Kali decapitada de Margarita Yourcenar

Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India.

 Puede vérsela simultáneamente en el Norte y en el Sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su nombre. Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada en su cintura que los poetas que la cantan la comparan con una palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca es cálida, pronto se mira en el bronce de la noche como en la plata de la aurora o el cobre del crepúsculo, y se contempla en el oro del mediodía. Pero sus labios no han sonreído jamás; un collar de huesecillos rodea su alto cuellos y en sus rostros, más claro que el resto del cuerpo, sus grandes ojos son puros y tristes. El rostro de Kali, eternamente mojado por las lágrimas , está pálido y cubierto de rocío como la faz inquieta de la mañana.

  Kali es abyecta. Ha perdido su casta divina a fuerza de entregarse a los parias y a los condenados, y su rostro, al que besan los leprosos, se halla cubierto de una costra de astros. Se aprieta contra el pecho sarnoso de los camelleros procedentes del Norte, que nunca se lavan a causa de los grandes fríos; se acuesta en los lechos infectados de piojos con los mendigos ciegos; pasa de los brazos de los Brhamanes al abrazo de los miserables- raza fétida, deshonra de la luz- encargados de bañar los cadáveres; y Kali, tendida en la sombra piramidal de las hogueras, se abandona sobre las tibias cenizas. Ama así mismo a los barqueros, que son fuetes y ásperos; acepta hasta a los negros que sirven en los bazares, a quienes se azota más que a las bestias de carga; frota su cabeza contra sus hombros, cuajados de rozaduras por el ir y venir de los fardos. Triste como una enferma con fiebre que no consistiera encontrar agua fresca, va de pueblo en pueblo, de encrucijada en encrucijada, a la busca de los mismos monótonos deleites.

  Sus piececitos bailan frenéticamente, moviendo las ajorcas, que tintinean, pero sus ojos no cesan de llorar, su boca amarga nunca besa, sus pestañas no acarician las mejillas de los que la abrazan, y su rostro permanece eternamente pálido como una luna inmaculada.

Hace mucho tiempo, Kali, nenúfar de perfección, se sentaba en el trono de Indra como en el interior de un zafiro: los diamantes de la mañana brillaban en su mirada y el universo se contraía o se dilataba según los latidos de sus corazón.
  Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no conocía su pureza.

  Los dioses acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un chorro de sangre su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos por donde se arrastran y sollozan aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. Sopló un viento frío, condensó la claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas, semejantes a una ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.

   Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo llenos de humo por donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no cometieron. Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y negros cabellos se extendían alrededor como raíces flotantes.

  Recogieron piadosamente aquella cabeza exangüe y se pusieron a buscar el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron, colocaren la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.

  Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber intentado entorpecer las meditaciones de un joven Brahman. Sin sangre aquel cadáver parecía puro. La diosa y la cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.

   Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El cuerpo, al que le había unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama, de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías, acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. Se convirtió en seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como las comadrejas de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés, a Kapilavistu, de Bangalor a Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos límpidos continuaban llorando.

  Una mañana, en Benarés, Kali, borracha, haciendo muecas de cansancio, salió de la sala de las cortesanas. En el campo, un idiota que babeaba tranquilamente sentado en un montón de de estiércol se levantó al verla pasar y se echó a correr tras ella. Ya sólo le separaba de la diosa la longitud de su sombra. Kali aminoró el paso y dejó que el hombre se acercara.

Cuando él la dejo, emprendió de nuevo el camino hacia una ciudad desconocida. Un niño le pidió limosna; ella no le aviso que una serpiente dispuesta a morder entre dos piedras entre dos piedras. Sentía un gran furor contra todo ser viviente y al mismo tiempo un deseo atroz de aumentar con ello su sustancia, de aniquilar a las criaturas saciándose con ellas. Se la pudo ver en cuclillas junto a los cementerios; su boca masticaba los huesos como los dientes de las leonas. Mató como el insecto hembra que devora a sus machos; aplastó a los hijos que paría como una cerda que se revuelve contra su camada. Y a los que exterminaba, los remataba después bailando encima de ellos. Sus labios, maculados de sangre, exhalaban el mismo olor insípido de las carnicerías, pero sus abrazos consolaban sus víctimas y el calor de su pecho hacía olvidar todos sus males.

  En la linde del bosque, Kali tropezó con el Sabio.

