Frenesí de Rubén García García Pasó más de media vida para encontrarla. Después de recorrerla » es lo que siempre he buscado». se dijo. Volvió el deseo y los dedos se convirtieron en tentáculos ansiosos. El perfume de sus cabellos, la geometría de sus pechos lo enloquecía. Dentro, en el corazón de su corriente, la barca del infarto desataba sus nudos.
He construido una cometa grande y resistente. Al contacto con el aire se sacude. ¡Qué hermosa! ¡Cómo se eleva! ¡Lleva dos carretes de hilo y quiere más! Óyela zumbar. Hay un cielo sin nubes y mi pandorga luce. Mi pasión es armar con esmero mis pájaras de papel, sentirme parte de ellas y percibir el viento y el paisaje.
Esta cometa es especial. La construí como una despedida. La semana que viene estaré lejos, les cuento la otra parte…
«El bambú tiene que ser largo, seco y resistente. El viejo Meraz lo tiene. Sé que lo serena cuando la luna enrojece. Una receta para darle alma, según la abuela. El tarro curado es muy demandado. Un día me hice el aparecido. El viejo sonrió con la mirada.
¿Qué buscas? me preguntó con ironía. Estaba chimuelo, tenía dos ventanas, por donde se le escapaba el aire al hablar.
¿Dónde tiene el bambú?
¡Qué!, ¿vas a hacer tu casa, te quieres casar…? -Véndame un pedazo. –Ya lo vendí. Ayer se lo llevaron. Me retiraba con las espaldas aplastadas cuando me gritó. Volví y sacó de su casucha una mitad, dorado como una cal color de luna. Sabía que vendrías…
Noemí llegó de la ciudad. Pelo negro, corto, orejas pegadas a la cabeza y aretes que bamboleaban al ritmo de su paso. Frente a ella enmudecía y con mi cara de bobo la saludaba alzando el brazo.
Ese día intentaba elevar una pandorga, tan obesa que daba de brincos, como esos canguros que salen en las caricaturas. Me animé. ¿Si deseas, podemos hacer una…?
La cometa danzaba en el cielo. Construíamos una diferente en forma, color y las elevábamos. Un día que formábamos una estrella, nuestras caras quedaron a un suspiro y la timidez me paralizó las manos, pero no mi boca, y cerrando los ojos nos dimos un beso. Para mí fue el primero. Jugábamos en el riachuelo, nos perdíamos entre los árboles y luego nos hacíamos los encontradizos. Una tarde se fue. Sin que yo supiese que se iba a ir, tal vez ni ella lo sabía. Conseguí su dirección. Las cartas llegaban cada semana, después cada mes, luego…»
La cometa es un punto. Tiene ya tres carretes de hilo y quiere más. Intenté recortarle el hilo y da de vueltas,exige por el zumbido y lo hago, de no hacerlo el riesgo es que se vaya en picada.
Una tarde Noemí pintó su boca en un papel y al lado, la mía. Era nuestro secreto de seguir juntos.
Hoy la mía se irá sola, quizá un día se encuentre con ella en alguna parte. El recado ya no se ve.
Es duro y doloroso, y no puedo evitar un sollozo. Cierro los ojos y con toda la fuerza aviento el carrete a la corriente del arroyo. La cometa se envuelve con el viento y el carrete es arrastrado por la corriente hacia el río. Mañana será otro día.
«Mamá, ¿qué tanto gritaba anoche doña Delia? Nada que tú debas de saber. Son cosas de mayores»
DELIA de Rubén García García
A la vecina de mamá. Tal vez alguien la comprenda. Juvenil, ojos grises y un cabello rizado castaño que caía en bucles hasta el hombro. Mediana de estatura, pechos generosos, caderas macizas que iban y venían entre las maceras del corredor. Cantaba y removía la tierra de las rosas. Ella tenía estudios universitarios, sin que hubiese terminado una carrera. Los padres murieron.
Allí hizo vida con el Capitán. Hombre serio, de bigote ancho. Lo recuerdo con uniforme cubierto de insignias, y por su zapateo. Cada pisada era firme, tronadora, como diciendo: ya llegué. Su trabajo en el ejercito consistía, en viajar hacia la sierra para descubrir irregularidades.
Sabía que el capitán, la mitad del mes estaba fuera. De los quince días restantes, siete eran de felicidad, otros cinco de indiferencia, enojo y explosión; los tres restantes aparecía una paz y él se iba a la montaña con una sonrisa en la boca.
