Todos tienen premio de Emiliano Pérez C.

A la memoria del Jerry

Ella era bella y era buena.
Él era dulce y era triste.
Murieron del mismo dolor.
Perdónalos,
Perdónalos,
Perdónalos, Señor!

Pablo Neruda

Nadie me comprende. Por eso prefiero refugiarme aquí. Sí, aquí hay buenas compañías. El Maistro nunca me dice nada y deja que me lleve las revistas a mi casa, aunque tengo que esconderlas. Todos son mentirosos, pero tengo


muchísimos amigos: Tarzán, Batman, Supermán, Lulú… Todos ellos me gustan. Otros no, son para niños tontos. ¡Rolando el Rabioso! Es el que más me encanta. Otro poco, los Supersabios.
El Maistro es muy buena gente. Tampoco tiene amigos. Yo lo acompaño a traer los periódicos a la calle de Bucareli. Antes de tomar el camión nos sentamos un rato a ver cómo la niebla empieza a levantarse y el sol pinta de colores las nubes. Luego, cuando tenemos los paquetes, vamos a tomar atole y tamales calientitos frente a la iglesia de La Santísima.
Las putas no me gustan. A mi amigo Alfonso, que el otro día se detuvo a mirarlas, lo trataron muy mal. Dice que ellas son como yo: les gusta leer mucho, pero en horas de trabajo. Mi papá decía que cuando es a trabajar, a trabajar. Al Maistro igual lo trataron mal, pero con él fue diferente. “¿No vas, muñeco?”, le dijeron, y como no tenía dinero, nomás estaba mirando, le picaron un güevo con una aguja así, grande. Y otra vez, se enroñó. Por eso ellas no me gustan.
Mi mamá es muy extraña. Sale con su vitrina llena de gelatinas y no quiere que yo la acompañe. Siempre estoy solo. Alfonso también, pero él tiene un negocio de vaselinas, espejitos y pasadores con punta de goma. A su puesto llegan muchas muchachas. Dicen que es idiota. Pero no. Se parece a Pitoloco, el escudero de Rolando. Es muy trabajador. Quiere comprar una pistola para matar al Güero, el de la pollería. El Güero dice que se acostó con la hermana de Alfonso, la monja. Ella es vieja, cerca de cincuenta años, y siempre habla de Dios. Tiene dinero, porque al pollero varias veces le ha surtido el negocio y por eso Alfonso lo quiere matar. El Güero lo amenaza: dice que va a meterlo al manicomio. Se aprovecha porque la mamá de Alfonso no quiere a éste. Es que tiene cara de buena gente. A mí me da gusto como es. Dice que no le da miedo ir al manicomio, sino irse sin matar al pollero, y de paso a su hermana, la monja. La odia, aunque es de su familia.
El Güero es quien cobra las cuotas a los locatarios. Tiene dientes amarillos y ojos azules. Su cara es fea, arrugada. Posee mucha fuerza, aguanta hasta cien pollos en la espalda. Pero no quiere a Alfonso. El otro día le pegó y él tuvo que meterse bajo el mostrador; el pollero se burlaba y le decía: “Sal de ahí, perro sarnoso, sal de ahí.” Cuando se asomaba, el Güero hacía “¡buuuh!” Alfonso regresaba temblando a su escondite. El pollero es malo. Y no le gusta Rolando, sólo ve revistas de viejas encueradas. En los guáteres del mercado lo he visto hacerse una puñeta. Una vez me salpicó y se carcajeó.
La hija del Güero es bonita, igual a su padre en los ojos. Me gusta su risa; parece el arroyo que hay en el rancho de mi abuelito: es claro, de agua fresca y siempre corre, corre hasta allá, hasta el bosque. Y hay salamandras de manecitas transparentes. El bosque me gusta mucho. Con mi hermana íbamos a poner trampas para las ardillas. Mi hermana se murió el año pasado. Mi papá está en la cárcel, en las Islas. Dicen que mi hermana se murió a causa de mi padre. Ni mi mamá ni el Maistro ni Alfonso saben qué quiere decir “incesto”. Yo sí, pero no les digo.
Las gelatinas de mi mamá son riquísimas. Yo les ponía uvas, pasas y fresas grandes. Los flanes no me gustan, parecen caca. Mamá no quiere que le ayude porque pongo una uva y me como otra. Mi abuelito ya no vive. No le gustaba que amarráramos las ardillas. Era maestro rural y le faltaba un pie. Tenía el pelo blanco y nos leía cosas bonitas. Pero me gusta más lo de Rolando.
Juana, la hija de doña Práxedis, es muy caliente. La otra vez hizo que me acostara con ella. Pero no tiene chiste. Esconde unos pelos muy feos y le falta el pitirrín. Se enojó porque no le hice caso. Luz, la hija del Güero, sí es bonita. Es igual a mí. No tiene pelos ni pitirrín, pero cuando estamos solos le hago uno con una zanahoria y jugamos a los espadazos. Su cabello es largo, rubio. Cuando ríe, los ojos se le hacen chiquitos y en las mejillas se le hacen hoyuelos. Su papá dice que le gusto para yerno. Es porque no sabe que va a morir. Alfonso lo juró ahí, frente al altar del Señor de las Maravillas. Los hoyuelos de Luz se repiten en sus nalgas.
Ayer vimos una revista. Ni a Luz ni a mí nos gustó. Todos tienen pelos por todos lados y no saben hacerse el amor. A mí me agrada hacerlo con Luz, porque con Juana no. Si no tuviera vellos, tal vez. Pero es tonta. Su mamá dice que es una resbalosa y le grita que cuando quede panzona la correrá de la casa.
Luz no puede quedar panzona. El Maistro dice que eso sólo les pasa a las que reglan. A mí todavía no me salen mocos, por eso jugamos a gusto. Ella dice que siempre vamos a jugar. Le creo. Alfonso juega con nosotros algunas veces. También tiene pelos, pero desde que se metió con una puta ya no se le para. Ella le dijo que pagara por adelantado y lo calentó, pero a la hora de la hora lo dejó plantado. Él comenzó a hacerse una puñeta y quiso a fuerzas, pero la puta llamó al padrote y lo quitaron de encima cuando ya iba a terminar. Ya no se le para, nomás nos ve y aplaude. Su mamá dice que es tonto. No, lo que pasa es que es buena gente.
El puesto del Maistro es grande, pero no cabemos porque tiene montañas de cuentos y novelas. Las alquila o las cambia. Cuando llueve, el papel huele bonito y Luz y yo leemos bajo el mostrador. El Maistro es viudo. Su esposa murió hace tres años, cuando yo tenía nueve. Después, su casa se incendió y de las láminas de chapopote no quedó nada. Ni sus dos hijitos. Se murieron. Le pasó igual que a Pepe el Toro. Quizá por eso nunca habla. Entre todos tratamos de apagarla con tierra, porque agua no hay. De todas maneras murieron.
Luz ya va a la escuela. A mí me corrieron por burro. Le dijeron a mi mamá que tengo que ir a un centro especial. La maestra se enojó porque atrás de la escuela encontramos un nido de ratones. Luz fue y pidió alcohol en la Dirección. Como había llovido, a todos los pusimos en una lata de sardinas y en el patio del recreo se fueron navegando. Les habíamos rociado la piel y prendimos un cerillo. No les gustó. Saltaron de la lata y nadaron bastante, pero no alcanzaron la orilla del charco. Nos vio el conserje y tuvimos que correr. Luz sí escapó, pero yo caí en un hoyo de los que habían hecho para poner arbolitos. Estaba cubierto de agua y me hundí hasta el cuello. Luego, me expulsaron.
De la doctrina salí también porque me dormía o prestaba cuentos a los demás. La catequista me acusó con el padre y le entregó los cuentos de Rolando. Los rompió.
Nunca digo groserías, pero ese día se la menté. Se enojó mucho. Al otro día, con Alfonso y Luz le cobré las revistas rotas. A Luz le dio un coscorrón, a mí una patada en el culo y a Alfonso le mencionó el manicomio (como tiene que cumplir su promesa, no nos defendió). Otra mentada de madre, y a correr.
Ayer vi a Juana y Nemesio, el hijo del elotero, haciendo el amor sobre la taza del guáter, en el mercado. No saben. Luz y yo, sí. Primero, nos contemplamos desnudos bajo el mostrador, cuando el Maistro se ha ido. Luego buscamos qué hay de nuevo en nuestro cuerpo. Me empiezan a salir vellitos en los sobacos. A Luz se le está hinchando el pecho. Creo que le van a salir chiches. Después ella juega con mi pitirrín y yo le beso la pepa. Jugamos y jugamos hasta que me orino. Ella ríe. Cantamos un rato, nos dormimos y nos vamos. Pero ellos no saben. Hacen sus cosas rápido. Mi mamá tampoco sabe. Con mi papá, tal vez. Mi hermana, la que se murió, quién sabe. No lo creo. Era guapa, cuatro años mayor que yo. Mi papá llegaba borracho porque no tenía trabajo. Ahora me da gusto porque dicen que allá, en las Galletas, hay mucho quehacer.
Mi mamá vivió medio año con mi tía. Ella es solterona y mi mamá cuidaba su enfermedad, pero regresó al morir mi hermana. Las gelatinas que hace son ricas, los flanes no.
Hoy fue un día triste y alegre. Se murió doña Jova, la que vendía suertes. A Luz y a mí nos dejaba escogerlas, a los demás no. Veinte centavos por una bolsita. Luz siempre las palpaba y compraba las que traían anillos o cámaras de televisión. Eran espejos adentro de un cubo de madera o de papel manila. Con ellas podíamos ver sin que nos vieran. Los pies de Luz son bonitos y se ven mejor con los anillos que se pone en los dedos. Doña Jova nunca hablaba. Gritaba: “Vengan, niños, vengan por sus suertes. Todos tienen premio, todos tienen premio”. Eso era todo. La encontraron afuera de la pulquería Aquí me quedo. Dicen que venia de Mi ranchito. Estaba despatarrada y con su delantal vomitado. Tomó pulque con arsénico. Es extraño, porque nunca bebía. Para otros hoy será día triste también. Van a llorar.
Pero hoy fue un día triste y alegre. A Alfonso se le paró de nuevo. Andaba feliz. Vino y nos dijo al Maistro y a mí y a Luz. Luego fue y se metió al guáter, y quiso cogerse a Veva la frutera. Ella comenzó a gritar como los cerdos que mata el Gordoismael, el carnicero que a veces se acuesta con mi mamá. Llegaron los policías del mercado. No son tan malos. No se llevaron a Alfonso, aunque le rajaron el coco a macanazos. Y ya no se le ha parado de nuevo. Veva no terminó de miar.
El otro día, Alfonso me regaló unos espejos y unos listones para Luz. Ella se vio reflejada y lloró, tal vez porque es muy bonita. Tiramos los espejos. Son malos. Los listones, por si las dudas, los usamos como corbatas para las lagartijas que cogemos en las bardas. Su caca es negra y ovalada, con otra bolita blanca en un extremo.
Ya van a salir de la escuela. Luz y yo vamos a nadar al Chocolatito. Es un charco enorme, profundo. Atrapamos culebras de agua y catarinas. Es por acá, por el aeropuerto. Allí las lagartijas son más bonitas, con panza azul y traje de rayas amarillas. Con el moño rojo que les ponemos se ven mucho más bonitas y coquetas. El Maistro y Alfonso iban a venir, pero no han cumplido su tarea aquí y tienen que esperar. No nos denunciarán. Luz me acompaña y nos quedaremos a vivir siempre en el agua. Hay charales, quién quita y ellos nos comprendan. No sabemos nadar, pero doña Jova nos dará la bienvenida. Y aguardaremos a los demás.