  Se hallaba sentado, con las piernas cruzadas, con las palmas unidas, y su cuerpo descarnado estaba tan seco como la leña preparada para encender la hoguera: Nadie hubiera podido adivinar si era muy joven o muy viejo, sus ojos que todo lo percibían, apenas eran visibles por debajo de sus parpados medio cerrados. La luz se disponía en torno a él en forma de aureola, y Kali sintió subir de las profundidades de sí misma el presentimiento del gran descanso definitivo, parada de los mundos, liberación de los seres, día de bienaventuranza en que la vida y la muerte serían igualmente inútiles, edad en que todo se resorbe en Nada. Como si esa pura nada que acababa de concebir se estremeciera en ella a la manera de un futuro hijo.

   El Maestro de la gran compasión levantó la mano para bendecir a la que pasaba.

  -Mi cabeza fue soldada a la infamia- dijo ella-. Quiero y no quiero; sufro, y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir. 

 -Todos estamos incompletos- dijo el Sabio-. Todos nos hallamos divididos y somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y gozar desde hace siglos.

  -Yo fui Diosa en el cielo de Indra- dijo la cortesana.

 -Y tampoco estabas libre del encadenamiento de las cosas, y tu cuerpo de diamante no estaba mas resguardado de la desgracia que tu cuerpo de barro y carne. Tal vez, mujer sin ventura, al errar deshonrada por los caminos te hallás mas cerca de accede a lo que no tiene forma.

  -Estoy cansada- gimió la diosa.

  Entonces tocando las trenzas negras y manchadas de ceniza con las puntas de los dedos, dijo el Sabio:

 -El deseo te enseñó la inanidad del deseo; el arrepentimiento te enseño la inutilidad de arrepentirte. Ten paciencia, ¡Oh, Error!, del que todos formamos parte… ¡Oh imperfecta!, en quien la perfección toma conciencia de sí misma, ¡Oh, Furor!, que no eres necesariamente inmortal.
  

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Consejos para escribir. E. A. Poe (1) Así lo interpreto, RGG

Conoce de antemano el final

Se breve

Tienes que saber de antemano el efecto que quieres conseguir

 

Cuando Edgar nos dice que seamos breves, tampoco nos dice que seamos lacónicos. Brevedad de ninguna manera quiere decir síntesis. Si a un cuento de mil palabras le restamos doscientas palabras y no altera la belleza y función de la prosa, nos habla de que dichas palabras estaban sobrando.

Tome un párrafo y trabaje con sustantivos, pode todo adjetivo y adverbio y si funciona que mejor, pero si no es así, piense muy bien que adjetivo o adverbio puede insertarse. De tal manera que al leerlo se distinga por claridad, sencillez y un aroma que su estilo le de.

Cuando Edgar Allan nos refiere que debemos de  conocer  de antemano el final. Algunos escritores, así lo hacen. Yo, no siempre conozco el final, algunas veces sí, pero no es seguro que lo escriba tal cual lo imaginé.

cuando Po  refiere que hay que saber de antemano el efecto que quieres conseguir, inmagino que se refiere a lo que dice David Olier:

«…Una vez que ya tienes tu tema, conviene que pienses en el efecto que quieres transmitir. No me estoy refiriendo a que pienses en su género (aunque conviene que tengas claro por dónde vas a ir), sino a que te preguntes si quieres asustar a tu lector, si quieres que se ría, hacer una crítica social que haga reflexionar a tu lector… O si quieres que se pregunte todo el rato qué es lo que pasa y mantenerle en vilo hasta el final.»

https://cabaltc.com/como-escribir-relato-corto

Su comentario es valioso, seguramente lo agradecerán los que se inician en el placer de escribir y escribir bien.

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Borges y la poesía japonesa

…Cuando yo era joven todos sentíamos la gravitación de Lugones.
Lugones había dicho que la metáfora era un ingrediente esencial
de la poesía. Últimamente, se ha estudiado, a través del inglés y
el alemán, la poesía japonesa. No hay una sola metáfora, como
si sintieran que cada cosa es única, que no puede ser transformada
en otra…es la ausencia de la metáfora…Creo que lo esencial en el
verso es la cadencia. El verso tiene que tener, esencialmente, música,
música verbal. El verso tiene que ser grato al oído. Para los chinos
y japoneses, el verso tiene que ser grato a la vista…

Algo me han dicho

la tarde y la montaña.

Ya lo he perdido.

 .

¿Es o no es

el sueño que olvidé

antes del alba?