La casa tenía corredores con enredaderas en donde el viento iba y venía como niño. Cuando escuchaba el ronroneo de la Pawer, salía a recibirlo con abrazos y besos para animarle a que dejase el ceño fruncido. De esos siete días los tres primeros era de mucho cariño. Muy temprano salía del baño y antes de que él se levantase, ya tenía el desayuno. Lo sabía porque los olores se filtraban hasta mi dormitorio. Algunas veces comían en el corredor entregados a la sonrisa y el mimo. Lo mecía en la hamaca y cuando dormía, ella se acomodaba. Una noche, mamá me ordenó regar el jardín. El agua llegaba después de medianoche, Estaban acostados en el pasto, iluminados por un débil foco, más por la luna llena. Escuché que ella decía: ¿Dime que me quieres? —Sabes que sí. —Dímelo, anda quiero oírlo. —Te quiero— Dímelo de nuevo anda quiero oírlo .—Te quiero —Esa boca dice que me ama y me siento hinchada. No te puedo negar nada, eres mi bebe. No. Eres mi santo de adoración. Nunca puedo decirte no. Tómame. Quedaron en silencio, sólo el chasquido de besos. Ella sobre él y el reflejo de la luna sobre los rulos de su cabellera que subía y bajaba. Me quedé en silencio. Sabía lo que estaban haciendo. Después entraron a su casa, Delia abrazándolo, él tomado de sus caderas. Para el quinto día el entusiasmo se mantenía, pero sin llegar al furor de los primeros. Salían de compras. Ella atendía la casa y él pasaba más tiempo en el cuartel, de tal manera que llegaba hasta entrada la noche. Seguía solícita y cuando él hablaba, de inmediato atendía su deseo. El décimo día era pobre en caricias. Regaba el jardin, y por la tarde se perdía en el televisor. Y si hablaba, salían las palabras sin aquella música de los primeros días. Lo atendía a secas, como si fuese algún visitante. En la mudez de la noche se escuchaban sus voces alteradas: gritos, reclamos. —Me dijeron que te vieron con otra mujer. —Son chismes —A mi no me vas a ver la cara de pendeja. Ahora sé porque anoche te hiciste el dormido. —Estás loca. Sólo tuve reunión con mi general y tomamos unos tragos. Las voces daban paso al silencio, pero más tarde volvían a la carga. Dos o tres noches se repetía la escena, hasta que explotaban en gritos. Eran como diez minutos de refriega. Ruidos de muebles, como si los arrastraran. Golpes a mano limpia, forcejeo, el splash de la mano abierta. El zumbido del cinturón y la voz suplicante: —Ya no me pegues. —ya no. —luego la mudez. Al día siguiente el capitán salía temprano y ordenaba: —Alista la maleta. Ella volvía a la quietud, volvía a ser la misma, amorosa, servicial y a él se le pasaba el enojo y mientras ella regaba las glicinas, bajo la luz de la luna, él volvía a meter mano y ella caminaba hacia la recámara preguntándole. – ¿Compraste la crema de fresa?
Salí de mi ciudad para continuar los estudios en la capital del estado. Regresé para las fiestas de navidad y pregunté por ella. –Se fue para México. -¿Se fue con el capitán? -No, se fue sola. El capitán tal vez lo cambiaron. Dicen las gentes que hubo muchos muertos en la sierra. Primero venían soldados a entregarle cartas o razones, pero desde hace seis meses que no sabe nada de él.
Dos años después llegó a visitarnos con su nueva pareja. Eran días de asueto, de vacaciones, semana santa, semana para divertirse en la playa. En la noche, la casa se llenó de luz y la música se escuchaba hasta después de la media noche. Desde mi ventana vi que estaba sobre el pecho de su pareja, acariciándolo. —¿Verdad que me quieres? —Claro… claro. —Pero dilo, me llena escuchar un te quiero en tus labios. —Te quiero… —Mmmm … lo dices sin ganas, como si te obligaran. ¡Dilo fuerte! Anda dilo. Porque cuando lo dices en voz alta, mi corazón se hincha. Así, esa boca dice que me ama y yo me siento inflamada y nada puedo negarte.
