A tu papá hay que trasladarlo a un hospital; el dolor que tiene puede ser causado por el apéndice inflamado. RequieroSigue leyendo «Un paseo por la montaña(V)»
Hojas sueltas
Entregado al hastío, pasé noches complicadas, casi enfermizas. Necesitaba un desahogo. En el pasado, lo tuve con tus pláticas que prometieron juntar mejor, las vocales. También, husmeé -en la casa antigua- los connatos de muerte que viví en callejones o entre aguas torrenciales.
Un día, fui al consultorio y entre el hedor del silencio, me nublé cuando vi el cielo de mi cueva despedazado, el piso parecía un mapa , los azulejos sin vida y un aire enrarecido, triste y desesperante.
Mis libros y los obsequios de mi despacho se habían hecho, escandalosamente, autistas. Había llovido la noche anterior y ésta se acomodó en los rincones y reproducían el drama.
Cerré de inmediato. Busqué ayuda. Volví a levantar lo que fue mi cueva, mi espacio de amante. Pasaron meses, pero lo logré.
No, no es para dar consulta, sino para sentarme en el escritorio de vez en cuando, y reconciliarme con algunos paréntesis de felicidad, como la vez que por alguna razón, me encontré -de nuevo- con la poesía que me llegó lejana, viva y enorme.
Un paseo por la montaña. Cap IV
CLASE Y GENTE
CACIQUE VENIDO A MENOS
Don Germán me rentaba la casa que convertí en consultorio. Pagué una mesada exorbitante, según el juicio de la gente. Cara dura, sombrero fino, botas relucientes, cuerpo recio. Sarcástico y rapaz. Un hombre casi de sesenta que fue el número uno en bienes y que había ocupado los principales cargos en el pueblo, destacado ganadero y un jode indios.
El domingo, se mecía en la poltrona y averiguaba quiénes iban o venían; daba la impresión de ser un ojo en feroz vigilia. Si alguien de calzón llevaba un guajolote a vender al mercado, él lo detenía y en dialecto preguntaba el precio. Si no le gustaba el costo, decía “pago lo que pese” y entre esos tratos, el hombre dejaba el animal, lo cambiaba por mercancía de su tienda o, en el peor de los casos, le daba aguardiente y el hombre se iba a su choza dando tumbos, sin guajolote, sin dinero y sin víveres.
—Buen día don Germán —dijo el sargento. —Buen día tenga. ¡Y este caballo retinto, no se lo conocía!
—Apenitas, lo acabo de comprar. Los ojos escrutaron, le abrió el hocico al equino.
—Si no es indiscreción sargento, ¿en cuánto se lo dieron?
— ¿Pa cuánto le gusta? —Es más espejo que caballo, cuando mucho vale…
—¡Es la mitad de lo qué pagué!
—Pues se ajusta bien al dicho.
— ¿Cuál dicho? —Mejor pregúntelo. Puede ofenderse. El sargento esbozó una sonrisa, como no dándole importancia al asunto.
—Dígamelo, ¿o acaso no somos amigos?
—Si insiste se lo diré. El dicho dice que detrás de un tonto siempre hay otro.
—No sabía, pero lo tendré en cuenta para que no se olvide.
El sargento espoleó rumbo al centro del pueblo, moviendo la cabeza.
Un cacique venido a menos, pero el genio y la figura persistían. Su visión era que a la vida había que sacarle provecho.
Conmigo no fue diferente. Cuando enfermaba, se atendía en la capital y pagaba generosamente sin rezongar.
—Doctor, inyécteme mañana y noche.
—Claro que sí, don Germán. Durante cinco días, lo hice religiosamente. Una, a las doce del día; y la otra, a media noche.
— ¿Cuánto le debo? —Doscientos pesos
— Doctor, si doña Nila me cobra a cinco pesos la inyección.
— Doña Nila no fue a la universidad. Yo le cobro una consulta diaria por tratarse de mi rentero. Deben ser dos; una de ellas, a media noche. Por supuesto, nunca volvió a llamarme para que lo inyectase. Me desagradaba su manera de ser.
Un día, llegó Celedonio con un campesino a ofrecerme una yegua. —Es mansa, camina rápido y no es nerviosa. Hice la compra y, después, iba a ver a los pacientes alejados, montado en la yegua, que entendía con el nombre de Gurrumina. Me vio don Germán y de frente dijo:
—Es una yegua vieja y tiene el paso de un “adiós comadrita”. Así, les decían a esas yeguas que eran adiestradas para mujeres. Entendí su fondo, sólo que no le hice caso y seguí de cruza, sin detenerme. Muchos años después, me dijeron que aún vivía. Cien años calculamos. —No puede morir. La gente dice que Dios lo está castigando. Tiene que pagar lo que hizo. Ahora, es el bulto de un hombre, antaño tan temido. ¡Hasta la muerte lo ha dejado solo! —Dijo Celedonio, persignándose.

