27-Lavaderos-Iztacalco-1972En su cuarto de azotea, Salem, el loco,   despidió a sus seguidores con un dejo de urgencia. Se recostó sobre su cama de cartón y cruzó sus huesudos brazos sobre la quilla de su pecho.

-No tarda en venir – musitó en voz baja.

Los recuerdos llegaron. La azotea estaba ocupada por mujeres lavando. El chapoteo  de la ropa seguía el ritmo de las caderas, todas a un tiempo moviendo las nalgas, retando a la fatiga.  El viento trajo olor de aceite rancio y  cueros. Más tarde  llegaron  aromas marinos que revolvieron más  su memoria.

 Antes de que se fuesen los olores de cocina, ella ponía todo en su lugar. Salem, el joven,  cerraba los ojos,  y por su contoneo sabía lo que deseaba.

-¡Te quiero así!

Y se metía en  sus labios, en el  acre  de sus axilas y el salado de sus ingles. El ambiente sudaba fuego  y salitre.

Murió cuando más se amaban.  Las que llegaron después tuvieron  que aceptar que se había quedado sin corazón, pero  repleto de deseos y del prodigio de su aritmética para elevarlas al cubo de la intensidad.

-No tardará.

Se dijo abriendo las piernas huesudas como un compás. Cargado de sudor, su sangre se hizo agolpada y una erección adolescente se injertó en el ansia que estaba siendo presa  del molusco de su primera mujer.  Las demás esperaban. Una a una desfiló ante la enjundia que hervía.  Por momentos, los olores del mar cambiaron de domicilio hasta  que se instaló la profundidad del silencio y el vapor de las aguas.

Salem, el viejo, todavía escuchó el  ruido líquido de las lavanderas,  el frenesí  de las caderas y el aroma  lunar  de la mujer amada.

Salem ya no estaba.