La maleta de mi padre de Orhan Pamuk

Dos años antes de morir, mi padre me entregó una pequeña maleta llena con sus notas, manuscritos y cuadernos. Asumiendo su habitual aire bromista y escéptico, me dijo de repente que le gustaría que los leyera después de que se hubiera ido, o sea, después de su muerte.
–Échale un vistazo –me dijo ligeramente avergonzado–, a ver si hay algo que valga la pena. Quizá después de que me vaya puedas hacer una selección y publicarla.
Estábamos en mi estudio, entre libros. Mi padre daba vueltas mirando por ahí sin saber dónde dejar su maleta, como alguien que quiere librarse de un doloroso peso muy especial. Luego la colocó silenciosamente en un rincón donde no llamaba la atención. En cuanto pasó aquel inolvidable instante, que a ambos nos había avergonzado, nos relajamos volviendo a nuestros papeles habituales, a nuestras personalidades burlonas y cínicas de quienes se toman la vida con ligereza. Como siempre, hablamos de trivialidades, de la vida, de los interminables problemas políticos de Turquía y, sin entristecernos demasiado, de los negocios de mi padre, la mayor parte de los cuales terminaba siendo un fracaso.
Recuerdo que, después de que mi padre se fuera, estuve unos días dando vueltas alrededor de la maleta sin tocarla. Conocía desde niño aquella maleta pequeña de cuero negro, sus cierres y sus esquinas redondeadas. Mi padre la usaba cuando salía a algún viaje breve o cuando quería llevar algún peso a su oficina. Me acordaba de que cuando era pequeño, después de que mi padre regresara de algún viaje, me gustaba abrir la maleta y revolver sus cosas y aspirar los olores a colonia y a país extranjero que salían de su interior. Aquella maleta era un objeto conocido y atractivo que me traía muchos recuerdos del pasado y de mi infancia, pero ahora no podía ni tocarla. ¿Por qué? Por el misterioso peso de la carga que se ocultaba en su interior, por supuesto.
Voy a hablar ahora del significado de ese peso. Es el significado de lo que hace alguien que se encierra en una habitación, se sienta a una mesa, se retira a un rincón y se expresa con papel y pluma, o sea, el significado de la literatura.
Era incapaz de abrir la maleta de mi padre, ni siquiera me atrevía a tocarla; sin embargo, conocía algunos de los cuadernos que contenía. Había visto a mi padre escribiendo en ellos. No era la primera vez que notaba la carga de la maleta. Mi padre tenía una gran biblioteca, y en su juventud, a finales de los cuarenta, había querido ser poeta en Estambul y tradujo al turco a Valéry, pero no quiso vivir las penurias que entrañaban escribir poesía y llevar una vida dedicada a la literatura en un país pobre con pocos lectores. Su padre, mi abuelo, era un rico empresario y mi padre había vivido una niñez y una juventud muy cómodas, así que no quería afrontar las dificultades de la literatura, de la escritura. Amaba la vida con todas sus cosas buenas, y yo le comprendía.
La primera preocupación que me mantenía alejado del contenido de la maleta de mi padre era, por supuesto, el miedo a que no me gustase lo que leyera. Como mi padre lo sabía, había tomado sus precauciones asumiendo ese aire de no darle importancia a lo que contenía. Tras veinticinco años de vida como escritor, me había entristecido ver aquella actitud suya. Pero tampoco quería enfadarme con mi padre porque no se tomara lo bastante en serio la literatura… Mi verdadero miedo, lo que de veras no quería ni saber, era la posibilidad de que mi padre fuera un buen escritor. Ese miedo era el que me impedía abrir la maleta de mi padre. Porque si de ahí surgía verdadera gran literatura, tendría que aceptar que dentro de mi padre existía un hombre completamente distinto. Era algo aterrador. Porque, a pesar de mi edad, yo seguía queriendo que mi padre fuera solo mi padre, no un escritor.
Para mí, ser escritor es descubrir, luchando pacientemente durante años, la segunda persona que se esconde en el interior de uno y el universo que convierte a esa persona en lo que es. Y cuando me refiero a la escritura lo primero que se me viene a la mente no es la novela, la poesía ni la tradición literaria, sino alguien encerrado en una habitación y sentado a una mesa que se vuelve sobre sí mismo a solas y gracias a eso forja con palabras un nuevo mundo. Ese hombre, o esa mujer, puede escribir a máquina, puede aprovechar las facilidades que le ofrecen los ordenadores o, como yo, puede pasarse treinta años escribiendo a mano con una pluma sobre el papel. Mientras escribe puede tomar té o café, o fumar. A veces puede levantarse de su mesa y mirar por la ventana a los niños que juegan en la calle, a los árboles o al paisaje si tiene suerte, o bien a un muro oscuro. Puede escribir poesía, teatro o, como yo, novelas. Todas esas diferencias vienen después de la actividad principal, la de sentarse a una mesa y volverse pacientemente sobre sí mismo. Escribir es verter en palabras esa mirada hacia el interior, y estudiar con paciencia, obstinación y alegría un mundo nuevo según se va cruzando por el interior de uno mismo. Mientras pasan los días, los meses y los años y voy añadiendo lentamente palabras a la página en blanco sentado a mi mesa, siento que estoy construyendo para mí mismo un mundo nuevo, que extraigo de mi interior otra persona, como hacen quienes levantan un puente o una cúpula poniendo piedra tras piedra. Las palabras son las piedras para nosotros los escritores. Colocando palabras durante años, manoseándolas, sintiendo las relaciones que hay entre ellas, a veces mirándolas de lejos, a veces tocándolas con los dedos y con las puntas de nuestras plumas como si las acariciáramos y las sopesáramos, creamos nuevos mundos con obstinación, paciencia y esperanza.
En mi opinión, el secreto de la escritura no reside en una inspiración que nunca se sabe de dónde va a venir, sino en la obstinación y la paciencia. Me da la impresión de que ese hermoso dicho turco, «cavar un pozo con una aguja», se usa para escritores como yo. Me gusta la paciencia de Ferhat, que en las viejas leyendas atraviesa las montañas por amor, y la comprendo. Cuando en mi novela Me llamo Rojo hablaba de los antiguos ilustradores persas que memorizaban el mismo caballo a fuerza de dibujarlo durante años con pasión y que incluso llegaban a reproducir el hermoso animal con los ojos cerrados, sabía que también estaba hablando de la profesión de escritor, de mi propia vida. En mi opinión, para que el escritor sea capaz de contar lentamente su propia vida como si fuera la de otro y para que pueda sentir esa fuerza narrativa en su interior, debe entregarse durante años con toda su paciencia a este arte y oficio sentado a su mesa y conseguir un cierto optimismo.