EL PASEADOR
Gustaba recargarme en la puerta, levantar la mano y sonreír a la gente. Alguno respondía, hablaba de su dolencia y preguntaba de algún remedio untado, pues el tiempo de aguas y frío son un buen caldo para el reuma. Uno de ellos, me contó algo diferente. Vestía de blanco como los de su raza, morral al hombro y con un rostro satisfecho. Empezó a decirme que su casa estaba lejos. Dos horas caminando rápido, que sembraba chile, maíz y que él era dado a viajar y conocer. Pensé que tal vez sería un “volador”. Éstos ejecutan una danza milenaria, conocida en todo el mundo. Suben hasta un pequeño cuadrado que está en el extremo; aproximadamente, a veinte metros de altura; y desde allí, se lanzan dando vueltas sobre el mástil, convertidos en pájaros y van pidiéndole a Dios buenaventura para sus cosechas. Un volador recorre el mundo enseñando su arte. —Desde mi rancho vengo a vender; en otras, a comprar, pero me doy tiempo para ir a la iglesia a rezar por la familia, por el maicito, pero también me digo: ¿y esta casa tan grande, cómo la habrán hecho? ¿Cómo fue que tallaron esta piedra tan dura? ¡Y tantas pinturas del Niño Dios! Esos vidrios, que cuando pasa el sol cambian de color, ¿cómo los hicieron? ¿Y la mano que traza, que pinta, quiénes fueron?, ¿vivirán sus hijos? Luego, veo las casas grandes. Desde algún lugar, fisgoneo que están repletas de muchos muebles y vitrinas. Yo no necesito tanto, si al fin y al cabo no te vas a llevar nada. La casa de Don Germán hasta dos pisos tiene, ¿tendrá mucha familia? El curato, también, es una casa grande, y nada más vive el señor cura; bueno, pero allí guardan todos los papeles de los que han bautizado. Me ha dado por viajar, conozco todos los pueblos, me canso, pero voy a verlos. El pueblo más lejos es Qoetzala, me hice como cinco horas caminando, pero divisé cosas que nunca había visto. ¿Verdad médico que soy un indio bien paseado?
POST DE NAVIDAD Listado de blogeros que han escrito un texto sobre la navidad
¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!
Y una oportunidad para conocer nuevos amigos y estrechar lazos.
El año pasado, decidimos, entre unos cuantos colegas blogueros, escribir unos cuentos de Navidad y enlazarlos. La iniciativa nos resultó tan enriquecedora que hemos
decidido repetir este año. Iré añadiendo los enlaces de los cuentos conforme vayan saliendo.
http://mercedesmolinero.wordpress.com/2011/12/12/mi-abuela-rosario/
http://apuntodecaramelo.wordpress.com/2011/12/14/con-el-ala-a-sus-cristales/
Polvo de estrellas, en Navidad. | La Sinfonía de la Vida
http://pipermenta.wordpress.com/La navidad es un cuento
http://conchahuerta.com/2011/12/16/cuento-de-navidad
http://minicarver.wordpress.com/2011/12/17/regalo-de-navidad/
Un sueño…, en tiempos de Navidad…Cruz del Sur
Cuento de Navidad de Joaquín Sarabia
Don Sapo y la navidad de Rubén García García
http://transeuntenorte.blogspot.com/2011/12/la-voz-otros-debida-la-navidad.html
http://auniveaudelamer.wordpress.com/2011/12/17/christmas-dreams/
http://elrincondemiriamchepsy.blogspot.com/
http://annefatosme.com/2011/12/14/el-sol-de-liv-cuento-de-navidad/
Don Sapo y la navidad de Rubén García García
En la noche, bajo la sombra del roble, platicaba Don Sapo con el Topo, traía lentes oscuros, ya que había luna nueva.
― ¿Ha escuchado hablar de Santa Closs?
―Para nada Sapo.
― ¿Pero sí de la navidad?
―Sí, mamá platicaba que era el día en que había nacido Jesús. ¿Y quién es Santa Closs?
―También, le dicen papá Noel. Es un señor gordo, vestido de rojo que, cada veinticuatro de diciembre, llega a las ciudades del mundo y obsequia a los niños un regalo de navidad.
