Nina Berbérova (San Petersburgo, 1901 – Philadelphia, 1993) abandonó Rusia en 1922 e inició un exilio que la llevaría a varios países europeos y a Estados Unidos. Poeta, novelista, ensayista, periodista, biógrafa, gran parte de su obra gira en torno a la vida de los exiliados rusos en Europa. Una buena muestra de su maestría literaria es La acompañante, novela corta que se publicó en 1935 y cuya traducción al francés, que apareció cinco décadas después, cuando la autora contaba ochenta y cuatro años, supuso su reconocimiento internacional.
Ambientada en San Petersburgo, Moscú y París, entre otras ciudades, La acompañante explora la ambivalente relación que se establece entre Sonia, la hija ilegítima y poco agraciada de una humilde profesora de música, y María Trávina, una diva rebosante de talento y belleza. En el San Petersburgo de 1919, asolado por el hambre y la miseria, la joven y tímida Sonia se convierte en la acompañante al piano de la ambiciosa soprano, a quien seguirá hasta París en el camino de esta última hacia el estrellato, que nada ni nadie parece capaz de detener.
Zenda publica las primeras páginas de La acompañante (publicada por Contraseña editorial).

Estas notas me las entregó el señor P. R. Se las compró a un chamarilero en la calle de la Roquette, junto con un grabado de unas vistas de la ciudad de Pskov en 1775 y una lámpara de bronce que en otro tiempo funcionaba con queroseno y que ahora, por lo demás, iba provista de un cable eléctrico bastante decente. Al comprar el grabado, el señor P. R. le preguntó al chamarilero si tenía algo más de procedencia rusa. «Sí», respondió el vendedor, y sacó de un polvoriento armario que estaba en un rincón de la vieja tienda un cuaderno forrado de hule, uno de esos que desde hace muchísimo tiempo han servido, sobre todo a los jóvenes, para escribir diarios.

El chamarilero le explicó que había comprado ese cuaderno unos cinco años antes por cincuenta céntimos, junto con algunas partituras y dos o tres libros rusos —por desgracia, no los encontró—, en un hotel de mala muerte, donde había vivido y fallecido una mujer rusa. Después la propietaria saldó —como pago por la habitación— los vestidos, la ropa de cama y otros objetos de la difunta: es decir, todo lo que queda cuando desaparece una mujer.
El señor P. R. primero escuchó todo el relato y solo luego abrió el cuaderno. Le interesaron las pri­meras líneas con las que sus ojos se toparon, así que pagó, tomó la lámpara con una mano, el grabado con la otra y el cuaderno bajo un brazo. En casa lo leyó hasta el final sin reconocer quién era la autora.
He modificado algunos detalles de estas notas, porque no todo el mundo puede ser tan poco perspicaz. La mujer que escribió y no quemó este cuaderno vivió entre nosotros, y muchos la cono­cieron, la vieron y la oyeron. La muerte, al parecer, la pilló por sorpresa. Si fue una enfermedad, debió de ser breve y virulenta, pues le resultó imposible poner en orden sus asuntos en este mundo; si se trató de un suicidio, fue tan repentino que a la di­funta no le dio tiempo de saldar ciertas cuentas…
En cualquier caso, esa mujer olvidó este cuaderno como el pasajero que olvida un paquete al saltar de un tren en marcha.
1
Hoy hace un año que murió mamá. Dije esa palabra varias veces en voz alta: mis labios se habían desacos­tumbrado. Resultó extraño y agradable. Luego se me pasó. Algunas personas llaman «mamá» a sus madrastras, otros llaman así a la madre de su ma­rido; una vez oí a un señor mayor llamar «mamaíta» a su mujer —que era diez años más joven que él—. Yo solo tuve una «mamá» y nunca tendré otra. Se llamaba Yekaterina Vasílievna Antónovskaia. Tenía treinta y siete años cuando nací yo, su primera y única hija.
Era profesora de música, y ninguno de sus alumnos se enteró de que me dio a luz… Solo su­pieron que durante todo un año había estado gra­vemente enferma, que se había marchado a alguna parte. Esperaron pacientemente su regreso. Antes de que yo naciera, algunos de ellos iban a su domi­cilio. Cuando aparecí yo, mamá dejó de recibirlos en casa. Se pasaba los días fuera. A mí me cuidaba una vieja cocinera. Vivíamos en un piso pequeño de dos habitaciones. La cocinera dormía en la cocina; mamá y yo, en el dormitorio, y la otra estancia la ocupaba el piano de cola, por lo que la llamábamos «la habitación del piano». Comíamos allí. El día de Año Nuevo los alumnos varones enviaban flores a mamá, mientras que las chicas le regalaban retratos de Beethoven y máscaras de Liszt y de Chopin. Un domingo íbamos por la calle —yo debía de tener unos nueve años— y nos encontramos a las dos her­manas Svéchnikova, que acababan de terminar sus estudios en el liceo. Se pusieron a besar y a abrazar a mamá tan efusivamente que yo, del susto, me eché a gritar.