 .

La vasta noche

no es ahora otra cosa

que una fragancia.

.

Bajo el alero

el espejo no copia

más que la luna.

 .

¿Es un imperio

esa luz que se apaga

o una luciérnaga?

 .

La luna nueva.

Ella también la mira

desde otra puerta.

 .

Lejos un trino.

El ruiseñor no sabe

que te consuela.

 

Jorge Luis Borges

 

Superviviente de Stephen King

Más tarde o más temprano, la pregunta surge siempre en la carrera de un médico: ¿Hasta qué punto puede un paciente soportar un shock traumático? Según las teorías, hay diferentes respuestas, pero, básicamente, la contestación esencial es otra pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir?

26 de enero

Hace dos días que la tormenta me arrojó a esta playa. Me he estado paseando por la isla toda la mañana. ¡Qué isla! Mide 190 pasos de ancho por 267 pasos de punta a punta.

Además, por lo que veo, no hay nada que comer.

Me llamo Richard Pine y éste es mi diario. Si me encuentran (o mejor, cuando me encuentren), puedo destruirlo fácilmente. No me faltan cerillas. Cerillas y heroína. De las dos cosas tengo enormes cantidades, aunque ninguna de las dos valga nada aquí, ja, ja. De modo que escribiré. Al menos, para pasar el tiempo.

Para decir toda la verdad —¿y por qué no?, ¡tengo todo el tiempo del mundo!— debería empezar por aclarar que, cuando nací, en Little Italy, el barrio italiano de Nueva York, me llamaron Richard Pinzetti. Mi padre, que era un desgraciado, procedía del Viejo Mundo. Yo quería ser cirujano. Mi padre se reía a mandíbula batiente, me llamaba chalado y me mandaba a buscar otro vaso de vino. Murió de cáncer a los cuarenta y seis años. Me alegró.

Empecé a jugar al fútbol en el instituto. Fui el mejor jugador de la historia local. Jugaba de defensa. Durante los dos últimos años recorrí todas las ciudades de los Estados Unidos. Odiaba el fútbol. Pero si eres un chaval pobre, que vive en una casa barata y quiere ir a la universidad, tu única oportunidad es el deporte. Así que jugué y conseguí una beca para atletas.

En la Universidad seguí jugando hasta conseguir una beca de estudios completa. Entonces, lo dejé. Iba a estudiar medicina. Mi padre murió seis semanas antes de mi graduación. No me importó. ¿Acaso creéis que me hubiera gustado subir a la tarima para recoger el diploma y ver aquella bola de sebo allí sentada? ¿Les gusta a las gallinas viajar en metro? Además, ingresé en un club estudiantil. No uno de los mejores, con un nombre como Pinzetti, pero, después de todo, era un club.

¿Por qué escribo todo esto? Es bastante divertido. No, me rectifico. Es extraordinariamente divertido. El gran doctor Pine, sentado en una roca, en pantalones de pijama y camiseta, en medio de una isla que se puede cruzar con un salivazo, escribiendo la historia de su vida… ¡Tengo hambre! No importa. Escribiré la maldita historia de mi vida, si me da la gana. Al menos, así no pensaré en mi estómago. Espero.

Cambié mi apellido por el de Pine antes de empezar los estudios de medicina. Mi madre me dijo que le había partido el corazón. ¿De qué corazón estaría hablando? Al día siguiente al del entierro del viejo, le estaba guiñando el ojo al judío de la tienda de la esquina. Para tratarse de alguien que adoraba su nombre de aquella manera, corría como un diablo para cambiarlo por el de Steinbrunner.

Todo lo que yo anhelaba en la vida era ser cirujano. Desde los días del colegio. Ya entonces me vendaba las manos antes de empezar un partido y me las lavaba después con agua y jabón. Si quieres ser cirujano, tienes que tener cuidado con las manos. Algunos de mis compañeros me tomaban el pelo y me llamaban mariquita. Nunca llegué a enfrentarme con ninguno de ellos. Ya es bastante peligroso jugar al fútbol. El que realmente llegó a ponerme los nervios de punta fue Howie Plotsky, un estúpido gigantón con la cara llena de cicatrices. Por aquel entonces, yo repartía periódicos y aprovechaba para vender un poco de lotería, lo cual me permitía conocer gente, establecer contactos… No te queda más remedio, si quieres sobrevivir. Cualquier imbécil sabe cómo caerse muerto, pero lo realmente difícil es sobrevivir, ¿comprendéis? Pues eso fue lo que me decidió a pagar a Ricky Brazzi, que era el tío más grande del instituto, para que le partiera la boca a Howie Plotsky. Sí, eso es lo que he dicho: partirle la boca. Le prometí un dólar por cada diente que me trajera. Rico vino con tres dientes envueltos en papel de periódico. Se dislocó un par de nudillos en el trabajito. Podéis imaginar en qué lío me hubiese metido.

