El viaje de Ednodio Quintero

Al fin, después de tantos años la pareja estuvo lista para iniciar el viaje. Todos los preparativos anteriores se habían frustrado ante un olvido de último momento. Esta vez habían tomado en cuenta el más mínimo detalle. Conservaban el propósito de partir sin que sus vecinos se enteraran. Sin embargo en la esquina se arremolinaba un montón de curiosos cuando pasó el coche fúnebre.

Biografía

Ednodio José Quintero Montilla nació en Las Mesitas, Trujillo, Venezuela el 11 de marzo de 1947. Se mudó a Mérida, en 1965, para estudiar Ingeniería Forestal. Ha sido profesor en la Escuela Nacional de Artes Audiovisuales de la Universidad de Los Andes, y fue promotor de diversos proyectos culturales en Mérida como la revista y editorial Solar, el taller literario TAL y la Bienal Nacional de Literatura «Mariano Picón Salas».

Publicó en 1974 su primer libro de cuentos, La Muerte Viaja a Caballo, le siguieron Volveré con mis Perros, de 1975 y El Agresor Cotidiano, de 1978. Tras una crisis personal, no volvió a publicar hasta 1988 los cuentos La Línea de la Vida, y su primera novela La danza del jaguar, de 1991. También ha escrito novelas cortas como La Bailarina de Kachgar, de 1991; El rey de las ratas, de 1994, y El cielo de Ixtab, de 1995 y los libros de cuentos Cabeza de cabra y otros relatos, de 1993, El combate, publicado en 1995, y El corazón ajeno, en 2000, y la novela Lección física, a la que siguieron Mariana y los Comanches, de 2004; Confesiones de un Perro Muerto, de 2006; El Hijo de Gengis Khan, de 2013 y El amor más frío que la muerte, de 2017.
Ha publicado también los ensayos: De narrativa y narradores (1996) y Visiones de un narrador (1997) y dos guiones cinematográficos: Rosa de los vientos (1975), Cubagua (1987).

 En la tumba de Orson Welles:

«No es que yo fuera superior. Es que los demás eran inferiores».

(Kenosha, Estados Unidos, 1915 – Los Ángeles, 1985) Director, productor, guionista y actor de cine estadounidense. Hijo de un hombre de negocios y de una pianista, Welles fue un niño prodigio que a los dieciséis años comenzó su carrera teatral en el Gate Theatre de Dublín y cinco después (1936) debutó como actor y director en Nueva York. Durante su etapa teatral alcanzó notoriedad gracias a diversos montajes shakespearianos, como el de Macbeth, obra íntegramente representada por actores negros, o Julio César, todos ellos producidos por la Mercury Theatre, compañía fundada por el propio Welles y su socio John Houseman en 1937.
Su versión radiofónica del original literario de H. G. Wells La guerra de los mundos(1938) fue hasta tal punto realista que sembró el pánico entre miles de oyentes, convencidos de que realmente se estaba produciendo una invasión de extraterrestres. Avalado por este éxito, firmó con la productora RKO un contrato que le otorgaba total libertad creativa, circunstancia que aprovechó hasta el límite en su primer filme, Ciudadano Kane (1941).
Considerada como una de las obras más significativas de la historia del cine, esta especie de biografía imaginaria del magnate de la prensa William Randolph Hearst, protagonizada por el propio Welles -coautor también del guión, que escribió en colaboración con Herman J. Mankiewicz-, fue capital a la hora de sentar las bases del moderno lenguaje narrativo cinematográfico.
Sin embargo, el propio Hearst aprovechó los resortes de su poder para criticar duramente la película, que no consiguió el éxito esperado en Estados Unidos, mientras que hasta después de la Segunda Guerra Mundial no se estrenaría en Europa, donde enseguida se convirtió en una cinta de culto minoritaria.

 

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Otras frases
«Nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. Únicamente a través del amor y la amistad podemos crear la ilusión momentánea de que no estamos solos».

«Odio la televisión del mismo modo que detesto los cacahuetes. Pero no puedo dejar de comer cacahuetes».

«Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude».

«El escritor necesita una pluma, el pintor un pincel, el cineasta todo un ejército».

«No rezo porque no quiero aburrir a Dios».

Kim Thúy Vietnam

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«cada domingo iba yo a la ribera de un estanque de lotos en las afueras de Hanói, donde siempre había dos o tres mujeres de espalda arqueada, de manos temblorosas, que, sentadas en el fondo de una barca redonda, se desplazaban por el agua con la ayuda de una pértiga para colocar hojas de té dentro de las flores de loto abiertas. Regresaban al día siguiente para recogerlas, una a una, antes de que los pétalos se marchitasen, después de que las hojas aprisionadas hubieran absorbido durante la noche el perfume de los pistilos. Me decían que cada hoja de té conservaba así el alma de aquellas efímeras flores.”

“… así es hasta la posibilidad de este libro, hasta ese instante en que mis palabras resbalan por la curva de vuestros labios, hasta esas hojas blancas que toleran mi surco o, más bien, el surco de quienes caminaron ante mí, por mí. He avanzado en la huella de sus pasos como en un sueño despierto donde el perfume de una peonía abierta no es ya un olor sino un florecimiento; donde el rojo profundo de una hoja de arce en otoño no es ya un color, sino una gracia; donde un país no es ya un lugar, sino un arrullo.”

 

Yo era dueña de la eternidad, porque el tiempo es infinito cuando no se espera nada.

Cuando el futuro no existe, porque no se espera nada, el presente consiste en viajar constantemente al pasado. Un presente vivido entre sabores y aromas, como compañeros de viaje hacia el pasado, hacia los pasados…

Todo un placer leer a Kim Thúy.

