Los conspiradores de J. Emilio Pacheco

No queremos dejarla en paz. Antes de suicidarse, B llamó a sus amigos. No dijo lo que intentaba ni alcanzamos a imaginarlo. B no había hecho simulacros ni ensayos generales. Nadie acudió al llamado. El abandono es injustificable. Pero, como es de suponerse, tenemos paliativos, coartadas. El teléfono suena a medianoche. Hay sobresaltos. No somos los que fuimos. Ahora cada uno tiene deberes y necesidad de levantarse temprano.
El suicidio es una crítica radical a nuestro modo de vida y, en primer término, un asesinato simbólico. Todos sentimos que matamos a B, y ella, en venganza, acabó con nosotros. Nos sobrevaloramos al pensar que una palabra nuestra, un gesto solidario, los consuelos de la filosofía cristiana o estoica, la esperanza de la revolución mundial, la memoria de los buenos momentos en compañía, el despliegue de nuestras propias humillaciones y fracasos, un sarcasmo oportuno y escarnecedor… algo hubiera bastado para conjurar el suicidio.
Más que en nuestro íntimo sufrimiento, en estas maniobras se revela el horror de estar vivo. Nos sentimos tan culpables que nadie quiere cargar al culpa.
Entre habladurías y reproches directos, sostenemos una campaña cerrada para que alguno de nosotros expíe el remordimiento colectivo –y le haga a B en la muerte la compañía que no supimos hacerle en vida.

picasso

Choka al color

¿Son serpentinas?
solo son saltamontes
muy asustados;
y como trapecistas
saltan y saltan
confundiendo mis ojos
que llenan de color.

saltamontes

Lágrimas viajeras de Pedro Guillermo Jara

Mi compañera de viaje duerme acomodada en el asiento del bus. No la conozco y de vez en cuando observo a hurtadillas su perfil, sus manos entrelazadas, su piel blanca, su cabello largo y castaño. Creo escuchar su respiración acompasada. Es hermosa, no sé su nombre y no conozco su destino. Observo el paisaje que se desplaza esta mañana de otoño. En un prado un álamo con sus hojas oro-viejo resplandece con furia.
De pronto una lágrima comienza a rodar por la mejilla de mi compañera de viaje: se desliza con lentitud en búsqueda de las concavidades y pliegues del rostro hasta desaparecer en el mentón. Luego aparece otra lágrima. Tomo mi pañuelo y las enjugo. Ella no se da cuenta porque continúa dormida y soñando. No sé si son lágrimas de pena, de despedida, de separación, de ruptura. Mientras tanto sus lágrimas ruedan y se cobijan en mi pañuelo. Mi compañera de viaje llega a su destino, desciende. La observo desde la ventanilla. Habla por celular.
El bus parte.
El asiento está vacío.
El álamo resplandece.
Duermo.

mujer con lagrimas

 

Tomado de Fb

Una breve historia de amor

El empezó dándole las buenas noches; meses después le daba los buenos días, llevando un café humeante y aromático a la cama.

Couple drinking coffee in bed

 

 

UN PASEO DE OTOÑO de Julie Sopetrán

Una delicia

hojas de otoño

Avatar de Julie SopetránEltiempohabitado's Weblog


El silencio hace sendero
entre las hojas caídas de los chopos
Escucho mis pasos. Casi llueve
o es la niebla que cruza hacia el arroyo

Las piedras del camino lloran
son los hitos que definen los límites
Respiro hondo
Huele a tierra mojada
Un alboroto de grullas dibuja tiempos
van hacia el sur sus vuelos, obedecen al clima
dejando su gruir en el aire…

Todo y nadie en la senda:
las hojas, la leña caída, el corzo
que se aleja asustado…
Y parece que no hubiera más nada
que el silencio.

Mis pasos… corroboran la paz
de las ausencias.

©Julie Sopetrán

Fotos: JS

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Luchando contra el alemán

este lugar llegué hace cuarenta años. Hoy leí tratando de aprender lo más. Recordé poco de lo leído. No soy el mismo, el tiempo, los excesos cuentan. Lo intento, hago esfuerzo. Releo un concepto. Lo juego en mi cabeza, lo aviento, lo busco; si no le encuentro, le hablo, afino el olfato y sale de algún vericueto de la mente; entonces lo llevo a mi corazón y lo beso. Y allí encuentro a las mujeres que amé.

