El solidario de Luis Torregrosa

Le dolía mucho más la miseria ajena que la propia, así que cuando fue inmensamente rico no le costó trabajo sentir repugnancia por la riqueza de los demás.

Solidaridad

Breve ensayo sobre el sentido de la vida (Parte I)

Unos minutos en uno mismo no hace mal.

Avatar de BorgeanoEl Blog de Arena

A pesar de lo poco humilde del título de la entrada, lo que me mueve a escribirla (al igual que las que seguirán a ésta) es un honesto sentimiento de pequeñez y de humildad. Trataré de explicarme: desde hace unos días vengo viendo a mi alrededor que algunas personas a las que quiero, se sienten presas de un pesimismo profundo e, incluso, de hasta una notable pérdida del natural deseo de vivir. Quien esto escribe cree, precisamente, que la vida carece de un sentido a priori y, también y por sobre todo, de un sentido soteriológico (es decir, de un sentido que tiene que ver con la doctrina de la salvación cristiana y, por extensión, de toda salvación post morten); en síntesis, vamos, que a esto que llamamos vida no le veo sentido alguno ni del derecho ni del revés; y sin embargo, me veo abrazando a esta oportunidad…

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Apuntes de un niño, el abuelo

Me llevaron mis padres a una casa desconocida, después supe que era la de un hermano de mi padre. Allí estaba un cuarto atiborrado de flores y en medio un ataúd. Dentro del cajón, que lo vi enorme, estaba un señor que nunca había visto. Mi padre me levantó con sus brazos.

-Éste es tu abuelo. -me dijo.

De tez blanca, nariz prominente. Supe que había salido de Líbano, llegó a Nueva York, de allí tomó otro barco y arribó al puerto de Tampico. Por tierra llegó a la ciudad de Monterrey, en tren se embarcó hacia la ciudad de México. Sus compatriotas le dieron mercancías y le orientaron a que se fuera a una ruta. Vendiendo telas iba de pueblo en pueblo hasta que se acercó a uno donde conocería a mi abuela paterna. Mi abuelo no sabía una letra de español, hoy en mi vejez, medito las dificultades que pasó para poder subsistir en una tierra extraña, con idioma y costumbres diferentes y lo peor con un pueblo próximo a una guerra civil como lo fue la Revolución Mexicana.

El amor no conoce idioma.

revolucion

Contricción de Juan josé Arreola *

Ya sé, con algún teólogo moderno, que el mal también es útil. Puede desembocar en el bien. Y hay una idea muy bella precisamente de ese teólogo, que dice que el arrepentimiento puede modificar el pasado y hacer que todos los acontecimientos de la vida se coordinen hacia un fin.
Lo importante es lograr que en la hora de la muerte, todos los hechos de la vida armonicen y se subordinen al acto final de conciencia. Que a través de una visión cónica, en lo más profundo se vea el primer acto de conciencia, simultáneo con el último. La contrición es la única manera de irse del mundo. Nada debe ser más triste que morirse rencoroso o sediento de vida. Podría yo decir, porque probé de todo un poco.

caravaggio

 

 

*A los cien años de su nacimiento

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Tanka al deseo

¿Con qué me iré?
¿Venimos a vivir?
¿Con qué propósito
ando sobre la tierra?
¿Qué dejaré
cuando deje de ser?
¿daga filosa?
¿Quizá rueda que gire?
¿o árbol lleno de nidos?

Van árbol

Van gogh

El mapa de los objetos perdidos J.J.Arreola*

El hombre que me vendió el mapa no tenía nada de extraño. Un tipo común y corriente, un poco enfermo tal vez. Me abordó sencillamente, como esos vendedores que nos salen al paso en la calle. Pidió muy poco dinero por su mapa: quería deshacerse de él a toda costa. Cuando me ofreció una demostración acepté curioso porque era domingo y no tenía qué hacer. Fuimos a un sitio cercano para buscar el triste objeto que tal vez él mismo habría tirado allí, seguro de que nadie iba a recogerlo: una peineta de celuloide, color de rosa, llena de menudas piedrecillas. La guardo todavía entre docenas de baratijas semejantes y le tengo especial cariño porque fue el primer eslabón de la cadena. Lamento que no le acompañen las otras cosas vendidas, las monedas que he podido gastar. Desde entonces vivo de los hallazgos que el mapa me otorga. Vida bastante miserable, es cierto, pero que me ha librado para siempre de toda preocupación. Y a veces, de tiempo en tiempo, aparece en el mapa alguna mujer perdida que se aviene misteriosamente a mis modestos recursos.
Juan José Arreola
No. 128, Enero-Marzo 1995

