Escaleras — MJBeristain

La escalera es uno de los elementos que me cautiva en muchos de los lugares a los que he viajado. En primer lugar, no puedo dejar de referirme a la escalera de doble espiral del Castillo de Chambord en Francia, obra atribuida a Leonardo Da Vinci. (Siglo XVI) En esta entrada incluyo algunas imágenes de […]

Escaleras — MJBeristain

El microrrelato de los viernes: Dos micros en torno a la escritura — Aire Nuestro

UNA INMORTALIDADEl poeta de moda murió, y levantaron una estatua. Al pie grabaron uno de los epigramas que le valieron la inmortalidad y que ahora provoca la indiferencia o la risa, como la chistera, el corbatín y la barba de chivo del pobre busto. El Infierno no es de fuego ni de hielo, sino de bronce imperecedero.CARLOS ALMIRA (Castellón de la Plana, 1965).

El microrrelato de los viernes: Dos micros en torno a la escritura — Aire Nuestro

Narración y descripción

compartiendo

Diferencia entre la descripción y la narración Para entender la diferencia entre estos dos tipos de descripciones es vital conceptualizar ambas y notar los elementos diferenciadores, por ello se definirán a continuación: La Descripción Realizar una descripción es tomar un objeto, una persona, un lugar o un sentimiento y explicar detalladamente cómo es. Es indicar todas las características y detalles de manera ordenada. Todo esto de manera que, el receptor se imagine de la manera más exacta posible la situación o el elemento descrito. Se caracteriza por: Recurrir a los sentidos para presentar la imagen de la realidad: forma, volumen, grosor, olor, sonoridad, ambiente, etcetera. Centrarse en objetos, paisaje, personas o situaciones. Asociar la realidad percibida con las emociones del autor (descripción subjetiva) Observar y fijarse en la realidad con cualidades y propiedades detalladas (descripción objetiva) La Narración El texto narrativo (tanto oral como escrito) consiste en contar, mediante un narrador, una serie de hechos o sucesos que acontecen a unos personajes en un tiempo y espacio determinados. La narración es uno de los tipos de discurso que, junto con el diálogo, más presencia tiene en nuestra vida cotidiana. Se caracteriza por tener Un narrador: que es la persona que cuenta la historia. Los personajes: que son los individuos a los que les acontecen los hechos que el narrador cuenta. Los hechos: los sucesos que se cuentan en el relato. Un orden cronológico definido Una estructura compuesta por una introducción, un nudo (problemática) y un desenlace. La Diferencia Primeramente, se debe decir que la descripción puede formar parte del proceso narrativo. Pero si nos centramos en las diferencias de estos dos recursos literarios, podríamos llegar a la conclusión de que principalmente la descripción puede seguir un orden no necesariamente cronológico y en base de los hechos. También se puede decir que la narración generalmente cuenta con una estructura bien definida, como no pasa con la descripción.

Fuente: Diferencia entre la descripción y la narración
https://ladescripcion.com/diferencia-entre-la-descripcion-y-la-narracion

Diferencia entre la descripción y la narración
Diferencia entre la descripción y la narración

EMPEZAR A VIVIR — Escribir sobre la punta de la i

El pronunciamiento del juez fue claro: debía abandonar mi casa. Se la había donado a mis hijos para evitarles trámites burocráticos y decidieron venderla conmigo dentro. ¡A quién se le ocurre, doña Paca!, me dijo al terminar el juicio. Nos conocíamos del barrio. Yo regentaba un quiosco y le había fiado muchos chicles de fresa…

EMPEZAR A VIVIR — Escribir sobre la punta de la i

Chéjov, del estiércol al champán

https://www.elespanol.com/el-cultural/escenarios/teatro/20220430/chejov-estiercol-champan/666933697_0.html

Retrato de Chéjov pintado por Osip Braz (1898). Tetryakov Gallery

Retrato de Chéjov pintado por Osip Braz (1898). Tetryakov Gallery

Alberto Ojeda @alberojeda77

Chéjov saborea una copa de Moët en la habitación de un balneario de la Selva Negra. La botella la ha pedido el médico alemán que lo atiende y que sabe que en pocos instantes dejará de respirar definitivamente. La hemoptisis (el mismo desarreglo respiratorio que pasaportó a Molière) habrá completado así su trabajo en los pulmones del autor de El jardín de los cerezos, que lleva años angustiado por una tos sanguinolenta.