Algunos fragmentos:

p. 31:
“Por eso me llamo Mân, que quiere decir ‘enteramente colmada’ o ‘que no tiene nada más que desear’, o ‘a quien se le han concedido todos los deseos’.”

p. 50:
“Según él, las golondrinas profesaban un amor paciente e infinito a sus polluelos porque eran las únicas que fabricaban sus nidos sólo con ayuda de su saliva. Al comer los nidos, tendríamos más oportunidades de ser padres a nuestra vez.”

p. 52:
“De entre tanta preciosa recolecta, se me había quedado la palabra ‘indolencia’ del libro Buenos días, tristeza de Françoise Sagan, ‘languidez’ de Verlaine y ‘penitenciario’ de Kafka. Además Mamá me explicó qué significaba ‘ficción’ con la siguiente frase de Albert Camus en El extranjero: ‘Por la noche, Marie vino a buscarme y me preguntó si quería casarme con ella’, pues para nosotras era impensable que una mujer pudiese manifestar tal deseo. Y luego, sin conocer ni el principio ni el final de la historia de Marius, de Los miserables, lo había erigido en héroe porque, una vez, nuestra ración mensual de cerdo había venido envuelta en la frase: ‘La vida, la desgracia, el aislamiento, el abandono, la pobreza son campos de batalla que cuentan con sus héroes; héroes oscuros, más grandes a veces que los héroes ilustres…’.”

p. 84:
“Mamá me repetía a menudo que, en caso de conflicto, es mejor retirarse que insultar a alguien, aunque esa persona sea quien tenga la culpa. Si mancillamos al otro, nos ensuciamos la boca, ya que antes deberemos llenarla de ira, de sangre y de veneno.”

p. 89:
“Descubrí las Amapolas de Monet en el Museo de Orsay…”

p. 98:
“Me pareció particularmente menuda y envejecida. Parecía haber franqueado ese umbral donde dejaba que el tiempo la meciera no porque lo estipula el contrato, sino con ternura, como si se confiasen uno a otro y se burlasen con afecto de los torbellinos de la juventud.”

#AdoptaUnaAutora | ¿Quién es Duong Thu Huong?

Vietnam

Avatar de Isa MartínezReadings in the North

El 2017 no fue un año fácil y eso repercutió tanto en mis lecturas como en mi actividad en el blog. Debido a esto el blog estuvo bastante abandonado y por ello no pude centrarme tanto como quería en el proyecto Adopta una autora. Este año retomo este proyecto, con muchas ganas y por partida doble. Por un lado seguiré ahondando en la obra y vida de Nina Berberova, y por otro lado os daré a conocer a Duong Thu Huong. Precisamente hoy, en esta entrada, quiero crear una primera presentación de mi nueva autora adoptada, Duong Thu Huong

voyage-vietnam_litterature-vietnamienne-portrait-duong-thu-huong-1Duong Thu Huong nació en Thai Binh, en el norte de Vietnam, y creció con la Guerra de Vietnam como fondo y en pleno apogeo. Cuando estaba estudiando en el Colegio de Artes se animó y se ofreció para servir en una brigada de mujeres jóvenes en la…

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Diez escritoras contemporáneas que deberías empezar a leer ya mismo (si no lo estás haciendo)

 

¿Quieres leer escritoras pero no sabes por dónde empezar? Desde CANINO intentamos arrojar algo de luz a esta cuestión presentándote a diez escritoras contemporáneas de gran calidad con pequeñas píldoras que te ayuden a escoger no sólo la escritora, sino la obra que más se adapte a tus gustos.

Mientras la mayoría de lectores, nada más comenzar el año, planifican una serie de retos para motivar la lectura de libros, yo suelo plantearme proyectos que se convierten en un leitmotiv que me sirve de excusa para lo mismo (leer libros) pero se mantienen durante todo el año. O más, incluso. Mi proyecto actual, el que voy a seguir en el 2016, similar a la decisión que tomó Azul Corrosivo y que también explicó en CANINO, tiene que ver con leer únicamente a mujeres, las razones las explico en este post y me está ofreciendo no pocos descubrimientos, además de nuevas perspectivas.

En mi caso particular no es que no leyera mujeres, pero es cierto que leía muchos más hombres. De ahí que este año quiera equilibrarlo un poco más, además de aprovechar para dar difusión a autoras menos conocidas. Me gustaría que se tratase de una evolución y, como tal, me planteo una base: aquellas escritoras que, a día de hoy, sin haber profundizado más, considero imprescindible leer. He establecido otros dos hitos: a los seis meses y al finalizar el año, en los cuales me gustaría ampliar el listado con otro buen grupo de buenas escritoras. Es ambicioso pero va a valer mucho la pena.