―Pues por acá no viene. ¡Es que estamos tan lejos!
―Mire, aquí tengo unos dibujos de Santa.
El Topo quitándose los lentes oscuros. Las veía y volvía a verlas.
― ¡Pero es igualito a ti! Si te ponemos el gorro, un vestido rojo, tus botas y te inflas, serías el Santa Closs de la selva.
―Qué cosas dices Topo. Pero sería bondadoso que los pequeños recibieran un regalo de navidad.
―Verá que todo se puede. El Rey de los Ratones nos dará toda la ayuda, si se lo pido. ¿Quieres que los niños de la selva sean felices?
― ¡Claro que sí!
―Entonces, qué te parece si por un día te conviertes en Papá Noel.
Don Sapo se quedó mudo y el Topo, dando una media vuelta y levantando los brazos al cielo estrellado, dijo:
― ¡Dios nos ayudará!
La noche se hizo corta, armaron un plan y cada quien se fue por su lado hacer su tarea. La noticia corrió de boca en boca. Santa Closs vendría a la selva y daría a los infantes animales que se hubiesen aplicado en sus quehaceres, un regalo de navidad para festejar el nacimiento del Niño Dios.
― ¡Cómo se le ocurre señor Sapo decir que Santa Closs vendrá! Me dijeron que informó a la comunidad que él llegará a repartir regalos entre los animalitos de la selva. ¡Eso no se hace! No de esperanzas. Bien sabe que apenas hay para comer. ―Dijo el señor Lechuza.
―No tenga desconfianza. Ya verá usted que si los niños hacen su carta bien clarita, sin faltas de ortografía y diciendo por qué son merecedores de regalos, Santa Closs cumplirá.
― El regalo es un estímulo para que los niños sigan haciendo bien sus quehaceres. ―Dijo el Topo.
El Sapo se fue a ver al Rey de los Ratones, brincó por los camalotes del río. Después de muchas horas, llegó a la ciudad. Encontró al Rey en la biblioteca, era su mansión. Allí, se enteró de que Papá Noel iniciaba su recorrido -desde el Polo Norte- con un trineo lleno de juguetes, remolcado por alces alados.
―El festejo navideño llegará a los rincones del mundo para celebrar el nacimiento del Niño Dios; y es grato, señor Sapo que la lleve al corazón de la selva. ―Decía el Rey.
― Aquí, están las fotos de Papá Noel. Con una bata roja, un bulto sobre el lomo. Don Sapo, usted tiene mucho parecido con él. –Dijo Mamá Ratona.
― ¿Usted cree doña Ratita? -Preguntó, emocionado, Don Sapo.
― ¡Claro que sí! Se imagina usted lo feliz que se serían los chiquillos del monte, si en la navidad, encontraran en su casa un regalo.
―Pero… ¿Y los regalos?
―Eso es lo de menos, aquí en la ciudad son tan desperdiciados, que los niños caprichosos, tiran sus regalos y, al rato, piden otro nuevo. Los papas, con tal de que no los molesten, vuelven a comprarles más. Tome esta franela roja. Ahora, le confecciono su traje de Papa Noel.
― ¿Y los regalos?
Mamá Ratona chifló, sacando la lengua y frunciendo los labios. Siete ratones, prestos, llegaron
― Está noche traigan juguetes, muchos juguetes. Ordenen a sus familias que cada ratón debe de traer dos.
Una miríada de ratones trajeron de diferentes partes: muñecas, ositos, jirafas, carretas, trenes, planchas, trasteros con sus vasijas, estufas con sus peroles. Se juntó una gran cantidad de juguetes, gracias a los niños caprichosos y, también, a los padres complacientes.
― ¿Y cómo podré llevarme tanto?
―Nuestras primas, las ratas de agua nos ayudarán.
La biblioteca se llenó de Ratonas Blancas, orejas pequeñas y largas trenzas que se encargaron de dejar- como nuevos- los obsequios. La niña fea dejo de ser fea, y la flauta se reconcilió con el viento. Los embolsaron, poniéndoles un moño rojo con diferentes leyendas: ayuda a tu mamá, no faltes a la escuela, estudia a diario, respeta a las niñas y ama a tus padres y hermanos. ¡Feliz navidad! El Niño Dios nació.
