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A quienes sigo y aplaudo y a mis seguidores
Desde hace como quince días deje de recibir en mi correo sus textos, como soy torpe con la informática no sabía como resolver el problema. Una luz se filtró en mi entendimiento y supe por el mismo google que era posible que un extraño haya metido mano en mi correo y haya mandado a spam todos mis contactos. Casi resuelvo, pero me será complicado leerme todo lo que se ha generado en quince días o más.
Ya me he subido al ring del quirófano en varias ocasiones y he salido bien librado, en los próximos por venir, tendré que volver, todo por la rebeldía de una vertebra lumbar que se ha salido del orden establecido y me ha estrechado el canal medular. «puede quedarse así, si lo desea, pero le recuerdo que nunca he visto una columna vertebral que al pasar los años se rejuvenezca» Ante tales sustentos, no me queda mas que decir… «Bien, para cuando, nos comemos el pollito» Recordé a mi madre, cuando nos llevaba de visita y estando en casa extraña, hacíamos ruido o corríamos y discretamente me decía «cuando lleguemos a casa nos comeremos un pollito» En mi inocencia, le recordaba «mamá a que horas nos comemos el pollito»
Espero su benevolencia y aunque con irregularidad pero estaré dándome el placer de leerlos.
Abrazos de Sendero.
Shou
Camino por las enredaderas de tu pelo,
los entretejes de tu pensamiento
y me acercó a las fuentes de tu deseo.
Te despierto con una caricia,
y tomo el mejor asiento en algún recodo de tu mente
y a media noche: aplaudo a rabiar el tabledance de tu libido.
La cocina de mamá
La s gotas frías caen perseverantes sobre la hoja de plátano y el ruido tamborilea en mis oídos.
—Esta silla es mía.
— ¿Quién te la va a quitar, tú?
— ¡Mis hermanos, mamá, mis hermanos!
—Deja de hacerte el chistoso, pues bien sabes que no tienes hermanos
— Bueno, por si las dudas.
Mamá se arrima al fogón, sopla con fuerza para que la lumbre baile alrededor de la sartén y escucho el chirriar del aceite. Al poco rato me llega un rico olor a plátanos fritos y ese aroma que no se ve y que despierta ansias. A mí me lo dan con leche porque los chiquitos no deben tomarlo solo. Me froto las manos para quitarme el frío y mamá me dice cuando sorbo: “Te vas a quemar”. Si supiera mi mamá que cuando ella se descuida me lo tomo bien caliente y negro.
En la cocina de mamá se está re bien; hay plátanos, galletas y café. Ella a cada rato me acaricia y me pregunta — ¿No quieres más?
Afuera, el agua se envuelve con el frío y la hoja de plátano al caerle la gotera parece que tirita…
Eres
Estás llena de asombro: osos que parecen de hielo y retoños de bambú que cubren gacelas. Percibo la vida cuando tus pies encienden mi espalda. Me gustas en tu grito y callo. ¡Me gustas como la tierra! Tienes agua termal en tu vientre, rosetas en tus volcanes, y viento cuando el maíz se entrega. Me gusta que circules abrazada a mí como gigantesco anillo, y canto enloquecido uniendo mi grito al escándalo de los tordos. Grito sideral que corre tras las cometas, diciéndote que estás en mí, como yo estoy en la tierra.
El camión de la media noche
La lluvia menuda y fría moja la oscuridad y los pastizales. En la peligrosa curva se oye el pujido asmático del último camión de pasajeros que conduce a la ciudad. El grito de los pájaros anuncia su inminente llegada. Si deseo abordarlo, es preciso salir corriendo de la cabaña hacía la carretera.
Mi mano arqueada se abastece de la curva de su seno. Ella reposa su cabeza en mi brazo. El estremecimiento ha dado paso a la languidez. Mañana muy temprano saldré sin despertarla.
Ajedrez
Tu nombre
Lo deletreo en el agua, lo escucho en la corteza de los árboles y la bóveda de mi oído lo escribe y reescribe en sus paredes. Hace millones de años besé tu boca de reptil y fuimos uno en el nido de los hongos. Beso helecho que cae desde la montaña, beso viejo de tiempos, beso anfibio que respiro en mis lagunas y me lo repite el toc toc del pájaro carpintero.
Ramo de ojos
Impulsado por un olor, se levanta. No lo piensa dos veces. Busca el bordón, traspone la puerta y camina hacia las afueras del pueblo. Claramente escucha el roce del viento en las plataneras, el silbido profundo de las aves insomnes y el grito lejano de los animales del monte.
