El monstruo

Hay tantas cosas que sopesar y nutrirse de ellas, que es un tormento ser capturado por la lengua de un monstruo. No lucharía contra él, tal vez lo escuchase con pena, invocando que aplaque sus instintos verbales. No puedo ni debo quitarle el teléfono, quizá en su momento le regale un pincel y la paleta de colores.

Mientras habla y yo hago que escucho, me instalo en la montaña que amplifica la respiración asmática del alpinista. Camino por la vieja ladera, colmada de árboles callosos, o me voy por el campo de flores que las mujeres del pueblo cuidan.

» Aun estás allí» -me dice- Y sigue relatando, las aventuras del portero, con la vecina del diez.

El viento frío me hiela y embellece.

Ultraje

Todo mundo cree que tiene pacto con el diablo, porque se mira como la moza que fue hace cincuenta años. Hartos de tanta insolencia, la desnudaron y encontraron las cuarteaduras y aridez que se ve en las tierras que circundan al oasis.

Gulliver

La sociedad lo excluía y respondió forjando un mundo de brevedades. En días de hastío, se acostaba al lado de los bonsái e imaginaba que de un mar de olas pequeñas llegaban cientos de hombrecitos y lo sujetaban. Entonces, sonreía el enano.

El retrato

En el cuadro había un hombre maduro, de cabeza altiva, con traje gris y corbata azul intenso. Sus ojos desprendían una luz que se diluía en las sombras. ¿Has visto esas carreteras rectas que parecen seguir a la nada? Así lo sentí.

Pensé que el deseo de llorar era sólo mío, pero no, todos, con el pañuelo, enjugaban una lágrima en aquella sala de remates. El cuadro fue vendido. Cuando el dueño lo llevaba bajo el brazo, rompimos en sollozos. Al día siguiente, amanecí apretando la almohada contra mi pecho.

Las garzas

En la cima de la montaña, hice una pila de los poemas escritos en mi vida. Allí corría el agua levitando sobre la arena, el rubí sobre la espuma, el collar de semillas, la noche sobre las hojas y el río tallando los tejos. Los besos fueron fuga antes de que el viento Los dispersara. Bajé con un siglo de edad, pero dispuesto a sonreír por la llegada de las garzas.

Tu perfil

Siempre paso por tu perfil. Desde lejos, veo que recuestas la cabeza en la almohada elevando tu mirada hacía el horizonte. Cabello de caoba lacio  que se desplaza como Dios le da a entender. Me complace tu nuca que enmarco en un acercamiento. Tu espalda es abismo, besos que alimentan el no retroceso. Atracaderos son tus hombros que me acercan. No digas que no te visito: siempre recorro tu perfil.

La lluvia

Cuando se dio cuenta, un paraguas abierto la cubrió de la lluvia. Vio a la persona que amablemente la resguardó, y no pudo menos que sonreír y decirle:
-No se moleste.
—No es molestia- contestó.
Ella intentó salirse del paraguas, pero él volvió.
—Así me enseñaron. No desconfíe.
Ella de nuevo sonrió y aceptó contrariada. Le dio las gracias tímidamente.
—Me llamo Roberto, para servirle.
—Soy Estela. Estela Romero
— ¿Espera el transporte, al parque América?
—Sí.
—Está tardando mucho
—Sí.
— ¿Por allá trabaja?
—Sí.
—Seguro que me aceptará un café
—Y… ¿qué le hace pensar eso?
—Que a todo dice sí.
Ella intentó salirse del paraguas, a pesar de que la lluvia arreciaba.
—Por favor, es una broma, no se moleste, no quise…
Ella con seriedad respondió:
— ¡No me gustan mucho las bromas! Así que ahora… invíteme a ese café.

Tu ombligo

amadeo_modigliani1Tu ombligo
redondo,
profundo,
con una muesca que parece un pétalo curvado.

Mi aliento es un carro de fuego que vuelca en tu cadera.
Abajo del precipicio: la flor.
Con mi papila
la envolveré como la luna hace con la hierba.