Cuando Mamá Ratona vistió de Santa Closs a Don Sapo, todos exclamaron: ¡ohh! fue entonces, cuando recordó que al señor Santa se reconocía por su carcajada de JO JO JO. Don Sapo empezó a practicarla, pero no era convincente, sin embargo, en su corazón retumbaba el JO JO JO
Un camelote fue adaptado como balsa, pero era mucho mejor que ésta. El camalote está reforzado con raíces trenzadas por las ratas de agua. Hay arbustos que dan calor o frescura y se confunden con otros camelotes, pero lo esencial es que está protegido por la madre tierra en contra de los malos espíritus que son fluidos que se transforman en cualquier tipo de maldad.
―Recuerde Don sapo que el mal tiene muchas caras: una roca, un viento furibundo, una neblina un grito desgarrador o quizá una voz melosa. Va protegido, eso no quiere decir que sea a prueba de todo. Abra los ojos que desde este momento, usted pertenece a la bondad. Le acompañaran mis Ratas de agua y mis amigas las Nutrias que impulsaran el camelote hasta la profundidad de la selva y otro viajero.
En el cielo había una luna veleidosa. Por momentos, parecía decir: véanme; y en otras, tomaba las nubes y se envolvía. En el primer tercio, todo corrió como lo hace la música del agua. Luz de luna, gritos en la lejanía, chicharras en coro. Poco antes de llegar a la mitad del trayecto, la luna se cansó de su desnudez y se envolvió. La noche se hizo densa, la brisa dejó de serlo. Ahora, el viento corría frío y zarandeaba a los árboles. El rostro de don Sapo empezó a preocuparse. En la lejanía, se oían silbidos, y el agua del rio encrespó.
Los ojos de Don Sapo no daban crédito, había círculos de colores rodando de orilla a orilla. Se veían hermosos, pero al afinar la mirada, latió con fuerza el corazón: eran víboras entrelazadas que rodaban sobre el agua y amenazaban con tomar la ínsula. Las Ratas de Agua se formaron en fila con todos los sentidos exaltados. Los ojos casi cerrados porque podrían ser hipnotizadas. Las Nutrias formaron la primera defensa y con sus colas golpeaban el agua. El ruido intenso y las olas detuvieron el avance, sin embargo, una de ellas logró de un salto descomunal, llegar hasta la isla con las fauces abiertas para deglutir de un solo tajo el cuerpo obeso del batracio. Sólo que en el último instante, el Jaguar de una tarascada le arrancó la cabeza.
Regresó la calma. La luna asomó nítida y dulce. Poco después, una docena de nubes gordas la envolvió, y la oscuridad se hizo intensa. Un silencio sospechoso bostezaba. Rompió el sonido del rio: splash splash. Golpes en el agua, tambores líquidos que anunciaban otro suceso.
Las Ratas de Agua olfateaban, divisaban el horizonte a ras del agua, al tiempo exclamaron: ¡lagartos! Hay muchos lagartos que están de rivera a rivera. Las Nutrias dejaron de avanzar. Los lagartos nadaban en fila y, lentamente, iban hacia el camalote. La luna abrió un instante, pero volvió a meterse, quedando en la oscuridad una fila de ojos enormes por donde fluía un brillo verdoso y rojizo. Los habitantes del camelote se agruparon, al frente se plantó el Jaguar. Dos enormes piezas de artillería se adelantaron dispuestos a golpear con sus macizas colas al camalote. Derribados de la ínsula, serían victimados con facilidad. Escuchó la voz de don Lechuzo que les gritaba:
-¡Cierren los ojos, cierren los ojos!
Una masa de luciérnagas voló sobre los lagartos, prendiendo y apagando su lucecita, lo que hizo que miraran hacia arriba; y al hacerlo, llegaron miríadas de moscos que se incrustaron en los párpados de los lagartos, obligándolos a hundirse en las aguas del río.
A don Sapo hubo que acomodarle su gorro, su bata roja, y sus botas, le forjaron una canasta sobre su lomo. Mientras los infantes dormían, fue dejándo a los niños sus juguetes; y a los padres, un nacimiento para venerar la llegada del hijo de Dios.
Sólo don Lechuzo y el Topo supieron que Don Sapo había terminado. El JoJoJo cada vez se oía más lejos camino a los pantanos.
Paseando en la montaña. Cap II
Cox es un pueblo de olores. Me saltaron cuando miraba las buganvilias en flor. En una se instaló el aroma de la vainilla; y en la otra, el café tostado que escapaba de la cocina. La vainilla y el café requieren del sol. El sol que deshidrata y es capaz de transformar una vaina verde en perfume y a la cereza para ser tostada. La vainilla y el café maduran en los asoleaderos. Son mujer y varón. Ella perfuma la vida diaria, y él todos los días, como una campana, llama a chicos y grandes a compartir la mesa antes de encontrarse con el trabajo.

