La catedral de Raymond Carver

Un ciego, antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa. Su esposa había muerto. De modo que estaba visitando a los parientes de ella en Connecticut. Llamó a mi mujer desde casa de sus suegros. Se pusieron de acuerdo. Vendría en tren: tras cinco horas de viaje, mi mujer le recibiría en la estación. Ella no le había visto desde hacía diez años, después de un verano que trabajó para él en Seattle. Pero ella y el ciego habían estado en comunicación. Grababan cintas magnetofónicas y se las enviaban. Su visita no me entusiasmaba. Yo no le conocía. Y me inquietaba el hecho de que fuese ciego. La idea que yo tenía de la ceguera me venía de las películas. En el cine, los ciegos se mueven despacio y no sonríen jamás. A veces van guiados por perros. Un ciego en casa no era una cosa que yo esperase con ilusión.

Aquel verano en Seattle ella necesitaba trabajo. No tenía dinero. El hombre con quien iba a casarse al final del verano estaba en una escuela de formación de oficiales. Y tampoco tenía dinero. Pero ella estaba enamorada del tipo, y él estaba enamorado de ella, etc. Vio un anuncio en el periódico: Se necesita lectora para ciego, y un número de teléfono. Telefoneó, se presentó y la contrataron en seguida. Trabajó todo el verano para el ciego. Le ayudaba a organizar un pequeño despacho en el departamento del servicio social del condado. Mi mujer y el ciego se hicieron buenos amigos. ¿Que cómo lo sé? Ella me lo ha contado. Y también otra cosa. En su último día de trabajo, el ciego le preguntó si podía tocarle la cara. Ella accedió. Me dijo que le pasó los dedos por toda la cara, la nariz, incluso el cuello. Ella nunca lo olvidó. Incluso intentó escribir un poema. Siempre estaba intentando escribir poesía. Escribía un poema o dos al año, sobre todo después de que le ocurriera algo importante.

«Estaba diciendo que al final del verano ella permitió que el ciego le pasara las manos por la cara»

Cuando empezamos a salir juntos, me lo enseñó. En el poema, recordaba sus dedos y el modo en que le recorrieron la cara. Contaba lo que había sentido en aquellos momentos, lo que le pasó por la cabeza cuando el ciego le tocó la nariz y los labios. Recuerdo que el poema no me impresionó mucho. Claro que no se lo dije. Tal vez sea que no entiendo la poesía. Admito que no es lo primero que se me ocurre coger cuando quiero algo para leer.

En cualquier caso, el hombre que primero disfrutó de sus favores, el futuro oficial, había sido su amor de la infancia. Así que muy bien. Estaba diciendo que al final del verano ella permitió que el ciego le pasara las manos por la cara, luego se despidió de él, se casó con su amor, etc., ya teniente, y se fue de Seattle. Pero el ciego y ella mantuvieron la comunicación. Ella hizo el primer contacto al cabo del año o así. Le llamó una noche por teléfono desde una base de las Fuerzas Aéreas en Alabama. Tenía ganas de hablar. Hablaron. Él le pidió que le enviara una cinta y le contara cosas de su vida. Así lo hizo. Le envió la cinta. En ella le contaba al ciego cosas de su marido y de su vida en común en la base aérea. Le contó al ciego que quería a su marido, pero que no le gustaba dónde vivían, ni tampoco que él formase parte del entramado militar e industrial. Contó al ciego que había escrito un poema que trataba de él. Le dijo que estaba escribiendo un poema sobre la vida de la mujer de un oficial de las Fuerzas Aéreas. Todavía no lo había terminado. Aún seguía trabajando en él. El ciego grabó una cinta. Se la envió. Ella grabó otra. Y así durante años. Al oficial le destinaron a una base y luego a otra. Ella envió cintas desde Moody ACB, McGuire, McConnell, y finalmente, Travis, cerca de Sacramento, donde una noche se sintió sola y aislada de las amistades que iba perdiendo en aquella vida viajera. Creyó que no podría dar un paso más. Entró en casa y se tragó todas las píldoras y cápsulas que había en el armario de las medicinas, con ayuda de una botella de ginebra. Luego tomó un baño caliente y se desmayó.

Pero en vez de morirse, le dieron náuseas. Vomitó. Su oficial -¿por qué iba a tener nombre? Era el amor de su infancia, ¿qué más quieres?- llegó a casa, la encontró y llamó a una ambulancia. A su debido tiempo, ella lo grabó todo y envió la cinta al ciego. A lo largo de los años, iba registrando toda clase de cosas y enviando cintas a un buen ritmo. Aparte de escribir un poema al año, creo que ésa era su distracción favorita. En una cinta le decía al ciego que había decidido separarse del oficial por una temporada. En otra, le hablaba de divorcio. Ella y yo empezamos a salir, y por supuesto se lo contó al ciego. Se lo contaba todo. O me lo parecía a mí. Una vez me preguntó si me gustaría oír la última cinta del ciego. Eso fue hace un año. Hablaba de mí, me dijo. Así que dije, bueno, la escucharé. Puse unas copas y nos sentamos en el cuarto de estar. Nos preparamos para escuchar. Primero introdujo la cinta en el magnetófono y tocó un par de botones. Luego accionó una palanquita. La cinta chirrió y alguien empezó a hablar con voz sonora. Ella bajó el volumen. Tras unos minutos de cháchara sin importancia, oí mi nombre en boca de ese desconocido, del ciego a quien jamás había visto. Y luego esto: “Por todo lo que me has contado de él, sólo puedo deducir…”. Pero una llamada a la puerta nos interrumpió, y no volvimos a poner la cinta. Quizá fuese mejor así. Ya había oído todo lo que quería oír.

Y ahora, ese mismo ciego venía a dormir a mi casa.
-A lo mejor puedo llevarle a la bolera -le dije a mi mujer. Estaba junto al fregadero, cortando patatas para el horno. Dejó el cuchillo y se volvió.

-Si me quieres -dijo ella-, hazlo por mí. Si no me quieres, no pasa nada. Pero si tuvieras un amigo, cualquiera que fuese, y viniera a visitarte, yo trataría de que se sintiera a gusto.

Se secó las manos con el paño de los platos.

-Yo no tengo ningún amigo ciego.

-Tú no tienes ningún amigo. Y punto. Además -dijo-, ¡maldita sea, su mujer acaba de morirse! ¿No lo entiendes? ¡Ha perdido a su mujer!

No contesté. Me había hablado un poco de su mujer. Se llamaba Beulah. ¡Beulah! Es nombre de negra.

-¿Era negra su mujer? -pregunté.

-¿Estás loco? -replicó mi mujer-. ¿Te ha dado la vena o algo así?

Cogió una patata. Vi cómo caía al suelo y luego rodaba bajo el fogón.

-¿Qué te pasa? ¿Estás borracho?

-Sólo pregunto -dije.

Entonces mí mujer empezó a suministrarme más detalles de lo que yo quería saber. Me serví una copa y me senté a la mesa de la cocina, a escuchar. Partes de la historia empezaron a encajar.

Beulah fue a trabajar para el ciego después de que mi mujer se despidiera. Poco más tarde, Beulah y el ciego se casaron por la iglesia. Fue una boda sencilla -¿quién iba a ir a una boda así?, sólo los dos, más el ministro y su mujer. Pero de todos modos fue un matrimonio religioso. Lo que Beulah quería, había dicho él. Pero es posible que en aquel momento Beulah llevara ya el cáncer en las glándulas. Tras haber sido inseparables durante ocho años -ésa fue la palabra que empleó mi mujer, inseparables-, la salud de Beulah empezó a declinar rápidamente. Murió en una habitación de hospital de Seattle, mientras el ciego sentado junto a la cama le cogía la mano. Se habían casado, habían vivido y trabajado juntos, habían dormido juntos -y hecho el amor, claro- y luego el ciego había tenido que enterrarla. Todo esto sin haber visto ni una sola vez el aspecto que tenía la dichosa señora. Era algo que yo no llegaba a entender. Al oírlo, sentí un poco de lástima por el ciego. Y luego me sorprendí pensando qué vida tan lamentable debió llevar ella. Figúrense una mujer que jamás ha podido verse a través de los ojos del hombre que ama. Una mujer que se ha pasado día tras día sin recibir el menor cumplido de su amado. Una mujer cuyo marido jamás ha leído la expresión de su cara, ya fuera de sufrimiento o de algo mejor. Una mujer que podía ponerse o no maquillaje, ¿qué más le daba a él? Si se le antojaba, podía llevar sombra verde en un ojo, un alfiler en la nariz, pantalones amarillos y zapatos morados, no importa. Para luego morirse, la mano del ciego sobre la suya, sus ojos ciegos llenos de lágrimas -me lo estoy imaginando-, con un último pensamiento que tal vez fuera éste: “él nunca ha sabido cómo soy yo”, en el expreso hacia la tumba. Robert se quedó con una pequeña póliza de seguros y la mitad de una moneda mejicana de veinte pesos. La otra mitad se quedó en el ataúd con ella. Patético.

Así que, cuando llegó el momento, mi mujer fue a la estación a recogerle. Sin nada que hacer, salvo esperar -claro que de eso me quejaba-, estaba tomando una copa y viendo la televisión cuando oí parar al coche en el camino de entrada. Sin dejar la copa, me levanté del sofá y fui a la ventana a echar una mirada.

Vi reír a mi mujer mientras aparcaba el coche. La vi salir y cerrar la puerta. Seguía sonriendo. Qué increíble. Rodeó el coche y fue a la puerta por la que el ciego ya estaba empezando a salir. ¡El ciego, fíjense en esto, llevaba barba crecida! ¡Un ciego con barba! Es demasiado, diría yo. El ciego alargó el brazo al asiento de atrás y sacó una maleta. Mi mujer le cogió del brazo, cerró la puerta y, sin dejar de hablar durante todo el camino, le condujo hacia las escaleras y el porche. Apagué la televisión. Terminé la copa, lavé el vaso, me sequé las manos. Luego fui a la puerta.

-Te presento a Robert -dijo mi mujer-. Robert, éste es mi marido. Ya te he hablado de él.

Estaba radiante de alegría. Llevaba al ciego cogido por la manga del abrigo.

El ciego dejó la maleta en el suelo y me tendió la mano. Se la estreché. Me dio un buen apretón, retuvo mi mano y luego la soltó.

-Tengo la impresión de que ya nos conocemos -dijo con voz grave.

-Yo también -repuse. No se me ocurrió otra cosa. Luego añadí:

-Bienvenido. He oído hablar mucho de usted.

Entonces, formando un pequeño grupo, pasamos del porche al cuarto de estar, mi mujer conduciéndole por el brazo. El ciego llevaba la maleta con la otra mano. Mi mujer decía cosas como: “A tu izquierda, Robert. Eso es. Ahora, cuidado, hay una silla. Ya está. Siéntate ahí mismo. Es el sofá. Acabamos de comprarlo hace dos semanas”.

Empecé a decir algo sobre el sofá viejo. Me gustaba. Pero no dije nada. Luego quise decir otra cosa, sin importancia, sobre la panorámica del Hudson que se veía durante el viaje. Cómo para ir a Nueva York había que sentarse en la parte derecha del tren, y, al venir de Nueva York, a la parte izquierda.

-¿Ha tenido buen viaje? -le pregunté-. A propósito, ¿en qué lado del tren ha venido sentado?

-¡Vaya pregunta, en qué lado! -exclamó mi mujer-. ¿Qué importancia tiene?

-Era una pregunta.

-En el lado derecho -dijo el ciego-. Hacía casi cuarenta años que no iba en tren. Desde que era niño. Con mis padres. Demasiado tiempo. Casi había olvidado la sensación. Ya tengo canas en la barba. O eso me han dicho, en todo caso. ¿Tengo un aspecto distinguido, querida mía? -preguntó el ciego a mi mujer.

-Tienes un aire muy distinguido, Robert. Robert -dijo ella-, ¡qué contenta estoy de verte, Robert!

Finalmente, mi mujer apartó la vista del ciego y me miró. Tuve la impresión de que no le había gustado su aspecto. Me encogí de hombros.

«A primera vista, sus ojos parecían normales, como los de todo el mundo, pero si uno se fijaba tenían algo diferente»

Nunca he conocido personalmente a ningún ciego. Aquel tenía cuarenta y tantos años, era de constitución fuerte, casi calvo, de hombros hundidos, como si llevara un gran peso. Llevaba pantalones y zapatos marrones, camisa de color castaño claro, corbata y chaqueta de sport. Impresionante. Y también una barba tupida. Pero no utilizaba bastón ni llevaba gafas oscuras. Siempre pensé que las gafas oscuras eran indispensables para los ciegos. El caso era que me hubiese gustado que las llevara. A primera vista, sus ojos parecían normales, como los de todo el mundo, pero si uno se fijaba tenían algo diferente. Demasiado blanco en el iris, para empezar, y las pupilas parecían moverse en sus órbitas como si no se diera cuenta o fuese incapaz de evitarlo. Horrible. Mientras contemplaba su cara, vi que su pupila izquierda giraba hacia la nariz mientras la otra procuraba mantenerse en su sitio. Pero era un intento vano, pues el ojo vagaba por su cuenta sin que él lo supiera o quisiera saberlo.

-Voy a servirle una copa -dije-. ¿Qué prefiere? Tenemos un poco de todo. Es uno de nuestros pasatiempos.

-Solo bebo whisky escocés, muchacho -se apresuró a decir con su voz sonora.

-De acuerdo -dije. ¡Muchacho!

Claro que sí, lo sabía. Tocó con los dedos la maleta, que estaba junto al sofá. Se hacía su composición de lugar. No se lo reproché.

-La llevaré a tu habitación -le dijo mi mujer.

-No, está bien -dijo el ciego en voz alta-. Ya la llevaré yo cuando suba.

-¿Con un poco de agua, el whisky? -le pregunté.

-Muy poca.

-Lo sabía.

-Solo una gota -dijo él-. Ese actor irlandés, ¿Barry Fitzgerald? Soy como él. Cuando bebo agua, decía Fitzgerald, bebo agua. Cuando bebo whisky, bebo whisky.

Mi mujer se echó a reír. El ciego se llevó la mano a la barba. Se la levantó despacio y la dejó caer.

Preparé las copas, tres vasos grandes de whisky con un chorrito de agua en cada uno. Luego nos pusimos cómodos y hablamos de los viajes de Robert. Primero, el largo vuelo desde la costa Oeste a Connecticut. Luego, de Connecticut aquí, en tren. Tomamos otra copa para esa parte del viaje.

«Terminamos con todo, incluyendo media tarta de fresas. Durante unos momentos quedamos inmóviles, como atontados. El sudor nos perlaba el rostro»

Recordé haber leído en algún sitio que los ciegos no fuman porque, según dicen, no pueden ver el humo que exhalan. Creí que al menos sabía eso de los ciegos. Pero este ciego en particular fumaba el cigarrillo hasta el filtro y luego encendía otro. Llenó el cenicero y mi mujer lo vació.

Cuando nos sentamos a la mesa para cenar, tomamos otra copa. Mi mujer llenó el plato de Robert con un filete grueso, patatas al horno, judías verdes. Le unté con mantequilla dos rebanadas de pan.

-Ahí tiene pan y mantequilla -le dije, bebiendo parte de mi copa-. Y ahora recemos.

El ciego inclinó la cabeza. Mi mujer me miró con la boca abierta.

-Roguemos para que el teléfono no suene y la comida no esté fría -dije.

Nos pusimos al ataque. Nos comimos todo lo que había en la mesa. Devoramos como si no nos esperase un mañana. No hablamos. Comimos. Nos atiborramos. Como animales. Nos dedicamos a comer en serio. El ciego localizaba inmediatamente la comida, sabía exactamente dónde estaba todo en el plato. Lo observé con admiración mientras manipulaba la carne con el cuchillo y el tenedor. Cortaba dos trozos de filete, se llevaba la carne a la boca con el tenedor, se dedicaba luego a las patatas asadas y a las judías verdes, y después partía un trozo grande de pan con mantequilla y se lo comía. Lo acompañaba con un buen trago de leche. Y, de vez en cuando, no le importaba utilizar los dedos.

Terminamos con todo, incluyendo media tarta de fresas. Durante unos momentos quedamos inmóviles, como atontados. El sudor nos perlaba el rostro. Al fin nos levantamos de la mesa, dejando los platos sucios. No miramos atrás. Pasamos al cuarto de estar y nos dejamos caer de nuevo en nuestro sitio. Robert y mi mujer, en el sofá. Yo ocupé la butaca grande. Tomamos dos o tres copas más mientras charlaban de las cosas más importantes que les habían pasado durante los últimos diez años. En general, me limité a escuchar. De vez en cuando intervenía. No quería que pensase que me había ido de la habitación, y no quería que ella creyera que me sentía al margen. Hablaron de cosas que les habían ocurrido -¡a ellos!- durante esos diez años. En vano esperé oír mi nombre en los dulces labios de mi mujer: “Y entonces mi amado esposo apareció en mi vida”, algo así. Pero no escuché nada parecido. Hablaron más de Robert. Según parecía, Robert había hecho un poco de todo, un verdadero ciego aprendiz de todo y maestro de nada. Pero en época reciente su mujer y él distribuían los productos Amway, con lo que se ganaban la vida más o menos, según pude entender. El ciego también era aficionado a la radio. Hablaba con su voz grave de las conversaciones que había mantenido con operadores de Guam, en las Filipinas, en Alaska e incluso en Tahití. Dijo que tenía muchos amigos por allí, si alguna vez quería visitar esos países. De cuando en cuando volvía su rostro ciego hacia mí, se ponía la mano bajo la barba y me preguntaba algo. ¿Desde cuándo tenía mi empleo actual? (Tres años.) ¿Me gustaba mi trabajo? (No.) ¿Tenía intención de conservarlo? (¿Qué remedio me quedaba?). Finalmente, cuando pensé que empezaba a quedarse sin cuerda, me levanté y encendí la televisión.

Mi mujer me miró con irritación. Empezaba a acalorarse. Luego miró al ciego y le preguntó:

-¿Tienes televisión, Robert?

-Querida mía -contestó el ciego-, tengo dos televisores. Uno en color y otro en blanco y negro, una vieja reliquia. Es curioso, pero cuando enciendo la televisión, y siempre estoy poniéndola, conecto el aparato en color. ¿No te parece curioso?

No supe qué responder a eso. No tenía absolutamente nada que decir. Ninguna opinión. Así que vi las noticias y traté de escuchar lo que decía el locutor.

-Esta televisión es en color -dijo el ciego-. No me preguntéis cómo, pero lo sé.

-La hemos comprado hace poco -dije. El ciego bebió un sorbo de su vaso. Se levantó la barba, la olió y la dejó caer. Se inclinó hacia adelante en el sofá. Localizó el cenicero en la mesa y aplicó el mechero al cigarrillo. Se recostó en el sofá y cruzó las piernas, poniendo el tobillo de una sobre la rodilla de la otra.

Mi mujer se cubrió la boca y bostezó. Se estiró.

-Voy a subir a ponerme la bata. Me apetece cambiarme. Ponte cómodo, Robert -dijo.

-Estoy cómodo -repuso el ciego.

-Quiero que te sientas a gusto en esta casa.

-Lo estoy -aseguró el ciego.

Cuando salió de la habitación, escuchamos el informe del tiempo y luego el resumen de los deportes. Para entonces, ella había estado ausente tanto tiempo, que yo ya no sabía si iba a volver. Pensé que se habría acostado. Deseaba que bajase. No quería quedarme solo con el ciego. Le pregunté si quería otra copa y me respondió que naturalmente que sí. Luego le pregunté si le apetecía fumar un poco de mandanga conmigo. Le dije que acababa de liar un porro. No lo había hecho, pero pensaba hacerlo en un periquete.

-Probaré un poco -dijo.

-Bien dicho. Así se habla.

Serví las copas y me senté a su lado en el sofá. Luego lié dos canutos gordos. Encendí uno y se lo pasé. Se lo puse entre los dedos. Lo cogió e inhaló.

-Reténgalo todo lo que pueda -le dije.

Vi que no sabía nada del asunto.

Mi mujer bajó llevando la bata rosa con las zapatillas del mismo color.

-¿Qué es lo que huelo? -preguntó.

-Pensamos fumar un poco de hierba -dije.

Mi mujer me lanzó una mirada furiosa. Luego miró al ciego y dijo:

-No sabía que fumaras, Robert.

-Ahora lo hago, querida mía. Siempre hay una primera vez. Pero todavía no siento nada.

-Este material es bastante suave -expliqué-. Es flojo. Con esta mandanga se puede razonar. No le confunde a uno.

-No hace mucho efecto, muchacho -dijo, riéndose.

Mi mujer se sentó en el sofá, entre los dos. Le pasé el canuto. Lo cogió, le dio una calada y me lo volvió a pasar.

-¿En qué dirección va esto? -preguntó-. No debería fumar. Apenas puedo tener los ojos abiertos. La cena ha acabado conmigo. No he debido comer tanto.

-Ha sido la tarta de fresas -dijo el ciego-. Eso ha sido la puntilla.

Soltó una enorme carcajada. Luego meneó la cabeza.

-Hay más tarta -le dije.

-¿Quieres un poco más, Robert? -le preguntó mi mujer.

