José Rizal Filipinas

El Archipiélago de las Islas Filipinas fue un territorio español desde mediados del siglo XVI hasta el año 1898. A partir de ese momento pasó a manos de los Estados Unidos de América como consecuencia de la breve guerra provocada por este país con la finalidad de constituirse en un imperio colonial a costa de la integridad territorial de España, aprovechando la debilidad institucional por la que ésta atravesaba a finales del siglo XIX. Además de Las Filipinas, los EEUU consiguieron apoderarse también de Cuba, Puerto Rico y la Isla de Guam.
A diferencia de Cuba y Puerto Rico, en los que el idioma español ha logrado mantenerse como lengua oficial y abrumadoramente mayoritaria, en Filipinas prácticamente ha desaparecido su uso por parte de la población a partir de los años cincuenta del siglo XX.
ESCRITOES FILIPINOS
(José Rizal y Alonso; Calamba, Filipinas, 1861-Manila, 1896) Político y escritor filipino. Comenzó sus estudios universitarios con los jesuitas en Manila, y en 1882 ingresó en la Universidad de Madrid, por la que se licenció en medicina y en filosofía y letras. Durante un viaje por Europa escribió Noli me tángere, novela anticolonialista en la que denunciaba los abusos de la Administración española en Filipinas, donde se prohibió su publicación. Rizal, cuya militancia política se había iniciado en el claustro universitario, se oponía enérgicamente al desmesurado poder de las Órdenes católicas españolas. En este sentido, su obra El filibusterismo resumió su ideología nacionalista, que más tarde difundió a través de la Liga Filipina, una sociedad secreta que fundó en Hong Kong.
Gracias a una apertura del gobierno, en 1887 pudo regresar a su patria, pero la estrecha vigilancia policial a que fue sometido lo obligó a marcharse al año siguiente. Regresó en 1892, tras haberse comprometido a no realizar actividad política alguna. Sin embargo, la dramática situación de los campesinos de Calamba, que habían sido desposeídos de sus viviendas, lo indujo a tomar abierto partido por éstos. Ese mismo año, marchó a Hong Kong, donde pretendió crear una colonia en Borneo y fundar allí la Liga filipina, por lo que, acusado de formar parte de sociedades secretas, fue deportado a Mindanao.
En 1896 emprendió viaje a Barcelona y de nuevo fue acusado, esta vez injustamente, de intervenir en la insurrección de la sociedad secreta Katipunan. Detenido y trasladado a Manila, fue sometido a un consejo de guerra. Pi y Margall, con quien le unía una profunda amistad, solicitó el indulto, pero la petición fue desestimada por Cánovas. Fusilado en Manila, su lucha por el pueblo filipino lo convirtió en paladín del independentismohttps://flaviafranco.wordpress.com/2015/02/11/idioma-espanol-en-filipinas-por-que-desaparecio-en-menos-de-un-siglo/

José Rizal (1861-1896, médico oftalmológico)  además de un galardonado poeta, fue
el autor de dos novelas de gran trascendencia. Su obra, sin
embargo, no ha obtenido la adecuada recepción en España.
Las circunstancias históricas y la percepción de la crítica de
finales del siglo xix, han actuado como una sombra que, desde entonces, condiciona y dificulta su análisis literario.

 

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/rizal.htm

Jose rizal

Han Kang y la vegetariana, Corea

Periodista y escritora surcoreana, Han Kang nació en la ciudad de Gwanju el 27 de noviembre de 1970. Pasó gran parte de su infancia en su ciudad natal antes de mudarse con su familia a Seúl. Tras finalizar sus estudios en la escuela, estudió letras en la Universidad Yonsei. Tras su graduación comenzó a escribir para medios como Samtoh o Publishing Journal, además de empezar a publicar sus primeros cuentos y relatos cortos.

Debutó con «El amor de Yeosu», trabajo publicado en 1995 y continuó con libros importantes para su carrera como La vegetariana, obra compuesta por tres cuentos («La vegetariana», «La mancha mongólica» y «Los árboles en llamas»). Este trabajo la llevó a ganar en 2016 el prestigioso premio Man Booker International Prize.

 

Iolanda Batallé, Han Kang y Sunme Yoon

Fragmentos literarios de la vegetariana
«Si me casé con ella fue porque, así como no parecía tener ningún atractivo especial, tampoco parecía tener ningún defecto en particular. Su manera de ser, sobria y sin ninguna traza de frescura, ingenio o elegancia, me hacía sentir a mis anchas. No hacía falta que me mostrara culto para atraer su atención ni tenía que andarme con prisas para llegar a tiempo a nuestras citas. Tampoco había razón para que me sintiera menos cuando me comparaba con los modelos que aparecían en los catálogos de moda masculina. Ni mi barriga, que había comenzado a abultar a partir de los veintitantos ni mis delgados brazos y piernas, que no ganaban músculo a pesar de los esfuerzos que hacía -ni siquiera mi pequeño pene, que era la causa de un secreto complejo de inferioridad-, me preocupaban lo más mínimo cuando estaba con ella.»
Mi muñeca está bien. No me duele. Lo que me duele es el pecho. Tengo algo atascado en la boca del estómago. No sé qué es. Siempre está ahí. Ahora siento esa pesada masa a todas horas aunque no lleve el sujetador. Por más que respiro profundamente, no se me aligera el pecho.
Son gritos, alaridos apretujados, que se han atascado allí. Es por la carne. He comido demasiada carne. Todas esas vidas se han encallado en ese sitio. No me cabe la menor duda. La sangre y la carne fueron digeridas y diseminadas por todos los rincones del cuerpo y los residuos fueron excretados, pero las vidas se obstinan en obstruirme el plexo solar.
Por una vez, una sola vez, quisiera gritar con todas mis fuerzas. Quisiera salir corriendo por la oscura ventana. ¿Entonces podré desembarazarme de esa masa que me obstruye el pecho? ¿Será eso posible?
Nadie puede ayudarme.
Nadie puede salvarme.
Nadie puede hacerme respirar.»
«He tenido un sueño». Yeonghye ha tenido un sueño. Yeonghye tiene sueños. Y son esos sueños los que la impelen a tomar una decisión. Una decisión que llevará hasta sus últimas consecuencias. Una decisión que nadie comprenderá y de la que todos tratarán de hacerla desistir. Porque sorprende. Porque incomoda. Porque nadie está preparado para la silenciosa tenacidad de Yeonghye. Yeonghye ha tomado una decisión. Probablemente la primera que verdaderamente toma en su vida. Y nadie va a quitarle eso. Nadie va a quitarle el poder de decidir sobre sí misma.
«Tu propio cuerpo es lo único a lo que le puedes hacer daño. Es lo único con lo que puedes hacer lo que quieres. Pero ni eso te dejan hacer».
Ni eso te dejan hacer. Ni eso le dejan hacer a Yeonghye.

Yeonghye toma un día la decisión de no ingerir más carne. Al primero que sorprende su determinación es a su marido. Le inquieta casi más el cambio de hábitos y comportamiento de Yeonghye que la nueva dieta en sí. Se casó con ella porque era una mujer que no destacaba en ningún aspecto y esa falta de atractivo no ponía de manifiesto su propia mediocridad. La única peculiaridad de Yeonghye cuando la conoció era su negativa a usar sujetador, a oprimir ese pecho que para ella es la única parte de su cuerpo incapaz de dañar. También la eligió porque era servicial y le hacía la vida más fácil. El día que Yeonghye toma la decisión de no volver a comer carne es el primero de su vida de casados en que ésta no le ayuda a prepararse para ir al trabajo ni le acompaña a la puerta, un primer indicio de la nueva situación que se avecina y que terminará por tornarse insostenible.

El esposo acudirá a la familia de Yeonghye en busca de ayuda: padres, hermanos, cuñados. Todos tratarán de hacerla desistir de su negativa a tomar carne; con firmeza (perdón por el eufemismo), con ruegos, con más o menos tacto. La preocupación que sienten por su cada vez más deteriorado estado de salud se mezcla con la incomprensión que les produce su obstinado comportamiento que llegan incluso a tildar de egoísta.

«Yeonghye, come. Si comes, te nacerán las fuerzas».

«Si no comes carne, te devorará el resto del mundo».

Afirma Han Kang, autora del libro que os traigo hoy, que «rechazando la carne, mi protagonista rechaza la violencia del ser humano». Cuenta también que para ella escribir es hacer preguntas y que La vegetariana «es una pregunta imposible. Hay una mujer, un ser humano que ya no quiere formar parte de la humanidad. Un ser que pone en juego su vida para no dañar a nadie ni a nada, un ser a quien un día deja de importarle en absoluto vivir o morir». Con su novela la escritora coreana tan solo quiso preguntar «si una mujer así se quedara en silencio, y llevara a cabo su decisión, qué es lo que pasaría; con qué se encontraría al final del camino».
Con qué se encontraría. Y hacia dónde (hasta dónde) nos llevaría Yeonghye con su silencio.

El silencio de Yeonghye es un aullido, como los gritos y alaridos que siente aprisionados en su pecho durante sus sueños; es fiereza bajo la aparente calma. A Yeonghye nos la cuenta su silencio, esos mismos sueños y los tres personajes que Han Kang elige para ello y que dividen esta novela en tres partes cada una de ellas más cautivadora, más subyugante, más paralizante.

El marido. El cuñado. La hermana..

Un poema de Rupi Kaur

Rupi_Kaur_reading_from_her_book_milk_and_honey_in_Vancouver_-_2017
¿Pensaste que era una ciudad
lo suficientemente grande como para una escapada de fin de semana?
Soy el pueblo que la rodea
del cual nunca escuchaste hablar
pero por el que siempre pasaste.
No hay luces de neón aquí
ni rascacielos o estatuas
pero hay trueno
pues hago temblar a los puentes.
No soy fritanga
soy mermelada casera
lo suficientemente espesa como para cortar
la cosa más dulce que tus labios tocarán.
No soy sirenas de policía
soy el chasquido en una chimenea.
Te quemaría y tú no apartarías la mirada de mí
porque me vería tan hermosa haciéndolo que te sonrojarías.
No soy un cuarto de hotel. Soy hogar.
No soy el whiskey que quieres
soy el agua que necesitas.
No vengas aquí con expectativas y tratando de hacer de mí una vacación. 

Rupi Kaur, Honey and Milk (2014)

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Bianca Li (1984) Estudiante de Humanidades y Sociales.

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Aki Shimazaki: El quinteto Nagasaki frag.

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Llueve desde la muerte de mi madre. Estoy sentada junto a la ventana que da a la calle. Espero al abogado de mi madre en su oficina, donde trabaja una sola secretaria. Estoy aquí para firmar todos los papeles de la herencia: el dinero, la casa y la tienda de flores de la que se ocupaba desde el deceso de mi padre, muerto de un cáncer de estómago hace siete años. Soy la única hija de la familia, y la única heredera declarada.
Mi madre le tenía cariño a la casa. Es una vieja casa rodeada de una cerca de arbustos. Atrás, un jardín con un pequeño estanque redondo y una huerta. En un rincón, algunos árboles. Entre los árboles, mis padres habían plantado camelias poco después de comprar la casa. Las camelias le gustaban a mi madre.
El rojo de las camelias es tan vivo como el verde de las hojas. Las flores caen al final de la estación, una por una, sin perder su forma: corola, estambres y pistilo permanecen siempre juntos. Mi madre recogía las flores del suelo, todavía frescas, y las arrojaba al estanque. Las flores rojas de corazón amarillo flotaban en el agua unos días.
Una mañana le dijo a mi hijo: «Me gustaría morir como una tsubaki. Tsubaki es el nombre japonés de la camelia».
Ahora, como era su deseo, sus cenizas están dispersas en la tierra alrededor de las camelias, y su lápida está junto a la de mi padre en el cementerio.
Aunque solo anduviera por los sesenta, decía que ya había vivido lo suficiente en este mundo. Tenía una grave enfermedad pulmonar. Era una sobreviviente de la bomba atómica que había caído en Nagasaki tres días después de Hiroshima. Esta segunda bomba causó ochenta mil víctimas en un instante e hizo que Japón capitulara. Allí también murió su propio padre, mi abuelo.
Nacido en Japón, mi padre partió después de la guerra rumbo a este país, donde su tío le había ofrecido trabajar en su pequeña empresa. Era un taller de ropa de algodón inspirada en la forma del kimono, recta y simple. Antes de irse, mi padre quería casarse. Una pareja de su familia organizó un miai con mi madre: se trata de un encuentro convenido con vistas al matrimonio. Mi madre era hija única, su madre había muerto también, de leucemia, cinco años después de la bomba atómica. Como se había quedado sola, mi madre decidió aceptar casarse con mi padre.
Con él trabajó sin descanso para desarrollar la empresa; luego, cuando se jubilaron, dedicó mucho tiempo a la tienda de flores que abrieron juntos. Asistió a mi padre hasta el último momento. En el funeral me dijeron que debía de haber sido feliz con una mujer tan dedicada como mi madre.
Solo después de la muerte de mi padre pudo llevar una vida más tranquila y discreta en compañía de una empleada doméstica extranjera, la señora S. Esta dama no entendía japonés ni la lengua oficial del lugar. Solo necesitaba dinero y una habitación, y mi madre necesitaba a alguien que pudiera ocuparse de ella en la casa. A mi madre no le gustaba la idea de vivir conmigo o en un asilo, menos aún en una clínica. En caso de necesidad, hacía llamar a su médico por la señora S., que apenas podía decirle por teléfono: «Venga a casa de la señora K.».
Mi madre, además, confiaba en la señora S. «Nos arreglamos», le contestó a mi hijo cuando le preguntó cómo se comunicaban entre ellas. «Me siento bien sin hablar. La señora S. es una persona discreta. Me ayuda y no me molesta en absoluto. No es una persona instruida. No me importa. Lo que cuenta para mí son sus modales.»
En cuanto a la guerra y la bomba atómica que cayó en Nagasaki, mi madre se negaba a hablar del asunto. Más aún, me prohibía decir en público que era una sobreviviente de la bomba. Pese a toda la curiosidad que yo había sentido desde niña, tenía la obligación de dejarla en paz. Me parecía que seguía sufriendo la pérdida de su padre, a quien la carnicería se había llevado.
Fue mi hijo, sin embargo, quien en su primera adolescencia empezó a hacerle las mismas preguntas que siempre me habían preocupado. Cuando se ponía demasiado insistente, mi madre le gritaba que volviera a su casa.
En sus tres últimas semanas nos decía que le costaba dormir. Le pidió somníferos a su médico. Fue en ese período cuando, de pronto, se puso a hablar de la guerra hasta por los codos. Mi hijo y yo íbamos a verla casi todas las tardes. Mi madre siguió hablándole del asunto incluso la víspera de su muerte.
Estaba sentada en un sillón de la sala, frente a la cocina, donde yo leía un libro. Podía verlos y oírlos a los dos.
Mi hijo le preguntó:
—Abuela, ¿por qué los norteamericanos tiraron dos bombas atómicas en Japón?
—Porque en ese momento solo tenían dos —dijo ella con franqueza.
La miré. Me pareció que bromeaba, pero su rostro estaba serio. Asombrado, mi hijo dijo:
—¿Quiere decir que si hubieran tenido tres habrían tirado la tercera en otra ciudad de Japón?
—Sí, creo que hubiera sido posible.
Mi hijo hizo una pausa y dijo:
—Pero los norteamericanos ya habían destruido la mayoría de las ciudades antes de tirar las bombas, ¿no es cierto?
—Sí, en los meses de marzo, abril y mayo, cerca de cien ciudades habían sido destruidas por los B-29.
—De modo que para ellos era evidente que Japón no estaba en condiciones de seguir combatiendo.
—Sí. Por otro lado, los dirigentes norteamericanos sabían que, en junio, Japón, por intermedio de Rusia, intentaba emprender negociaciones de paz con los norteamericanos. Japón también temía ser invadido por los rusos.
—Entonces ¿por qué lanzaron de todos modos esas dos bombas, abuela? La mayoría de las víctimas eran civiles inocentes. ¡Mataron a más de doscientas mil personas en unas semanas! ¿Qué diferencia hay con el Holocausto de los nazis? ¡Es un crimen!
—Así es la guerra. Solo se piensa en ganar —dijo ella.
—Pero ¡si ya habían ganado la guerra! ¿Para qué hacían falta las bombas? A mi bisabuelo lo mató una bomba que, en mi opinión, era totalmente inútil.
—No eran inútiles para ellos. Una acción siempre tiene razones y ventajas.
—Entonces dígame, abuela, ¿qué ganaron lanzando esas dos bombas atómicas?
—Amenazar a un enemigo más grande, Rusia.
—¿Amenazar a Rusia? Entonces ¿por qué no era suficiente con una sola bomba atómica?
—¡Buena pregunta, nieto mío! Creo que los dirigentes norteamericanos querían mostrar a los rusos que tenían más de una bomba atómica. Tal vez también quisieran ver qué efecto producía cada bomba, sobre todo la segunda, pues eran dos bombas distintas: la que cayó en Hiroshima había sido fabricada con uranio; la de Nagasaki, con plutonio. Gastaron en secreto muchísimo dinero en esas bombas. El norteamericano común no sabía de su existencia. Ni siquiera Truman, el vicepresidente de la nación, había sido informado. Puede que se vieran obligados a usarlas antes de que la guerra terminara.
Mi hijo no se conformó con esa respuesta. Siguió interrogándola:
—Si las bombas eran para amenazar a Rusia o para probar nuevas armas, ¿por qué lo hicieron con Japón, donde ya no quedaba nada por destruir? ¿Por qué no en Alemania?
—¡Ah, otra pregunta curiosa! Alemania ya había renunciado oficialmente a la guerra. Incluso de no ser así, los norteamericanos no se habrían atrevido a tirar bombas atómicas en el centro de Europa. Son descendientes de europeos, después de todo. Los norteamericanos consideraban que todos los japoneses, civiles o militares, eran sus enemigos, pues no eran hakujin.
—¿Incluso los cristianos? —preguntó.
—Por supuesto —contestó ella sin vacilar—. Cuando vivía en Nagasaki conocí a gente católica. Nagasaki es famosa por sus creyentes. Un día, una muchacha católica de mi escuela me dijo muy seria: «Los norteamericanos son cristianos. Si ven cruces en nuestra ciudad, pasarán de largo sin arrojar las bombas». Le dije enseguida: «Para ellos, los japoneses son japoneses». Y la bomba atómica cayó frente a una iglesia.
Mi hijo estaba callado. En realidad, la mitad de su ascendencia es europea. Sus bisabuelos eran alemanes. Su abuelo, nacido también en Alemania, pero criado en Estados

https://www.megustaleer.com/libros/el-quinteto-de-nagasaki/MES-085552/fragmento

Reseña de la librería de Mitzuko de Aki Shimazaki de Wilson Pérez Uribe

Esa sutil inocencia de las palabras en la obra de Aki Shimazaki: Hôzukim la librería de Mitsuko

