La barca

oral302Tirémonos en la alfombra y  dejemos nuestra ropa. Vivo en tu interior y sueño en tu boca.  Seamos viento y  flauta. Llevo mis manos por tu cintura y en la media luz de tu  espalda la doblaré con la fuerza de un tango. Seré barca en tu mar y sobre tu vientre desnudo mi agitación.  Tu ombligo redondo y profundo de  pétalo curvado. Mi lengua y mi  aliento, carruaje  de fuego que se vuelca hacía tu precipicio.

A tu flor me acercaré hasta que la fiebre la impulse a mirarme. La   envolveré como la luna hace con la hierba. La barca en el atracadero rechina y rechina…

La cobija

floresSigue lloviendo. El agua inexorable cae como lanzas sobre las hojas de los árboles y divide los poros de mi piel. Ya nada se puede hacer, es irremediable su llegada. El viento frío del norte está por arribar.  No son buenas noticias para las plantas enanas, flácidas y tiritantes. Las cubro con  un abrigo rojo para que combine con el anaranjado de sus retoños.

Visiones

tren.La luz del faro aluza al viento que persigue a la red, las sirenas y las olas. Tiemblan los peces.  En la memoria de la noche se oyen  pasos de viejos naufragios. El mar  contempla  a las almas que abrazadas al viejo tablón  sucumben al ojo espumoso del remolino.
Entre la roca que todo mira, se oye el asma de un tren en la montaña.

Chiquito y picoso

bogo181En el quicio,  los pichones picotean sus plumas, y esperan a la mujer que canturrea  salga a darle de  comer a los cotorros. Las  perras  dormitan y  no hacen nada por espantar a las palomas que  rodean hambrientas la jaula de los pericos. Saben las perras que su alimento no será tocado. Un día   las descaradas pagaron cara su osadía y una  de ellas fue traspasada por sus colmillos.

Hay un perico pequeño con el que tampoco se meten y es que él eriza sus plumas y  ladra como el  perro doberman del vecino.

Disparos

maizSon tardes de fiesta  en que las  gotas de agua sobre el tejado parecen reproducirse en la cocina. Dentro de la olla de aluminio,  sendos puños golpean las paredes metálicas. Una guerra de disparos se suscitan al unísono: el bongo de la lluvia y el buf-tap de las castañuelas. Luego, el silencio. Afuera,  huele a tierra mojada; y  adentro, el aroma  de un maíz que se hizo palomitas.

Sin nada

d47d8-aguaceroDesnudo y abierto a los caminos, cuento despacio las señales que me dejaste. Allá tu viento de limonarias. El río donde columbro trapecios y redondeces que cuelgan de tu espalda. Con el pensamiento en trote voy a ti para sembrarte de pitahayas. Pero ya no estás. Sólo persisten las tejedoras de la ausencia y yo regreso húmedo de olvido.

La noche

amantesLa noche  oculta.  Tocarse entre sombras susurrando medias palabras. Suspiros que  caen en los recodos de un cuello. Luna cómplice de arroyos  que mal dibuja la solidez de un muslo,  de una cadera o el olor de un beso.  Instantes donde la cotidianidad  la reinventamos.

Despedida

mujer caminandoHoy nos vimos. La abracé con calidez. Dijo que se encontraba bien, con mucho trabajo, tanto, que a su misma sombra la ponía a laborar. Entendí, entonces, que no nos veríamos por mucho tiempo. Volví a abrazarla para desearle fortuna. Ninguno dijo adiós. Cuando la vi a lo lejos, caminaba sin su sombra.

Tu voz

mujer derojoMe acercas tu voz, y mi oído se hace fiesta y no sabe qué hacer como el perro amarrado por días  y lo sueltas.  Corro, me detengo, te miro, te beso y me abalanzo sobre ti,  deseo abrazarte y pertenecer a tu adentro.

Tu voz cotidiana que platica del viento,  de los fantasmas que van y vienen mientras tú guisas o te asomas por la ventana para mirar el agua donde la luna acude a su cita de fotografía.

Me alcanza tu voz instructora y las frases que corrige las transforma. Tienes rayos en tus ojos, y las cucarachas del lenguaje corren en desbandada. Me amenazas con tu sonrisa; y bajo tu mirada, atento, pongo mi parco entendimiento para comprender las declinaciones que susurras.