*A cien años de su nacimiento

Arreola y Rulfo

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Arreola y Rulfo. Foto tomada de diario «Milenio»

La tierra y el agua

Ya no hay tierra virgen,
Las miradas que te han escarbado
no han sido para adorar tu belleza;
Han sacado de sus baúles
los aparatos de microondas
para rastrear las pepitas que esconden las grutas.
Planean con trompos subterráneos las charcas de petróleo coagulado.
Te ama el indio, el varón que vomita oscuridades para que no te penetren, Te aman el tigre, el murciélago y los pájaros que aúllan para causar miedo a las botas que atropellan a la fauna.
No le digan al agua que se abra en cascadas; que mejor se esconda en los veneros sagrados. La buscan con las pezuñas para hacerla presa, que busque el fondo o el mismo cielo.Qué no la encuentren por el bien de todos.Ya le pusieron precio y su foto aparece en las pirámides de la selva y en el árbol del volador.

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Los días de fiesta se fueron

Fueron días de palabra,
salía a borbotones de sangre,
incontenible hemorragia que en vez de matarnos
nos hacía vivir una fiesta interminable
de caricias, emociones.
Estábamos en la misma nave,
fluíamos del mismo sol
y el agua era la sustancia que permitía que saltaramos
como nomos en un mar de espuma y color.
Un día atardeció,
el otro se hizo denso,
luego sobrevino el frío
y una oscuridad súbita se instaló.

Nada pesa más que el silencio.
Silencio que muerde fino,
que medra meticuloso
como animal. Come una porción,
luego otra y otra y otra y no mata,
solo hiere respetando el sístole
.Estas atrapado en una red que no se ve
pero la sientes, estas vivo porque piensas y percibes el frío escalpelo.
No hay grito, y si gritas solo es a tu alma,
ya nadie escucha y las promesas de la feria
se destiñen en harapos.

Tienes que reinventarte
sacudirte el silencio,
la nada, la oscuridad
e inventarte un nuevo sol
que abra espacios de esperanza.

Salir a otro día
y recomponer tu ceniza
y volar, volar
antes que el silencio se eternice y te haga olvidar la palabra.

alma

De L’osservatore de Juan José Arreola*

A principios de nuestra era, las llaves de San Pedro se perdieron en los suburbios del Imperio Romano. Se suplica a la persona que las encuentre, tenga la bondad de devolverlas inmediatamente al Papa reinante, ya que desde hace más de quince siglos, las puertas del Reino de los Cielos no han podido ser forzadas con ganzúas.

puertas de

  • A cien años de su nacimiento.

Cuando sueñas

Y cuando duermes
trenzo tu pelo
veo tu sueño
dejo que vuele
a su escondite.
Luego lo calco.
y vuelvo a mí.