Los que no escriben saben que escribir es fácil. Que para ello sólo es necesario un jardín, una mujer y un hombre que, por alguna circunstancia de la vida, ha olvidado la cita. Los que no escriben saben que eso es suficiente para escribir una novela o un cuento, según si en medio del hombre y la mujer interviene un tercero con intenciones de contrariarlo todo. De eso dependen la extensión y la intención de la historia. Sin embargo, los que escriben piensan todo lo contrario, y si se empeñan en estar horas enteras frente a la página en blanco, quemándose la s pestañas y la sesera, creando largos e intrincados argumentos, es sólo porque quisieran encontrar, finalmente, esa verdad que de tan buena fuente saben los que no escriben. Rogelio Guedea «El escritor corrige con la cabeza, en efecto, pero escribe con el corazón. Escribe con su vida, sus viernes soleados, sus besos, sus astillas, sus zozobras, sus huecos. Escribe con las cosas más extrañas imaginables, pero no con la cabeza. La fantasía es en nosotros más primitiva que la realidad. Ahora bien, ni en el puro fantaseo, ni en la corrección a secas, reside exactamente la esencia de la creatividad. Los momentos auténticamente creativos de la escritura literaria tienen lugar en una zona intermedia también; allí donde el pensamiento dirigido y el pensamiento fantaseador se equilibran, se alternan, y lejos de oponerse comienzan a trabajar al unísono».
Toda su vida quiso ventilar su cerebro enterrando a todos sus muertos, los de carne y los de hueso. No creía en la iluminación y era indiferente a las luces del aforismo. Fue geómetra. Vivió del ocio sagrado de los ángulos rectos y nunca su hipotenusa compartió habitación con el escaleno. Animoso, buscó novia durante tres meses. El enigma de la conquista nunca le fue revelado. Así que intentó primero con Ovidio, al ver que las muchachas ni siquiera volteaban, intentó con Neruda, pero cuando llego al verso “para que nada nos amarre que no nos una nada” como respuesta recibió miradas furibundas y despechadas. Resuelto a no dejarse intimidar buscó al infalible Bataille. Tanto se concentró en la lectura que cerró puertas y ventanas y llenó el espinazo del resto de sus días con la imaginacion.
Las malas lenguas, que son muchas y carnosas, dejaron crecer la culebra del chisme. Bipolar, alcohólico, misógino, pervertido, corrían calle arriba y calle abajo las explicaciones de su enclaustramiento.
Un día poligonal, que tenia rostro de febrero, lo vieron asomarse por la ventana. No profirió palabra. Los estudiantes de lingüística afirman que le vieron bajo el brazo, El Placer del Texto de Barthes. Algunas admiradoras, apasionadas de lo imposible, dejaron en el quicio de su puerta un ejemplar del Cantar de los Cantares, con la esperanza recóndita de convertirse en Sulamitas.
Para apreciar mejor el Shōfū Haiku (蕉風), es decir, el estilo poético desarrollado por Matsuo Bashō en sus composiciones, debemos de entender que su génesis se encuentra en una aspiración superior a la meramente literaria. Bashō concibió al Haiku como un camino de ascesis espiritual o lo que algunos autores contemporáneos llaman Dō (道): una senda, una vía, una manera, un medio, un verdadero camino de vida.
Esa palabra lo define todo: Dō, término esencial que podemos rastrear en distintas artes japonesas como, por ejemplo, la exigente y hermosa disciplina de la caligrafía: Shodō (書道) o el «camino de la escritura». El calígrafo frota la barra de tinta contra una bandejita de piedra que contiene agua (elemento cargado de espiritualidad en múltiples culturas) de manera él mismo «fabrica» su propia tinta, la cual se transforma en múltiples formas esparcidas gracias al contacto entre el pincel y la fina superficie de un papel inmaculado. Quiere decir que para los japoneses como Bashō, independientemente de su tiempo, un arte como la caligrafía no se basa únicamente en escribir con pulcritud cada uno de los caracteres, sino que existe algo que va mucho más allá de lo meramente tangible y que, como hemos visto, resulta casi un ritual. Pero hay un aspecto fundamental que no puede pasarse por alto: durante el desarrollo de su actividad, el calígrafo no pretende escribir bellamente, no basa su concentración en la finalidad del trabajo sino que busca encontrarse, reflejarse, expresarse a sí mismo mediante cada trazo. Y esto mismo ocurre con el Kyūdō o «camino de la arquería», el Chadō o «camino de la ceremonia del té» o el Karatedō, el «camino del Karate o de la mano vacía». En todas estas estas disciplinas hallaremos una enorme carga espiritual contenida que empuja al desarrollo de una técnica o un estilo y que basa toda su armonía en el proceso y muy por encima del acabado o el fin, es decir, en el recorrido y no en la meta, en el camino: en el Dō. Así pues, ni el arquero, ni el hacedor de té, ni el karateca buscan realmente acertar en el blanco, preparar una taza de té con un sabor determinado o asestar un golpe preciso, sino que trascienden su propio ámbito y empalman con un punto íntimo en donde se encuentran con su propia naturaleza como seres humanos. Y esto mismo ocurre en el Haiku.