En el devenir  escucho   tu voz de mujer sosiego, mujer oído que con su  savia oculta alcanza mis viejas paredes. Cuando me hablas y cantas mi nombre, mi oído se hincha y baila.

Salem

27-Lavaderos-Iztacalco-1972En su cuarto de azotea, Salem, el loco,   despidió a sus seguidores con un dejo de urgencia. Se recostó sobre su cama de cartón y cruzó sus huesudos brazos sobre la quilla de su pecho.

-No tarda en venir – musitó en voz baja.

Los recuerdos llegaron. La azotea estaba ocupada por mujeres lavando. El chapoteo  de la ropa seguía el ritmo de las caderas, todas a un tiempo moviendo las nalgas, retando a la fatiga.  El viento trajo olor de aceite rancio y  cueros. Más tarde  llegaron  aromas marinos que revolvieron más  su memoria.

 Antes de que se fuesen los olores de cocina, ella ponía todo en su lugar. Salem, el joven,  cerraba los ojos,  y por su contoneo sabía lo que deseaba.

-¡Te quiero así!

Y se metía en  sus labios, en el  acre  de sus axilas y el salado de sus ingles. El ambiente sudaba fuego  y salitre.

Murió cuando más se amaban.  Las que llegaron después tuvieron  que aceptar que se había quedado sin corazón, pero  repleto de deseos y del prodigio de su aritmética para elevarlas al cubo de la intensidad.

-No tardará.

Se dijo abriendo las piernas huesudas como un compás. Cargado de sudor, su sangre se hizo agolpada y una erección adolescente se injertó en el ansia que estaba siendo presa  del molusco de su primera mujer.  Las demás esperaban. Una a una desfiló ante la enjundia que hervía.  Por momentos, los olores del mar cambiaron de domicilio hasta  que se instaló la profundidad del silencio y el vapor de las aguas.

Salem, el viejo, todavía escuchó el  ruido líquido de las lavanderas,  el frenesí  de las caderas y el aroma  lunar  de la mujer amada.

Salem ya no estaba.

Mujer niña

floresTu voz de cuita, de mujer niña. Eso parece. Eres más. Sólo hay que escarbar en tu pecho y mirar con los sentidos para intuir que tienes una sabia oculta, que vuela,  enternece y da sosiego. Eres jilguero,  y algo inefable que vuela vuela… que no se ve… pero irradia. Abro los árboles y ya no estás. Llueve finito y me despierto.

Ruptura

SOLEDAD ANDENLa soledad pesa más que el mar,  y evocarte me asfixiaba. Suspiré hondo. Me acerqué al bullicio de una estación, compré boleto a cualquier parte y abordé. Llegaría la amnesia. Sepultado tu recuerdo, esperaría el prurito de la cicatriz.

Tus caderas

mujer caminandoSoñé con tus ojos dormidos sobre mi pecho, y un olor de agua me enredó. divisé la sabana y la espiga de la caña mecida por el viento; y entre los crucigramas de sombra que duermen bajo los mangos, te encontré. Fugaz, siempre fugaz  como las chupa rosas que se van a ninguna parte. ¿De dónde eres? Si en tardes soñolientas, cuando te avizoro y voy detrás, olisqueó en tu cadera que son muelle y flor.

El viejo capitán

mar y barcoLa espuma es de un mar antiguo donde las olas se acicalan unas a otras. Ellas lo peinan con sus uñas perladas, y al recorrer su pelo brotan luces que juegan con el recuerdo de sus ojos. Dicen que el amor es un canto sólido que llega cauteloso a los corazones. Es una espalda donde te recuestas – añaden – y son alas que te llevan a un océano de galaxias.

Las olas lo abrazan, suavizan la piel y besan sus cabellos. Lo miran, juegan y perciben que sus ojos se ovillan por el cansancio de los años. Él dice con su voz de viejo capitán:
-Si algún día no llego, déjenme pensar que estoy a su lado y sientan que me tienen en sus brazos. Si un viento violeta resbala por mis pestañas, sabrán, entonces, que viviré con ustedes, y en sus noches dormiré con sus sueños.