Chimamanda

Chimamanda Ngozi Adichie (1977): Esta nigeriana es una de mis últimas devociones. Después de leer Americanah (2013) es difícil no rendirse ante su talento. Una novela completísima que trata todo tipo de cuestiones relativas al género y al colonialismo y que, sin embargo, adopta perspectivas diferentes a las habituales sin perder un tono ligero -a pesar de los temas tratados-. Lo bueno de ella es que no es autora de una sola obra, solamente hay que transitar por Medio Sol Amarillo (2006)donde, además, desgranaba parte de la historia de Nigeria o, sencillamente, disfrutar de su clarividencia en ese discurso maravilloso (Todos deberíamos ser feministas) en el que es capaz de demoler el patriarcado en apenas sesenta páginas. Si os gusta, tenéis la suerte de poder encontrar toda su obra publicada y disponible con cierta facilidad. Un verdadero lujo

lorrie-moore

Lorrie Moore (1957): Esta americana, junto a una canadiense que mencionaré más adelante, es una de las mayores especialistas en las distancias cortas de la actualidad. Dos obras considero claves para saber si te gusta. Su recopilación de relatos Pájaros de américa (1998) es excepcional, presenta la realidad de la sociedad americana desde lo terriblemente cotidiano y con un estilo exquisito adaptado a cada una de las temáticas. El sueño americano no es dulce en sus afiladas palabras. El segundo libro para descubrirla es, curiosamente, una novela, Al final de la escalera (2009). Me consta que mucha gente no ha disfrutado tanto cobn ella pero, sin embargo, la considero un culmen de su estilo, ese lirismo cínico que destila, ese reflejo lacerante de un mundo que no es tan feliz como podríamos pensar. Una gran aspirante a pertenecer al canon de la Gran Novela Americana.

Svetlana-nobel

Svetlana Alexiévich (1948): La última galardonada con el premio Nobel de literatura es otra de las últimas escritoras que he añadido a mi selección particular. La culpa la tienen dos libros excelentes: Voces de Chernóbil (1997) y La guerra no tiene rostro de mujer (1985).Su técnica consiste en coger un conflicto de algún tipo (el desastre de de Chernóbil o la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo) y realizar entrevistas a personajes que tuvieron que ver con él y que, sin embargo, nunca han podido dar voz a sus vivencias. La autora enlaza todos los testimonios para dejar por escrito una verdadera historia oral, la de aquellos olvidados. Naturalmentese centra en la mujer y consigue dotar de perspectivas radicalmente distintas a las esperablesa la narración. Esto es especialmente palpable en el segundo de estos libros, donde el típico relato guerrillero se centra en aspectos de otra índole que enriquecen cualquier pensamiento que pudiéramos tener preconcebido. Estamos de suerte: en marzo se publica otro libro de la bielorrusay hay un tercero disponible. Es buen momento para disfrutarla.

Atwood

Margaret Atwood (1939): Llevo ya mucho tiempo siguiendo a la canadiense. Estacomprometida ecologista y feminista es un caudal de buena literatura en la que no falta la ciencia-ficción o la novela policíaca, pasando por la poesía y el relato corto.Conocerla es amarla, pero hay que conocerla bien, y para ello lo mejor es irse a dos de sus obras clave: El cuento de la criada (1985) y El asesino ciego (2000). La primera es una distopía muy particular que le sirve como reflejo del papel de la mujer en la sociedad; la segunda es un relato aparentemente más decimonónico que se alterna con una serie de narraciones de género que parecen ir paralelas a la narración original. Ambas son prodigiosas, utilizando diferentes estrategias. Si no te gustan estas obras, es muy probable que no sea tu escritora. Sin embargo, si te gustan, probarás con todo. 

JCO

Joyce Carol Oates (1938): La estajanovista literaria por excelencia,una de las autoras actuales más prolíficas y, como muchos que me conocen saben, una de mis escritoras preferidas desde hace mucho tiempo. El problema de enfrentarse a ella viene, precisamente, de esta virtud; hay tantos libros, de tantos géneros y con tantos estilos diferentes que es muy probable que, si no dispones de alguna orientación, no encuentres la obra que te una definitivamente a ella; máxime teniendo en cuenta que no toda su obra está en castellano. Mientras pienso en acometer una Guía para Principiantes más detallada en el futuro os pongo varias de las obras que podrían servir para acercarse a ella: si te gustan los cuentos con tintes de género (policíaco o terror) Infiel: historias de transgresión (2001)es una buena opción; si prefieresla larga distancia y te gustan los experimentos postmodernistas y los juegos de estilo, Puro fuego (1993) o Hermana mía mi amor(2008)serían opciones excelentes; si por el contrario prefieres una narración más clásica, A media luz (2001)desborda por su elegancia; si, al fin y al cabo, no te quieres arriesgar demasiado pero quieres que se desgarre el corazón al leer entonces ve a por Violación: Una historia de amor (2003). No será por falta de posibilidades.

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Alice Munro (1931): En efecto, esta arquitecta del relato corto siempre consigue que disfrute con cada una de sus palabras. No encontraréis relatos largos en su caso; me gusta avisarlo porque no todo el mundo gusta de los relatos breves. Teniendo en cuenta esto, hay dos vertientes que utiliza para crear sus antologías: unir las historias por un nexo común argumental (al estilo de un ciclo de relatos) o bien ligarlas de manera más difusa, por temáticas o hilos más sutiles (con lo cual cada relato parece unitario). En el primer tipo una buena aproximación es La vida de las mujeres (1971), y en el segundo, Las lunas de Júpiter(1982) es apasionante y presenta una variedad de mujeres que vale la pena descubrir.

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A.S. Byatt (1936): Posesión (1990) es La Novela de Campus, sin más. Complejísima aproximación al subgénero que goza aquí, posiblemente, de su mayor estado de gracia, con una prosa que se une indisolublemente a lo poético y donde la autora demuestra una inteligencia sobrenatural, una cultura muy por encima de lo que estamos acostumbrados y, sí, por qué no decirlo, una erudición no exenta de calidez. Podría recomendar otras obras suyas más accesibles (como Ángeles e insectos -1992.), pero no vale la pena. A las/los buenas/os escritoras/es hay que descubrirlas/los con lo mejor que han hecho.