En la facultad de medicina, mientras los otros memos se mataban tratando de ganar un centavo para llenar el puchero con un poco de carne —no con sobras de quirófano, ¿eh?— trabajando como camareros, vendiendo corbatas o limpiando suelos, yo me saqué de la manga un sistema de apuestas y, con unos cuantos trucos que conocía, me ganaba algún dinerillo en las apuestas de caballos, de billar o de lo que fuera. Además, tenía excelentes relaciones con el vecindario y cursé mis estudios sin ningún problema.

No me metí en la cuestión de las drogas, hasta que empecé mi residencia en un hospital, uno de los más grandes de Nueva York. Al principio, sólo fueron recetas en blanco. Vendí un cuadernillo de cien a un chico del barrio, y él falsificó las firmas de cuarenta o cincuenta médicos, por cuyos nombres yo también le cobraba. El muchacho, a su vez, las ofrecía en la calle por diez o veinte dólares cada una, lo que hacía las delicias de los fanáticos drogotas que iban cada vez más acelerados, y los partidarios de los sedantes, que se pasaban el día dando tumbos por las esquinas.

Al poco tiempo de trabajar en el hospital me di cuenta del desbarajuste que había en la farmacia del mismo. Nadie tenía la menor idea de lo que entraba ni de lo que salía. Había gente que sacaba de allí píldoras a puñados, cosa que yo me guardé muy bien de hacer. Siempre he tomado todo tipo de precauciones y nunca he tenido problemas hasta que me descuidé… y la suerte me volvió la espalda. Pero sé que caeré de pie; siempre ha sido así.

Me duele la muñeca y el lápiz se ha quedado sin punta. No puedo seguir escribiendo. No sé por qué me preocupo tanto. Es probable que me encuentren pronto.

27 de enero

El bote salvavidas se hundió anoche en unos tres metros de agua, al norte de la isla. ¿Qué importa? De todos modos, después de arrastrarse por todo el arrecife, el fondo parecía un colador. Además, ya había rescatado todo lo que valía la pena salvar, a saber, cuatro galones de agua, un cajita de costura para viajes, un botiquín y este libro en el que estoy escribiendo, que es, en realidad, un cuaderno de inspección del bote. ¡Qué risa! Por cierto, ¿cómo es que a nadie se le ocurrió poner comida de reserva en el bote? El último informe que aparece en el cuaderno lleva fecha 8 de agosto de 1970. Ah, además, he conseguido salvar dos cuchillos, uno mellado y el otro afilado, y un juego de cuchara y tenedor que voy a usar esta noche para la cena: asado de piedras. Ja, ja. Bueno, al menos, le he sacado punta al lápiz.

Cuando salga de esta isla, cubierta de excrementos de pájaros, les voy a sacar hasta el hígado a los de Paradise Lines Inc. Sólo por eso vale la pena seguir viviendo. Y pienso seguir viviendo y salir de ésta, no os quepa la menor duda. Voy a salir de ésta.

(más tarde)

Olvidé una cosa al hacer el inventario: dos kilos de heroína pura, algo así como 350.000 dólares en las calles de Nueva York, aunque aquí no valga más que un puñado de cacahuetes. Ja, ja. ¿Verdad que es cómico?

28 de enero

Bueno, he comido…, si es que a eso se le puede llamar comer. Una gaviota vino a posarse en una de las rocas del centro de la isla, un montículo también cubierto de excrementos de pájaros. Agarré una piedra que tenía a mano y me acerqué a ella todo lo posible. No se movía, observándome con sus ojos negros y brillantes. Me sorprendió que no la asustara el ruido de mis tripas.

