Leonhard Frank «a la izquierda donde el corazón» frag.

«La gran penuria, que pesa en el corazón y daña el alma, no la conocería Michael hasta llegar a la escuela. El bofetón -precedido por una mirada de ira del profesor a los ojos del hipnotizado alumno que se prolongaba durante largos segundos- y los varazos asestados con todo ímpetu -que amorataban las puntas de  los dedos y los pulpejos de las manos, o iban directos al trasero, produciendo unos habones rojos y gruesos como gusanos- no eran lo más terrible que el maestro Dúrr infligía a sus cuarenta cabezas de turco.  Lo más terrible era el miedo. Su método educativo consistía en transformar a los chiquillos en seres poseídos por el miedo. El temor caldeaba el aula. De noche, el miedo era el contenido de los sueños de  sus estudiantes. Antiguos alumnos, ya adultos casados, seguían sobresaltándose con sus pesadillas por culpa del maestro, y se cambiaban de acera cuando en la calle se cruzaban inesperadamente con él. 
Incluso en clase de religión, cuando tocaba el tema de Adán y Eva en el Paraíso y el eterno Reino de los Cielos, el maestro se paseaba con una sonrisa fanática a la espera de la respuesta equivocada, igual  que un domador, vara en mano, como si no estuviese preparando a cuarenta niños para emprender su camino en la Vida, sino a cuarenta bestias para domesticarlas. Utilizaba su abrumadora autoridad para exterminar la personalidad de sus alumnos y llevaba a cabo una exhaustiva aniquilación de sus almas. Al poco tiempo, la mayoría eran criaturas con todos los atributos del sumiso, material listo para la siguiente autoridad -el sargento en el patio del cuartel-, y los más sensibles llevaban en la frente el sello de candidatos a ingresar en el manicomio. 
En especial, temían su sonrisa. Cuando por las mañanas, al comenzar las clases, gritaba: ‘¡Cálculo mental’, sonreía desde la altura de su mesa durante un rato en mitad del silencio sepulcral, hasta que  el miedo hacia que los cuarenta chiquillos se bloquearan mentalmente. El temor a ser el blanco de la pregunta, un temor que nublaba los sentidos, habría imposibilitado al mismísimo Immanuel Kant calcular  con diez años que ocho por siete son cincuenta y seis. 
A Michael, un chiquillo sensible que antes de ir a la escuela hablaba con fluidez y, bajo el yugo del maestro, se había vuelto tartamudo de repente -un padecimiento que no volvería a superar hasta pasadas varias décadas”, ya no le dirigía pregunta alguna, dado que lo consideraba demasiado tonto para que de él pudiera salir algo y, en cualquier caso, nunca iba a llegar a nada en la Vida. El maestro había colocado al tartamudo en la última bancada, solo. Lo interpelaba alguna que otra vez, únicamente para entretenimiento de la clase, y todos tenían permiso para reírse de Michael, junto con el maestro, cuando el niño daba, entre tartamudeos, la respuesta equivocada. 
Al salir de la escuela después de siete años, Michael era un joven herido de gravedad. De hecho, si no se suicidó fue tan solo porque aún no era consciente de que las personas, cuando ya no pueden más, se  suicidan. En realidad, sin saberlo, protagonizó varios intentos de suicidio. Su convicción de que no valía para nada y de que era el más tonto de todos desembocaba a veces en ataques repentinos de un salvajismo descontrolado. En aquellos momentos, para demostrarse a sí mismo y a sus amigos de la calle que era capaz de todo, corría al galope sobre el puente del Meno, por la balaustrada estrecha de piedra que quedaba a la altura de una casa por encima de la superficie del agua, en una carrera contra la muerte; o bien trepaba hasta lo alto de la torre de la iglesia, saltando de una cornisa a otra,  separadas por veinte metros. En dos ocasiones, a Michael, que no sabia nadar y quería demostrar a sus amigos que podía pasar buceando bajo una balsa, lo habían llevado a casa casi muerto, sin que se enterase su madre».
Fragmento de la novela «A La Izquierda, Donde El Corazón» (1952) Publicado 16th October 2018 por Álvaro Heras-Gröh

Galina Galina: El balcón

Soñé con un viejo jardín. Destruido,

lo rodeaba la delicada sombra de los árboles,

las antiguas columnas apenas se sostenían.

Vos y yo, juntos en el silencio primaveral,

avergonzados por esta cercanía involuntaria …

¡Cómo nos cantaba el ruiseñor,

cómo brillaban las estrellas!

¡Me sentía demasiado feliz y a la vez tan triste!

Yo sabía, sabía que todo era un sueño

y que en realidad somos dos extraños,

las estrellas no brillarán para nosotros

y no nos cobijará el balcón destruido.

1870-1942 http://animalesenbruto.blogspot.com

García Márquez fragmento

«‘Me volví loca por él -me dijo-, loca de remate’. Le bastaba cerrar los ojos para verlo, lo oía respirar en el mar, la despertaba a media noche el fogaje de  su cuerpo en la cama. A fines de esa semana, sin haber conseguido un minuto de sosiego, le escribió la primera carta. Fue una esquela convencional, en la cual le contaba que lo había visto salir del hotel, y que le habría gustado que él la hubiera visto. Esperó en vano una respuesta. Al cabo de dos meses, cansada de esperar, le mandó otra carta en el mismo estilo sesgado de la anterior, cuyo único propósito parecía ser reprocharle su falta de cortesía. Seis meses después había escrito seis cartas sin respuestas, pero se conformó con la comprobación de que él las estaba recibiendo. 
Dueña por primera vez de su destino, Ángela Vicario descubrió entonces que el odio y el amor son pasiones recíprocas. Cuantas más cartas mandaba, más encendía las brasas de su fiebre, pero más calentaba también el rencor feliz que sentía contra su madre. ‘Se me revolvían las tripas de sólo verla -me dijo-, pero no podía verla sin acordarme de él’. Su vida de casada devuelta seguía siendo tan simple como la de soltera, siempre bordando a máquina con sus amigas como antes hizo tulipanes de  trapo y pájaros de papel, pero cuando su madre se acostaba permanecía en el cuarto escribiendo cartas sin porvenir hasta la madrugada. Se volvió lúcida, imperiosa, maestra de su albedrío, y volvió a ser virgen sólo para él, y no reconoció otra autoridad que la suya ni más servidumbre que la de su obsesión. 
Escribió una carta semanal durante media vida. ‘A veces no se me ocurría qué decir -me dijo muerta de risa-, pero me bastaba con saber que él las estaba recibiendo’. Al principio fueron esquelas de compromiso, después fueron papelitos de amante furtiva, billetes perfumados de novia fugaz, memoriales de negocios, documentos de amor,  y por último fueron las cartas indignas de una esposa abandonada que se inventaba enfermedades crueles para obligarlo a volver. Una noche de buen humor se le derramó el tintero sobre la carta terminada, y en vez de romperla le agregó una posdata: ‘En prueba de mi amor te envío mis lágrimas’. En ocasiones, cansada de llorar, se burlaba de su propia locura. Seis veces cambiaron la empleada del correo, y seis veces consiguió su complicidad. Lo único que no se le ocurrió fue renunciar. Sin embargo, él parecía insensible a su delirio: era como escribirle a nadie. 
Una madrugada de vientos, por el año décimo, la despertó la certidumbre de que él estaba desnudo en su cama. Le escribió entonces una carta febril de veinte pliegos en la que soltó sin pudor las verdades amargas que llevaba podridas en el corazón desde su noche funesta. Le habló de las lacras eternas que él había dejado en su cuerpo, de la sal de su lengua, de la trilla de fuego de su verga africana. Se la entregó a la empleada del correo, que iba los viernes en la tarde a bordar con ella para llevarse las cartas, y se quedó convencida de que aquel desahogo terminal sería el último de su agonía. Pero no hubo respuesta. A partir de entonces ya no era  consciente de lo que escribía, ni a quién le escribía a ciencia cierta, pero siguió escribiendo sin cuartel durante diecisiete años. 
Un mediodía de agosto, mientras bordaba con sus amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para saber quién era. 
‘Estaba gordo y se le empezaba a caer el pelo, y ya necesitaba espejuelos para ver de cerca -me dijo-. ¡Pero era él, carajo, era él!’. Se asustó, porque sabía que él  la estaba viendo tan disminuida como ella lo estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto amor como ella para soportarlo. Tenía la camisa empapada de sudor,  como la había visto la primera vez en la feria, y llevaba la misma correa y las mismas alforjas de cuero descosido con adornos de plata. Bayardo San Román dio un paso  adelante, sin ocuparse de las otras bordadoras atónitas, y puso las alforjas en la máquina de coser. 
-Bueno -dijo-, aquí estoy. 
Llevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas por sus fechas, en paquetes cosidos con cintas de colores, y todas sin abrir».