Mantel

Hilary Mantel (1952): Esta escritora británica ha despertado no pocas polémicas con su visión de la época de los Tudor; sobre todo por su particular aproximación a ciertos personajes y hechos que desafían profundamente la versión historicista (y más conocida). Independientemente de esto, En la corte del lobo (2009) es un intento maravilloso de alejarse de cánones y, mediante una perspectiva distinta (la de Cromwell), construir una novela magnífica que no puedo dejar de recomendar. Siempre me sorprende el tono de su prosa, distante, aparentemente frío y, sin embargo, totalmente cautivador.

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Siri Hustvedt (1955): No voy a decir que es la esposa de equis, como hacen en todos los medios. Sinceramente, esta novelista estadounidense merece por sí misma el éxito que tiene. No he leído muchas novelas suyas pero El mundo deslumbrante (2014)es tan buena que muy malas tendrían que ser las anteriores para quitarme esta opinión. No es fácil de leer y los temas que trata no son sencillos, pero es una novela completísima donde une el arte con el papel de la mujer y lo confronta con el patriarcado estructural de una manera muy elegante, donde la estructura es muy ingeniosa y los géneros se diluyen en una mezcla de autobiografía, ensayo y novela. Sin duda vale la pena tenerla en la mesilla de noche.

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Jhumpa Lahiri (1967): Su exotismo (hindú-americana nacida en Londres) y juventud no deben ensombrecer una carrera sólida (hasta tiene un Pulitzer) en la que se ha adentrado en estudios postcolonialistas mediante la presentación de protagonistas inmigrantes, tanto de primera como de segunda generación. Su foco en la crítica a los regímenes imperialistas (que también realiza a la perfección Chimamanda) es firme pero no monopoliza una narración llena de claroscuros y en la que se dignifica y enriquece el papel de la mujer en nuestra sociedad. En cuanto a las opciones para introducirse en su carrera, tanto Tierra desacostumbrada (2008) como La hondonada (2013)parecen buenos comienzos.

 

Diez escritoras contemporáneas que deberías empezar a leer ya mismo (si no lo estás haciendo)

Minificción: Nina Berbérova

25/05/2017

 

Rusia, 1901 – USA, 1993. Biógrafa, periodista, una de las narradoras rusas más importantes. Emigró a Francia en los años 20 y luego en los años 50 a Estados Unidos. Publicó muchos libros de narrativa y memorias. Los textos que aquí reproducimos pertenecen a “El cuaderno negro”, última parte de sus memorias 

Junio (1941)

G. y su mujer son nuestros vecinos (su hija sale con soldados alemanes). Al otro lado de nuestra cerca, ya en terreno de G., crece un joven ciruelo. Está completamente inclinado hacia nuestro lado y, por tanto, sus frutos, maduros y dulces, caen en casa. Debe de haber unas cien libras. A la casa vecina no cae ni uno. Encontré a la mujer de G. y le dije que viniera a casa a coger fruta cuando quisiera. Nosotros la recogemos a diario y hago compota para el invierno ya que es imposible hacer mermelada por falta de azúcar. Sin embargo, la vecina no vino y, un buen día, al salir al jardín, vi que G. había cortado el maravilloso arbolito. Allí yacía, al otro lado de la cerca, con sus frutos, destrozado y muerto. “Es pura maldad”, dijo Marie-Luise. No recogían las ciruelas y lo hicieron “por pura maldad”. El árbol quedó allí, en aquel estado, hasta que los pájaros se comieron todas las ciruelas y las ramas se desecaron. Cada día, contemplábamos durante un buen rato las hojas retorcidas, el tronco quebrado, delgado y duro. Por más que reflexionamos sobre lo sucedido no logramos dar con una explicación plausible que lo justificara y llegamos a la conclusión de que G. solo pudo haber actuado llevado por un odio feroz hacia nosotros.

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Abril (1942)

Relato de una madre y una hija, ambas francesas

En junio, huyeron de los alemanes. La madre es una aristócrata y la hija le es totalmente sumisa. Llegan a una granja abandonada y empiezan a ordeñar a las vacas que van hacia ellas mugiendo para que las ordeñen. En el sótano, encuentran a un senegalés herido, al que reaniman y curan. Una vez sano, el senegalés se convierte en su criado. Es un hombre maravilloso, servicial, semianalfabeto, tierno, en una palabra, una especie de príncipe Mishkin negro. Las dos mujeres, que ya no son jóvenes, recobran repentinamente el placer de vivir. Regresan los tres a París; pero, cuando llegan a la zona ocupada, un soldado alemán mata al Negro.

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Noviembre (1942)

Basta leer dos números del periódico ruso berlinés Palabra Nueva para comprender la nulidad, el servilismo, la bajeza y la venalidad del ruso cuando intenta obtener el favor de los poderosos.

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Julio (1943)

Un apicultor vino a revisar las colmenas. Marie-Louise me contó la siguiente historia respecto a él:

Tenía treinta años y su padre sesenta. Poseían un centenar de colmenas y contrataron a una mujer para que les ayudara. Por la noche, la mujer cenó con ellos y les preguntó dónde iba a acostarse. El padre le dijo que eligiera a quien quisiera, a él o a su hijo. La mujer eligió a este último y allí se quedó. El viejo murió. Ahora ambos tienen setenta años. Antes, la mujer había vivido en París donde ejercía la prostitución callejera, en el bulevar Montmartre. Alquilaba su sitio y, cuando se marchó al campo, lo vendió muy ventajosamente.