La maleta

Donde florece el amor de Amos Oz

Y en donde por fin se revelan los secretos que han permanecido ocultos hasta este día, entre ellos el amor y otros sentimientos.

En la calle Zacarías, cerca de nosotros, vivía una niña llamada Esti. Por la mañana, sentado en la mesa de la cocina mientras desayunaba una rebanada de pan, susurraba para mis adentros: “Esti”.

A lo cual solía responder mi padre: “Anda, come y calla”.

Asimismo, de noche, decían de mí: “Este chiquillo está chiflado; ya ha vuelto a encerrarse en el cuarto de baño a jugar con el agua”.

Sólo que yo no estaba jugando con el agua, sino que, sencillamente, llenaba el lavabo y trazaba con el dedo su nombre sobre las ondas de la superficie. Algunas veces soñaba que Esti me señalaba por la calle y gritaba: “¡Al ladrón, al ladrón!”. Y yo me asustaba y echaba a correr, y ella me perseguía, todos me perseguían: BarKojba Sujovolsky y Goel Germansky y Aldo y Eli Weingarten, todos; la persecución se desarrollaba a través de solares vacíos y escombreras y patios traseros, por encima de verjas y de montones de chatarra oxidada, entre ruinas, por senderos, hasta que mis perseguidores empezaban a cansarse y poco a poco se quedaban rezagados, y al final sólo Esti y yo corríamos uno junto al otro, a punto de alcanzar los dos juntos algún lugar remoto, un alpendre quizá, o un lavadero, o el oscuro hueco de la escalera de una casa desconocida, y en ese punto el sueño se volvía a la vez dulce y terrible: me despertaba sobresaltado y lloraba, poco menos que de vergüenza. Escribí dos poemas de amor en el cuaderno negro que después perdiera en la arboleda de Tel Arza. Seguramente es mejor que lo perdiera.

Pero, ¿qué sabía Esti?

Esti no sabía nada. O bien sabía algo y quería saber más. Por ejemplo, una vez levanté la mano en clase de geografía y dije con autoridad:

El lago Jula es conocido también con el nombre de lago Sumji.

La clase entera, acto seguido, se echó a reír a mandíbula batiente y sin poder parar. Lo que dije era verdad. De hecho, era la verdad exacta; está en la enciclopedia. A pesar de lo cual, el profesor, el señor Shitrit, quedó un momento confuso y me pidió de mala manéra, muy malhumorado:

Sea usted tan amable de aducir los datos en que se basa su conclusión.

Pero la clase, ingobernable, gritaba a pleno pulmón:

Si., Sumji, demuéstralo, Sumji.

Mientras, el señor Shitrit se hinchó igual que un sapo, se puso colorado y bramó, como siempre:

¡Cállense todos! ¡Cállense! ¡No quiero oír ni el vuelo de una mosca!

Cinco minutos después, la clase se había calmado. Pero hasta el final del octavo curso me siguieron llamando Sumji. No tengo mayores motivos para contar todo esto. Sencillamente, quiero subrayar un detalle muy significativo, una nota que me envió Esti al final de aquella clase, que decía:

“Estás como una cabra. ¿Por qué siempre tienes que decir cosas que sólo te traen problemas? ¡Para de una vez!”

Tras esto, había doblado una de las esquinas de abajo, y había escrito con letra muy pequeña: “Pero no importa. E.”

Así pues, ¿qué sabía Esti?

Esti no sabía nada o, tal vez, algo sabía y quería saber más. Lo que es a mí, bajo ningún concepto me habría dado por esconder una carta de amor en su mochila, tal como hizo Eli Weingarten en la de Nurit, ni enviarle un mensaje a través de Raanana, el celestino de la clase, como hizo Tarzán Bamberger, también con Nurit. Muy al contrario, lo que yo hacía era esto: a la primera de cambio le jalaba las coletas o, en cuanto podía, le pegaba su bonito suéter blanco a la silla con un chicle.

¿Que por qué lo hacía? Pues porque sí. ¿Por qué no habría de hacerlo? Para enseñarle, para que se enterase. Y a punto estuve de retorcerle a la espalda sus delgados brazos, casi con toda la fuerza que pude, hasta que empezó a insultarme y arañarme, pues nunca aceptó rendirse. Eso es lo que le solía hacer. Y cosas peores. Fui yo quien le puso el mote de Clementine (por la canción que cantaban los soldados ingleses de los barracones Schneller, que en aquellos días estaban por todo Jerusalén: “Oh my darling, oh my darling, oh my darling Clementine!”). Las chicas de nuestra clase, por sorprendente que pueda parecer, no se lo tomaron a mal, y durante Januká, seis meses después, cuando todo había acabado, seguían llamando Tina a Esti. Tina, por Clementina (de Clementine, claro).

¿Y Esti? Tenía una sola palabra para mí, y me la echaba en cara en cuanto me veía, sin darme siquiera tiempo de empezar a molestar: “Piojo”, o bien: “Apestas”.

Una o dos veces, en el recreo, estuve a punto de hacerla llorar. Por eso tuve que aguantar el castigo que me impuso Jemdá, nuestra maestra, y lo aguanté como un hombre, con los labios bien apretados y sin quejarme.

Y de esta manera floreció el amor, sin acontecimientos notorios, hasta el día que siguió a la fiesta de Shavuot. Esti lloró por mi culpa en el recreo y yo por la suya en la noche.