Las cosas extrañas portan una sutileza encantadora. Vienen de a poco, nos son dadas gradualmente, como si tuviéramos que habituarnos a ellas para recibirlas. Quizá, sin titubeos, sea esta la experiencia que se deshilvana en la lectura de Hôzukim la librería de Mitsuko (2017)de Aki Shimazaki (Gifu, Japón, 1954), novelista y traductora canadiense de origen japonés. Un libro para acompañarnos durante un viaje o en una tarde de tibio sol. Traducida por Íñigo Júregui y publicado por Nórdica Libros, se nos ofrece una novela ligera por su extensión y no menos diciente por lo que se permite sugerir entre sus líneas.
Mitsuko vive con su hijo Tarô Tsuji y su madre, una anciana católica. Ella pasa sus días en una librería de su propiedad, especializada en la venta de libros de filosofía. Descubrimos una vida serena, apacible, la cual se complementa con un trabajo un poco distinto al habitual. Cada viernes en la noche cambia su tranquila posición de mujer vendedora de libros para trabajar en un bar de alta gama. Allí presta sus servicios y no se priva de variadas y particulares conversaciones con intelectuales y escritores. Mitsuko, de reservada personalidad, dice: “Cada uno tienen una vida única y problemas que pueden ser increíbles. Como se suele decir: ‘La realidad a menudo supera la ficción’. Pero, después de todo, la vida del prójimo no es asunto de nadie”. No le han interesado los problemas de las demás personas, no ha asistido al encadenamiento que impone otro ser. Hay en ella una ingenuidad que le permitía recordar una vida pasada donde abundaron los amantes, los viajes a otros países y algunas marcas propias de la vida que no reservarían esa áspera línea entre la alegría y la tristeza.
Tarô, hijo de Mitsuko, es sordomudo. En la novela se particulariza su condición a través de la mención de esa antigua lengua de señas que el niño aprende para comunicarse con su madre y su abuela. Sin embargo, no desconoce los ideogramas chinos (kanji) ni la escritura silábica japonesa (hiragana). En la infancia todos los comienzos son posibles: suerte de natalidad frente al mundo, acontecimiento de la mirada, experiencia de una poética del sentido. En este sentido, Aki Shimazaki ha recreado en Tarô la figura de un personaje inolvidable. Aficionado a la pintura, aprenderá ese silencio musical con el que se pueden mirar la cosas, no solo de su madre, sino también de su gato Sócrates, quien fue encontrado, en medio de la intemperie, por Mitsuko. Tarô, de siete años, conoce a Hanako, una niña que ingresa con su madre Sato a la librería buscando algunos libros de filosofía y psicología. El encuentro entre ambos niños será determinante para que otra historia vincule a las dispares Mitsuko y Sato. Un encuentro, único e indefinible, entre dos vidas que llegan a vincularse más allá del tiempo y del espacio, más allá de disímiles percepciones sobre la verdad y la mentira, dando a la historia un giro entrañable y sensato.
Si en la infancia asistimos a ese comienzo posible, es porque Torô nos revela otra dimensión del ser niño. Es decir, la inocencia es el fruto de una mirada honesta frente al mundo. No nos podemos privar de compartir este fragmento que resulta ser luminoso:

“Le explico a Tarô el significado de la palabra confesión.

—Si admito ante el cura el mal que hice, ¿de verdad Dios va a perdonarme? —pregunta, confundido.

—No lo sé, pero es lo que creen los católicos. A condición de que no repitas tu falta.

—¿El cura no le cuenta a nadie lo que ha oído?

—No. Su función es guardar el secreto.

—Incluso si le robo a alguien, ¿no me llevará la policía?

—No. El cura tratará de convencerte de que vayas tú mismo a la policía.

—Si me niego a ir, ¿llamará a la policía?

—No. Aun así, debe guardar el secreto.

—¿Y si la policía le pide que diga la verdad?

—Intentará convencerte, peo no te traicionará.

—¡Qué valiente! —exclama Tarô, impresionado.

—Sí, mucho, pero tú tampoco debes traicionarlo.

—¿Qué quieres decir?

—Que tú te arrepientes de lo que has hecho y no lo repites.

—Si todo funciona así —dice —, no hace falta policía ni cárcel”.

Aki Shimazaki propone en su novela una relación fría y tensa, en un principio, pero que se irá construyendo, a la manera de fragmentos que forman un objeto concreto. A través de Mitsuko y la distinguida señora Sato, la autora explorará la temática, siempre frágil y compleja, de la maternidad, el abandono, el aborto y la adopción. El lector que propone es un lector activo, como lo pensara Julio Cortázar. El lector habitará la historia, anudará las luces que se ocultan entre sombras, construirá una casa donde ambas mujeres habitarán en un destino común y compartido. La cercana amistad entre los dos niños, Tarô y Hanako, será ese puente entre el presente y el pasado. La analepsis abunda y el tejido tomará tramas y texturas no avizoradas. Será el lector quien las descubra, quien perciba al final un otro decir, para ligarse con hechos y recuerdos donde resuena, siempre, una cierta lección del amor.
Aki Shimazaki, en Hôzukim la librería de Mitsuko, nos comparte una visión íntima sobre cómo se anudan los lazos humanos. Es una novela que sigue diciendo luego de ser leída. La sugerencia ha sido una de las características más destacables en la literatura japonesa. No representar el mundo completamente, sino graduarlo para que se convierta en encuentro, en acontecimiento y, por qué no, en la felicidad de unos hechos que precisan de nuestra mirada para tomar la forma de la memoria en esa sutil inocencia de las palabras.

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Mini biografía

Aki Shimazaki nació en Gifu (Japón) en 1954, pero vive en Montreal (Canadá) desde 1991. Sus libros han sido traducidos al inglés, japonés, serbio, alemán, ruso y húngaro. Con «El quinteto de Nagasaki» ganó el Premio Ringuet de la Academia de las Letras de Quebec, el Premio Literario Canadá-Japón y el Premio Gouverneur-Général en 2005. Tras un segundo ciclo de cinco novelas titulado Au coeur du Yamato, en 2015 comenzó un tercero, Azami. Es también autora de las novelas «Tonbo» (2012) y «Hôzuki, la librería de Mitsuko» (2016)

Wilson Pérez Uribe (@WilsonP_U). Escribe poesía y ensayo. Algunos de sus poemas y ensayos han sido publicados en Colombia, España y México en revistas como La TaguaAurora BorealSuma CulturalOtro PáramoPeriódico de poesía UNAM, Literariedad, Desván y Cronopio, periodismo cultural, entre otros. entre sus poemarios destacan El amor y la eterna sinfonía del mar (Hombre Nuevo Editores, 2011) y  Movimientos (Universidad de Antioquia, 2018).

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Kim Thúy Vietnam

Kim_Thúy_-_Atlantide_2018

«cada domingo iba yo a la ribera de un estanque de lotos en las afueras de Hanói, donde siempre había dos o tres mujeres de espalda arqueada, de manos temblorosas, que, sentadas en el fondo de una barca redonda, se desplazaban por el agua con la ayuda de una pértiga para colocar hojas de té dentro de las flores de loto abiertas. Regresaban al día siguiente para recogerlas, una a una, antes de que los pétalos se marchitasen, después de que las hojas aprisionadas hubieran absorbido durante la noche el perfume de los pistilos. Me decían que cada hoja de té conservaba así el alma de aquellas efímeras flores.”

“… así es hasta la posibilidad de este libro, hasta ese instante en que mis palabras resbalan por la curva de vuestros labios, hasta esas hojas blancas que toleran mi surco o, más bien, el surco de quienes caminaron ante mí, por mí. He avanzado en la huella de sus pasos como en un sueño despierto donde el perfume de una peonía abierta no es ya un olor sino un florecimiento; donde el rojo profundo de una hoja de arce en otoño no es ya un color, sino una gracia; donde un país no es ya un lugar, sino un arrullo.”

 

Yo era dueña de la eternidad, porque el tiempo es infinito cuando no se espera nada.

Cuando el futuro no existe, porque no se espera nada, el presente consiste en viajar constantemente al pasado. Un presente vivido entre sabores y aromas, como compañeros de viaje hacia el pasado, hacia los pasados…

Todo un placer leer a Kim Thúy.

Algunos fragmentos:

p. 31:
“Por eso me llamo Mân, que quiere decir ‘enteramente colmada’ o ‘que no tiene nada más que desear’, o ‘a quien se le han concedido todos los deseos’.”

p. 50:
“Según él, las golondrinas profesaban un amor paciente e infinito a sus polluelos porque eran las únicas que fabricaban sus nidos sólo con ayuda de su saliva. Al comer los nidos, tendríamos más oportunidades de ser padres a nuestra vez.”

p. 52:
“De entre tanta preciosa recolecta, se me había quedado la palabra ‘indolencia’ del libro Buenos días, tristeza de Françoise Sagan, ‘languidez’ de Verlaine y ‘penitenciario’ de Kafka. Además Mamá me explicó qué significaba ‘ficción’ con la siguiente frase de Albert Camus en El extranjero: ‘Por la noche, Marie vino a buscarme y me preguntó si quería casarme con ella’, pues para nosotras era impensable que una mujer pudiese manifestar tal deseo. Y luego, sin conocer ni el principio ni el final de la historia de Marius, de Los miserables, lo había erigido en héroe porque, una vez, nuestra ración mensual de cerdo había venido envuelta en la frase: ‘La vida, la desgracia, el aislamiento, el abandono, la pobreza son campos de batalla que cuentan con sus héroes; héroes oscuros, más grandes a veces que los héroes ilustres…’.”

p. 84:
“Mamá me repetía a menudo que, en caso de conflicto, es mejor retirarse que insultar a alguien, aunque esa persona sea quien tenga la culpa. Si mancillamos al otro, nos ensuciamos la boca, ya que antes deberemos llenarla de ira, de sangre y de veneno.”

p. 89:
“Descubrí las Amapolas de Monet en el Museo de Orsay…”

p. 98:
“Me pareció particularmente menuda y envejecida. Parecía haber franqueado ese umbral donde dejaba que el tiempo la meciera no porque lo estipula el contrato, sino con ternura, como si se confiasen uno a otro y se burlasen con afecto de los torbellinos de la juventud.”

Diez escritoras contemporáneas que deberías empezar a leer ya mismo (si no lo estás haciendo)

 

¿Quieres leer escritoras pero no sabes por dónde empezar? Desde CANINO intentamos arrojar algo de luz a esta cuestión presentándote a diez escritoras contemporáneas de gran calidad con pequeñas píldoras que te ayuden a escoger no sólo la escritora, sino la obra que más se adapte a tus gustos.

Mientras la mayoría de lectores, nada más comenzar el año, planifican una serie de retos para motivar la lectura de libros, yo suelo plantearme proyectos que se convierten en un leitmotiv que me sirve de excusa para lo mismo (leer libros) pero se mantienen durante todo el año. O más, incluso. Mi proyecto actual, el que voy a seguir en el 2016, similar a la decisión que tomó Azul Corrosivo y que también explicó en CANINO, tiene que ver con leer únicamente a mujeres, las razones las explico en este post y me está ofreciendo no pocos descubrimientos, además de nuevas perspectivas.

En mi caso particular no es que no leyera mujeres, pero es cierto que leía muchos más hombres. De ahí que este año quiera equilibrarlo un poco más, además de aprovechar para dar difusión a autoras menos conocidas. Me gustaría que se tratase de una evolución y, como tal, me planteo una base: aquellas escritoras que, a día de hoy, sin haber profundizado más, considero imprescindible leer. He establecido otros dos hitos: a los seis meses y al finalizar el año, en los cuales me gustaría ampliar el listado con otro buen grupo de buenas escritoras. Es ambicioso pero va a valer mucho la pena.

Chimamanda

Chimamanda Ngozi Adichie (1977): Esta nigeriana es una de mis últimas devociones. Después de leer Americanah (2013) es difícil no rendirse ante su talento. Una novela completísima que trata todo tipo de cuestiones relativas al género y al colonialismo y que, sin embargo, adopta perspectivas diferentes a las habituales sin perder un tono ligero -a pesar de los temas tratados-. Lo bueno de ella es que no es autora de una sola obra, solamente hay que transitar por Medio Sol Amarillo (2006)donde, además, desgranaba parte de la historia de Nigeria o, sencillamente, disfrutar de su clarividencia en ese discurso maravilloso (Todos deberíamos ser feministas) en el que es capaz de demoler el patriarcado en apenas sesenta páginas. Si os gusta, tenéis la suerte de poder encontrar toda su obra publicada y disponible con cierta facilidad. Un verdadero lujo

lorrie-moore

Lorrie Moore (1957): Esta americana, junto a una canadiense que mencionaré más adelante, es una de las mayores especialistas en las distancias cortas de la actualidad. Dos obras considero claves para saber si te gusta. Su recopilación de relatos Pájaros de américa (1998) es excepcional, presenta la realidad de la sociedad americana desde lo terriblemente cotidiano y con un estilo exquisito adaptado a cada una de las temáticas. El sueño americano no es dulce en sus afiladas palabras. El segundo libro para descubrirla es, curiosamente, una novela, Al final de la escalera (2009). Me consta que mucha gente no ha disfrutado tanto cobn ella pero, sin embargo, la considero un culmen de su estilo, ese lirismo cínico que destila, ese reflejo lacerante de un mundo que no es tan feliz como podríamos pensar. Una gran aspirante a pertenecer al canon de la Gran Novela Americana.

Svetlana-nobel

Svetlana Alexiévich (1948): La última galardonada con el premio Nobel de literatura es otra de las últimas escritoras que he añadido a mi selección particular. La culpa la tienen dos libros excelentes: Voces de Chernóbil (1997) y La guerra no tiene rostro de mujer (1985).Su técnica consiste en coger un conflicto de algún tipo (el desastre de de Chernóbil o la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo) y realizar entrevistas a personajes que tuvieron que ver con él y que, sin embargo, nunca han podido dar voz a sus vivencias. La autora enlaza todos los testimonios para dejar por escrito una verdadera historia oral, la de aquellos olvidados. Naturalmentese centra en la mujer y consigue dotar de perspectivas radicalmente distintas a las esperablesa la narración. Esto es especialmente palpable en el segundo de estos libros, donde el típico relato guerrillero se centra en aspectos de otra índole que enriquecen cualquier pensamiento que pudiéramos tener preconcebido. Estamos de suerte: en marzo se publica otro libro de la bielorrusay hay un tercero disponible. Es buen momento para disfrutarla.