La gente de Cox tienen en sus patios plantas de café con sus hojas que parecen boleadas con aceite, su brillo entorpece la mirada. ¡Qué espectáculo cuando los cafetales florean! El color blanco es tan tupido que podría decirse que nieva en el trópico. Los niños miran crecer la cereza y contemplan cómo el rojo se apodera, milimétricamente, de la circunferencia. Cuando está lista, la engullen, pues es como una gota de melaza. Las señoras dejan que el fruto seque en la mata. La cosechan con su dulce y luego con morteros pequeños quitan sus ropas, hasta que la carne de la semilla aparece y está lista para tostarse en los comales de barro, bajo el amparo de su sapiencia. Al cobijo del fuego, se dispersa el aroma y ambos, vainilla y café, revolotean como niños traviesos entre piedras y paredes, juegan y juegan y cuando se van, dejan testimonio en la memoria.
Hay en Cox olores de madrugada, vespertinos, nocturnos y olores de canícula. El santo olor del pan que se esparce tumbando paredes y acariciando el gusto, pan de la mañana, pan de la tarde, batidas con huevo de rancho y canela. Olores de noche que las plantas dispersan en cielos abiertos, olores de jazmín caminan, trotan y vuelan de los árboles, hasta el regocijo de las mecedoras.
Había aromas desagradables; llegaban en temporadas de sequía cuando las aguas negras corrían perezosas por la cañada y dejaban escapar su fetidez. En algunos lugares tenías que pasar corriendo para evitar la nausea. Por eso, cuando llegaban las aguas, el pueblo se lavaba y esparcía en el ambiente la recompensa: el olor a tierra mojada.
Los panaderos amasaban la harina y con habilidad, la tejían en variadas formas, cociéndola en hornos de barro. El olor a pan se ofrecía antes de abrir el día y poco antes del crepúsculo. Un día, conocíSigue leyendo «Paseando en la montaña. Cap II»
El regreso
Una multitud observa como se reparte la última porción de alimento. Entre ellos hay un niño que sobresale: tiene una mirada amarga y cercana al rencor. Llegó al campamento con el deseo de mordisquear un pan y llevarle un trozo a su madre enferma. Se ha quedado sin nada; regresará sin hambre, pero con una fiera recién nacida en el alma.
El gato de Hilearón
Recién me habían crecido las chiches cuando por la tarde, le pedí permiso a mi papá para visitar a san Ignacio. Es el santo de mi padre.
La verdad, yo quería confesarme, pero de eso, nada dije. La última vez, lo hice por órdenes de mi tía, la beata, y estaba plana del pecho. El padre me impuso estar de rodillas sobre un puño de maíz y repetir una docena de padres nuestros y aves marías. Todo porque había pecado con el pensamiento.
—A tu edad, los pecados son pequeños. Al menos que ya tengas novio.
Me dijo, esa vez, el padre Remigio. Sacerdote que le había dado la confesión a mi madre en su muerte.
—Ni Dios lo quiera, pues usted conoce a mi papá y ya sabe lo delicado que es. A mi hermana mayor
la chingó, sólo porque la vio sonriéndole a Juan, el zapatero.
—Tu papá no dice groserías y tú sí, y es pecado.
—No las dice frente a usted, pero si lo oyera. Alza la voz y maldice, si lo que ve no le gusta. La vez que en los frijoles encontró un cabello, por poco brinca arriba de mi hermana.
—Lo afectó mucho la muerte de tu mamá.
-Pero… Ya tiene tres años y cada vez se hace más enojón y si algo huele mal, le da por arquearse. Nos tiene lavando los trastos, aunque estén lavados. Le tengo miedo, me asusta cuando se enoja, pero también, me da coraje y me da por ser rezongona. Luego, se me pasa y sigo haciendo mis tareas.
Aquí, le dejo un bocadito para que cene. Mi papá quería más, pero le dije que ya no había y se lo traje a usted.
– Ya, vete y reza tres padres nuestros que son buenos para prevenir el pecado.
¡Ay San Ignacio! ¡Mejor te lo cuento a ti! Ya ves que sólo matan res cada ocho días; y esa mañana, mi papá trajo unos bistecs. Es filete y costó caro.
-Voy a salir, al rato regreso a almorzar. Dijo.
-Ponles sal, ajo y pimienta y déjalos un rato en naranja agria. Agregó.Sigue leyendo «El gato de Hilearón»