En la muerte de Amos Oz de Ernesto Bustos Garrido

Un diario italiano tituló una noticia hace unos días, concretamente el 29 de diciembre de 2018, de la siguiente manera: “El escritor israelí Amos Oz falleció ayer a los 79 años (sin su merecido Nobel)”. La fuente de la noticia fue la propia hija del escritor, quien dijo que la causa fue un cáncer implacable que venía padeciendo desde hacía algunos años. “Murió en paz”, especificó Fania Oz-Salzberger, que así se llama la hija.
El intelectual había nacido en Jerusalén el año 1939. Oz, cuyo verdadero apellido era Klausner, siempre criticó la política sionista del estado israelí. Criticó su afán expansionista y el desprecio por el pueblo palestino. Sobre este tema publicó decenas y decenas de artículos y ensayos. Su cuentística también abordó el tema, intentando dejar constancia de que más allá de las rivalidades históricas, artificialmente agrandadas por los poderes fácticos, es posible la convivencia o al menos el diálogo prudente y respetuoso.
En 2005 a Amos Oz (Oz significa “coraje”) le entregaron el Premio Goethe y en el 2007 le fue concedido el premio Príncipe de Asturias de las Letras. En 2013 recibió el Premio Franz Kafka y en la última década siempre apareció como uno de los más firmes candidatos al Premio Nobel de Literatura. Lamentablemente, como les sucedió a muchos otros, se murió esperando. Sin embargo, en una entrevista Amos Oz dijo al respecto: “Creo que ya yo he tenido mi cuota de premios literarios, más de lo que me merezco. Prometo que si no recibo el Nobel, no me voy a morir insatisfecho”.
Al momento de su deceso vivía en Tel Aviv e impartía clases en la Universidad Ben Gurion. Viajaba continuamente a España para empaparse del gracejo andaluz. Era un pacifista, a pesar de que en 1967 fue movilizado con ocasión de la “Guerra de los Seis Días”. Seis años más tarde ocurrió lo mismo para la Guerra del Yom Kipur. De ambas experiencias salió convencido de que la guerra es un acto humano inútil. En 1978 fundó la organización “Paz Ahora”, que le valió severas críticas de los sectores ultra de Israel.
De su extensa obra se rescata su primer libro de cuentos titulado Chacales Howl, que fue publicado en 1965. Luego vendrían más relatos e historias. De sus novelas, las más conocidas son: Mi querido MijaelTocar el agua, tocar el vientoUna pantera en el sótanoEntre amigos, y Judas (la más reciente).
amos

García Lorca

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Por qué escribo de Orhan Pamuk

¡Escribo porque quiero hacerlo, con toda el alma! Escribo porque a diferencia de otros, no me siento a gusto con un trabajo común y corriente. Escribo para que libros como los míos sean escritos y para poderlos leer. Escribo porque estoy molesto con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me complace enormemente sentarme en un cuarto a escribir sin descanso. Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla. Escribo para que el mundo entero sepa cómo yo, cómo nosotros en Estambul y en Turquía hemos vivido y vivimos. Escribo porque amo el olor del papel, de la pluma y de la tinta. Escribo porque creo más en la literatura, en el arte de la novela, que en cualquier otra cosa. Escribo porque es un hábito, una pasión. Escribo porque tengo miedo de ser olvidado. Escribo porque me gusta la celebridad y toda la notoriedad que el escribir conlleva. Escribo para estar solo. Escribo en la esperanza de entender por qué estoy furioso con ustedes, con todos. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo para terminar de una vez por todas estas novelas, este texto, esta página que en algún momento comencé a escribir. Escribo porque todos esperan que escriba. Escribo porque tengo una fe infantil en la inmortalidad de las bibliotecas y en el lugar que mis libros tendrán en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo es increíblemente bello y maravilloso. Escribo porque gozo traduciendo en palabras toda la belleza y la opulencia de la vida. Escribo, no para contar historias sino para construir historias. Escribo para liberarme del sentimiento de que siempre existe un lugar al que -como en una pesadilla- jamás podré llegar. Escribo porque nunca he conseguido ser feliz. Escribo para ser feliz.

orhan

Orhan Pamuk: me llaman rojo.fragmentos.

Estoy muerto …cuando uno está aquí tiene la impresión de que la vida que ha dejado atrás sigue adelante como solía. Antes de que naciera había a mis espaldas un tiempo infinito. Y ahora, después de muerto, ¡un tiempo inagotable! No pensaba en eso mientras vivía; vivía rodeado de luz entre dos tiempos oscuros… …Contaban una historia de un hombre que movido simplemente por curiosidad se dedicaba a vagar entre cadáveres por sangrientos campos de batalla… A aquel hombre que buscaba entre los guerreros agonizantes alguno que hubiera muerto y resucitado y pudiera desvelarle el secreto del otro mundo, los soldados de Tamerlán lo tomaron por un enemigo y lo partieron en dos de un solo tajo y él creyó que a uno lo parten en dos en el otro mundo… …las almas partidas en dos en el mundo se unen aquí… gracias a Dios, existe el otro mundo… He muerto, pero no he desparecido… …Es como si el universo entero se apretara en mi interior y comenzara a estrecharse… …Fue tan suave como cuando uno sueña consigo mismo durmiendo… …Ni siquiera los mejores ilustradores podrían decorar un libro en el que se narrara todo lo que nos está ocurriendo, en el caso de que se escribiera… la tremenda fuerza de un libro así provendría del hecho de que nunca podría ser ilustrado…” ”
2.
Me llamo Negro …Dicen de los agonizantes que les llama la tierra, a mí me llamaba la muerte. Al principio creí que en la ciudad sólo había muerte, luego me encontré con el amor. Pero por aquel entonces, mientras entraba en la ciudad, el amor era algo tan olvidado y lejano como mis recuerdos de ella… …El ser humano acaba por olvidar una cara que nunca ve por muy querida que le sea… …¿Lloraba por los muertos o porque después de tantos años me encontraba de una manera extraña y olvidada al inicio de mi vida, o porque, al contrario de lo que notaba, sentía que estaba al final del viaje de mi vida?…”
“3.
Yo, el perro …Nada resulta tan placentero para un perro como hundir los dientes en la carne de un repugnante enemigo con una furia y una pasión que te viene de dentro… Cuando una víctima digan de ser mordida pasa estúpidamente ante mí, la mirada se me oscurece de puro placer, siento un doloroso rechinar de dientes y, sin darme cuenta, de mi garganta comienzan a surgir esos gruñidos que tanto miedo os dan… …dais la impresión de creer en cuentos donde los muertos hablan y los héroes usan palabras que jámas sabrían. Los perros hablan, pero sólo para el que sabe escucharlos…”
“4.
Me llamarán Asesino …la mejor imagen de un caballo sería aquella que se dibujara en la oscuridad. Porque un ilustrador de verdad acabaría por quedarse ciego a fuerza de trabajar durante cincuenta años pero su mano memorizaría al caballo… …Pensar en todo aquello, si es que a eso se le puede llamar pensar, duró apenas un parpadeo como mucho… …Pero en lugar de preocuparme por lo que había hecho, quería acabar cuanto antes lo que había empezado…”

Orfan

Escritor y periodista turco, Orhan Pamuk inició estudios de arquitectura, que tres años después abandonó, y se graduó en Periodismo en la Universidad de Estambul. Entre 1985 y 1988 residió en Nueva York, trabajando como profesor en la Universidad de Columbia, regresando después a Turquía.
Pamuk tuvo problemas con la justicia de su país que le llevaron a ser procesado en el año 2004, si bien en el año 2006, su proceso fue sobreseído. Estuvo amenazado de muerte por integristas islámicos, lo que le llevó a exiliarse a Estados Unidos, regresando a su país en 2007.
La obra de Pamuk es bastante amplia y se le considera parte de la nueva literatura turca, pudiéndose definir como prosa poética. Se caracteriza por un fuerte compromiso social, como lo tiene su autor.
Sus libros han sido objeto de numerosas traducciones y publicaciones en más de un centenar de países. Ha obtenido numerosos premios, en especial el Nobel de Literatura del año 2006 en reconocimiento a su trayectoria literaria y su compromiso con los derechos humanos.
De entre sus libros habría que destacar títulos como Me llamo RojoEl castillo blancoLa casa del silencio o El museo de la inocencia.