—¿Quién es esta criatura, Kátish Vasílievna? —pre­guntaron aquellas señoritas.
—Es mi hija —respondió mamá.
A partir de ese día, todo se supo, y, al cabo de una semana, mamá perdió tres alumnos; un mes después ya solo le quedaba Mítenka.
A los padres de Mítenka les traía sin cuidado si mi madre estaba casada o no, cuántos hijos tenía y de quién. Mítenka era un chico con talento, y sus padres pagaban bien, pero era imposible vivir únicamente de esas clases. Despedimos a la coci­nera, vendimos el piano y, sin pensarlo mucho, nos mudamos a San Petersburgo. Allí mamá se en­contró con algunos conocidos del conservatorio. En esa ciudad también la querían. Despacio, la­boriosamente, conquistó una vida tanto para ella como para mí. Y en el primer invierno volvía a ir de aquí para allá todo el día, lloviera o helara. A mí me matriculó en el conservatorio, en el curso preparatorio. Entonces yo ya tocaba el piano con total corrección.
No se me ocurrió pensar si mamá sufrió al aban­donar nuestra ciudad natal, donde había crecido sola con su madre, también profesora de música. Su padre —mi abuelo— había muerto prematura­mente, y las dos se quedaron solas, como nosotras luego, y todo era muy parecido, salvo que en su caso no había vergüenza. La abuela envió a mamá a estudiar a San Petersburgo cuando tenía dieciséis años. Terminó sus estudios en el conservatorio, re­gresó a N., dio un concierto, tocó en veladas bené­ficas y poco a poco empezó a dar clases a pequeños principiantes.
Nunca pensé en cómo había vivido sola después de la muerte de su madre, ni en cómo se acercó a la treintena, ni en lo que pasó después ni en quién era mi padre. No cerraba con llave los cajones de su escritorio, pero nunca encontré cartas ni fotografías. Recuerdo que una vez, cuando yo aún era muy pequeña, le pregunté si tenía un papá. Ella me contestó:
—No, Sónechka mía, no tenemos papá. Nuestro papá murió.
Dijo «nuestro», y lloramos juntas un rato.
Me enteré de todo de una manera muy sencilla. Tenía quince años cuando vino a San Petersburgo una amiga de mamá, profesora de francés en el liceo de N. Era por la tarde, sobre las seis. Mamá había salido. Yo estaba tumbada en nuestro pequeño sofá destartalado y leía a Tolstói. El timbre. Besos. Exclamaciones. «Pero ¡cómo has crecido! ¡Qué mayor estás!».
Pasamos mucho rato solas, ya era de noche, la lámpara estaba encendida; al otro lado de la pared alguien cantaba. Charlamos, recordamos los años lejanos en N., mi infancia. No sé cómo fue, pero me explicó que mi padre era un antiguo alumno de mamá que entonces tenía solo diecinueve años, y que, antes de él, mi madre no había amado a nadie. Ahora estaba casado y tenía hijos. No le pregunté ni su nombre ni su apellido.
Llegó mamá. Entonces tenía ya más de cincuenta años. Era menuda, con el cabello cano, como la mayoría de las madres, y, por alguna razón, le empezaban a salir pecas en las manos. Yo misma no supe qué me pasaba: sentí pena por ella, tanta que me apetecía acostarme y llorar y no levantarme hasta que me quedara sin lágrimas. Me ofuscaba cuando pensaba en el causante de la ofensa: si en ese instante hubiese entrado por la puerta, me habría abalanzado sobre él, le habría sacado los ojos y mordido la cara. Pero, además, tenía vergüenza. Comprendí que mamá era mi deshonra, del mismo modo que yo era la suya. Que toda nuestra vida era una vergüenza irreparable.
Pero eso pasó. En el conservatorio, nadie me preguntó nunca por mi padre… Por lo demás, no llegué a establecer una amistad íntima con nadie. Había guerra. Yo ya me había hecho mayor. Poco a poco me hice a la idea de que tendría que elegir un trabajo: oficio ya tenía.