Olga, su mujer, actriz de la compañía de Teatro de Arte de Stanislavski, intenta aliviar los padecimientos poniendo hielo sobre su cuerpo. Chéjov le hace desistir. “No se pone hielo sobre un corazón vacío”. Es muy consciente del fin. En su pedestre alemán se lo confirma al doctor: “Ich Sterbe” [Me muero]. Pero antes quiere sorber hasta el fondo el último néctar de su corta existencia de 44 años. “Hacía mucho tiempo que no bebía champán”. Terminada la espumosa bebida, se recuesta hacia el lado izquierdo y su resuello se apaga. Ya para siempre. Estamos en el 15 de julio de 1905.

Es una escena que incluso su excelsa dramaturgia (La gaviotaTío VaniaTres hermanas…) no es capaz de superar. Un asidero para aferrarse a él en los días malos. ¿Qué mejor lección de autoayuda que Chéjov arreándose ese lingotazo postrero? Un gesto aristocrático que de alguna manera fue un desplante a todo el sufrimiento acumulado y del que da cuenta magistralmente Irène Némirovsky en La vida de Chéjov, recién publicada por Salamandra, tras un encontronazo por los derechos de autor con Gatopardo en 2020 (esta editorial tuvo que embridar en el almacén los ejemplares que ya había impreso). Némirovsky sigue el patrón cronológico clásico en su narración, armada con frases cortas, cuajada de detalles sugerentes y reveladores, y salpimentada con fragmentos de la jugosa correspondencia chejoviana.

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Nos traslada así, en primera instancia, a Taganrog, decadente ciudad del sur de Rusia, encajonada entre el mar de Azov y la estepa. Polvo ardiente en verano y barro el resto del año. No hay escapatoria para el pequeño Antón Pávlovich, sometido a la tiránica autoridad de su padre, un chupacirios redomado. Insultos y bofetones son el pan de cada día para un muchacho noble y risueño, que pronto toma conciencia de que el mundo no se acompasa a sus buenos sentimientos. Es obligado trabajar durante largas jornadas en el colmado familiar. Un negocio que al cabo del día deja apenas unos copecs en la caja. Aprende pues a convivir desde muy jovencito con la pobreza, una pertinaz compañera de la que solo se desembarazará por periodos puntuales. La tienda le quita horas de estudio y de sueño. Bosteza y su cabeza, a cada rato, se desploma sobre el mostrador.

Pero el encierro al menos le regala la contemplación del gran teatro del mundo. El paisanaje que la frecuenta le brinda un espectáculo cotidiano. “Los griegos, los judíos, los rusos, los popes y los comerciantes interpretaban una suerte de eterna comedia cuyo único espectador era él”, apunta Némirovsky, que nunca pudo ver publicada su biografía porque fue deportada en julio de 1942 desde Francia a Auschwitz , donde moriría un mes después.

Aquel bagaje le dio a Chéjov una ventaja respecto a los literatos de salón, que, por ejemplo, idealizaban a los campesinos sin haberse jamás codeado con ellos. Chéjov, por su extracción humilde, sabía que esas edulcoraciones de los mujiks delataban la ignorancia esnob de la casta intelectual. Siglos de sometimiento al feudalismo los habían convertido casi en bestias, que maltrataban a sus animales, a sus mujeres y a sus hijos… La labor posterior como médico en zonas rurales, adentrándose en casas que hedían a estiércol, apuntaló su conocimiento de la realidad podrida de Rusia. Chéjov ya escribía desde muy pequeño. Armó un periódico junto a sus hermanos, que, cuando marcharon a Moscú, rellenaba él solo. Luego se reuniría con ellos en la capital.