-Quizá dentro de un poco.

Prestamos atención a la televisión. Mi mujer bostezó otra vez.

-Cuando tengas ganas de acostarte, Robert, tu cama está hecha -dijo-. Sé que has tenido un día duro. Cuando estés listo para ir a la cama, dilo. -Le tiró del brazo-. ¿Robert?

Volvió de su ensimismamiento y dijo:

-Lo he pasado verdaderamente bien. Esto es mejor que las cintas, ¿verdad?

-Le toca a usted -le dije, poniéndole el porro entre los dedos.

Inhaló, retuvo el humo y luego lo soltó. Era como si lo estuviese haciendo desde los nueve años.

-Gracias, muchacho. Pero creo que esto es todo para mí. Me parece que empiezo a sentir el efecto.

Pasó a mi mujer el canuto chisporroteante.

-Lo mismo digo -dijo ella-. Ídem de ídem. Yo también.

Cogió el porro y me lo pasó.

-Me quedaré sentada un poco entre vosotros dos con los ojos cerrados. Pero no me prestéis atención, ¿eh? Ninguno de los dos. Si os molesto, decidlo. Si no, es posible que me quede aquí sentada con los ojos cerrados hasta que os vayáis a acostar. Tu cama está hecha, Robert, para cuando quieras. Está al lado de nuestra habitación, al final de las escaleras. Te acompañaremos cuando estés listo. Si me duermo, despertadme, chicos. Al decir eso, cerró los ojos y se durmió. Terminaron las noticias. Me levanté y cambié de canal. Volví a sentarme en el sofá. Deseé que mi mujer no se hubiera quedado dormida. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y la boca abierta. Se había dado la vuelta, de modo que la bata se le había abierto revelando un muslo apetitoso. Alargué la mano para volverla a tapar y entonces miré al ciego. ¡Qué coño! Dejé la bata como estaba.

-Cuando quiera un poco de tarta, dígalo -le recordé.

-Lo haré.

-¿Está cansado? ¿Quiere que le lleve a la cama? ¿Le apetece irse a la piltra?

-Todavía no -contestó-. No, me quedaré contigo, muchacho. Si no te parece mal. Me quedaré hasta que te vayas a acostar. No hemos tenido oportunidad de hablar. ¿Comprendes lo que quiero decir? Tengo la impresión de que ella y yo hemos monopolizado la velada.

Se levantó la barba y la dejó caer. Cogió los cigarrillos y el mechero.

-Me parece bien -dije, y añadí-: Me alegro de tener compañía.

Y supongo que así era. Todas las noches fumaba hierba y me quedaba levantado hasta que me venía el sueño. Mi mujer y yo rara vez nos acostábamos al mismo tiempo. Cuando me dormía, empezaba a soñar. A veces me despertaba con el corazón encogido.

En la televisión había algo sobre la iglesia y la Edad Media. No era un programa corriente. Yo quería ver otra cosa. Puse otros canales. Pero tampoco había nada en los demás. Así que volví a poner el primero y me disculpé.

-No importa, muchacho -dijo el ciego-. A mí me parece bien. Mira lo que quieras. Yo siempre aprendo algo. Nunca se acaba de aprender cosas. No me vendría mal aprender algo esta noche. Tengo oídos.

«En la pantalla, un grupo de hombres con capuchas eran atacados y torturados por otros vestidos con trajes de esqueleto y de demonios»

No dijimos nada durante un rato. Estaba inclinado hacia adelante, con la cara vuelta hacia mí, la oreja derecha apuntando en dirección al aparato. Muy desconcertante. De cuando en cuando dejaba caer los párpados para abrirlos luego de golpe, como si pensara en algo que oía en la televisión.

En la pantalla, un grupo de hombres con capuchas eran atacados y torturados por otros vestidos con trajes de esqueleto y de demonios. Los demonios llevaban máscaras de diablo, cuernos y largos rabos. El espectáculo formaba parte de una procesión. El narrador inglés dijo que se celebraba en España una vez al año. Traté de explicarle al ciego lo que sucedía.

-Esqueletos. Ya sé -dijo, moviendo la cabeza. La televisión mostró una catedral. Luego hubo un plano largo y lento de otra. Finalmente, salió la imagen de la más famosa, la de París, con sus arbotantes y sus flechas que llegaban hasta las nubes. La cámara se retiró para mostrar el conjunto de la catedral surgiendo por encima del horizonte.

A veces, el inglés que contaba la historia se callaba, dejando simplemente que el objetivo se moviera en torno a las catedrales. O bien la cámara daba una vuelta por el campo y aparecían hombres caminando detrás de los bueyes. Esperé cuanto pude. Luego me sentí obligado a decir algo:

-Ahora aparece el exterior de esa catedral. Gárgolas. Pequeñas estatuas en forma de monstruos. Supongo que ahora están en Italia. Sí, en Italia. Hay cuadros en los muros de esa iglesia.

-¿Son pinturas al fresco, muchacho? -me preguntó, dando un sorbo de su copa.

Cogí mi vaso, pero estaba vacío. Intenté recordar lo que pude.

-¿Me pregunta si son frescos? -le dije-. Buena pregunta. No lo sé.

La cámara enfocó una catedral a las afueras de Lisboa. Comparada con la francesa y la italiana, la portuguesa no mostraba grandes diferencias. Pero existían. Sobre todo en el interior. Entonces se me ocurrió algo.

-Se me acaba de ocurrir algo. ¿Tiene usted idea de lo que es una catedral? ¿El aspecto que tiene, quiero decir? ¿Me sigue? Si alguien le dice la palabra catedral, ¿sabe usted de qué le hablan? ¿Conoce usted la diferencia entre una catedral y una iglesia baptista, por ejemplo?

Dejó que el humo se escapara despacio de su boca.

-Sé que para construirla han hecho falta centenares de obreros y cincuenta o cien años -contestó-. Acabo de oírselo decir al narrador, claro está. Sé que en una catedral trabajaban generaciones de una misma familia. También lo ha dicho el comentarista. Los que empezaban no vivían para ver terminada la obra. En ese sentido, muchacho, no son diferentes de nosotros, ¿verdad?

Se echó a reír. Sus párpados volvieron a cerrarse. Su cabeza se movía. Parecía dormitar. Tal vez se figuraba estar en Portugal. Ahora, la televisión mostraba otra catedral. En Alemania, esta vez. La voz del inglés seguía sonando monótonamente.

-Catedrales -dijo el ciego.

Se incorporó, moviendo la cabeza de atrás adelante.

-Si quieres saber la verdad, muchacho, eso es todo lo que sé. Lo que acabo de decir. Pero tal vez quieras describirme una. Me gustaría. Ya que me lo preguntas, en realidad no tengo una idea muy clara.

Me fijé en la toma de la catedral en la televisión. ¿Cómo podía empezar a describírsela? Supongamos que mi vida dependiera de ello. Supongamos que mi vida estuviese amenazada por un loco que me ordenara hacerlo, o si no…

Observé la catedral un poco más hasta que la imagen pasó al campo. Era inútil. Me volví hacia el ciego y dije:

-Para empezar, son muy altas.

Eché una mirada por el cuarto para encontrar ideas.

-Suben muy arriba. Muy alto. Hacia el cielo. Algunas son tan grandes que han de tener apoyo. Para sostenerlas, por decirlo así. El apoyo se llama arbotante. Me recuerdan a los viaductos, no sé por qué. Pero quizá tampoco sepa usted lo que son los viaductos. A veces, las catedrales tienen demonios y cosas así en la fachada. En ocasiones, caballeros y damas. No me pregunte por qué.

Él asentía con la cabeza. Todo su torso parecía moverse de atrás adelante.

-No se lo explico muy bien, ¿verdad? -le dije. Dejó de asentir y se inclinó hacia adelante, al borde del sofá. Mientras me escuchaba, se pasaba los dedos por la barba. No me hacía entender, eso estaba claro. Pero de todos modos esperó a que continuara. Asintió como si tratara de animarme. Intenté pensar en otra cosa que decir.

-Son realmente grandes. Pesadas. Están hechas de piedra. De mármol también, a veces. En aquella época, al construir catedrales los hombres querían acercarse a Dios. En esos días, Dios era una parte importante en la vida de todo el mundo. Eso se ve en la construcción de catedrales. Lo siento -dije-, pero creo que eso es todo lo que puedo decirle. Esto no se me da bien.

-No importa, muchacho -dijo el ciego-. Escucha, espero que no te moleste que te pregunte. ¿Puedo hacerte una pregunta? Deja que te haga una sencilla. Contéstame sí o no. Sólo por curiosidad y sin ánimo de ofenderte. Eres mi anfitrión. Pero ¿eres creyente en algún sentido? ¿No te molesta que te lo pregunte? -Meneé la cabeza. Pero él no podía verlo. Para un ciego, es lo mismo un guiño que un movimiento de cabeza.

Supongo que no soy creyente. No creo en nada. A veces resulta difícil. ¿Sabe lo que quiero decir?

-Claro que sí.

-Así es.

El inglés seguía hablando. Mi mujer suspiró, dormida. Respiró hondo y siguió durmiendo.

-Tendrá que perdonarme -le dije-. Pero no puedo explicarle cómo es una catedral. Soy incapaz. No puedo hacer más de lo que he hecho.

El ciego permanecía inmóvil mientras me escuchaba, con la cabeza inclinada.

-Lo cierto es -proseguí- que las catedrales no significan nada especial para mí. Nada. Catedrales. Es algo que se ve en la televisión a última hora de la noche. Eso es todo.

Entonces fue cuando el ciego se aclaró la garganta. Sacó algo del bolsillo de atrás. Un pañuelo.

Luego dijo:

-Lo comprendo, muchacho. Esas cosas pasan. No te preocupes. Oye, escúchame. ¿Querrías hacerme un favor? Tengo una idea. ¿Por qué no vas a buscar un papel grueso? Y una pluma. Haremos algo. Dibujaremos juntos una catedral. Trae papel grueso y una pluma. Vamos, muchacho, tráelo.

«El ciego se bajó del sofá y se sentó en la alfombra, a mi lado. Pasó los dedos por el papel, de arriba a abajo. Recorrió los lados del papel. Incluso los bordes, hasta los cantos. Manoseó las esquinas.»

Así que fui arriba. Tenía las piernas como sin fuerza. Como si acabara de venir de correr. Eché una mirada en la habitación de mi mujer. Encontré bolígrafos encima de su mesa, en una cestita. Luego pensé dónde buscar la clase de papel que me había pedido.

Abajo, en la cocina, encontré una bolsa de la compra con cáscaras de cebolla en el fondo. La vacié y la sacudí. La llevé al cuarto de estar y me senté con ella a sus pies. Aparté unas cosas, alisé las arrugas del papel de la bolsa y lo extendí sobre la mesita.

El ciego se bajó del sofá y se sentó en la alfombra, a mi lado.

Pasó los dedos por el papel, de arriba a abajo. Recorrió los lados del papel. Incluso los bordes, hasta los cantos. Manoseó las esquinas.

-Muy bien -dijo-. De acuerdo, vamos a hacerla.

Me cogió la mano, la que tenía el bolígrafo. La apretó.

-Adelante, muchacho, dibuja -me dijo-. Dibuja. Ya verás. Yo te seguiré. Saldrá bien. Empieza ya, como te digo. Dibuja.

Así que empecé. Primero tracé un rectángulo que parecía una casa. Podía ser la casa en la que vivo. Luego le puse el tejado. En cada extremo del tejado, dibujé flechas góticas. De locos.

-Estupendo -dijo él-. Magnífico. Lo haces estupendamente. Nunca en la vida habías pensado hacer algo así, ¿verdad, muchacho? Bueno, la vida es rara, ya lo sabemos. Venga. Sigue.

Puse ventanas con arcos. Dibujé arbotantes. Suspendí puertas enormes. No podía parar. El canal de la televisión dejó de emitir. Dejé el bolígrafo para abrir y cerrar los dedos. El ciego palpó el papel. Movía las puntas de los dedos por encima, por donde yo había dibujado, asintiendo con la cabeza.

-Esto va muy bien -dijo.

Volví a coger el bolígrafo y él encontró mi mano. Seguí con ello. No soy ningún artista, pero continué dibujando de todos modos.

Mi mujer abrió los ojos y nos miró. Se incorporó en el sofá, con la bata abierta.

-¿Qué estáis haciendo? -preguntó-. Contádmelo. Quiero saberlo.

No le contesté.

-Estamos dibujando una catedral -dijo el ciego-. Lo estamos haciendo él y yo. Aprieta fuerte -me dijo a mí-. Eso es. Así va bien. Naturalmente. Ya lo tienes, muchacho. Lo sé. Creías que eras incapaz. Pero puedes, ¿verdad? Ahora vas echando chispas. ¿Entiendes lo que quiero decir? Verdaderamente vamos a tener algo aquí dentro de un momento. ¿Cómo va ese brazo? -me preguntó-. Ahora pon gente por ahí. ¿Qué es una catedral sin gente?

-¿Qué pasa? -inquirió mi mujer-. ¿Qué estás haciendo, Robert? ¿Qué ocurre?

-Todo va bien -le dijo a ella.

Y añadió, dirigiéndose a mí:

-Ahora cierra los ojos.

Lo hice. Los cerré, tal como me decía.

-¿Los tienes cerrados? -preguntó-. No hagas trampa.

-Los tengo cerrados.

-Mantenlos así. No pares ahora. Dibuja.

Y continuamos. Sus dedos apretaban los míos mientras mi mano recorría el papel. No se parecía a nada que hubiese hecho en la vida hasta aquel momento.

Luego dijo:

-Creo que ya está. Me parece que lo has conseguido. Echa una mirada. ¿Qué te parece?

Pero yo tenía los ojos cerrados. Pensé mantenerlos así un poco más. Creí que era algo que debía hacer.

-¿Y bien? -preguntó-. ¿Estás mirándolo?

Yo seguía con los ojos cerrados. Estaba en mi casa. Lo sabía. Pero yo no tenía la impresión de estar dentro de nada.

-Es verdaderamente extraordinario -dije.

 

Catedral Metropolitana – Alcaldía Cuauhtémoc

 

Catedral, un cuento de Raymond Carver

Una noche en el paraiso por Miguel Lorensi

Los cuentos de Lucia Berlin son cargas de profundidad. Esenciales y auténticos. Golpes secos y directos de literatura sin aditivos ni aspavientos. Relatos de turbadora belleza de una gran narradora cuyo talento brilló tras su muerte. Publicado hace dos años, ‘Manual para mujeres de la limpieza’, supuso su deslumbrante rescate. Un inesperado y sorprendente regalo para el lector que tiene ahora su continuación en ‘Una noche en el paraíso’ (Alfaguara), que reúne veintidós relatos inéditos que aparecen de forma simultánea en Estados Unidos y en España.

La crítica sitúa Berlin entre Raymond Carver , Alice Munro y otros gigantes del cuento estadounidense como Hemingway o Bukowski. Seduce por su estilo descarnado, no exento de ternura y de un humor sutil, y conectado con el realismo sucio. Con ‘Manual para mujeres de la limpieza’ el boca oreja funcionó mejor que la promoción editorial. Farrar Strauss and Giroux lo editó en EE UU y situó a Berlin en el lugar que merecía y la convirtió en narradora de culto a la autora de apenas un centenar de cuentos. En España se vendieron más de 100.000 copias de un libro considerado como el mejor del año por varios suplemento literarios y galardonado con el Premio Llibreter.

Dos de los hijos de la escritora son los responsables de esta colección de inéditos. Jeff Berlin se encarga de selección y Mark Berlin firma un prólogo que encadena anécdotas que retratan el indómito carácter de su progenitora. «Era una rebelde y una mujer con un arte extraordinario, y en su día su vida era un baile», escribe. Advierte que su madre escribía «historias verdaderas; no necesariamente autobiográficas, pero por poco».

Portada del libro.
Portada del libro.

Lucia Brown Berlin (Juneau, Alaska, 1936 – Marina del Rey, Los Ángeles, 2004) tuvo una vida azarosa y difícil. Hija de un ingeniero de minas y un ama de casa «fría, racista y alcohólica», vivió una infancia errante por Idaho, Montana, Kentucky y Texas, hasta que la familia se trasladó a Santiago de Chile. En 1968 regresó a la Universidad de Nuevo México, donde sería alumna del escritor español Ramón J. Sender.

Publicó sus primeros relatos a los veinticuatro años en The Atlantic Monthly y en la revista de Saul Bellow y Keith Botsford, The Noble Savage. Sus historias se inspiran en sus recuerdos: su infancia en distintas poblaciones mineras, su feliz y chic adolescencia en Chile, sus estancias en El Paso, Nueva York, México o California. También en sus tres matrimonios fallidos, su batalla contra el alcoholismo, o los trabajos alimenticios que desempeñó para mantener a sus cuatro hijos: enfermera, telefonista, limpiadora, profesora de escritura en varias universidades y en una cárcel. El cáncer de pulmón segó su vida a los 68 años.

Movidas increíbles

«Si intentara contar las peripecias de Lucia, incluso desde mi punto de vista (ya fuera o no objetivo), pasaría por realismo mágico», ironiza su hijo Mark. «Nadie se creería esas movidas», advierte. Relata cómo «recogió a Smokey Robinson en la Avenida Central de Albuquerque, y lo llevó fumando un canuto al concierto que daba en el Tiki-Kai Lounge». O cómo en la familia, «todos aprendimos a bailar en la playa, en los museos, en restaurantes y clubes como si fuéramos los dueños del lugar, en centros de desintoxicación y cárceles y galas de entregas de premios, con yonquis, chulos, príncipes e inocentes». «Nos reíamos del primer precepto budista: la vida es sufrimiento. Y de la actitud mexicana de que la vida no vale mucho, pero desde luego puede ser divertida», recuerda de una vida itinerante, «con un promedio de nueve meses en cada escala».

En los veintidós relatos de ‘Una noche en el paraíso’ vuelve a brillar el estilo claro de Berlin que «no juzga y exhibe su singular capacidad para representar la belleza y el dolor de las rutinas de la vida», destacan sus editores. También «su extraordinaria honestidad, su magnetismo, la familiaridad de sus personajes y su sutil y abrumadora melancolía».

Con seis libros de cuentos, no logró en vida un reconocimiento que no buscó. Su empeño era escribir y lo hizo mientras cuidaba a sus hijos y encadenaba empleos precarios, borracheras y resacas. «El hogar era siempre ella. Sobrevivió por lo menos a tres maridos y sabe Dios a cuántos amantes… ¡y eso que a los catorce años los médicos le dijeron que nunca podría dar a luz y que no pasaría de los treinta! Trajo cuatro hijos al mundo, de los que soy el mayor y el más problemático, y criarnos le costó horrores. Pero lo hizo. Y bien», agradece su promogénito. «Mucho se han cargado las tintas en su alcoholismo y ella tuvo que luchar contra la vergüenza de ese estigma, pero al final vivió casi dos décadas sobria, en las que produjo lo mejor de su obra, e inspiró a buena parte de la nueva generación con sus clases. Eso no sorprende, porque desde los veinte años enseñaba de manera intermitente», concluye Mark Berlin.

https://www.hoy.es/culturas/libros/lucia-berlin-una-noche-paraiso-20181108110908-ntrc.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F

La sonrisa maldita de Lucia Berlin

«Oye la instrucción de tu padre y tu madre, porque adorno de gracia serán a tu cabeza y collares a tu cuello. Si los pecadores te quisieran engañar, no consientas.»

Mamie, mi abuela, lo leyó dos veces. Intenté recordar qué instrucción me habían dado. No te hurgues la nariz. Pero yo quería un collar, uno que tintineara cuando me riera, como el de Sammy.

Me compré una cadena y fui a la terminal de autobuses, donde había una máquina que grababa letras en discos de metal… con una estrella en el centro. Escribí LUCHA y me lo puse de colgante.

Fue a finales de junio, en 1943, cuando Sammy y Jake nos metieron en el tinglado a Hope y a mí. Estaban hablando con Ben Padilla y al principio nos dijeron que nos largáramos. Cuando Ben se fue, Sammy nos llamó desde el porche.

—Sentaos, queremos que estéis en el ajo.

Sesenta cartones. Arriba, en cada cartón, había una imagen a color de un joyero musical y un sello rojo que decía NO ABRIR. Al rasgar la pestaña aparecía uno de los nombres del cartón. Treinta nombres de tres letras con una línea al lado. AMY, MAE, JOE, BEA, etcétera.

—Cuesta cinco centavos la apuesta. Al lado del nombre escribes el de la persona que lo compra. Cuando están todos vendidos, abrimos el sello. La persona que escogió ese nombre gana el joyero.

—¡Joyeros a mansalva! —dijo Jake con una risita.

—Cállate, Jake. Consigo estos cartones de Chicago. Con cada uno se saca un pavo y medio. Mando un dólar por cartón y me envían los joyeros. ¿Lo pilláis?

—Sí —dijo Hope—. ¿Y?

—Pues vosotras os lleváis un cuarto de dólar por cada cartón vendido, y nosotros nos llevamos otro cuarto. O sea que iremos a medias.

—No podrán vender todos esos cartones —dijo Jake.

—Claro que podemos —contesté. Detestaba a Jake. Gamberro adolescente.