Fragmento de la novela «Crónica De Una Muerte Anunciada» (1981)Publicado 30th December 2017 por Álvaro Heras-Gröh

Nikolai Gogol fragmento «la avenida Nevski

“Entonces, ¿todo había sido un sueño? ¡Dios mío, qué sueño! ¿Para qué despertó? ¿No pudo acaso prolongarlo un minuto? Seguro que ella habría reaparecido.
Una luz molesta asomaba a las ventanas con fulgor difuso. La habitación  ofrecía un desorden gris, triste… ¡Qué desagradable era la realidad! ¿Acaso podía compararse con los sueños? (…) Permaneció en la cama hasta mediodía, intentando dormir, pero ella no se le aparecía. ¡Volver a contemplar, tan solo un instante, sus hermosos rasgos, solo un instante escuchar sus ligeros pasos, ver su brazo desnudo, como la nieve en las cumbres…!
Despojado de todo, olvidado de todo, permanecía sentado sin consuelo y sin esperanza, nada más que con los sueños. No tenía ganas de hacer nada; sus ojos miraban desencantados, sin emoción, por la ventana que daba al patio, donde un aguador sucio repartía agua que se helaba en el aire y la voz berreante de un chamarilero trepidaba: ‘Se venden ropas usadas’. Lo cotidiano y lo real le herían el oído. En ese estado permaneció hasta la noche, cuando se tumbó con avidez en la cama. Después de un largo forcejeo con el insomnio, lo venció. Y tuvo otro sueño, un sueño vulgar y mísero. ‘Dios misericordioso: muéstramela por un instante. Por un solo instante’.
(…) Los sueños terminaron siendo su vida, y, desde ese momento, toda su existencia tomó un giro extraño: se hubiera dicho que dormía despierto y vivía en sueños. Quien le viere callado ante la mesa vacía, o caminando por la calle, le habría tomado por un sonámbulo o por un hombre vencido por el alcohol. Su mirada perdió la expresividad, su distracción natural llegó a tal grado, que, imperiosa, borró de su cara todos los sentimientos, todos los movimientos que le animaban. Solo volvía a vivir cuando llegaba la noche.
Ese estado alteró todas sus fuerzas, hasta que al final llegó a padecer el más horrible de los tormentos cuando el sueño comenzó a abandonarle. Intentando salvar esa su única riqueza, recurrió a todos los medios para reconquistarla.  Tenía oído que, para recuperar el sueño, bastaba con tomar opio. Pero ¿dónde conseguirlo? Se acordó de un persa, propietario de un taller de chales, que, casi siempre, al verle, le pedía que le dibujara una mujer hermosa. Confiando en que aquél tendría ese opio, decidió visitarle. El persa le recibió sentado en un diván y con las piernas cruzadas.
-¿Para qué quieres el opio? –le preguntó.
Piskariov le habló de su insomnio.
-Bien. Te daré el opio si tú me dibujas una mujer guapa de verdad. Las cejas negras y los ojos grandes como aceitunas; y a mí me pones al lado, fumando en pipa. ¿Me oyes? ¡Que sea guapa! ¡Que sea bellísima!
Piskariov le prometió todo eso. El persa se ausentó un instante y regresó con un tarro lleno de un líquido oscuro, vertió con cuidado una parte en otro tarro y, entregándoselo a Piskariov, le recomendó echar tan solo siete gotas en un vaso de agua. Piskariov se apoderó con ansia del valioso tarro, que no habría cambiado por un montón de oro, y regresó corriendo a casa. Una vez allí, echó las gotas en un vaso de agua, lo bebió y se acostó.
¡Dios, qué alegría! ¡Ella! ¡Era otra vez ella! Pero con otro aspecto distinto. ¡Qué bien se la veía, sentada a la ventana de una soleada casa campesina! Su vestido transpiraba la sencillez de la que solo se viste la idea del poeta… Su peinado… Señor, qué peinado tan sencillo y qué bien le iba. Llevaba una ligera toquilla echada descuidadamente sobre sus esbeltos hombros; todo en ella era sencillo, todo revelaba un secreto e inexpresable sentido del gusto. ¡Qué encantador era su gracioso caminar! ¡Qué musical el susurro de sus pisadas y de su sencillo vestido! ¡Qué hermoso aparecía su brazo ceñido por una pulsera de amatista!
(…) Se despertó conmovido, conmocionado, con lágrimas en los ojos. ‘Más valdría que no existieras!, que no vivieras en el mundo, que fueras solo obra de un pintor inspirado! No me apartaría del lienzo, no cesaría de contemplarte, de besarte. Viviría y respiraría añorándote, como a la más hermosa de las ilusiones, y sería feliz. No tendría otros deseos. Te invocaría, como al ángel de la guarda, al dormirme y al despertar, y esperaría a que aparecieses cuando tuviera que pintar lo divino y lo sagrado. Pero ahora… ¡Qué vida más horrible! ¿Qué sentido tiene mi existencia? ¿Acaso la vida del demente agrada a sus familiares y amigos, que antes le quisieron? ¡Señor, qué vida la nuestra! ¡Una eterna pugna entre el sueño y la realidad!’
Éstas y otras ideas semejantes le asaltaban constantemente. No pensaba en nada, apenas comía, y esperaba con impaciencia, con la pasión del amante, la llegada de la noche y de la visión anhelada. Esa fijación adquirió por fin tal poder sobre su vida y su mente, que la imagen deseada se le aparecía casi a diario y siempre bajo un aspecto opuesto a la realidad, porque los pensamientos de Piskariov eran tan puros como los de un niño. A través de aquellos sueños, el propio objeto que los motivaba se iba purificando y transformándose por completo.
El opio excitó aún más su mente, y si alguna vez hubo un enamorado que llegó al último extremo de la demencia, con una pasión arrebatadora, terrible, destructora, turbulenta, ese desdichado era él”.
Fragmento del relato “La Avenida Nevski” (1835)Publicado 19th August 2012 por Álvaro Heras-Gröh

