A veces los sueños se cumplen de Rubén García García

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Ella vive en un pueblo donde los varones son lampiños y las mujeres de generosos senos. Él vive donde los varones son barbados y de pelo en pecho. Es cierto, ellos mantenían correo, luego pláticas y concertaron conocerse cara a cara. Ella quedó satisfecha de que su amigo fuese barbado e intuye que es un varon velludo. Él evitaba aterrizar la mirada en sus senos, que parecían salirse de la blusa, pero se traicionaba. Coincidieron que era una delicia el asado y ambos comentaban con interés los cuentos de García Márquez. Por la tarde disfrutaron de un café colombiano y en la noche bailaron al son de la cumbia. Nadie regresó a su hotel; durmieron en otro. Ambos con una sonrisa plena. ¿Dónde está el suceso desequilibrante de la historia? No lo hay y es que todo sucedió como lo soñaron.

La cuerda de Rubén García García

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En los momentos que escribo pareciera que camino sobre un hilo que cruza un abismo; pero la cuerda se balancea y caigo. ¿Sabes? Una vez los duendes me obsequiaron una vara viva. Cada vez que cometía un error, me azotaba. Cuando inicié y cometí el primer abrupto me lanzó al vacío y dijo con gravedad: “Uno más que deja de ser escritor” La miré desde abajo sin odio, sin rencor y le pedí que me permitiera continuar. He subido desde entonces noventa y nueve veces y en esa misma cantidad me ha arrojado.

No la detesto. Es un reto que me inspira a escribir mejor. Gracias a ella mis frases se oyen menos mal.

La última vez, que caminé sobre la cuerda, había recorrido la mitad del precipicio, cuando cometí la imprudencia, y ella, salvaje, me dobló el lomo con un golpe y se río. «¡Cuándo aprenderás!” Lloré de impotencia. Tragué el llanto. Respiré hondo para amortiguar la caída y desde allí, la miré con súplica, pero ella me gritó: “¡Quédate allá! ¡Busca otro oficio! Supe entonces comprender lo que quiso decirme: ¡Sube! ¡Tú puedes!

Cuando cruce el abismo, me dijo: “no es suficiente. ¡apenas empiezas niñato!

Entre el debe y el haber de Rubén García García

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Aquel tipo declaró que mató a más de cuarenta. En un acto de remordimiento aceptó donar una cornea, un riñón, una porción de hígado. Así cuando Dios lo llame a cuentas, la deuda será menos.

El canto de las sirenas

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Yo tambien quería escuchar el canto de las sirenas! A todos los remeros les pusieron cera en los oídos, yo me la quité. El canto me infundió tal poder que dirigí la nave buscando su voz. Así mientras Ulises imploraba que lo soltaran, yo reencausaba el barco. Cuando solo quedó el silencio, la nave estaba en medio de otra tormenta.

Nada es verdad de Rubén García García

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Con el zoom veo en los ojos del niño, los ojos de un pájaro. El ave nerviosa brincotea en el alfeizar de la ventana. ¡Cuánto asombro tiene la cara del niño! El reflejo que se ve en el cristal, dice que veo lo que no es. Ellos se miran tranquilos y platican como dos viejos amigos.

Perseverancia de Rubén García García

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Salió al jardín, contempló la rosa claridad entre los árboles. Pasaban de las seis de la mañana y era el tercer día que no podía dormir. Había tomado de todo, desde remedios caseros hasta las grageas del homeópata. Cuando los bostezos se juntaban se tiraba a la cama y el sueño desaparecía. Sacó del cajón una pistola que parecía de juguete y se disparó. Abrió los ojos y a través del cristal del ataúd observaba a una araña que se columpiaba en la viga del techo.

Las noches del hubiera de Rubén García García

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Nunca comprendí cómo es que decías quererme y en tu carta me dices: “…lo mejor sería que te propusieras objetivos nuevos”. Por la noche dije: ¡es qué esto, no puede decirlo ella!, y movía la cabeza, como las marionetas estúpidas que encuentras en los mercados de vecindad. Entonces, cerré el libro y acepté de una vez por todas, que lo que escribiste era una indicación de que la complicidad se había roto.

Han pasado veinte años y cada quien rehízo el camino. No sé de ti, pero más de alguna noche me da por pensar en el hubiera; aunque bien sé que el hubiera no existe.

Lunares de calor de Rubén García García

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Hay pelotas de neblina rodando de cerro en cerro. En el imaginario meteorológico presumen que el sol se pondrá bravo después de la media mañana y atormentará a la flor de la limonaria. Los perros se echarán debajo de los carros y el silencio con la siesta dormitarán en la hamaca. Cuando el bochorno cruce la pierna, fume su puro y trastabillando agarre camino; los grillos saldrán del sopor y brincarán para cualquier parte, tan felices y despreocupados que más de alguno cantará en la bodega de un sapo.