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Agosto (1943)

La señora Chaussade y su marido se han instalado en la casa vacía del guardabarreras (hace mucho tiempo que el ferrocarril quedó exento de sus funciones). Ha acogido en su casa a tres niñas judías, a las que esconde. El Comité judío les paga la pensión. Los padres de las niñas fueron deportados a Auschwitz hace tiempo.

A veces, la señora Chaussade viene a casa con ellas. Se trata de dos gemelas de quince años, y de Regina, que tiene once. Dado que no tienen cartilla de racionamiento, la señora Chaussade decidió cultivar un huerto e incluso compró algunas gallinas. Todo hubiera ido bien si el señor Chaussade no se hubiera comportado de una manera un tanto extraña. Se encaprichó de una de las gemelas y se la sentaba en las rodillas. La señora Chaussade temía por la pequeña y se pasaba las noches errando por la casa y vigilando a las niñas. Al final, se vieron obligadas a encerrarse. El señor Chaussade degolló a las gallinas, puso un candado al huerto, no les dio comida y amenazó con denunciarlas a la Gestapo.

Fui a París y me dirigí al Comité judío donde, entre otros, trabaja P.A. Berlin. Me prometieron trasladar a las niñas a otro lugar.

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Junio (1944)

Fuimos a bañarnos a un riachuelo bordeado de sauces llorones, a tres kilómetros de Longchêne. El agua solo nos cubría hasta las rodillas, pero bastó para refrescarnos. El agua era transparente y, en el fondo, se veían los cantos rodados. N.V.M. y Marie-Louise intentaban nadar y a M. y a mí nos dio un ataque de risa. De repente, durante el camino de regreso, oímos el zumbido de los aviones: eran dos cazas norteamericanos. Nos vieron, descendieron en picado y abrieron fuego sobre el saucedal. N.V.M., Marie-Louise y M. se arrojaron al suelo, entre los matorrales, y yo, completamente vestida, me metí en el agua. Cuando los aviones desaparecieron, seguimos tumbados boca abajo durante unos instantes (yo seguía en el agua); luego, regresamos a casa, sucios, deprimidos y amedrentados.

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Septiembre (1947)

El hombre con quien ahora vivo (pero no por mucho tiempo) no es alegre, ni bueno, ni amable. Nada le salió bien, ha olvidado cuanto sabía y no ama a nadie. Poco a poco, uno también deja de amarle.

Nota sobre la autora

Nina Berberova publicó los siguientes títulos: Los últimos y los primeros (1930); La soberana (1932) La acompañante (1935); El camarero y su amiga (1937); Crónicas de Billancourt (1930-1940); Tchaikovski (1936); Borodin (1938); Sin ocaso (1938); Alexandr Blok y su tiempo (1947); Destino mitigado (1949); El cabo de las tormentas (1950-1951); El hombre pensante (1958); La peste negra (1959), entre otros. Su libro de memorias El subrayado es mío (1969) es una joya literaria y también un doloroso testimonio de los años del zarismo, la revolución soviética y la Segunda Guerra Mundial. Agradecemos al escritor y profesor Arnaldo Valero que nos pusiera en la pista de estos textos brevísimos en El cuaderno negro, última parte de las memorias de Berberova.

http://atodomomento.com/entretenimiento/minificcion-los-jueves-nina-berberova/

La acompañante de Nina Berbérova fragmento

Nina Berbérova (San Petersburgo, 1901 – Philadelphia, 1993) abandonó Rusia en 1922 e inició un exilio que la llevaría a varios países europeos y a Estados Unidos. Poeta, novelista, ensayista, periodista, biógrafa, gran parte de su obra gira en torno a la vida de los exiliados rusos en Europa. Una buena muestra de su maestría literaria es La acompañante, novela corta que se publicó en 1935 y cuya traducción al francés, que apareció cinco décadas después, cuando la autora contaba ochenta y cuatro años, supuso su reconocimiento internacional.
Ambientada en San Petersburgo, Moscú y París, entre otras ciudades, La acompañante explora la ambivalente relación que se establece entre Sonia, la hija ilegítima y poco agraciada de una humilde profesora de música, y María Trávina, una diva rebosante de talento y belleza. En el San Petersburgo de 1919, asolado por el hambre y la miseria, la joven y tímida Sonia se convierte en la acompañante al piano de la ambiciosa soprano, a quien seguirá hasta París en el camino de esta última hacia el estrellato, que nada ni nadie parece capaz de detener.
Zenda publica las primeras páginas de La acompañante (publicada por Contraseña editorial).

Estas notas me las entregó el señor P. R. Se las compró a un chamarilero en la calle de la Roquette, junto con un grabado de unas vistas de la ciudad de Pskov en 1775 y una lámpara de bronce que en otro tiempo funcionaba con queroseno y que ahora, por lo demás, iba provista de un cable eléctrico bastante decente. Al comprar el grabado, el señor P. R. le preguntó al chamarilero si tenía algo más de procedencia rusa. «Sí», respondió el vendedor, y sacó de un polvoriento armario que estaba en un rincón de la vieja tienda un cuaderno forrado de hule, uno de esos que desde hace muchísimo tiempo han servido, sobre todo a los jóvenes, para escribir diarios.