Llamaba a mi padre «ofensor». Más tarde comprendí que no era del todo así. Él tenía diecinueve años. Para él, mi madre solo había sido una etapa hacia la madurez. Lo más probable es que ni siquiera sospechase que ella, a su edad, aún fuera virgen. ¿Y ella? Con cuánto desespero y pasión, a pesar de la cercanía, debió de amarlo para entablar una relación con un chico que habría podido ser su hijo y dar a luz a una niña fruto de esa breve relación, la única de su vida. ¿Qué le quedaría de todo eso en la memoria y en el corazón?
Y llegó la revolución. Para cada cual la vida anterior acabó en un momento diferente: para uno, al subir a bordo de un barco en Sebastopol; para otro, cuando los hombres de Budionni1 entraron en su pequeña ciudad de las estepas; para mí, en la vida apacible de San Petersburgo. No había clases en el conservatorio. Mítenka, que desde hacía un mes daba vueltas por San Petersburgo —había venido a estudiar composición—, llegó a nuestra casa en la mañana del 25 de octubre. Mamá estaba resfriada. Mítenka tocó el piano, después comimos, y luego él se durmió… Ah, ¡qué bien me acuerdo de ese día! Por alguna razón, yo estaba muy ocupada cosiendo algo. Por la noche, los tres jugamos a las cartas. E incluso recuerdo que, para cenar, tomamos pescado.
Hijo de unos ricos comerciantes de N., Mítenka era el único alumno que mamá conservaba, por decirlo así, de los tiempos de la «vergüenza». Era un joven flemático, unos tres años mayor que yo, completamente indiferente a la vida, en general, y a la suya, en particular. Tenía peculiaridades: era un chico distraído y somnoliento; a sus tutores les había costado inculcarle hábitos de limpieza.
No sentía una gran devoción por la música; él era una suerte de vehículo de sonidos caóticos que, a través de él, se arrancaban de la nada y emergían a la realidad. Después de matricularse en el curso de composición, sorprendió a todo el mundo por sus ideas avanzadas, revolucionarias. Pero, cuando mantenía una conversación, estaba indefenso y no podía explicar ni defender nada. Mamá se desesperaba cada vez más con sus cacofonías, que de una manera estúpida y atroz se estaban apoderando de él.
A mí Mítenka me era indiferente. Ese otoño, después de tantos años lejos de N., me fijé por primera vez en él de verdad. Tenía veinte años. No era atractivo, había empezado a crecerle una barba que no siempre se afeitaba, pero en la cabeza ya le raleaba el pelo. Además, llevaba unas grandes gafas de pinza plateadas, tenía la voz gangosa y, cuando escuchaba, daba fuertes resoplidos. Pero quería mucho a mamá. Se disculpaba por sus corales con letra de Jlébnikov2 y decía que llegaría el momento en que no quedaría nada: ni caminos, ni puentes ni alcantarillado…; solo música.
Mis conocidos del conservatorio, que venían a visitarnos a casa, consideraban a Mítenka un cretino, pero nadie dudaba de su genialidad como músico. A mí me traían sin cuidado sus corales o su afecto. Me inquietaban los acontecimientos, me preocupaba el futuro y, en especial, un tal Yevgueni Ivánovich, empleado en la secretaría del conservatorio, que se había ido a Moscú y con quien había tenido, un mes antes, la siguiente conversación:
Él: —¿Es usted perspicaz?
Yo: —Me parece que sí.
—Hay algo que quiero decirle, pero no puedo. Tiene que adivinarlo.
—Muy bien.
—Responda: ¿sí o no?
Se me aceleró el corazón.
—Sí…
Pero no fue Yevgueni Ivánovich el destinado a dar un giro a mi vida, sino el paliducho y necio de Mítenka. El primero partió a Moscú y nunca regresó. Mis esperanzas de boda resultaron infundadas. Ese invierno, mientras repasaba mi conversación con él y seguía esperando que me escribiera, que viniese, a veces empezaba a tener la impresión de que no me había hecho ninguna declaración de amor, de que debía de haber tenido en mente algo del todo distinto: por ejemplo, pedirme que le prestase algo de dinero o que saludara de su parte a alguna chica por la que debía de estar interesado. Pero ¡allá él! Centrémonos, en su lugar, en un nuevo encuentro que resultó para mí «fatídico». En el invierno de 1919, Mítenka me presentó a María Nikoláievna Trávina.
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Autora: Nina Berbérova. Traductora: Marta Rebón. TítuloLa acompañanteEditorial: Contraseña Editorial. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.
Nina berberova rusia