No ejerzo de conciliatore de Rubén García García

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Convino con los secuestradores que les daría el doble de lo solicitado, siempre y cuando ya no la regresaran. Ella duplicó la oferta si desaparecían eternamente al esposo. El mafioso aceptó el dinero de ambos y a ella la dejaron viva aduciendo: «¡Quién soy yo, para meterme en la privacidad de una pareja!»

El viejo pozo de Rubén García García

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Cayó la niña al pozo. Ocho días después, se despertó. Los padres dejaron de sonreír cuando ella preguntó ansiosa ¿Dónde está mamá Lucha?, nadie se llamaba así.

Las aves de Rubén García García

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Se levanta en la madrugada impulsado por un sueño, y apoyándose con el bordón camina hacia las afueras del pueblo. Escucha en la lejanía el grito de los animales. Al cruzar el zapote un aleteo lo sorprende. Queda en su nariz aguileña un olor de plumas húmedas. Se dirige hacia la cañada. Camina afirmando su talón. Huele el moho que cubre las rocas. ¿Soñaría con su madre? Hubo un grito que lo despertó. Desde adentro, desde una oscuridad que no precisa.
La luz niquelada de la luna cae en la higuera lejana, y sobre la falda del cerro se extiende el cementerio. Allá, camino al río, vivió con su madre
La recordó barriendo la hoja minúscula del tamarindo y del frondoso guayabo. Desgranaba las mazorcas y de su boca salían chasquidos para llamar a las gallinas y polluelos. Oía el ruido del agua, el golpeteo de la ropa en la batea y montones de ropa que le daban a lavar. Él se veía en el patio con su pantalón raído, flaco, mugriento viendo a dos polluelos correteando a otro que intentaban arrebatarle una lombriz. Los siguió y fue tras ellos, no les dio descanso, hasta que piando cayeron sin vida.
Regresó sigiloso. Su madre se dio cuenta cuando los encontró con los ojos abiertos y aún tibios. Solo movió la cabeza, “algo comieron”. Cuando iba a la tienda del pueblo no pudo evitar la sonrisa al recordar el esfuerzo que hizo de corretearlos y aquella sensación de placer al escuchar su piar de angustia. Sabía que aquello no estaba bien y por un tiempo se contuvo. Volvió a las andadas, pero ahora se los llevaba entre los zacatales y lo volvía a hacer, hasta que un día tras de él iba su madre rabiosa con una vara de tamarindo. Se escondió bajo las ramas del guayabo que caían a ras del suelo. En el crepúsculo, escucharon sus gritos de dolor. Las larvas negras y peludas cayeron en su espalda cuando las gallinas trepaban al árbol. Tres días estuvo con fiebres y delirando.
La alborada está por llegar. Así, en un momento, piensa que está atardeciendo y que pronto llegará la noche. En un instante el bordón resbala. Pierde el equilibrio, da varias vueltas. Cae y sin poder detenerse rueda, rueda sobre las peñas. Desesperado intenta asirse. La vida se le va entre los dedos. llega hasta el fondo. Respira atropellado, es fría la humedad y se moja del sonido del agua que corre. Quiere sentarse y, al apoyar la mano, rompe la corteza de un fruto y corren atropellándose cientos de gusanos. No puede controlar la saliva, la náusea y se orina sin que pueda contenerse.
Al mirar hacia arriba se encuentra con unas aves encuclilladas que en hilera lo escrutan con fingida indiferencia. Aletean al parejo, como si quisieran iniciar el vuelo. Pero no; solo llaman a otras plumíferas que planean en círculo y que se retratan sonrientes, en los ojos del viejo.
La mañana se abre con un insolente olor a guayabas.

El romance breve de las piedras de Rubén García García

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Se tallan, se miman, se regodean. Pasaron muchos años—quizá siglos— para encontrarse en las orillas del río, y sus corazones duros están inflamados. Por la mañana llega un niño, toma una como botín, y la tira viendo como hace giros sobre los reflejos del agua.

El minuto envenenado de Rubén García García

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El minuto envenenado de Rubén García García

— ¿No has visto el libro, donde aparece mi cuento?

—No se. Sé de mis cosas, de las tuyas solo puedes saberlo tú, me contestó molesta mi mujer.

—Hace una semana lo dejé sobre mi escritorio. Debiste verlo cuando hiciste la limpieza.

—Recuerda que la limpieza la hizo la muchacha que viene cada ocho días. Mañana, vendrá. Pregúntale a ella.

Guardé silencio, mientras ella trabajaba haciendo artículos navideños que entregaría a sus pupilos. El brillo del metal me atraía, así que tomé las tijeras y… en el instante que iba a levantar el brazo, escuché su voz.

—¿Verdad que me odias?

—¡Cómo crees! Simplemente me perturba no encontrar mi libro.

dándole las tijeras, le dije: estaban escondidas entre la tela y seguro las vas a necesitar. Abrí la puerta del jardín y respiré profundo.

En la sala de espera de Rubén García García

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Una mujer frente a mí descruza las piernas y no evito ver su ropa interior. Ruborizada me dice «¡ay ya lo retraté! » expresión que me hizo retroceder a mis días de niñez en la escuela. Con gravedad, pero sonriendo le contesté: sígale y me animo con una de cuerpo entero.

