La siesta

vincent van GoghEl sol salió tímido. Hay rodajas de neblina por los cerros y en el imaginario meteorológico  se piensa que el astro se pondrá bravo después de  la media mañana. Atormentará  a la rosa, y  a los azares del limonero  que caen como copos de nieve,  los trastornará  hasta volverlos  tristes y amarillos. Todo se volverá silencio cuando el bochorno cruce  la pierna y fume su puro.

La barca

oral302Tirémonos en la alfombra y  dejemos nuestra ropa. Vivo en tu interior y sueño en tu boca.  Seamos viento y  flauta. Llevo mis manos por tu cintura y en la media luz de tu  espalda la doblaré con la fuerza de un tango. Seré barca en tu mar y sobre tu vientre desnudo mi agitación.  Tu ombligo redondo y profundo de  pétalo curvado. Mi lengua y mi  aliento, carruaje  de fuego que se vuelca hacía tu precipicio.

A tu flor me acercaré hasta que la fiebre la impulse a mirarme. La   envolveré como la luna hace con la hierba. La barca en el atracadero rechina y rechina…

La cobija

floresSigue lloviendo. El agua inexorable cae como lanzas sobre las hojas de los árboles y divide los poros de mi piel. Ya nada se puede hacer, es irremediable su llegada. El viento frío del norte está por arribar.  No son buenas noticias para las plantas enanas, flácidas y tiritantes. Las cubro con  un abrigo rojo para que combine con el anaranjado de sus retoños.

Visiones

tren.La luz del faro aluza al viento que persigue a la red, las sirenas y las olas. Tiemblan los peces.  En la memoria de la noche se oyen  pasos de viejos naufragios. El mar  contempla  a las almas que abrazadas al viejo tablón  sucumben al ojo espumoso del remolino.
Entre la roca que todo mira, se oye el asma de un tren en la montaña.

Chiquito y picoso

bogo181En el quicio,  los pichones picotean sus plumas, y esperan a la mujer que canturrea  salga a darle de  comer a los cotorros. Las  perras  dormitan y  no hacen nada por espantar a las palomas que  rodean hambrientas la jaula de los pericos. Saben las perras que su alimento no será tocado. Un día   las descaradas pagaron cara su osadía y una  de ellas fue traspasada por sus colmillos.

Hay un perico pequeño con el que tampoco se meten y es que él eriza sus plumas y  ladra como el  perro doberman del vecino.

Disparos

maizSon tardes de fiesta  en que las  gotas de agua sobre el tejado parecen reproducirse en la cocina. Dentro de la olla de aluminio,  sendos puños golpean las paredes metálicas. Una guerra de disparos se suscitan al unísono: el bongo de la lluvia y el buf-tap de las castañuelas. Luego, el silencio. Afuera,  huele a tierra mojada; y  adentro, el aroma  de un maíz que se hizo palomitas.

Sin nada

d47d8-aguaceroDesnudo y abierto a los caminos, cuento despacio las señales que me dejaste. Allá tu viento de limonarias. El río donde columbro trapecios y redondeces que cuelgan de tu espalda. Con el pensamiento en trote voy a ti para sembrarte de pitahayas. Pero ya no estás. Sólo persisten las tejedoras de la ausencia y yo regreso húmedo de olvido.

La noche

amantesLa noche  oculta.  Tocarse entre sombras susurrando medias palabras. Suspiros que  caen en los recodos de un cuello. Luna cómplice de arroyos  que mal dibuja la solidez de un muslo,  de una cadera o el olor de un beso.  Instantes donde la cotidianidad  la reinventamos.

Despedida

mujer caminandoHoy nos vimos. La abracé con calidez. Dijo que se encontraba bien, con mucho trabajo, tanto, que a su misma sombra la ponía a laborar. Entendí, entonces, que no nos veríamos por mucho tiempo. Volví a abrazarla para desearle fortuna. Ninguno dijo adiós. Cuando la vi a lo lejos, caminaba sin su sombra.

Tu voz

mujer derojoMe acercas tu voz, y mi oído se hace fiesta y no sabe qué hacer como el perro amarrado por días  y lo sueltas.  Corro, me detengo, te miro, te beso y me abalanzo sobre ti,  deseo abrazarte y pertenecer a tu adentro.

Tu voz cotidiana que platica del viento,  de los fantasmas que van y vienen mientras tú guisas o te asomas por la ventana para mirar el agua donde la luna acude a su cita de fotografía.