Arrojé la piedra con todas mis fuerzas y le di de lleno. La gaviota lanzó un graznido y trató de volar, pero le había roto el ala derecha. Trepé en su busca, pero se alejó a saltos. La sangre manchaba sus plumas. Me dio bastante trabajo. Metí el pie en un agujero entre dos rocas y estuve a punto de partirme el tobillo. Finalmente, cuando empezaba a cansarme, logré darle alcance al otro lado de la isla. La gaviota se había metido en el agua y se alejaba. La atrapé por la cola, pero se volvió y me dio un picotazo. Le agarré una de las patas y, con la otra mano, le retorcí el cuello. El sonido de las vértebras al romperse me llenó de satisfacción. La cena está servida, caballero. ¿Os acordáis? ¡Ja! ¡Ja!

Me la traje al «campamento», pero antes de desplumarla y cortarla a trozos, me limpié la herida con yodo. Los pájaros llevan toda clase de gérmenes y sólo me faltaría una infección.

La operación de la gaviota fue de perlas, pero, que pena, no había manera de cocinarla. No hay vegetación en la isla, ni maderas a la deriva y, por si fuera poco, el bote se ha hundido. Así que me la comí cruda. El estómago quiso devolverla inmediatamente. Aunque yo estaba de acuerdo con él, no se lo podía permitir. Así que empecé a contar hasta cien al revés hasta que pasaron las náuseas. Es un sistema que funciona casi siempre.

¿Os dais cuenta del bicharraco, que casi me rompe el tobillo y después me da un picotazo en la mano? Si cazo otra gaviota mañana, la torturaré. A ésta la he dejado escapar sin castigo. Mientras escribo, veo su cabeza cortada en la arena. Sus ojillos negros, aun velados por la muerte, parecen mirarme.

¿ Tienen cerebro las gaviotas?

¿Son comestibles?

29 de enero

Hoy no hay comida. Una gaviota aterrizó en el macizo, pero voló antes de que me aproximara lo suficiente para hacerle un «pase». ¡Ja, ja! Me estoy dejando la barba. Pica como un demonio. Si la gaviota vuelve y consigo darle caza, le sacaré los ojos antes de matarla.

Creo haber dicho ya que era un cirujano de primera. Me expulsaron. Realmente ridículo. Todos los médicos hacen lo mismo y luego se ponen tan estirados cuando le atrapan a uno. ¡Peor para ti! ¡Yo ya tengo mi parte! El Segundo Juramento de Hipócrates y de Hipócritas.

Había acumulado ya bastante de mis correrías como interno y como residente (se supone que, de acuerdo con el Juramento de Hipócrates, eres un funcionario y un caballero, pero nadie cree tal cosa). Tenía lo necesario para abrir mi consulta privada en Park Avenue. Lo necesitaba. No tenía un papá rico ni un protector con influencias, como muchos de mis colegas. Cuando me instalé, mi padre llevaba nueve años criando malvas. Mi madre murió un año antes de que me revocaran la licencia.

Pasó lo siguiente: yo tenía un trato con media docena de farmacéuticos del East Side, además de un par de laboratorios y al menos, otros veinte médicos. Los pacientes iban y venían de uno a otro. Yo operaba y después prescribía los medicamentos postoperatorios adecuados. No todas las operaciones eran necesarias, pero nunca actué contra la voluntad del paciente. Y jamás sucedió que un paciente le echara un vistazo a la receta y me dijera que no quería aquello. Escuchadme: hay gente a la que se le hizo una histerectomía en 1965 o una tiroides parcial en 1970 y que seguirían engullendo pastillas si el médico se lo permitiera. Y era lo que hacía algunas veces. Además, yo no era el único. Si podían pagarse el vicio, ¿por qué no? Cuando no era un paciente que padecía de insomnio después de alguna operación, era alguien que quería adelgazar, o quería Librium. Todo tenía arreglo. ¡Ja! Sí. De no haber sido yo, hubiera sido cualquier otro.

Hasta que los de Sanidad fueron a ver a Lowenthal, ese gallina. Le asustaron diciéndole que le iban a echar cinco años y el tipo cantó media docena de nombres, uno de los cuales era el mío. A mí me estuvieron observando durante bastante tiempo y, en realidad, cuando me echaron el guante, cinco años eran pocos para mí. Por ejemplo, no había dejado del todo lo de las recetas en blanco, algo muy divertido, pero que no necesitaba en absoluto. Lo seguía haciendo por costumbre; además, a nadie le amarga un dulce.

El caso es que yo conocía a mucha gente. Probé con algunos. Y arrojé un par de individuos a los leones. Nadie que me gustara, sin embargo. Todos auténticos cerdos.

Dios, tengo hambre.