Etgar Keret: mi primera historia

“Escribí mi primera historia hace veintiséis años en una de las bases del ejército con más seguridad de Israel. Por aquel entonces tenía diecinueve años y era un soldado espantoso y deprimido que contaba los días para terminar su servicio militar obligatorio. Escribí la historia durante un turno especialmente largo en una sala de ordenadores aislada y sin ventanas, en las profundidades de las entrañas de la tierra. Me quedé de pie en medio de esa sala helada y miré fijamente la página impresa. No podía explicarme a mí mismo por qué la había escrito y qué propósito se suponía que tenía. El hecho de que hubiera tecleado todas esas frases inventadas era emocionante, pero también me daba miedo. Sentí como si tuviera que encontrar a alguien que leyera la historia enseguida, e incluso si no le gustaba o no la entendía, podría tranquilizarme y decirme que haberla escrito era perfectamente normal y no otro paso más en mi camino hacia la locura.

 

El primer lector potencial no llegó hasta catorce horas más tarde. Era el sargento picado de viruelas que se suponía que tenía que relevarme y hacer el siguiente turno. Con una voz que intenté que sonara tranquila, le dije que había escrito un cuento y que quería que lo leyera. Se quitó las gafas de sol y dijo con indiferencia: «Ni de coña. Que te jodan».

 

Subí unos cuantos pisos hasta la planta baja. El sol que acababa de salir me cegaba. Eran las seis y media de la mañana y necesitaba un lector desesperadamente. Como suelo hacer cuando tengo un problema, me encaminé a casa de mi hermano mayor.

 

Pulsé el botón del portero automático a la entrada del edificio y la voz somnolienta de mi hermano respondió. «He escrito una historia —dije—. Quiero que la leas. ¿Puedo subir?» Hubo un breve silencio, y entonces mi hermano dijo con voz de disculpa: «No es buena idea. Has despertado a mi novia y se ha cabreado». Tras otro momento de silencio, añadió: «Espérame ahí. Me visto y bajo con el perro».

 

Unos pocos minutos más tarde apareció con su pequeño perro de aspecto desteñido. Estaba feliz de poder ir a pasear tan temprano. Mi hermano me quitó la página impresa de la mano y empezó a leer mientras caminaba. Pero el perro quería quedarse quieto y encargarse de sus asuntos en el árbol cercano a la entrada del edificio. Trató de atrincherarse con sus pequeñas garras en la tierra y resistir, pero mi hermano estaba demasiado inmerso en la lectura para percatarse y, un minuto después, me encontré a mí mismo intentando alcanzarle mientras bajaba a paso rápido por la calle, arrastrando al pobre perro tras él.

 

Por suerte para el perro, la historia era muy corta, y cuando mi hermano se detuvo dos manzanas después recuperó el equilibrio y, volviendo a su plan inicial, se encargó de sus asuntos.

 

—Esta historia es impresionante —dijo mi hermano—. Alucinante. ¿Tienes otra copia?

 

Le dije que sí. Me dedicó una sonrisa de hermano-mayororgulloso-de-su-hermano-pequeño, después se inclinó y utilizó la página impresa para recoger la mierda del perro y la tiró al cubo de la basura.

 

Y ese es el momento en el que me di cuenta de que quería ser escritor.

 

Incluso si no era consciente de ello, mi hermano me había dicho algo: que la historia que escribí no era el papel arrugado y untado de mierda que ahora descansa en el fondo del cubo de la basura de la calle. Esa página solo era un conducto por el que podía transmitir mis sentimientos de mi mente a la suya. No sé cómo se siente un mago la primera vez que consigue realizar un hechizo, pero probablemente es algo similar a lo que sentí en ese momento; había descubierto la magia que sabía que me ayudaría a sobrevivir los dos largos años que me quedaban hasta que me licenciara.”

 

Por Etgar Keret, del libro Los siete años de abundancia (DeBolsillo, 2014)

et.keret

Escritores del medio oriente*

En entradas anteriores, colgué cuentos escritos por rusos, de Japón, ahora meteré mis narices sobre el medio oriente. Quién haya seguido la serie, deseo que hayan gozado como lo hago.  Sucede que los cuentos son breves y no es complicado aprovechar unos minutos y alimentar el espíritu, otros requieren de más tiempo y concentración y si solo hay un instante, no es recomendable iniciar si se tiene trabajo quehacer. Nada complicado es copiar el cuento y pasarlo a un archivo y desues, con algo frío en la mano o un aromático puede degustarlo.

 

Yo me siento explorador de letras. A veces la presa llega solita. Le brindo mi domicilio y lo hago dormir en un archivo.  Los autores del siglo XX y otros que nacieron en el XIX se les encuentra con cierta facilidad, pero son cuentos extensos y la pantalla no es lo mejor para darles lectura, así que, vuelvo a la carga hasta encontrar un cuento corto. Los escritores exitosos y actuales los encuentras a la vuelta de la esquina, solo que no hay cuentos de ellos, hay propaganda, reseñas para adquirir sus libros. Encontrar un cuento de ellos, es pegar de gritos y decir » Eureka», en otras decido poner fragmentos de su obra, al menos un aroma de su inteligencia y estilo.

 

Me pregunto si países tan extensos como china, la India no tienen maestros de la palabra, ¡ Claro que debe de haber!  pero nos llegan a cuenta gotas. Por ahora les comparto a Etgar Keret*

Pizzería Kamikaze

“Creo que ella lloró en mi entierro; no es que quiera dármelas de listo pero estoy casi seguro de ello. A veces hasta consigo imaginarme cómo le habla de mí, de mi muerte, a alguien cercano a ella. De cómo me bajaron a la tumba, tan menudo y desamparado, como una tableta de chocolate rancio. De cómo, en realidad, nunca llegamos a hacerlo del todo. Y después de eso él se la folla brindándole un polvazo que es todo consuelo.”

*Nacido en Israelí, este hombre ha sabido ganarse a sus lectores, gracias al uso del lenguaje y por hacer de historias cotidianas, algo verdaderamente fuera de sentido y asombroso. No contento con ser uno de los grandes representantes de la literatura en su país, Keret también se dedica  a la cinematografía y hasta el momento, en prometedora su carrera en este rubro. Sus libros se han traducido a más de diez idiomas y la razón más fuerte por la que debes leerlo, es porque sus cuentos rayan en lo surrealista, logra hacer de una cotidianidad un gran suceso.

Etgar_Keret

Dos cuentos breves de Etgar Keret

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Fragmentos: «una extraña historia al este del río» de Nagai Kafu 

Una extraña historia al este del río (fragmento)

«Desde los dieciséis años hasta hoy, a los diecinueve, Kimie había sido perseguida por las demandas incesantes de esas frivolidades. No había tenido tiempo de considerar profundamente qué clase de emoción era el amor serio. De vez en cuando dormía sola en la habitación alquilada, pero su principal deseo en esas noches era compensar su falta de sueño crónica. Al mismo tiempo, empezaba a imaginar los nuevos placeres por venir, que, naturalmente, iba a disfrutar una vez recuperada de su fatiga. En ese círculo vicioso, una vez dormida, la impresión de cualquier otro tema por muy grave que fuera, se convertía en tenue e insustancial, como si estuviera soñando. Cuando se despertaba, trataba de diferenciar qué era realidad y qué era sueño. Para Kimie, nada resultaba tan agradable en esos momentos como esa mezcla de sentimientos y sensaciones.
Ese día, Kimie también se hundía en ese placer tras despertarse de su ligero sueño, y se resistía a levantar la cabeza de la almohada, a pesar de ser consciente de que eran casi las tres de la tarde. Miró a su alrededor, y vio en el suelo el quimono y el obi que ella misma había arrojado desordenadamente la noche anterior. A esa habitación de cuatro tatamis y medio de la parte posterior del primer piso, después de haberse ido el bailarín Kimura, había llegado el importador de automóviles Yata y este se había ido dejando una contraventana corrediza abierta. La lámpara del techo que Yata se había olvidado de apagar proyectaba la sombra del arreglo floral en la pared del tokonoma, igual que la noche anterior. Junto a los sonidos lánguidos de alguien que ensayaba una canción y las voces de los vendedores ambulantes, una brisa se colaba por la estrecha abertura de la ventana y acarició un lado del rostro que Kimie había apoyado directamente sobre el tatami. En un momento dulce como este, deseó que Yata o cualquier otro hombre estuviera ahí. De ser así, lo provocaría con todo el ardor de su cuerpo. Se sintió desgarrada por sus fantasías, que iban en aumento. Cerrando suavemente los ojos, se abrazó a su propio pecho con todas las fuerzas. Acto seguido, dio un profundo suspiro y se retorció. En ese instante, se oyó deslizar silenciosamente la puerta. Un hombre entró en la habitación y se puso delante del biombo. Era Yoshio Kimura, el mismo en quien Kimie había estado pensando con pesar desde la noche anterior. «