Por eso, para apreciar la profundidad del estilo cultivado por Bashō es imprescindible la noción de Haikudō (俳句): el «camino del haiku». Solo así, podremos paladear mejor haikus tan enigmáticos pero hermosos como:
. 初雪や水仙の葉のたわむまで
Liviana nieve primera: apenas dobla las hojas del narciso. (Trad. Fernando Rodríguez-Izquierdo) .
枯枝にからすのとまりたるや秋の暮
Se posan los cuervos sobre una rama seca. Tarde de otoño. (Trad. Gonzalo Marquina) .
古池 蛙飛びこむ水の音
Un viejo estanque: salta una rana, ruido del agua. (Trad. O. Paz & E. Hayashiya) .
Con su estilo Bashō nos exhorta no solo al deleite estético producido por el poema, sino desarrollar una actitud de especial concentración en donde las energías del espíritu y del cuerpo se sumergen en el mundo y sus cosas continuamente. Es una invitación, pues, a recorrer con calma el camino del haiku.
Me perturba con solo escuchar su voz. ¡ no lo aguanto! He decidido matar a mi marido.
Lo conozco bien. El momento idoneo es cuando toma su café por la tarde. Es gordo, de presión alta y azucarado.
Solo tenemos en común, que los dos estamos enfermos de la presión. Pero a él le sube, a mí me baja. Unas gotas de mi medicina en su café no lo notará. Sustituir sus tabletas por unas de almidón no es dificil.
Estos días lo atenderé como siemre: seria y amable.Y a esperar.., lo que venga primero. Un infarto es rápido.
He comprado un vestido negro discreto. Suelto, tres cuartos, de buen algodón, fina caída. Me queda mejor, que si me lo hubise hecho la modista… . Ese día calźé el vestido negró, maquillaje discreto. Al verme en el velatorio pensaron que estaba dormida. -¡ qué hermosa se ve! -Dijo mi vecina.
Debo de aclarar que mi esposo y yo no tan solo coincidiamos en la presión arterial, sino que teníamos la misma intención.
Sendero Tengo que admitirlo. A mis setenta años, en las noches oscuras escucho los horrores de aquel momento, aunque el el presente me propone un final cercano.
Sudoroso, tenso, percibo los tambores desordenados de mi corazón. Voy al baño, orino sobre la blancura de la taza; y el chorro final se queda a medias, pujo hasta que las gotas se reúnen en un flujo fatigado.
Camino a oscuras hacia la cocina para tomar agua: me calma, me refresca; al beber, el ardor abdominal se vuelve tolerante. Mi oído es muy perceptivo; la familia ignora lo bien que escucho. Soy un anciano débil, subordinado, que vive gracias a Dios y a los inventos del hombre. Sin embargo, ellos han decidido adelantarme la muerte. Mis bienes, prácticamente ya se los han repartido; no les pertenecen, pero saben que en el futuro los tendrán. Cuchichean en los pasillos: si me llevarán a la iglesia antes de darme sepultura.
Tengo deseos de abandonarme a la corriente al sufrir este duelo diario, pero una mano pequeña, dentro de mí, me dice que no. Y entonces me veo en el recuerdo como un chamaco de diez años.
Vagaba descuidado por el malecón. Mi padre en la cantina, mamá en alguna casa lavando ajeno para darnos un pedazo de pan y, a veces, yo llevaba las ropas sucias, raídas y los zapatos rotos.
