En la cocina teníamos acción. Había un clima de caricias ocultas bajo la mesa. A la mirada solo se veía a una pareja que disfrutaba de una cerveza. Desde ese sitio, su mamá siempre estaba al alcance de la mirada.
Juana, la madre, padecía de una limitación auditiva. Ella tenía afición por las películas programadas para la televisión y se hundía en el mullido sillón, de tal manera que solo se le veía su cabello entrecano.
Bajo la mesa, ella subía su pie por mis piernas hasta llegar a mis ingles y frotaba y frotaba hasta que conseguía alterarme, se retiraba y volvía, se retiraba y seguía. Así que después de una hora los ojos me brillaban, como un reflejo de lo que por dentro ardía.
La mamá la llamó con una seña. Interrumpimos el juego y ella se recargó en el filo del mueble quedando su cuerpo en forma de arco. Su cara pegada a la mejilla de su progenitora. Algo le contaba. Vestía una falda rabona, dejando ver sus pliegues y el borde de su ropa interior.
Me situé detrás de ella, mis yemas la rozaron, su piel blanca se hizo de gallina. La recorrí desde el hueco de su rodilla hasta el ángulo de su muslo. Me hizo una seña con el entrecejo de su frente de que me calmara; eso aumento mi deseo y recargué mi cuerpo sobre el de ella. Con la mano quiso apartarme. Topó con mi dureza. Cerré los ojos y aprete mi boca y cuando creí que me daría un pellizco, empezó a deslizar su mano. Abria sus piernas y las cerraba imitando a las alas de una mariposa. Ella seguía escuchando, casi impertubable, con su mamá.
Después de las nueve, la mamá decidió ver otra película porque se le había ido el sueño. Aún con la efervescencia acepté que lo mejor sería despedirme.
Sin que se percatara tomé un almohadón de la sala. En la oscuridad del pasillo iniciamos con frenesí una nueva ronda de caricias, la ropa caía una a una sobre los escalones. Cuando apoyaba sus rodillas escuché la voz de quejido: ¡Ya súbete! ¡y por favor no maltrates el almohadón!, que es el que hace juego con el color de la sala.
Las siete de la mañana. Era un día de perros. La lluvia helada caía desde el alba. La clínica de salud en el área de urgencias médicas estaba desierta. Era atendida por el médico de base y una enfermera.
—Enfermera. Dijo con voz grave el médico.
—Dígame.
—Por favor ponga agua a calentar.
—¿Para?
—¿No le caería bien un café calientito? Se hace uno y de paso me lo hace a mí.
—Hágaselo usted. Soy enfermera, no su sirvienta.
Si llegaba un herido lo atendían en profundo silencio, sin dirigirse la palabra. Tenían meses y solo se hablaban si era necesario, por ejemplo, cuando pasaba el señor director, ambos bromeaban y sonreían.
Ese día, el tiempo no estaba de buenas, y el médico menos, el desprecio de la enfermera había colmado su importancia personal. «solo le daré un susto a la enana». Ella también estaba de malas. Casi para llegar a la clínica pasó velozmente un auto y levantó una cortina de agua que la empapó.
Le dieron ganas de orinar. Los baños estaban hasta el fondo del servicio, a un lado del botiquín de instrumental y medicinas. Lo que más le molestaba era pasar frente al médico, que era mal encarado. Bigotudo y con el pelo siempre parado. Pasó sin mirarlo. En el wáter aprovecharía para cambiarse las medias y los zapatos.
Cuando quiso gritar la mano cerró su boca; hábilmente la despojó de su ropa interior «¡Vas a saber lo que es un hombre! Te quitaré la cara de seria que siempre tienes conmigo. Veras que de hoy en adelante sonreirás» El agua arreció y hubo truenos lejanos. Dentro, el forcejeo fue substituido por caricias y besos. No llegó urgencia alguna.
A diario, sobre el escritorio del médico, aparecía en el florero un clavel rojo y en la mesita de ella, escondido entre la papelería un sobre y dentro, una barra de chocolate. Tomaban café en silencio, pero había un parloteo con los ojos que era un jardín en floración.