mujer dormida vicente-romero-

Vicente Romero

La tía Daniela de Ángeles Mastreta

La tía Daniela se enamoró como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota. Lo Había visto llegar una mañana, caminando con los hombros erguidos sobre un paso sereno y había pensado: “Este hombre se cree Dios”. Pero al rato de oírlo decir historias sobre mundos desconocidos y pasiones extrañas, se enamoró de él y de sus brazos como si desde niña no hablara latín, no supiera lógica, ni hubiera sorprendido a media ciudad copiando los juegos de Góngora y Sor Juana como quien responde a una canción en el recreo.
Era tan sabia que ningún hombre quería meterse con ella, por más que tuviera los ojos de miel y una boca brillante, por más que su cuerpo acariciara la imaginación despertando las ganas de mirarlo desnudo, por más que fuera hermosa como la virgen del Rosario. Daba temor quererla porque algo había en su inteligencia que sugería siempre un desprecio por el sexo opuesto y sus confusiones.
Pero aquel hombre que no sabía nada de ella y sus libros, se le acercó como a cualquiera. Entonces la tía Daniela lo dotó de una inteligencia deslumbrante, una virtud de ángel y un talento de artista. Su cabeza lo miró de tantos modos que en doce días creyó conocer a cien hombres.
Lo quiso convencida de que Dios puede andar entre mortales, entregada hasta las uñas a los deseos y las ocurrencias de un tipo que nunca llegó para quedarse y jamás entendió uno solo de todos los poemas que Daniela quiso leerle para explicar su amor.
Un día, así como había llegado, se fue sin despedir siquiera. Y no hubo entonces en la redonda inteligencia de la tía Daniela un solo atisbo de entender qué había pasado.
Hipnotizada por un dolor sin nombre ni destino se volvió la más tonta de las tontas. Perderlo fue una larga pena como el insomnio, una vejez de siglos, el infierno.
Por unos días de luz, por un indicio, por los ojos de hierro y súplica que le prestó una noche, la tía Daniela enterró las ganas de estar viva y fue perdiendo el brillo de la piel, la fuerza de las piernas, la intensidad de la frente y las entrañas.
Se quedó casi ciega en tres meses, una joroba le creció en la espalda, y algo le sucedió a su termostato que a pesar de andar hasta en el rayo del sol con abrigo y calcetines, tiritaba de frío como si viviera en el centro mismo del invierno. La sacaban al aire como a un canario. Cerca le ponían fruta y galletas para que picoteara, pero su madre se llevaba las cosas intactas mientras ella seguía muda a pesar de los esfuerzos que todo el mundo hacía por distraerla.
Al principio la invitaban a la calle para ver si mirando las palomas o viendo ir y venir a la gente, algo de ella volvía a dar muestras de apego a la vida. Trataron todo. Su madre se la llevó de viaje a España y la hizo entrar y salir de todos los tablados sevillanos sin obtener de ella más que una lágrima la noche que el cantador estuvo alegre. A la mañana siguiente le puso un telegrama a su marido diciendo: “Empieza a mejorar, ha llorado un segundo”. Se había vuelto un árbol seco, iba para donde la llevaran y en cuanto podía se dejaba caer en la cama como si hubiera trabajado veinticuatro horas recogiendo algodón. Por fin las fuerzas no le alcanzaron más que para echarse en una silla y decirle a su madre: “Te lo ruego, vámonos a casa”.
Cuando volvieron, la tía Daniela apenas podía caminar y desde entonces no quiso levantarse. Tampoco quería bañarse, ni peinarse, ni hacer pipí. Una mañana no pudo siquiera abrir los ojos.
-¡Está muerta! – oyó decir a su alrededor y no encontró las fuerzas para negarlo.
Alguien le sugirió a su madre que ese comportamiento era un chantaje, un modo de vengarse en los otros, una pose de niña consentida que si de repente perdiera la tranquilidad de la casa y la comida segura, se las arreglaría para mejorar de un día para el otro. Su madre hizo el esfuerzo de abandonarla en el quicio de la puerta de la Catedral.
La dejaron ahí una noche con la esperanza de verla regresar al día siguiente, hambrienta y furiosa, como había sido alguna vez. A la tercera noche la recogieron de la puerta de la Catedral con pulmonía y la llevaron al hospital entre lágrimas de toda la familia.
Ahí fue a visitarla su amiga Elidé, una joven de piel brillante que hablaba sin tregua y que decía saber las curas del mal de amores. Pidió que la dejaran hacerse cargo del alma y del estómago de aquella náufraga. Era una creatura alegre y ávida. La oyeron opinar. Según ella el error en el tratamiento de su inteligente amiga estaba en los consejos de que olvidara. Olvidar era un asunto imposible. Lo que había que hacer era encauzarle los recuerdos, para que no la mataran, para que la obligaran a seguir viva.