—Claro que pueden —dijo Sammy. Le dio los cartones a Hope—. Lucha queda a cargo del dinero. Son las once y media. Poneos en marcha, os cronometraremos.

—¡Buena suerte! —nos gritaron. Se empujaban uno a otro en la hierba, riéndose.

—Se ríen de nosotras, ¡creen que no lo conseguiremos!

Llamamos a la primera puerta… Abrió una señora y se puso las gafas. Compró el primer nombre. ABE. Escribió su nombre y dirección al lado, nos dio cinco centavos y nos regaló su lápiz. Primores, nos llamó.

Fuimos casa por casa siguiendo la acera de Upson Drive. Cuando llegamos al parque, habíamos vendido veinte nombres. Nos sentamos en el muro del jardín de los cactus, sin aliento, triunfales.

A la gente le parecíamos adorables. Las dos éramos muy pequeñas para nuestra edad. Siete años. Si abría una mujer, hablaba yo. Mi pelo rubio y rizado abultaba el doble que mi cabeza, parecía un rastrojo rodante amarillo.

—¡Algodón de azúcar dorado!

Estaba mellada y sonreía sacando la punta de la lengua, como si fuera tímida. Las señoras me daban palmaditas y se agachaban para oírme.

—¿Cómo dices, cielo? ¡Vaya, me encantaría!

Si era un hombre, le tocaba a Hope.

—Cinco centavos…, elija un nombre —decía arrastrando las palabras, y les entregaba el cartón y el lápiz antes de que pudieran cerrar la puerta. A los hombres les gustaba su temple y le pellizcaban las mejillas morenas y huesudas. Ella los miraba con sus ojos centelleantes a través del tupido velo de pelo negro.

Ahora solo nos preocupaba el tiempo. Resultaba difícil saber si había alguien en casa. Llamábamos al timbre, esperábamos. Lo peor llegaba cuando éramos las únicas visitas «desde hacía una eternidad». Eran todos muy viejos. La mayoría debieron de morir pocos años después.

Además de los que se sentían solos y de los que se enternecían al vernos, había algunos —dos aquel día— que realmente creían que el azar llamaba a su puerta ofreciéndoles una oportunidad, una elección. Se tomaban su tiempo, pero no nos importaba… Esperábamos también con emoción contenida, mientras hablaban consigo mismos. ¿Tom? Condenado Tom. Sal. Mi hermana me llamaba Sal. Tom. Sí, me quedo con Tom. ¿Y si gana?

Ni siquiera cruzamos a la acera de enfrente. Vendimos el resto en los apartamentos del otro lado del parque.

La una. Hope le entregó el cartón a Sammy, yo vacié el dinero sobre su pecho.

—¡Dios! —dijo Jake.

Sammy nos dio un beso. Estábamos radiantes, sonriendo en el césped.

—¿Quién ha ganado?

Sammy se incorporó. Tenía las rodilleras de los Levi’s verdes y mojadas, los codos teñidos de hierba.

—¿Qué pone? —Hope no sabía leer. Había suspendido el primer curso.

ZOE.

—¿Quién? —nos miramos—. ¿Cuál era ese?

—Es el último del cartón.

—Oh.

El hombre del ungüento en las manos. Psoriasis. Fue una desilusión, había dos personas encantadoras que nos hubiera gustado que ganaran.

Sammy dijo que podíamos quedarnos los cartones y el dinero hasta rifarlos todos. Saltamos la cerca y nos los llevamos al porche. Encontré una vieja panera donde guardarlos.

Cogimos tres cartones y salimos por el callejón de atrás. No queríamos que Sammy y Jake pensaran que estábamos demasiado ansiosas. Cruzamos la calle y corrimos de casa en casa, llamando a las puertas del otro lado de Upson hasta el final. Luego seguimos por una de las aceras de Mundy hasta el colmado Sunshine.

Habíamos vendido dos cartones enteros… Nos sentamos en el bordillo a tomar una gaseosa de uva. El señor Haddad nos metía las botellas en el congelador, así que salía granizada… como un polo derretido. Los autobuses tenían que hacer un giro cerrado en la esquina, pasándonos muy cerca, y tocaban el claxon. A nuestras espaldas el polvo y el humo se levantaban alrededor de la sierra del Cristo Rey, espuma amarilla en el atardecer de Texas.

Yo leía los nombres en voz alta, una y otra vez. Poníamos una X al lado de nuestros favoritos, una O al lado de los que nos caían mal.

El soldado descalzo. «¡Necesito un joyero musical!» La señora Tapia. «¡Bueno, pasad! ¡Cómo me alegro de veros!» Una chica de dieciséis años, recién casada, que nos enseñó cómo había pintado la cocina de rosa, ella sola. El señor Raleigh, que nos dio miedo. Mandó callar a dos dogos, a Hope la llamó «bomboncito».

—Oye… Podríamos vender mil nombres cada día si tuviéramos unos patines.

—Sí, necesitamos unos patines.

—¿Sabes cuál es el problema?

—¿Cuál?

—Siempre decimos: «¿Quiere elegir un nombre para la rifa?». Deberíamos decir «nombres».

—¿Y qué tal «quiere todo el cartón»?

Nos reímos, contentas, sentadas en el bordillo.

—Vamos a vender el último.

Doblamos la esquina, la calle por debajo de Mundy Drive. Era oscura, tupida de eucaliptos, higueras y granados, jardines mexicanos, helechos, adelfas y cinias. Las viejecitas no hablaban inglés. «No, gracias»,[1] y cerraban la puerta.

El cura de la parroquia de la Sagrada Familia compró dos nombres. JOE y FAN.

Después había una manzana llena de mujeres alemanas, con las manos embadurnadas de harina. Cerraban de un portazo. ¡Tsch!

—Vámonos a casa… Aquí no hay nada que hacer.

—No, subiendo por el Colegio Vilas hay muchos soldados.

Hope tenía razón. Los hombres estaban fuera, en pantalones militares y camiseta, regando la grama amarillenta y bebiendo cerveza. Le tocó a ella. Su pelo caía ahora en hebras lacias sobre la tez siria aceitunada, como una cortina de abalorios negros.

Un hombre nos dio un cuarto de dólar y su mujer lo llamó antes de que le devolviéramos el cambio.

—¡Dadme cinco! —nos gritó a través de la puerta mosquitera.

Empecé a escribir su nombre.

—No —dijo Hope—. Podemos venderlos otra vez.

Sammy rasgó los sellos.

La señora Tapia ganó con SUE, el nombre de su hija. Le habíamos puesto una X, era majísima. La señora Overland ganó el siguiente. Ninguna de las dos recordábamos quién era. El tercer ganador fue un hombre que compró LOU, cuando en realidad quien merecía el premio era el soldado que nos había dado el cuarto de dólar.

—Deberíamos dárselo al soldado —dije.

Hope se levantó el flequillo para mirarme, casi sonriendo…

—Vale.

Salté la cerca que daba a nuestro patio. Mamie estaba regando. Mi madre había ido a jugar al bridge, mi cena estaba en el horno. Con el boletín informativo de H. V. Kaltenborn a todo volumen dentro de la casa, tuve que leerle los labios a Mamie. No es que el abuelo estuviera sordo, era solo que le gustaba ponerlo muy alto.

—¿Puedo regar yo, Mamie? —no, gracias.

Golpeé la puerta de la entrada y el vidrio esmerilado reverberó contra la pared.

—¡Ven aquí ahora mismo! —gritó el abuelo para hacerse oír con el estruendo de la radio. Sorprendida, entré a toda prisa, sonriendo, y fui a sentarme en sus rodillas, pero me ahuyentó con un periódico lleno de recortes—. ¿Has estado con esos sucios árabes?

—Sirios —dije. Su cenicero resplandecía con una luz rojiza como el vidrio esmerilado de la puerta.

Aquella noche… Fibber McGee y Amos y Andy en la radio. No sé por qué le gustaban tanto. Siempre decía que odiaba a la gente de color.

Mamie y yo nos sentamos a leer la Biblia en el comedor. Todavía estábamos con los Proverbios.

—«Vale más reprender con franqueza que amar en secreto.»

—¿Por qué?

—No le des más vueltas.

Cuando me dormí, me acostó en la cama.

Me desperté cuando volvió mi madre… Me quedé despierta a su lado mientras ella comía palitos de queso y leía una novela de misterio. Años después, calculé que solo durante la Segunda Guerra Mundial mi madre se comió más de novecientas cincuenta cajas de palitos de queso.

Quería hablar con ella, contarle cosas de la señora Tapia, del tipo de los perros, que íbamos a medias con Sammy. Recosté la cabeza en su hombro, cubierto de migas, y me quedé dormida.

Al día siguiente, Hope y yo fuimos primero a los apartamentos de Yandell Avenue. Mujeres de soldados jóvenes con los rulos puestos, albornoces de felpilla, enfadadas porque las habíamos despertado. Ninguna quiso comprar.

—No, nena, no tengo cinco centavos.

Fuimos en autobús hasta la plaza, hicimos trasbordo a Kern Place. Un barrio de ricos…, paisajismo, campanillas en las puertas. Fue aún mejor que con las viejecitas. Amantes de las causas benéficas, bronceado, bermudas, pintalabios y melenas a lo paje estilo June Allyson. No creo que hubieran visto nunca niñas como nosotras, niñas vestidas con las blusas de gasa de sus madres.

Niñas con un pelo como el nuestro. Mientras que a Hope se le derramaba por la cara negro y espeso como la pez, a mí me crecía encrespado y rubio como una pelota de playa acolchada, chisporroteando al sol.

Siempre se reían al enterarse de lo que vendíamos, iban a buscar algo de «cambio». Escuchamos a una de ellas decirle a su marido: «Sal a verlas. ¡Auténticas pícaras!». El hombre salió, y fue el único que nos compró. Las mujeres simplemente nos daban dinero. Sus hijos nos miraban con curiosidad, pálidos, desde los columpios.

—Anda, vamos a la terminal.

Solíamos ir allí ya antes de las rifas… a deambular y a ver a todo el mundo besándose y llorando, a recoger las monedas caídas que se colaban debajo del puesto de los periódicos. En cuanto entramos por la puerta empezamos a darnos codazos y a reírnos. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Millones de personas con centavos sueltos y nada que hacer salvo esperar. Millones de soldados y marineros que tenían una novia o una esposa o un crío con un nombre de tres letras.

Nos hicimos un horario. Por las mañanas íbamos a la estación de trenes. Marineros tumbados en los bancos de madera, los gorros doblados sobre los ojos, como paréntesis.

—¿Eh? ¡Ah, buenos días, preciosas! Cómo no.

Viejos sentados matando el rato. Pagaban cinco centavos para hablar de la otra guerra, de algún difunto con un nombre de tres letras.

Entramos en la sala de espera para la gente DE COLOR, vendimos tres nombres antes de que un revisor blanco nos sacara agarrándonos del brazo. Pasábamos las tardes en la Organización de Servicios Unidos al otro lado de la calle. Los soldados nos daban almuerzos gratis, bocadillos rancios de jamón y queso envueltos en papel encerado, Coca-Cola, chocolatinas Milky Way. Jugábamos al ping-pong y a las máquinas del millón mientras los soldados rellenaban los cartones. Una vez ganamos veinticinco centavos cada una contando con un aparatito cuántos hombres de servicio entraban mientras la mujer que se ocupaba de eso iba a algún sitio con un marinero.

Llegaban nuevos soldados y marineros en cada tren. Los que ya estaban allí les decían que participaran en nuestra rifa. A mí me llamaban Cielo, y a Hope, Infierno.

Al principio el plan era quedarnos los sesenta cartones hasta venderlos todos, pero íbamos reuniendo más y más dinero y un montón de propinas y ni siquiera podíamos contarlo.

Además, nos moríamos de ganas por saber quién había ganado, aunque solo nos faltaban diez cartones. Recogimos las tres cajas de puros con el dinero y los cartones y se las llevamos a Sammy.

—¿Setenta dólares? —madre mía. Los dos se sentaron de golpe en la hierba—. Mocosas chifladas. Lo han conseguido.

Nos besaron y nos abrazaron. Jake se revolcaba de la risa, agarrándose la tripa, aullando.

—Dios…, Sammy, ¡eres un genio, un cerebro!

Sammy nos abrazó.

—Sabía que podíais hacerlo.

Hojeó todos los cartones, pasándose la mano por el pelo, largo y tan negro que siempre parecía mojado. Se reía al leer los nombres que habían ganado. Soldado raso Octavius Oliver, Fort Sill, Oklahoma.

—Eh, ¿dónde encontráis a estos tipos?

Samuel Henry Throper, Cualquier parte, EE. UU. Era un viejo de la zona DE COLOR que dijo que, si ganaba, nos podíamos quedar el joyero musical.

Jake fue al colmado Sunshine y nos compró unos helados de plátano. Sammy nos preguntaba por todos los nombres, cómo lo habíamos hecho. Le hablamos de Kern Place y las preciosas amas de casa con vestidos camiseros de batista, de la Organización de Servicios Unidos, de las máquinas del millón, del sátiro con los dogos.

Nos dio diecisiete dólares…, más de lo que nos tocaba al ir a medias. Ni siquiera cogimos un autobús, fuimos corriendo al centro hasta Penney’s. Lejos. Nos compramos patines y llaves para ajustarlos, pulseras de la suerte en Kress y una bolsa de pistachos rojos salados. Nos sentamos en la plaza cerca de los caimanes… Soldados, mexicanos. Borrachines.

Hope miró alrededor.

—Podríamos vender aquí.

—No, aquí nadie tiene dinero.

—¡Salvo nosotras!

—El problema será entregar los joyeros musicales.

—No, porque ahora tenemos patines.

—Mañana aprenderemos a patinar… Oye, hasta podemos bajar patinando por el viaducto y ver la escoria de la fundición.

—Si la gente no está en casa, podemos abrir la puerta mosquitera y dejarlos dentro.

—Los vestíbulos de los hoteles serían un buen sitio para vender.

Compramos té helado chorreante y zarzaparrilla con una bola de helado para llevar. Así se nos acabó el dinero. No nos tomamos nada hasta llegar al solar baldío al principio de Upson Drive.

El solar estaba al final de una cuesta tapiada, a una buena altura de la acera, abandonado y lleno de unas enredaderas desmadradas con flores violetas. Entre las plantas, por toda la parcela había vidrios rotos que el sol teñía de diferentes tonos de morado. A esa hora del día, al atardecer, los rayos caían oblicuos en el solar y la luz parecía venir desde abajo, desde el interior de las flores, de los cristales de amatista.

Sammy y Jake estaban lavando un coche. Un cacharro azul sin techo ni puertas. Echamos a correr desde la esquina, con los patines traqueteando dentro de las cajas.

—¿De quién es?

—Nuestro, ¿queréis dar una vuelta?

—¿De dónde lo habéis sacado?

Estaban lavando las llantas.

—De un tipo que conocemos —dijo Jake—. ¿Queréis dar una vuelta?

—¡Sammy!

Hope estaba de pie en el asiento. Parecía que se hubiera vuelto loca. Yo aún no lo entendía.

—¡Sammy! ¿De dónde habéis sacado el dinero para este coche?

—Bah, de aquí y de allá… —Sammy le sonrió, bebió de la manguera y se limpió la barbilla con la camisa.

—¿De dónde habéis sacado el dinero?

Hope parecía una de las viejas brujas de antaño, pálida y amarillenta.

—¡Tramposo hijo de puta! —chilló.

Entonces comprendí. La seguí al otro lado de la cerca hasta el porche.

—¡Lucha! —gritó Sammy, mi primer ídolo, pero me quedé con Hope, arrodillada junto a la panera.

Me pasó el fajo de los cartones rifados.

—Cuéntalos.

Tardé un buen rato.

Más de quinientas personas. Leímos los nombres que habíamos marcado con una X esperando que ganaran.

—Podríamos comprar joyeros musicales para algunos…

Hope me miró con desdén.

—¿Con qué dinero? De todos modos no existen, ¿alguna vez habías oído hablar de joyeros musicales?

Abrió la panera y sacó los diez cartones que quedaban por vender. Estaba ida, arrastrándose por el porche polvoriento como un pollo moribundo.

—¿Qué haces, Hope?

Jadeante, se agazapó en la madreselva que crecía hacia el patio. Sostuvo los cartones en alto, como el abanico de una reina demente.

—Ahora son míos. Si quieres, puedes venir. Iremos a medias. O puedes quedarte. Si vienes, significará que eres mi socia y no volverás a dirigirle la palabra a Sammy en tu vida, o te mataré con un cuchillo.

Se marchó. Me estiré en la tierra húmeda. Estaba cansada. Solo quería seguir ahí tumbada, para siempre, y no hacer nada nunca más.

Me quedé allí un buen rato y luego trepé la cerca de madera que daba al callejón. Hope estaba sentada en la acera en la esquina, su pelo como un balde negro sobre la cabeza. Inclinada, como una Pietà.

—Vamos —dije.

Subimos la cuesta hacia Prospect Street. Anochecía… Todas las familias estaban fuera regando el césped, hablando en murmullos desde las mecedoras del porche que chirriaban tan rítmicamente como las cigarras.