El chamarilero le explicó que había comprado ese cuaderno unos cinco años antes por cincuenta céntimos, junto con algunas partituras y dos o tres libros rusos —por desgracia, no los encontró—, en un hotel de mala muerte, donde había vivido y fallecido una mujer rusa. Después la propietaria saldó —como pago por la habitación— los vestidos, la ropa de cama y otros objetos de la difunta: es decir, todo lo que queda cuando desaparece una mujer.
El señor P. R. primero escuchó todo el relato y solo luego abrió el cuaderno. Le interesaron las pri­meras líneas con las que sus ojos se toparon, así que pagó, tomó la lámpara con una mano, el grabado con la otra y el cuaderno bajo un brazo. En casa lo leyó hasta el final sin reconocer quién era la autora.
He modificado algunos detalles de estas notas, porque no todo el mundo puede ser tan poco perspicaz. La mujer que escribió y no quemó este cuaderno vivió entre nosotros, y muchos la cono­cieron, la vieron y la oyeron. La muerte, al parecer, la pilló por sorpresa. Si fue una enfermedad, debió de ser breve y virulenta, pues le resultó imposible poner en orden sus asuntos en este mundo; si se trató de un suicidio, fue tan repentino que a la di­funta no le dio tiempo de saldar ciertas cuentas…
En cualquier caso, esa mujer olvidó este cuaderno como el pasajero que olvida un paquete al saltar de un tren en marcha.
1
Hoy hace un año que murió mamá. Dije esa palabra varias veces en voz alta: mis labios se habían desacos­tumbrado. Resultó extraño y agradable. Luego se me pasó. Algunas personas llaman «mamá» a sus madrastras, otros llaman así a la madre de su ma­rido; una vez oí a un señor mayor llamar «mamaíta» a su mujer —que era diez años más joven que él—. Yo solo tuve una «mamá» y nunca tendré otra. Se llamaba Yekaterina Vasílievna Antónovskaia. Tenía treinta y siete años cuando nací yo, su primera y única hija.
Era profesora de música, y ninguno de sus alumnos se enteró de que me dio a luz… Solo su­pieron que durante todo un año había estado gra­vemente enferma, que se había marchado a alguna parte. Esperaron pacientemente su regreso. Antes de que yo naciera, algunos de ellos iban a su domi­cilio. Cuando aparecí yo, mamá dejó de recibirlos en casa. Se pasaba los días fuera. A mí me cuidaba una vieja cocinera. Vivíamos en un piso pequeño de dos habitaciones. La cocinera dormía en la cocina; mamá y yo, en el dormitorio, y la otra estancia la ocupaba el piano de cola, por lo que la llamábamos «la habitación del piano». Comíamos allí. El día de Año Nuevo los alumnos varones enviaban flores a mamá, mientras que las chicas le regalaban retratos de Beethoven y máscaras de Liszt y de Chopin. Un domingo íbamos por la calle —yo debía de tener unos nueve años— y nos encontramos a las dos her­manas Svéchnikova, que acababan de terminar sus estudios en el liceo. Se pusieron a besar y a abrazar a mamá tan efusivamente que yo, del susto, me eché a gritar.
—¿Quién es esta criatura, Kátish Vasílievna? —pre­guntaron aquellas señoritas.
—Es mi hija —respondió mamá.
A partir de ese día, todo se supo, y, al cabo de una semana, mamá perdió tres alumnos; un mes después ya solo le quedaba Mítenka.
A los padres de Mítenka les traía sin cuidado si mi madre estaba casada o no, cuántos hijos tenía y de quién. Mítenka era un chico con talento, y sus padres pagaban bien, pero era imposible vivir únicamente de esas clases. Despedimos a la coci­nera, vendimos el piano y, sin pensarlo mucho, nos mudamos a San Petersburgo. Allí mamá se en­contró con algunos conocidos del conservatorio. En esa ciudad también la querían. Despacio, la­boriosamente, conquistó una vida tanto para ella como para mí. Y en el primer invierno volvía a ir de aquí para allá todo el día, lloviera o helara. A mí me matriculó en el conservatorio, en el curso preparatorio. Entonces yo ya tocaba el piano con total corrección.
No se me ocurrió pensar si mamá sufrió al aban­donar nuestra ciudad natal, donde había crecido sola con su madre, también profesora de música. Su padre —mi abuelo— había muerto prematura­mente, y las dos se quedaron solas, como nosotras luego, y todo era muy parecido, salvo que en su caso no había vergüenza. La abuela envió a mamá a estudiar a San Petersburgo cuando tenía dieciséis años. Terminó sus estudios en el conservatorio, re­gresó a N., dio un concierto, tocó en veladas bené­ficas y poco a poco empezó a dar clases a pequeños principiantes.
Nunca pensé en cómo había vivido sola después de la muerte de su madre, ni en cómo se acercó a la treintena, ni en lo que pasó después ni en quién era mi padre. No cerraba con llave los cajones de su escritorio, pero nunca encontré cartas ni fotografías. Recuerdo que una vez, cuando yo aún era muy pequeña, le pregunté si tenía un papá. Ella me contestó:
—No, Sónechka mía, no tenemos papá. Nuestro papá murió.
Dijo «nuestro», y lloramos juntas un rato.
Me enteré de todo de una manera muy sencilla. Tenía quince años cuando vino a San Petersburgo una amiga de mamá, profesora de francés en el liceo de N. Era por la tarde, sobre las seis. Mamá había salido. Yo estaba tumbada en nuestro pequeño sofá destartalado y leía a Tolstói. El timbre. Besos. Exclamaciones. «Pero ¡cómo has crecido! ¡Qué mayor estás!».
Pasamos mucho rato solas, ya era de noche, la lámpara estaba encendida; al otro lado de la pared alguien cantaba. Charlamos, recordamos los años lejanos en N., mi infancia. No sé cómo fue, pero me explicó que mi padre era un antiguo alumno de mamá que entonces tenía solo diecinueve años, y que, antes de él, mi madre no había amado a nadie. Ahora estaba casado y tenía hijos. No le pregunté ni su nombre ni su apellido.