Bajo el tejado, las palomas esperan a la mujer que canturrea y dará semillas a los cotorros de cabeza azul. Las perras dormitan cerca y son indiferentes al robo de girasol que hacen los pichones. Saben las perras que su alimento no será tocado. Un día, las granujas lo intentaron y pagaron cara su osadía. Hay en el patio un perico verde, pequeño y desazulado , que alimentan con maní. Sale y entra de su jaula, como “Juan va por su casa”. Las palomas tampoco se meten con él y si lo intentan eriza sus plumas, gruñe y ladra como el feroz Pitbull del vecino y ellas vuelan asustadas y el perico se carcajea.
Moví la cabeza, herido. Cerré el libro y acepté de una vez por todas, que tu silencio era una indicación de que la complicidad se había roto. No había en la ofrenda los tamalitos de chipilin; causa y razón por los que me casé contigo.
Tres años esperó para tener derecho a visitar lo que había sido su hogar. La viuda le ofrendó su ron, su cerveza y unos tamales de chivo*, que tenían el mismo olor que cuando los degustaba en vida.
*“tamales de chivo” expresión de México que denota que tu mujer tiene un amante”
Es desesperante sentir que no respiras, pero todavía escuchas. Y si abriera los ojos sería inutilidad. En el silencio el roer de los gusanos; en ese trabajo finito de convertirte en polvo. ¡Cómo llegar al sueño eterno si esas mandíbulas nunca descansan de roer.
penas entreabre los ojos cuando me saluda. Me da los buenos días con pausas e intenta hacerme plática, pero algo se lo impide y suspira. Después de su dificultad logra preguntarme: «¿en qué piensa?».
Sé que le gusto a Esteban, si le diese una mínima seña de que sería correspondido, seguro saltaría de un lado a otro y correría para todos lados. Sin gestos, con una cara de mármol, me le quedo viendo de arriba abajo y él levanta la mano, como saludando a quien sabe quién.
Pienso en alguien, que no es Esteban. No lo es. Él me mira y me hace temblar, me derrite. Si me besara me dejaría llevar a cualquier parte.
¿Qué puedo hacer? Si quién me prende, no es como Esteban.
En silencio trota. Chillidos de aves que llegan desde la zona boscosa de la ciudad. El resplandor de la cruz de la iglesia destaca. Recuerda su cara de niña, la misma que ve en sus hijos. Está cerca del parque central, a una cuadra de la escuela en donde aprendió a leer. Se ve jugando con sus amigas, «¿Qué habrán hecho de su vida?» Reconoce su antigua casa y parece oír la voz de su madre quien la abrigaba en las noches de frío. Se oye el canto de los pájaros, y la brisa del amanecer que toca sus mejillas. Entreve el color rosa de la cordillera y se escucha cantar el himno escolar. Su primer novio, y el único, que aun al evocarlo la estremece. Suspira. El inmenso placer de amarlo con todo.
Sube por la pendiente. La respiración es asmática; el sudor la recorre. Se ve en su departamento. Los años pasan. El esposo vive obseso de su trabajo, apenas si se da cuenta que ella y los hijos existen. Al dar la vuelta, se topa con la mujer que barre, que viste la misma falda. Su escoba es la que cambia; hecha de ramas y con los ojos escrutando el pavimento. Desea darle los buenos días, y solo mueve la mano. Va aclarando el día. Levanta la mirada y divisa los cerros que son puños de laja. Sobre el horizonte el sol se muestra y deja en las paredes del caserío un color tierno. Desde el pensamiento corren los silencios y el desamor de un hombre que se extravió en la vida. Respira profundo, con dificultad y a punto de desfallecer y quedarse a la vera del camino, saca del vientre un impulso más y logra rebasar la loma. Pareciera que corre por inercia. Llega una ventisca tímida con olor de frutas y divisas en la lejanía el bermellón de las montañas. Hay momentos en que pareces no tocar el suelo. En el horizonte una parvada de patos simulan una estela de luz. El día abre con esplendor. y sobre el asfalto corres con más fuerza y abres la zancada como una cabra que salta cruzando el abismo.