Va rumbo a la cañada ensimismado. trata de recordar los hilachos de su sueño cuando, al pasar por debajo de un enorme zapote, un pájaro aletea cerca de su cara y el susto lo hace trastabillar. Después, pasos adelante, un aroma se le escurre por su nariz aguileña. Sube con dificultad. La humedad de las lajas hace que resbale, y tiene que detenerse para afirmar bien el paso.
Cuando llega a una cima, la luz de la luna le muestra la sombra de la higuera y, abajo, sobre la falda del cerro, se perfila el cementerio.
Allá, camino al río, vivió con su madre. La visualiza lavando montones y montones de ropa ajena, barriendo la minúscula hoja del tamarindo y dándole a los pollos las sobras de la comida.
Ahí se recordaba él, en el patio. Con su pantalón raído, flaco, mugriento y con la mirada atenta.
Absorto, veía cómo un polluelo apresaba con el pico una lombriz y, detrás de él, dos de ellos lo correteaban ferozmente por todo el patio. Se fue tras los pollos, los apresuró hasta que vio que daban vueltas, piaban lastimeramente, y caían al suelo con los ojos muy abiertos.
Repetía la historia las veces que podía, siempre burlando la atención de los mayores; hasta que, cierta vez, a mitad de la diversión, se dio cuenta que su madre iba detrás de él, con una vara afilada que, al blandirla, zumbaba como lo hacen las moscas del inodoro. Se ocultó bajo el guayabo que, por estar cargado de frutos, hacía que las ramas se doblaran ofreciendo un buen escondite. Tirado en el suelo, percibió el alboroto que hacían las gallinazas cuando buscan sitio para dormir; una de ellas se vino hacia abajo, arrastrando frutos maduros y media docena de larvas negras y peludas que cayeron sobre su espalda. Empezó a dar gritos de dolor que llamaron la atención de la mamá.
Tres días estuvo en cama sacudido por las fiebres.
Tiempo después, discretamente, volvía a las andadas. Buscaba entre los montes aves extraviadas, o bien él las hacía perdidizas para corretearlas en los potreros , o entre los helechos que crecían en el monte.
Les sacaba los ojos por el espanto y después miraba cómo daban vueltas, en un piar sin freno, que terminaba cuando el ave doblaba la cabeza y caía de lado, dando dos o tres aletazos, poco antes de morir
El alba ya viene; el viento mecía los frutos sacándole los olores y esparciéndolos en el camino. Por un momento, parecería que atardece y, que la noche caerá en una brevedad. En ese clarooscuro el bordón resbala; pierde el equilibrio, da varias vueltas, cae y, sin poder detenerse, la inercia lo saca de la vereda y rueda, golpeándose; quiere asirse de las raíces, pero éstas se le escapan de entre los dedos y rueda hasta el fondo de la cañada.
Su cabeza, su cuerpo, dan vueltas, respira con ansiedad, percibe la humedad y el sonido del agua que corre, así como la sombra de un frutal que se recuesta en la mitad de su cuerpo.
Tirado, su corazón corre con frenesí. Quiere sentarse y, al apoyar la mano, rompe la corteza de un fruto: por su mano corren mil pies. No puede evitar la nausea, cuando los gusanos reptan por su palma y suben hacia su brazo.
Al dirigir la mirada hacia arriba observa a unas aves encuclilladas que, en hilera, lo escrutan con fingida indiferencia. Aletean al parejo, como si quisieran iniciar el vuelo.
Pero no; sólo llaman a otras plumíferas que planean en círculo y que se retratan, sonrientes, en los ojos del viejo.
La mañana se abre con un insolente olor a guayabas.
La metamorfosis (2)
Soñé que corría desorientado por los arenales y los hilos de las telarañas cruzaban mi cara. Respiraba haciendo hipos y por el frío de la madrugada mi cuerpo era un temblor. Anteayer cuando leía el periódico, miré hacia la ventana y no pude percibir el reflejo de mi rostro. Lo atribuí al cansancio. Una mañana frente al espejo, quitándome una escama de la cara, vi que uno de los dedos faltaba. Sonreí. Pues me percaté que éste se escondía detrás de los otros.
Los sueños no variaban. Corría entre los arbustos preso de confusión sobre los médanos. En las espinas quedaban jirones de piel. Algunas veces escuchaba el ruido sordo de mis pisadas; en otras, el murmullo del mar y el silbido de la brisa cuando ésta roza los tallos secos de las ramas.
Siempre de la oficina a la casa. Si acaso pasaba a una tienda a comprar víveres, la mayor parte de las veces latas de salmón, en la creencia que el aceite era bueno para las funciones mentales. Leía y leía; y de pie, miraba la calle y a la muchedumbre hasta que ésta quedaba solitaria, moviéndose solamente los colores del semáforo.