La sonrisa maldita de Lucia Berlin | Cultura | EL PAÍS

Bernardino de Ana María Matute

Siempre oímos decir en casa, al abuelo y a todas las personas mayores, que Bernardino
era un niño mimado.
Bernardino vivía con sus hermanas mayores, Engracia, Felicidad y Herminia, en “Los
Lúpulos”, una casa grande, rodeada de tierras de labranza y de un hermoso jardín, con
árboles viejos agrupados formando un diminuto bosque, en la parte lindante con el río.
La finca se hallaba en las afueras del pueblo y, como nuestra casa, cerca de los grandes
bosques comunales.
Alguna vez, el abuelo nos llevaba a “Los Lúpulos”, en la pequeña tartana, y, aunque el
camino era bonito por la carretera antigua, entre castaños y álamos, bordeando el río,
las tardes en aquella casa no nos atraían. Las hermanas de Bernardino eran unas
mujeres altas, fuertes y muy morenas. Vestían a la moda antigua -habíamos visto
mujeres vestidas como ellas en el álbum de fotografías del abuelo- y se peinaban con
moños levantados, como roscas de azúcar, en lo alto de la cabeza. Nos parecía extraño
que un niño de nuestra edad tuviera hermanas que parecían tías, por lo menos. El
abuelo nos dijo:
-Es que la madre de Bernardino no es la misma madre de sus hermanas. Él nació del
segundo matrimonio de su padre, muchos años después.
Esto nos armó aún más confusión. Bernardino, para nosotros, seguía siendo un ser
extraño, distinto. Las tardes que nos llevaban a “Los Lúpulos” nos vestían
incómodamente, casi como en la ciudad, y debíamos jugar a juegos necios y pesados,
que no nos divertían en absoluto. Se nos prohibía bajar al río, descalzarnos y subir a los
árboles. Todo esto parecía tener una sola explicación para nosotros:
-Bernardino es un niño mimado -nos decíamos. Y no comentábamos nada más.
Bernardino era muy delgado, con la cabeza redonda y rubia. Iba peinado con un
flequillo ralo, sobre sus ojos de color pardo, fijos y huecos, como si fueran de cristal. A
pesar de vivir en el campo, estaba pálido, y también vestía de un modo un tanto
insólito. Era muy callado, y casi siempre tenía un aire entre asombrado y receloso, que
resultaba molesto. Acabábamos jugando por nuestra cuenta y prescindiendo de él, a
pesar de comprender que eso era bastante incorrecto. Si alguna vez nos lo reprochó el
abuelo, mi hermano mayor decía:
-Ese chico mimado… No se puede contar con él.
Verdaderamente no creo que entonces supiéramos bien lo que quería decir estar
mimado. En todo caso, no nos atraía, pensando en la vida que llevaba Bernardino.
Jamás salía de “Los Lúpulos” como no fuera acompañado de sus hermanas. Acudía a la
misa o paseaba con ellas por el campo, siempre muy seriecito y apacible.
Los chicos del pueblo y los de las minas lo tenían atravesado. Un día, Mariano
Alborada, el hijo de un capataz, que pescaba con nosotros en el río a las horas de la
siesta, nos dijo:
-A ese Bernardino le vamos a armar una.
-¿Qué cosa? -dijo mi hermano, que era el que mejor entendía el lenguaje de los chicos
del pueblo.
-Ya veremos -dijo Mariano, sonriendo despacito-. Algo bueno se nos presentará un día,
digo yo. Se la vamos a armar. Están ya en eso Lucas, Amador, Gracianín y el Buque…
¿Queréis vosotros?
Mi hermano se puso colorado hasta las orejas.
-No sé -dijo-. ¿Qué va a ser?
-Lo que se presente -contestó Mariano, mientras sacudía el agua de sus alpargatas,
golpeándolas contra la roca-. Se presentará, ya veréis.
Sí: se presentó. Claro que a nosotros nos cogió desprevenidos, y la verdad es que
fuimos bastante cobardes cuando llegó la ocasión. Nosotros no odiábamos a
Bernardino, pero no queríamos perder la amistad con los de la aldea, entre otras cosas
porque hubieran hecho llegar a oídos del abuelo andanzas que no deseábamos que
conociera. Por otra parte, las escapadas con los de la aldea eran una de las cosas más
atractivas de la vida en las montañas.
Bernardino tenía un perro que se llamaba “Chu”. El perro debía de querer mucho a
Bernardino, porque siempre le seguía saltando y moviendo su rabito blanco. El nombre
de “Chu” venía probablemente de Chucho, pues el abuelo decía que era un perro sin
raza y que maldita la gracia que tenía. Sin embargo, nosotros le encontrábamos mil,
por lo inteligente y simpático que era. Seguía nuestros juegos con mucho tacto y se
hacía querer en seguida.
-Ese Bernardino es un pez -decía mi hermano-. No le da a “Chu” ni una palmada en la
cabeza. ¡No sé cómo “Chu” le quiere tanto! Ojalá que “Chu” fuera mío…
A “Chu” le adorábamos todos, y confieso que alguna vez, con mala intención, al salir de
“Los Lúpulos” intentábamos atraerlo con pedazos de pastel o terrones de azúcar, por
ver si se venía con nosotros. Pero no: en el último momento “Chu” nos dejaba con un
palmo de narices y se volvía saltando hacia su inexpresivo amigo, que le esperaba
quieto, mirándonos con sus redondos ojos de vidrio amarillo.
-Ese pavo… -decía mi hermano pequeño-. Vaya un pavo ese…
Y, la verdad, a qué negarlo, nos roía la envidia.
Una tarde en que mi abuelo nos llevó a “Los Lúpulos” encontramos a Bernardino
raramente inquieto.
-No encuentro a “Chu” -nos dijo-. Se ha perdido, o alguien me lo ha quitado. En toda la
mañana y en toda la tarde que no lo encuentro…
-¿Lo saben tus hermanas? -le preguntamos.
-No -dijo Bernardino-. No quiero que se enteren…
Al decir esto último se puso algo colorado. Mi hermano pareció sentirlo mucho más
que él.
-Vamos a buscarlo -le dijo-. Vente con nosotros, y ya verás como lo encontraremos.
-¿A dónde? -dijo Bernardino-. Ya he recorrido toda la finca…
-Pues afuera -contestó mi hermano-. Vente por el otro lado del muro y bajaremos al
río… Luego, podemos ir hacia el bosque. En fin, buscarlo. ¡En alguna parte estará!
Bernardino dudó un momento. Le estaba terminantemente prohibido atravesar el
muro que cercaba “Los Lúpulos”, y nunca lo hacía. Sin embargo, movió
afirmativamente la cabeza.
Nos escapamos por el lado de la chopera, donde el muro era más bajo. A Bernardino le
costó saltarlo, y tuvimos que ayudarle, lo que me pareció que le humillaba un poco,
porque era muy orgulloso.
Recorrimos el borde del terraplén y luego bajamos al río. Todo el rato íbamos llamando
a “Chu”, y Bernardino nos seguía, silbando de cuando en cuando. Pero no lo
encontramos.
Íbamos ya a regresar, desolados y silenciosos, cuando nos llamó una voz, desde el
caminillo del bosque:
-¡Eh, tropa!…
Levantamos la cabeza y vimos a Mariano Alborada. Detrás de él estaban Buque y
Gracianín. Todos llevaban juncos en la mano y sonreían de aquel modo suyo, tan
especial. Ellos sólo sonreían cuando pensaban algo malo.
Mi hermano dijo:
-¿Habéis visto a “Chu”?
Mariano asintió con la cabeza:
-Sí, lo hemos visto. ¿Queréis venir?
-Bernardino avanzó, esta vez delante de nosotros. Era extraño: de pronto parecía
haber perdido su timidez.
-¿Dónde está “Chu”? -dijo. Su voz sonó clara y firme.
Mariano y los otros echaron a correr, con un trotecillo menudo, por el camino.
Nosotros les seguimos, también corriendo. Primero que ninguno iba Bernardino.
Efectivamente: ellos tenían a “Chu”. Ya a la entrada del bosque vimos el humo de una
fogata, y el corazón nos empezó a latir muy fuerte. Habían atado a “Chu” por las patas
traseras y le habían arrollado una cuerda al cuello, con un nudo corredizo. Un
escalofrío nos recorrió: ya sabíamos lo que hacían los de la aldea con los perros
sarnosos y vagabundos. Bernardino se paró en seco, y “Chu” empezó a aullar,
tristemente. Pero sus aullidos no llegaban a “Los Lúpulos”. Habían elegido un buen
lugar.
-Ahí tienes a “Chu”, Bernardino -dijo Mariano-. Le vamos a dar de veras.
Bernardino seguía quieto, como de piedra. Mi hermano, entonces, avanzó hacia
Mariano.
-¡Suelta al perro! -le dijo-. ¡Lo sueltas o…!
-Tú, quieto -dijo Mariano, con el junco levantado como un látigo-. A vosotros no os da
vela nadie en esto… ¡Como digáis una palabra voy a contarle a vuestro abuelo lo del
huerto de Manuel el Negro!
Mi hermano retrocedió, encarnado. También yo noté un gran sofoco, pero me mordí
los labios. Mi hermano pequeño empezó a roerse las uñas.
-Si nos das algo que nos guste -dijo Mariano- te devolvemos a “Chu”.
-¿Qué queréis? -dijo Bernardino. Estaba plantado delante, con la cabeza levantada,
como sin miedo. Le miramos extrañados. No había temor en su voz.
Mariano y Buque se miraron con malicia.
-Dineros -dijo Buque.
Bernardino contestó:
– No tengo dinero.
Mariano cuchicheó con sus amigos, y se volvió a él:
-Bueno, pos cosa que lo valga…
Bernardino estuvo un momento pensativo. Luego se desabrochó la blusa y se
desprendió la medalla de oro. Se la dio.
De momento, Mariano y los otros se quedaron como sorprendidos. Le quitaron la
medalla y la examinaron.
-¡Esto no! -dijo Mariano-. Luego nos la encuentran y… ¡Eres tú un mal bicho! ¿Sabes?
¡Un mal bicho!
De pronto, les vimos furiosos. Sí; se pusieron furiosos y seguían cuchicheando. Yo veía
la vena que se le hinchaba en la frente a Mariano Alborada, como cuando su padre le
apaleaba por algo.
-No queremos tus dineros -dijo Mariano-. Guárdate tu dinero y todo lo tuyo… ¡Ni eres
hombre ni… ná!
Bernardino seguía quieto. Mariano le tiró la medalla a la cara. Le miraba con ojos fijos
y brillantes, llenos de cólera. Al fin, dijo:
-Si te dejas dar de veras tú, en vez del chucho…
Todos miramos a Bernardino, asustados.
-No… -dijo mi hermano.
Pero Mariano gritó:
-¡Vosotros a callar, o lo vais a sentir…! ¡Qué os va en esto? ¿Qué os va…?
Fuimos cobardes y nos apiñamos los tres juntos a un roble. Sentí un sudor frío en las
palmas de las manos. Pero Bernardino no cambió de cara. (“Ese pez…”, que decía mi
hermano). Contestó:
-Está bien. Dadme de veras.
Mariano le miró de reojo, y por un momento nos pareció asustado. Pero en seguida
dijo:
-¡Hala, Buque…!
Se le tiraron encima y le quitaron la blusa. La carne de Bernardino era pálida,
amarillenta, y se le marcaban mucho las costillas. Se dejó hacer, quieto y flemático.
Buque le sujetó las manos a la espalda, y Mariano dijo:
-Empieza tú, Gracianín…
Gracianín tiró el junco al suelo y echó a correr, lo que enfureció más a Mariano.
Rabioso, levantó el junco y dio de veras a Bernardino, hasta que se cansó.
A cada golpe mis hermanos y yo sentimos una vergüenza mayor. Oíamos los aullidos
de “Chu” y veíamos sus ojos, redondos como ciruelas, llenos de un fuego dulce y
dolorido que nos hacía mucho daño. Bernardino, en cambio, cosa extraña, parecía no
sentir el menor dolor. Seguía quieto, zarandeado solamente por los golpes, con su
media sonrisa fija y bien educada en la cara. También sus ojos seguían impávidos,
indiferentes. (“Ese pez”, “Ese pavo”, sonaba en mis oídos).
Cuando brotó la primera gota de sangre Mariano se quedó con el mimbre levantado.
Luego vimos que se ponía muy pálido. Buque soltó las manos de Bernardino, que no le
ofrecía ninguna resistencia, y se lanzó cuesta abajo, como un rayo.
Mariano miró de frente a Bernardino.
-Puerco -le dijo-. Puerco.
Tiró el junco con rabia y se alejó, más aprisa de lo que hubiera deseado.
Bernardino se acercó a “Chu”. A pesar de las marcas del junco, que se inflamaban en
su espalda, sus brazos y su pecho, parecía inmune, tranquilo, y altivo, como siempre.
Lentamente desató a “Chu”, que se lanzó a lamerle la cara, con aullidos que partían el
alma. Luego, Bernardino nos miró. No olvidaré nunca la transparencia hueca fija en sus
ojos de color de miel. Se alejó despacio por el caminillo, seguido de los saltos y los
aullidos entusiastas de “Chu”. Ni siquiera recogió su medalla. Se iba sosegado y
tranquilo, como siempre.
Sólo cuando desapareció nos atrevimos a decir algo. Mi hermano recogió del suelo la
medalla, que brillaba contra la tierra.
-Vamos a devolvérsela -dijo.
Y aunque deseábamos retardar el momento de verle de nuevo, volvimos a “Los
Lúpulos”. Estábamos ya llegando al muro, cuando un ruido nos paró en seco. Mi
hermano mayor avanzó hacia los mimbres verdes del río. Le seguimos, procurando no
hacer ruido.
Echado boca abajo, medio oculto entre los mimbres, Bernardino lloraba
desesperadamente, abrazado a su perro.

Mar, un cuento de Ana María Matute - Zenda

Ratones de Lydia Davis

 

Hay ratones que viven en nuestras paredes pero nunca entran a nuestra cocina. Estamos contentos pero no podemos entender por qué no vienen a nuestra cocina donde tenemos trampas puestas, y sí van a las cocinas de nuestros vecinos. Aunque estamos contentos, también estamos un poco tristes, porque los ratones se comportan como si hubiera algo malo con nuestra cocina. Lo que hace esto todavía más misterioso es que nuestra casa es mucho menos ordenada que las casas de nuestros vecinos. Hay más restos de comida en nuestra cocina, más migajas en la barra y restos sucios de cebolla pateados por debajo de la alacena. De hecho, hay tanta comida suelta en la cocina que solo se me ocurre pensar que los ratones mismos se sienten intimidados por ella. En una cocina limpia, es un reto para los ratones encontrar suficiente comida noche tras noche para sobrevivir hasta la primavera. Pacientemente cazan y mordisquean hora tras hora hasta quedar satisfechos. Pero en nuestra cocina se encuentran frente a algo tan fuera de su experiencia habitual que no pueden contra ello. Pueden aventurarse y dar algunos pasos, pero al enfrentarse a los abrumadores monumentos y olores, vuelven resignado a sus hoyos, incómodos y apenados de no poder husmear como deberían…
▷ ¿Por qué aparecen las Ratas y Ratones en la Casa?

Mi jockey de Lucía Berlin

Me gusta trabajar en Urgencias, por lo menos ahí se conocen hombres. Hombres de verdad, héroes. Bomberos y jockeys. Siempre vienen a las salas de urgencias. Las radiografías de los jinetes son alucinantes. Se rompen huesos constantemente, pero se vendan y corren la siguiente carrera. Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián.
       Suelo atenderlos yo, porque hablo español y la mayoría son mexicanos. Mi primer jockey fue Muñoz. Dios. Me paso el día desvistiendo a la gente y no es para tanto, apenas tardo unos segundos. Muñoz estaba allí tumbado, inconsciente, un dios azteca en miniatura, pero con aquella ropa tan complicada fue como ejecutar un elaborado ritual. Exasperante, porque no se acababa nunca, como cuando Mishima tarda tres páginas en quitarle el kimono a la dama. La camisa de raso morada tenía muchos botones a lo largo del hombro y en los puños que rodeaban sus finas muñecas; los pantalones estaban sujetos con intrincados lazos, nudos precolombinos. Sus botas olían a estiércol y sudor, pero eran tan blandas y delicadas como las de Cenicienta. Entretanto él dormía, un príncipe encantado.
       Empezó a llamar a su madre incluso antes de despertarse. No solo me agarró de la mano como algunos pacientes hacen, sino que se colgó de mi cuello, sollozanzo «¡Mamacita, mamacita!»*. La única forma de que consintiera  que el doctor Johnson lo examinara fue acunándolo en mis brazos como a un bebé. Era pequeño como un niño, pero fuerte, musculoso. Un hombre en mi regazo. ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé de ensueño?
       El doctor Johnson me pasaba una toalla húmeda por la frente mientras yo traducía. La clavícula estaba fracturada, había al menos tres costillas rotas, probablemente una conmoción cerebral. No, dijo Muñoz. Debía correr en las carreras del día siguiente. Llévelo a Rayos X, dijo el doctor Johnson. Puesto que no quiso tumbarse en la camilla, lo llevé en brazos por el pasillo, estilo King Kong. Muñoz sollozaba, aterrorizado; sus lágrimas me mojaban el pecho.
       Esperamos en la sala oscura al técnico de Rayos X. Lo tranquilicé igual que habría hecho con un caballo. «Cálmate, lindo, cálmate. Despacio… despacio.» Se aquietó en mis brazos, resoplaba y roncaba suavemente. Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso.

Lucía Berlin

Lucia Brown Berlin, conocida como Lucia Berlin, fue una escritora estadounidense cuyo estilo ha sido comparado con el de Raymond Carver o Charles Bukowski.  Hija de un ingeniero de minas, nació en Juneau, Alaska, el 12 de noviembre de 1936. Publicó sus primeros relatos a los veinticuatro años en ‘The Atlantic Monthly’ y en la revista ‘The Noble Savage’.  Siguió escribendo esporádicamente hasta los años ochenta y, tras la insistencia del poeta Ed Dorn, decidió publicar su primer volumen de relatos, Angels Laundromat.
Sus historias se inspiran en sus propios recuerdos: su infancia en distintas poblaciones mineras de Idaho, Kentucky y Montana, su adolescencia entre la alta sociedad de Santiago de Chile, sus estancias en El Paso, Nueva York, México o California, sus tres matrimonios fallidos, su alcoholismo, o los distintos trabajos que desempeñó para mantener a sus cuatro hijos: enfermera, telefonista, limpiadora, profesora de escritura en distintas universidades y en una cárcel.
Publicó seis libros de cuentos, pero casi toda su obra se puede encontrar en Homesick: New and Selected Stories (1990, galardonado con el American Book Award), So Long: Stories 1987-1992 (1993) y Where I Live Now: Stories 1993-1998 (1999). Falleció en 2004 en Marina del Rey, California, el día de su cumpleaños. Manual para mujeres de la limpieza, con prólogo de Lydia Davis e introducción de Stephen Emerson, es una exhaustiva selección de sus mejores relatos, editados por primera vez en español. En 2018 Alfaguara publicó una nueva selección titulada Una noche en el paraíso. El relato de cinco párrafos «Mi jockey» ganó el Jack London Short Prize de 1985.
Comentario
En el magistral “Mi jockey”, la narradora trabaja en las Urgencias de un hospital donde a menudo acuden jockeys con los huesos rotos, que describe de la siguiente forma: “Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián” (2016: 63). No se puede añadir nada más, con muy pocas palabras construye imágenes cargadas de significado. Y cuando ella acuna al jockey entre sus brazos como a un bebé para intentar calmarlo, escribe: “Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso” (2016: 64).
Rosa María Navarro Romero
LUCIA BERLIN | Casa del Libro
Alaska 1936-2004

Respirar de Sabina Berman G

https://www.eluniversal.com.mx/opinion/sabina-berman/respirar

Sabina Berman

 

BIOGRAFÍA

Sabina Berman Goldberg nació el 21 de agosto de 1955 en la ciudad de México, donde reside. Estudió psicología y letras mexicanas en la Universidad Iberoamericana.

En 1995 fue codirectora de la película Entre Pancho Villa y una mujer desnuda, con Isabelle Tardan. También escribió y coprodujo la película de Backyard, la cual representó a México en la ceremonia de los Oscar del 2010.

 

Entre otros éxitos se encuentra sus obras de teatro Entre Pancho Villa y una mujer desnuda, Muerte súbita, Molière, Feliz nuevo siglo Doktor Freud, eXtras Escribió la película The History of Love para Alfonso Cuarón y la película Light para Alejandro González Iñarritu.

Su más reciente novela La mujer que buceó dentro del corazón del mundo, se ha publicado en 11 idiomas y más de 33 países.

Actualmente es conductora del programa de televisión Sha la lá que se transmite por Televisión Azteca, en el Canal 13.

Berman es escritora, dramaturga, narradora, ensayista, directora de teatro y directora de cine mexicana. Es reconocida como la dramaturga «más prolífica, original y atrevida de su generación en el idioma español. Ha sido ganadora cuatro veces del Premio Nacional de Dramaturgia en México y el Premio Juan Ruiz de Alarcón, así como ha ganado en dos ocasiones el Premio Nacional de Periodismo (1999 y 2007).

https://www.escritores.org/biografias/9687-berman-sabina

Conitos de Murakami

Estaba hojeando distraídamente el periódico de la mañana cuando, en una esquina, descubrí el siguiente anuncio: “Famosos Pasteles Conitos. Concurso para la creación de los Nuevos Conitos. Gran sesión informativa”. No tenía ni idea de qué diablos eran aquellos Conitos. Pero lo de “famosos pasteles” hacía suponer que se trataba de algún tipo de dulce. Yo soy un poco quisquilloso en lo que a los dulces se refiere. Y, como no tenía nada que hacer, decidí asomar las narices por la “gran sesión informativa”.

            La “gran sesión informativa” se celebra en el salón de un hotel e incluso ofrecían té y pasteles. Los pasteles eran, ¡cómo no!, Conitos.

            Probé uno, pero su sabor no me entusiasmó precisamente. Lo encontré empalagoso y la corteza me pareció demasiado reseca. No podía creer que a los jóvenes de mi generación les gustara un dulce semejante.

            Sin embargo, a la sesión informativa únicamente se presentaron chicos de mi edad, o incluso más jóvenes. A mí me asignaron el número 952 y, después, llegaron todavía unas cien personas más; es decir, que debieron de asistir a la reunión más de mil personas. Lo que no es poco.

            A mi lado estaba sentada una chica de unos veinte años, llevaba unas gafas de muchas dioptrías. No era guapa, pero parecía tener buen carácter.

            -Oye, ¿tú habías comido alguna vez Conitos? –le pregunté.

            -Pues, claro –respondió ella-. Son muy famosos.

            -Sí, pero no valen mucho la pe… -La chica me dio una patada en la espinilla y no me dejó acabar la frase. Los individuos a mi alrededor me lanzaron una mirada despectiva. ¡Qué mal ambiente! Pero yo puse cara de inocente tipo Pooh, el osito barrigón, y dejé pasar la tormenta.

            -¿Tú eres tonto o qué? –me susurró la chica al oído poco después-. ¿Cómo se te ocurre venir aquí a criticar los Conitos? Mira que si te agarran los Cuervos Conitos, no sales de ésta con vida.

            -¿Los Cuervos Conitos? –grité sorprendido-. ¿Y qué son…?

            -¡Chist! –dijo la chica. La sesión informativa ya había empezado.

            La abrió el presidente de “Confiterías Conitos” para hablar de la historia de los Conitos. Según uno de aquellos relatos de verdad incierta debías remontarte a la Era Heian* para encontrar a no sé quién que hizo no sé qué a resultas de lo cuál nació  el primer Conito. El hombre llegó a decir que en el Kokinshu** figuraba un poema sobre los Conitos. Al oír semejante barbaridad estuve a punto de echarme a reír, pero, a mi alrededor, todo el mundo escuchaba con una cara tan seria que me contuve. También influyó el miedo que me inspiraban los Cuervos Conitos.

            La explicación del presidente de la compañía se alargó durante una hora. Aburridísima. Lo único que quería decir era, en definitiva, que los Conitos eran pasteles con historia. Pues podía haber acabado con una sola línea.

            Luego, salió el director general y nos informó sobre el concurso para la creación del nuevo producto. Ni siquiera los Conitos, unos pasteles famosos en todo el país que se enorgullecían de su larga historia, podían prescindir de la incorporación de savia nueva que hiciera posible un desarrollo dialéctico apto para responder a las exigencias de las distintas generaciones. Eso sonaba muy bien, pero lo que quería decir, en definitiva, era que el gusto de los Conitos estaba pasado de moda y que habían bajado las ventas, por lo cual querían ideas nuevas de la gente joven. Podía haberlo dicho así, tal cual.

            Al terminar nos dieron las bases del concurso. Elaborar un pastelito

tomando como base los Conitos y presentarlo al cabo de un mes.

            El importe del premio ascendía a dos millones de yenes. Con esos dos millones podía casarme con mi novia y mudarme a un departamento nuevo.

            Y decidí hacer el Nuevo Conito.