Atwood

Margaret Atwood (1939): Llevo ya mucho tiempo siguiendo a la canadiense. Estacomprometida ecologista y feminista es un caudal de buena literatura en la que no falta la ciencia-ficción o la novela policíaca, pasando por la poesía y el relato corto.Conocerla es amarla, pero hay que conocerla bien, y para ello lo mejor es irse a dos de sus obras clave: El cuento de la criada (1985) y El asesino ciego (2000). La primera es una distopía muy particular que le sirve como reflejo del papel de la mujer en la sociedad; la segunda es un relato aparentemente más decimonónico que se alterna con una serie de narraciones de género que parecen ir paralelas a la narración original. Ambas son prodigiosas, utilizando diferentes estrategias. Si no te gustan estas obras, es muy probable que no sea tu escritora. Sin embargo, si te gustan, probarás con todo. 

JCO

Joyce Carol Oates (1938): La estajanovista literaria por excelencia,una de las autoras actuales más prolíficas y, como muchos que me conocen saben, una de mis escritoras preferidas desde hace mucho tiempo. El problema de enfrentarse a ella viene, precisamente, de esta virtud; hay tantos libros, de tantos géneros y con tantos estilos diferentes que es muy probable que, si no dispones de alguna orientación, no encuentres la obra que te una definitivamente a ella; máxime teniendo en cuenta que no toda su obra está en castellano. Mientras pienso en acometer una Guía para Principiantes más detallada en el futuro os pongo varias de las obras que podrían servir para acercarse a ella: si te gustan los cuentos con tintes de género (policíaco o terror) Infiel: historias de transgresión (2001)es una buena opción; si prefieresla larga distancia y te gustan los experimentos postmodernistas y los juegos de estilo, Puro fuego (1993) o Hermana mía mi amor(2008)serían opciones excelentes; si por el contrario prefieres una narración más clásica, A media luz (2001)desborda por su elegancia; si, al fin y al cabo, no te quieres arriesgar demasiado pero quieres que se desgarre el corazón al leer entonces ve a por Violación: Una historia de amor (2003). No será por falta de posibilidades.

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Alice Munro (1931): En efecto, esta arquitecta del relato corto siempre consigue que disfrute con cada una de sus palabras. No encontraréis relatos largos en su caso; me gusta avisarlo porque no todo el mundo gusta de los relatos breves. Teniendo en cuenta esto, hay dos vertientes que utiliza para crear sus antologías: unir las historias por un nexo común argumental (al estilo de un ciclo de relatos) o bien ligarlas de manera más difusa, por temáticas o hilos más sutiles (con lo cual cada relato parece unitario). En el primer tipo una buena aproximación es La vida de las mujeres (1971), y en el segundo, Las lunas de Júpiter(1982) es apasionante y presenta una variedad de mujeres que vale la pena descubrir.

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A.S. Byatt (1936): Posesión (1990) es La Novela de Campus, sin más. Complejísima aproximación al subgénero que goza aquí, posiblemente, de su mayor estado de gracia, con una prosa que se une indisolublemente a lo poético y donde la autora demuestra una inteligencia sobrenatural, una cultura muy por encima de lo que estamos acostumbrados y, sí, por qué no decirlo, una erudición no exenta de calidez. Podría recomendar otras obras suyas más accesibles (como Ángeles e insectos -1992.), pero no vale la pena. A las/los buenas/os escritoras/es hay que descubrirlas/los con lo mejor que han hecho.

Mantel

Hilary Mantel (1952): Esta escritora británica ha despertado no pocas polémicas con su visión de la época de los Tudor; sobre todo por su particular aproximación a ciertos personajes y hechos que desafían profundamente la versión historicista (y más conocida). Independientemente de esto, En la corte del lobo (2009) es un intento maravilloso de alejarse de cánones y, mediante una perspectiva distinta (la de Cromwell), construir una novela magnífica que no puedo dejar de recomendar. Siempre me sorprende el tono de su prosa, distante, aparentemente frío y, sin embargo, totalmente cautivador.

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Siri Hustvedt (1955): No voy a decir que es la esposa de equis, como hacen en todos los medios. Sinceramente, esta novelista estadounidense merece por sí misma el éxito que tiene. No he leído muchas novelas suyas pero El mundo deslumbrante (2014)es tan buena que muy malas tendrían que ser las anteriores para quitarme esta opinión. No es fácil de leer y los temas que trata no son sencillos, pero es una novela completísima donde une el arte con el papel de la mujer y lo confronta con el patriarcado estructural de una manera muy elegante, donde la estructura es muy ingeniosa y los géneros se diluyen en una mezcla de autobiografía, ensayo y novela. Sin duda vale la pena tenerla en la mesilla de noche.

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Jhumpa Lahiri (1967): Su exotismo (hindú-americana nacida en Londres) y juventud no deben ensombrecer una carrera sólida (hasta tiene un Pulitzer) en la que se ha adentrado en estudios postcolonialistas mediante la presentación de protagonistas inmigrantes, tanto de primera como de segunda generación. Su foco en la crítica a los regímenes imperialistas (que también realiza a la perfección Chimamanda) es firme pero no monopoliza una narración llena de claroscuros y en la que se dignifica y enriquece el papel de la mujer en nuestra sociedad. En cuanto a las opciones para introducirse en su carrera, tanto Tierra desacostumbrada (2008) como La hondonada (2013)parecen buenos comienzos.

 

Diez escritoras contemporáneas que deberías empezar a leer ya mismo (si no lo estás haciendo)

Minificción: Nina Berbérova

25/05/2017

 

Rusia, 1901 – USA, 1993. Biógrafa, periodista, una de las narradoras rusas más importantes. Emigró a Francia en los años 20 y luego en los años 50 a Estados Unidos. Publicó muchos libros de narrativa y memorias. Los textos que aquí reproducimos pertenecen a “El cuaderno negro”, última parte de sus memorias 

Junio (1941)

G. y su mujer son nuestros vecinos (su hija sale con soldados alemanes). Al otro lado de nuestra cerca, ya en terreno de G., crece un joven ciruelo. Está completamente inclinado hacia nuestro lado y, por tanto, sus frutos, maduros y dulces, caen en casa. Debe de haber unas cien libras. A la casa vecina no cae ni uno. Encontré a la mujer de G. y le dije que viniera a casa a coger fruta cuando quisiera. Nosotros la recogemos a diario y hago compota para el invierno ya que es imposible hacer mermelada por falta de azúcar. Sin embargo, la vecina no vino y, un buen día, al salir al jardín, vi que G. había cortado el maravilloso arbolito. Allí yacía, al otro lado de la cerca, con sus frutos, destrozado y muerto. “Es pura maldad”, dijo Marie-Luise. No recogían las ciruelas y lo hicieron “por pura maldad”. El árbol quedó allí, en aquel estado, hasta que los pájaros se comieron todas las ciruelas y las ramas se desecaron. Cada día, contemplábamos durante un buen rato las hojas retorcidas, el tronco quebrado, delgado y duro. Por más que reflexionamos sobre lo sucedido no logramos dar con una explicación plausible que lo justificara y llegamos a la conclusión de que G. solo pudo haber actuado llevado por un odio feroz hacia nosotros.

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Abril (1942)

Relato de una madre y una hija, ambas francesas

En junio, huyeron de los alemanes. La madre es una aristócrata y la hija le es totalmente sumisa. Llegan a una granja abandonada y empiezan a ordeñar a las vacas que van hacia ellas mugiendo para que las ordeñen. En el sótano, encuentran a un senegalés herido, al que reaniman y curan. Una vez sano, el senegalés se convierte en su criado. Es un hombre maravilloso, servicial, semianalfabeto, tierno, en una palabra, una especie de príncipe Mishkin negro. Las dos mujeres, que ya no son jóvenes, recobran repentinamente el placer de vivir. Regresan los tres a París; pero, cuando llegan a la zona ocupada, un soldado alemán mata al Negro.

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Noviembre (1942)

Basta leer dos números del periódico ruso berlinés Palabra Nueva para comprender la nulidad, el servilismo, la bajeza y la venalidad del ruso cuando intenta obtener el favor de los poderosos.

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Julio (1943)

Un apicultor vino a revisar las colmenas. Marie-Louise me contó la siguiente historia respecto a él:

Tenía treinta años y su padre sesenta. Poseían un centenar de colmenas y contrataron a una mujer para que les ayudara. Por la noche, la mujer cenó con ellos y les preguntó dónde iba a acostarse. El padre le dijo que eligiera a quien quisiera, a él o a su hijo. La mujer eligió a este último y allí se quedó. El viejo murió. Ahora ambos tienen setenta años. Antes, la mujer había vivido en París donde ejercía la prostitución callejera, en el bulevar Montmartre. Alquilaba su sitio y, cuando se marchó al campo, lo vendió muy ventajosamente.

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Agosto (1943)

La señora Chaussade y su marido se han instalado en la casa vacía del guardabarreras (hace mucho tiempo que el ferrocarril quedó exento de sus funciones). Ha acogido en su casa a tres niñas judías, a las que esconde. El Comité judío les paga la pensión. Los padres de las niñas fueron deportados a Auschwitz hace tiempo.

A veces, la señora Chaussade viene a casa con ellas. Se trata de dos gemelas de quince años, y de Regina, que tiene once. Dado que no tienen cartilla de racionamiento, la señora Chaussade decidió cultivar un huerto e incluso compró algunas gallinas. Todo hubiera ido bien si el señor Chaussade no se hubiera comportado de una manera un tanto extraña. Se encaprichó de una de las gemelas y se la sentaba en las rodillas. La señora Chaussade temía por la pequeña y se pasaba las noches errando por la casa y vigilando a las niñas. Al final, se vieron obligadas a encerrarse. El señor Chaussade degolló a las gallinas, puso un candado al huerto, no les dio comida y amenazó con denunciarlas a la Gestapo.

Fui a París y me dirigí al Comité judío donde, entre otros, trabaja P.A. Berlin. Me prometieron trasladar a las niñas a otro lugar.

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Junio (1944)

Fuimos a bañarnos a un riachuelo bordeado de sauces llorones, a tres kilómetros de Longchêne. El agua solo nos cubría hasta las rodillas, pero bastó para refrescarnos. El agua era transparente y, en el fondo, se veían los cantos rodados. N.V.M. y Marie-Louise intentaban nadar y a M. y a mí nos dio un ataque de risa. De repente, durante el camino de regreso, oímos el zumbido de los aviones: eran dos cazas norteamericanos. Nos vieron, descendieron en picado y abrieron fuego sobre el saucedal. N.V.M., Marie-Louise y M. se arrojaron al suelo, entre los matorrales, y yo, completamente vestida, me metí en el agua. Cuando los aviones desaparecieron, seguimos tumbados boca abajo durante unos instantes (yo seguía en el agua); luego, regresamos a casa, sucios, deprimidos y amedrentados.

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Septiembre (1947)

El hombre con quien ahora vivo (pero no por mucho tiempo) no es alegre, ni bueno, ni amable. Nada le salió bien, ha olvidado cuanto sabía y no ama a nadie. Poco a poco, uno también deja de amarle.

Nota sobre la autora

Nina Berberova publicó los siguientes títulos: Los últimos y los primeros (1930); La soberana (1932) La acompañante (1935); El camarero y su amiga (1937); Crónicas de Billancourt (1930-1940); Tchaikovski (1936); Borodin (1938); Sin ocaso (1938); Alexandr Blok y su tiempo (1947); Destino mitigado (1949); El cabo de las tormentas (1950-1951); El hombre pensante (1958); La peste negra (1959), entre otros. Su libro de memorias El subrayado es mío (1969) es una joya literaria y también un doloroso testimonio de los años del zarismo, la revolución soviética y la Segunda Guerra Mundial. Agradecemos al escritor y profesor Arnaldo Valero que nos pusiera en la pista de estos textos brevísimos en El cuaderno negro, última parte de las memorias de Berberova.

http://atodomomento.com/entretenimiento/minificcion-los-jueves-nina-berberova/

La acompañante de Nina Berbérova fragmento

Nina Berbérova (San Petersburgo, 1901 – Philadelphia, 1993) abandonó Rusia en 1922 e inició un exilio que la llevaría a varios países europeos y a Estados Unidos. Poeta, novelista, ensayista, periodista, biógrafa, gran parte de su obra gira en torno a la vida de los exiliados rusos en Europa. Una buena muestra de su maestría literaria es La acompañante, novela corta que se publicó en 1935 y cuya traducción al francés, que apareció cinco décadas después, cuando la autora contaba ochenta y cuatro años, supuso su reconocimiento internacional.
Ambientada en San Petersburgo, Moscú y París, entre otras ciudades, La acompañante explora la ambivalente relación que se establece entre Sonia, la hija ilegítima y poco agraciada de una humilde profesora de música, y María Trávina, una diva rebosante de talento y belleza. En el San Petersburgo de 1919, asolado por el hambre y la miseria, la joven y tímida Sonia se convierte en la acompañante al piano de la ambiciosa soprano, a quien seguirá hasta París en el camino de esta última hacia el estrellato, que nada ni nadie parece capaz de detener.
Zenda publica las primeras páginas de La acompañante (publicada por Contraseña editorial).

Estas notas me las entregó el señor P. R. Se las compró a un chamarilero en la calle de la Roquette, junto con un grabado de unas vistas de la ciudad de Pskov en 1775 y una lámpara de bronce que en otro tiempo funcionaba con queroseno y que ahora, por lo demás, iba provista de un cable eléctrico bastante decente. Al comprar el grabado, el señor P. R. le preguntó al chamarilero si tenía algo más de procedencia rusa. «Sí», respondió el vendedor, y sacó de un polvoriento armario que estaba en un rincón de la vieja tienda un cuaderno forrado de hule, uno de esos que desde hace muchísimo tiempo han servido, sobre todo a los jóvenes, para escribir diarios.