— ¡Chamaco, chamaco! La voz provenía de una señora robusta, acanelada, de mediana edad, con grandes ojos verdes, y un lunar que le abarcaba la mejilla derecha. — ¿Qué haces chamaco? – Nada. — ¿No quieres ganarte unos centavos? – ¿Cómo? —dinero era lo que necesitaba para ir a comprar comida. — ¡Vente conmigo! Tengo una lonchería y necesito que me ayudes. Me vio indeciso y continuó. —Te ocuparás de llevarme agua y moler el maíz para hacer las tortillas. ¡Anda, súbete a la lancha que nos vamos! La sorpresa me había dejado inmóvil, sólo hacía gestos. — ¡Súbete! ¡Súbete, que nos vamos! Salté al bote; creí que atravesaríamos el río, pero siguió corriente abajo para incrustarse en la desembocadura y adentrarse al mar abierto. Por allá estaba “El Esperanza”, un barco carguero de mediano calado. La señora se llamaba Ema y con el peine de sus uñas me acicalaba el pelo. —No te asustes, te va ir bien conmigo —me decía al oído. ¿Asustado? Yo no lo estaba. ¡Lo que veía era grandioso! Montarme e imaginar que era un potro y cabalgarlo sobre su lomo líquido, me llenaba de fuego. ¡Estaba arrobado! ¡Tanta agua! Mi mano sentía la brisa chispeada de gotas minúsculas que me rociaban brazos, pecho y cara. Había muchos hombres, pero pocas mujeres y todos dormíamos en la cubierta bajo una lona que servía para protegernos del sol o de la lluvia; tocaríamos tierra cerca de la frontera con Guatemala, me dijeron. Ellos debían introducirse en la selva, subir a lo más alto del árbol del chicle y hacerle surcos, para que la resina bajara poco a poco y su leche blanca fuese transformada en dulces o pelotas.
Se acabó la travesía en el mar y, una vez en el puerto, me compró dos mudas de ropa, zapatos y unas botas que sobrepasaban mis rodillas. ¡Nunca había tenido tanto! — ¿Ya llegamos? —quise saber. —No, aquí tomamos el tren. – ¡Ahí viene! ¡Ahí viene! Subimos y pronto se puso en movimiento. El vaivén era suave y parecía que bailábamos. Las mujeres con sus crías y los hombres metiendo al vagón gallinas. De cuando en cuando veía la acrobacia de los cotorros y escuchaba el canto del cenzontle. Un día después, estábamos en la estación. El pueblo tenía casas de tarro, palma, adobe y algunas con dos pisos hechos en madera. — ¿Aquí es? —pregunté con curiosidad. —Todavía falta, pero acá vamos a dormir. Muy temprano en la mañana salimos a lomo de bestias; nunca había montado así que a las tres horas de viaje, sentía que un enorme tumor me iba creciendo en las nalgas y pedí seguir a pie. Sólo escuché que alguien me decía: “¡cuidado con las víboras!” Hubo un momento en el que no tuve más remedio que subirme a la mula ya que había partes donde el barro me hubiese llegado a la cintura. Un lodo tan apestoso que cuando los animales salían, el olor putrefacto se quedaba terco, en la nariz. Arribamos al anochecer. Sin vestigios de casas ni de calles, estábamos en un claro comido a la selva entre la inmensidad de los árboles, donde habían hecho galeras enormes para descansar y dormir. De pared a pared se tendían las hamacas; encima, el pabellón que nos protegería de los moscos. ¡Moscos, muchos moscos! Aplaudía sobre la cabeza y terminaban hechos puré entre mis palmas. Antes de acostarnos, la gente quemaba hierba para hacer abundante humo y forzarlos a irse.
—Bueno, hijito, se nos acabaron las vacaciones – me ordenó levantar. Era de madrugada – Ahí están las cubetas, ¡ve al pozo y tráeme agua! Después de cinco viajes, me hizo señas de que era suficiente. Aún no abría el día y pensé en dormir otro poco. —Amorcito, el día apenas empieza —dijo con firmeza adivinando mi intención. La señora tenía a su cargo veinte hombres, a quienes les daba un desayuno abundante casi al amanecer, el almuerzo para que después engulleran en lo profundo de la selva y un plato fuerte que los esperaba a su retorno, cayendo ya la tarde. Al volver tenían hambre, sueño y un intenso escozor ocasionado por las picaduras de insectos que solían mitigar con gelatina de sábila cocida en caña. Por la mañana había que llenar los tanques de agua, cortar la leña, ponerla al sol, cuidarla de los aguaceros, cocer el maíz con cal, pasarlo al molino y obtener la masa para que cuando regresaran, hubiese tortillas. En la vejez de la tarde –atontado y dispuesto a dormir– dejaba caer el pabellón y la hamaca se mecía con mi peso; a las tres de la madrugada, la voz de la señora me volvía a la realidad. —Anda, ¡párate muchachito, ve a traer agua! El domingo era el único día en el que los chicleros no se internaban en la selva; quisiera o no, tenía que moler el maíz, pero más de uno me ayudaba. Doña Ema debía guisar. Al descender el sol, nos gustaba ir a una poza y retozar en el agua, o a los lodazales con resorteras para sorprender a las chachalacas desde algún escondite. Si nos sonreía la suerte, había alimento fresco para llevar a la boca y era un agasajo ya que estábamos hasta la coronilla de la carne salada.