La alternativa literaria

Mientras Alexánder y Nikolai se despeñaban por culpa del alcohol y nefastos casamientos, él intentaba salir a flote ejerciendo la escritura en plan galeote. Era la única forma de reunir dinero suficiente para tirar de su poco productiva familia. La suerte quiso ponerle en el camino de Nikolái Alexándrovich Leikin, potente editor en busca de jóvenes talentos que le acogió en su revista Chispazos, un escaparate con muchos lectores. Ahí, en 1882, empieza a cimentar su carrera como narrador. Leikin le deja claro lo que quiere: “Cuentos cortos y divertidos”. Chéjov obedece y desparrama su talento en otras tantas publicaciones. Le cuesta conciliar su formación como médico con los plazos de entrega, pero es tenaz y cumplidor. Un crítico despiadado, convencido de que ese autor en ciernes no da mucho de sí, lanza una funesta profecía: “Morirá borracho en un pórtico”.

Él, sin embargo, iba haciendo su camino. Y cada vez se mostraba más ajeno a las maledicencias y a las expectativas. “Había en él una soberbia libertad interior, algo inasible, escurridizo, contradictorio y vivo que nadie consiguió someter jamás”, consigna Némirovsky, que nació dos años antes de que él muriese y lo tenía por maestro indiscutible. En 1887 quiso desmarcarse del corsé de la comicidad con su obra Ivánov, personaje inspirado en su hermano Alexánder pero que reflejaba algunos vicios de la sociedad rusa de su época, lo cual ofendió al respetable. ¿De qué vicios hablaba? Uno referido expresamente por Chéjov merece la pena destacarse a la luz de los acontecimientos actuales: “La combatividad rusa tiene una cualidad específica: se transforma en cansancio enseguida”, decía él y nosotros tomamos nota. En el estreno de La gaviota vivió otro momento de esos de ‘tierra trágame’. Ambas obras luego cosecharon grandes éxitos.

Vivencias que acaso consolidaron su descreimiento (rasgo que le alejaba del místico Tolstói) y su convicción de que la vida no tenía ningún sentido. A una de sus amantes que le preguntaba por este escurridizo sentido, le contestó, ya cansado de la cuestión: “¿Quieres saber qué es la vida? Es como si me preguntaras qué es una zanahoria. Una zanahoria es una zanahoria, y nada más”. Aun así, nos dejó su aleccionador trago al Moët y consejos como este: “Disfrutad. Sed felices. No penséis en enfermedades. Escribid a menudo a vuestros amigos. Cada hora es preciosa. Cuidaos y alegraos, y procurad no padecer de indigestión ni de mal humor”. De esto también tomamos nota, querido Antón.

El Narrador

Juego de palmas / Por: Alberto Calderón P. — Los escribas

Así se llamó en sus inicios aquel juego que los monjes empezaron a practicar en el siglo XIII como parte de los ejercicios para romper el aburrimiento y mejorar su condición física debido a su vida sedentaria, el tenis. Tomaron el cabello lo hicieron una bola y lo cosieron lo más apretado que pudieron, les […]

Juego de palmas / Por: Alberto Calderón P. — Los escribas

El relato del viernes: «El cartel» — Ana Centellas

Fuente: Pixabay El cartel Leyó el cartel y se quedó pensando. La había atraído demasiado como para no detenerse ante él, pero, aun así, a punto estuvo de continuar adelante sin detenerse siquiera. Una vez leído, un placentero hormigueo la recorrió el cuerpo entero, comenzando por los pies y terminando en la coronilla. Sintió cómo […]

El relato del viernes: «El cartel» — Ana Centellas

El escritor en su laberinto: la historia desconocida detrás del Nobel a García Márquez. — Andando tras tu encuentro…

Gonzalo García, el hijo de Gabo, recibe a la LA NACIÓN en la casa de México donde conoció la noticia de la Academia Sueca y Rodolfo Terragno cuenta el proyecto que desvelaba entonces al colombiano: fundar un diario; hoy La Feria del Libro le rinde homenaje a 40 años del premio. Si deseas profundizar en […]