El chamarilero le explicó que había comprado ese cuaderno unos cinco años antes por cincuenta céntimos, junto con algunas partituras y dos o tres libros rusos —por desgracia, no los encontró—, en un hotel de mala muerte, donde había vivido y fallecido una mujer rusa. Después la propietaria saldó —como pago por la habitación— los vestidos, la ropa de cama y otros objetos de la difunta: es decir, todo lo que queda cuando desaparece una mujer.
El señor P. R. primero escuchó todo el relato y solo luego abrió el cuaderno. Le interesaron las pri­meras líneas con las que sus ojos se toparon, así que pagó, tomó la lámpara con una mano, el grabado con la otra y el cuaderno bajo un brazo. En casa lo leyó hasta el final sin reconocer quién era la autora.
He modificado algunos detalles de estas notas, porque no todo el mundo puede ser tan poco perspicaz. La mujer que escribió y no quemó este cuaderno vivió entre nosotros, y muchos la cono­cieron, la vieron y la oyeron. La muerte, al parecer, la pilló por sorpresa. Si fue una enfermedad, debió de ser breve y virulenta, pues le resultó imposible poner en orden sus asuntos en este mundo; si se trató de un suicidio, fue tan repentino que a la di­funta no le dio tiempo de saldar ciertas cuentas…
En cualquier caso, esa mujer olvidó este cuaderno como el pasajero que olvida un paquete al saltar de un tren en marcha.
1
Hoy hace un año que murió mamá. Dije esa palabra varias veces en voz alta: mis labios se habían desacos­tumbrado. Resultó extraño y agradable. Luego se me pasó. Algunas personas llaman «mamá» a sus madrastras, otros llaman así a la madre de su ma­rido; una vez oí a un señor mayor llamar «mamaíta» a su mujer —que era diez años más joven que él—. Yo solo tuve una «mamá» y nunca tendré otra. Se llamaba Yekaterina Vasílievna Antónovskaia. Tenía treinta y siete años cuando nací yo, su primera y única hija.
Era profesora de música, y ninguno de sus alumnos se enteró de que me dio a luz… Solo su­pieron que durante todo un año había estado gra­vemente enferma, que se había marchado a alguna parte. Esperaron pacientemente su regreso. Antes de que yo naciera, algunos de ellos iban a su domi­cilio. Cuando aparecí yo, mamá dejó de recibirlos en casa. Se pasaba los días fuera. A mí me cuidaba una vieja cocinera. Vivíamos en un piso pequeño de dos habitaciones. La cocinera dormía en la cocina; mamá y yo, en el dormitorio, y la otra estancia la ocupaba el piano de cola, por lo que la llamábamos «la habitación del piano». Comíamos allí. El día de Año Nuevo los alumnos varones enviaban flores a mamá, mientras que las chicas le regalaban retratos de Beethoven y máscaras de Liszt y de Chopin. Un domingo íbamos por la calle —yo debía de tener unos nueve años— y nos encontramos a las dos her­manas Svéchnikova, que acababan de terminar sus estudios en el liceo. Se pusieron a besar y a abrazar a mamá tan efusivamente que yo, del susto, me eché a gritar.
—¿Quién es esta criatura, Kátish Vasílievna? —pre­guntaron aquellas señoritas.
—Es mi hija —respondió mamá.
A partir de ese día, todo se supo, y, al cabo de una semana, mamá perdió tres alumnos; un mes después ya solo le quedaba Mítenka.
A los padres de Mítenka les traía sin cuidado si mi madre estaba casada o no, cuántos hijos tenía y de quién. Mítenka era un chico con talento, y sus padres pagaban bien, pero era imposible vivir únicamente de esas clases. Despedimos a la coci­nera, vendimos el piano y, sin pensarlo mucho, nos mudamos a San Petersburgo. Allí mamá se en­contró con algunos conocidos del conservatorio. En esa ciudad también la querían. Despacio, la­boriosamente, conquistó una vida tanto para ella como para mí. Y en el primer invierno volvía a ir de aquí para allá todo el día, lloviera o helara. A mí me matriculó en el conservatorio, en el curso preparatorio. Entonces yo ya tocaba el piano con total corrección.
No se me ocurrió pensar si mamá sufrió al aban­donar nuestra ciudad natal, donde había crecido sola con su madre, también profesora de música. Su padre —mi abuelo— había muerto prematura­mente, y las dos se quedaron solas, como nosotras luego, y todo era muy parecido, salvo que en su caso no había vergüenza. La abuela envió a mamá a estudiar a San Petersburgo cuando tenía dieciséis años. Terminó sus estudios en el conservatorio, re­gresó a N., dio un concierto, tocó en veladas bené­ficas y poco a poco empezó a dar clases a pequeños principiantes.
Nunca pensé en cómo había vivido sola después de la muerte de su madre, ni en cómo se acercó a la treintena, ni en lo que pasó después ni en quién era mi padre. No cerraba con llave los cajones de su escritorio, pero nunca encontré cartas ni fotografías. Recuerdo que una vez, cuando yo aún era muy pequeña, le pregunté si tenía un papá. Ella me contestó:
—No, Sónechka mía, no tenemos papá. Nuestro papá murió.
Dijo «nuestro», y lloramos juntas un rato.
Me enteré de todo de una manera muy sencilla. Tenía quince años cuando vino a San Petersburgo una amiga de mamá, profesora de francés en el liceo de N. Era por la tarde, sobre las seis. Mamá había salido. Yo estaba tumbada en nuestro pequeño sofá destartalado y leía a Tolstói. El timbre. Besos. Exclamaciones. «Pero ¡cómo has crecido! ¡Qué mayor estás!».
Pasamos mucho rato solas, ya era de noche, la lámpara estaba encendida; al otro lado de la pared alguien cantaba. Charlamos, recordamos los años lejanos en N., mi infancia. No sé cómo fue, pero me explicó que mi padre era un antiguo alumno de mamá que entonces tenía solo diecinueve años, y que, antes de él, mi madre no había amado a nadie. Ahora estaba casado y tenía hijos. No le pregunté ni su nombre ni su apellido.
Llegó mamá. Entonces tenía ya más de cincuenta años. Era menuda, con el cabello cano, como la mayoría de las madres, y, por alguna razón, le empezaban a salir pecas en las manos. Yo misma no supe qué me pasaba: sentí pena por ella, tanta que me apetecía acostarme y llorar y no levantarme hasta que me quedara sin lágrimas. Me ofuscaba cuando pensaba en el causante de la ofensa: si en ese instante hubiese entrado por la puerta, me habría abalanzado sobre él, le habría sacado los ojos y mordido la cara. Pero, además, tenía vergüenza. Comprendí que mamá era mi deshonra, del mismo modo que yo era la suya. Que toda nuestra vida era una vergüenza irreparable.
Pero eso pasó. En el conservatorio, nadie me preguntó nunca por mi padre… Por lo demás, no llegué a establecer una amistad íntima con nadie. Había guerra. Yo ya me había hecho mayor. Poco a poco me hice a la idea de que tendría que elegir un trabajo: oficio ya tenía.
Llamaba a mi padre «ofensor». Más tarde comprendí que no era del todo así. Él tenía diecinueve años. Para él, mi madre solo había sido una etapa hacia la madurez. Lo más probable es que ni siquiera sospechase que ella, a su edad, aún fuera virgen. ¿Y ella? Con cuánto desespero y pasión, a pesar de la cercanía, debió de amarlo para entablar una relación con un chico que habría podido ser su hijo y dar a luz a una niña fruto de esa breve relación, la única de su vida. ¿Qué le quedaría de todo eso en la memoria y en el corazón?
Y llegó la revolución. Para cada cual la vida anterior acabó en un momento diferente: para uno, al subir a bordo de un barco en Sebastopol; para otro, cuando los hombres de Budionni1 entraron en su pequeña ciudad de las estepas; para mí, en la vida apacible de San Petersburgo. No había clases en el conservatorio. Mítenka, que desde hacía un mes daba vueltas por San Petersburgo —había venido a estudiar composición—, llegó a nuestra casa en la mañana del 25 de octubre. Mamá estaba resfriada. Mítenka tocó el piano, después comimos, y luego él se durmió… Ah, ¡qué bien me acuerdo de ese día! Por alguna razón, yo estaba muy ocupada cosiendo algo. Por la noche, los tres jugamos a las cartas. E incluso recuerdo que, para cenar, tomamos pescado.
Hijo de unos ricos comerciantes de N., Mítenka era el único alumno que mamá conservaba, por decirlo así, de los tiempos de la «vergüenza». Era un joven flemático, unos tres años mayor que yo, completamente indiferente a la vida, en general, y a la suya, en particular. Tenía peculiaridades: era un chico distraído y somnoliento; a sus tutores les había costado inculcarle hábitos de limpieza.
No sentía una gran devoción por la música; él era una suerte de vehículo de sonidos caóticos que, a través de él, se arrancaban de la nada y emergían a la realidad. Después de matricularse en el curso de composición, sorprendió a todo el mundo por sus ideas avanzadas, revolucionarias. Pero, cuando mantenía una conversación, estaba indefenso y no podía explicar ni defender nada. Mamá se desesperaba cada vez más con sus cacofonías, que de una manera estúpida y atroz se estaban apoderando de él.
A mí Mítenka me era indiferente. Ese otoño, después de tantos años lejos de N., me fijé por primera vez en él de verdad. Tenía veinte años. No era atractivo, había empezado a crecerle una barba que no siempre se afeitaba, pero en la cabeza ya le raleaba el pelo. Además, llevaba unas grandes gafas de pinza plateadas, tenía la voz gangosa y, cuando escuchaba, daba fuertes resoplidos. Pero quería mucho a mamá. Se disculpaba por sus corales con letra de Jlébnikov2 y decía que llegaría el momento en que no quedaría nada: ni caminos, ni puentes ni alcantarillado…; solo música.
Mis conocidos del conservatorio, que venían a visitarnos a casa, consideraban a Mítenka un cretino, pero nadie dudaba de su genialidad como músico. A mí me traían sin cuidado sus corales o su afecto. Me inquietaban los acontecimientos, me preocupaba el futuro y, en especial, un tal Yevgueni Ivánovich, empleado en la secretaría del conservatorio, que se había ido a Moscú y con quien había tenido, un mes antes, la siguiente conversación:
Él: —¿Es usted perspicaz?
Yo: —Me parece que sí.
—Hay algo que quiero decirle, pero no puedo. Tiene que adivinarlo.
—Muy bien.
—Responda: ¿sí o no?
Se me aceleró el corazón.
—Sí…
Pero no fue Yevgueni Ivánovich el destinado a dar un giro a mi vida, sino el paliducho y necio de Mítenka. El primero partió a Moscú y nunca regresó. Mis esperanzas de boda resultaron infundadas. Ese invierno, mientras repasaba mi conversación con él y seguía esperando que me escribiera, que viniese, a veces empezaba a tener la impresión de que no me había hecho ninguna declaración de amor, de que debía de haber tenido en mente algo del todo distinto: por ejemplo, pedirme que le prestase algo de dinero o que saludara de su parte a alguna chica por la que debía de estar interesado. Pero ¡allá él! Centrémonos, en su lugar, en un nuevo encuentro que resultó para mí «fatídico». En el invierno de 1919, Mítenka me presentó a María Nikoláievna Trávina.
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Autora: Nina Berbérova. Traductora: Marta Rebón. TítuloLa acompañanteEditorial: Contraseña Editorial. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.
Nina berberova rusia

El tigre blanco de Aravind Adiga Fragmento Literatura Hindú

https://www.wattpad.com/156078-aravind-adiga-tigre-blanco/page/44

Alfredo Álamo el 19 de noviembre de 2009 en Reseñas

Tigre Blanco

Desde una premisa un tanto peculiar, Tigre Blanco se compone de una serie de cartas – o notas, más bien- que un avispado empresario de Bangalore tiene a bien enviarle al primer ministro chino en su visita a la India, Adiga es capaz de retratar de manera magistral los últimos quince años de la India, alternando pinceladas delicadas con gruesos brochazos.

Lo que es en realidad la historia de un muchacho, al principio sin nombre aunque reciba el de Balram Halwal, y además el de Tigre Blanco, sin que eso quite que lleve alguno más a lo largo de su narración, se convierte en un excusa para enseñar lo que en la India llaman la Oscuridad, el interior del país, bañado por el Ganges y sumido en unos usos y costumbres rayanos en lo medieval. Es curioso como la narración podría haber sido igual sobre los años veinte o sobre los sesenta. Llega a sorprender encontrarse los primeros atisbos de tecnología, como un teléfono móvil, o un centro comercial, lugar donde sólo los ricos pueden entrar.

Adiga nos enseña la India de contrastes a través de la vida de un criado que se vuelve pícaro, un hombre que aspira a mucho más de lo que tiene, animado más por una curiosidad innata que por un sentimiento de maldad. Mientras hay hospitales abandonados para miles de personas, brillantes clínicas privadas florecen de Dheli. Ciudades enteras, en la Luz, es decir, en la costa, son caldo de cultivo para las subcontratas americanas, que dan prosperidad y espacio para que los empresarios autoeducados, como Balram, puedan hacer sus negocios.

El Tigre Blanco aparece uno en cada generación y Balram es uno de ellos, el elegido para abandonar la oscuridad y, por lo menos, acercarse hasta la luz, aunque para ello descubra, admire y reniegue de su propia naturaleza.

La obra de Adiga fue galardonada con el Man Booker de 2008 y la verdad es que es un auténtico placer adentrarse en la sociedad india de manos de un narrador ágil y que es capaz de contarte desde cómo se trabaja en un salón de té a la corrupción política estatal en apenas dos párrafos seguidos y conectados de manera magistral.

 

A inicio hay una liga, la vuelvo a poner:

https://www.wattpad.com/156078-aravind-adiga-tigre-blanco/page/44

No me permitió copiar,  es extenso, pero no tiene desperdicio, de esos autores que uno empieza y desea seguir.  Ojo: abre la liga bien y cuando se despliega hay una flecha con la punta hacia arriba, denle clik allí y los llevará al inicio. Disfruten del fragmento de un excelente escritor.

Hacia otro verano (Janet Frame)

abril de 2016

Título original: Towards another summer
Traductor: Aleix Montoto
Páginas: 272
Publicación: 1963 (2008)
Editorial: Seix Barral
ISBN: 9788432228407
Sinopsis: La escritora Grace Cleave acepta la invitación de un matrimonio con dos hijos para pasar un fin de semana lejos de Londres, en una casa en el norte de Inglaterra. Mientras lucha por combatir un bloqueo creativo, Grace se siente cada vez más como un pájaro migratorio, y escucha con obsesiva intensidad la llamada de Nueva Zelanda, su tierra natal. Insegura de su capacidad para habitar el mundo, Grace finge ser capaz de ocupar un lugar en la sociedad.

Durante mucho tiempo había notado que no era humana, y sin embargo, era incapaz de sentirse cercana a una especie alternativa; ahora había hallado la solución: era un pájaro migratorio.

Lo que sabía de Janet Frame: una infancia dramática, un diagnóstico erróneo de esquizofrenia, una timidez aterradora, una lectora voraz, un extraño intento de suicidio (¡con aspirinas!). Internada en varios psiquiátricos se libró de una lobotomía (qué salvajada) gracias a que su primer libro de relatos (“The Lagoon and Other Stories”) recibió un premio y el neurocirujano decidió, en un milagroso ataque de sensatez, cancelar la operación. Candidata en varias ocasiones al premio nobel de Literatura, la directora Jane Campion llevó a las pantallas Un ángel en mi mesa, una adaptación de la autobiografía de Janet Frame (y que es la única novela, junto con Hacia otro verano, traducida al castellano). De Hacia otro verano, escrito en 1963, sabía que Janet Frame prohibió que se editara en vida porque consideraba que era demasiado personal y no sería hasta el 2007 que viera la luz. Falleció de leucemia en el 2004.

Con estos mimbres, absolutamente irresistibles para mí, me dispuse a leer Hacia el otro verano. Y cuando llevaba página y media tuve que detenerme. Y tuve que hacerlo porque si quería fluir por este libro era necesario adaptar mi mirada, mimetizarme con el pensamiento de la protagonista, porque Frame no edifica su estilo literario desde una arquitectura tradicional, no hay una disposición reconocible cuando se plasma el pensamiento en palabras, ni siquiera su patrón de reflexiones es el habitual. Las frases y conexiones de pensamiento de Frame son líquidas, aéreas, vaporosas, poéticas, volátiles… Frame es un ave migratoria. Tengo que ser su pensamiento, sus sensaciones, sus imágenes, sus metáforas, sus emociones. Tengo que ser, yo también, ave migratoria. Ya lo he sido antes. Y eso supone renunciar a mis propias barreras. Quedarme indefensa. ¿Quién dijo miedo? Migremos. Volemos. Ir y luego regresar con cada palabra, con cada línea, con cada página.

Nada era sencillo, conocido, seguro, creíble, identificable. Los límites no eran posibles cuando nada tenía fin, las formas eran circulares y no había principio alguno.

La escritura de Frame es innovadora, creativa, mágica, muy potente. Modifica mi forma de leer, me exige. Y me gusta. Salvo ese dubitativo inicio (por mi parte, no por la suya) y una vez que acepto los pasadizos y los desvíos que me ofrece, leer a Frame es una delicia extraordinaria. Cuando llevo leídas tan solo cuatro páginas, cuatro, tengo que volver a detenerme porque me he llenado de imágenes, de sensaciones, de una prosa incomparable, guapa, compleja y exquisita. Estoy tan despojada de todo, que con esas cuatro páginas quise detenerme y paladear cada impresión, cada huella agitada, cada presentimiento percibido, como si fuera un regalo. Y lo hice consciente de querer recrearme en algo que está aún por venir.

Y lo que vino fue un auténtico goce. Si al principio pensaba que Frame me quería expulsar de las páginas, en cuanto me crecieron las alas y me convertí en pájaro migratorio el libro resulto ser una sinfonía, una canción de cuna que te protege y tranquiliza a la vez. Así me sentí en esta lectura, acogida.

Curioso, porque en realidad de lo que habla Frame es de la extrañeza, de las personas que buscan refugio en la soledad porque no saben cómo comportarse con los demás, qué decir, qué hacer, cómo ser. Personas para las que cada frase que le dirigen desencadena indecisiones, dudas, temores, y hasta bloqueo. Códigos distintos que conviven en un mismo mundo y que hay que descifrar para que no queden al margen. Pero no lo hacemos, intentar descifrar ese código. La minoría es la que tiene que hacer el esfuerzo de adaptarse, siempre (no es lo que yo pienso, es la realidad).

Lo que hizo (entre otras razones) que me sintiera en un espacio confortable, que disfrutara tanto de Hacia otro verano es cómo emite Frame. Emitir en el sentido de arrojar, echar hacia fuera. Y eso hace Frame, echar hacia fuera sus pensamientos, arrojarlos. Puede parecer que en esa expulsión hay cierta violencia, cierta rabia, y sin embargo lo que hay es una cadencia especial, un vuelo sostenido, un espectáculo lleno de metáforas, descripciones, sensaciones…

No quiero habitar el mundo humano bajo premisas falsas. Es un alivio haber descubierto mi identidad después de la confusión al respecto durante tantos años. ¿Por qué la gente habría de tener miedo si confío en ellos? Pero la gente siempre tendrá miedo y celos de aquellos que finalmente descubren su identidad; es algo que les lleva a considerar la suya, a recluirla, a mimarla, temerosos de que alguien la tome prestada o interfiera en ella, y cuando están enfrascados en el acto de protegerla sufren una conmoción al descubrir que su identidad no existe, que se trata de algo que han soñado y que nunca han llegado a conocer.