Los padres oyeron hablar a la muchacha con la misma indiferencia que ya les provocaba cualquier intento de curar a su hija. Daban por hecho que no serviría de nada y sin embargo lo autorizaban como si no hubieran perdido la esperanza que ya habían perdido.
Las pusieron a dormir en el mismo cuarto. Siempre que alguien pasaba frente a la puerta oía a la incansable voz de Elidé hablando del asunto con la misma obstinación con que un médico vigila a un moribundo. No se callaba. No le daba tregua. Un día y otro, una semana y otra.
-¿Cómo dices que eran sus manos? – preguntaba. Si la tía Daniela no le contestaba, Elidé volvía por otro lado.
-¿Tenía los ojos verdes? ¿Cafés? ¿Grandes?
-Chicos – le contestó la tía Daniela hablando por primera vez en treinta días.
-¿Chicos y turbios?- preguntó la tía Elidé.
– Chicos y fieros – contestó la tía Daniela y volvió a callarse otro mes.
– Seguro que era Leo. Así son los de Leo – decía su amiga sacando un libro de horóscopos para leerle. Decía todos los horrores que pueden caber en un Leo. – De remate, son mentirosos. Pero no tienes que dejarte, tú eres de Tauro. Son fuertes las mujeres de Tauro.
– Mentiras sí que dijo – le contestó Daniela una tarde.
-¿Cuáles? No se te vayan a olvidar. Porque el mundo no es tan grande como para que no demos con él, y entonces le vas a recordar sus palabras. Una por una, las que oíste y las que te hizo decir.
-No quiero humillarme.
-El humillado va a ser él. Si no todo es tan fácil como sembrar palabras y largarse.
-Me iluminaron -defendió la tía Daniela.
– Se te nota iluminada – decía su amiga cuando llegaban a puntos así.
Al tercer mes de hablar y hablar la hizo comer como Dios manda. Ni siquiera se dio cuenta cómo fue. La llevó a una caminata por el jardín. Cargaba una cesta con fruta, queso, pan, mantequilla y té. Extendió un mantel sobre el pasto, sacó las cosas y siguió hablando mientras empezaba a comer sin ofrecerle.
– Le gustaban las uvas – dijo la enferma.
– Entiendo que lo extrañes.
Sí – dijo la enferma acercándose un racimo de uvas -. Besaba regio. Y tenía suave la piel de los hombros y la cintura.
-¿Cómo tenía? Ya sabes – dijo la amiga como si supiera siempre lo que la torturaba.
– No te lo voy a decir – contestó riéndose por primera vez en meses. Luego comió queso y té, pan y mantequilla.
– ¿Rico? – le preguntó Elidé.
– Sí – le contestó la enferma empezando a ser ella.
Una noche bajaron a cenar. La tía Daniela con un vestido nuevo y el pelo brillante y limpio, libre por fin de la trenza polvorosa que no se había peinado en mucho tiempo.
Veinte días después ella y su amiga habían repasado los recuerdos de arriba para abajo hasta convertirlos en trivia. Todo lo que había tratado de olvidar la tía Daniela forzándose a no pensarlo, se le volvió indigno de recuerdo después de repetirlo muchas veces. Castigó su buen juicio oyéndose contar una tras otra las ciento veinte mil tonterías que la había hecho feliz y desgraciada.
– Ya no quiero ni vengarme – le dijo una mañana a Elidé -. Estoy aburridísima del tema.
– ¿Cómo? No te pongas inteligente – dijo Elidé-. Éste ha sido todo el tiempo un asunto de razón menguada. ¿Lo vas convertir en algo lúcido? No lo eches a perder. Nos falta lo mejor. Nos falta buscar al hombre en Europa y África, en Sudamérica y la India, nos falta
encontrarlo y hacer un escándalo que justifique nuestros viajes. Nos falta conocer la galería Pitti, ver Florencia, enamorarnos en Venecia, echar una moneda en la fuente de Trevi. ¿Nos vamos a perseguir a ese hombre que te enamoró como a una imbécil y luego se fue?
Habían planeado viajar por el mundo en busca del culpable y eso de que la venganza ya no fuera trascendente en la cura de su amiga tenía devastada a Elidé. Iban a perderse la India y Marruecos, Bolivia y el Congo, Viena y sobre todo Italia. Nunca pensó que podría convertirla en un ser racional después de haberla visto paralizada y casi loca hacía cuatro meses.
– Tenemos que ir a buscarlo. No te vuelvas inteligente antes de tiempo – le decía.
– Llegó ayer – le contestó la tía Daniela un mediodía.
– ¿Cómo sabes?
– Lo vi. Tocó en el balcón como antes.
– ¿Y qué sentiste?
– Nada.
-¿Y qué te dijo?
– Todo.
– ¿Y qué le contestaste?
– Cerré.
-¿Y ahora? – preguntó la terapista.
– Ahora sí nos vamos a Italia: los ausentes siempre se equivocan.
Y se fueron a Italia por la voz del Dante: “Piovverà dentro a l’alta fantasía.”