Las noches transcurrían con lentitud. Mi corazón parecía anunciar con su tambor un espectáculo circense. Ése, donde el lanzador de cuchillos parte a la mitad una manzana que descansa en la testa de una mujer hermosa.
Revoloteaba en la cama como una libélula que aletea dentro de un frasco de vidrio. Cuando me situaba en posición fetal, el corazón parecía ubicarse dentro de mi boca, y el latido repercutía en las sienes. Las horas se hacían lentas, y la mente era una pizarra que cultivaba voces e imágenes que una tras otra se proyectaban y desaparecían, para dar inicio a otra serie. Escuchaba el carro pasar, un grito lejano y el ulular de una patrulla. Veía la transparencia de la luna reflejada en los vidrios de la ventana. ¿A qué horas el sueño llegaba en mi ayuda? No lo sé, pero cuando abría los ojos, rumiaba un cansancio apelmazado.
Un domingo lluvioso desperté. El frío dormía en mis pies y busqué otra frazada, temblé, hasta que el sueño – bendito sea- llegó. Bajo las sábanas vi la hora, eran cerca de las cuatro de la tarde. Recordé que la despensa estaba vacía y con gran pereza me vestí para ir al supermercado. Antes, pensé en tirar la basura acumulada de hace una semana, pero me dije: mañana. En la tienda, después de comprar lo de costumbre, tuve dificultades para coger la billetera y sacar el importe.
– ¿Le pasa algo, me dijo la cajera? ¡Se ve transparente!
Sonreí, le di las gracias y contesté.
– Debe de ser el frío de diciembre.
Un día me sorprendí por no percibir el olor del café, observé que mi foto en el buró era sólo una mancha de claroscuros y que el recuerdo de su visita a mi departamento se había envejecido.
Recordé súbitamente que ella, al mencionar nuestras vivencias, las refería siempre en pasado. Miré el algodón de la fina camiseta que un día me obsequió, había máculas de un rojo óxido. Un algo del corazón me dijo que debía acariciarla, pero al hacerlo noté con gran pesar que la tela ya no respondía a mis manos. Entonces caminé de un lado a otro sin sentir mi peso y observé que al fondo del cuarto, se abría un rayo de luz y que en la parte superior danzaban finos corpúsculos. Salté una, dos y tres veces hasta que conseguí atraparlos y tenerlos entre mis manos. Curiosamente después de mi esfuerzo, me perdí entre ellos.
Desasosiego dos
¡Bendito el marido que me ha tocado! Tiene horas que se fue, pero mi corazón me dice que se quedó la mitad de él. No puedo dejar nada que lo haga imaginar que hay en la habitación una respiración diferente de la mía porque es capaz de todo.
Hasta el viento que mueve las persianas me causa zozobra. Quemé mi agenda de soltera frente a sus narices y sonrió como diciéndome: ¡eso no basta!
Cuando pienso hablarle a alguno de mis amigos, repiquetea el teléfono.
¿—Qué haces? — Me dice con voz recelosa.
—Aquí, limpiando los viejos libros que heredé de la abuela.
— ¡Tirálos, eso es basura!
—Lo haré a su tiempo.
Mis ojos se detienen en el pez dorado que parece mirarme , mientras él se despide con instrucciones y besos por el teléfono.
La abuela, siempre lozana y viuda.
Variola
Hace tiempo desollaste a reyes y aldeanos. Los que sobrevivieron quedaron ciegos o carcomidos.No discriminaste. Hoy vives encarcelada. En mis noches de perversidad mezclo tus ácidos para sumar tu letalidad. Tiemblo al pensar que un error puede serme fatal. El rechazo que la institución me impone, estimula mi deseo de ponerte en libertad. Tan sencillo como dejarte olvidada en algún aeropuerto y quince días después, brotarías en los cuerpos transformada en pequeñas vesículas hediondas de pus y muerte.
La sospecha
Cuando su hijo cerraba la puerta, le lanzó un beso chasqueando la lengua. Ella entrecerró los ojos y creyó ver a su esposo que, hace dieciocho años, se había ido de viaje. Aún lo recuerda con la ceja levantada y aquella sonrisa coqueta con la cual se despidió. Para ella no era extraño que él se ausentara algunos días. Aquella vez, fue un otoño, y el frío se colaba por las rendijas de la puerta.