30 de enero

Hoy no hay gaviotas, lo que me recuerda los letreros de las tiendas de comestibles del barrio: HOY NO HAY TOMATES. Me metí en el agua hasta la cintura, con un cuchillo afilado en la mano. Permanecí inmóvil durante casi cuatro horas, mientras el sol caía de pleno sobre mis espaldas. Creía desmayarme un par de veces, pero conté hasta cien al revés hasta que desapareció la sensación. No vi un solo pez. Ni uno.

31 de enero

Hoy he matado otra gaviota tal como lo hice con la primera. Tenía demasiada hambre para torturarla como me había prometido a mí mismo. Así que la abrí y me la comí. Vacié las tripas y me las comí también. Es extraño ver cómo se recobra la vitalidad. Empezaba a preocuparme. Tendido a la sombra del montículo central, creí oír voces. Mi padre. Mi madre. Mi esposa, de la que me divorcié… Y, lo peor de todo, la voz del chino que me vendió la heroína en Saigón. Ceceaba, probablemente a causa de un paladar hendido.

«Vamos —me decía la voz desde lo alto—. Vamos, esnifa un poco. Te olvidarás del hambre. Es tan buena…» Pero nunca tomé drogas, ni siquiera para dormir.

Lowenthal se suicidó. El muy gallina. ¿No os lo había dicho? Se colgó en el que había sido su consultorio. Desde mi punto de vista, hizo un favor al mundo.

Yo quería recuperar mi título. Algunos de los tipos con los que hablé me dijeron que no era imposible… pero costaba mucho dinero, más del que podía imaginar. Yo tenía 40.000 dólares en una caja de seguridad y decidí arriesgarme para doblar o triplicar la cantidad.

Me fui a ver a Ronnie Hanelli, compañero mío de equipo en los años de la universidad, a cuyo hermano menor había conseguido una residencia en un hospital cuando resolvió estudiar medicina. Ronnie estudiaba Derecho. ¿Verdad que es gracioso? En el barrio se le conocía por el apodo de Ronnie el Árbitro, porque se metía en todos los juegos y, sin que nadie se lo pidiera, empezaba a pitar faltas a todo el mundo. Si no te gustaba, tenías dos opciones: callarte la boca o tragarte unos cuantos dientes. Los portorriqueños le llamaban Ronniewop, o algo así. A él le hacía gracia Ronnie. Ronnie estudió Derecho, pasó los exámenes sin problemas y abrió un bufete en su propio barrio, justo encima del bar La Pecera. Aún le veo pasar por allí, cuando cierro los ojos, con su gran Continental blanco. Era el usurero más grande de toda Nueva York: un tiburón.

Sabía que Ronnie tendría algo para mí.

—Es peligroso —dijo—. Pero tú sabes cuidarte. Y, si traes la mercancía, te presentaré un par de individuos. Uno de ellos es funcionario del Estado.

Me dio dos nombres. El de Henry Li-Tsu, el chino, y el de Solom Ngo, un químico vietnamita. El vietnamita probaba la heroína del chino a cambio de dinero. El chino era conocido por sus «bromas». Por ejemplo, llenaba las bolsitas de plástico con talco, o detergente, o almidón. Ronnie decía que un día, una de aquellas «bromas» le iba a costar la vida.

1 de febrero

He visto un avión. Pasó de largo sobre la isla. Intenté subir al montículo central para llamar su atención y metí el pie en el mismo agujero del día en que cacé la primera gaviota. Me rompí el tobillo. Fractura compuesta. Fue como un disparo. El dolor era insoportable. Grité y perdí el equilibrio. En vano, agité los brazos como un molino de viento. Caí y me golpeé la cabeza. Todo se puso negro. Cuando volví en mí, se había puesto el sol. Había perdido un poco de sangre. El tobillo se me había hinchado como un neumático y tenía una buena insolación. Creo que, de haber habido una hora más de sol, tendría todo el cuerpo llagado.

Me arrastré como pude hasta aquí y pasé la noche temblando y llorando de rabia. Me he desinfectado la herida de la cabeza, situada encima del lóbulo temporal derecho, y me la he vendado como he podido. Es una herida superficial en el cuero cabelludo con una pequeña contusión, creo, pero el tobillo, es una mala fractura, en dos puntos, quizá tres. ¿Cómo voy a cazar las gaviotas ahora?