Camaleón de chéjov

El inspector de policía Ochumélov, con su capote nuevo y un paquete en la mano, atraviesa la plaza del mercado. Le sigue un agente pelirrojo con un tamiz lleno a rebosar de grosellas confiscadas. A su alrededor reina el silencio… En la plaza no hay ni un alma… Las puertas abiertas de tiendas y tabernas contemplan con tristeza este mundo de Dios, como bocas hambrientas; ni siquiera se ven mendigos a su lado.
       —¿Así que quieres morderme, maldito? —oye de pronto Ochumélov—. ¡No lo dejéis escapar, muchachos! ¡Ahora está prohibido morder! ¡Cogedlo! ¡Ah…! ¡Ah!
       Se oye un aullido. Ochumélov vuelve la cabeza y ve un perro que, saltando sobre tres patas, se aleja corriendo del almacén de madera del comerciante Pichuguin, sin dejar de mirar a un lado y a otro. Lo persigue un hombre con camisa de percal almidonada y chaleco desabotonado que se lanza con el torso hacia delante y, tras caer al suelo, atrapa al animal por las patas traseras. De nuevo se oye un aullido y un grito: «¡Que no escape!». Algunas caras soñolientas se asoman desde las tiendas y en un abrir y cerrar de ojos, como salida de debajo de la tierra, una muchedumbre se agolpa delante del almacén de madera.
       —¡Están alterando el orden, excelencia…! —dice el agente.
       Ochumélov gira a la izquierda y se encamina al lugar de la reunión. Junto a la puerta del almacén ve cómo el hombre del chaleco desabotonado, mencionado más arriba, levanta la mano derecha y muestra a la concurrencia un dedo ensangrentado. En su rostro de borracho puede leerse: «¡Me las pagarás, granuja!»; y el mismo dedo parece un signo de victoria. Ochumélov reconoce en ese hombre al orfebre Jriukin. En medio de la multitud, con las patas delanteras separadas y todo el cuerpo tembloroso, está sentado el responsable del escándalo, un cachorro de galgo blanco con el hocico afilado y una mancha amarillenta en el lomo. Sus llorosos ojos expresan tristeza y pavor.
       —¿Qué pasa aquí? —pregunta Ochumélov, abriéndose paso entre el gentío—. ¿Qué es esto? ¿Qué estás haciendo con el dedo…? ¿Quién ha gritado?
       —Iba tranquilamente por la calle, excelencia, sin meterme con nadie… —empieza Jriukin, tosiendo en el puño—. Para tratar de la leña con Mitra Mítirch; de pronto, este canalla, sin razón alguna, me mordió el dedo… Perdóneme, pero soy un trabajador… Mi actividad requiere una gran minuciosidad. Quiero que me paguen, porque tal vez no pueda mover el dedo en una semana… En ninguna parte está escrito, excelencia, que haya que aguantar que estas bestias… Si todos se ponen a morder, más valdría no vivir en este mundo…
       —¡Hum…! Está bien… —dice Ochumélov con aire severo, tosiendo y moviendo las cejas—. Está bien… ¿De quién es este perro? Las cosas no van a quedar así. ¡Os voy a enseñar a dejar sueltos a los perros! ¡Ya es hora de ocuparse de esos señores que no quieren respetar las ordenanzas! ¡Cuando le haya puesto una multa a ese miserable sabrá lo que significa dejar en plena calle un perro o cualquier otro animal! ¡Se va a enterar de quién soy yo…! ¡Yeldirin! —dijo, dirigiéndose al agente—. ¡Encuentra al propietario de este perro y levanta el atestado! ¡Y al perro hay que sacrificarlo! ¡Ahora mismo! Seguro que tiene la rabia… ¿De quién es este perro? ¿Es que no me oís?
       —¡Me parece que es del general Zhigálov! —grita alguien entre la multitud.
       —¿Del general Zhigálov? Hum… Ayúdame a quitarme el capote, Yeldirin… ¡Hace un calor insoportable! Seguro que va a llover… Sólo hay una cosa que no entiendo: ¿cómo ha podido morderte? —dice dirigiéndose a Jriukin—. ¿Acaso puede llegarte al dedo? ¡Con lo pequeño que es y el corpachón que tú tienes! Seguro que te has arañado el dedo con un clavo y luego se te ha ocurrido la idea de sacar provecho. ¡Te… conozco muy bien! ¡Os tengo muy calados a todos, demonios!
       —Le ha puesto un cigarrillo en el hocico para divertirse, excelencia, y el perro, que no es tonto, le ha mordido… ¡Siempre está armando líos, excelencia!
       —¡Mientes, tuerto del demonio! No has visto nada, así que ¿por qué mientes? Su excelencia es un hombre inteligente y sabe quién miente y quién habla en conciencia, como delante de Dios… Si miento, que sea el juez de paz quien lo diga. En sus leyes está escrito… Hoy día todos somos iguales… Un hermano mío es gendarme… por si quieren saberlo…
       —¡Nada de comentarios!
       —No, no es del general… —observa el agente, sumido en profunda meditación—. El general no tiene perros así. Casi todos los suyos son perros de muestra…
       —¿Estás seguro?
       —Completamente, excelencia…
       —Ya lo sabía. El general tiene perros caros, de raza, mientras que éste… ¡el diablo sabe lo que es! No tiene pelo, ni prestancia… Es una birria… ¿Cómo va a tener un perro así? ¿Dónde tenéis la cabeza? Si un perro como éste apareciera en San Petersburgo o Moscú, ¿sabéis lo que pasaría? ¡No se pararían a ver lo que dice la ley, sino que lo matarían de inmediato! Tú has resultado herido, Jriukin, y no debes dejar que este asunto acabe así… ¡Hay que darle una lección! Ya es hora…
       —Aunque es posible que sea del general… —piensa en voz alta el agente—. No es algo que se lleve escrito en el hocico… El otro día vi uno parecido en su patio.
       —¡Es del general, no cabe duda! —dice alguien entre la multitud.
       —Hum… Ayúdame a ponerme el capote, amigo Yeldirin… Se ha levantado algo de viento… Tengo escalofríos… Llévalo a casa del general y pregunta si es suyo. Diles que lo he encontrado y que se lo envío… Y añade que no lo dejen suelto por la calle… Puede que sea un perro caro y, si cualquier cerdo le pone un cigarrillo en el hocico, no tardará mucho en echarse a perder. Un perro es un animal delicado… ¡Y tú, granuja, baja el brazo! ¡No hay razón, imbécil, para que enseñes el dedo! ¡La culpa la tienes tú!
       —Por ahí viene el cocinero del general. Vamos a preguntarle… ¡Eh, Prójor! ¡Ven aquí un momento, amigo! Échale un vistazo a este perro… ¿Es vuestro?
       —¡Qué dices! ¡Jamás hemos tenido un perro así!
       —Bueno, ya no hay necesidad de seguir preguntando —dice Ochumélov—. ¡Es un perro vagabundo! No tiene sentido seguir dándole vueltas al asunto… Si digo que es un perro vagabundo, es que es un perro vagabundo… Hay que acabar con él, eso es todo.
       —No es nuestro —continúa Prójor—. Es del hermano del general, que ha llegado hace unos días. Al general no le gustan los galgos. Es de su hermano…
       —¿Ha llegado el hermano del general? ¿Vladímir Ivánich? —pregunta Ochumélov y una afectuosa sonrisa ilumina todo su rostro—. ¡Vaya por Dios! ¡Y yo sin saber nada! ¿Ha venido de visita?
       —Así es…
       —Vaya por Dios… Echaba de menos a su hermanito… ¡Y yo sin saberlo! ¿Así que este perro es suyo? Estupendo… Cógelo… Menudo ejemplar… Es muy vivaracho… ¡Le ha dado un mordisco en el dedo a ése! ¡Ja, ja, ja! Bueno, ¿por qué tiemblas? Rrr… rr… Está enfadado el muy bribón… Qué cachorro más bonito…
       Prójor llama al perro y se aleja con él del almacén de madera… El gentío se ríe a carcajadas de Jriukin.
      —¡Todavía tengo que ajustar cuentas contigo! —le dice Ochumélov, amenazándole, y, tras envolverse en su capote, sigue su camino por la plaza del mercado. https://www.literatura.us/idiomas/ac_meleon.html