Sobre tu rocío titilan húmedas luciérnagas,
se agitan en la oscura enramada.
Seré arete que la fiebre mece y mece.

El agua no pide permiso

El cielo arde, y del río quedan mojones de agua. No hay nubes. Sueñan los sapos bajo tierra con la lluvia, sólo sol y un maíz cabizbajo, pero en un estornudo… el día abre encharcado.

Los sapos dejan de soñar, y el maíz baila huapango con el viento.En ausencia de los santos, en el silencio de las lenguas, el agua llegó despertando los tambores dormidos del tejado. Todos salieron a mojarse y a sentirse purificados.

El regreso

Lejos de ti.
Miro a distancia la piedra,
traerla y construir un nuevo puente…
tardaría.
Necesito dos corazones
para levantar los muros
y darle silueta de pájaro.
Sé que tardaría
pero volvería por ti.

La abuela

images (11)La tarde se hacía noche. Desde mi azotea atisbaba el cielo apelotonado de  gris humo. El árbol espléndido dejaba ver una baraja de mangos verde amarillentos, húmedos por una microscópica lluvia, el viento ágil los mecía. Bajo el gigante está la vivienda cubierta por las láminas de zinc. La vieja mujer, con la escoba, recogía la hojarasca y la fruta.
-Buena mujer -murmuran abajo. No tiene, pero siempre tiende la mano.

La vieja avienta la escoba a un lado, levanta la cabeza como si buscase algo en el ramaje y para la oreja. Sale con prisa hacia la calle y se suma a otros vecinos que miran un tornado que de la nada, se ha formado. Cae sobre el mango, lo envuelve con su remolino. Se oye el crujido de las ramas y la estridencia de las láminas de zinc.

Cuando se hace el silencio, el árbol está caído con su esqueleto quebrado. El tornado se disipó, sólo eso hizo, ningún vecino, fue afectado, sólo a la buena señora: Doña Elvira.

Elvira reía, los vecinos la miraban con extrañeza. Una vieja que le dijo comadre, le tomó de los hombros.
-¿Cómo puede reír si perdió la casa y por poco se muere?
– Río porque mis tres nietos tenían poco de haberse ido, y los destrozos son pocos comparados con la vida de lo que más amo.

La esfinge

Cuando camino por la arboleda percibo que una estatua me observa. Giro la cabeza con rapidez para sorprenderla; acepto que su mirada es más dura que la mía, desvío mis ojos y un sabor de hojas removidas me abraza.
Caminaba con mi novia por el malecón, enlazado de las manos y en un clic se desató. Un segundo después, la vi recostada en una banca imitando a una esfinge que era abanicada por el mar. Nunca supe de ella, y sólo caía en mi recuerdo al testerear mi pelo el viento húmedo del Pacífico.

Me llené de herrumbre por la carcoma de los años y cada vez que transitaba por la enramada, la estatua me veía insistente. Un día, cansado de la persistencia, la enfrenté cara a cara, ojo a ojo y reconocí, en su frente, la historia de mi fugacidad. Me quedé a su lado y, de lejos, vi cómo mi cuerpo se perdía entre el otoño de las hojas.

Doble caldo

medusa_2Oculto entre las coronas de flores veo a mis deudos, recorro los pasillos de la vetusta casa. De las paredes del sótano salen unas manos que me ahorcan. Trato de zafarme. Para romper el abrazo mis dedos rodean sus nudillos y reconozco la argolla que le regalé, la noche antes de que la sepultara con su amante.

El zoom

Desde la ventana divisé la cara de asombro de un niño que veía un pájaro verde limón. El ave se había posado sobre los hilos retorcidos que sirven de protección. ¿Qué habrá pensado el niño? Tomé la cámara, puse el zoom y casi pude ver en los ojos del niño, los ojos del alado que parecía tener una mirada suplicante, pero quizás veía lo que no era, pues en el reflejo del cristal, daba la impresión de ser dos amigos que charlaban del sol cotidiano y de los copos de nieve que se desprenden de la flor del limonero.