El Poder de la Palabra
epdlp.com 

 

Kimie dejó la postura formal, deslizando las piernas a un lado para acomodarse, y apoyó el codo en el alféizar de la ventana. Con la mejilla apoyada en la palma de la mano, volvió el rostro hacia el interior de la habitación, dejando que la brisa soplara contra su cabello. Kawashima, que estaba bajo los efectos del alcohol, al observar a Kimie desde donde él estaba sentado, no pudo evitar que una imagen fugaz atravesara su mente: el cabello de la chica cayendo desordenadamente de la almohada al suelo

Nagai Kafu

Abandonarse a la pasión de Hiromi kawakami-fragmento-

Te llevaré a comer unas galeras riquísimas—me dijo Mezaki. Yo creía que la galera sólo era un crustáceo oscuro, una mezcla entre gamba e insecto, pero en el restaurante donde me llevó las hacían deliciosas. Las hervían enteras y las servían con cáscara. Luego les quitábamos la cáscara, que nos quemaba los dedos, y nos comíamos el bicho. Tenían un sabor ligeramente dulce, de modo que ni siquiera hacía falta aliñarlo con salsa de soja.
Así fue pasando la noche. De repente, no podíamos volver a casa. Cuando nos dimos cuenta de la hora que era, además de que ya no pasaban trenes estábamos en un lugar por el que apenas circulaban coches. En cuanto cerró el restaurante, el único local que había en los alrededores, no encontramos nada más en todo el trayecto. Era uno de esos caminos en los que hay alguna farola de vez en cuando que sólo sirve para que la noche sea aún más oscura, un camino bordeado de árboles y matorrales de los que parece que en cualquier momento puede salir un caballo o una vaca.
No hubo más remedio que echar a andar, uno al lado de la otra, por aquel camino, que por mucho que avanzáramos no se estrechaba ni se ensanchaba.
No sé cuántos años tiene Mezaki. Sea cual sea su edad, parece mayor que yo, aunque también podría tener mi edad. Siempre habla de cosas sin sentido, como de un día que, en cierta ciudad, vio a un artista ambulante que escupía fuego por la boca y que ponía la misma cara que su abuelo cuando se quemaba la lengua; o de un amigo suyo que sufría una misteriosa enfermedad hasta que un día, de golpe y porrazo, le cambió la cara, se curó, se volvió más honrado y parecía otra persona. Son historias sin pies ni cabeza que Mezaki explica poco a poco, como si fueran interesantes.
Desde que nos conocimos en una reunión, sin saber cómo empezamos a coincidir en los mismos lugares. A veces, intercambiábamos cuatro palabras entre la muchedumbre, mientras que otras veces no nos decíamos nada, sólo nos mirábamos. Más adelante, Mezaki empezó a contarme aquellas historias sin sentido que tan interesantes le parecían, y se me acercaba cada vez que nos encontrábamos. Sin embargo, nunca habíamos estado los dos solos hasta el día que fuimos a comer galeras. No fue una cita planeada de antemano, simplemente coincidimos por enésima vez y, de repente, me invitó.
Cuando Mezaki me llevó al restaurante, creo que era bastante tarde. Ya habíamos bebido mucho, quizá no hasta el punto de perder la memoria, pero nos encontrábamos en un estado en que las horas pasaban deprisa y despacio a la vez, hasta que terminamos por perder la noción del tiempo. Mezaki caminaba delante de mí, meneando las caderas arriba y abajo. Yo lo seguía con paso vacilante y pensaba en las galeras.
El restaurante era un local pequeño donde sólo estaban el dueño y un camarero joven. Mezaki se sentó en la barra, justo enfrente del dueño, que no parecía conocerlo. En cualquier caso, si se conocían, debía de ser uno de esos restaurantes donde tratan a todos los clientes por igual.
—Unas galeras, un sake y verduras en salmuera para picar—le pidió Mezaki al dueño. Acto seguido, se volvió hacia mí y me sonrió arrugando la frente. Mezaki tiene la costumbre de sonreír arrugando la frente—. ¿Tú cómo comes los huevos crudos, Sakura?—me preguntó Mezaki, aprovechando un descanso entre cáscara y cáscara. Mientras pelaba las galeras, no decía nada. No es que habitualmente sea muy parlanchín, pero como pelar las galeras era bastante laborioso, cuando lo hacía hablaba menos que de costumbre.
—¿Los huevos crudos? Nunca me han entusiasmado—le respondí. Enseguida me acordé de que mi tío soltero, que vivía en casa de mis padres, solía hacer un agujerito en la cáscara de los huevos. Cuando me levantaba en mitad de la noche para ir a beber agua, lo encontraba de pie frente al fregadero sorbiendo un huevo crudo. Era un soltero cuarentón que no encontraba pareja a pesar de que le habían concertado varias citas con mujeres. «Te llevaré a caballito, Sakura», me decía cuando era pequeña. Yo me sentaba en sus anchos hombros y él me paseaba por todo el comedor. En los umbrales colgaban fotografías de mis abuelos y bisabuelos, y me daba miedo acercarles la cara. Pero no me atrevía a decirle que quería bajar. Mi tío nunca se cansaba de llevarme a caballito. «¿Quieres bajar?», me preguntaba al final. Entonces yo fingía protestar un poco y él me bajaba al suelo. Mi tío no tenía trabajo. Cuando ya había cumplido los cuarenta y cinco, se casó con una mujer diez años mayor que él, se fue de casa y dejó de visitarnos a menudo. Se ve que ahora es pescador y vive con su mujer en casa de su patrón, en una preciosa zona junto al río.
—¿A ti te gustan los huevos crudos, Mezaki? ¿Los sorbes a través de un agujero en la cáscara?
—Primero casco el huevo, separo la yema de la clara y bato sólo la clara hasta que queda espumosa, así. —Mezaki me lo enseñó moviendo rápidamente la mano derecha, en la que sujetaba los palillos. Al final de la demostración, se llevó una galera a la boca y dio un trago de sake—. Cuan
do he terminado de batir la clara, bato también la yema y la mezclo con la clara hasta obtener un líquido uniforme, como si fuera agua. Luego añado un poco de salsa de soja. —El montón de cáscaras iba creciendo al mismo ritmo que disminuía el de las galeras. Entonces Mezaki me acercó la cara—. ¿Tú sorbes directamente los huevos crudos, Sakura? Por tu cara diría que sí. Lo haces, ¿verdad?
—No, no lo hago.
Empezamos a repetir la misma pregunta y respuesta: «¿Lo haces?», «No, no lo hago», mientras la mesa se llenaba de botellas de sake vacías. «Vamos a cerrar», nos avisó el dueño, pero aún nos quedamos bebiendo un rato más, y no nos levantamos hasta que hubo quitado la cortinita que colgaba en la puerta de entrada, apagado los fogones y limpiado la barra. Cuando salimos al camino bordeado de farolas, la luna brillaba arriba en el cielo, redonda.
—Aquí no hay nada, vamos a dar un paseo—dijo Mezaki mientras echaba a andar delante de mí meneando las caderas, como cuando habíamos llegado al restaurante. Cada vez que pasaba bajo una farola, su sombra aparecía detrás de él, y luego se proyectaba delante de su cuerpo. Cuando salía del círculo luminoso, la sombra desaparecía en la oscuridad. Yo también meneaba las caderas, como él.
—Tengo un poco de miedo, Sakura—me dijo al cabo de un rato, y se puso a mi lado—. Me da miedo la oscuridad. Antes creía que de la oscuridad podía salir cualquier cosa, por eso me daba miedo. Ahora la temo porque sé que no hay nada en su interior. —Mezaki tenía la costumbre de acercarme la cara al hablar, y notaba su aliento en mi mejilla. Recuerdo que, cuando nos conocimos, decidí que no me caía bien. Pero luego, a medida que me iba contando aque
llas historias que le parecían tan interesantes, fui cambiando de opinión. Su aliento era dulce y húmedo como el de un perrito—. Dondequiera que vayas, en los lugares oscuros sólo hay oscuridad, y eso me da miedo. ¿A ti no, Sakura?
—No. No especialmente. A mí lo que me da miedo es…—dije, y me di cuenta de que había olvidado qué era. Lo tenía en la punta de la lengua, pero no me acordaba. Un perro ladró lejos de allí. Cuando uno empieza a ladrar, los demás lo imitan, como si le respondieran. Quizá no era un perro doméstico. Quizá ni siquiera era un perro, sino algún tipo de animal salvaje que no sabíamos identificar. Cuando los ladridos cesaron, las ranas empezaron a croar. Sus voces surgían de los márgenes del camino. Se oían tan cerca que parecía que pudiéramos alcanzarlas alargando el brazo.
—Las ranas tienen una voz muy potente para su tamaño, ¿no crees? Si las personas tuviéramos ese tono de voz, seríamos insoportables—rió Mezaki mientras me cogía la mano. Sus manos estaban calientes, y me di cuenta de que yo las tenía muy frías. Siempre tengo las manos, la espalda y la frente frías.
—¿Todavía tienes miedo, Mezaki? ¿Te sientes mejor si te doy la mano?
Él rió de nuevo. Eran unas carcajadas guturales que sonaban como el tañido de una campanilla de porcelana. Ya no había casas y las farolas escaseaban cada vez más, pero el camino no parecía tener fin. Me pareció distinguir una montaña entre la oscuridad que se expandía frente a nosotros, pero tal vez sólo fuera una ilusión óptica.
—¿Dónde estamos, Mezaki?
—Pues… no lo sé, lo mismo me preguntaba yo, pero no sabría decirlo. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Una vez, cuando era pequeña, me perdí. Mi tío, al que he mencionado antes, me llevó al hipódromo. Un mar de gente
http://www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/Extracto_Abandonarse_a_la_pasion.pdf
hiromi