Noches de invierno de Boris Pasternak

El viento azotaba la tierra entera,
por todos los confines.
En la mesa ardía una vela,
una vela ardía.

Igual que los enjambres de palomillas
buscaban las llamas durante el estío,
los blancos copos desde el patio
volaban hasta la ventana.

En los vidrios la borrasca
esculpía flechas y estrellas
y en la mesa ardía una vela,
una vela ardía.

En el cielo raso iluminado
las sombras se tendían,
cruce de manos, cruce de piernas,
destinos cruzados.

En el piso, estruendosos,
dos botines cayeron.
Desde el candelero en lágrimas
la vela en el vestido goteaba.

Todo se perdía en la bruma
canosa y blanca de la nieve.
En la mesa ardía una vela,
una vela ardía.

Del rincón avienta hacia la vela
y el ardor de la tentación
alzó, como un ángel, dos alas
formando una cruz.

El viento azotó todo el mes de febrero
y una y otra vez
sobre la mesa ardía una vela,
una vela ardía.

1946

http://cosastanpasajeras.blogspot.com/2005/09/boris-pasternak.html

El duende del bosque de Vladimir Nabokov

Yo trataba, pensativo, de encerrar entre mis trazos la silueta vacilante de la sombra circular del tintero. En un cuarto lejano un reloj dio la hora, mientras que yo, soñador como soy, me imaginé que alguien llamaba a mi puerta, suave al principio, luego más y más fuerte. Llamó doce veces y se detuvo expectante. 
—Sí, aquí estoy, pase… 
El pomo de la puerta crujió tímidamente, la llama de la vela ya gastada se ladeó un tanto, y él entró a saltos desde un rectángulo de sombra, jorobado, gris, cubierto con el polen de la helada noche estrellada. 
Conocía su rostro. ¡Lo conocía desde tanto tiempo atrás! 
Su ojo derecho seguía en la sombra, pero el izquierdo me escrutaba temerosamente, alargado, verde humo. ¡La pupila brillaba como si estuviera oxidada… aquel mechón gris de musgo de su sien, la ceja de pálida plata apenas visible, la cómica arruga junto a su boca sin bigote —todo ello intrigaba y molestaba un punto a mi memoria! 
Me levanté. Él dio un paso adelante. 
Su abriguito raído estaba abotonado al revés, como los de las mujeres. En la mano llevaba una gorra, no, era un fardo mal atado de color oscuro, y no había la más mínima señal de una gorra… 
Sí, claro que lo conocía, incluso le había tenido un cierto aprecio, pero sencillamente no conseguía recordar dónde ni cuándo nos habíamos conocido. Y debíamos habernos visto con frecuencia, de otra manera no tendría aquel firme recuerdo de sus labios de arándano, de aquellas orejas puntiagudas, de aquella nuez tan divertida… 
Con un murmullo de bienvenida estreché su fría mano, tan ligera, y luego la posé en el dorso de un sillón raído. Él se encaramó como un cuervo en el tocón de un árbol y empezó a hablar apresuradamente. 
—Dan tanto miedo las calles. Por eso vine. Vine a visitarte. ¿Me reconoces? En otros tiempos tú y yo solíamos retozar y jugar juntos durante días enteros. En nuestro viejo país. ¿No me dirás que te has olvidado? 
Su voz me cegó, literalmente. Me encontré turbado y aturdido: recordé la felicidad, la felicidad reverberante, interminable, irreemplazable… 
No, no puede ser. Estoy solo… es tan sólo un delirio antojadizo. Y sin embargo había alguien sentado junto a mí, un ser de carne y hueso totalmente inverosímil, con botines alemanes de largas vueltas, y su voz tintineaba, susurraba —dorada, voluptuosamente verde, familiar—, mientras que las palabras que pronunciaba eran tan sencillas, tan humanas… 
—Ya, ya te acuerdas. Sí, soy un duende del bosque, un gnomo travieso. Y aquí estoy, me han obligado a huir, como a todos los demás. 
Suspiró profundamente, y volvieron a mi mente visiones de agitados nimbos y también frondosas sierpes de arrogante follaje, y vivos destellos de corteza de abedul como salpicaduras de espuma marina, contra el fondo de un dulce zumbido perpetuo… Se inclinó hasta mí y me miró con dulzura a los ojos. «¿Recuerdas nuestro bosque, los abetos tan negros, los abedules tan blancos? Lo han talado entero. El dolor fue insoportable, vi cómo caían crepitando mis queridos abedules ¿y qué podía hacer yo? Me empujaron a los pantanos. Lloré y aullé, troné como un avetoro, luego me fui corriendo a un bosque de pinos vecino. 
»Y allí languidecía sin parar de sollozar. Apenas me había acostumbrado al mismo cuando se acabaron los pinos, ya sólo quedaban cenizas azulencas. Me vi obligado a marchar. Me encontré un bosque, un bosque maravilloso, espeso, oscuro, fresco. Pero de alguna manera no era lo mismo. En los viejos tiempos jugueteaba desde el alba hasta que el sol se ponía, silbaba con furia, aplaudía sin cesar, aterrorizaba a los paseantes. Tú te acuerdas bien, en una ocasión te perdiste en un oscuro escondrijo de mis bosques, tú y un vestidito blanco, y yo me divertí anudando los senderos, dando vueltas a los troncos de los árboles, haciendo guiños en el follaje. Me pasé toda la noche disponiendo mis engaños. Pero todo lo que hacía era para divertirme, era un puro juego, por más que me maldijerais. Pero ahora tuve que volverme serio, porque mi nueva residencia no era un lugar divertido. Noche y día crepitaban en mi entorno todo tipo de cosas extrañas. Al principio pensé que otro duende se agazapaba por allí; le llamé, escuché. Algo crepitaba junto a mí, algo había que retumbaba… Pero no, no eran los ruidos que nosotros hacemos. En una ocasión, a la caída de la tarde, salté hasta un claro del bosque ¿y qué vi allí? Gente por el suelo, algunos de espaldas, otros caídos de bruces. Bueno, pensé, los despertaré, ¡voy a ponerlos en movimiento! Y empecé a trabajar batiendo las ramas, bombardeándoles con piñas, ululando, susurrando… Trabajé así durante una hora entera, sin conseguir nada. Luego miré detenidamente y me quedé horrorizado. Un hombre tenía la cabeza separada del cuerpo y sólo los unía un frágil hilo carmesí. El otro tenía una colonia de gusanos por estómago… No pude soportarlo. Di un aullido, salté por los aires, y empecé a correr. 
»Durante mucho tiempo estuve vagando por diferentes bosques, pero no encontraba la paz. O bien era la inmovilidad completa, pura desolación, mortal aburrimiento, o un horror tal que es mejor ni pensar en ello. Finalmente me decidí a transformarme en un rústico, un mendigo con su mochila, y me fui para siempre. ¡Adiós Rusia! Y entonces un espíritu amigo, el duende de las aguas, me ayudó. El pobre tipo también andaba huyendo. No salía de su asombro, no hacía sino decir: «¡Qué tiempos nos han tocado vivir, qué calamidad!». Porque, aunque en los viejos se divirtió tendiendo trampas a las gentes, seduciéndolas hasta sus profundidades de agua (¡y vaya que si era hospitalario!), cuando las tenía allí abajo las mimaba y consentía en el fondo dorado del río. ¡Qué maravillosas canciones les cantaba para embrujarles! Ahora, dice, sólo llegan por el agua hombres muertos, flotando en grupos, muchos, y el agua del río es como la sangre, espesa, caliente, pegajosa y ya no puede respirar… Por eso me llevó consigo. 
»Fue a llamar a la puerta de un mar lejano, y me asentó en una costa nubosa. «Vete, hermano, búscate una espesura amiga.» Pero no encontré nada, y acabé en esta espantosa ciudad de piedra extranjera. Y así fue que me convertí en humano, con el atuendo completo, cuello duro y botines, e incluso he aprendido a hablar como vosotros…» 
Se quedó en silencio. Sus ojos relucían como hojas húmedas, tenía los brazos cruzados, y a la luz vacilante de la vela que se ahogaba, le brillaban unos mechones pálidos peinados a la izquierda. 
«Sé que también tú languideces —su voz rielaba de nuevo—, pero tu nostalgia, comparada con la mía, tempestuosa, turbulenta, no es sino la respiración acompasada de quien duerme tranquilo. Piensa en eso: no queda nadie de nuestra tribu en Rusia. Algunos de nosotros nos fuimos en remolinos como espirales de niebla, otros se dispersaron por el mundo. Nuestros ríos maternos están melancólicos, ya no hay manos retozonas que jueguen a chapotear con los rayos de luna. Las campánulas que el azar ha querido conservar, las que han logrado escapar a la guadaña, están silenciosas, los gusli azul pálido que en tiempos servían a mi rival, el duende de los campos, para sus canciones, también permanecen en silencio. El duende del hogar, desaliñado y cariñoso ha abandonado con lágrimas en los ojos tu casa humillada y envilecida y los bosquecillos se han marchitado, aquellas arboledas patéticamente luminosas, mágicamente sombrías… 
»Rusia, nosotros éramos Rusia, ¡tu inspiración, tu belleza insondable, tu magia secular! Y nos hemos ido todos, desaparecidos, empujados al exilio por un agrimensor loco. 
»Amigo mío, moriré pronto, dime algo, dime que me quieres, a mí, un fantasma sin hogar, ven siéntate a mi lado, dame la mano…». 
La vela chisporroteó y se apagó. Unos dedos fríos me tocaron la mano. Oí la vieja risotada de melancolía, tan conocida, que repicó una vez antes de callarse. 
Cuando di la luz no había nadie en el sillón… ¡Nadie!… No quedaba nada en el cuarto sino un aroma maravillosamente sutil de abedul, de húmedo musgo… 

https://www.cuentocuentos.org/cuento-adulto/1261/el-duende-del-bosque.html

Dos exploradores de Gabriel García M

Dos exploradores lograron refugiarse en una cabaña abandonada, después de haber vivido tres angustiosos días extraviados en la nieve. Al cabo de otros tres días, uno de ellos murió. El sobreviviente excavó una fosa en la nieve, a unos cien metros de la cabaña, y sepultó el cadáver. Al día siguiente, sin embargo, al despertar de su primer sueño apacible, lo encontró otra vez dentro de la casa, muerto y petrificado por el hielo, pero sentado como un visitante formal frente a su cama. Lo sepultó de nuevo, tal vez en una tumba más distante, pero al despertar al día siguiente volvió a encontrarlo sentado frente a su cama. Entonces perdió la razón. Por el diario que había llevado hasta entonces se pudo conocer la verdad de su historia. Entre las muchas explicaciones que trataron de darse al enigma, una parecía ser la más verosímil: el sobreviviente se había sentido tan afectado por su soledad que él mismo desenterraba dormido el cadáver que enterraba despierto.
paisajes-rrftt-nieve-peter-zeglis

Tomado del Fb la imagen del Google

Berenice de Edgar A. Poe

La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.

Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiar naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.

Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.

En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre… ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad (una enfermedad fatal) cayó sobre ella mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.

Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligida y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.

Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.

Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.

Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.

Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.

En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.

Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.

¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.

La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!

El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.

Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.

Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?

En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?

Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.

Edgar Allan Poe (1809-1849)

berenice

http://elespejogotico.blogspot.com/2007/12/relatos-de-vampiros-berenice.html

Carrera inconclusa Amroce Bierce

James Burne Worson era zapatero, habitante de Leamington, Warwickshire, Inglaterra. Era propietario de un pequeño local, en uno de esos pasajes que nacen de la carretera a Warwick. Dentro de su humilde círculo, lo estimaban hombre honesto, aunque algo dado (como tantos de su clase en los pueblos ingleses) a la bebida. Cuando se emborrachaba, solía comprometerse en apuestas insensatas. En una de tales ocasiones, harto frecuentes, se ufanaba de sus hazañas como corredor y atleta, lo que tuvo como resultado una competición contra natura. Apostaron un soberano de oro, y se comprometió a hacer todo el camino a Coventry corriendo ida y vuelta; se trata de una distancia que supera las cuarenta millas. Esto fue el 3 de septiembre de 1873. Partió de inmediato; el hombre con quien había hecho la apuesta -no se recuerda su nombre-, acompañado por Barham Wise, lencero, y Hamerson Burns, creo que fotógrafo, lo siguió en su carro o carreta ligera.
Durante varias millas, Worson anduvo muy bien, a paso regular, sin fatiga aparente, porque poseía, en verdad, gran poder de resistencia, y no estaba tan intoxicado como para que tal poder lo traicionara. Los tres hombres, en su carruaje, lo seguían a escasa distancia, y, ocasionalmente, se burlaban amistosamente de él o lo estimulaban, según se los imponía el ánimo. Súbitamente -en plena carretera, a menos de doce yardas de distancia, y mientras todos lo estaban observando- el hombre pareció tropezar. No cayó a tierra: desapareció antes de tocarla. Jamás se halló rastro de él.
Tras permanecer en el sitio y merodearlo, presa de la irresolución y la incertidumbre, los tres hombres regresaron a Leamington, narraron su increíble historia, y fueron, al fin, puestos a buen recaudo. Pero gozaban de buena reputación, siempre se los había juzgado sinceros, estaban sobrios en el momento del hecho, y nada conspiró jamás para desmentir el relato juramentado de su extraordinaria aventura; éste, no obstante, provocó divisiones de la opinión pública en todo el Reino Unido. Si tenían algo que ocultar eligieron, por cierto, uno de los medios más asombrosos que haya escogido jamás un ser humano en su sano juicio.

corredor

Una anotación en el libro Anna Ajmátova

UNA ANOTACIÓN EN EL LIBRO

 Lo que entregaste – es tuyo.
Shota Rustaveli

Desde qué ruinas hablo,
desde qué derrumbe grito,
ardo como si fuera cal
en las hediondas bóvedas.

Fingiré que soy un invierno silencioso
cerraré la puerta para siempre,
y sin embargo reconocerán mi voz,
y le creerán de nuevo.

Leningrado, 1959

http://animalesenbruto.blogspot.com/2018/02/anna-ajmatova.html

El día del opríchnik de Vladimir Sorokin.

Título original: День опричника – Den’ oprichnika
Vladimir Sorokin, 2006
Traducción: Yulia Dobrovolskaia y José María Muñoz Rovira
***
A Grigory Lukiánovich Skuratov-Belskiy
Apodado Maliuta