Aymara fue tras de ella. Era importante disminuirla y anular su magia para romper el lazo que lo ataba a Virgilio. Tan compenetrada me sentía con mi nana que podía visualizarla. Corría, sin que sus pies tocaran el suelo.
Mi amante Virgilio permanecía indiferente, sentado sobre una roca, que al tocarla me dio escalofrío, aquella laja caliente y rojiza lo dañaba. Lo tomé del brazo y él se negaba a seguirme. Acaricié su pelo, le hablé al oído y no reaccionaba. Lo jale con fuerza y para mi sorpresa descubrí que podía levantarlo como si cargara un ramo de naranjas. Lo llevé a otra roca. Volví a tallarle su pelo, a recordarle el mar, la cabaña y como si despertara de un largo sueño me veía sin saber quién era y dónde se encontraba. Levanté la cara hacia el sur. Vi a la nana que la habían cercado en un redondel de fuego. Un viento amentado me levantó y volé entre nubes amargas. «solo tienes una oportunidad, entrarás al círculo y al vuelo la sacarás. No salgas del ruedo de fuego, te elevarás rumbo al cielo, no mires hacia atrás e ignora las lenguas de fuego que estarán tras de ti y cuando sientas la brisa fresca y limpia te sales del círculo». Tomé a mi nana de la cintura y al percibir la frescura del viento regresé. Virgilio poco a poco recuperaba el sentido de realidad. Aleyda me dio un líquido ámbar que olía a mar y me ordenó que lo besara y le diera el elixir con mi boca.
Ya podía caminar y su conciencia regresaba. Lo besé de nuevo, lo inflé como una llanta y me reconoció. Alcánzame le dije y empecé a correr tras Aleyda. Y él tras de mí. Entramos a una choza donde lo dejamos. La voz de Aleyda ordenándome: «cierra los ojos y repite los rezos que te enseñé». Al abrirlos me vi, apagamos las veladoras y se escuchó el canto de los pájaros chisteadores. Regresé a mi dormitorio. De acuerdo al reloj de mi buró solo habían pasado unos minutos.
Supe que Virgilio se había quedado en el refugio de una amiga de Aleyda, para que tornara a su normalidad. Donde se encontraba era un sitio de poder y la indicación era que volviese lo más pronto a la ciudad, «No recordará nada, tal vez solo le lleguen imágenes neblineadas sin contexto». Me dijo mi nana.
«¿Y de cuando acá ya no duermes en tu cama?» le contesté que no podía dormir y fui a mi estudio a terminar una tarea. «Por un momento pensé que te habías ido a una fiesta o estarías con Aleyda en su cuarto. Tenía tanto sueño que regresé y rápido me dormí con todo y los ronquidos de tu padre».
Anoche platiqué con mi nana. Me tranquilizó escuchar que su amiga le comunicó que Virgilio ya había regresado a la ciudad y que el agua había tornado a ser clara. Una compañía minera, la misma que recogía muestras depositaba los desechos en un pozo profundo que contaminaba uno de los acuíferos que daban agua al pueblo.
Días después recibía en mi móvil la primera carita sonriente con un ramo de rosas y dos corazones. Era la señal para que yo le hablase. Días después supe que era onomástico de la abuela y que mis padres irían a pasarla con ella.
Le hablé y me dijo que deseaba verme, que tenía muchas cosas que contarme. Te espero donde siempre le contesté.
Ve con él, es un buen muchacho. Me dijo Aleyda.
Salí temprano de casa, a cada paso mi corazón tocaba en mi pecho. El viento parecía saltar sobre mi pelo. El rocío no tenía mucho que se había retirado, aún quedaban huellas entre las hojas. Silbaba.
No apareció su auto, pero sabía que venía tras de mí. Seguí el paso por la alameda, hasta que me tomó de la cintura y besó mi mejilla. Se me quedó viendo aún con restos de una mirada extraviada. No me contuve y tomándolo de las mejillas lo besé. No se lo esperaba. Respondió a mi beso. «nos pueden ver» me sonreí y lo volví a besar. «¿nos vamos?» con un movimiento de cabeza le di a entender que deseaba seguir, «abrázame», nos fuimos sin rumbo recobrando y perdiendo esquinas hasta llegar a un restaurante donde el café con pan es delicioso. Parecía no comprender. Pero yo si entendía bien lo que me sucedía. Al oído le dije ¿quieres ser mi novio? Me estrechó con sus brazos y quebrando su voz salió un sí, que lo sentí íntimo y profundo.
