Hay tantas cosas que sopesar y nutrirse de ellas, que es un tormento ser capturado por la lengua de un monstruo. No lucharía contra él, tal vez lo escuchase con pena, invocando que aplaque sus instintos verbales. No puedo ni debo quitarle el teléfono, quizá en su momento le regale un pincel y la paleta de colores.
Mientras habla y yo hago que escucho, me instalo en la montaña que amplifica la respiración asmática del alpinista. Camino por la vieja ladera, colmada de árboles callosos, o me voy por el campo de flores que las mujeres del pueblo cuidan.
» Aun estás allí» -me dice- Y sigue relatando, las aventuras del portero, con la vecina del diez.
El viento frío me hiela y embellece.

Colecciono flores, y una de ellas, enorme, colecciona hombres. Ayer lo supe.
Todo mundo cree que tiene pacto con el diablo, porque se mira como la moza que fue hace cincuenta años. Hartos de tanta insolencia, la desnudaron y encontraron las cuarteaduras y aridez que se ve en las tierras que circundan al oasis.
En el cuadro había un hombre maduro, de cabeza altiva, con traje gris y corbata azul intenso. Sus ojos desprendían una luz que se diluía en las sombras. ¿Has visto esas carreteras rectas que parecen seguir a la nada? Así lo sentí.

Siempre paso por tu perfil. Desde lejos, veo que recuestas la cabeza en la almohada elevando tu mirada hacía el horizonte. Cabello de caoba lacio que se desplaza como Dios le da a entender. Me complace tu nuca que enmarco en un acercamiento. Tu espalda es abismo, besos que alimentan el no retroceso. Atracaderos son tus hombros que me acercan. No digas que no te visito: siempre recorro tu perfil.
Cuando se dio cuenta, un paraguas abierto la cubrió de la lluvia. Vio a la persona que amablemente la resguardó, y no pudo menos que sonreír y decirle:

Cuando camino por la arboleda percibo que una estatua me observa. Giro la cabeza con rapidez para sorprenderla; acepto que su mirada es más dura que la mía, desvío mis ojos y un sabor de hojas removidas me abraza.
Desde la ventana divisé la cara de asombro de un niño que veía un pájaro verde limón. El ave se había posado sobre los hilos retorcidos que sirven de protección. ¿Qué habrá pensado el niño? Tomé la cámara, puse el zoom y casi pude ver en los ojos del niño, los ojos del alado que parecía tener una mirada suplicante, pero quizás veía lo que no era, pues en el reflejo del cristal, daba la impresión de ser dos amigos que charlaban del sol cotidiano y de los copos de nieve que se desprenden de la flor del limonero.