Ese domingo, el Compa me invitó a pasear con él. —Cerca de aquí hay un árbol de zapote, yo subo a cortarlos y tú los atrapas para que no se destruyan. Le pedí permiso a doña Ema, salí alborozado. —Ten cuidado con las víboras —le dije en el camino. —Hay que cuidarse de todo, pero mucho más de los humanos —y se echó una carcajada. Cerca del frutal, hizo señas para que me mantuviera cerca y sin hablar. Prendió un cigarro y observó hacia dónde se dirigía el viento. —Hay un puerco salvaje, lo mataré —susurró— súbete a un árbol, pero no hagas ruido. Desde lo alto lo vi con el machete en la mano. Cuando lo hacía caer, la luz del sol se reflejó en el plano del fierro limado, zumbó en el aire y la oreja del jabalí salió despedida como si hubiese dado un brinco. El puerco –que tenía una alzada de casi un metro– en vez de correr embistió al Compa y le metió su hocico entre las piernas. Cerca estaba la manada y seis de ellos se abalanzaron haciendo que perdiera el equilibrio; ya en el suelo, clavaron sus colmillos de media luna, rasgándole el cuerpo. La sangre manaba a borbotones, parecía una fuente y sus gritos de dolor laceraban mis oídos con un ¡ayúdenme!, que todavía sueño. Sobre el final, uno de los cerdos le tumbó una oreja; pude verlo cuando arremetió alzándolo por el aire: le faltaba un ojo y uno de sus mofletes había desaparecido, dándole la falsa apariencia de estar sonriendo. Ya no pude resistir y lloré, ocultando mi cara sobre el brazo. Sólo respiraba el hedor del miedo cada vez que sollozaba. Ahí quedé hasta que me encontraron y fui cargado hasta las cabañas; allí sentí que amarraban mi cabeza a un camastro para frotarme el cuerpo con alcohol mientras me hacían tomar caña con azúcar para curar el espanto; horas después, dejé de temblar. Ese día permitieron que durmiera hasta entrada la mañana. Ya repuesto, pude seguir; después, nada me asustaba.
¡Cuántos años! Nada más triste que ver cómo la familia se quita las máscaras y sus sentimientos quedan descarnados. La lucha sorda entre ellos, su actitud felina de restregar el lomo en la entrepierna o el ósculo que se dan en la mejilla. Esperan mi muerte y nada más fácil que dejarme sin medicinas. Sólo murmuran, hacen señas entre ellos, guiñan el ojo y se frotan las manos.
¡Oh, Dios! ¡Otra vez el sudor! Mi frente es pequeña para tanta agua, parece que el aire es menos y una losa multiplica su peso en el centro del pecho. Simulé dormir profundamente, tomé la reserva oculta de medicinas, documentos de identidad, dinero que tenía en un viejo pantalón y salí de la casa con el resguardo de la noche, la suerte y mi voluntad. ¡Ahí estaba el niño! El viento fresco del río me produce cosquillas y por las márgenes van en paralelo las mariposas . La lejanía tiene un cielo ocre mientras que los montes rompen en rojos eléctricos y azules en floración. Hay olor de vida. Estoy dentro del mar; es bello ver cómo brincan los delfines y salpican de elípticas. Es bello. Sólo tendré que ajustar el acelerador de la embarcación, pienso mientras lustro con la mirada el peso del ancla que amarraría con doble nudo al cuero de mis botas. Pronto platicaré con la sirena de mis sueños. El niño me dice que no, que él no desea morir. Ahora puedo ver bien, como si a mi corazón lo bañara la luz de la mañana. Ordeno el pensamiento y vuelvo a la ciudad.
En el acuario que está en la sala del hospital, los peces mueven la cola espantando imaginarias moscas; algunos se quedan mirándome: el pulpo de plástico me observa oculto tras los corales, y una pequeña sirenita de juguete sonríe, cómplice. Apoltronado, espero el resultado de los estudios a los que fui sometido ya que el tratamiento inicial me ha devuelto la fuerza y el ánimo.
Voy en un crucero, llevo de la mano al niño; llegaremos al puerto donde hace sesenta años, él caminó en la búsqueda de sí mismo. Hemos planeado comernos una nieve, ver el mar y sentir la majestuosidad de la selva; mañana… será otro día.