El sueño es el de siempre: ando por la ilimitada campiña rusa, que se extiende en sucesivos horizontes; veo al corcel blanco en lontananza, voy hacia él, lo presiento incomparable, el caballo de todos los caballos, bello, presto, de pie ligero; por mucho que me afane, no consigo alcanzarlo, acelero el paso, silbo, grito, lo llamo… De repente comprendo que en ese corcel está toda mi vida, toda mi suerte, toda mi esperanza, que lo necesito como el aire, corro, corro, corro tras él, y él, como siempre, se aleja pausado, impasible, sin hacer caso de nada ni de nadie, se va para siempre, se va de mí y de mi destino, se va por los siglos de los siglos, irremisiblemente, se va, se va, se va…
Me despierta mi parlante:
Latigazo: grito.
Otro latigazo: gemido.
Tercer latigazo: estertor.
Lo grabó Poyarok en la Intendencia Secreta mientras le apretaban las tuercas al gobernador de la región del Lejano Oriente. Esa música despertaría a un muerto.
—Komyaga a la escucha —digo acercando el frío parlante al oído todavía cálido del sueño.
—Salve, Andréy Danílovich. Korostylev al habla —brota la voz del viejo subalterno de la Intendencia de Asuntos Foráneos y, en un santiamén, al lado del parlante, en el aire, se me aparece su jeta bigotuda y nerviosa.
—¿Qué se te ofrece tan temprano?
—Me permito recordarle que esta noche se celebra la audiencia real con el embajador albano. Se mantiene convocada, pues, la docena circundante.
—Ya estaba al tanto —gruño irritado, aunque a decir verdad se me había olvidado por completo.
—Lamento importunarlo, pero debía ratificárselo. Lo manda el reglamento.
Dejo el parlante en la mesita. ¿A santo de qué viene el auxiliar diplomático a recordarme el consabido protocolo? Ah, sí… Olvidaba que los de embajadas se estrenaron hace poco como cooficiantes del lavatorio de manos. Sin abrir los ojos, me siento en el borde de la cama con las piernas colgando y, de un respingo, trato de sacudirme la resaca. Busco a tientas la campanita, la agito. Del otro lado de la pared se oye cómo Fedka salta del banco de la estufa, trajina, hace tintinear los platos. Yo sigo sentado con la cabeza gacha, todavía no preparada para despertarse: ayer otra vez tuve que agarrarme una buena pese a que había jurado beber y aspirar sólo con los míos, como es de rigor. Noventa y nueve reverencias en la catedral de la Dormición, preces a San Bonifacio… ¡Al carajo con todo! No iba a hacerle un desaire al eminente y sabio consejero Kirill Ivánovich, en cuya compañía tanto aprendo. Yo, a diferencia de Poyarok o Sivolay, valoro la virtud de la inteligencia. Jamás me cansaría de escuchar las palabras omniscias de Kirill Ivánovich. Lástima que éste, sin farlopa, sea poco locuaz…
Entra Fedka:
—Salve, Andréy Danílovich.
Abro los ojos.
Fedka trae la bandeja. Y esa jeta suya de todas las mañanas, ajada y descompuesta. En la bandeja, el surtido habitual de una mañana de resaca: un vaso de kvas blanco, una medida de vodka, medio vaso de salmuera de repollo. Trago la salmuera. Me pica la nariz y se me contraen los pómulos. Respiro hondo y me echo el vodka entre pecho y espalda de un solo trago. Suben las lágrimas emborronando la jeta de Fedka. Ya recuerdo casi todo: quién soy, dónde estoy, para qué. Dilato los pulmones aspirando con cautela. Del vodka paso al kvas. Transcurre el minuto de la Gran Inmovilidad. Eructo fuerte, con un gemido de las entrañas, me enjugo las lágrimas. Y ya me acuerdo de todo.
Fedka retira la bandeja e, hincado de rodillas, me ofrece la mano. Me sirvo de ella para levantarme. Por la mañana, huele Fedka aún peor que por la noche. Es la verdad de su cuerpo y no la puedes esquivar. No es algo que se cure con azotes. Estirándome y gimiendo camino hacia el iconostasio, prendo la lamparita, me arrodillo. Musito las plegarias matutinas, hago las reverencias preceptivas. Fedka, detrás, bosteza y se santigua.
Después de rezar, me incorporo apoyándome en Fedka y me encamino al cuarto de baño. Me lavo la cara con el agua recién sacada del pozo, en la que aún se aprecian los trocitos de hielo, y me miro al espejo y él me mira a mí con el rostro ligeramente hinchado, las aletas de la nariz cubiertas de vetas azules, el pelo desgreñado y, en las sienes, las primeras canas, demasiado tempranas para mi edad. Gajes del oficio, qué remedio. Pesa mucho la causa del Estado…
Descargados el vientre y la vejiga, me sumerjo en la pila de hidromasaje, pongo el programa en marcha, reclino la nuca en la templada y confortable cabecera. Miro hacia arriba, al techo pintado donde unas doncellas recogen cerezas en un jardín. Contemplo sus piernas arremangadas, sus cestos llenos de fruta madura. La idílica estampa transmite sosiego. Mientras, el agua sube, se hincha de aire, bulle en torno a mi cuerpo. El vodka por dentro y la espuma por fuera me restituyen poco a poco la lucidez. Al cabo de un cuarto de hora, cesa el borbollón. Remoloneo un rato más antes de pulsar el botón que hace venir a Fedka con la toalla y la bata. Entra y me ayuda a salir, me envuelve con la toalla, me abriga con la bata. Prosigo hasta el comedor. Allí Taniushka ya ha dispuesto el desayuno. En la pared del fondo, me aguarda la burbuja de noticias. Le ordeno en voz alta:
—¡Novedades!
La burbuja se enciende, tornasola con la bandera azul-blanca-roja de la Patria y el águila bicéfala dorada mientras tañen las campanas de la iglesia de Iván el Grande. Sorbiendo té con frambuesa, atiendo a los partes: en la zona norcaucásica del Muro de Meridión, sale otra vez a la luz el latrocinio de funcionarios y miembros de las asambleas; el Tubo del Lejano Oriente seguirá cerrado hasta que se reciba el suplicatorio de los japoneses; los chinos amplían sus colonias en Krasnoyarsk y Novosibirsk; continúa el proceso de la Eraria contra cambistas y agiotistas en los Urales; los tátaros construyen un palacio inteligente para el Aniversario de Su Majestad; los carcamales de la Academia Curanderil acaban los estudios sobre el genoma del envejecimiento; los Citaristas de Murom ofrecerán dos conciertos en Moscú; el conde Trifon Bagratiónovich Golitsin ha dado una paliza a su joven esposa; durante todo enero no se azotará en la plaza Sennaya de San Petrogrado; el rublo se ha fortalecido en relación con el yuan en otro medio kópek…
Taniushka sirve pastel de requesón, nabo al vapor con miel, jalea. A diferencia de Fedka, Taniushka es hermosa y fragante, agradable como el frufrú que hacen sus faldas mientras se mueve discreta y hacendosa por la estancia.
El té fuerte y la jalea de arándano rojo me devuelven a la vida definitivamente. Aflora el sudor salvífico. Taniushka me entrega un paño bordado por ella misma. Seco mi rostro, me levanto de la mesa, me santiguo, doy gracias a Dios por el alimento.
Es hora de atender a los quehaceres.
