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Llueve desde la muerte de mi madre. Estoy sentada junto a la ventana que da a la calle. Espero al abogado de mi madre en su oficina, donde trabaja una sola secretaria. Estoy aquí para firmar todos los papeles de la herencia: el dinero, la casa y la tienda de flores de la que se ocupaba desde el deceso de mi padre, muerto de un cáncer de estómago hace siete años. Soy la única hija de la familia, y la única heredera declarada.
Mi madre le tenía cariño a la casa. Es una vieja casa rodeada de una cerca de arbustos. Atrás, un jardín con un pequeño estanque redondo y una huerta. En un rincón, algunos árboles. Entre los árboles, mis padres habían plantado camelias poco después de comprar la casa. Las camelias le gustaban a mi madre.
El rojo de las camelias es tan vivo como el verde de las hojas. Las flores caen al final de la estación, una por una, sin perder su forma: corola, estambres y pistilo permanecen siempre juntos. Mi madre recogía las flores del suelo, todavía frescas, y las arrojaba al estanque. Las flores rojas de corazón amarillo flotaban en el agua unos días.
Una mañana le dijo a mi hijo: «Me gustaría morir como una tsubaki. Tsubaki es el nombre japonés de la camelia».
Ahora, como era su deseo, sus cenizas están dispersas en la tierra alrededor de las camelias, y su lápida está junto a la de mi padre en el cementerio.
Aunque solo anduviera por los sesenta, decía que ya había vivido lo suficiente en este mundo. Tenía una grave enfermedad pulmonar. Era una sobreviviente de la bomba atómica que había caído en Nagasaki tres días después de Hiroshima. Esta segunda bomba causó ochenta mil víctimas en un instante e hizo que Japón capitulara. Allí también murió su propio padre, mi abuelo.
Nacido en Japón, mi padre partió después de la guerra rumbo a este país, donde su tío le había ofrecido trabajar en su pequeña empresa. Era un taller de ropa de algodón inspirada en la forma del kimono, recta y simple. Antes de irse, mi padre quería casarse. Una pareja de su familia organizó un miai con mi madre: se trata de un encuentro convenido con vistas al matrimonio. Mi madre era hija única, su madre había muerto también, de leucemia, cinco años después de la bomba atómica. Como se había quedado sola, mi madre decidió aceptar casarse con mi padre.
Con él trabajó sin descanso para desarrollar la empresa; luego, cuando se jubilaron, dedicó mucho tiempo a la tienda de flores que abrieron juntos. Asistió a mi padre hasta el último momento. En el funeral me dijeron que debía de haber sido feliz con una mujer tan dedicada como mi madre.
Solo después de la muerte de mi padre pudo llevar una vida más tranquila y discreta en compañía de una empleada doméstica extranjera, la señora S. Esta dama no entendía japonés ni la lengua oficial del lugar. Solo necesitaba dinero y una habitación, y mi madre necesitaba a alguien que pudiera ocuparse de ella en la casa. A mi madre no le gustaba la idea de vivir conmigo o en un asilo, menos aún en una clínica. En caso de necesidad, hacía llamar a su médico por la señora S., que apenas podía decirle por teléfono: «Venga a casa de la señora K.».
Mi madre, además, confiaba en la señora S. «Nos arreglamos», le contestó a mi hijo cuando le preguntó cómo se comunicaban entre ellas. «Me siento bien sin hablar. La señora S. es una persona discreta. Me ayuda y no me molesta en absoluto. No es una persona instruida. No me importa. Lo que cuenta para mí son sus modales.»
En cuanto a la guerra y la bomba atómica que cayó en Nagasaki, mi madre se negaba a hablar del asunto. Más aún, me prohibía decir en público que era una sobreviviente de la bomba. Pese a toda la curiosidad que yo había sentido desde niña, tenía la obligación de dejarla en paz. Me parecía que seguía sufriendo la pérdida de su padre, a quien la carnicería se había llevado.
Fue mi hijo, sin embargo, quien en su primera adolescencia empezó a hacerle las mismas preguntas que siempre me habían preocupado. Cuando se ponía demasiado insistente, mi madre le gritaba que volviera a su casa.
