Háblame al oído,
tócame con el azul eléctrico de tus manos,
dale finos dientes a tu respiración.
Convierteme en sax
y rompe con encendidos solos
la plaza de tus deseos.






Cuando hablaba su desatención era insultante; ella platicaba de las cosas diarias de la vida. Yo me distraía con el centelleo de sus ojos, la oscuridad de sus cejas, el tono melodioso de su voz. En los pequeños silencios, buscaba mi mejor entonación para musitar mis trastornos. Ella seguía hablando de los quehaceres y avatares de su persona. Entonces inflé con gas mis palabras, obtuve un ramillete de globos. Salí al patio, solté la cuerda y los vi en la lejanía. Regresé y seguía hablando sin notar mi ausencia. Aproveché para inspirar profundo y recargar mi boca sobre su boca e inflarla poco a poco. La dejé ir hacia las nubes.
Dios te obsequió un cuerpo jorobado con una resistencia sobre natura. En la armonía de tu paso se descubre una paciencia infinita. Soportas: el sol duro, el frío cruel, y las dunas que duermen la siesta del tiempo.
Tuve una novia que se desató de mi mano y buscó una banca frente el mar, se recostó cruzando la pierna, imitando a una estatua. Nunca supe de ella, se fue como el chiflido, el aroma; en el recuerdo es punto en la lejanía. Cada que encuentro el malecón, el sabor marino y una banca, regresa y me sacude.




Soñé con el mar y con una mujer que corría en contra de la brisa. El viento revolvía los rizos castaños mientras su blusa se esponjaba, comiéndose a bocanadas el aire. La falda era un par de alas y veía su cuerpo de garza en vuelo. Me llevo lejos; cuando mis manos respiraban su pelo de cobre, se perdió en el murmullo celoso de las olas.