El barbero a domicilio ya espera en el guardarropa. Voy hacia allá. El rechoncho Sansón me invita reverencioso y sin mediar palabra a tomar asiento ante los espejos, me masajea la cara, me frota el cuello con aceite de lavanda. Sus manos, igual que las de todos los barberos, son poco agradables. Pero discrepo por principios con el cínico de Mandelshtam: el poder no es para nada «aborrecible como las manos del barbero». El poeta no tenía razón. El poder es seductor y atractivo como el seno de la costurera virgen. Y en cuanto a las manos del barbero, hay que resignarse, qué le vamos a hacer si no compete a las hembras afeitar nuestras barbas. Sansón echa en mis mejillas la espuma de un frasco naranja, marca Gengis Khan, la extiende con sumo cuidado, sin tocar mi barba estrecha y bella, toma la navaja de afeitar, la afila sobre el cinturón, apunta, encogiendo el labio inferior, y empieza de manera suave y regular a retirar la espuma de mi rostro. Me miro. Las mejillas ya no están muy lozanas. En estos dos años he adelgazado medio pud. Las ojeras han devenido crónicas. Ninguno de nosotros duerme nunca lo suficiente. Y la noche pasada no ha sido una excepción.
Tras cambiar la navaja por la máquina eléctrica, Sansón retoca diestramente esa isla en forma de hacha que es mi barba.
Compasivo, le guiño un ojo a mi reflejo: «¡Buenos días, Komyaga!».
Las manos poco agradables aplican sobre mi rostro un paño caliente impregnado en menta. Sansón seca mi cara a conciencia, da colorete a las mejillas, riza el tupé, no escatima en polvos dorados, me coloca en la oreja derecha el pesado pendiente de oro: la campanilla sin badajo. Estos pendientes los llevan sólo los nuestros. Ninguna chusma o casta habida o por haber, ni los aristócratas destripaterrones, los hidalgos provincianos y demás alcurnia de medio pelo, ni los chupatintas y leguleyos de palacio y negociado, ni los alguaciles, arcabuceros y el resto de la morralla armada, ni aun los mismísimos caballeros boyardos, se atreverían a lucir, siquiera para una mascarada navideña, nuestra campanilla distintiva.
Sansón rocía mi cabello con Manzana Salvaje, mi esencia favorita, se inclina sin pronunciar palabra y se retira: ha hecho su trabajo de barbero. Enseguida reaparece Fedka, y aunque su jeta sigue tan arrugada como antes, ya ha tenido tiempo para cambiar de camisa, cepillarse los dientes y lavarse las manos y ahora está listo para el proceso de vestirme. Acerco la palma de mi mano a la cerradura del vestidor. Pitan los herrajes, parpadea el piloto de luz roja, la puerta de roble se desplaza hacia un lado y me descubre el mismo estimulante panorama de cada mañana, mis dieciocho trajes alineados. Hoy es un día ordinario, laborable. O sea: ropa de faena.
—Oficial —le indico a Fedka.
Extrae la vestidura del armario, me viste: los paños menores, blancos, ornados con cruces, la camisa roja con el cuello de tirilla, la casaca de brocado con el ribete de marta, bordada de oro y plata, los calzones de terciopelo, las botas de cordobán bermejo. Por encima de la casaca, Fedka me pone el caftán negro, de paño tosco y acolchado y faldón largo.
Tras un rápido vistazo al espejo, vuelvo a cerrar la puerta de roble.
Voy al recibidor, miro el reloj: 8.03. Voy bien de tiempo. En el recibidor ya me esperan para despedirme la niñera con el icono de San Jorge y Fedka, que trae la gorra y el cinturón. Me encasqueto la gorra de terciopelo negro con ribete de cibelina, dejo que me ciñan el ancho cinturón de cuero. A la izquierda va el puñal en su funda de cobre, a la derecha, el Rebroff en la pistolera de madera. La niñera, mientras tanto, me bendice:
—¡Andréy, que la Santa Madre, el santo Nicolás y todos los startsi del monasterio Óptina te guarden!
Tiembla su barbilla puntiaguda, sus ojillos azules lagrimean desbordados de emoción. Me santiguo, beso el icono de San Jorge. La niñera mete en mi bolsillo la plegaria «Al amparo del Altísimo, a la sombra del Poderoso» bordada con hilo dorado sobre cinta negra por las madres del monasterio Novodevichiy. Sin esta plegaria nunca acometo mis empresas.
—Victoria sobre los enemigos… —murmura Fedka santiguándose.
Desde el aposento trasero se asoma Anastasia: sarafan rojiblanco, la trenza castaña clara por encima del hombro derecho, los ojos de color esmeralda. El rubor de su rostro denota su desazón. Baja la vista, se inclina apresuradamente y, ahogando los sollozos, desaparece tras la jamba de roble. La despedida de la doncella despierta instantáneamente el embate en el corazón: la ardiente oscuridad de la otra noche se ha abierto de par en par, ha revivido con el dulce gemido en los oídos, con el cuerpo joven y cálido apretándose contra mí, y ahora hierve en mis venas.
Pero el trabajo es lo primero, y hoy hay trabajo en abundancia. Sólo faltaba ese embajador albano…
Salgo al zaguán. Allí ya se ha alineado toda la servidumbre: pastoras, cocinera, chef, barrendero, perrero, guarda, ama de llaves:
—¡Salve, Andréy Danílovich!
Me dedican una profunda reverencia que yo correspondo con un leve asentimiento de cabeza al pasar. Crujen las tarimas. Abren la puerta forjada. Salgo al patio. El día es soleado y gélido a la vez. La noche ha traído nieve y ha dejado su rastro en los abetos, encima de la valla, en la torre de vigilancia. ¡Bueno es que se acumule nieve! Cubre las vergüenzas de la tierra. Y gracias a ella el alma se hace más limpia.
Entornando los ojos bajo el sol repaso el patio con la mirada: granero, establo, cuadra: todo adecuado, sólido y en orden. Se desprende de la cadena el perro lanudo, aúllan los galgos en la perrera detrás de la casa, canta el gallo en el corral. El patio está limpio, barrido, rastrillado, la nieve arrinconada con esmero, los montones parecen roscones de Pascua. En la puerta está mi Mercedes orondo y reluciente, de color escarlata, como el de mi camisa. El sol arranca destellos de la cabina transparente. Timoja, el mozo de cuadra, espera junto a él con la cabeza de perro en la mano, y en cuanto llego se inclina ante mí:
—¿Da su visto bueno, Andréy Danílovich?
Me muestra la cabeza para el día de hoy: de perro lobo peludo, con los ojos girados, la lengua tocada por la escarcha, los dientes amarillos, fuertes. Sirve.
—¡Adelante!
Timoja sujeta hábilmente la cabeza al paragolpes del Mercedes e instala la escoba encima del baúl. Acerco la mano a la cerradura del Mercedes, el techo transparente se desliza. Me acomodo, medio tumbado, en el asiento tapizado de cuero negro. Me abrocho el cinturón, prendo el motor y se abren ante mí las puertas de la verja, las cruzo y avanzo raudo por el camino recto y estrecho flanqueado por el bosque de viejos abetos cubiertos de nieve. ¡Qué belleza! Buen sitio. Por el retrovisor veo alejarse mi finca. Buena casa, exclama mi alma. Tan sólo hace siete meses que vivo aquí y, sin embargo, la sensación es como si hubiese nacido y crecido aquí. Antes todo esto era propiedad de Gorojov Stepan, lugarteniente de un pez gordo de la Intendencia Eraria. Cuando, a raíz de la Gran Limpieza de Erarias, cayó en desgracia y se quedó al desnudo, le echamos mano a la finca. Durante aquel verano caliente rodaron varias cabezas erarias. A Bobrov y otros cinco compinches los arrastraron en una jaula de hierro por todo Moscú, luego los molieron a palos y los decapitaron en el Patíbulo. La mitad de los de Erarias fue desterrada más allá de los Urales. Tuvimos que aplicarnos a la tarea… Pronto le llegó el turno, pues, a Gorojov y, como es de rigor, para comenzar lo enchastramos hasta las cejas en estiércol, después le atiborramos la boca de billetes, se la cosimos, le metimos una vela en el culo y lo ahorcamos en las puertas de la finca. Se nos ordenó no ensañarnos con la familia, de manera que la desalojamos de su heredad, que luego me fue legada por quien de todo es el único dueño. Justo es nuestro Soberano, gracias a Dios