            Tal como he dicho antes, soy un poco quisquilloso en lo que respecta a los dulces. Pasteles de anko***, crema u hojaldre puedo prepararlos de todos los tipos  imaginables. Para mi era pan comido hacer en un mes el Nuevo Conito de la Edad Contemporánea. El día en que expiraba el plazo hice dos docenas de Conitos y los llevé a Confiterías Conitos.

            -¡Mmmm! ¡Qué buena pinta tienen! Parecen buenísimos –me dijo la chica de recepción.

            -Son buenísimos –aseguré yo.

            Un mes después recibí una llamada de Confiterías Conitos diciendo que me apersonara en la empresa al día siguiente. Me puse una corbata y salí para allá. Hablé con el director general de la sala de visitas.

            -El pastel Nuevo Conito que usted ha presentado ha tenido una excelente acogida en la compañía –dijo el director-. Ha recibido muy buenas críticas, especialmente, ¡ejem!, entre el sector joven de la empresa.

            -Muchas gracias –le dije.

            -Por otra parte, ¡ejem!, entre lo miembros de más edad hay quien dice que su pastel no es un Conito. En definitiva, ¡ejem!, que cabe hablar de confrontación de ideas.

            -¡Ah! –dije. No tenía ni idea de adónde quería ir a parar.

            -En consecuencia, la junta directiva ha acordado pedirles la opinión a los señores Cuervos Conitos.

            -¡Los Cuervos Conitos! –exclamé-. ¿Y que son los Cuervos Conitos?

            El director general me miró con expresión atónita.

            -¿Usted se ha presentado al concurso sin saber quiénes son los señores Cuervos Conitos?

            -Lo siento mucho. Nunca me entero de qué va el mundo.

            -¡Menudo problema! –exclamó el director y sacudió la cabeza-. Con que ni siquiera conoce a los señores Cuervos Conitos… Bueno, ¡en fin!, sígame.

            Salí de la habitación en pos de él, caminé por el pasillo, subí al sexto piso en ascensor y, luego, avancé por otro pasillo. Al fondo había un gran portalón de hierro. Cuando el director llamó al timbre, apareció un fornido guarda y, después de pedirle al director que se identificara, dio la vuelta a la llave y nos abrió la gran puerta. Unas medidas de seguridad extremas.

            -Aquí dentro se encuentran los señores Cuervos Conitos –me explicó el director-. Los señores Cuervos Conitos son una familia de cuervos especiales que vienen alimentándose exclusivamente de Conitos desde tiempos inmemoriales.

            Sobraba cualquier otra explicación. Dentro de la estancia, había más de cien cuervos. Se trataba de una habitación vacía, parecida a un almacén, de más de cinco metros de altura, con un montón de palos horizontales que iban de pared a pared y en los que estaban posados, unos al lado de otros, los Cuervos Conitos. Eran más grandes que los cuervos ordinarios y los mayores debían de medir un metro de largo.

            Incluso los más pequeños alcanzaban los sesenta centímetros. Al fijarme bien descubrí que no tenían ojos. En lugar de eso, sólo tenían pegado un bulto blanco de grasa. Además, sus cuerpos estaban tan embotados que parecían a punto de reventar.

            Al oírnos entrar, los Cuervos Conitos empezaron a graznar a coco mientras batían las alas. Al principio creí que eran simplemente graznidos, pero cuando se me habituó el oído, comprendí que gritaban: “¡Conitos! ¡Conitos!”. Sólo de mirar a aquellos pajarracos se te helaba la sangre en las venas.

            El director sacó algunos Conitos de una caja que llevaba y los fue arrojando al suelo. Cien cuervos se abalanzaron a la vez sobre los pasteles.

            Y en su búsqueda desesperada de Conitos se daban picotazos los unos a los otros en las patas, incluso en los ojos. ¡Uf! ¡Con razón se habían quedado ciegos!

            Acto seguido, el director fue esparciendo por el suelo unos pasteles, parecidos a los Conitos, que sacó de otra caja.

            -Mire. Éstos son los pasteles de uno de los participantes que ha sido eliminado del concurso.

            Los cuervos se arrojaron, como antes, sobre los pasteles, pero en cuanto se dieron cuenta de que no eran Conitos los vomitaron y empezaron a graznar con irritación. Gritaban:

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            Sus graznidos retumbaban en el techo hasta clavarse en los oídos.

            -¡Mire! Sólo comen Conitos auténticos –dijo el director, convencido-.

            Las imitaciones ni las tocan.

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            -Y, ahora, vamos a ofrecerles los pasteles que usted ha elaborado.

            Si se los comen, será usted eliminado.

            “¡A ver cómo va!”, pensé inquieto. No sé por qué, pero tenía un mal presentimiento. Era un error hacerles decidir a aquellos bichos el resultado del concurso. Pero el director, haciendo caso omiso de mis opiniones, esparció profusamente por el suelo los Nuevos Conitos que yo había presentado a concurso. Los cuervos volvieron a abalanzarse sobre los pasteles. Y, acto seguido, empezó el jaleo. Algunos cuervos se los comían satisfechos, otros los escupían gritando: “¡Conitos!”. A continuación, los cuervos que no habían podido coger ninguno clavaban excitadísimos el pico en la garganta de los que se los acababan de tragar.

            La sangre se esparcía por todas partes. Un cuervo cogió el pastel que otro había vomitado, pero otro cuervo gigantesco, al grito de “¡Conitos!”, lo atrapó y le abrió el vientre en canal. Y, de este modo, empezó una batalla sin cuartel. La sangre llamaba a la sangre, el odio llamaba  al odio. Se trataba sólo de unos insignificantes pasteles, pero éstos lo eran todo para los cuervos. Para ellos era cuestión de vida o muerte si los Conitos eran auténticos o no.

            -¡Mire lo que ha conseguido! –Le espeté al director-. Arrojárselos de ese modo, tan de repente, ha sido un estímulo demasiado poderoso.

            Luego salí solo de la estancia, bajé en ascensor y abandoné el edificio de Confiterías Conitos. Perder los dos millones de yenes era una verdadera lástima, pero no quería ni oír hablar de vivir el resto de mis días acompañado de unos pajarracos como aquéllos.

            Yo sólo hago la comida que yo quiero comer y me la como yo.

            Y los cuervos; ¡qué se mueran todos pegándose picotazos los unos a los otros!

Cuervo: 10 curiosidades que lo convierten en una de las mejores aves

Actualmente, se toma más en consideración las aficiones y preferencias de la gente para elaborar un perfil; prueba de esto es Facebook, donde los usuarios tienen la opción de declararse fans de cualquier cosa, desde un escritor o artista hasta una bebida o una golosina. El conflicto ético surge cuando el narrador protagonista constata la diferencia de calidad entre el producto de la empresa y su fórmula, al ver cómo los cuervos se desesperan por acabar su golosina gritando “¡Conitos! ¡Conitos!”

Los cuervos son una élite de fanáticos de esta golosina, miden la calidad porque vomitan los conitos de uno de los perdedores del concurso. Su consulta, semeja los experimentos de fármacos en ratas para calibrar efectos de posible ocurrencia en seres humanos. El narrador teme que su golosina desate un caso de histeria colectiva en los consumidores por analogía con la conducta de estas aves. La empresa tuvo la culpa de mantener un estándar bajo de calidad antes de la llegada del narrador.

  

Ser consecuente con la ética: Las empresas en expansión no siempre mantienen niveles altos de calidad, muchas veces el tamaño del producto y los ingredientes son rebajados para mantener el precio del mercado o buscar la plusvalía. El narrador se declara quisquilloso respecto a sus preferencias en dulces, el es la conciencia del relato y de cierta forma debe tomar distancia de la postura del resto de los personajes. El narrador se siente responsable de lo que puede causar su fórmula y decide rechazar el premio.

Murakami opone el gusto elevado al de las masas. En el cuento los consumidores y aficionados a Confitería Conitos son seres pasivos, que no pretenden llegar a ser gourmets. La empresa vulgariza el talento al consultar la calidad con animales rabiosos, no deja margen para un control adecuado, su nivel es experimental, pensando en abrir mercado y lucrar. También vale el celo del repostero que no quiere corromper su secreto con una empresa de esta índole y prefiere seguir su vida cotidiana.

La ética se corresponde a un buen vivir espiritual, que encuentra fortaleza en la persona para rechazar premios que pueden corromper la conducta. Cuando el oficio se toma como un arte, el dinero tiene un fin accesorio. El artista no puede rebajar su calidad por satisfacer a masas desinformadas de criterios técnicos elevados. A la empresa no le importaba vender un producto empalagoso antes del concurso, ni mucho menos desencadenar la histeria colectiva con una nueva fórmula.

El lugar de la excelencia: El narrador abandona el edificio de Confitería Conitos, chocado por la grotesca guerra entre los cuervos. Su conciencia le impide firmar un contrato con una empresa que rebajaría su talento a las necesidades inmediatas del lucro. El director de la empresa aparenta mucha frialdad, no se inmuta ni con los cuervos caídos por la histérica gresca. La empresa tiene un aura de misterio que al ser develada revela animalización y ambición sin ética.

La ética de los negocios debe buscar la excelencia del producto. En este relato el narrador podía cubrir la calidad pero la organización de la empresa era tensa y desagradable, no brindaba la paz necesaria para dedicarle una vida de trabajo, menos aún teniendo que supeditarse el trabajador al criterio de los cuervos. Los métodos capitalistas y la arremetida de la globalización en la expansión de mercados es cuestionada por Murakami, cuando el lucro es el criterio predominante.

La política y el espíritu de la empresa desaniman al narrador de colaborar con ella. Ahí todo es siniestro, los cuervos, su refugio tras una puerta de hierro guardada por un fornido agente de seguridad y el director de la empresa, inconmovible, ambicioso y corrupto. El talento necesita de un espacio propicio para desenvolverse, mientras no hallan estas condiciones, los empresarios exageran su pedido al trabajador de laborar bajo presión física y psicológica.

Conclusión: El talento del narrador protagonista le vale ganar un concurso de repostería y le permite distanciarse del gusto de las masas. El nota la falta de calidad de la empresa productora de los conitos, lo constata cuando su fórmula enloquece a los cuervos que eran los encargados de probar la calidad del producto. Las políticas de mercado que prescinden de la ética con el fin de lucrar, representan un tipo de astucia que se distancia del deber ser de la cultura, el talento y la excelencia.

El trabajador no puede formar equipo con una empresa que lo desmotiva. Esta crítica surge de la ironía que aplica Murakami con el caso de los cuervos, que simbolizan las oscuras ambiciones de los grupos de poder económicos que llegan a liderar en el mercado por una buena estrategia publicitaria en vez de ofrecer la calidad deseada en sus productos.

http://arealibros.republica.com/cuentos/conitos-de-haruki-murakami.html

Aprendiendo de Ana María Shua* de Rosas navarra frag uno

Frag escrito por Rosa Navarro

Los relatos de Ana María Shua presentan un espectáculo circense en el que las palabras hacen equilibrismos en los trapecios de la ironía, la crítica y la reflexión literaria. En un caos solo aparente, el lector puede encontrar las cuerdas invisibles que sostienen su estructura. Después del espectáculo, el público atento descubre en cada malabarismo las claves del género del microrrelato, así como los rasgos formales, pragmáticos y temáticos que lo caracterizan. En el microrrelato los elementos del texto se sintetizan hasta el límite: la trama carece de complejidad estructural, desaparece la progresión tradicional tripartita (planteamiento-nudo-desenlace) y algunos componentes desaparecen mientras otros adquieren mayor relevancia. Por ejemplo, el título es muy importante en toda la narrativa breve, pues suele conformarse como la base de identificación del texto. Puede actuar como llamada o reclamo, tener función descriptiva o situar el texto dentro de un marco determinado. En la microficción, el título suele formar parte de la estructura al completar el significado del texto u orientar la lectura de este y hacernos tomar una línea de interpretación u otra, marcándonos los elementos que debemos tener en cuenta. Del mismo modo, el comienzo y el final son fundamentales en la microficción. Como ya hemos señalado, la estructura del microrrelato rompe con la tradicional progresión planteamiento-nudo-desenlace del cuento clásico. De hecho, un comienzo habitual de este género es in medias res, comienzo muy adecuado a esa estructura basada en la intensidad, pues se anulan descripciones o caracterizaciones circunstanciales. Por otro lado, los finales suelen ser sorprendentes, pues ponen de manifiesto significados que habían estado ocultos en el texto durante todo el tiempo. Es frecuente el final que produce un cambio en la significación o en el contexto y nos obliga a releer el relato a través de una mirada distinta.

  • El título es mío.
  • Ana María Shua: “Me habría gustado escribir la Biblia” | Babelia ...

La llave de Tanizaki

Este año me propongo escribir libremente sobre un tema del que hasta ahora no me había atrevido jamás a hacer ninguna mención en estas páginas. Siempre he evitado comentar mis relaciones sexuales con Ikuko, pues temo que ella pueda
leer a hurtadillas mi diario y sentirse ofendida. Me atrevería a decir que sabe con precisión dónde lo guardo, pero he decidido no seguir preocupándome por ello. Desde luego, la rígida educación que recibió en Kioto le ha dejado un gran
poso de moralidad chapada a la antigua, y la verdad es que más bien me enorgullezco de ello. Me parece improbable que se dedique a hojear los escritos íntimos de su marido. Sin embargo, no lo puedo descartar por completo. Si ahora, y por primera vez, mi diario se centra principalmente en nuestra vida sexual, ¿será ella capaz de resistirse a la tentación? Es una mujer sigilosa por naturaleza, amante de los secretos, que practica siempre la ocultación y finge no saber nada. Y lo peor del caso es que para ella todo eso no es más que pudor femenino. A pesar de que dispongo de varios lugares en los que esconder la llave del cajón donde guardo este cuaderno, es muy posible que una mujer como ella los haya registrado todos. Y, además, no le costaría nada hacerse con un duplicado de la llave. Acabo de anotar que he decidido no preocuparme, pero tal vez haya dejado de hacerlo mucho tiempo atrás. Puede que en mi fuero interno haya aceptado que ella lo lea, e incluso haya confiado en que lo haga. En tal caso, ¿por qué cierro el cajón y escondo la llave? Posiblemente sea para satisfacer esa necesidad que tiene ella de espiar. Por otro lado, si lo dejo donde es probable que lo encuentre, quizá crea que escribo pensando en que ella me va a leer y sea reacia a confiar en que digo la verdad. Incluso podría pensar que oculto el auténtico diario en alguna otra parte.

¡Ah, Ikuko, mi amada esposa! No sé si vas a leer estas páginas. Sería inútil que te lo preguntara, pues seguramente me responderías que tú no haces esas cosas. Pero en el supuesto de que lo hicieras, créeme, por favor, si te digo que lo anotado aquí
no es ninguna invención, que cada palabra es sincera. No voy a insistir más, pues solo conseguiría resultar más sospechoso. Que el propio diario sea testigo de la verdad que contiene. No voy a limitarme, por descontado, a las cosas que a ella le
gustaría leer. No debo evitar las cuestiones que serán desagradables, incluso dolorosas, para ella. El motivo de que me sienta obligado a escribir sobre esos temas es la extremada reticencia de Ikuko, su «refinamiento», su «feminidad», su presunto pudor, todo cuanto hace que le avergüence hablar conmigo de cualquier cosa de naturaleza íntima, o que le impide escucharme en las excepcionales ocasiones en que intento contarle alguna anécdota subida de tono. Incluso ahora, después de más de veinte años casados, con una hija ya lo bastante mayor
para casarse, Ikuko está dispuesta a poco más que realizar la cópula en silencio. Jamás susurra palabras tiernas y amorosas cuando yacemos abrazados. ¿Es eso propio de un verdadero matrimonio?
Me impulsa a escribir la frustración de no tener jamás la oportunidad de hablar con ella acerca de nuestros problemas sexuales. A partir de ahora, tanto si lee estas páginas como sino, supondré que lo hace y que le estoy hablando de una manera indirecta.

Ante todo, quiero dejar claro que la amo. Esto es algo que le he dicho no pocas veces, y creo que ella se percata de que es cierto. Pero mi vigor físico no está a la altura del suyo. Este año cumpliré cincuenta y cinco (ella debe de tener ahora cuarenta y cuatro), una edad en la que uno no está especialmente decrépito, pero aun así me fatigo con facilidad cuando hacemos el amor y una frecuencia semanal o cada diez días es suficiente para mí. Hablar con franqueza sobre este tema es lo que a ella más le desagrada, aunque lo cierto es que, a pesar de la debilidad de su corazón y de que su salud es más bien frágil en general, mi mujer se muestra anormalmente vigorosa en la cama. Eso es lo único que rebasa mi comprensión, y no sé cómo tomármelo. No me pasa desapercibido que soy un marido que
no da la talla, y no obstante… Supongamos que ella tuviera una relación con otro hombre. (La mera sugerencia escandalizará a Ikuko y me acusará de llamarla inmoral, pero solo estoy planteando un caso hipotético.) Eso sería más de lo que yo
podría soportar. Me basta imaginar semejante cosa para sentirme celoso. Pero lo cierto es que, por consideración a su salud, ¿no debería ella esforzarse un poco por reducir sus excesivos apetitos? Lo que más me irrita es el declive constante de mi energía. Desde hace algún tiempo, el acto sexual me deja exhausto, y durante el resto de la jornada estoy demasiado cansado para pensar… Pese a ello, si me preguntara si me disgusta hacerlo contestaría que no, todo lo contrario. En modo alguno actúo con desgana, y jamás el sentido del deber es un acicate
de mi deseo. Para bien o para mal, la amo apasionadamente, y al decir esto he de hacer una revelación que ella juzgaría de repugnante. Debo decir que posee cierto don natural, del que es por completo inconsciente. De haber carecido yo de
experiencia con muchas otras mujeres, tal vez no hubiera sabido reconocerlo, pero estoy acostumbrado a ese placer desde mi juventud, y sé que muy pocas mujeres tienen la adecuación física de mi esposa para el acto sexual. Si la hubieran vendido
a uno de aquellos burdeles elegantes del viejo barrio de Shimabara, hubiera causado sensación; hubiera llegado a ser una gran celebridad y todos los libertinos de la ciudad se habrían arracimado en torno a ella. (Quizás no debería mencionar esto, pues, como mínimo, podría perjudicarme. Pero ¿cuál será su
reacción cuando lo sepa? ¿Le agradará, se sentirá avergonzada o tal vez insultada? ¿No es probable que finja enojo cuando, en su fuero interno, se sienta orgullosa?) Tan solo pensar en ese don suyo provoca mis celos. Si, por casualidad, otro hombre lo supiera, y supiera también que soy un cónyuge indigno de ella, ¿qué sucedería?
Esta clase de pensamientos me trastornan, aumentan mi sentimiento de culpabilidad hacia ella, hasta que el remordimiento se vuelve intolerable. Entonces hago cuanto puedo por mostrarme más ardiente. Le pido que me bese los párpados,
por ejemplo, puesto que soy especialmente sensible al estímulo en ese lugar. Y por mi parte, hago cualquier cosa que a ella parezca gustarle –besarle las axilas o lo que sea– a fin de estimularla y, de ese modo, excitarme todavía más. Pero ella no
reacciona y opone una testaruda resistencia a esos «juegos antinaturales», como si estuvieran fuera de lugar en una relación sexual convencional. Por más que intente explicarle que esta clase de excitación preliminar no tiene nada de malo, ella se
aferra a su «recato femenino» y se niega a ceder. Por otro lado, Ikuko sabe que siento cierta inclinación fetichista por los pies y que adoro los suyos, tan extraordinariamente bien formados, que nadie diría que son los de una mujer
de mediana edad. Aun así, o precisamente a causa de ello, casi nunca me permite verlos. Ni siquiera en plena canícula se descalza. Si quiero besarle el empeine, exclama: «¡Qué asco!» o «¡No deberías tocar semejante parte!». En resumen, me resulta más difícil que nunca tratar con ella.
Que comience el nuevo año dejando constancia de mis quejas parece un tanto mezquino por mi parte, pero creo que es mejor poner estas cosas por escrito. Mañana será la «primera noche» del nuevo año y, sin duda, ella querrá que seamos ortodoxos y sigamos la ancestral costumbre. Insistirá en la observación solemne del rito anual.