El escritor en su laberinto: la historia desconocida detrás del Nobel a García Márquez. — Andando tras tu encuentro…

La cereza de Rubén García García

Sendero

Después de veinte años, me da la espalda y duerme a las tres caídas de cabeza. ¡Ay! queda la sensación de haber hecho el amor con un amigo de la infancia. Duermo insatisfecha deseando que mi sueño tenga las vivencias de las primeras veces. Por supuesto él está invitado. Un mirón añade la cereza en el pastel.

El punto de vista de Lucía Berlín

Sendero. tomado de:https://blogdeleonbarreto.blogspot.com/2019/07/un-cuento-de-lucia-berlin-punto-de-vista.html

Imaginemos «Tristeza», el cuento de Chéjov, en primera persona. Un anciano explicándonos que su hijo acaba de morir. Nos sentiríamos turbados, incómodos, incluso aburridos, y reaccionaríamos precisamente como los pasajeros del cochero en el relato. La voz imparcial de Chéjov, sin embargo, imbuye a ese hombre de dignidad. Absorbemos la compasión del autor por él, y nos conmueve en lo más hondo, si no la muerte del hijo, el hecho de que el viejo termine hablando con el caballo.
Creo que en el fondo es porque somos inseguros.
Quiero decir que si les presentara así a la mujer sobre la que estoy escribiendo…
«Soy una mujer de cincuenta y tantos años, soltera. Trabajo en la consulta de un médico. Vuelvo a casa en autobús. Los sábados voy a la lavandería y luego hago la compra en Lucky’s, recojo el Chronicle del domingo y me voy a casa», me dirían: eh, no me agobies.
En cambio, mi historia se abre con: «Cada sábado, después de la lavandería y el supermercado, Henrietta compraba el Chronicle del domingo». Ustedes escucharán todos y cada uno de los detalles compulsivos, obsesivos y aburridos de la vida de esta mujer solo porque está escrita en tercera persona. Caramba, pensarán, si el narrador cree que hay algo en esta patética criatura sobre lo que merezca la pena escribir, será que lo hay. Seguiré leyendo a ver qué pasa.
En realidad no pasa nada. La historia, de hecho, ni siquiera está escrita todavía. Sin embargo, aspiro a que, a fuerza de minuciosidad en el detalle, esta mujer les resulte tan creíble que no puedan evitar compadecerla.
La mayoría de los escritores utilizan accesorios y decorados de su propia vida. Por ejemplo, mi Henrietta toma cada noche una cena frugal en un mantelito, con exquisitos cubiertos macizos italianos de acero inoxidable. Un detalle curioso, que podría parecer contradictorio en esta mujer que recorta los vales de descuento de los rollos de papel de cocina, pero capta la atención del lector. O al menos espero que así sea.
Creo que no daré ninguna explicación en el relato. A mí, sin ir más lejos, me gusta comer con ese tipo de cubiertos elegante. El año pasado encargué un juego para seis comensales del catálogo navideño del Museo de Arte Moderno. Muy caro, cien dólares, pero pensé que merecía la pena. Tengo seis platos y seis sillas. A lo mejor daré una cena en casa, pensé en el momento. Resultó, sin embargo, que eran cien dólares por seis piezas. Dos tenedores, dos cuchillos, dos cucharas. Un juego individual. Me dio vergüenza devolverlos; pensé: bueno, a lo mejor el año que viene encargo otro.
Henrietta come con sus preciosos cubiertos y bebe vino de Calistoga en copa. Toma ensalada en un cuenco de madera y calienta una comida precocinada Lean Cuisine en un plato llano. Mientras cena, lee la sección «Cosas de este mundo», en la que todos los artículos parecen escritos por la misma persona.
Henrietta espera el lunes con impaciencia. Está enamorada del doctor B., el nefrólogo. Muchas enfermeras/secretarias están enamoradas de «sus» doctores. Una especie de síndrome Della Street.
El doctor B. está inspirado en el nefrólogo para el que trabajé durante un tiempo. No estaba enamorada de él, ni mucho menos. A veces bromeaba y decía que teníamos una relación amor-odio. Era un hombre tan detestable que sin duda me recordó cómo degeneran las aventuras amorosas, a veces.
Shirley, mi predecesora, sí que estaba enamorada de él. Me enseñó todos los regalos de cumpleaños que le había hecho. La maceta con la hiedra y la pequeña bicicleta de bronce. El espejo con el koala esmerilado. El estuche estilográfico. Me contó que al doctor le encantaron todos los regalos salvo el sillín de piel de borrego. Se lo tuvo que cambiar por unos guantes de ciclista.
En mi relato el doctor B. se burla de Henrietta cuando le regala el sillín, es sarcástico y cruel con ella, como sin duda podía ser en realidad. Ese sería el punto álgido de la historia, de hecho, cuando Henrietta se da cuenta del desprecio que siente por ella, de qué patético es su amor.