 

Perdón de Rubén Abella

Epifanio quería irse en paz y con las cuentas bien hechas, así que, antes de que fuera demasiado tarde, decidió pedir perdón a todos aquellos a quienes, según los libros de su conciencia, había hecho daño durante su larga estancia en el mundo. Mano a mano con su memoria elaboró una’ lista, usando como criterio de prioridad el calibré, según su propia apreciación, del dolor infligido. Luego se acomodó en el sillón, abrió la agenda, cogió el teléfono y empezó a llamar.
Con Ramiro Pereda no pudo hablar porque ya estaba muerto. Su hijo, sin embargo, se despachó a gusto al caer en la cuenta de quién era.
-Su delación mandó a mi padre a la cárcel, me imagino que eso lo sabe. Lo que no creo que sepa es cómo lo torturaron, cómo lo humillaron, cómo lo rompieron por fuera y por dentro. Lo soltaron de milagro, gracias a la intervención de un amigo. Un amigo de verdad, no un traidor y un cobarde como usted. No vuelva a llamar, Epifanio. En lo que a esta familia respecta, usted no existe.
Con Pepa, su primera mujer, sí pudo hablar, aunque no con mejor suerte.
-Te perdono las broncas, los disgustos… Hasta las infidelidades te perdono, fíjate. Lo que no te puedo perdonar es que me dejases vivir engañada, haciéndome creer que a pesar de todo me querías. Eso no, Epifanio, eso no tiene perdón de Dios.
Consternado, Epifanio marcó otro número.
-¿Está borracho? -preguntó Octavio Márquez, atónito-. Porque hay que estar muy borracho para atropellar a alguien en la acera, como usted atropelló a mi hijo, pero mucho más para pedir perdón así, de repente, después de tantos años. Métase usted la culpa por donde le quepa, Epifanio -dijo, y colgó el teléfono.
Epifanio se quedó inmóvil, con la cabeza apoyada en el respaldo del sillón y la agenda abierta en las rodillas.
-Maldita conciencia -murmuró y, haciendo trizas la lista, se levantó y fue a tirarla a la papelera.

buitre

La indecisión

Se levantaba el pantalón de mezclilla, recomponía su camisa de cuadros de manga larga, veía con estilo la hora de su reloj plateado y se perdía en aceras pobladas. Veía sin ver los aparadores y detenía sus ojos en la mujer que tuviese un abultado trasero. Aquella noche la encontró. Con discreción se adelantó para mirarla de reojo, era muy hermosa. Ella le miró con sus ojos brillantes.
En el instante en el que iba abordarla, se detiene paralizado.
—¿Le digo un piropo? ¿La saludo? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Si le pregunto y me contesta? ¿Si deja que la acompañe y con suerte acepta? ¿Después, con qué dinero podría invitarle un café?
¿y… si había química de dónde sacaría para el hotel? ¡Eso sería tener buena suerte! bien sabe que está en un lugar de putas, y dirá que le has caído bien y te cobrará barato.
Cabizbajo regresó al departamento de su tía.

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