Hoy ha sucedido algo curioso. Últimamente tenía muy descuidado el estudio de mi marido y, esta tarde, mientras él había salido a dar un paseo, me dispuse a adecentarlo. Allí, en el suelo, delante de la estantería en la que yo había puesto un florero con narcisos, estaba la llave. Quizás haya sido tan solo un accidente, pero no puedo creer que se le haya caído por puro descuido. Eso habría sido muy impropio de él. Lleva un diario desde hace muchos años, y jamás había hecho nada parecido.
Por supuesto, hace largo tiempo que conozco la existencia del diario. Lo guarda en el cajón del escritorio y esconde la llave en algún lugar entre los libros o debajo de la alfombra. Pero eso es todo lo que sé, y no tengo interés en saber más. Jamás
se me había pasado por la cabeza abrir ese cuaderno. Pero lo que me duele es que él sea tan suspicaz. Al parecer, no se siente seguro si no se toma la molestia de encerrarlo y ocultar la llave. En ese caso, ¿por qué la habrá dejado tan a la vista? ¿Acaso ha cambiado de idea y ahora quiere que lo lea? Tal vez comprende que, si me lo pidiera, yo me negaría a hacerlo, así que me está diciendo: «Puedes leerlo en privado: aquí está la llave». ¿Significa eso que cree que no la he encontrado? ¿O quizás lo que dice es que: «A partir de ahora reconozco que lo estás leyendo, pero seguiré fingiendo que no lo haces»? En fin, no importa. Al margen de lo que él piense, jamás lo leeré. No tengo el menor deseo de comprender su psicología
más allá de los límites que yo misma me he fijado. No me gusta permitir que los demás sepan lo que pienso, y tampoco me interesa curiosear en lo que ellos piensan. Además, si él quiere mostrármelo, se me hace cuesta arriba creer que lo escrito sea cierto. Y tampoco creo que me resultara agradable leerlo. Mi marido puede escribir y pensar lo que le plazca, y yo haré lo mismo. Este año doy comienzo a mi propio diario. Una mujer como yo, que no abre su corazón al prójimo, por lo menos tiene que hablar consigo misma. Pero no cometeré el error de dejarle sospechar lo que me propongo. He decidido esperar a que él salga de casa para ponerme a escribir, y ocultar el cua- derno en cierto sitio en el que mi marido jamás se le ocurrirá pensar. En realidad, uno de los atractivos que el diario tiene
para mí es que, aunque sé exactamente dónde encontrar el suyo, él ni siquiera imaginará que también yo llevo un diario, y eso me proporciona una deliciosa sensación de superioridad.

Anoche tuvo lugar el primer acontecimiento del nuevo año… pero ¡cómo me avergüenza poner por escrito una cosa así! Mi difunto padre solía decirme: «La discreción ante todo». ¡Ah, si él supiera, cuánto lamentaría la manera en que me he
degradado!… Como de costumbre, mi marido experimentó la culminación del placer y, como de costumbre, yo me quedé insatisfecha. Luego me sentí despreciable. Él siempre me pide disculpas por su insuficiencia y no obstante me ataca porque soy fría. Lo que quiere decir al llamarme fría es que, según
él, soy demasiado «convencional», estoy «inhibida» en exceso; en una palabra, soy demasiado aburrida. Al mismo tiempo, dice que soy muy activa en la faceta sexual, hasta un punto que es del todo anormal; solo en ese aspecto no soy pasiva ni
reservada. Pero se queja de que durante veinte años nunca he estado dispuesta a desviarme del mismo método, de la misma postura. Y, sin embargo, mis calladas insinuaciones jamás le pasan desapercibidas; es sensible a la menor indirecta, y sabe de inmediato lo que quiero. Tal vez ello se deba a que teme la
excesiva frecuencia de mis solicitudes.
Mi marido me considera prosaica y poco romántica. «No me quieres ni la mitad de lo que yo te quiero», me dice. «Me consideras una necesidad, y defectuosa, por cierto. Si me amaras de veras, deberías ser más apasionada, deberías acceder a
cualquier cosa que te pida.» Según él, yo tengo en parte la culpa de que no pueda satisfacerme plenamente, pues si intentara excitarle un poco él no sería tan incapaz. Dice que no hago el menor esfuerzo por cooperar con él… que, por hambrienta que esté, lo único que hago es cruzarme tranquilamente de
brazos y esperar a que me sirvan. Cree que soy una mujer insensible y rencorosa.
Supongo no es irracional que mi marido piense eso de mí, pero mis padres me educaron en la creencia de que una esposa debe ser reservada y modosa, y, ciertamente, jamás agresiva hacia el hombre. No es que yo carezca de pasión, sino que en una mujer de mi temperamento la pasión se encuentra en lo más profundo de su ser, está a demasiada profundidad para que se manifieste. En el momento en que intento que aflore, empieza a desvanecerse. Mi marido no parece capaz de comprender que mi pasión es como una llama pálida y secreta, no
resplandeciente.
He empezado a pensar que nuestro enlace fue un terrible error. Es probable que existiera una pareja mejor para mí, y también para él. Lo cierto es que no podemos ponernos de acuerdo sobre nuestros gustos sexuales. Me casé con él porque mis padres deseaban que lo hiciera, y durante los años transcurridos he creído que el matrimonio es siempre así. Pero ahora tengo la sensación de que acepté a un hombre totalmente inadecuado para mí. Tengo que aguantarle, por supuesto, ya que es mi legítimo esposo, pero hay ocasiones en las que me siento incómoda solo con verle. No exagero, y no se trata de una sensación nueva para mí. La experimenté la primera noche de nuestro matrimonio, durante la luna de miel –hace ya tanto tiempo–, cuando me acosté con él por primera vez. Todavía recuerdo
que me estremecí al verle el rostro cuando se quitó las gafas de miope. Las personas que usan gafas siempre parecen un poco raras sin ellas, pero la cara de mi marido parecía de improviso cenicienta, como la de un muerto. Entonces se inclinó, acercándose a mí, y noté que sus ojos me perforaban. Le devolví la mirada sin poder evitarlo, parpadeando, y en cuanto vi aquella piel suave y brillante como el aluminio, me estremecí de nuevo. Aunque no lo había notado durante el día, vi que los pelos del bigote y la barba le despuntaban bajo la nariz y alrededor de los
labios (tiende a ser velludo) y también eso me causó una vaga repugnancia. Tal vez se debió a que nunca hasta entonces había visto tan de cerca el rostro de un hombre, pero incluso hoy no puedo mirarle con atención durante largo tiempo sin experimentar la misma repulsión. Apago la lámpara que está al lado de la
cama para no verlo, pero es entonces, precisamente, cuando
él la quiere encendida y desea examinar mi cuerpo con detenimiento, con tanto detalle como le sea posible. (Intento rechazarle, pero él insiste tanto, sobre todo en la contemplación de mis pies, que he de dejarle que los mire.) Nunca he tenido
relaciones íntimas con otro hombre, y me intriga saber si todos tienen unos hábitos tan desagradables. ¿Son esas innecesarias caricias juguetonas y pegajosas lo que una ha de esperar de todos los hombres?

Hoy Kimura nos ha hecho una visita para felicitarnos por el Año Nuevo. Yo había empezado a leer Santuario, de Faulkner, y regresé a mi estudio en cuanto hubimos intercambiado los saludos. Él habló con mi mujer y Toshiko durante un rato en
la sala de estar, y entonces, alrededor de las tres, se las llevó al cine, a ver Sabrina. Regresó con ellas a las seis, se quedó a cenar y, tras la sobremesa, se marchó hacia las nueve. Durante la cena, todos, excepto Toshiko, tomamos un poco
de coñac. Últimamente Ikuko parece beber algo más. Fui yo quien la inicié, pero a ella le gustó desde el principio. Si la estimulas a hacerlo, beberá una cantidad considerable. Es cierto que nota los efectos del alcohol, pero de una manera furtiva,
secreta, sin que se trasluzca. Reprime su reacción tan bien que a menudo la gente no se da cuenta de lo mucho que ha bebido. Esta noche Kimura le ha servido dos copas y media de coñac. Ella se ha puesto un poco pálida, pero no parecía embriagada. En cambio, Kimura y yo hemos enrojecido. Él no aguanta muy
bien el licor, la verdad es que no lo aguanta tan bien como Ikuko. Pero ¿no ha sido esta noche la primera vez que ha permitido que otro hombre la persuadiera a beber? Él le había ofrecido una copa a Toshiko, quien la rechazó y le dijo: «Dásela
a mamá». Desde hace algún tiempo observo que Toshiko se muestra
reservada con Kimura. ¿Es porque cree que él tiene demasiadas atenciones hacia su madre? Esa idea también se me había pasado por la cabeza, pero llegué a la conclusión de que estaba siendo celoso y la descarté. Tal vez estuviese en lo cierto, a fin de cuentas. Aunque mi mujer suele mostrarse fría con los invitados, sobre todo con los hombres, con Kimura es bastante cordial. Ninguno de nosotros lo ha mencionado, pero se parece a cierto actor norteamericano, que resulta ser el actor
favorito de Ikuko. (He observado que no deja de ver ninguna de sus películas.)
Naturalmente, procuro que Kimura nos visite con frecuencia, porque le considero un posible candidato a la mano de Toshiko, y le he pedido a mi esposa que observe qué tal se llevan los dos. Sin embargo, Toshiko no parece en absoluto interesada
por él, y hace cuanto puede para no quedarse a solas en su compañía. Cada vez que viene a verla, incluso cuando van al cine, siempre le pide a su madre que los acompañe.
–Lo estropeas todo al ir con ellos –le digo a Ikuko–. Déjalos solos.
Pero ella se muestra disconforme y dice que, como madre, tiene la responsabilidad de ir con ellos. Cuando le replico que esa manera de pensar es anticuada, que debería confiar en ellos, admite que tengo razón, pero dice que Toshiko quiere
que los acompañe. Suponiendo que así sea, ¿no se deberá a que la muchacha sabe que a su madre le gusta Kimura? De alguna manera, no puedo evitar la sensación de que han llegado a un acuerdo tácito al respecto. Es posible que Ikuko no lo sepa y
crea que tan solo hace de carabina, pero creo que Kimura le parece sumamente atractivo.

Anoche estaba un poco bebida, pero mi marido lo estaba mucho más. Me pidió una y otra vez que le besara los párpados, algo en lo que no había insistido últimamente, y yo había ingerido el coñac suficiente para hacerlo. Eso no hubiera tenido mayores consecuencias, de no haberle visto por descuido lo único que no soporto: su cara sin gafas. Al besarle cierro los ojos, pero anoche los abrí antes de terminar, y su piel como de alumino apareció ante mí como un primer plano en cine-
mascope. Me estremecí y tuve la sensación de que yo misma palidecía. Por suerte, no tardó en ponerse de nuevo las gafas
y, como de costumbre, empezó a examinar mis manos y pies. No dije nada y apagué la luz. Él extendió la mano, en busca del interruptor, pero yo empujé la lámpara y la alejé de él.
–¡Espera un momento! –me rogó–. Déjame que te mire otra
vez. Por favor…
Tanteó en la oscuridad, pero no pudo encontrar la lámpara y, finalmente, abandonó el intento… Su abrazo fue mucho más largo que de costumbre. Siento un profundo desagrado hacia mi marido, pero le amo casi con la misma intensidad. Por mucho que él me repugne, jamás me entregaré a otro hombre. De ninguna manera podría
abandonar mis principios que me obligan a la fidelidad. Pese a lo mucho que me exaspera su manera morbosa y repulsiva de hacer el amor, es evidente que sigue enamorado de mí y siento que, de alguna manera, he de responder a su afecto.
Ojalá hubiera conservado en mayor medida su vigor de antaño… ¿Por qué se ha reducido tanto su vitalidad? Según él, la culpa es mía, porque soy demasiado exigente. Dice que las mujeres pueden tolerarlo, pero no los hombres que trabajan
con el intelecto, a quienes esa clase de excesos pronto hacen mella. Me azora al decirme esas cosas, pero sin duda sabe que no tengo la culpa de mis necesidades físicas. Si realmente me quisiera, debería aprender a satisfacerme. No obstante, confío en que recuerde que no puedo soportar esos innecesarios hábitos juguetones que, lejos de estimularme, dan al traste con mi buena disposición de ánimo. Mi naturaleza siempre me inclina hacia las costumbres tradicionales, y quiero realizar el acto ciegamente, en silencio, bajo gruesos edredones, en el dormitorio
a oscuras. Es un terrible infortunio para un matrimonio que los gustos de cada uno estén tan enfrentados en este aspecto. ¿No habrá alguna manera de que lleguemos a un acuerdo?

Tanizaki

La mujer que no

Debo ser discreto. No quiero comprometerla. La llamaré… En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya, junto con las de otras gentes y un pañuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién, o mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional. La foto de que hablo es extraordinariamente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus gran­des ojos almendrados, el pelo restirado hacia atrás, dejando a descubierto dos orejas enormes, tan cerca­nas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo… su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.

Esto sucedió hace tiempo. Era yo más joven y más bello. Iba por las calles de Madero en los días cer­canos a la Navidad, con mis pantalones de dril recién lavados y trescientos pesos en la bolsa. Era un medio­día brillante y esplendoroso. Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. “Jorge”, me dijo. Ah, che la vita é bella! Nos conocemos desde que nos orinábamos en la cama (cada uno por su lado, claro está), pero si nos habíamos visto una doce­na de veces era mucho. Le puse una mano en la gar­ganta y la besé. Entonces descubrí que a tres metros de distancia, su mamá nos observaba. Me dirigí hacia la mamá, le puse una mano en la garganta y la besé también. Después de eso, nos fuimos los tres muy contentos a tomar café en Sanborns. En la mesa, puse mi mano sobre la suya y la apreté hasta que noté que se le torcían las piernas; su mamá me recordó que su hija era decente, casada y con hijos, que yo había te­nido mi oportunidad trece años antes y que no la había aprovechado. Esta aclaración moderó mis impul­sos primarios y no intenté nada más por el momento. Salimos de Sanborns y fuimos caminando por la alameda, entre las estatuas pornográficas, hasta su coche, que estaba estacionado muy lejos. Fue ella, entonces, quien me tomó de la mano y con el dedo de en medio, me rascó la palma, hasta que tuve que meter mi otra mano en la bolsa, en un intento desesperado de aplacar mis pasiones. Por fin llegamos al coche, y mientras ella se subía, comprendí que trece años antes no sólo había perdido sus piernas, su boca maravillosa y sus nalgas tan saludables y bien desarrolladas, sino tres o cuatro millones de muy buenos pesos. Fuimos a dejar a su mamá que iba a comer no importa dónde. Seguimos en el coche, ella y yo solos y yo le dije lo que pensaba de ella y ella me dijo lo que pensaba de mí. Me acerqué un poco a ella y ella me advirtió que estaba sudorosa, porque tenía un oficio que la hacía sudar. “No importante, no importa.” Le dije olfateándola. Y no importaba. Entonces, le jalé el cabello, le mordí el pescuezo y le apreté la panza… hasta que chocamos en la esquina de Tamaulipas y Sonora.

un cuento de Jorge IbargüengoitiaDespués del accidente, fuimos al SEP de Tamauli­pas a tomar ginebra con quina y nos dijimos primores. La separación fue dura, pero necesaria, porque ella tenía que comer con su suegra. “¿Te veré?” “Nunca más.” “Adiós, entonces.” “Adiós.” Ella desapareció en Insurgentes, en su poderoso automóvil y yo me fui a la cantina el Pilón, en donde estuve tomando mezcal de San Luis Potosí y cerveza, y discutiendo sobre la divinidad de Cristo con unos amigos, hasta las siete y media, hora en que vomité. Después me fui a Bellas Artes en un taxi de a peso.

Entré en el foyer tambaleante y con la mirada torva. Lo primero que distinguí, dentro de aquel mar de personas insignificantes, como Venus saliendo de la concha… fue a ella. Se me acercó sonriendo apenas, y me dijo: “Búscame mañana, a tal hora, en tal par­te”; y desapareció.

¡Oh, dulce concupiscencia de la carne! Refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, alivio de los enfermos mentales, diversión de los pobres, esparci­miento de los intelectuales, lujo de los ancianos. ¡Gra­cias, Señor, por habernos concedido el uso de estos artefactos, que hacen más que palatable la estancia en este Valle de Lágrimas en que nos has colocado!

Al día siguiente acudí a la cita con puntualidad. Entré en el recinto y la encontré ejerciendo el oficio que la hacía sudar copiosamente. Me miró satisfecha, orgullosa de su pericia y un poco desafiante, y también como diciendo: “Esto es para ti.” Estuve absorto durante media hora, admirando cada una de las partes de su cuerpo y comprendiendo por primera vez la esencia del arte a que se dedicaba. Cuando hubo terminado, se preparó para salir, mirándome en silen­cio; luego me tomó del brazo de una manera muy elocuente, bajamos una escalera y cuando estuvimos en la calle, nos encontramos frente a frente con su chingada madre.

Fuimos de compras con la vieja y luego a tomar café a Sanborns otra vez. Durante dos horas estuve conteniendo algo que nunca sabré si fue un sollozo o un alarido. Lo peor fue que cuando nos quedamos solos ella y yo, empezó con la cantaleta estúpida de: “¡Gracias, Dios mío, por haberme librado del asqueroso pecado de adulterio que estaba a punto de cometer!” Ensayé mis recursos más desesperados, que consisten en una serie de manotazos, empujones e intentos de homicidio por asfixia, que con algunas mujeres tienen mucho éxito, pero todo fue inútil; me bajó del coche a la altura de Félix Cuevas.

Supongo que se habrá conmovido cuando me vio parado en la banqueta, porque abrió su bolsa y me dio el retrato famoso y me dijo que si algún día se decidía (a cometer el pecado), me pondría un telegrama.

Y esto es que un mes después recibí, no un tele­grama, sino un correograma que decía: “Querido Jorge: búscame en el Konditori, el día tantos a tal hora (p. m.) Firmado: Guess who? (advierto al lector no avezado en el idioma inglés que esas palabras sig­nifican “adivina quién”). Fui corriendo al escritorio, saqué la foto y la contemplé pensando en que se acer­caba al fin la hora de ver saciados mis más bajos instintos.

Pedí prestado un departamento y también dinero; me vestí con cierto descuido pero con ropa que me quedaba bien, caminé por la calle de Génova durante el atardecer y llegué al Konditori con un cuarto de hora de anticipación. Busqué una mesa discreta, por­que no tenía caso que la vieran conmigo un centenar de personas, y cuando encontré una me senté mirando hacia la calle; pedí un café, encendí un cigarro y es­peré. Inmediatamente empezaron a llegar gentes co­nocidas, a quienes saludaba con tanta frialdad que no se atrevían a acercárseme.

Pasaba el tiempo.

Caminando por la calle de Génova pasó la joven N., quien en otra época fuera el Amor de mi Vida, y desapareció. Yo le di gracias a Dios.

Me puse a pensar en cómo vendría vestida y luego se me ocurrió que en tíos horas más iba a tenerla entre mis brazos, desvestida…

La joven N. volvió a pasar, caminando por la calle de Génova, y desapareció. Esta vez tuve que ponerme una mano sobre la cara, porque la joven N. venía mirando hacia el Konditori.

Era la hora en punto. Yo estaba bastante nervioso, pero dispuesto a esperar ocho días si era necesario, con tal de tenerla a ella, tan tersa, toda para mí.

Y entonces, que se abre la puerta del Konditori, entra la joven N., que fuera el Amor de mi Vida, cruza el restorán y se sienta enfrente de mí, sonriendo y preguntándome: “Did you guess right?”.

Solté la carcajada. Estuve riéndome hasta que la joven N. se puso incómoda; luego, me repuse, plati­camos un rato apaciblemente y por fin, la acompañé a donde la esperaban unas amigas para ir al cine.

Ella, con su marido y sus hijos, se habían ido a vivir a otra parte de la República.

Una vez, por su negocio, tuve que ir precisamente a esa ciudad; cuando acabé lo que tenía que hacer el primer día, busqué en el directorio el número del teléfono de ella y la llamé. Le dio mucho gusto oír mi voz y me invitó a cenar. La puerta tenía aldabón y se abría por medio de un cordel. Cuando entré en el vestíbulo, la vi a ella, al final de una escalera, vestida con unos pantalones verdes muy entallados, en donde guardaba lo mejor de su personalidad. Mientras yo subía la escalera, nos mirábamos y ella me sonreía sin decir nada. Cuando llegué a su lado, abrió los brazos, me los puso alrededor del cuello y me besó. Luego, me tomó de la mano y mientras yo la miraba estúpidamente, me condujo a través de un patio, hasta la sala de la casa y allí, en un couch, nos dimos entre doscientos y trescientos besos… Hasta que llegaron sus hijos del parque. Des­pués, fuimos a darles de comer a los conejos.