Llegó mamá. Entonces tenía ya más de cincuenta años. Era menuda, con el cabello cano, como la mayoría de las madres, y, por alguna razón, le empezaban a salir pecas en las manos. Yo misma no supe qué me pasaba: sentí pena por ella, tanta que me apetecía acostarme y llorar y no levantarme hasta que me quedara sin lágrimas. Me ofuscaba cuando pensaba en el causante de la ofensa: si en ese instante hubiese entrado por la puerta, me habría abalanzado sobre él, le habría sacado los ojos y mordido la cara. Pero, además, tenía vergüenza. Comprendí que mamá era mi deshonra, del mismo modo que yo era la suya. Que toda nuestra vida era una vergüenza irreparable.
Pero eso pasó. En el conservatorio, nadie me preguntó nunca por mi padre… Por lo demás, no llegué a establecer una amistad íntima con nadie. Había guerra. Yo ya me había hecho mayor. Poco a poco me hice a la idea de que tendría que elegir un trabajo: oficio ya tenía.
Llamaba a mi padre «ofensor». Más tarde comprendí que no era del todo así. Él tenía diecinueve años. Para él, mi madre solo había sido una etapa hacia la madurez. Lo más probable es que ni siquiera sospechase que ella, a su edad, aún fuera virgen. ¿Y ella? Con cuánto desespero y pasión, a pesar de la cercanía, debió de amarlo para entablar una relación con un chico que habría podido ser su hijo y dar a luz a una niña fruto de esa breve relación, la única de su vida. ¿Qué le quedaría de todo eso en la memoria y en el corazón?
Y llegó la revolución. Para cada cual la vida anterior acabó en un momento diferente: para uno, al subir a bordo de un barco en Sebastopol; para otro, cuando los hombres de Budionni1 entraron en su pequeña ciudad de las estepas; para mí, en la vida apacible de San Petersburgo. No había clases en el conservatorio. Mítenka, que desde hacía un mes daba vueltas por San Petersburgo —había venido a estudiar composición—, llegó a nuestra casa en la mañana del 25 de octubre. Mamá estaba resfriada. Mítenka tocó el piano, después comimos, y luego él se durmió… Ah, ¡qué bien me acuerdo de ese día! Por alguna razón, yo estaba muy ocupada cosiendo algo. Por la noche, los tres jugamos a las cartas. E incluso recuerdo que, para cenar, tomamos pescado.
Hijo de unos ricos comerciantes de N., Mítenka era el único alumno que mamá conservaba, por decirlo así, de los tiempos de la «vergüenza». Era un joven flemático, unos tres años mayor que yo, completamente indiferente a la vida, en general, y a la suya, en particular. Tenía peculiaridades: era un chico distraído y somnoliento; a sus tutores les había costado inculcarle hábitos de limpieza.
No sentía una gran devoción por la música; él era una suerte de vehículo de sonidos caóticos que, a través de él, se arrancaban de la nada y emergían a la realidad. Después de matricularse en el curso de composición, sorprendió a todo el mundo por sus ideas avanzadas, revolucionarias. Pero, cuando mantenía una conversación, estaba indefenso y no podía explicar ni defender nada. Mamá se desesperaba cada vez más con sus cacofonías, que de una manera estúpida y atroz se estaban apoderando de él.
A mí Mítenka me era indiferente. Ese otoño, después de tantos años lejos de N., me fijé por primera vez en él de verdad. Tenía veinte años. No era atractivo, había empezado a crecerle una barba que no siempre se afeitaba, pero en la cabeza ya le raleaba el pelo. Además, llevaba unas grandes gafas de pinza plateadas, tenía la voz gangosa y, cuando escuchaba, daba fuertes resoplidos. Pero quería mucho a mamá. Se disculpaba por sus corales con letra de Jlébnikov2 y decía que llegaría el momento en que no quedaría nada: ni caminos, ni puentes ni alcantarillado…; solo música.
Mis conocidos del conservatorio, que venían a visitarnos a casa, consideraban a Mítenka un cretino, pero nadie dudaba de su genialidad como músico. A mí me traían sin cuidado sus corales o su afecto. Me inquietaban los acontecimientos, me preocupaba el futuro y, en especial, un tal Yevgueni Ivánovich, empleado en la secretaría del conservatorio, que se había ido a Moscú y con quien había tenido, un mes antes, la siguiente conversación:
Él: —¿Es usted perspicaz?
Yo: —Me parece que sí.
—Hay algo que quiero decirle, pero no puedo. Tiene que adivinarlo.
—Muy bien.
—Responda: ¿sí o no?
Se me aceleró el corazón.
—Sí…
Pero no fue Yevgueni Ivánovich el destinado a dar un giro a mi vida, sino el paliducho y necio de Mítenka. El primero partió a Moscú y nunca regresó. Mis esperanzas de boda resultaron infundadas. Ese invierno, mientras repasaba mi conversación con él y seguía esperando que me escribiera, que viniese, a veces empezaba a tener la impresión de que no me había hecho ninguna declaración de amor, de que debía de haber tenido en mente algo del todo distinto: por ejemplo, pedirme que le prestase algo de dinero o que saludara de su parte a alguna chica por la que debía de estar interesado. Pero ¡allá él! Centrémonos, en su lugar, en un nuevo encuentro que resultó para mí «fatídico». En el invierno de 1919, Mítenka me presentó a María Nikoláievna Trávina.
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Autora: Nina Berbérova. Traductora: Marta Rebón. TítuloLa acompañanteEditorial: Contraseña Editorial. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.
Nina berberova rusia