Volvimos a caminar por la alameda, nos sentamos. Me acariciaba diciéndome tanto que las palabras no serían capaces. Abrazados por las calles de la ciudad terminamos fatigados de tanto platicar y reír. Le dije que deseaba una nieve y entramos a uno de esos centros comerciales que todo tienen. El comió de mi nieve, yo de la suya, cruzamos las cucharas y al mismo tiempo engullimos la porción y volvimos a reír. Poco después entramos a la función de cine y nos emocionamos. El tiempo se hizo veloz y en la claridad de la noche, me dice que la institución le daría una semana de descanso. Me dejó frente a la casa y quedamos de vernos temprano en el mismo lugar.
Ahora tú serás mi mujero. Iremos a la cabaña que está entre los pinares. Había gente, me lo hizo notar, pero no le di importancia. En el restaurante disfrutamos de un café de olla con canela y panecillos de la casa. Caminamos entre los pinares por una vereda que nos llevaba hacia una cima. Cuando se haga el camino tortuoso me cargas “amamanche” le dije. Desde lo alto divisamos la cascada sentados uno al lado del otro, Las mejores pláticas de amor son con el silencio, y acurrucándose con la mirada. Regresamos con hambre y sudorosos y oliendo el fino polen que caía de los árboles. Comimos con el placer de estar juntos, y cuando íbamos a la cabaña, le dije; «nos bañaremos juntos. Y en la cama nos pondremos a ver películas. Tengo deseos de jugar contigo. De que me platiques tus planes, tus pensamientos, tus gustos, de sentirme a tu lado y por la noche no nos iremos, dormiremos con la misma sábana y podremos mimarnos, bueno si es que todavía tenemos fuerza cuando empiecen a cantar los gallos. Seré tu “hembro” y voy a caminar centímetro a centímetro por tu piel. No habrá parte de ella que no tenga tu olor, el mío. Estoy festejando la vida y tu eres lo que elegí para que me acompañase. Mañana lunes conocerás a mis padres. Y si no te arrepientes pedirás permiso para verme.
Mis padres me dieron sus razones para no casarme y les respondí que no me estoy casando. Que tampoco abandonaré mis estudios. Que soy muy joven, y me lleva unos ocho años de edad. No hay edad para enamorarse, y ¿el tiempo para que me llegue el arrepentimiento? ni yo lo sé, puede ser uno o muchos años. Supongamos, sin conceder, que en veinte años estoy hecha un río de lágrimas, no es difícil preguntarse ¿y todo ese tiempo que se vivió en armonía, se tira al bote de la basura? La vida es cambio y uno no es indemne a ese paso. Quien se crea que la vida es “y vivieron siempre felices” es bobería. Me propongo vivir día a día. Aceptar la tristeza, el dolor como parte; es sano. ¿Cómo podríamos disfrutar de una alegría si no se conoce al opuesto?
Han pasado algunos meses y mis padres han aceptado que ya no soy una niñata, que tengo carácter para enfrentarme a la vida. Aleyda en una ceremonia con Chamanes nos ha bendecido. Cuando tengo días feriados voy a su casa y me recuerda que lo que encontré en la bodega son escritos de mi bisabuelo acerca de las plantas y hongos. Y una frase inquietante: “aunque no te conozco un día me haré presente en tu vida”. Me sigue adiestrando en los quehaceres del arte del cazador, de las diferentes realidades, de cómo salirse del cuerpo y viajar. Ambas hemos ido a conocer los chamanes de las montañas de la sierra madre y entre los místicos del desierto. La sensación que te da el estar en armonía con la madre tierra, de intentar ser uno y luchar y luchas por ser mejor cada día. Que la felicidad es un ideal. Que el ayer es el ayer, y el futuro es incierto, que la vida debe de ser siempre vivida. Solamente vuelvo a ser niña cuando me refugio con virgilio. Me encanta estar bajo la regadera con él. Coincidir en llenarnos de pájaros y soltarlos al mismo tiempo con suspiros, aleteos y chillidos y después ser cobijada. ¿Qué cuánto durará? No lo sé ni me lo pregunto, solo lo vivo. Pero entiendo que nada es para siempre y lo acepto.