Uno de los niños, que tenía complejo de Edipo, me escupía cada vez que me acercaba a ella, gritando todo el tiempo: “¡Es mía!”. Y luego, con una impu­dicia verdaderamente irritante, le abrió la camisa y metió ambas manos para jugar con los pechos de su mamá, que me miraba muy divertida. Al cabo de un rato de martirio, los niños se acostaron y ella y yo nos fuimos a la cocina, para preparar la cena. Cuando ella abrió el refrigerador, empecé mi segunda ofen­siva, muy prometedora, por cierto, cuando llegó el marido. A él le dio un ron Batey y me llevó a la sala en donde estuvimos platicando no sé qué tonterías. Por fin estuvo la cena. Nos sentamos los tres a la mesa, cenamos y cuando tomábamos el café, sonó el telé­fono. El marido fue a contestar y mientras tanto, ella empezó a recoger los platos, y mientras tanto, tam­bién, yo le tomé a ella la mano y se la besé en la palma, logrando, con este acto tan sencillo, un efecto mucho mayor del que había previsto: ella salió del comedor tambaleándose, con un altero de platos su­cios. Entonces regresó el marido poniéndose el sacro y me explicó que el telefonazo era de la terminal de camiones, para decirle que acababan de recibir un revólver Smith & Wesson calibre 38 que le mandaba su hermano de México, con no recuerdo qué objeto; el caso es que tenía que ir a recoger el revólver en ese momento; yo estaba en mi casa: allí estaba el ron Batey, allí, el tocadiscos, allí, su mujer. Él regresaría en un cuarto de hora. Exeunt severaly: él vase a la calle; yo, voyme a la cocina y mientras él encendía el motor de su automóvil, yo perseguía a su mujer. Cuando la arrinconé, me dijo: “Espérate” y me llevó a la sala. Sirvió dos vasos de ron, les puso un trozo de hielo a cada uno, fue al tocadiscos, lo encendió, tomó el disco llamado Le Sacre du Sauvage, lo puso y mientras empezaba la música brindarnos: habían pasado cuatro minutos. Luego, empezó a bailar, ella sola. “Es para ti”, me dijo. Yo la miraba mientras calculaba en qué parte del trayecto estaría el marido, llevando su mortífera Smith & Wesson calibre 38. Y ella bailó y bailó. Bailó las obras completas de Chet Baker, porque pasaron tres cuartos de hora sin que el marido regresara, ni ella se cansara, ni yo me atreviera a hacer nada. A los tres cuartos de hora decidí que el marido, con o sin Smith & Wesson, no me asustaba riada. Me levanté de mi asiento, me acerqué a ella que seguía bailando como poseída y, con una fuerza completamente desacostumbrada en mí, la levanté en vilo y la arrojé sobre el couch. Eso le en­cantó. Me lancé sobre ella como un tigre y mientras nos besarnos apasionadamente, busqué el cierre cíe sus pantalones verdes y cuando lo encontré, tiré de él… y ¡mierda!, ¡que no se abre! Y no se abrió nunca. Estuvimos forcejando, primero yo, después ella y por fin los dos, y antes regresó el marido que nosotros pudiéramos abrir el cierre. Estábamos ja­deantes y sudorosos, pero vestidos y no tuvimos que dar ninguna explicación.

Hubiera podido, quizá, regresar al día siguiente a terminar lo empezado, o al siguiente de  o cualquiera de los mil y tantos que han pasado desde entonces. Pero, por una razón u otra nunca lo hice. No he vuelto a verla. Ahora, sólo me queda la foto que tengo en el cajón de mi escritorio, y el pensamiento de que las mujeres que no he tenido (como ocurre a todos los grandes seductores de la his­toria) son más numerosas que las arenas del mar.

Un cuento de Jorge Ibargüengoitia: La mujer que no

 

Flannery O’Connor, el geranio

Flannery O’Connor nació en Savannah, Georgia, en 1925, hija única de una acomodada
familia sureña de ascendencia irlandesa. La futura escritora siguió estudios
universitarios en el Georgia State College for Women y en 1945 se licenció en ciencias
sociales. Aunque su primer relato vio la luz en 1946, la revelación literaria de Flannery
O’Connor se produjo en 1952 con la aparición de su novela Sangre sabia, años más
tarde adaptada al cine por John Huston. Aquejada desde 1951 de una grave
enfermedad en la sangre, que le afectó los huesos de las piernas y la obligó a andar
con muletas, la escritora pasó los trece últimos años de su vida en la granja familiar de
Milledgeville, dedicada a la literatura y a la cría de pavos reales. La publicación de su
magnífico libro de relatos A Good Man is Hard to Find (1955) y de su segunda novela,
The Violent Bear It Away (1960), cimentaron su prestigio como una de las narradoras
norteamericanas más vigorosas y originales de su generación. Consumida por la
enfermedad incurable que la aquejaba, Flannery O’Connor, demócrata y católica, cuyo
humor atormentado y sombrío la llevó a describir como nadie el primitivismo religioso
del Sur bíblico y protestante, falleció el 3 de agosto de 1964, a los treinta y nueve
años. La aparición póstuma de su libro de relatos Everything that Rises Must Converge
(1965) representó la consagración definitiva de su prodigioso talento narrativo.

El geranio

El viejo Dudley se dobló en la silla que poco a poco iba amoldando a su cuerpo, miró
por la ventana y, unos cuantos metros más allá, vio otra ventana enmarcada en
ladrillos rojos manchados de tizne. Esperaba el geranio. Lo sacaban todas las mañanas, a eso de las diez, y lo entraban a las cinco y media. En el pueblo, la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Allá en casa había muchos geranios, geranios más bonitos. «Los nuestros sí que son geranios —pensó el viejo Dudley—, no como esta cosa rosa y verde con lazos de papel.» El geranio que ponían en la ventana le recordaba a Grisby, el chico del pueblo que tenía la polio, al que había que sacar todas las mañanas en la silla de ruedas y dejarlo pestañeando al sol. Si Lutisha llegaba a echarle mano a ese geranio y a plantarlo en la tierra, a las pocas semanas seguro que conseguía algo digno de verse. Esos que vivían al otro lado del callejón no tenían ni idea de cómo se cuidan los geranios. A este lo sacaban para que se cocinara todo el día bajo un sol de justicia, y lo ponían tan cerca del borde que, a la que soplara un poco de viento, acababa en el suelo. No tenían ni idea, ni idea de geranios. Esa maceta no tenía que haber estado donde estaba. Al viejo Dudley se le hizo un nudo en la garganta. Lutish era capaz de conseguir que arraigara lo que le echasen. Y Rabie también. Notó una opresión en la garganta. Echó la cabeza hacia atrás y trató de aclararse las ideas. No se le ocurrían muchas cosas en las que pensar que no le hicieran sentir el nudo en la garganta. Entró su hija y le preguntó:
—¿No quieres salir a dar un paseo? —Se la veía molesta.
No le contestó.
—¿Sales o no sales?
—No salgo.
Se preguntó cuánto tiempo iba a seguir su hija allí de pie. Hacía que los ojos se le
pusieran como la garganta. Se le iban a nublar y entonces ella se daría cuenta. Se
había dado cuenta otras veces y había sentido pena por su padre. También había
sentido pena por sí misma. «Se lo podría haber ahorrao —pensó el viejo Dudley—, si lo hubiese dejao en paz, si hubiese dejao que se quedara allá en el pueblo y no se
hubiese empeñao en cumplir con su maldito deber.» Ella salió de la habitación
lanzando un fuerte suspiro, y ese suspiro le fue subiendo por el cuerpo y le recordó
otra vez el momento aquel —de eso ella no tenía la culpa— en que, de repente, le
habían entrado ganas de ir a Nueva York a vivir con su hija.
Podía haberse librado de ir. Podía haberse puesto firme, haberle dicho que viviría su vida donde había vivido siempre, le enviara o no dinero todos los meses, se las
arreglaría con la jubilación y lo que sacara haciendo chapuzas. Que se quedara con el maldito dinero, lo necesitaba más que él. Se hubiera alegrado de que liquidaran su deber de hija de aquella manera. Entonces, si él se moría solo, lejos de sus hijos, ella podía decir que la culpa la tenía su padre; y si llegaba a ponerse enfermo y no tenía quién lo cuidara, ella podía haber dicho que se lo había buscado él solito Pero, claro, llevaba dentro aquella cosa y le habían entrado ganas de conocer Nueva York. Cuando era niño había estado en Atlanta una vez, y había visto Nueva York en una película. BigTown Rhythm se llamaba. Las grandes ciudades eran lugares importantes. Aquella cosa que llevaba dentro le salió de repente, lo agarró por sorpresa. ¡El lugar igualito al que había visto en el cine tenía un sitio para él! ¡Un lugar importante y tenía sitio para él! Y había dicho que sí, que iría.
Enfermo debía estar cuando aceptó. Porque, sano, seguro que no decía que sí. El
estaba enfermo y ella tan empeñada en cumplir con su maldito deber que al final
consiguió convencerlo. Vamos a ver, ¿por qué tuvo su hija que ir al pueblo a darle la barra? Con lo bien que se arreglaba él. La jubilación le alcanzaba para comer, y con las chapuzas que iba haciendo se pagaba el cuarto de la pensión.
Por la ventana de aquel cuarto veía pasar el río, denso y rojo, lo veía superar con
esfuerzo las piedras y las curvas. Trató de pensar cómo era, además de rojo y lento.
Añadió las manchas verdes de los árboles en las dos orillas, y en algún punto, río
arriba, una mancha marrón para indicar la basura. Él y Rabie iban hasta ahí todos los miércoles a pescar en una barca. Rabie se conocía el río de arriba abajo en un tramo de treinta kilómetros. En todo el condado de Coa no había ni un solo negro que lo conociese como él. A Rabie le encantaba el río, pero al viejo Dudley no le decía nada. A él lo que le interesaban eran los peces. Le gustaba volver por la noche con una larga ristra de pescados y echarlos en el fregadero. «Traigo unos cuantos qu’he pescao»,
decía. «Hacía falta un hombre para pescar unos pescaos así», comentaban siempre las viejecitas de la pensión. El y Rabie salían los miércoles bien temprano y pescaban todo el día. Rabie se encargaba de encontrar los sitios buenos y de remar; el viejo Dudley se encargaba de pescarlos. A Rabie no le interesaba demasiado pescar, a él lo que le gustaba era el río.
—¿Pa qué le vale echar el sedal ahí, jefe? —decía—. Si ahí no queda ni un pescao. Este
viejo río no esconde nada por aquí, no señor.
Reía como un tonto y llevaba la barca río abajo. Así era Rabie. Para robar tenía más
arte que las comadrejas, pero sabía dónde había buena pesca. El viejo Dudley siempre
le regalaba los pescados chicos.
El viejo Dudley había vivido en la planta de arriba de la pensión, en el cuarto de la
esquina, desde la muerte de su esposa en el año 1922. Protegía a las ancianitas. Era el
hombre de la casa y hacía las cosas que se supone que debe hacer el hombre de la
casa. La tarea era aburrida por las noches, cuando las viejecitas se sentaban en la sala
a rezongar y a hacer ganchillo y el hombre de la casa estaba obligado a escuchar y a
hacer de juez en las guerras de cotorreos y chillidos crispantes. Pero durante el día
estaba Rabie. Rabie y Lutisha vivían en el sótano. Lutish cocinaba y Rabie se ocupaba
de la limpieza y del huerto, pero menudo era para escaquearse con la faena a medio
hacer e irse a echarle una mano al viejo Dudley en alguna de sus empresas: construir
un gallinero, pintar una puerta. Le gustaba escuchar, que le contaran cosas de Atlanta,
de cuando el viejo Dudley estuvo allí, y de cómo se montaban los fusiles y un montón
de cosas más que el viejo sabía.
A veces, por las noches, iban a cazar zarigüeyas. Nunca cogían ni una zarigüeya, pero,
de vez en cuando, al viejo Dudley le gustaba librarse de las señoras y la caza era una
buena excusa. A Rabie no le gustaba ir a cazar zarigüeyas. Nunca cazaban ni una
zarigüeya, ni siquiera conseguían hacer que alguna se subiera a un árbol; además,
Rabie era más bien un negro de río.
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—Esta noche no vamo a cazar zarigüeyas, ¿eh, jefe? Tengo algo que hacer —decía
cuando el viejo Dudley se ponía a hablar de sabuesos y escopetas.
—¿A quién le vas a robar las gallinas esta noche? —preguntaba Dudley sonriendo.
—Me parece qu’esta noche toca cazar zarigüeyas —suspiraba Rabie.
El viejo Dudley sacaba la escopeta, la desmontaba y, mientras Rabie limpiaba las
piezas, le explicaba el mecanismo. Después volvía a montarla. A Rabie le maravillaba
la forma en que conseguía volver a montarla. Al viejo Dudley le hubiera gustado
explicarle a Rabie cosas de Nueva York. Si hubiera podido enseñársela a Rabie, la
ciudad no habría sido tan grande y él no habría notado aquella presión cada vez que
salía, «Tan grande no es le habría dicho—. No te dejes agobiar, Rabie. Es una ciudad
com’otra cualquiera, y a la final las ciudades tampoco no son tan complicadas».
Lo eran. De pronto Nueva York era todo bullicio y actividad y al cabo de nada lo veías
sucio y sin vida. Su hija ni siquiera vivía en una casa. Vivía en un edificio, en medio de
una hilera de edificios todos iguales, grises y rojos, manchados de tizne, con gentes de
boca agria asomadas a las ventanas para ver otras ventanas y otras gentes que las
miraban a su vez. Y dentro, subías y bajabas, y solo veías corredores, como cintas de
medir donde las puertas indicaban los centímetros. Recordó que la primera semana
aquel edificio lo había dejado aturdido. Se despertaba con la esperanza de que durante
la noche los corredores hubiesen cambiado, se asomaba a la puerta y ahí estaban,
alargados como pistas para pasear perros. Y las calles, tres cuartos de lo mismo. Se
preguntaba adonde llegaría si caminaba hasta el final de alguna de ellas. Una noche
soñó que lo hacía y que acababa al final del edificio: en ninguna parte.
A la semana siguiente tomó algo más de conciencia de su hija, su yerno y su nieto: se
pusiera donde se pusiera, siempre estaba en medio. Su yerno sí que era curioso. Era
camionero y solo estaba en casa los fines de semana. Decía «naa» en lugar de «no» y
en la vida había oído hablar de zarigüeyas. El viejo Dudley dormía en el cuarto con su
nieto de dieciséis años, con el que no se podía hablar. Algunas veces, cuando el viejo
Dudley y su hija se quedaban solos en el apartamento, ella se sentaba y hablaba con
él. Primero tenía que pensar en qué iba a decirle a su padre. Normalmente la
conversación se terminaba antes de que ella considerase llegado el momento de
levantarse y ponerse a hacer otra cosa, y entonces él se veía obligado a decir algo.
Siempre trataba de pensar en algo que no le hubiese dicho ya. Ella nunca lo escuchaba
la segunda vez. Lo que ella veía era que su padre pasaba sus últimos años con su
familia y no en una pensión de mala muerte, llena de viejas a las que les temblaba la
cabeza. Ella cumplía con su deber. No como sus hermanos.
Una vez lo llevó de compras, pero él estuvo de lo más torpe. Fueron en el «metro», un
ferrocarril que iba por debajo de la tierra, por una especie de cueva inmensa. La gente
salía de los trenes como hormigas, subían las escaleras y llegaban a las calles. Y
dejaban las calles, bajaban las escaleras y se metían en los trenes: blancos, negros,
amarillos, mezclados como verduras en la sopa. Aquello era un hormiguero. Los trenes
entraban como flechas en los túneles, iban por canales y de repente se detenían. Los
que bajaban se abrían paso a empujones entre los que subían y el tren salía otra vez
disparado. El viejo Dudley y la hija tuvieron que tomar tres distintos antes de llegar a
donde iban. El se preguntó para qué salía la gente de su casa. Notaba como si se
hubiese tragado la lengua. Ella lo sujetaba de la manga y tiraba de él entre el gentío.
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También viajaron en un tren que iba por encima del suelo. Ella lo llamaba «elevado».
Para tomarlo tuvieron que subir a un andén muy alto. El viejo Dudley se asomó por
encima de la barandilla y, allá abajo, vio a la gente y los coches pasar muy, muy
rápido. Le entraron ganas de vomitar. Se agarró de la barandilla y se dejó caer sobre el
suelo de madera del andén. La hija lanzó un grito y lo apartó del borde.
Pero ¿qué haces, quieres caerte y matarte? —le gritó.
Por una rendija en las tablas entrevió el fluir de coches en la calle.
—No m’importa —murmuró—. No m’importa si vivo o si muero.
—Anda, vamos —le dijo ella—, te sentirás mejor cuando lleguemos a casa.
—¿A casa? —repitió.
Allá abajo, los coches avanzaban a su ritmo.
—Anda, vamos —repitió ella—, que ya viene; estamos justo a tiempo de pillarlo.
Les hubiera dado tiempo de pillarlos todos.
Consiguieron subirse a ese. Volvieron al edificio y al apartamento. En el apartamento
estaban demasiado apretados. Te pusieras donde te pusieras, siempre había alguien.
La cocina daba al lavabo y el lavabo daba a todo lo demás, así que siempre estabas en
el lugar de partida. Allá en el pueblo tenías la planta de arriba, el sótano, el río y el
centro, delante de Fraziers… y dale, otra vez la garganta.
Hoy el geranio se retrasaba. Eran las diez y media. Normalmente, a eso de las diez y
cuarto ya lo habían sacado.
En alguna parte del corredor una mujer chilló algo ininteligible a la calle; una radio
gemía con la música cansina de una radionovela; un cubo de basura cayó con estrépito
por la escalera de incendios. Se oyó un portazo en el apartamento de al lado y unos
pasos decididos se alejaron por el corredor.
—Será el negro —masculló el viejo Dudley—. El negro de los zapatos relucientes.
Llevaba allí una semana cuando el negro se mudó. Ese jueves, cuando se asomó a la
puerta para mirar por los corredores largos como pistas para pasear perros, vio al
negro entrar en el apartamento de al lado. Llevaba un traje gris mil rayas, y una
corbata color habano. El cuello duro y blanco le dibujaba una línea bien definida en la
piel. Los zapatos relucientes también eran color habano a juego con la corbata y la
piel. El viejo Dudley se rascó la cabeza. No sabía que la gente que vivía apretada en un
edificio pudiera pagarse un sirviente. Rió entre dientes. Para lo que les iba a servir un
negro endomingado. A lo mejor este negro conocía el campo de los alrededores… o a
lo mejor sabía cómo se llegaba al campo. En una de esas podían ir de caza. Podían
buscar un arroyo en alguna parte. Cerró la puerta y fue al cuarto de la hija.
—¡Oye! —le gritó—, los d’aquí al lao tienen un negro. Será pa que limpie. ¿Tú crees
que lo van a hacer venir to los días?
Sin dejar de hacer la cama, su hija levantó la cabeza y le preguntó:
—¿Se puede saber de qué me estás hablando?
—Digo que los d’aquí al lao tienen un criado, un negro, va to endomingao.
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La hija se fue al otro lado de la cama y le dijo:
—A ti te falta un tornillo. El apartamento de al lado está vacío, además, en este edificio
nadie puede pagarse un criado.
—Te digo que lo vi —insistió el viejo Dudley riendo burlón—. Entró derechito en
l’apartamento y llevaba corbata, cuello blanco y zapatos con punta.
—Si entró en el apartamento de al lado, seguro que se lo limpia él —masculló.
Se fue hasta el tocador y empezó a revolver las cosas. El viejo Dudley lanzó una
carcajada. Cuando quería, la hija resultaba bien cómica. Y le dijo:
—Bueno, me parece que voy ir a ver cuándo le dan el día libre. En una d’esas lo
convenzo que le gusta la pesca. —Y se dio una palmada en el bolsillo haciendo tintinear
las dos monedas de veinticinco centavos.
Antes de que consiguiera salir del todo al corredor, ella salió corriendo a buscarlo y tiró
de él para hacerlo entrar.
—¿Es que no me oyes? —le gritó—. Te hablo en serio. Si entró en el apartamento es
que lo tiene alquilado para él. Ni se te ocurra preguntarle nada ni hablar con él. No
quiero líos con estos negros.
—¿Quieres decir que va vivir aquí al lao? —murmuró el viejo Dudley.
—Supongo —contestó ella encogiéndose de hombros—. Y tú no te metas en lo que no
te importa —agregó—. Tú con ese no tienes nada que ver.
Se lo dijo tal cual. Como si él no tuviera sentido común. Pero ahí mismito le echó la
bronca. Se las cantó bien claritas y bien que lo entendió.
—¡No es así como t’han educao! —le dijo con voz atronadora—. No t’han educao pa
vivir apretujada con estos negros del norte que se creen que valen lo mismo que tú, ¡y
encima te piensas que yo tendría tratos con un tipo así! Si te piensas que me quiero
mezclar con ellos, estás loca.
Tuvo que calmarse un poco porque se le hacía un nudo en la garganta. Ella se puso
tiesa y le dijo que vivían donde podían permitírselo y que hacían lo que podían. ¡Con
sermones a él! Después salió toda tiesa sin decir una palabra más. Así era ella. Trataba
de mostrarse solemne echando los hombros hacia atrás estirando el cuello. Ni que él
fuera un tonto. Ya sabía que los yanquis dejaban entrar a los negros por la puerta
principal y sentarse en sus sillones, pero lo que no sabía era que su propia hija
educada como estaba mandado, se iría a vivir justo al lado de ellos, y que después
pensaría que él tenía tan poco sentido común para mezclarse con esa gentuza. ¡Justo
él!
Se levantó y cogió un diario que había en otra silla. Ya puesto cuando ella volviera a
entrar, haría como que estaba leyendo. No tenía sentido que se estuviera ahí parada,
mirándolo fijamente, convencida de que debía buscarle alguna ocupación. Miró por
encima del periódico la ventana al otro lado del callejón. Todavía no estaba el geranio.
Nunca había tardado tanto. El primer día que lo había visto estaba sentado ahí mismo,
asomado a la ventana, mirando la otra ventana, y entonces le había echado un vistazo
al reloj para calcular cuánto tiempo había pasado desde el desayuno. Al levantar la
vista, lo vio. Dio un respingo. No le gustaban las flores, pero el geranio no parecía una
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flor. Se parecía a Grisby, el chico enfermo del pueblo, y era del mismo color que las
cortinas que las ancianas tenían en la sala, y el lazo de papel de la maceta se parecía
al que Lutish llevaba en la espalda del uniforme de los domingos. Lutish era aficionada
a los lazos. «Como la mayoría de las negras», pensó el viejo Dudley.
La hija volvió a pasar. Él se había propuesto que cuando pasara lo viera leyendo el
diario.
—Hazme un favor, ¿quieres? —le dijo ella como si acabara de inventarse un favor para
que él tuviera que hacérselo.
Ojalá no lo mandara otra vez a la tienda de comestibles. La última vez se había
perdido. Esos malditos edificios eran todos iguales. Asintió con la cabeza.
—Baja al tercer piso y pídele a la señora Schmitt que me preste el patrón de la camisa
que usa para Jake.
¿Por qué no lo dejaba quedarse ahí sentado? No necesitaba el patrón de la camisa.
—De acuerdo —le dijo—. ¿Qué apartamento es?
—El diez… y está en el mismo sitio que este. Justo aquí debajo, bajando tres pisos.
El viejo Dudley siempre temía que al salir a aquellas pistas para pasear perros se
abriera de repente una puerta y uno de los hombres de morro fino que se sentaban en
camiseta en los alféizares de las ventanas le gruñeran: «¿Y tú qu’haces aquí?». La
puerta del apartamento del negro estaba abierta y vio a una mujer sentada en una
silla, al lado de la ventana. «Negros yanquis», masculló. La mujer llevaba unas gafas
sin montura y sobre el regazo tenía un libro. «Las negras no se sienten elegantes hasta
que no llevan gafas», pensó el viejo Dudley. Se acordó de Lutish y de sus gafas. Había
ahorrado trece dólares para comprárselas. Y entonces fue al médico, le pidió que le
revisara la vista y le dijera cómo de gruesas tenían que ser las gafas. El hombre la
mandó mirar unos dibujos de animales a través de un espejo, le puso una luz muy
cerca de los ojos y le observó la cabeza por dentro.
Y después le dijo que no necesitaba gafas. Lutish se enojó tanto que durante tres días
seguidos se le quemó el pan de maíz, y después de todos modos se compró unas gafas
en la tienda de baratillo. No le costaron más que un dólar con noventa y ocho centavos
y se las ponía todos los sábados. «Así eran las negras», rió entre dientes el viejo
Dudley. Se dio cuenta de que había hecho ruido y se tapó la boca con la mano. A ver si
lo oía alguno de los que vivían en los apartamentos.
Bajó el primer tramo de escaleras. En el segundo, oyó unos pasos que subían. Se
inclinó por encima del pasamanos y vio que era una mujer, una gorda con el delantal
puesto. Desde arriba se parecía un poco a la señora Benson, la del pueblo. Se preguntó
si la mujer iba a hablarle. Cuando los separaban apenas cuatro escalones, él la miró de
reojo, pero ella no lo estaba mirando. Cuando se cruzaron en el mismo escalón, le echó
un vistazo rápido y comprobó que lo miraba a la cara, como si nada. Entonces lo
adelantó. No le había dicho una sola palabra. El viejo Dudley sintió un peso en el
estómago.
Bajó cuatro pisos en vez de tres. Volvió a subir uno y encontró el número 10. La
señora Schmitt dijo que bueno, que esperara un momento, que iría a por el patrón.
Mandó a uno de los niños a que se lo llevara a la puerta. El chico ni abrió la boca.
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El viejo Dudley empezó a subir las escaleras. Tenía que ir más despacio. Se cansaba al
subir. Se cansaba con todo, o eso parecía. Claro que cuando Rabie corría por él la cosa
era distinta. Rabie era un negro ágil de pies. Capaz de meterse en un gallinero sin que
ni siquiera las gallinas se enteraran y de sacar el pollo más gordo de todos sin darle
tiempo a pipiar. Rápido, además. Dudley siempre había sido pesado de pies. En los
gordos era natural. Se acordó de una vez, cuando él y Rabie estaban cazando
codornices cerca de Molton. Llevaban entonces un sabueso que te encontraba los nidos
más rápido que el más lindo de los pointers. Eso sí, no servía para traértelas de vuelta,
pero las encontraba siempre, y después se quedaba más tieso que un palo mientras tú
apuntabas a los pájaros. Aquella vez el perro se paró en seco.
—Va ser grand’el nido ese —susurró Rabie—. Lo noto.
El viejo Dudley levantó la escopeta despacio a medida que caminaban. Tuvo que poner
cuidado al andar sobre la pinaza. Con tanta pinaza, el suelo se volvía resbaladizo.
Rabie pasaba el peso de una pierna a la otra, levantaba y apoyaba los pies sobre la
pinaza blanda como la cera con un cuidado instintivo. Miraba al frente y avanzaba
deprisa. El viejo Dudley miraba con un ojo hacia delante y con el otro el suelo, que
empezaría a bajar y él resbalaría peligrosamente hacia delante, o, cuando quisiera
subir con esfuerzo una pendiente, resbalaría hacia atrás.
—Jefe, ¿no vale más qu’esta vuelta coja yo los pájaros? —sugirió Rabie—. Los lunes no
anda usté muy ligero de pies. Si se cae en una d’esas pendientes, los pájaros se
desparramarán antes que pueda usté apuntar con l’escopeta.
El viejo Dudley quería coger toda la nidada. Habría podido darle a cuatro sin problema.
—Los cogeré yo —masculló.
Levantó la escopeta para apuntar y se inclinó hacia delante. Patinó con algo y se
deslizó con los pies por delante. La escopeta se disparó y toda la nidada salió volando.
—Aah, dejamos escapar unos pájaros maníficos —suspiró Rabie.
—Encontraremos otra nidada —dijo el viejo Dudley—. Y ahora sácame de este maldito
agujero.
Podría haber cazado cinco de esos pájaros si no se hubiera caído. Podría haberlos
volteado como latas en una verja. Acercó una mano a la oreja y extendió la otra hacia
delante. Podría haberlos volteado como en el tiro al plato. ¡Pum! Un crujido en la
escalera lo obligó a volverse, mientras con los brazos seguía sosteniendo una escopeta
invisible. El negro subía las escaleras que parecía que se comía los escalones, iba hacia
él, una sonrisa divertida le estiraba el bigote cuidado. El viejo Dudley se quedó
boquiabierto. El negro hacía muecas, como aguantando la risa. El viejo Dudley fue
incapaz de moverse. Tenía la vista clavada en la línea bien definida que el cuello de la
camisa marcaba sobre la piel del negro.
—¿Qué está cazando, veterano? —le preguntó el hombre con una voz que recordaba la
risa de un negro y la sorna de un blanco.
El viejo Dudley se sintió como un crío con una pistola de aire comprimido. Se había
quedado con la boca abierta y la lengua inmóvil en el centro. Notó una flojera justo
debajo de las rodillas. Perdió pie, resbaló tres escalones y cayó sentado.
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—Será mejor que tenga cuidado —le dijo el hombre—. Podría lastimarse en estas
escaleras.
Le tendió la mano para que pudiera agarrarse y levantarse. Era una mano larga y
estrecha, de uñas limpias y cortadas rectas. Daban la impresión de estar limadas. Las
manos del viejo Dudley colgaban inertes entre sus rodillas. El negro lo agarró del brazo
y tiró de él.
—¡Uff! —soltó—, ¡cómo pesa! Venga, colabore un poquito.
Al viejo Dudley se le destrabaron las rodillas y se levantó con dificultad. El negro lo
tenía agarrado del brazo.
—De todas maneras voy para arriba —le dijo—. Lo ayudo.
El viejo Dudley echó una ojeada desesperada a su alrededor. A sus espaldas, las
escaleras parecían echársele encima. Subía las escaleras con el negro. El negro lo
esperaba en cada escalón.
—¿Así que caza? —le preguntó el negro—. Déjeme pensar. Una vez fui a cazar ciervos.
Me parece que usamos una Dodson calibre treinta y ocho para coger esos ciervos.
¿Usted qué usa?
El viejo Dudley miraba sin ver los relucientes zapatos color habano.
—Escopeta —farfulló.
—Me gustan las armas, más que ir de caza —le decía el negro—. Nunca se me dio bien matar nada. Da pena acabar con la reserva de caza. Eso sí, si tuviera tiempo y dinero, coleccionaría armas.
En cada escalón esperaba a que el viejo Dudley lo subiera. Mientras, le iba hablando de
armas y marcas. Llevaba unos calcetines grises con motas negras. Terminaron de subir
las escaleras. El negro lo acompañó por el corredor, agarrándolo del brazo. Seguro que
daba la impresión de que iba enlazado al brazo de aquel negro.
Fueron derechitos a la puerta del viejo Dudley. Y ahí el negro le preguntó:
—¿Es de por aquí?
El viejo Dudley negó con la cabeza, la vista clavada en la puerta. Todavía no había
mirado al negro. Mientras subían las escaleras, no había mirado al negro.
—Ya verá —le dijo el negro—, es un sitio estupendo… cuando se acostumbre.
Le dio una palmada en la espalda al viejo Dudley y entró en su apartamento. El viejo
Dudley entró en el suyo. El dolor de la garganta se le extendió por toda la cara y le
empañó los ojos.
Se acercó arrastrando los pies a la silla junto a la ventana y se dejó caer en ella. La
garganta estaba a punto de estallarle. La garganta estaba a punto de estallarle por
culpa de un negro yanqui, un negro condenado que le daba palmadas en la espalda y
lo llamaba «veterano». A él que sabía que eso no podía ser. A él que había venido de
un lugar decente. Un lugar decente. Un lugar donde eso no podía ser. Notó algo raro
en los ojos. Le estaban creciendo dentro de las órbitas y de un momento a otro se iban
a quedar sin sitio. Estaba atrapado en ese lugar donde los negros te llamaban