La lucha

 Juana, de manos largas, ásperas y hábiles, vivía en una vecindad, tenía un radio sobre un viejo ropero que daba la hora y reproducía canciones que ella tarareaba. Sacaba la silla al patio de su casa y zurcía. Sus ojos en el manto y sus oídos en el taconeo. Cuando reconocía el andar de su esposo, se metía a la vivienda y empezaba a calentar su comida.
Él cenaba después de las ocho, pero en los últimos meses la frecuencia había cambiado. Dos o tres veces por semana llegaba cerca de la media noche. Lo oía comer, desvestirse y a los pocos minutos, roncar. Ella se hacía la dormida y al verlo con su cara de niño bueno, no tuvo dudas de que él tenía otra mujer.
-No te oí llegar.
-Cuando me acosté estabas bien dormida y no te quise despertar.
-¿Te fuiste con tus amigos?
-Ha aumentado el trabajo, pero a la salida nos tomamos una cerveza.
Hace cinco años se juntó con él. Las ansias de poseer un hogar la hizo frágil a sus besos. Sabía de antemano que la carencia sería su compañera, pero su deseo de ser mujer y madre la hizo ser temeraria. Ella no había cambiado desde aquel tiempo: pechos sólidos, vientre plano, cejas largas y ojos color café. Si alguna diferencia había con la de ahora, había que buscar en el entrecejo, consecuencia de arrugar la frente para dar la puntada exacta en el bordado.
Recuerda, siempre recuerda, el golpe a su matriz cuando él depositaba el semen. Después de dos años de intentos, solicitaba ya, que fuese la simiente esperada.
Él espació los encuentros, y ella intuyó que vendrían tiempos complicados. Salía de su casa solamente para atender las citas que le daban en el hospital. Más de alguna vez miró a las embarazadas y le entraba el loco deseo de acariciarles su vientre. Observaba con detenimiento a las que poco les faltaba para parir. El sudor de su frente, los gestos de dolor que para ella deberían de ser de placer, cómo eran ayudadas por el marido para caminar hacia la recepción. Algunas veces escuchó palabras de aliento que les dirigía su compañero:
-Veras que todo va a salir bien. No tengas miedo.
Regresaba a su vivienda en silencio y en silencio prendía una veladora.
La doctora le repetía siempre:
-Verá que un día de estos no le baja la regla, pero le mandaré a hacer unos análisis, no se impaciente.
-Mándeme, mejor, al hospital grande.
-Claro que lo haré, sólo cuando termine de estudiarla.
Llevaba más de un año y no terminaban los estudios. Con lo ganado con sus bordados pagó una consulta privada con un especialista y comprendió que ni con el sueldo de dos años bordando podría juntar tanto dinero para seguir cubriendo consultas privadas. Una noche su esposo le espetó:
-Mi padre tuvo seis hijos con mi mama y cuatro con otra mujer.
Ese día, aseó la vivienda, lavó la ropa, se puso a guisar. Si su esposo llegaba temprano le serviría como siempre. Se bañó con lentitud, como saboreando el agua que caía por su cuerpo. Se vistió eligiendo un color blanco con franjas rojas y anaranjadas que la hacía ver fresca y radiante. Se sentó en una banca cerca de la calle de luces; música y un ajetreo de féminas que iban y venían. Recordó la voz de la vecina cuando en el lavadero hablaron de las preñeces:
-¡Puede que no sea la mujer, sino el hombre!
Caminó decidida hacía la calle de sonidos y tabaco. Antes de que llegase, fue interceptada por un sujeto muy joven que desde su carro le abrió la portezuela. Ella siguió caminando y volvió a la banca, asustada.
-No seas así, yo también tengo miedo -escucho detrás.
Ella lo miró temerosa, pero la sonrisa franca de él la confundió y sólo le hizo la seña con los ojos de que se sentara.
En la noche, fresca y olorosa a  jabón, esperó a su esposo y lo incitó – con un valor desconocido- a tener sexo.
Un día, no llegó la menstruación; y nueve meses después, nació su hijo. El esposo volvió a ser el mismo: amable cariñoso y protector de la familia. Cuando el niño cumplió el año, el esposo con cariño, le dijo al oído:
-¿Cuándo me darás la niña para tener la parejita?
mujeres vendiendo