Jacinto Cenobio canciones de tierra adentro, de Pancho madrigal

La primera vez que escuche esta canción me golpeo, y la sigo escuchando y me vuelve a emocionar, se las comparto.es de la sutoria de un compositor mexicano

 

Pancho Madrigal, compositor, pintor y escritor de gran talento, nació el 19 de mayo de 1945 en Guadalajara, Jalisco. Empezó a componer canciones y a hacer giras por el centro y occidente del país. Fue premiado por su labor de difusión y por su aportación personal a la música mexicana, por gobiernos y asociaciones civiles de Jalisco. Con corridos humorísticos Pancho intenta parodiar y caricaturizar uno de los grandes vicios de la conducta del mexicano, como es el machismo, abordando para esto, temas como la pendencia, el bandolerismo, y otros, que fueron algunos de los asuntos más comunes en los corridos de épocas anteriores, pero despojándolos, por medio del humor, de la carga de dramatismo y del tono sangriento que caracterizaban originalmente a este género. Mezcla de narrador y cantador de corridos, Pancho Madrigal ingresó en 1968 al Coro Folclórico de la Universidad de Guadalajara, poco más tarde comenzó a componer canciones y a hacer giras por el país, integrándose a la corriente de la nueva canción latinoamericana, entre 1974 y 1979 encabezo el conjunto “Los Masiosares”, después volvió a la actividad como solista. En la actualidad Pancho Madrigal sigue activo a sus 72 años, se presenta en Guadalajara en un lugar denominado “Rojo café”, en donde interpreta sus temas acompañado de su grupo llamado “El borlote”.

Entrevista con Pancho Madrigal, autor de Jacinto Cenobio, entre otras canciones

 

“Jacinto Cenobio” es una canción popular mexicana en donde se narra el deseo de muchos campesinos y habitantes de la provincia mexicana: viajar a la capital para formar una nueva vida y la búsqueda de oportunidades, cosa que rara vez encuentran. Esta composición fue hecha famosa por el grupo Sanampay, donde era vocalista Guadalupe Pineda y posteriormente la acuñó como una de sus piezas más representativas en su carrera artística.

Despertar a la mañana — Casiopea

Comienza a despertar el día, tiene sus propios ruidos y pensamientos. A repetir el ciclo, la historia y expectativas. Que aburrida la película cuando ya la conoces y el final no cambia. Nadie espera al final del puente. Sonríe, quisa sea el último despertar de la mañana, Karonte en algun lugar aún duerme.

a través de Despertar a la mañana — Casiopea

Abajo de, debajo de

 

Redacción sin Dolor
3 de septiembre de 2012 a las 9:22
Pensamiento para hoy acerca de las frases «abajo de – debajo de»
«Abajo» es un adverbio de lugar que, empleado con verbos de movimiento —sea este explícito o implícito—, significa
«hacia una parte inferior»: “Veo abajo para no marearme”; “Voy abajo para ver si todavía funciona esa estufa eléctrica que guardamos el año pasado”. También alude a cualquier lugar de posición inferior: “Mi mamá vive abajo, en el primer
piso”; “Helena está muy abajo en el ranquin de los tenistas
internacionales”.
Es perfectamente legítimo que lo anteceda una preposición como «de», «desde», «hacia», «para» o «por»: “Llegó desde abajo”; “Se dirigió hacia abajo”; “La miró de arriba abajo”.
En México y otros países de este lado del océano Atlántico es común escuchar la locución ⓧ»abajo de». En el habla y la escritura esmeradas lo aconsejable es «debajo de»: “Siempre tiro mi ropa sucia debajo de la cama”.

Los quehaceres del río.

El río recuerda a las lavanderas: gustaba de verlas cada semana en sus orillas con su chorcha de hijos. El splash splash que cada una de ellas hacía al lavar y que se unía a los rumores de su corriente. Algunas veces la brisa se colaba entre los sauces llorones, y hacia silbar a las hojas. En otras se detenía, abriéndole las puertas al silencio.
Y el río complacía a la bóveda del cielo; entregándole su música alegre, o bien a la nostalgia que la vida conlleva.

John Locke  epitafio

John Locke también preparó a conciencia su epitafio. Es bastante extenso y le da para hacer un repaso a su vida y sus logros en diálogo con un interlocutor imaginado:

Detente, viajero. Aquí yace John Locke. Si te preguntas qué clase de hombre era, él mismo te diría que alguien contento con su medianía. Alguien que, aunque no fue tan lejos en las ciencias, sólo buscó la verdad. Esto lo sabrás por sus escritos. De lo que él deja, ellos te informarán más fielmente que los sospechosos elogios de los epitafios. Virtudes, si las tuvo, no tanto como para alabarlo ni para que lo pongas de ejemplo. Vicios, algunos con los que fue enterrado. Si buscas un ejemplo que seguir, en los Evangelios lo encuentras; si uno de vicio, ojalá en ninguna parte; si uno de que la mortalidad te sea de provecho, aquí y por doquier.

 

Wrington, Somerset, 1632 – Oaks, Essex, 1704) Pensador británico, uno de los máximos representantes del empirismo inglés, que destacó especialmente por sus estudios de filosofía política. Este hombre polifacético estudió en la Universidad de Oxford, en donde se doctoró en 1658. Aunque su especialidad era la medicina y mantuvo relaciones con reputados científicos de la época (como Isaac Newton), John Locke fue también diplomático, teólogo, economista, profesor de griego antiguo y de retórica, y alcanzó renombre por sus escritos filosóficos, en los que sentó las bases del pensamiento político liberal.

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