«veterano». No se dejaría atrapar. No se dejaría. Movió la cabeza contra el respaldo de
la silla para estirar el cuello, lo notaba agarrotado.
Un hombre lo miraba. Desde la ventana, al otro lado del callejón, un hombre lo miraba
fijamente. El hombre estaba viendo cómo lloraba. En ese lugar era donde tendría que
haber estado el geranio, pero no, allí había un hombre en camiseta, que lo veía llorar y
esperaba a que se le reventara la garganta. El viejo Dudley le sostuvo la mirada a
aquel hombre. En ese lugar tendría que haber estado el geranio. Ese era el sitio del
geranio y no del hombre.
—¿Y el geranio, dónde está? —le gritó pese a que se le cerraba la garganta.
—¿Pa qué llora? —le preguntó el hombre—. En mi vida no había visto a un hombre
llorar así.
—¿Y el geranio, dónde está? —preguntó el viejo Dudley, tembloroso—. Ahí tendría que
estar el geranio y no usté.
—Esta ventana es mía —le aclaró el hombre—. Tengo derecho a sentarme aquí, si me
da la gana.
—¿Dónde está? —chilló el viejo Dudley. La garganta se le había abierto un poco.
—Se cayó pa abajo, si tanto l’interesa —le contestó el hombre.
El viejo Dudley se levantó y se asomó por encima del alféizar de la ventana. Seis pisos
más abajo, en el callejón, alcanzó a ver una maceta hecha añicos sobre un montón de
tierra desparramada y algo de color rosa que asomaba en medio de un lazo verde de
papel. Seis pisos más abajo, destrozado.
El viejo Dudley miró al hombre que mascaba chicle y esperaba a ver cómo se le
reventaba la garganta.
—No tenía qu’haberlo puesto tan cerca del borde —murmuró—. ¿Por qué no lo recoge?
—¿Por qué no lo recoge usté, agüelo?
El viejo Dudley se quedó con la vista clavada en el hombre que ocupaba el sitio donde
debería haber estado el geranio.
Eso haría. Bajaría y lo recogería. Lo pondría en su ventana, y, si le daba la gana, se
quedaría todo el día mirándolo. Se alejó de la ventana y salió del cuarto. Caminó
despacio por la pista para pasear perros y llegó a las escaleras. Las escaleras se abrían
hacia abajo como una herida en el suelo. Penetraban por un agujero como una caverna
y bajaban, bajaban en picado. Y él había subido un tramo de esas escaleras un poco
por detrás del negro. Y el negro lo había ayudado a levantarse y lo había llevado
agarrado del brazo y había subido con él las escaleras y le había contado que cazaba
ciervos, «veterano», y lo había visto empuñar una escopeta que no existía y lo había
visto sentado en la escalera como un niño. Llevaba zapatos relucientes, color habano, y
hacía muecas para no reírse y todo aquello era de risa. A lo mejor, en cada escalón
había un negro con motas negras en los calcetines, haciendo muecas para no reírse.
Las escaleras bajaban y bajaban en picado. No podía bajar y arriesgarse a que los
negros le dieran palmadas en la espalda. Volvió al cuarto y a la ventana, se asomó y,
allá abajo, vio el geranio.

El hombre seguía sentado donde debería haber estado la planta.
—Oiga usté, que no l’he visto recogerlo —le dijo.
El viejo Dudley lo miró fijamente.
—A usté lo tengo visto de otras veces —le dijo el hombre—. Lo veo ahí sentao, to los
días en esa silla vieja, mirando por la ventana, mirando lo qu’hacemos en mi
apartamento. Lo que yo hago en mi apartamento es asunto mío, ¿s’entera? No me
gusta que la gente mire lo que yo hago.
Estaba tirado allá abajo, en el callejón, con las raíces al aire.
—Y mucho cuidado, yo aviso una sola vez —dijo el hombre, y se apartó de la ventana.

 

 

¡Qué dificil! Lydia Davis

Por años mi madre me decía que yo era egoísta, descuidada, irresponsable, etc. Se molestaba constantemente. Si discutía, se tapaba los oídos. Ella hizo lo que pudo para cambiarme pero nunca cambié, o si cambié, no puedo estar segura de haberlo hecho, porque nunca llegó el momento en que mi madre me dijera “Ya no eres egoísta, descuidada, irresponsable, etc.” Ahora soy yo quien me digo “¿Por qué no puedes pensar primero en los demás? ¿Por qué no pones atención a lo que haces? ¿Por qué no recuerdas lo que tienes que hacer?” Estoy molesta. Me compadezco de mi madre. ¡Qué difícil soy! Pero no le puedo decir esto porque al mismo tiempo que quiero decirlo, también estoy aquí en el teléfono, escuchándola, lista para defenderme.

Mujer de dibujos animados muy enojado Ilustración del Vector ...

Guillermo Samperio: La señorita Green

Esta era una mujer, una mujer verde, verde de pies a cabeza. No siempre fue verde, pero algún día comenzó a serlo. No se crea que siempre fue verde por fuera, pero algún día comenzó a serlo, hasta que algún día fue verde por dentro y verde también por fuera. Tremenda calamidad para una mujer que en un tiempo lejano no fue verde.

Desde ese tiempo lejano hablaremos aquí. La mujer verde vivió en una región donde abundaba la verde flora; pero lo verde de la flora no tuvo relación con lo verde de la mujer. Tenía muchos familiares; en ninguno de ellos había una gota de verde. Su padre, y sobre todo su madre, tenían unos grandes ojos cafés. Ojos cafés que siempre vigilaron a la niña que algún día sería verde por fuera y por dentro verde. Ojos cafés cuando ella iba al baño, ojos cafés en su dormitorio, ojos cafés en la escuela, ojos cafés en el parque y los paseos, y ojos cafés, en especial, cuando la niña hurgaba debajo de sus calzoncitos blancos de organdí. Ojos, ojos, ojos cafés y ojos cafés en cualquier sitio.

Una tarde, mientras imaginaba que unos ojos cafés la perseguían, la niña se cayó del columpio y se raspó la rodilla. Se miró la herida y, entre escasas gotas de sangre se descubrió lo verde. No podía creerlo; así que, a propósito, se raspó la otra rodilla y de nueva cuenta lo verde. Se talló un cachete y verde. Se llenó de raspones y verde y verde y nada más que verde por dentro. Desde luego que, una vez en su casa, los ojos cafés, verdes de ira, la nalguearon sobre la piel que escondía lo verde.

Más que asustarse, la niña verde entristeció. Y, años después, se puso aún más triste cuando se percató del primer lunar verde sobre uno de sus muslos. El lunar comenzó a crecer hasta que fue un lunar del tamaño de la jovencita. Muchos dermatólogos lucharon contra lo verde y todos fracasaron. Lo verde venía de otro lado. Verde se quedaría y verde se quedó. Verde asistió a la preparatoria, verde a la Universidad, verde iba al cine y a los restoranes, y verde lloraba todas las noches.

Una semana antes de su graduación, se puso a reflexionar: “Los muchachos no me quieren porque temen que les pegue mi verdosidad; además, dicen que nuestros hijos podrían salir de un verde muy sucio, o verdes del todo. Me saludan de lejos y me gritan ‘Adiós, señorita Green’, y me provocan las más tristes verdes lágrimas. Pero desde este día usaré sandalias azul cielo, aunque se enojen los ojos cafés. Y no me importará que me digan señorita Green porque llevaré en los pies un color muy bonito”.

Y así, esa misma noche, la mujer verde empezó a pasear luciendo unas zapatillas azules que les recordaban el mar y las tardes de cielo limpio a quienes las miraban. Aunque dijo “un color muy bonito” un tanto cursi y verdemente, sin imaginar lo que implicaba calzarse unas sandalias azules, la suerte le cambió. Cuando la mujer verde pasaba por los callejones más aburridos, la gente pensaba en peces extraños y en sirenas atractivas; una inesperada imaginación desamodorraba las casas.


—Gracias mujer Verde— le gritaban a su paso.

Si la mujer verde salía a dar la vuelta en la madrugada, aquellos que padecían insomnio llenaban sus cabezas con aleteos alegres y cantos de aves y vuelos en cielos donde la calma reposaba en el horizonte; luego, dormían soñando que una mujer azul les acariciaba el pelo.

Pronto, la fama de la mujer verdiazul corrió por la ciudad, y todos deseaban desaburrirse, o curarse el insomnio, o tener sueños fantásticos, o viajar al fondo del cielo azul.

Una tarde, mientras la mujer verde descansaba en su casa, tocaron a la puerta. Ella se arregló su verde cabello y abrió. En el quicio de la puerta se encontraba un hombre, un hombre violeta, violeta de pies a cabeza. Se miraron a los ojos. La mujer verde vio un dragón encantador. El hombre violeta se acercó a la mujer verde y la mujer verde se acercó al hombre violeta. Entonces, un dragón violeta voló hacia la cascada y ahí se puso a jugar hasta que se dejó ir en la corriente de peces.

Luego, cerraron la puerta.

Tiempo libre

Todas las mañanas compro el periódico y todas las mañanas, al leerlo, me mancho los dedos con tinta. Nunca me ha importado ensuciármelos con tal de estar al día en las noticias. Pero esta mañana sentí un gran malestar apenas toqué el periódico. Creí que solamente se trataba de uno de mis acostumbrados mareos. Pagué el importe del diario y regresé a mi casa. Mi esposa había salido de compras. Me acomodé en mi sillón favorito, encendí un cigarro y me puse a leer la primera página. Luego de enterarme de que el jet se había desplomado, volví a sentirme mal; vi mis dedos y los encontré más tiznados que de costumbre. Con un dolor de cabeza terrible, fui al baño, me lavé las manos con toda la calma y, ya tranquilo, regresé al sillón. Cuando iba a tomar mi cigarro, descubrí que una mancha negra cubría mis dedos. De inmediato retorné al baño, me tallé con zacate, piedra pómez y, finalmente, me lavé con blanqueador; pero el intento fue inútil, porque la mancha creció y me invadió hasta los codos. Ahora, más preocupado que molesto, llamé al doctor y me recomendó que lo mejor era que tomara unas vacaciones, o que durmiera. Después, llamé a las oficinas del periódico para elevar mi más rotunda protesta; me contestó una voz de mujer, que solamente me insultó y me trató de loco. En el momento en que hablaba por teléfono, me di cuenta de que, en realidad, no se trataba de una mancha, sino de un número infinito de letras pequeñísimas, apeñuzcadas, como una inquieta multitud de hormigas negras. Cuando colgué, las letritas habían avanzado ya hasta mi cintura. Asustado, corrí hacia la puerta de entrada; pero, antes de poder abrirla, me flaquearon las piernas y caí estrepitosamente. Tirado bocarriba descubrí que,además de la gran cantidad de letras hormiga que ahora ocupaban todo mi cuerpo, había una que otra fotografía. Así estuve durante varias horas hasta que escuché que abrían la puerta. Me costó trabajo hilar la idea, pero al fin pensé que había llegado mi salvación. Entró mi esposa, me levantó del suelo, me cargó bajo el brazo, se acomodó en mi sillón favorito, me hojeó despreocupadamente y se puso a leer.

(*) Cuando por invitación de Jorge Álvarez Máynez iniciamos Guardagujas en La Jornada Aguascalientes, me comuniqué con Guillermo Samperio para solicitarle un texto para el suplemento, por correo electrónico me dijo que tomara cualquiera de sus cuentos y los reprodujera, por extensión, elegí La señorita Green y Tiempo libre, me autorizó no sin antes decirme que no entendía por qué quería publicar cuentos tan viejos; al final, no salieron porque intentábamos sólo publicar inéditos. Ante el dolorosísimo fallecimiento, retomo ese permiso para compartirlos (Edilberto Aldán).