La cabaña abandonada de Rubén García García

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Su vestido sobre la silla desvencijada. El cuarto lo aluzaba una veladora. Se quitó su ropa interior y se acostó al lado de él.

Llegó a la hacienda “la corona” a pedir trabajo como vaquero. No había, pero aceptó apoyar en la cocina.

Desgajaba un enorme tronco con el hacha. Resaltaba el brillo del sudor que definía el perfil de la espalda y el lomo. Traer el agua del pozo, y encender el fuego eran tareas diarias.

La patrona, a la que todos saludaban con respeto, le dijo:

—¿No eres de la región?

—Vengo del mar pacífico

—¿Mataste a alguien?

—Solo me defendí.

—¿Y la familia?

—Nunca tuve, ni tengo.

Bajo la luz de los candiles, sin que nadie se percatara, la mano de ella buscó su mano y le dio un papel doblado.

En un lugar apartado leía: “rumbo al cementerio, se cruzan los caminos, toma el de la izquierda. Toparás con una casa abandonada. La puerta está abierta. Te espero.

Miró dentro de la noche, y en medio la luz de una veladora que aluzaba a un antiguo calendario con la imagen de un león.

La mujer le había exigido al límite, abrió sus brazos, tan bella, tan de fuego… El cansancio fue el preámbulo de un profundo reposo.

Un ruido seco cimbró la luz de la vela. La bala se incrustó en la boca.

—¿Seguro que estás en tus dias fértiles?

Aturdida y salpicada de sangre, contestó.

Sí.

La soledad de un rojo de Rubén García García

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¡Vaya, si qué está en problemas! La fiesta es en casa del embajador y usted ha escogido un vestido plateado. Todo hace juego, pero hay un detalle: su collar de plata tiene en el centro un rubí. Se ve muy solitario el rojo, ¿un pormenor que lo acompañe? ¿no tiene aretes rubí? o bien otra piedra en rojo. Veo en su cara que no. A esta hora las joyerías están cerradas, no es descabellado sugerirle que repinte sus uñas, por supuesto, las veinte, de un color rojo paloma. Recuerde que al llegar a la fiesta la escanearan de arriba abajo, y el rubí ya no se verá tan solo.

Es de algodón y fina caída

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He comprado un vestido negro, discreto. Suelto, tres cuartos, de buen algodón, fina caída.

Por fin lo lucí con un maquillaje discreto.

Mi esposo y yo, en este ahora solo coincidíamos en una capacidad innata de ocultar las emociones. Él deseaba mi muerte y yo más. No, no había dinero de por medio, sino solo era odio. Un profundo odio.

Es cierto, lucí con glamur en el velatorio, mis familiares exclamaban: ¡Qué hermosa se ve! hasta parece que está dormida!

Caliope de Rubén García García

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—Has implorado que te otorgue el don para la microfición. Y ahora que te lo ofrezco, me haces una mueca de disgusto.

—¡Cuánto te lo agradezco amada diosa! Dime, ¿no tendras una moneda? Ya no tarda Caronte y no traje suelto.

Pedimento de Rubén García García

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«¡Ven! escucha los grillos. Mira el vuelo del murciélago. ¡Anda! no seas floja y llénate de olores de geranio. ¡Levántate! y vamos para que el viento nos traiga el aroma del pan recién hecho. ¡Apura! Que ya las nubes emboscan a la luna». La luna antes de perderse aluza la palidez de la niña que reposa flácida en los brazos del abuelo.

Las Chachalacas de Rubén García García

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Allá, entre los aguáchales, rompían el rumor del río las chachalacas y si cruzabas, del otro lado estaba el mar y al final de cada ola dejaba en la arena: peces, jaibas, pulpos. Mamá veo la casa de mi abuela. Blanca por dentro, blanca por fuera con olor a barro fresco con que se boleaba el piso. La sombra fresca de los caimitos y las parvadas de los cotorros. Mamá, mamá, no te vayas mamá. Se fue el rumor, el viento y también mamá. Muy lejos, en mi cabeza, el griterío de las Chachalacas.

La soledad de Rubén García García

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El cuarto es húmedo, es el desorden mismo. «¡Qué tiradero!» se dice mientras escucha la melodía que ambos disfrutaban. Se levanta lerdo y empieza a ordenar, «¡Uff!, ¡qué cansancio! pero todo reluce como si ella lo hubiese hecho!». Se duerme en la poltrona. Afuera gritan los ambulantes, otros acomodan las monstruosas bocinas para llamar a la clientela. La melodía se ha repetido cientos de veces…El oído de él la disfruta, aunque ya no la escuche.