No tengo edad, pero no soy tarada de Rubén García García

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No, no soy mayor de edad, Si me mira disfrutando del recreo con mi uniforme, me dirá que soy una escolar. Si me ve en una fiesta con mi falda pegada bailando con ritmo tendrá la impresión de una muchacha y si me maquillo y porto un vestida largo quizá exprese que soy una hermosa mujer. Soy la misma, pero su óptica cambia. No tiene la capacidad de mirar mi interior, ni leer mis pensamientos. Conoce la forma, pero no el fondo. Puede que me siga considerando una niña o que después de platicar conmigo le haga cambiar de opinión. Recuerdo que cuando iba a la primaria leí en un rincón de la puerta la palabra “cógeme” simplemente la asocie al hecho de tomar algún objeto. Ya en la secundaria supe que se refería a la relación sexual. Tiempo después la impronta de la palabra me explotó con toda su magnitud, fue aquella vez, que yo se lo pedí a él, con urgencia, apurada por un deseo que nunca había experimentado. Es una palabra tan intensa, lengua de fuego, tan demandante como o más que la sed, y que es el mismo cielo de Van Gogh.

Premonición de Rubén García García

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Tiró de las sábanas para cubrirse, mientras miraba la habitación desconocida. La cama era enorme y estaba decorada en tonos joya. Tenía una mano sobre su cadera, por el anillo, reconoció que era la de Toño, el mejor amigo de su marido, que dormía a su lado. Fuera de la cama y ya vestida salió hacia la calle. ¡Laura!, escuchó que la llamaban. Era la voz de su marido.

¡Laura! despiértate que no tarda en llegar Toño.

Un día como tantos de Rubén García García

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En el patio solo lucía el silencio. Un patio que le habían prestado. Los pocos dineros los había invertido en comprar pollitos y criarlos. Se hicieron robustos, dejó uno para gallo y los otros entre la venta y la comida se fueron acabando. Ayer se fue el gallo, lo cambio su marido por una botella de aguardiente. El niño lloraba, se sacó la teta y le dijo «anqué sea chupa el cuerito». Hasta la cocina llegaban los ronquidos de perro viejo. Era mejor; despierto pedía de comer y si no había la jalaba de la trenza. «busca con los Martínez, y pregunta si no tienen ropa sucia » Solo había pasado más de un año y la criatura pedía. Recordó que había escondido un billete. Con el podían vivir una semana a lo más. El esposo resollaba como si tuviese una olla de tamales hirviendo. La vieja maleta estaba oculta debajo de la cama, así que solo tomó a la cría y salió sigilosamente hacía la terminal de autobuses. Irse con su madre, para qué, si ella la corrió cuando supo del embarazo. Tenía la dirección del novio que despreció. ¿Qué era el orgullo? Ma, ma, ma. Lo apretó contra su pecho y subió al autobús.

la sirenita de Rubén García García

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El pescador regresaba sin peces. Pronto llegaría la noche y seguramente su nieta lo esperaba en el muelle. Tuvo una sensación de apremio y extendió las alas de la red por última vez al mar.

Dentro de la trama había una sirenita de ojos verdes y cejas color carbón que lo veía con ojos grandes y brillosos. Se dijo en voz alta, «¡Seguro qué me haré rico!». Ella estaba sentada en la cubierta y se dejó llevar. Tenía el cabello largo y obscuro. Miraba sin mirar y por momentos hacía pequeñas escapadas al horizonte.

Él siguió remando hacia el muelle. Una gaviota se posó en el costado de la barca y al espantarla observó en su cara los ojos de su nieta. Quizá la misma edad, tal vez tuviese un abuelo…

Casi al llegar al muelle la liberó. La sirenita le dio un beso llevando su mano a los labios antes de perderse entre los retazos espumosos del mar.

La mosca de Rubén García García

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Acostado en el chinchorro me despertó una mosca minúscula que hurgaba entre los vellos de mi brazo. Parecía olerme, abrirse paso entre mis vellos hasta que la espanté. Un minuto después, la misma llegaba al mismo sitio, hizo lo mismo. Ahora doblaba el abdomen y volvía a su quehacer. Se fue. Recordé que ellas podían percibir el olor de un cadáver a quince kilómetros. Yo no lo era. No hacía más de unas horas que me había tomado un coctel doble de vodka que me quitó la sed y me llevó a un sueño profundo. Ya volvió. La duda es: «¿seguiré soñando, o le aplaudo a la mosca por ser la primera que llega? Ya me da que pensar, ahora explora mis oídos».

Celomanía de Rubén García García

En la agonía, el abuelo le dice al nieto: «ahora que no está tu abuela pon en mi féretro el frasco de pastillas azules, no sea que me tope con alguna de las once mil vírgenes que viven en el cielo, y si lo sabe, es capaz de venirse conmigo».

El tordo de Rubén García García

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El gusano recorre con la mirada la vastedad del paisaje. En lo alto hay una flor de espiga que abre. Él se relame y saliva y emprende el recorrido desde la raíz hasta la cúspide. De los diez pétalos ya se comió uno. Entre las ramas un tordo lo ha visto y espera.

El pájaro lo lleva en el pico «tanto esfuerzo que hizo para llegar a la cima, que él merecía el placer de un bocado».