Un viaje llamado vida de Banana Yashimoto- fragmeto-

Guiza es una ciudad extraña, te hace sentir como si el suelo
no tuviera ningún punto de apoyo, por lo que resulta ambigua. Quizá sea porque no fue construida para ser habitada.
Antes que nada, cuando hay una presencia tan peculiar en
una ciudad, es lógico que ella domine la atmósfera.
Una vez le comenté a alguien que había crecido en la falda
del monte Fuji:
–¡Qué envidia ver todos los días de cerca el hermoso
monte Fuji!
Pero para mi sorpresa me respondió:
–Para nada. A mí me daba miedo.
Dijo que su mente infantil se preguntaba qué haría en
caso de erupción, y que lo que experimentaba de todos
modos al ver el monte Fuji, que se erguía más allá del patio
del colegio durante las horas de Educación Física, no era su
belleza sino una inexplicable sensación de miedo. Me imagino que más que miedo sentiría una especie de temor.
En Guiza, cuando un anciano de una perfumería me
aclaraba: «Este es barato, pero tiene exactamente la misma
composición que el Chanel n.º5, ¿eh?» (¿En seriooo?), o
cuando paseaba en camello por el desierto, o almorzaba
o tomaba un delicioso cóctel de frutas frescas en el bar de
un precioso hotel, cada vez que me volvía, allí estaban las
pirámides. Ellas se inmiscuían en las escenas cotidianas proyectando un aspecto claramente distinto. Incluso cuando
no las veía en la oscuridad, sin duda me daba la sensación
de que algo enorme estaba allí y no dejaba de mirar hacia
mí. Sentí más próxima esa presencia mientras estuve lejos
de ella, concentrada en hacer otras cosas, que cuando me
detuve enfrente durante el espectáculo de luz y sonido.
En ese momento decidí que, en efecto, merecía la pena
ver las pirámides al menos una vez en la vida. No sé por qué,
pero aquella construcción es como si hubiera sido creada
proyectada hacia el futuro, y digo yo que quién iba a visitarlas sino nosotros, los seres humanos que están existiendo
ahora en ese futuro. Aunque no sé quién las construyó ni
con qué propósito, no se puede entender nada de su enigma
sin verlas in situ.
El aire seco de Egipto es ideal para enjugar bien el corazón
húmedo de los japoneses. Si alguien va allí cuando está harto, se sentirá renovado. Tengo la sensación de que aquellos
rayos de sol tienen una gran fuerza capaz de penetrar en
el corazón de las personas sin importar el estado en que se
encuentren. Tal vez, las pirámides hayan sido construidas
con esa fuerza.
El Japón que encontré en Australia
Fui a Australia a fin de recopilar material para mi nueva obra
Honeymoon. En realidad, había ideado para esta novela un
argumento como si deambulase por Australia; sin embargo,
mientras escribía, la situación interna de Japón se volvía
cada vez más insoportable, y tal vez eso me hizo centrarme
en elementos tales como los jardines y las vistas de Japón.
Creo que el viaje tiene sentido porque precisamente tenemos una vida diaria a la que regresar, excepto cuando uno
parte por un largo tiempo. Como al final me centré en los
aspectos de la vida cotidiana después del viaje, no llegué a
aprovechar mis aventuras australianas en el desarrollo de la
novela, pero mi estancia transcurrió en un lugar encantador.
Ya que se trataba de un pequeño alojamiento, no voy a
entrar en detalles (se localiza fácilmente si se busca). Era un
albergue de estilo japonés en las montañas cerca de Brisbane,
donde hicimos noche. El propietario era un monje que se dedicaba a elaborar washi1
. Y su mujer preparaba deliciosos platos japoneses a los huéspedes. Estaba rodeado por un bosque de bananos donde había serpientes y sanguijuelas, un paisaje
inimaginable en Japón; pero una vez dentro, era una vivienda
japonesa en todos los aspectos. Aunque las habitaciones eran
de estilo occidental, estaban decoradas con libros y caligrafías
japoneses, de tal manera que me pareció encontrarme en
un albergue de las montañas de Nagano o Yamanashi2
. Y, curiosamente, había un baño de madera de ciprés al aire libre
que era muy de agradecer para descansar la vista y el cuerpo
fatigados del agotador viaje. Mientras reposaba en el agua
caliente en medio del aire limpio de las montañas, me llenó
de una inmensa felicidad el hecho de ser japonesa. Hasta
ese día, yo estaba en la habitación de un hotel y llevaba una
vida totalmente distinta a la de Japón, y comía con tenedor
y cuchillo, pero ese día en un baño al aire libre… no me parecía real. Sentí que mi cuerpo se relajaba. A fin de cuentas,
comprendí que los japoneses tenemos una constitución para
andar descalzos en casa, estirar el cuerpo en la bañera, y que
nos sientan mejor los alimentos ligeros. Todo esto se entiende
mejor cuando uno se encuentra en el extranjero.
Para ir de compras es obligado bajar de la montaña y llegar
a la ciudad; cuidar de una plantación de bananos y extraer
las fibras de los tallos para fabricar papel es muy laborioso,
y la administración de la vivienda y el mantenimiento de la
bañera también debe de resultar agotador. Sin embargo, al
encontrarme con la cultura japonesa en medio de aquella
naturaleza salvaje, aprecié su valor como nunca antes. Y es
que los japoneses poseen una sabiduría maravillosa para
vivir en armonía con la naturaleza, al tiempo que no escatiman el trabajo para lograr el bienestar, y mantienen un
gran espíritu y aman la belleza delicada. Los que vivían en
esa casa tenían un rostro realmente lozano. Decidí que, si
alguna vez vuelvo a Australia, regresaría a ese alojamiento al
final del viaje para refrescarme física y mentalmente antes
de volver a casa.
Otra cosa que me impresionó fue el bufé de fritura.
En teoría, esa cocina debía ser coreana, pero estaba preparada un tanto al azar en todo, en cuanto a los ingredientes,
el modo de cocinarlos y servirlos, por lo que resultaba
divertida. Consistía en que los huéspedes se ponían en fila
delante de una especie de bufé de ensaladas. Pero ese bufé
no era de ensaladas, sino ¡de carne! Una variedad de carne
congelada de pollo, cerdo, ternera y cordero cortada en finas
lonchas y amontonada en sus respectivos recipientes, de los
que cada uno tomaba la cantidad que quisiera. Las verduras
estaban dispuestas de la misma manera, y se aliñaban después con diversos aderezos al gusto de cada cual, como sake,
sal, salsa picante, salsa de soja, vinagre, pimienta molida y
salsa inglesa. Por último, se llevaba ese plato a una enorme
plancha redonda debajo de la cual el fuego crepitaba con
vigor. Allí estaba un joven coreano saludable y fornido, que
tras verter el aceite sobre la plancha, volcó bruscamente
todo el contenido del plato sobre ella, lo salteó con una larga
espátula de hierro haciéndolo chisporrotear, y con el espectáculo de darle la vuelta hábilmente al salteado lo devolvió
al plato. Como se podía repetir las veces que se quisiera,
me divertí tanto pensando en todas las combinaciones:
cordero, brotes de soja y jengibre, y después pollo, repollo
con sal y sake, que al final comí demasiado. Sin embargo, en
esta ocasión también reparé del todo en que era japonesa.
En comparación con los australianos que me rodeaban, mi
aliño era sin duda auténticamente japonés.
1 Papel tradicional japonés.
2 Son las prefecturas de la región de Chūbu, de la isla de Honshū en
Japón, que es la cuna de las casas rurales por su geografía montañosa.
banana-yoshimoto