El día que empecé a trabajar allí, encargué camisones de papel. Shirley los utilizaba de algodón: «Cuadros azules para los chicos, flores rosas para las chicas». (La mayoría de nuestros pacientes eran tan viejos que usaban andadores.) Todos los fines de semana, Shirley cargaba con la ropa sucia y se la llevaba a casa en autobús, y no solo lavaba, sino que además la almidonaba y la planchaba. En eso anda ahora mi Henrietta… planchando en domingo, después de limpiar su apartamento.
Por supuesto buena parte de mi relato va de las costumbres de Henrietta. Costumbres. Quizá ni siquiera malas en sí mismas, sino tan arraigadas. Cada sábado, año tras año.
Cada domingo, Henrietta lee las páginas rosas. Primero el horóscopo, siempre en la página 16, como es costumbre de ese periódico. Normalmente los astros le traen a Henrietta noticias picantes. «Luna llena, sexy Escorpio, ¡y ya sabes qué significa! ¡Prepárate para que surja la chispa!».
Los domingos, después de limpiar y planchar, Henrietta prepara algo especial para cenar. Capón al horno. Un salteado instantáneo de Stove Top con salsa de arándanos. Guisantes a la crema. Una chocolatina Forever Yours de postre.
Después de lavar los platos, ve 60 Minutos. No es que le interese especialmente el programa. Le gustan los presentadores y tertulianos. Diana Sawyer, siempre distinguida y guapa, y los hombres, todos tan serios, fiables e implicados en los temas a debate. A Henrietta le gusta cómo mueven la cabeza con gesto taciturno, o sonríen cuando hay una situación divertida. Y sobre todo le gustan los primeros planos de la esfera del reloj. El minutero y el tictac del paso del tiempo.
Luego ve Se ha escrito un crimen, que no le gusta pero es lo único que hay.
Me está costando mucho escribir sobre el domingo. Plasmar la larga sensación de vacío de los domingos. Sin correo, las máquinas cortando el césped a lo lejos, la desesperanza.
O cómo describir que Henrietta se muere de ganas de que sea lunes por la mañana. El clic, clic, clic de los pedales de la bicicleta del doctor y el chasquido de la llave cuando se encierra en el despacho a ponerse su traje azul.
—¿Ha disfrutado del fin de semana? —le pregunta Henrietta.
Él nunca contesta. Nunca dice hola o adiós.
Cuando el doctor se marcha y sale con la bicicleta, ella le aguanta la puerta.
—¡Adiós! ¡Que se divierta! —dice sonriendo.
—¿Que me divierta? Por el amor de Dios, déjese de tonterías.
Aun así, por desagradable que sea con ella, Henrietta cree que existe un vínculo entre los dos. El doctor tiene un pie deforme, una pronunciada cojera, mientras que ella tiene escoliosis, una desviación en la columna. Una joroba, de hecho. Ella es tímida y vergonzosa, pero entiende que él pueda ser tan cáustico. Una vez le dijo que reunía las dos cualidades necesarias en una enfermera… Ser «estúpida y servil».
Después de Se ha escrito un crimen, Henrietta se da un baño, mimándose con perlas perfumadas de aroma floral.
Luego ve las noticias mientras se esparce la crema por la cara y las manos. Ha puesto agua para el té. Le gusta el parte meteorológico. Los pequeños soles sobre Nebraska y Dakota del Norte. Nubes de lluvia sobre Florida y Luisiana.
Se estira en la cama a tomar una infusión relajante. Echa de menos su vieja manta eléctrica con el regulador BAJO-MEDIO-ALTO. La que tiene ahora se anunciaba como la «manta eléctrica inteligente». La manta sabe que no hace frío, así que apenas se calienta. Ojalá se calentara de verdad y la reconfortara. ¡Demasiado lista, la condenada! A Henrietta se le escapa la risa. Suena chocante en el pequeño dormitorio.
Apaga el televisor mientras toma la infusión, escuchando los coches que entran y salen de la gasolinera Arco al otro lado de la calle. De vez en cuando un coche se para con un frenazo junto a la cabina telefónica. Después la puerta se cierra de golpe y el coche arranca y se aleja.
Oye un coche que se acerca despacio hacia los teléfonos. Dentro suena jazz a todo volumen. Henrietta apaga la luz y levanta la persiana junto a su cama, apenas una rendija. La ventana está empañada. En la radio del coche suena Lester Young. El hombre que habla por teléfono sujeta el auricular con la barbilla. Se pasa un pañuelo por la frente. Me apoyo en la repisa fría de la ventana y le observo. Escucho el suave saxo de «Polka Dots and Moonbeams». Escribo una palabra en el vidrio empañado. ¿Qué? ¿Mi nombre? ¿El de un hombre? ¿Henrietta? ¿Amor? Sea cual sea, la borro antes de que nadie la vea.