Identidad. He aquí el eje, la esencia (una vez más). El epicentro de todo. Identidad. Determinar cuál es tu propia identidad, comprobar que no encaja, luchar por mantenerla o construirte un disfraz. Pero ¿es posible disfrazar tu auténtica identidad? ¿y si te atrapa el disfraz en lugar de liberarte? No encajas. Entonces, o te disfrazas, o te aíslas. El disfraz, la máscara, es algo que no se plantea la protagonista de Hacia otro verano. Intenta conectar, pertenecer, y cada intento es un sufrimiento, un esfuerzo. Elige entonces, una y otra vez, la soledad. Porque cada conversación, cada situación social, es una lucha agotadora. Un fin de semana conviviendo con un matrimonio y sus hijos. Esa es la situación por la que tiene que pasar Grace Cleave. Cómo nos traslada esa situación Janet Frame, cómo desnuda su mente, ese “lugar privado”, es realmente impresionante. Una preciosidad.

Tener una conciencia profunda de una misma, de los funcionamientos internos que nos mueven y a la vez nos paralizan. Sentir de forma tan abrumadora cómo te rompes y haces añicos. Y ser capaz de plasmarlo como lo hace Frame. Grande.

Entremezclados con el fin de semana, acuden, migrando, recuerdos de la infancia de Grace, de una Nueva Zelanda lejana que la reclama. Es en estos recuerdos donde especialmente Frame despliega un léxico fuera de lo común, dispersa metáforas, juegos de palabras, descripciones, humor y una sensibilidad que me ha cautivado. Y que seguramente no se lo ha puesto nada fácil a la magnífica traducción realizada por Aleix Montoto.

Algo especial tiene este libro. No habla de algo cómodo. Su prosa no es de lectura fácil o relajada (en muchas ocasiones tienes que volver atrás, releer, pero lo haces complaciéndote de leer así, como en pliegues, hacia adelante y hacia atrás). Es tan íntimo que sientes que te estás asomando, sin permiso, al alma de Janet Frame. Tu propia timidez (identidad) se reconoce en algunos pasajes de la lectura. Y sin embargo terminas el libro y querrías seguir en él. Quizás sea porque ahora es en los libros, en ciertos libros, donde encuentro acomodo y refugio.

Encontré mi lugar cuando tenía tres años. Es un recuerdo tan profundo en mi memoria que siempre y nunca cambia… Miré arriba y abajo, a un lado y a otro, y no había nadie. Este es mi lugar, pensé, mientras permanecía de pie, escuchando. El viento gemía en los cables del telégrafo, el polvo blanco se arremolinaba en el camino y yo seguía en mi lugar sintiéndome más y más sola porque los setos de tojo y sus flores eran míos, el camino polvoriento era mío, y también el viento y los gemidos que hacía en los cables del telégrafo. No puedo describir la sensación de soledad que sentí cuando supe que me encontraba en mi lugar; todavía era pronto para ser consciente de la carga que supone la posesión, poseer algo que no se puede regalar o a lo que no se puede renunciar, que se tiene que guardar para siempre.

Nunca, jamás, ni nadie había descrito tan bien y tan preciso lo que se agitó en mí, siendo una mocosa, la primera vez que vi un faro y sentí que los faros eran mi lugar.

Leer a Frame ha sido un desafío, un desafío de los que merece la pena y el riesgo. Un libro para enmarcar.

(©AnaBlasfuemia)

http://loqueleolocuento.blogspot.com/2016/04/hacia-otro-verano-janet-frame.html

Janet Frame Image by Reg Graham

Cuento corto de Katherine Mansfield y fragmentos de la vida de una escritora excepcional

https://www.textos.info/textos/autor/katherine-mansfield/mas-cortos

Diarios de la agitada vida de Katherine Mansfield

11/04/2018 – 
VALÈNCIA. El Diario de Katherine Mansfield recoge parte de las poco más de tres décadas de su existencia. Esta autora nació en Wellington (Nueva Zelanda) en 1888 dentro de una familia de origen colonial compuesta por sus padres, sus hermanas y dos tías muy jóvenes. El padre de Katherine era un banquero que llegó a presidir el Banco de Nueva Zelanda. Cuando Mansfield tenía apenas cinco años marchó con su familia a un pueblo en el que nacería su hermano Leslie. Katherine recordaría siempre esta infancia repleta de felicidad. Solo cinco años después, cuando apenas contaba con diez, vuelve a la ciudad, a Wellington y publica su primer relato en una revista del colegio. Sería el comienzo de una carrera brillante.
Con apenas 13 años se enamora perdidamente de su profesor de música pero éste le da calabazas. Algo le sucedía a Katherine con su lugar de origen. Se sentía rechazada y diferente a sus vecinos, a los supuestos amigos que debería tener. Es por ello que demandó a sus padres que le dejaran marchar a Londres. Tras alguna discusión que otra, se marchó con sus hermanas, al Queen’s College de Oxford. Este lugar supuso un punto de inflexión en la vida de Katherine pues allí conoció a la que sería su amiga, su amante y su pareja: Ida Baker. Ella estaría presente en su vida, aunque Katherine vivió otros romances: se quedaría embarazada de un chico llamado Garnet Trowell pero los padres de éste no aprueban la relación. Después se enamora de otro profesor, George Bowden. Se casa con él pero en la noche de bodas lo abandona. Baker era el motivo de todo ello. La madre de Katherine decide recluirla en un balneario de Baviera y allí pierde de forma natural al bebé que esperaba. Volverá a Londres y continuará con su tumultuosa vida sexual al mismo tiempo que iba devorando los relatos de Chéjov y siendo consciente de su propia voz como escritora.
En el año 1911 comenzaría su relación con el editor John Middleton Murry con quien se casaría en 1918. Se trataba de una relación abierta que compartía con Baker. Katherine se vería afectada de gonorrea y esto le provocaría una artritis aguda hasta el día de su muerte. En medio de ambos amores, Mansfield se marchará a vivir a Francia con otro hombre. La relación no salió bien. Cuando vuelva a Londres tendrá que enfrentarse a su peor noticia: su hermano Leslie morirá en el frente de la 1ª Guerra Mundial. Justo en esos años empezará Mansfield a escribir unos diarios que nacieron con una vocación menos consciente de la que ella supuso. Fue su marido el que decidió publicarla tras su inesperada muerte. En medio de aquellos años ya se percibía una desazón notable en su vida:
1914
1º de abril. Pasé otro día espantoso. Nada me ayuda o podría ayudarme salvo una persona que pudiera adivinar. Fui a dar un paseo y tuvo cierta vaga alegría que me dieron unos niños y el ruido del agua como olas que se elevan.

1915
1º de enero. […] Para este año tengo dos deseos: escribir, ganar dinero. Consideremos. Con dinero podríamos marcharnos como queremos, tener una casa en Londres, ser libres como lo deseamos, y ser independientes y orgullosos con todos. Es sólo la pobreza la que nos mantiene unidos. […]

Podría marcarse 1916 como el año en el que Katherine ya es plenamente consciente de sus posibilidades literarias, de su vocación. Comienza entonces la lucha de escribir, de hacerse leer y de combinar la vida literaria con su pasión amorosa.
1916
22 de enero. [Villa Pauline, Bandol.] Ahora, realmente, ¿qué es lo que de verdad quiero escribir? Me lo pregunto. ¿Soy menos escritora que antes? ¿Es menos urgente la necesidad de escribir? ¿Aún me parece tan natural buscar esa forma de expresión? ¿La ha satisfecho el habla? ¿Pido algo más que relatar, recordar, asegurarme?

Hay veces en que estos pensamientos casi me asustan y casi me convencen. Me digo. Estás ahora tan realizada en tu propio ser, en estar viva, en vivir, en aspirar a un sentido mayor de la vida y un amor más profundo, que lo otro ha desaparecido de ti.

Katherine, pese a su juventud, era una mujer que sabía a ciencia cierta que su talento literario era absoluto, que era cuestión de tiempo que saliera a la luz de modo definitivo. En sus relatos se percibe el gusto por el más mínimo detalle: «Todo artista se corta una oreja y la clava en la puerta para que los demás le griten en su interior». Mansfield escribía con la misma clase de pasión con la que amaba. Con arrebatos y a ráfagas. Después de horas dedicadas a la minuciosidad literaria quedaba tan exhausta que tardaba semanas en volver a ponerse delante de una página en blanco. La obra de la neozelandesa contiene títulos brillantes con muchos tintes autobiográficos: En un balneario alemán, Preludio, Felicidad, Fiesta en el jardín, El nido de la paloma, Algo infantil. En todo ese tiempo, además, escribió su diario:
 Y, por último, deseo llevar una especie de libro de pequeñas notas, que se publique algún día. Eso es todo. Nada de novelas, nada de historias con problemas, nada que no sea simple, abierto.
Los dos últimos años de su vida fueron una auténtica lucha contra el dolor atroz que sufría por su tuberculosis.
1920
19 de diciembre.
Sufrimiento
Deseo que se acepte esto como mi confesión.
(…)
La vida es un misterio. El dolor que atemoriza se atenuará. Debo dedicarme a mi trabajo. Debo poner mi agonía en algo, cambiarla. “La pena se convertirá en alegría”. (…) Vivir… vivir… eso es todo. Y dejar la vida sobre esta tierra como la dejaron Chéjov y Tolstoi.
La mala salud de Mansfield se agravó por una enfermedad venérea. Se marchó a un balneario cerca de Fontainebleau. Allí, a principios de 1923 le visita Murry. Katherine quiso convencerle de que estaba mucho mejor y subió de una sola vez unas escaleras. Esa misma tarde sufrió una hemorragia pulmonar que le costó la vida. Tenía solo 34 años. Apenas tres años después Murry publicó toda su obra y pudimos conocer cómo era la mujer que se escondía detrás de algunas de las obras más deslumbrantes del siglo XX.
1922
Octubre. Importante. Cuando podemos empezar a no tomarnos en serio nuestros fracasos, significa que estamos dejando de tenerles miedo. Es de suma importancia aprender a reírnos de nosotros mismos.
Tomado de:https://valenciaplaza.com/diarios-de-la-agitada-vida-de-katherine-mansfield