https://ep00.epimg.net/descargables/2014/10/22/5a02fd3fca5122935cbe13172d4153dc.pdf?rel=mas

Yo pude bajar la novela, espero que tengan la misma suerte. Sendero

El diablo de Abe Kobo

Un día encontré una ratonera al fondo del armario. Aunque no recordaba haberla comprado en ningún momento, se me ocurrió probarla, pues se percibía la presencia de ratas desde hacía algunos días; la instalé en un rincón de la habitación con restos de granos de soya fermentada como cebo.
Ese mismo día hubo una presa. Al volver a casa del trabajo, escuché un chillido en la oscuridad. Cuando prendí la luz, vi que quedó atrapado un pequeño animal extraño de color verde azul.
Esta no fue toda mi sorpresa; ese animalito, al voltear a verme, juntó las dos manos como de lagartija y me habló suplicante en un japonés correctísimo, aunque con cierta aspereza:
–¡Sálveme, por favor, se lo ruego, señor! A cambio le voy a satisfacer tres deseos, cualesquiera que sean…
–A ver, déjame decirte que estás cayendo en una contradicción –dije simulando serenidad para controlar la excitación–. Si estás dotado de una capacidad tan envidiable, ¿cómo no te has escapado tú solo de la ratonera?
–Es el castigo que me tocó por un descuido. Hasta satisfacerle tres deseos a mi vencedor, no podré recuperar mi infinita capacidad de transfiguración.
Ciertamente era coherente a su manera. Le quité la tapa, porque de todas maneras no me importaba que me estafara, y resultó que era honesto de verdad.
–Le agradezco muchísimo –dijo con la cara azul, casi morada–. Adelante, señor, ¿cuáles son sus deseos?
–El tiempo, por ejemplo… ¿Qué te parece?
–¿El tiempo?
–El tiempo es oro, como dicen, y estoy tan ocupado todos los días que casi no me queda tiempo para hacer nada, ¿sabes?
–¿Cuánto quiere?
–Cuanto más, mejor…
–De acuerdo, señor.
Al decirlo, el animal alzó los brazos por encima de la cabeza y acercó gradualmente los dedos de las dos manos. En un instante salió de entre las puntas de los dedos una chispa azul que produjo una descarga eléctrica, y se propagó por toda la habitación un fuerte olor a azufre.
–¡No se mueva! –me advirtió el animal con firmeza al verme asustado–. Usted ya dispone de cien veces más de tiempo.
–¿Cien veces más?
–Es lo máximo que le puedo ofrecer. No es tan insignificante como quizás usted crea, ya que la energía está en proporción con el cuadrado de la velocidad, ¿sabe? Con cien veces más de velocidad, tendrá diez mil veces más de energía. Esto quiere decir que usted ya cuenta con una fuerza casi equivalente a la de una avioneta jet… Chist, ¡no se mueva, hágame caso! Un brinco así de golpe puede ser mortal, pues las piernas se harán añicos al destrozar el piso y el cuerpo en reacción saltará al vuelo, quién sabe a dónde, rompiendo el cielo raso como si fuera un cohete.
–¡Carajo, me tendiste una trampa!
–¿Trampa? ¡Cómo se atreve a decir semejante barbaridad! ¿Acaso no sabía esa famosa fórmula: E=1/2 mv2?
–¡Ni la menor idea!
–¡No se mueva, le estoy diciendo!… Pero qué extraño. Esta fórmula está tan divulgada que hasta sale en cualquier texto didáctico a nivel secundaria.
–¡No sé nada de eso! ¡Basta, qué necio eres! Desembrújame ahora mismo, que no soy ningún maniquí… –grité de angustia sin soportar más el estado precario.
–¿Me permite tomarlo como el segundo deseo?
–¡Como quieras! ¡Rápido, hombre!
–Está bien –dijo sonando los dedos–. Relájese, que ya pasó el peligro. Ahora, ¿quiere pasar al último deseo?
Conteniendo las ganas de aplastarlo de un golpe, le repliqué:
–¡Dinero, entonces!
–¿Dinero?
–Ojo por ojo, brutalidad por brutalidad, pues.
–Brutalidad aparte, ¿de veras se conforma con algo tan trivial como el dinero?
–¿Acaso hay otra fórmula inconveniente que te lo impida?
–No, qué va. A mí me da lo mismo si a usted no le importa, señor…
–¡Deja de hacer insinuaciones ambiguas! ¡Dime todo lo que tienes que decir sin dar más rodeos!
–Con mucho gusto se lo digo, si es que lo puedo tomar como el tercer deseo…
Permanecí mudo durante más de diez minutos sin atreverme a romper el silencio. Me sentí mareado, a punto de desmayarme, y terminé gritando desesperado:
–¡Carajo, cuéntame todo!
–Una cosa muy sencilla… –me contestó el animal con un gesto tan ingenuo en su cara como el de una muñeca de plástico–. Sólo quería advertirle que, al hacer tantas compras, no iba a caber todo en esta pequeña habitación, señor.
–¡Maldito diablo!
–¿Diablo? ¡No me insulte, por favor! Soy un extraterrestre auténtico –apenas lo dijo, volteó a hacer una venia de lado–. Hasta aquí la segunda noche de la sección experimental de nuestro curso sobre la psicología terrícola.
Al recorrer la mirada, caí en la cuenta de que había otros dos animalitos del mismo tamaño que cargaban una videocámara para filmarme. En el acto les lancé un tintero. En ese mismo instante se esfumaron tanto la ratonera como los animalitos, dejando tan sólo el eco de una risa sonora…
https://estoespurocuento.wordpress.com/2012/10/01/el-diablo-cuento-de-kobo-abe/

lagartijas