https://ellaberintodelverdugo.blogspot.com/2015/05/la-nueva-narrativa-rusa-vladimir-sorokin.html

El precursor de Jordi Masó Rahola

El precursor
Ahora soy un escritor consagrado y estas cuestiones ya no me inquietan, pero cuando empezaba a abrirme camino en el mundo literario, cansado de oír a los críticos asociarme con determinados autores –mis «influencias evidentes», mis «referentes», insistían– me inventé un escritor que sería mi precursor: un romántico danés, Lars Haugaard (1849-1898). Si me preguntaban por un autor que me hubiera influido, siempre contestaba que «obviamente» Lars Haugaard, el estilista nórdico, el príncipe de las letras de Dinamarca, el bardo de Copenhague. Los sabiondos fruncían las cejas; los prudentes afirmaban con la cabeza; los ignorantes exclamaban: «¡Ah sí, Haugaard!». Pregonaba que mis libros no se entendían sin su magisterio, que yo siempre sería la sombra pálida de Haugaard. Le imaginé una obra (extensa), una biografía (trágica), una imagen (atormentada).
Con el tiempo, cuando me llegaron los honores, convertido yo en el referente de los jóvenes, Haugaard se difuminó. Le olvidé.
Pero hoy, casualmente, le he encontrado en Internet. Lars Haugaard: novelista y poeta danés. He encargado todos sus libros. Los espero, temeroso de haber sido su sombra pálida.
Tomado del Fb