Katherine Mansfield de Nueva Zelanda

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Fiesta en el jardín


Y, después de todo, el tiempo era ideal. Si lo hubieran hecho de encargo no habría resultado un día más perfecto para la fiesta en el jardín. Sin viento, cálido, el cielo sin una nube. Como ocurre a veces al principio del verano, una neblina de oro pálido velaba, apenas, el azul. El jardinero estaba en pie desde el alba, segando el prado y barriéndolo, hasta que el césped y los rosetones chatos y oscuros donde habían estado las margaritas parecieron brillar. En cuanto a las rosas, no se podía negar que habían comprendido que las rosas son las únicas flores que impresionan a la gente en una fiesta en el jardín, las únicas flores que a todos interesan. Cientos, sí, literalmente cientos habían abierto en la noche; las zarzas verdes estaban inclinadas como si los arcángeles las hubieran visitado.
No había concluido el almuerzo cuando vinieron los hombres a levantar la carpa.
-¿Mamá, dónde quieres poner la carpa?
-Mi hija querida, es inútil preguntármelo. He resuelto que este año las niñas se encarguen de todo. Olviden que soy la madre. Trátenme como a un invitado de honor.
Pero Meg no podía vigilar a los hombres. Antes de almorzar se había lavado la cabeza, y estaba sentada tomando café; llevaba un turbante verde, con un oscuro rizo húmedo pegado en cada mejilla. Josefinafina, la mariposa, acostumbraba a bajar con sólo un viso verde y encima su kimono.
-Tú tendrás que ir, Laura; tú que eres artística.
Allá fue Laura, con su pedazo de pan y mantequilla en la mano. Es tan delicioso encontrar una excusa para comer fuera, y, además, adoraba arreglar cosas; encontraba que podía hacerlas tanto mejor que cualquier otro.
Cuatro hombres en mangas de camisa estaban juntos en un camino del jardín. Llevaban estacas cubiertas con rollos de tela, y grandes cajas de herramientas a la espalda. Eran impresionantes. Laura hubiera querido no tener ese pedazo de pan y mantequilla en la mano, pero ni había donde ponerlo, ni se lo podía tragar entero. Enrojeció y trató de parecer muy seria y hasta un poco corta de vista cuando se acercó a ellos.
-Buenos días -dijo, imitando la voz de su madre.
Pero resultó tan horriblemente afectado que se avergonzó, y tartamudeó como una niñita.
-¡Oh, ustedes vienen…! ¿es por la carpa?
-Así es, señorita -replicó el más alto de todos, un tipo flaco y pecoso, cambiando de lado su caja de herramientas, echando atrás su sombrero de paja y sonriéndole-. Es para eso.
Su sonrisa era tan espontánea, tan amistosa, que Laura se repuso. ¡Qué lindos ojos tenía! ¡Pequeños, pero de un azul tan oscuro! Miró a los demás que también sonreían. Parecían decirle: “¡Ánimo, no te vamos a comer!” ¡Qué obreros tan simpáticos! ¡Y qué hermosa mañana! Pero no tenía que mencionar la mañana; debía ser una persona de negocios: la carpa.
-Bueno, ¿qué les parece aquel macizo de lilas? ¿Servirá?
Y señalaba el macizo de lilas con la mano que no tenía el pan y mantequilla. Se volvieron, y miraron. Uno de ellos, bajo y gordo, apretó el labio inferior; el más alto frunció el ceño.
-No me gusta -dijo-. No es bastante importante. Sabe, tratándose de una carpa -y se volvió hacia Laura-, hay que ponerla en un lugar donde dé un golpe en el ojo, como quien dice.
Laura se quedó pensando si no era una falta de respeto que un trabajador hablara de dar un golpe en el ojo. Pero entendió muy bien.
-Una esquina de la cancha de tenis -sugirió-. Pero la orquesta estará en otra esquina.
-Hum, ¿van a tener una orquesta? -preguntó otro de los obreros. Era uno pálido. Tenía una mirada feroz, mientras sus ojos oscuros medían la cancha de tenis. ¿Qué pensaría?
-Sólo una pequeña orquesta -dijo Laura con dulzura.
Si la orquesta era pequeña, quizá no le parecería mal. Pero el hombre alto la interrumpió.
-Mire, señorita, ése es el lugar. Junto a aquellos árboles. Allá arriba. Ahí estará bien.
Junto a los karakas. Así los karakas quedarían escondidos. Y eran tan hermosos, con sus anchas hojas centelleantes, y sus racimos amarillos. Eran como árboles de una isla desierta, orgullosos, solitarios, elevando sus hojas y frutos al sol en una especie de silencioso esplendor. ¿Debía esconderlos la carpa?
Y los escondería. Ya los hombres habían cargado las estacas y estaban arreglando el sitio. Sólo el alto quedó atrás. Se inclinó, apretó una varita de alhucema, se llevó el pulgar y el índice a la nariz y aspiró el perfume. Cuando Laura vio el gesto olvidó los karakas, en su asombro de que al hombre le gustara una cosa así, le gustara el perfume de la alhucema. ¿Cuántos hombres de los que ella conocía hubieran hecho tal cosa? ¡Oh, qué simpáticos son los obreros! ¿Por qué no podía tener amigos obreros en vez de los muchachos tontos con quienes bailaba y que venían a cenar los domingos? Se entendería mucho mejor con hombres así.
Tienen la culpa -decidió, en el momento en que el hombre alto dibujaba algo en el dorso de un sobre, algo que debía ser izado o quedar colgado- estas absurdas distinciones de clase. Bueno, por su parte, ella no las sentía. En lo más mínimo, ni un átomo… Y ahora viene el tac-tac de los martillos. Uno de los hombres silbaba, otro cantaba: “¿Estás bien ahí, camarada?” “¡Camarada!” El compañerismo, el… el… Para probar qué contenta estaba y mostrar al hombre alto qué cómoda se sentía, y cuánto despreciaba las convenciones estúpidas, Laura dio un gran mordisco a su pan y mantequilla, mientras observaba el dibujito. Se sentía como una pequeña obrera.
-¡Laura, Laura! ¿Dónde estás? ¡El teléfono, Laura! -gritó una voz desde la casa.
-¡Ya voy! -Y salió corriendo, por el césped, por el sendero, subió los escalones, cruzó la terraza y llegó al pórtico. En el pasillo, su padre y Lorenzo estaban cepillando sus sombreros, listos para irse a la oficina.
-Mira, Laura -dijo Lorenzo con prisa-, podrías revisar mi traje para luego. Mira si no le hace falta un planchazo.
-¡Ya lo creo!
De repente no pudo contenerse. Corrió hacia Lorenzo y le dio un rápido apretón.
-¡Oh! adoro las fiestas; ¿y tú? -murmuró Laura.
-Bastante -dijo Lorenzo con su voz cálida de muchacho. También apretó a su hermana y luego le dio un empujón-. Rápido, al teléfono, chica.
El teléfono.
-Sí, sí; ¡oh, sí! ¿Kitty? Buenos días, querida. ¿Vienes a almorzar? Sí, querida. Encantada. Va a ser una comida ligera: restos de sándwiches y de merengues y alguna otra cosita. Sí, ¿no es un día divino? ¿El blanco? ¡Oh, seguramente! Un momento; espera. Mamá me llama-. Laura se sentó. -¿Qué, mamá? No oigo.
La voz de la señora Sheridan bajó flotando por la escalera.
-Dile que traiga ese delicioso sombrero que usó el domingo.
-Dice mamá que te pongas ese sombrero delicioso que llevabas el domingo. Bueno. A la una. Adiós.
Laura colgó el auricular, levantó los brazos sobre la cabeza, hizo una aspiración profunda, los estiró y los dejó caer. ¡Uf!, suspiró, y en seguida se enderezó en el asiento. Se quedó quieta, escuchando. Todas las puertas de la casa parecían abiertas. La casa estaba viva, con rápidas pisadas y voces incesantes. La puerta de bayeta verde que conducía a la cocina se abría y cerraba con un golpe sordo. Ahora se sentía un sonido absurdo, cloqueando. Era el piano tan pesado arrastrado sobre sus ruedas tiesas. Y ¡qué aire! Si uno se pone a pensar ¿será el aire siempre así? Céfiros suaves se perseguían fuera y allá arriba, en las ventanas. Y había dos marchitas de sol, una en el tintero, otra en un marco de plata, jugando también. Deliciosas marchitas, sobre todo encima de la tapa del tintero. Estaba casi caliente. Una cálida estrellita de plata. Daban ganas de besarla.
Sonó el timbre de la puerta y se oyó crujir el vestido estampado de Sadie por la escalera. Una voz de hombre murmuró; Sadie respondió, sin interés:
-Le digo que no sé. Espere. Voy a preguntar a la señora.
-¿Qué hay, Sadie? -preguntó Laura entrando en el pasillo.
-Es el florista, señorita.
Y ahí estaba. En la puerta abierta de par en par, había una ancha bandeja colmada de macetas con lirios rosados. Nada más. Nada más que lirios, lirios, lirios, grandes flores rosadas, muy abiertas, radiantes, terriblemente vivas sobre sus rojos tallos lustrosos.
-¡Ooh, Sadie! -dijo Laura como en un gemido. Se agachó como para calentarse en ese resplandor de lirios; los sintió en sus dedos, en sus labios, creciendo en su pecho.
-Debe ser una equivocación -dijo en voz muy baja-. No se han pedido tantos. Sadie, vete a buscar a mamá.
En ese mismo instante llegó la señora Sheridan.
-Está bien -dijo con calma-. Sí, yo los encargué. ¿No son divinos?
Apretó el brazo de Laura.
-Pasaba por la florista ayer y los vi en el escaparate. Y de repente se me ocurrió que por una vez en la vida tendría todos los lirios que quisiera. La fiesta en el jardín era una buena excusa.
-Pero yo te oí decir que tú no querías intervenir.
Sadie había entrado. El hombre de las flores volvió al camión, Laura rodeó el cuello de su madre con un brazo y suave, muy suavecito, le mordió la oreja.
-Queridita, tú no quieres tener una madre lógica, ¿verdad? No hagas eso. Aquí está el hombre.
Traía todavía más lirios, otra bandeja llena.
-Deposítelos junto a la entrada, por favor, a los lados del pórtico -dijo la señora-. ¿No te parece, Laura?
-Oh, sí, mamá.
En el salón, Meg, Josefinafina y el pequeño Hans habían logrado, al fin, cambiar el piano de sitio.
-Ahora, si pusiéramos este cofre contra la pared y sacáramos todo menos las sillas, ¿no les parece?
-Bueno.
-Hans, lleva esas mesas al cuarto de fumar, y que vengan a barrer para sacar esas marcas de la alfombra y… un momento, Hans…
A Josefinafina le gustaba dar órdenes a los sirvientes, y a ellos les gustaba obedecer. Les hacía pensar que tomaban parte en un drama.
-Diga a mamá y a la señorita Laura que vengan en seguida.
-Muy bien, señorita Josefinafina.
Se volvió hacia Meg.
-Quiero ver cómo suena el piano, por si alguien me pide que cante esta tarde. Vamos a ensayar “Esta vida es triste”.
¡Pom. Ta-ta-ta! El piano sonó con tal furia que Josefina cambió de color. Juntó las manos. Les pareció triste y enigmática a su madre y a Laura cuando entraron.
Esta vida es tris-te,
Una lágrima… un suspiro
Un. amor que cam-bia
Esta vida es tris-te
Una lágrima… un suspiro
Un amor que cam-bia,
Y entonces… ¡adiós!
Pero en la palabra “adiós”, y aunque el piano parecía más desesperado que nunca, su rostro se iluminó con una brillante sonrisa, terriblemente antipática.
-¿Estoy en voz, mamita? -sonrió.
Esta vida es tris-te,
La esperanza viene a morir.
Un sueño… un despertar.
Pero Sadie interrumpió el canto:
-¿Qué hay, Sadie?
-Por favor, señora, la cocinera pregunta si la señora tiene esas tarjetas para los sándwiches.
-¿Las tarjetas para los sándwiches, Sadie? -repitió como un eco la señora Sheridan, casi ausente.
Y las hijas se dieron cuenta de que no las tenía.
-Vamos a ver -dijo a Sadie con firmeza-, diga a la cocinera que las llevaré dentro de diez minutos.
Sadie desapareció.
-Bueno, Laura -dijo la madre rápidamente-, ven conmigo al cuarto de fumar. Tengo los nombres por ahí, escritos en el dorso de un sobre. Tendrás que copiarlos. Meg, sube y quítate en seguida ese trapo mojado de la cabeza. Josefina, corre a vestirte en el acto. Niñas ¿me oyen, o tendré que decírselo a su padre cuando vuelva esta noche a casa? Y… y, Josefina, si vas a la cocina trata de calmar a la cocinera, ¿quieres? Me tenía aterrada esta mañana.
Al fin el sobre apareció detrás del reloj del comedor, aunque la señora Sheridan no se daba cuenta cómo había ido a parar allí.
-Una de ustedes debe de haberlo robado de mi cartera porque recuerdo perfectamente… queso fresco y cuajada con limón. ¿Lo escribieron?
-Sí.
-Huevo y… -la señora Sheridan alargó los brazos y retiró el sobre-. Parece atún, pero no puede ser, ¿verdad?
-Aceitunas, queridita -dijo Laura, leyendo por encima del hombro.
-Por supuesto, aceitunas. ¡Qué combinación atroz: huevos y aceitunas!
Por fin acabaron, y Laura los llevó a la cocina. Allí se encontró con Josefina calmando a la cocinera, que no parecía tan aterradora.
-Nunca he visto sándwiches tan exquisitos -dijo Josefina, con voz extasiada-. ¿Cuántas clases hay? ¿Quince?
-Quince, señorita Josefina.
-Bueno, la felicito.
La cocinera recogió las cortezas con el cuchillo de cortar pan, y sonrió satisfecha.
-Han venido de casa de Godber -anunció Sadie, saliendo de la despensa-, vi pasar al hombre desde la ventana.
Eso significaba que habían llegado los pastelitos de crema. Godber era famoso por sus pastelitos de crema. A nadie se le ocurría hacerlos en casa.
-Tráigalos y póngalos sobre la mesa -ordenó la cocinera.
Sadie los trajo y volvió a la puerta. Por supuesto, Laura y Josefina eran demasiado grandotas para ocuparse de estas cosas. Con todo, no podían negar que eran muy buenos. Mucho. La cocinera empezó a arreglarlos, sacudiéndoles el azúcar sobrante.
-¿No le traen a uno el recuerdo de todas las fiestas pasadas? -dijo Laura.
-Supongo que sí -respondió la práctica Josefina, que no gustaba de recordar-. Parecen ligeros y plumosos, hay que reconocerlo.
-Tomen uno cada una, queridas -dijo la cocinera con voz amable-. Mamá no se dará cuenta.
Oh, imposible, ¡pastelitos de crema tan enseguida del almuerzo!, la sola idea hacía estremecer. Pero dos minutos después Josefina y Laura se estaban chupando los dedos con ese aire absorto que sólo da la crema de batida.
-Salgamos al jardín por el camino de atrás -sugirió Laura-. Quiero ver cómo van los hombres con la carpa. ¡Son tan simpáticos!
Pero la puerta trasera estaba bloqueada por la cocinera, Sadie, el hombre de Godber y Hans.
Algo pasaba.
-Tac-tac-tac -cloqueaba la cocinera como una gallina asustada. Sadie tenía una mano oprimiéndose la cara como si le dolieran las muelas. La cara de Hans estaba fruncida en un esfuerzo por comprender. Sólo el dependiente de Godber parecía contento. Él era quien contaba la cosa.
-¿Qué hay, qué ha sucedido?
-Un horrible accidente -dijo la cocinera-, un hombre ha muerto.
-¡Un muerto! ¿Dónde, cuándo?
Pero el dependiente de Godber no iba a perder su relato.
-¿Sabe, señorita, aquellas casitas allá abajo?
¿Conocerlas? Claro que ella las conocía.
-Bueno, allí vive un muchacho carretero, se llama Scott. A su caballo lo asustó esta mañana un camión y lo tiró de cabeza en la esquina de la calle Hawke. Murió.
-¡Muerto! -y Laura miró al hombre con asombro.
-Ya estaba muerto cuando lo levantaron -contestó el hombre con fruición-. Llevaban el cuerpo a la casa cuando yo venía.
Y dirigiéndose a la cocinera:
-Deja una mujer y cinco chicos.
-Josefina, ven acá -Laura tomó a su hermana de un brazo y se la llevó por la cocina al otro lado de la puerta de bayeta verde. Se recostó contra ella.
-Josefina -le dijo horrorizada- ¿vamos a suspender los preparativos?
¡Suspender todo, Laura! -gritó Josefina atónita-. ¿Qué quieres decir?
-Suspender la fiesta en el jardín, claro-. ¿POr qué fingía Josefina?
Pero Josefina estaba cada vez más asombrada.
-¿Suspender la fiesta? Mi querida Laura, no seas loca. No podemos hacer nada de eso. Nadie espera tal cosa. No seas extravagante.
-Pero no es posible celebrar una fiesta en el jardín con un muerto frente a nuestra puerta.
Decir eso era realmente exagerado, porque las casitas estaban en un terreno aparte, en el fondo de una cuesta empinada que llevaba a la casa. Había una calle ancha de por medio. Es cierto que estaban demasiado cerca. Eran un verdadero adefesio y no tenían derecho a estar en ese barrio. Eran pequeñas viviendas mezquinas, pintadas de un color chocolate. En los retazos de jardín no había más que repollos, gallinas flacas y latas de tomate. Hasta el humo que salía de las chimeneas era miserable. Hilachas y fragmentos de humo, tan distinto de los grandes penachos de plata que se elevaban de las chimeneas de los Sheridan. Vivían lavanderas y barrenderos, y un remendón, y un hombre que tenía todo el frente de la casa con jaulitas de pájaros. Los chicos hormigueaban. Cuando los Sheridan eran pequeños les estaba prohibido acercarse, por el lenguaje que usaban los pobres y las enfermedades que podían contagiarles. Pero desde que eran grandes Laura y Josefina, en sus andanzas, solían meterse por ahí. Era sórdido y asqueroso. Salían estremecidas. Pero se debe ir a todas partes; uno debe verlo todo. Por eso iban.
-Estoy pensando lo que será la música de la orquesta para esa pobre mujer -dijo Laura.
-¡Oh, Laura! -Josefina empezó a irritarse seriamente.
-Si vas a suprimir la música cada vez que sucede un accidente, vas a llevar una vida muy triste. Yo lo siento tanto corno tú. Comprendo como tú-. Sus ojos se endurecieron y miró a su hermana como la miraba cuando era pequeña y tenían una pelea-. No vas a resucitar a un obrero borrachón con sentimentalismos -dijo blandamente.
-¡Borrachón! ¿Quién ha dicho que estaba borracho? -Laura se volvió furiosa hacia Josefina. Dijo justamente lo que acostumbraban decir en ocasiones semejantes-: Se lo voy a contar a mamá, ahora mismo.
-Ve, querida -dijo Josefina con un arrullo.
-Mamá, ¿puedo entrar? -Laura hizo girar el picaporte de cristal.
-Por supuesto, querida. Pero ¿qué pasa? ¿Qué te ha hecho poner tan colorada? -La señora Sheridan se volvió hacia atrás en su mesa tocador. Se estaba probando un sombrero nuevo.
-Mamá, ha muerto un hombre -empezó Laura.
-¿Pero no en el jardín? -interrumpió la madre.
-¡No, no!
-¡Ah, qué susto me has dado! -la señora Sheridan dio un suspiro de alivio, se quitó el gran sombrero y lo puso en sus rodillas.
-Pero escucha, mamá -dijo Laura. Sin aliento, medio ahogada, contó la terrible historia-. Claro que no podremos celebrar nuestra fiesta, ¿verdad? -suplicó-. La música y la gente llegando. Nos van a oír, mamá; están cerquita, ¡son vecinos!
Con gran asombro de Laura, su madre se comportó como Josefina; y era peor, porque la idea parecía divertirla. Se negó a tomar en serio a Laura.
-Pero, querida mía, hay que tener sentido común. Sólo por casualidad lo hemos sabido. Si alguien hubiera muerto ahí de muerte natural -y no sé cómo están vivos en esos oscuros agujeros- tendríamos igual nuestra fiesta, ¿verdad?
Laura tuvo que decir que sí, pero comprendía que no era justo. Se sentó en el sofá y empezó a tironear el fleco de los almohadones.
-Mamá, ¿no es una falta de consideración de nuestra parte? -preguntó.
-¡Vidita! -la señora Sheridan se le acercó, llevando el sombrero. Antes que Laura pudiera evitarlo se lo plantó en la cabeza-. ¡Hija mía! -dijo la madre-, el sombrero es tuyo. Lo mandé hacer para ti. Es demasiado joven para mí. Nunca te he visto más bonita. ¡Mírate! -y levantó su espejo de mano.
-Pero, mamá -volvió a decir Laura. No se podía mirar; se puso de lado.
Pero ya la señora Sheridan había perdido la paciencia lo mismo que Josefina.
-Laura, te estás volviendo absurda -dijo fríamente-. Gente de esa clase no espera de nosotros ningún sacrificio. Y no es altruismo aguarnos la fiesta, como lo estás haciendo.
-No entiendo -dijo Laura, y salió apresurada del cuarto para encerrarse en el suyo. Allí, por pura casualidad, lo primero que vio fue una encantadora muchacha en el espejo, con su sombrero negro adornado de margaritas doradas y una larga cinta de terciopelo negro. Nunca se imaginó que podía resultar tan bien. ¿Tendría razón mamá? Y ahora deseaba que mamá tuviera razón. ¿Sería exagerada? Tal vez fuese una locura. Sólo por un momento tuvo la visión de aquella pobre mujer y de aquellas pobres criaturas, y del cuerpo que llevaban a la casa. Pero parecía borroso, irreal, como una fotografía en el periódico. Lo recordaré nuevamente después de la fiesta. decidió. Desde todos los puntos de vista le pareció el mejor plan…
Terminaron de almorzar a la una y media. A las dos y media todo se hallaba en orden de batalla. Los músicos con casacas verdes ya estaban colocados en una esquina de la cancha de tenis.
¡Querida! -aulló Kitty Maitland- ¿no te parecen ranas verdes? Los debían haber colocado alrededor del estanque y el director, en una hoja, en el centro.
Llegó Lorenzo y los saludó al pasar para ir a vestirse. Al verlo, Laura volvió a pensar en el accidente. Quería contárselo a él. Si Lorenzo estaba de acuerdo con los demás entonces tendrían razón. Y lo siguió al pasillo.
-¡Lorenzo!
-¡Hola! -estaba en la mitad de la escalera, pero cuando se volvió y vio a Laura, infló los carrillos y revolvió los ojos-. ¡Lo juro, Laura! Te ves despampanante. ¡Qué sombrero más elegante!
Laura dijo a media voz:
-¿Te parece?… -le sonrió, y no le contó nada.
Poco después empezó a llegar la gente a montones. La orquesta rompió a tocar; los sirvientes de alquiler corrían de la casa a la carpa. Dondequiera que uno miraba se veían parejas paseándose, inclinándose sobre las flores, saludando, caminando por el césped. Parecían brillantes pájaros que se habían posado en el jardín de los Sheridan por una tarde en su vuelo… ¿a dónde? ¡Ah, qué felicidad es estar con personas alegres, estrechar manos, oprimir mejillas, sonreírse en los ojos!
-¡Laura, querida, qué bien estás!
-¡Qué bien te va ese sombrero, criatura!
-Laura, pareces española. Nunca te he visto más admirable.
Y Laura, radiante, preguntaba con dulzura: “¿Le han servido té? ¿No quiere un helado? Los helados de fruta son especiales”. Corrió adonde estaba su padre y suplicó:
-Papaíto querido, ¿le podemos servir algo de beber a la orquesta?
Y la tarde perfecta culminó lentamente, se desvaneció lentamente, cerró sus pétalos lentamente.
“Nunca hubo fiesta más deliciosa…” “Un gran éxito…” “La más grande…”
Laura ayudó a su madre en las despedidas. Estuvieron una al lado de la otra hasta que todo se acabó.
-Se acabó, se acabó, gracias al cielo -dijo la señora Sheridan-. Llama a los demás. Tomaremos café. Estoy deshecha. Sí, un gran éxito. Pero, ¡ah, estas fiestas, estas fiestas! ¿Por qué insisten, hijitas, en dar fiestas?-. Tomaron asiento en la carpa abandonada.
-Toma un sándwich, papaíto. Yo escribí el nombre.
-Gracias -el señor Sheridan se lo comió de un bocado. Tomó otro-. ¿Supongo que no han sabido nada del horrible accidente de hoy? -dijo.
-Querido -dijo la señora Sheridan, levantando una mano- ya lo sabíamos. Casi nos estropea la fiesta. Laura quería suspenderla.
-¡Oh, mamá! -Laura no quería que la fastidiaran con eso.
-¡De todos modos, es un asunto horrible -dijo el señor Sheridan-. Además, el hombre era casado. Vivía en la callejuela de abajo, y deja, según dicen, una mujer y media docena de chiquillos.
Hubo un silencio embarazoso. La señora no sabía qué hacer con la taza. Era una falta de tacto por parte de papá…
De pronto levantó los ojos. Estaba la mesa llena de sándwiches y pastas y pastelitos que tendrían que tirarse. Tuvo, entonces, una de sus grandes ideas.
-Ya sé -dijo-. Vamos a preparar una canasta. Vamos a mandarle a esa pobre un poco de estas cosas tan ricas. A lo menos será una fiesta para los chicos. ¿No les parece? Y, además, se alegrará de tener vecinos que la visiten. ¡Qué suerte que estén listos! ¡Laura! -se levantó de un salto. -Trae la canasta grande de la alacena que está en la escalera.
-Pero, mamá, ¿crees de veras que es una buena idea? -dijo Laura.
Y otra vez ¡qué raro! parecía sentir distinto a los demás! Llevar sobras de la fiesta. ¿Le gustaría eso a la pobre mujer?
-Claro, ¿qué te pasa hoy? Hace una hora o dos insistías en mostrar simpatía, y ahora…
-¡Oh, bueno!
Laura corrió con la canasta. La llenaron; la señora Sheridan la dejó colmada.
-Llévala tú misma, queridita; corre, así como estás. No, espera, lleva unos lirios. A esa gente le gustan los lirios.
-Los tallos van a estropearte el traje -dijo la práctica Josefina.
Es cierto, muy a tiempo.
-Entonces sólo la canasta. Pero Laura -la madre la siguió hasta afuera de la carpa-, de ningún modo…
-¿Qué, mamá?
No, mejor no poner tales ideas en la cabeza de la criatura.
-Nada, vete pronto.
Empezaba a oscurecer cuando Laura cerró el portón. Un perro grande corría como un fantasma. El camino blanco brillaba y las casitas estaban allá abajo en profunda oscuridad. ¡Qué tranquilo parecía todo después de la tarde! Iba cuesta abajo hacia un sitio donde yacía un muerto, y no podía creerlo. ¿Cómo iba a poder? Se detuvo un minuto. Le parecía que llevaba dentro besos, voces, tintineo de cucharillas, risas, el olor del césped aplastado. No podía pensar en otra cosa. ¡Qué raro! Miró el cielo pálido y lo único que se le ocurrió fue: “Sí, ha sido todo un éxito la fiesta”.
Llegó a un cruce del camino donde empezaba la callejuela, oscura y llena de humo. Mujeres con chales y hombres de gorra transitaban por allí, Sobre las empalizadas había otros hombres asomados; los chicos jugaban en las puertas de calle. Un débil susurro se oía en las casitas miserables. En algunas se veía fluctuar una luz y algunas sombras moverse como fantoches, tras las ventanas. Laura inclinó la cabeza y apresuró el paso.
Hubiera debido ponerse un abrigo. ¡Qué llamativo era su traje! Y el gran sombrero con las cintas colgando; ¡si a lo menos llevara otro sombrero! ¿La estarían mirando? Seguramente. Era un error haber venido; ella sabía que era un error. ¿No sería mejor volver?
No, demasiado tarde. Aquí estaba la casa. Debía ser ésa. Delante había un grupo oscuro de gente. Al lado de la puerta una vieja con una muleta estaba sentada, mirando. Descansaba los pies sobre un diario. Al acercarse Laura, cesaron las voces. Se abrió el grupo. Era como si la esperasen, como si supieran que iba hacia allí.
Laura estaba nerviosísima. Echando la cinta de terciopelo sobre el hombro preguntó a una de las mujeres ahí paradas:
-¿Es aquí la casa de la señora Scott?
Y la mujer, sonriendo de un modo raro:
-Aquí es, señorita.
¡Oh, salir de esto! Repetía: “Ayúdame, Dios mío”, mientras subía la estrecha vereda y llamaba. No poder estar lejos de esas miradas o cubierta con alguno de esos chales. Dejaré la cesta y me marcharé, decidió. No voy a esperar que la vacíen.
Se abrió la puerta. Una mujercita de luto apareció en la sombra.
Laura preguntó:
-¿Es usted la señora Scott?
Pero con gran horror suyo, la mujer contestó:
-Entre, por favor, señorita -y se encontró encerrada en el pasillo.
-No, no quiero entrar; sólo quería dejar esta cesta. Mamá envió…
La mujer en el pasillo oscuro no pareció oírla.
-Por acá, si gusta, señorita -dijo con voz aceitosa; y Laura la siguió.
Llegó a cocina pequeña, bajita y maltrecha, iluminada por una lámpara ahumada. Una mujer estaba sentada ante el fuego.
-Emilia -dijo la mujer que la dejó entrar-. ¡Emilia!… es una señorita. -Se volvió hacia Laura. Dijo humildemente: -Soy la hermana. Discúlpela, señorita.
-¡Oh, por supuesto! -dijo Laura-. Por favor, por favor no la moleste. Yo… yo sólo quería dejar…
Pero en ese momento la mujer que estaba junto al fuego se volvió. Su cara inflada, colorada, con ojos y labios hinchados, era horrible. Parecía no comprender por qué Laura estaba ahí. ¿Qué significaba? ¿Por qué esta desconocida estaba en la cocina con una canasta? ¿Qué quería decir eso? Y el pobre rostro se frunció de nuevo.
-Está bien, querida -dijo la otra-. Yo atenderé a la señorita. -Y comenzó otra vez-: Discúlpela, señorita -y su cara, hinchada también, ensayó una untuosa sonrisa.
Laura no pensaba más que en irse, en irse. Volvió al pasillo. Abrió la puerta. Entró directamente al dormitorio en que yacía el muerto.
-¿No quiere verlo? -dijo la hermana de Emilia, y empujó a Laura hacia la cama-. No tenga miedo, señorita -y su voz era cariñosa, confidencial. Tiernamente bajó la sábana-, parece un cuadro. No hay mucho que ver. Venga, querida.
Laura la siguió.
Ahí estaba un joven dormido, profundamente dormido, tan dormido que estaba lejos, muy lejos de las dos. ¡Oh, tan remoto, tan lleno de paz! Estaba soñando. No se despertaría jamás. Tenía la cabeza hundida en la almohada; los ojos cerrados estaban ciegos bajo los párpados cerrados. Estaba absorto en su sueño. ¿Qué le importaban los las fiestas en los jardines, los cestos y los encajes? Ya estaba lejos de esas cosas. Era asombroso, bellísimo. Mientras ellos reían y la orquesta tocaba, había sucedido ese milagro en la callejuela. Feliz… feliz… Todo está bien, decía el rostro dormido. Es lo que debe ser. Estoy contento.
Pero aún así hacía llorar, y Laura no pudo dejar el cuarto sin decirle algo. Sollozó como una niña.
-Perdone mi sombrero -le dijo.
Y no esperó esta vez a la hermana de Emilia. Encontró el camino para salir. Pasó por entre el grupo oscuro de gente, vereda abajo. Al doblar la callejuela encontró a Lorenzo.
Surgió de la sombra.
-¿Eres tú, Laura?
-Sí.
-Mamá estaba inquieta. ¿Todo fue bien?
¡Sí, Lorenzo! -tomó su brazo, se apretó contra él.
-¿Pero no estás llorando, verdad? -le preguntó el hermano.
Laura movió la cabeza. Estaba llorando.
Lorenzo le pasó un brazo por el cuello:
-No llores -dijo con su voz afectuosa y cálida-. ¿Era horrible?
-No -sollozó Laura-. Era maravilloso. Pero Lorenzo…
Se detuvo, miró a su hermano.
-La vida es… -tartamudeó-. La vida es…
No podía explicar qué era la vida. No importaba. Él comprendió.
-¿Verdad que es, queridita? -dijo Lorenzo.