En sus tres últimas semanas nos decía que le costaba dormir. Le pidió somníferos a su médico. Fue en ese período cuando, de pronto, se puso a hablar de la guerra hasta por los codos. Mi hijo y yo íbamos a verla casi todas las tardes. Mi madre siguió hablándole del asunto incluso la víspera de su muerte.
Estaba sentada en un sillón de la sala, frente a la cocina, donde yo leía un libro. Podía verlos y oírlos a los dos.
Mi hijo le preguntó:
—Abuela, ¿por qué los norteamericanos tiraron dos bombas atómicas en Japón?
—Porque en ese momento solo tenían dos —dijo ella con franqueza.
La miré. Me pareció que bromeaba, pero su rostro estaba serio. Asombrado, mi hijo dijo:
—¿Quiere decir que si hubieran tenido tres habrían tirado la tercera en otra ciudad de Japón?
—Sí, creo que hubiera sido posible.
Mi hijo hizo una pausa y dijo:
—Pero los norteamericanos ya habían destruido la mayoría de las ciudades antes de tirar las bombas, ¿no es cierto?
—Sí, en los meses de marzo, abril y mayo, cerca de cien ciudades habían sido destruidas por los B-29.
—De modo que para ellos era evidente que Japón no estaba en condiciones de seguir combatiendo.
—Sí. Por otro lado, los dirigentes norteamericanos sabían que, en junio, Japón, por intermedio de Rusia, intentaba emprender negociaciones de paz con los norteamericanos. Japón también temía ser invadido por los rusos.
—Entonces ¿por qué lanzaron de todos modos esas dos bombas, abuela? La mayoría de las víctimas eran civiles inocentes. ¡Mataron a más de doscientas mil personas en unas semanas! ¿Qué diferencia hay con el Holocausto de los nazis? ¡Es un crimen!
—Así es la guerra. Solo se piensa en ganar —dijo ella.
—Pero ¡si ya habían ganado la guerra! ¿Para qué hacían falta las bombas? A mi bisabuelo lo mató una bomba que, en mi opinión, era totalmente inútil.
—No eran inútiles para ellos. Una acción siempre tiene razones y ventajas.
—Entonces dígame, abuela, ¿qué ganaron lanzando esas dos bombas atómicas?
—Amenazar a un enemigo más grande, Rusia.
—¿Amenazar a Rusia? Entonces ¿por qué no era suficiente con una sola bomba atómica?
—¡Buena pregunta, nieto mío! Creo que los dirigentes norteamericanos querían mostrar a los rusos que tenían más de una bomba atómica. Tal vez también quisieran ver qué efecto producía cada bomba, sobre todo la segunda, pues eran dos bombas distintas: la que cayó en Hiroshima había sido fabricada con uranio; la de Nagasaki, con plutonio. Gastaron en secreto muchísimo dinero en esas bombas. El norteamericano común no sabía de su existencia. Ni siquiera Truman, el vicepresidente de la nación, había sido informado. Puede que se vieran obligados a usarlas antes de que la guerra terminara.
Mi hijo no se conformó con esa respuesta. Siguió interrogándola:
—Si las bombas eran para amenazar a Rusia o para probar nuevas armas, ¿por qué lo hicieron con Japón, donde ya no quedaba nada por destruir? ¿Por qué no en Alemania?
—¡Ah, otra pregunta curiosa! Alemania ya había renunciado oficialmente a la guerra. Incluso de no ser así, los norteamericanos no se habrían atrevido a tirar bombas atómicas en el centro de Europa. Son descendientes de europeos, después de todo. Los norteamericanos consideraban que todos los japoneses, civiles o militares, eran sus enemigos, pues no eran hakujin.
—¿Incluso los cristianos? —preguntó.
—Por supuesto —contestó ella sin vacilar—. Cuando vivía en Nagasaki conocí a gente católica. Nagasaki es famosa por sus creyentes. Un día, una muchacha católica de mi escuela me dijo muy seria: «Los norteamericanos son cristianos. Si ven cruces en nuestra ciudad, pasarán de largo sin arrojar las bombas». Le dije enseguida: «Para ellos, los japoneses son japoneses». Y la bomba atómica cayó frente a una iglesia.
Mi hijo estaba callado. En realidad, la mitad de su ascendencia es europea. Sus bisabuelos eran alemanes. Su abuelo, nacido también en Alemania, pero criado en Estados

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