Lucia Berlin (1936-2004)

*Lucia Berlin (1936-2004)
De Manual para mujeres de la limpieza.
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino (Alfaguara, 2017).

Aquel núcleo de oscuridad, Virginia Woolf — Calle del Orco

Porque así ya no tenía que pensar en nadie. Cuando estaba sola podía ser ella misma. Y últimamente sentía a menudo la necesidad de… pensar, aunque ni siquiera se trataba de eso, lo único que necesitaba era estar sola y en silencio. La existencia y sus ruidosos, expansivos y rutilantes quehaceres se evaporaban y todo […]

Aquel núcleo de oscuridad, Virginia Woolf — Calle del Orco

Nadie inventó la campana de Rubén García García

sendero

Nadie inventó la campana, éstas existen en forma de flores, tintinean sus perfumes. Las encontré a la vera del camino. cada una de ellas es, como es. Amo a las personas por esta cualidad y no por la apariencia. Me río al imaginar a una campana sonar como un rebuzno.

MUJERES, EN LA POESÍA JAPONESA — POESÍA JAPONESA DE ELFICAROSA.

A pesar de que lo poemas cortos japoneses (Waka (和歌 o yamato uta ) son muy reconocidos sobre todo el haiku (俳句) en el mundo, poco o nada se habla de las mujeres hajines.Haijin es la persona que sabe escribir haiku y que sabe distinguir perfectamente los cuatro poemas cortos que hay: haiku, hokku, müki y senryu. Paloma […]

MUJERES, EN LA POESÍA JAPONESA — POESÍA JAPONESA DE ELFICAROSA.

El cuento latinoamericano: Argentina (20) — Lapizázulix la galaxia del cuento

La Historia: versiones transformadas en la mirada y el papel Teoría sobre la Revolución FrancesaDe vez en cuando el Rey Sol comía en Versailles a la vista del pueblo famélico. Y el pueblo, apiñado tras las rejas del palacio real, contemplaba los cubiertos de plata, la vajilla de porcelana, los manteles de encaje, las fuentes […]

El cuento latinoamericano: Argentina (20) — Lapizázulix la galaxia del cuento