 

 


(Kathleen Beauchamp; Wellington, Nueva Zelanda, 1888 – Fontainebleau, Francia, 1923) Narradora neozelandesa que cultivó la novela corta y el cuento breve, convirtiéndose en una de las autoras más representativas del género. A pesar de pertenecer cronológicamente al grupo constituido por autores como James JoyceD. H. LawrenceVirginia Woolf y E. M. Forster, quienes liquidaron el conformismo victoriano sobre las pautas trazadas por el Lord Jim de Joseph Conrad, Mansfield representa un caso aparte en la literatura anglosajona de la época, pues, de forma análoga a la del ruso Antón Chéjov, supo captar la sutileza del comportamiento humano.

Craig Silvey: Jasper Jones, Australia

Madrid.- «Jasper Jones», la nueva novela del escritor australiano Craig Silvey, propone una historia cargada de odio e hipocresía ambientada en un tranquilo pueblo australiano donde nada es lo que parece, y donde sólo un Hacleberry Finn moderno, Jasper Jones, se alza como voz disonante.
«Madurar es muy diferente a hacerse adulto», ha explicado Craig Silvey hoy en una entrevista con Efe, y de madurar y de lo que «hay dentro» de las personas y de la sociedad habla la novela.
«Jasper Jones» (Seix Barral) arranca cuando Jasper, un mestizo rebelde y marginado que sufre la discriminación de la comunidad, visita durante la noche a Charles Bucktin, un chico poco popular que quiere ser escritor, para pedirle ayuda.
Charles acompañará a Jasper hasta un claro del bosque, donde se convertirá en cómplice de su horrible descubrimiento, un secreto que cambiará sus vidas para siempre.
«Es una novela dura y cargada, en cierto sentido, de furia, pero muchos buenos libros lo están. También hay esperanza, puede que sea triste, pero creo que al final hay redención; y luz», ha explicado Silvey.
La voz del libro, conducido por el propio Charlie Bucktin, analiza desde ese primer encuentro cómo la burbuja de su infancia «explota» ante el lector, y cómo los protagonistas empiezan a descubrir el mundo «como realmente es».
«Todo el mundo se convierte en un adulto, adquieres derechos, tienes que pagar impuestos y ser un ciudadano responsable; todo el mundo puede hacer eso. Madurar es muy diferente, porque es algo que sucede cuando aprendemos a mirar más allá de nosotros mismos», remarca Silvey.
Para el autor, que considera que esa capacidad de «entender» que da el madurar es lo que hace «rico» al ser humano, los personajes de la novela se enfrentan al mundo «según su valentía».
Charlie es para él el ser «insatisfecho» que no comprende el comportamiento de los adultos.
«Aprende durante la novela cosas horribles y no sabe qué hacer con ello, y no entiende por qué tantos adultos viven sus vidas tratando de ignorar esas cosas. Hay momentos de absoluto pánico cuando rompes con la infancia, pero tienes que hacerlo, porque la otra vía es fingir que el mundo es algo diferente a lo que es», subraya.
Frente a la inocencia que se rompe de Charlie está el personaje de Jasper, que «da sentido a la historia» porque representa «todo» de lo que trata el libro: la dignidad, la integridad y la honestidad.
«Jasper es lo que Charlie está buscando, y lo que falta en la ciudad. Es algo que le falta también a mucha gente, más allá del libro», confiesa Silvey.
Con un marcado estilo «southern gothic» -utilizado por escritores como William Faulkner («El ruido y la furia») o Harper Lee («Matar un ruiseñor»)- «Jasper Jones» parte de un hecho inusual para desarrollar una historia que va más allá del misterio y explora la sociedad revelando sus características culturales.
«He crecido adorando estas historias del sureste americano, y creo que los pueblos pequeños de Australia tienen la misma atmósfera, con comunidades donde siguen existiendo las tradiciones arraigadas, los estereotipos y la discriminación por ser diferente», destaca el autor.
Comparado con clásicos como «Hucleberry Finn», «Matar a un ruiseñor» o «El guardián entre el centeno» por su temática, «Jasper Jones» da ahora el salto internacional a 15 países precedido por el éxito de crítica en Australia y la venta de los derechos para hacer una película.
«Las comparaciones son excesivas, las hacen por la temática, porque el género es el mismo, pero sería ridículo sentirme mínimamente comparable a esos autores», concluye SilveyVera blanco

https://www.lainformacion.com/arte-cultura-y-espectaculos/literatura/un-huckleberry-finn-moderno-llamado-jasper-jones_DKm9Zmf1tjlJFMGhjrjWw1/

CraigSilveyAustralia

Escritor y músico australiano, Craig Silvey está considerado como uno de los mejores jóvenes autores de su país.

Con su segunda novela, Jasper JonesSilvey dio el salto al mercado internacional, llegando a ser publicado en Inglaterra, España, Italia y Francia.

Además, Silvey es el cantante del grupo musical The Nancy Sikes!

En el 2017 es llevada al cine

https://www.imdb.com/title/tt5091014/videoplayer/vi1657648665?ref_=tt_ov_vi

 

 

Mari Poppins cap uno de Pamela Lyndon Travers

Primer capítulo. El viento del Este.
Si queréis encontrar la calle del Cerezo, lo único que tenéis que hacer es preguntar al guardia que hay en el cruce. Cuando lo hagáis, se ladeará un poco el casco, se rascará pensativamente la cabeza y, señalando con un enorme dedo, enfundado en un guante blanco, os dirá:
 
—La primera a la derecha, luego la segunda a la izquierda, después otra vez a la derecha, y ahí está. Buenos días.
 
Y podéis estar seguros de que si seguís al pie de la letra sus instrucciones, ahí estaréis: en plena calle del Cerezo, con su hilera de casas a un lado, el parque al otro y, en medio, los cerezos que bailan mecidos por la brisa.
 
Si andáis buscando el número diecisiete —y lo más probable es que así sea, pues todo este libro trata precisamente de esa casa—, bien pronto lo encontraréis. En primer lugar, porque es la casa más pequeña de toda la calle. Y, además, porque es la única que está un tanto destartalada y a la que no le vendría nada mal una buena mano de pintura. Ocurre que el señor Banks, su dueño, le dijo un día a la señora Banks que podía tener una casa bonita, limpia y cómoda o cuatro hijos. Pero no las dos cosas, porque no se lo podían permitir.
 
Y la señora Banks, tras pensárselo un poco, llegó a la conclusión de que prefería tener a Jane, que era la mayor, a Michael, que era el siguiente, y a John y a Barbara, que eran gemelos y fueron los últimos en llegar. Así quedaron las cosas, y, por eso, los Banks se mudaron al número diecisiete, junto con la señora Brill, para que se ocupara de hacerles las comidas; Ellen, para que pusiera la mesa, y Robertson Ay, para que cortara el césped, limpiara los cuchillos, sacara brillo a los zapatos y, como solía decir el señor Banks, «malgastara su tiempo y mi dinero».
 
Y además, por supuesto, estaba tata Katie, aunque la verdad es que no se merece salir en este libro, porque en la época de la que estoy hablando acababa de irse del número diecisiete.
 
—Sin pedir permiso ni avisar. ¿Qué voy a hacer ahora? —dijo la señora Banks.
 