Vivían en un gran condominio donde los edificios parecían haber sido calcados. Lo recuerda como una buena persona, amoroso, sin embargo, eran notorias sus ausencias. Muchas veces tuvo que golpearle la mejilla para que volviera a la realidad. A veces lo sueña. Ella piensa que lo mataron, tal vez por robarle, tal vez…
Hace dieciocho años él entrecerró la puerta, había ordenado ropa para una semana, pero al ir bajando la escalera, se preguntó, ¿Qué tanto me amará mi mujer? Sería bueno saberlo. Y en vez de irse a la estación, se dio a buscar un cuarto de renta. Lo encontró y se quedó allí. En unos minutos, vivía cerca de su casa, y podría decirse que era un vecino nuevo de sí mismo. No salió durante semanas. Su barba creció. Compró ropa holgada de colores oscuros y un sombrero que abarcaba toda la testa. Meses después vigilaba el edificio donde vivía su familia. La seguía cuando iba a comprar a la comisaría; en ocasiones, y oculto en espacios estratégicos, podía observar su mirada sin brillo y el rostro adelgazado. Pasó el tiempo, la mujer siempre sola, y con una rectitud ejemplar. Cierta vez coincidieron en algún puesto del mercado y pudo escuchar alguna conversación con la verdulera. Su voz era clara, suave, y caía como si nada más hablara para sí misma. Recordaba su tono; recién se habían casado y aunque suave, comunicaba una alegría que podía sentirse porque le hacía cosquilla en el lóbulo de la oreja.
Muchos años pasaron. Y casi para cumplir los veinte se dio cuenta de que su mujer era íntegra; ahora estaba seguro de que no lo reconocería e intentaría enamorarla. Se hizo coincidir con ella, logró sacarle algunos monosílabos, y hasta pudo entablar una charla en la soledad de un parque, donde sin rodeos le habló como la primera vez. Ella sintió que una aguja se le clavaba en el corazón. Y aquellos ojos tristes volvieron a prenderse como un cerillo. Ella se llenó de una fina lluvia y en un instante pensó que había algo mágico en aquel hombre y al verlo con los labios entreabiertos lo tomó de la mejilla y lo besó como lo haría una muchacha de veinte años. Reconoció los labios del hombre que se ausentó y dio gracias a Dios por habérselo regresado. Él se retiró ofuscado, perdiéndose en los vericuetos de la gran ciudad y nunca más volvió a verla.
La prueba
Ella estaba en un rincón de la sala orquestando sus manos largas que más que ganchos parecían batutas. Él fumaba y tamborileaba pensamientos; nada le parecía relevante. Intentaba recordar, pero las evocaciones pasaban veloces y livianas.
— ¿Qué haces?
—Tejo.
— ¿Es una corbata?
Ella ignoró el sentido irónico y siguió con la labor.
—Solo practico un punto que resista cualquier embate.
Él salió dando un portazo. Respiró hondo; la fina lluvia rápidamente lo cubrió.
— ¡Tu gabardina! —le gritó.
—Eres divina, estás en todo.
—Te cuido— Le dijo paciente.
Se internó por las callejuelas del barrio. La luz mortecina dejaba ver los grafitis y bajo el dintel de un viejo portón, miró a un ciego que cantaba, percutiendo con sus pies un bote de lata. Entró en el bar, pidió un tequila, después otro. La luz traspasaba indiferente los dobleces del humo que salían de la boca de los escasos parroquianos. Un saxofonista resoplaba el instrumento. No aguantó más y pidió la cuenta.
Por la mañana, su esposa lo encontró colgado con el lienzo que ella había tejido. Dijo para sí: “El punto no es tan bueno, tendré que ajustarlo”, y empezó a vestirse de negro.

Célibe
Célibe camina por la playa, agradecida por el cosquilleo que hacen las burbujas que revientan entre los dedos de los pies.
Sentada contempla la puesta del sol en un lugar sombreado y solo. La brisa llega con olores de ostra que alborotan su pelo.
Entre sueña. Se desabotona la blusa para percibir el roce del viento. Entrecruza las piernas. Sus manos descansan en su vientre. No piensa, solo atiende al momento.Relajada disfruta del mar. Dormita y recrea a la hermana sentada sobre las piernas del novio, moviendo discretamente las caderas.
Llega un aire que despeina a la niña-mujer. Respira profundo, sus pechos empujan la blusa; y al contacto con la brisa brotan los pezones. Busca acomodo entrelazando sus piernas una y otra vez o abriendo y cerrando el compás. La brisa hurga en su interior. Se inquieta y suda. Llega un calor que rebalsa y recorre todo el cuerpo dejando un tic-tac de latidos en su bajo vientre. La mano laboriosa y gatuna salta al monte de Venus y retoza.