Fin.
Mi agradecimiento a quienes siguieron la narrativa. Jamás había escrito tanto y siguiendo solo lo que me venía a la cabeza. Es cierto hay algunos desfaces en el tiempo, que la adolescente no es la tipica adolescente. Creo que el autor tiene ciertas licencias y sé también que hay jóvenes muy despiertos y adultos encerrados en su «sapiencia».
Ximena, la hija del cavador de tumbas, fue al cementerio a dejarle comida a su padre en el momento en que él terminaba de abrir una fosa para exhumar a un cadáver.
En los siguientes días su padre la notó alejada, desatenta.
—¿No has dormido bien?
—No.
—¿Pesadillas?
—No sé
—¿Qué sientes?
—Cuando estoy por dormir, en el letargo, siento un tronco pesado sobre mí. Un rato después respiro asustada, sudorosa y con un cansancio que me dura toda la mañana. Algo baila sobre mí.
La llevaron con la sanadora y les dijo seria:
—A la muchacha se le subió el muerto. Ya nada se puede hacer, como vino se irá.
Meses después tuvo un crío que parecía no tener vida. Creció con la mirada lejana y caminaba engarrotado y dando traspiés. Un día se fue a buscar a su padre. Y ya no regresó. Ximena recuerda al muerto entre sueños y acude al cementerio en la tarde húmeda y gris a sembrar margaritas de monte.
¡No!, ¡no me contradigas! y vas a hacer lo que te digo: nada de detenerse en aparadores, camina por calles poco transitadas y se viene directo a casa. ¡Cómo que quieres visitar a tu abuela!, ni lo mande Dios, en este día el cementerio está atascado. ¡Me aterra! Y te lo digo yo, que llevo siglos de fantasma.
No es tan malo haberme casado con un príncipe con genética de sapo. Tiene una forma encantadora de matar las moscas. Gracias a él disfruto de las comidas, por la noche no hay mosquito que se le resista. Oh la la. Sí que su lengua es un primor.
Después de veinte años me da la espalda y duerme a las tres caídas de cabeza. ¡Ay! queda la sensación de haber hecho el amor con un amigo de la infancia. Duermo insatisfecha deseando que mi sueño tenga las vivencias de las primeras veces. Por supuesto, él está invitado. Un mirón añade la cereza en el pastel.
El maestro Juan cumplió años. Solamente invitó a tres colegas con sus esposas, que departían cerca de la cocina. Después de comer los varones estaban en el patio, tomando cerveza. Contaban chismes, cuentos. Uno de ellos, joven chimuelo empezó su relato dejando escapar un silbido al pronunciar la r.
«Las veces que había ido a tomarme una cerveza en aquel bar, la joven mesera era muy solicitada. Esa tarde estaba sola y aceptó que le invitara unas “amargosas”, Se dejó abrazar y con discreción le acaricié su pierna. Cuando llegaba un cliente lo atendía y regresaba a mi mesa. Me atreví a más, subí mis dedos hacia su ingle y me sorprendí de lo que tenía entre las piernas, en ese momento pagué la cuenta y me retiré».
Los tres maestros con los que departía se reían. Después del silencio uno de ellos les preguntó: ¿le creen al jovenazo? «besotes que le ha de haber dado» dijo uno «y de lengua». Completó el otro, El que tenía cara de flauta la sacó, la dobló en forma de taquito y la mostraba: «así le ha de haber metido su lengua en la ventanita que tiene» Las carcajadas eran tan estruendosas que las mujeres salieron a ver.
El profesor en ese instante sudaba y enrojeció de las mejillas. Molesto y pretextando un compromiso se fue llevándose a su mujer que le preguntaba ¿y de qué se reían tanto?