—Poner un anuncio, cariño —dijo el señor Banks, mientras se calzaba—. Y, por cierto, ya podía Robertson Ay irse también sin avisar, porque ha vuelto a limpiar una bota y la otra ni la ha tocado. Va a parecer que ando desnivelado.
 
—Eso no tiene ni la más mínima importancia —dijo la señora Banks—. Aún no me has dicho qué voy a hacer con tata Katie.
 
—No veo que puedas hacer gran cosa, dado que ha desaparecido —replicó el señor Banks—. Pero, de ser yo quien… bueno, quiero decir que lo que yo haría sería mandar a alguien a que pusiera un anuncio en el Morning Star, diciendo que Jane y Michael, y John y Barbara Banks, por no decir nada de su madre, necesitan la mejor niñera posible por el salario más bajo posible, y que la necesitan ya. Luego me sentaría a esperar a que las niñeras fueran haciendo cola frente a la puerta de entrada y me enfadaría mucho con ellas por haber interrumpido el tráfico y haberme obligado a darle al guardia un chelín de propina por todas las molestias que le habían causado. Bueno, yo me tengo que ir. ¡Caray, si hace más frío que en el Polo! ¿De dónde sopla el viento?
 
Y mientras lo decía, el señor Banks asomó la cabeza por la ventana y miró calle abajo en dirección a la esquina donde se encontraba la casa del almirante Boom. Era la casa más imponente de la calle, y la calle entera se sentía muy orgullosa de ella, porque estaba construida igual que si fuera un barco. Tenía un mástil en el jardín y una veleta dorada en forma de catalejo en el tejado.
 
—¡Ajá! —dijo el señor Banks, volviendo a meter rápidamente la cabeza—. El catalejo del almirante señala viento del este. Justo lo que yo pensaba. Tengo el frío metido en los huesos. Me pondré dos abrigos.
 
Y tras besar distraídamente a la señora Banks en un lado de la nariz y decir adiós a los niños con la mano, se marchó a la City.
 
La City era un lugar al que el señor Banks iba todos los días —excepto los domingos y los días de fiesta, por supuesto— y el tiempo que estaba ahí lo pasaba sentado en una gran silla, delante de una gran mesa de despacho, haciendo dinero. Se pasaba el día entero recortando peniques y chelines, medias coronas y monedas de tres peniques. Y cuando acababa, se los traía a casa en una cartera negra. A veces les daba a Jane y a Michael algunas monedas para sus huchas, pero cuando no podía desprenderse de ninguna, les decía, «el banco ha quebrado», y así se enteraban de que aquel día no había hecho mucho dinero.
 
Así pues, el señor Banks se fue con su cartera negra, mientras que la señora Banks se metió en el salón y se pasó el resto del día escribiendo cartas a los periódicos, rogándoles que le enviaran cuanto antes algunas niñeras, porque ella ya las estaba esperando. Entretanto, en el piso de arriba, Jane y Michael, asomados a la ventana del cuarto de los niños, se preguntaban quién vendría. Se alegraban de que tata Katie se hubiera marchado, porque nunca les había caído bien. Era vieja y gorda y siempre olía a agua de cebada. Cualquier cosa, pensaban, sería mejor que tata Katie, e incluso mucho mejor.
 
Cuando el sol comenzó a ponerse por detrás del Parque, la señora Brill y Ellen subieron a darles la cena y a bañar a los gemelos. Después de cenar, Jane y Michael se quedaron sentados junto a la ventana para ver venir al señor Banks, mientras escuchaban el sonido que hacía el viento del este al soplar entre las ramas desnudas de los cerezos de la calle. Envueltos en penumbra, los árboles se retorcían y se doblaban, como si se hubieran vuelto locos y fueran a arrancarse de raíz de tanto bailar.
 
—¡Ahí viene! —dijo Michael, señalando de pronto hacia una figura que había chocado contra la verja. Jane trató de distinguir algo en medio de la creciente oscuridad.
 
—Ése no es papá —dijo—. Es otra persona.
 
Zarandeada y doblada por la fuerza del viento, la figura levantó el pasador de la verja, y entonces los niños vieron que se trataba de una mujer, que iba sujetándose el sombrero con una mano y agarrando una bolsa con la otra. Mientras la observaban, Jane y Michael vieron ocurrir algo verdaderamente chocante. En cuanto aquella figura estuvo dentro del jardín, el viento pareció levantarla por el aire y lanzarla contra la puerta de la casa. Era como si después de haberla arrojado contra la verja, hubiera esperado a que la abriera para cogerla de nuevo en volandas y lanzarla, bolsa incluida, contra la puerta. Los niños, que no perdían detalle, oyeron un tremendo estruendo y, mientras la mujer aterrizaba, la casa entera se estremeció.
 
—¡Qué cosa más rara! ¡Nunca había visto nada igual! —dijo Michael.
 
—¡Vamos a ver quién es! —dijo Jane, y cogiendo a Michael del brazo, le apartó de la ventana de un tirón y le arrastró por las habitaciones de los niños hasta llegar al descansillo. Desde allí siempre tenían una buena vista de todo lo que ocurría en el recibidor.
 
Iba sujetándose el sombrero con una mano y agarrando una bolsa con la otra.
 
Al cabo de un rato, vieron salir a su madre del salón, seguida de una visita. Jane y Michael alcanzaron a ver que la visita tenía el pelo negro y brillante («igualito que el de una muñeca holandesa de madera», dijo Jane en un susurro). Y que era delgada, de manos y pies grandes, y con unos ojos azules que parecían escrutarlo todo.
 
—Ya verá que son unos niños encantadores —estaba diciendo la señora Banks.
 
Michael le dio un fuerte codazo a Jane en las costillas.
 
—Y que no dan ninguna guerra —prosiguió la señora Banks con un tono dubitativo, como si ella misma no se creyera lo que estaba diciendo.
 
Oyeron cómo la visita daba un resoplido, dando a entender que ella tampoco se lo creía.
 
—En cuanto a sus referencias… —continuó la señora Banks.
 
—Tengo por principio no dar nunca referencias —dijo la otra mujer con tono firme. La señora Banks la miró fijamente.
 
—Creía que era lo habitual en estos casos —dijo—. Quiero decir que… tenía entendido que siempre se hacía.
 
—En mi opinión se trata de una idea anticuada. Muy anticuada. Completamente desfasada, por así decirlo —la oyeron decir con voz severa.
 
Pues bien, si había algo que a la señora Banks no le hacía ni pizca de gracia era que la tuvieran por anticuada. Simplemente, no lo podía soportar. Así es que se apresuró a decir:
 
—Está bien. No tiene ninguna importancia. Si se lo pregunté fue por si acaso usted, ejem, lo prefería. Las habitaciones de los niños están en el piso de arriba… —Y abrió la marcha hacia las escaleras, sin parar de hablar ni un solo instante. Y fue precisamente por eso por lo que la señora Banks no se dio cuenta de lo que ocurría a sus espaldas, pero Jane y Michael, que lo observaban todo desde el descansillo, pudieron ver con toda claridad una cosa increíble que hizo entonces la visita.
 
Como es natural, siguió a la señora Banks escaleras arriba, pero no lo hizo de la forma acostumbrada. Agarrando su enorme bolsa con ambas manos, se sentó en la barandilla y, con mucho garbo, se deslizó hacia arriba y llegó al descansillo al mismo tiempo que la señora Banks. Eso era algo, Jane y Michael estaban seguros de ello, que no se había visto nunca. Hacia abajo sí, ellos mismos lo habían hecho miles de veces, pero… ¿hacia arriba? Jamás. Se quedaron mirando con curiosidad a tan extraño visitante.
 
—Bien, entonces todo está arreglado —dijo la madre de los niños, dando un suspiro de alivio.
 
—Completamente. Siempre y cuando, claro está, yo esté contenta —repuso la otra mujer, secándose a continuación la nariz con un gran pañuelo blanco y rojo.
 
—Pero niños, ¿qué hacéis ahí? —dijo la señora Banks, al advertir de pronto su presencia—. Ésta es Mary Poppins, vuestra nueva niñera. Jane, Michael, decid hola. Y éstos… —dijo, lanzando un saludo con la mano a la cuna donde estaban los bebés— son los gemelos.
 
Mary Poppins los fue observando a todos de uno en uno, como si tratara de decidir si le gustaban o no.
 
—¿Le valemos? —dijo Michael.
 
—Michael, no seas maleducado —dijo su madre.
 
Mary Poppins siguió observando atentamente a los cuatro niños. Luego, con un sonoro y prolongado resoplido, que parecía indicar que había tomado una decisión, dijo:
 
—Me quedo con el puesto.
 
—Cualquiera hubiera dicho que nos estaba haciendo un gran honor —le dijo más tarde la señora Banks a su marido.
 
—Bueno, puede que sí —dijo el señor Banks, asomando un instante la nariz por detrás del periódico, para luego volver a retirarla de inmediato.
 
En cuanto se fue su madre, Jane y Michael empezaron a arrimarse poco a poco a Mary Poppins, que permanecía quieta como una estatua y con los brazos cruzados.
 
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó Jane—. Parecía como si el viento te hubiera traído en volandas.
 
—Y así es —respondió escuetamente Mary Poppins. Acto seguido se desenrolló la bufanda y se quitó del sombrero, dejando este último colgado de uno de los postes de la cama.
 
En vista de que Mary Poppins no parecía dispuesta a decir nada más al respecto —aunque no paraba de dar resoplidos—, Jane decidió permanecer también en silencio. Pero cuando Mary Poppins se inclinó para deshacer su bolsa, Michael ya no pudo contenerse más.
 
—¡Vaya bolsa más rara! —dijo; y acercándose a la bolsa, le dio un pellizco.
 
—Es de alfombras —dijo Mary Poppins, mientras metía la llave en la cerradura.
 
—¿Quieres decir que es para llevar alfombras?
 
—No. Que está hecha de alfombras.
 
—Ah, ya entiendo —dijo Michael; pero la verdad es que no entendía nada.
 
Cuando abrió la bolsa, Jane y Michael se quedaron sorprendidísimos al comprobar que estaba completamente vacía.
 
—Pero ¡si no hay nada dentro! —dijo Jane.
 
—¿Cómo que nada? —repuso Mary Poppins, incorporándose y mirándola como si se sintiera muy ofendida—. ¿Qué no hay nada dentro, dices? blanco, todo almidonado, y se lo ató a la cintura. A continuación, extrajo una gran pastilla de jabón, un cepillo de dientes, un paquete de horquillas, un frasco de perfume, una pequeña butaca plegable y una caja de pastillas para la garganta.
 
Jane y Michael lo miraban todo como hipnotizados.
 
—Pero, si yo lo vi —susurró Michael—. Estoy seguro de que estaba vacía.
 
—¡Calla! —dijo Jane, mientras Mary Poppins sacaba un frasco bien grande, con una etiqueta en la que ponía: «Una cucharadita antes de acostarse».
 
El frasco llevaba una cuchara atada al cuello, y Mary Poppins vertió en ella un líquido de color carmesí oscuro.
 
—¿Es tu medicina? —preguntó Michael, muy interesado.
 
—No, la vuestra —dijo Mary Poppins, alargando la cuchara hacia él. Michael la miró un momento y, luego, arrugó la nariz y empezó a protestar.
 
—No la quiero. No la necesito. ¡No me la voy a tomar!
 
Pero Mary Poppins tenía los ojos clavados en él y, en ese preciso instante, Michael se dio cuenta de que era imposible mirar a Mary Poppins y desobedecerla. Había en ella algo extraño y asombroso, algo que daba miedo y, a la vez, resultaba la mar de emocionante. La cuchara se le acercó un poco más. Contuvo el aliento, cerró los ojos y tragó. Un sabor delicioso le inundó la boca. Rebañó con la lengua por dentro y, al tragárselo del todo, se le iluminó el rostro con una sonrisa de felicidad.
 
—Helado de fresa —dijo, extasiado—. ¡Más, más, más!
 
Pero Mary Poppins, cuyo rostro había vuelto a adquirir la expresión severa de antes, ya estaba vertiendo una dosis para Jane. Un hilillo de tonos plateados, amarillos y verdosos cayó en la cuchara. Jane lo probó.
 
—Refresco de zumo de lima —dijo, relamiéndose de gusto. Pero al ver que Mary Poppins se dirigía hacia los gemelos con el frasco, salió corriendo detrás de ella.
 
—No, por favor. Son demasiado pequeños. No les
 
 
Y al momento sacó de la bolsa vacía un delantal sentará bien. ¡Por favor!
 
Mary Poppins, sin embargo, no la hizo ni caso y, mientras fulminaba a Jane con una mirada de advertencia, inclinó la cucharilla hacia la boca de John. El bebé la chupó con ansia y, por las pocas gotas que cayeron en el babero, Jane y Michael adivinaron que, esta vez, la sustancia que había en la cuchara era leche. Le dio luego una ración a Barbara, que se la tragó con un gorgoteo y rebañó dos veces la cuchara.
 
A continuación, Mary Poppins vertió otra dosis y, con mucha solemnidad, se la tomó ella misma.
 
—Ponche de ron —dijo relamiéndose, mientras ponía el tapón al frasco.
 
Los ojos de Jane y de Michael estaban a punto de salírseles de las órbitas de asombrados que estaban, pero no tuvieron tiempo de seguir maravillándose, porque Mary Poppins, tras dejar aquel frasco milagroso en la repisa de la chimenea, se volvió hacia ellos, y dijo:
 
—Y ahora, corriendo a la cama.
 
E inmediatamente empezó a desvestirlos. Les llamó mucho la atención que los mismos botones y corchetes que tanto se le resistían a tata Katie, Mary Poppins conseguía que se desabrocharan casi sólo con mirarlos. En menos de un minuto ya estaban metidos en la cama, observando a Mary Poppins a la tenue luz de la lamparilla mientras deshacía el resto de su equipaje.
 
De la bolsa salieron siete camisones de franela y cuatro de algodón, un par de botas, un juego del dominó, dos gorros de baño y un álbum de postales. Lo último en salir fue una cama plegable —mantas y edredón incluidos— que Mary Poppins desplegó entre las cunas de John y de Barbara.
 
Jane y Michael, acurrucados en la cama, no le quitaban ojo. Todo aquello era tan sorprendente que no se les ocurría qué decir. Pero los dos sabían que algo extraño y maravilloso había sucedido en el número diecisiete de la calle del Cerezo.
 
Mary Poppins se metió por la cabeza uno de los camisones de franela y empezó a desvestirse por debajo, como si estuviera metida dentro de una tienda. Michael, fascinado con la llegada de tan extraña novedad, no pudo seguir callado, y la llamó:
 
—Mary Poppins, ¿verdad que no nos dejarás nunca?
 
Ninguna respuesta surgió de debajo del camisón. Michael no lo pudo soportar e insistió con ansia:
 
—¿Verdad que no nos dejarás?
 
La cabeza de Mary Poppins emergió por la parte de arriba del camisón. Su cara tenía una expresión feroz.
 
—Si me llega de ahí una sola palabra más, llamo al guardia —dijo con tono amenazador.
 
—Yo sólo quería decirte —empezó a decir Michael mansamente— que nos gustaría que te quedaras mucho tiempo con nosotros y… —Se sonrojó y, de confundido que estaba, fue incapaz de seguir.
 
Mary Poppins, sin decir ni una palabra, miró primero a Michael y luego a Jane y, finalmente, dio un resoplido.
 
—Me quedaré hasta que cambie la dirección del viento —se limitó a decir y, acto seguido, sopló la vela y se metió en la cama.
 
—Bueno, está bien —dijo Michael, hablando en parte para sí y en parte para Jane. Pero Jane no le escuchaba. Estaba pensando en todo lo que había ocurrido y haciéndose un montón de preguntas.
 
Así fue como Mary Poppins se quedó a vivir en el número diecisiete de la calle del Cerezo. Y aunque a veces se echaban de menos los tiempos más tranquilos y corrientes, cuando era tata Katie quien llevaba la casa, en conjunto, todo el mundo quedó contento con la llegada de Mary Poppins. El señor Banks estaba contento, porque, al venir por sus propios medios, no había creado problemas de tráfico, y así él no se había visto obligado a darle una propina al guardia. La señora Banks estaba contenta, porque pudo contarles a todas sus amigas que su niñera estaba tan a la última que no creía que hubiera que dar referencias. La señora Brill y Ellen estaban contentas, porque podían pasarse el día entero tomando té bien cargado en la cocina y no tenían que presidir las comidas de los niños. Y Robertson Ay también estalla contento, porque Mary Poppins sólo tenía un par de zapatos y, además, ella misma se los limpiaba. Pero nunca nadie supo qué era lo que Mary Poppins sentía, porque Mary Poppins nunca le contaba nada a nadie.