Me alcanza tu voz instructora y las frases que corrige las transforma. Tienes rayos en tus ojos, y las cucarachas del lenguaje corren en desbandada. Me amenazas con tu sonrisa; y bajo tu mirada, atento, pongo mi parco entendimiento para comprender las declinaciones que susurras.

En el devenir  escucho   tu voz de mujer sosiego, mujer oído que con su  savia oculta alcanza mis viejas paredes. Cuando me hablas y cantas mi nombre, mi oído se hincha y baila.

Salem

27-Lavaderos-Iztacalco-1972En su cuarto de azotea, Salem, el loco,   despidió a sus seguidores con un dejo de urgencia. Se recostó sobre su cama de cartón y cruzó sus huesudos brazos sobre la quilla de su pecho.

-No tarda en venir – musitó en voz baja.

Los recuerdos llegaron. La azotea estaba ocupada por mujeres lavando. El chapoteo  de la ropa seguía el ritmo de las caderas, todas a un tiempo moviendo las nalgas, retando a la fatiga.  El viento trajo olor de aceite rancio y  cueros. Más tarde  llegaron  aromas marinos que revolvieron más  su memoria.

 Antes de que se fuesen los olores de cocina, ella ponía todo en su lugar. Salem, el joven,  cerraba los ojos,  y por su contoneo sabía lo que deseaba.

-¡Te quiero así!

Y se metía en  sus labios, en el  acre  de sus axilas y el salado de sus ingles. El ambiente sudaba fuego  y salitre.

Murió cuando más se amaban.  Las que llegaron después tuvieron  que aceptar que se había quedado sin corazón, pero  repleto de deseos y del prodigio de su aritmética para elevarlas al cubo de la intensidad.

-No tardará.

Se dijo abriendo las piernas huesudas como un compás. Cargado de sudor, su sangre se hizo agolpada y una erección adolescente se injertó en el ansia que estaba siendo presa  del molusco de su primera mujer.  Las demás esperaban. Una a una desfiló ante la enjundia que hervía.  Por momentos, los olores del mar cambiaron de domicilio hasta  que se instaló la profundidad del silencio y el vapor de las aguas.

Salem, el viejo, todavía escuchó el  ruido líquido de las lavanderas,  el frenesí  de las caderas y el aroma  lunar  de la mujer amada.

Salem ya no estaba.

Mujer niña

floresTu voz de cuita, de mujer niña. Eso parece. Eres más. Sólo hay que escarbar en tu pecho y mirar con los sentidos para intuir que tienes una sabia oculta, que vuela,  enternece y da sosiego. Eres jilguero,  y algo inefable que vuela vuela… que no se ve… pero irradia. Abro los árboles y ya no estás. Llueve finito y me despierto.

Ruptura

SOLEDAD ANDENLa soledad pesa más que el mar,  y evocarte me asfixiaba. Suspiré hondo. Me acerqué al bullicio de una estación, compré boleto a cualquier parte y abordé. Llegaría la amnesia. Sepultado tu recuerdo, esperaría el prurito de la cicatriz.

Tus caderas

mujer caminandoSoñé con tus ojos dormidos sobre mi pecho, y un olor de agua me enredó. divisé la sabana y la espiga de la caña mecida por el viento; y entre los crucigramas de sombra que duermen bajo los mangos, te encontré. Fugaz, siempre fugaz  como las chupa rosas que se van a ninguna parte. ¿De dónde eres? Si en tardes soñolientas, cuando te avizoro y voy detrás, olisqueó en tu cadera que son muelle y flor.

El viejo capitán

mar y barcoLa espuma es de un mar antiguo donde las olas se acicalan unas a otras. Ellas lo peinan con sus uñas perladas, y al recorrer su pelo brotan luces que juegan con el recuerdo de sus ojos. Dicen que el amor es un canto sólido que llega cauteloso a los corazones. Es una espalda donde te recuestas – añaden – y son alas que te llevan a un océano de galaxias.

Las olas lo abrazan, suavizan la piel y besan sus cabellos. Lo miran, juegan y perciben que sus ojos se ovillan por el cansancio de los años. Él dice con su voz de viejo capitán:
-Si algún día no llego, déjenme pensar que estoy a su lado y sientan que me tienen en sus brazos. Si un viento violeta resbala por mis pestañas, sabrán, entonces, que viviré con ustedes, y en sus noches dormiré con sus sueños.