Bell, Vanessa (1879-1961) Interior with Duncan Grant, 1934

Vanessa Bell

Tankka a la oscuridad

Estas luciérnagas
son pequeños cometas
entre la noche.
Vuelan de un lado a otro
en busca de su luna.

the-starry-night-1889(1)

Van Gogh

Decía mi abuelo

Que la mujer es como la fruta o la cortan verde o bien se cae de madura. Ahora es ella quien decide en que momento se tira del trampolín.

mujer en trampolin

En marcha de Agustín cadena

Bajó sin hacer ruido. Conocía perfectamente su casa y aun en la oscuridad pudo encontrar su camino sin mover nada, ni las macetas que había en cada uno de los escalones ni el sillón donde se echaba a dormir el gato. Pasó con sigilo frente a la recámara de sus padres y, una vez, en el pasillo de entrada, se puso los zapatos y tomó su chamarra y su gorro del perchero.
En la calle hacía mucho frío y por lo mismo no se veía ni un alma. Sólo de vez en cuando pasaba algún coche o se oía, lejana, la voz de algún borrachín que volvía de la cantina.
Apretó el paso, sabiendo que así se le quietaría el frío. El cementerio estaba lejos.

alma

#FierasAdentro, #AgustínCadena

Tomada de fb

Choka al leñador del cielo

Dormita el sol,
oprimido entre nubes
grises y obesas.
La montaña está envuelta
por el aliento
del gigante del cielo.
Está furioso,
golpea con sus botas
de norte a sur.
El sol está invidente.
Truena del norte,
repercute hasta el sur.
La luz del filo
da vida a los relámpagos;
ruedan los pinos,
cielo y tierra retumban;
el rayo aturde.
La lluvia rompe el manto;
serpientes de agua
bajan de la montaña.
La ira, la furia
del leñador amaina,
y extenuado se duerme.

Teotihuacan_Great_Goddess_mural_(Abracapocus)

Tomado de la mitología Totonaca

Adaptación al choka de Rubén García

La primera muñeca de Manuela Fernández

La primera muñeca que tuve me la regalaron cuando nací. Siempre sentí que crecíamos juntas. Cuando cumplí los 14 años mi hermano pequeño la descuartizó sin que yo pudiera hacer nada. Hoy en el funeral de mi cuñada recuerdo el juramento que me hice: “jamás permitiré que mi hermano posea muñeca alguna”.

muñeca

El arca ficticia.

 

El psiquiátrico

El sol era un coagulo con el cielo naranja y violeta. escrutó la tierra, el mar, los arrecifes y sonrió
—Hoy amaneció con una cara de dulzura, observó el enfermero.
— Así son estos pacientes furiosos, poco antes de morir cambian. contestó el médico.

van-gogh_vue-de-sa-chambre-detail-Saint-Remy-de-Provence-1889

Van Gogh

 

 

 

 

La muerte de hector

Todo el pueblo tenía aroma de flor de cempasúchil. Día de muertos y el pescador falleció de un de repente, malo, muy malo para él. Morirse en esa fecha solo significaba ser cargador, cargador de todo. Había dispuesto la viuda que lo velaran en casa, a la costumbre, rodeado de coronas, ramos de flores y de los amigos. -¡No cierres el ataúd!- ordenó al oído a una de las hijas, tu padre odiaba estar encerrado. Pásenle muchachos, pásenle y toquen la “negra” La canción de él y mía, y después una tras otra de Pedro infante y Javier Solís.
El difunto escuchó la tanda de canciones, con agilidad de muerto fue por su red y bajó hacia el río, cuyo murmullo parecía un rezo que se confundía con las plañideras que velaban el cuerpo. Un cielo que parecía oro sucio y él soltando la red al viento para pescar los últimos coágulos de luz, los destellos del agua, se llevaría también los salmos del río y su risa de niño.

atarraya