El avión debía de estar en busca de supervivientes del Callas. En medio de la oscuridad y la tormenta, el bote salvavidas ha de haber recorrido kilómetros. No creo que vuelva por aquí.

¡Dios mío, cómo me duele el tobillo!

2 de febrero

He puesto una señal en la playa de guijarros del lado sur de la isla, donde se hundió el bote. Me llevó todo el día, con algún descanso en la sombra. Aun así, me desmayé dos veces. Calculo haber perdido unos ocho kilos, en su mayor parte, por deshidratación. Desde aquí veo las cinco letras que tardé el día entero en componer; rocas oscuras sobre la arena blanca, dicen AYUDA en letras de metro y medio. El próximo avión no va a pasar de largo.

El pie palpita constantemente. Todavía está hinchado y se ha puesto sospechosamente blanco alrededor de la fractura. Cada vez más blanco. Si me lo vendo con la camisa, apretando mucho, el dolor cede, pero aun así duele tanto que, más que dormirme, me desmayo.

Empiezo a pensar que tal vez haya que amputar.

3 de febrero

La hinchazón y la pérdida de color son todavía mayores. Esperaré hasta mañana. Si la operación es imprescindible, creo que podré llevarla a cabo. Tengo cerillas para esterilizar el cuchillo y aguja e hilo de la cajita de costura. Como vendaje, la camisa.

Tengo además dos kilos de «analgésico», aunque no precisamente del que prescribía a mis pacientes. Pero lo hubieran empleado, de haber dispuesto de él. Podéis apostar. Esas señoras de pelo azul serían capaces de esnifar un ambientador de pino si les hiciera efecto, creedme.

4 de febrero

He decidido amputar el pie. Hace cuatro días que no como. Si espero más, corro el riesgo de desvanecerme en medio de la operación por la acción combinada del shock traumático y el hambre. En ese caso, podría morir desangrado. Y, a pesar de lo desdichado que soy, aún tengo ganas de seguir viviendo. Recuerdo lo que Mockridge decía en Anatomía básica, el viejo Mocki, le llamábamos: más tarde o más temprano, la pregunta surge siempre en la carrera de un médico. ¿Hasta qué punto puede un paciente soportar un shock traumático? Y entonces, señalaba con el puntero el dibujo del cuerpo humano, el hígado, los riñones, el bazo, los intestinos. Básicamente, caballeros, decía, la contestación esencial es otra pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir?

Creo poder hacerlo.

De verdad.

Supongo que estoy escribiendo para aplazar lo inevitable, pero se me ocurre que no acabé de contar por qué me encuentro aquí. Tal vez deba hacerlo por si la operación no sale bien. Tardaré sólo unos minutos y estoy seguro de que todavía habrá claridad para la operación, ya que, según mi reloj, son las nueve de la mañana. ¡Ja!

Fui a Saigón como turista. ¿Os extraña? No sé por qué. Hay miles de personas que van allí cada año, a pesar de la guerra de Nixon. También hay gente a la que le gusta presenciar accidentes o peleas de gallos. Mi amigo chino tenía la mercancía. Se la llevé a Ngo, quien me ratificó que era de primera clase. Me contó también que Li-Tsu había gastado una de sus bromas hacía cuatro meses, y que su mujer había saltado hecha pedazos por los aires al poner la llave de encendido en su automóvil. Desde entonces no había vuelto a hacer bromas.

Me quedé en Saigón tres semanas. Había reservado pasaje de regreso a San Francisco en un crucero, el Callas. Primera clase. Subir a bordo con la mercancía no representó problema alguno. Ngo arregló el asunto, sobornando a dos oficiales de aduana que se limitaron a saludarme y hacer pasar las maletas. La heroína iba en una bolsa de viaje que ni siquiera vieron.

—Pasar la aduana en los Estados Unidos será mucho más difícil —me dijo Ngo—, pero ése es problema únicamente suyo.

No tenía la menor intención de pasar aquello por la aduana. Ronnie había contratado un buzo que haría el trabajo por tres mil dólares. Tenía que encontrarme con él (ahora que lo pienso, hace dos días) en una especie de corral llamado Regis Hotel en San Francisco. El plan consistía en poner la mercancía en una lata a prueba de agua. Sujetos a la tapa, un reloj y un sobre de tinte rojo. Antes de atracar, había que tirar la lata al agua, cosa que no iba a hacer yo mismo, naturalmente.

Estaba todavía buscando un cocinero o un camarero al que no le viniera mal un dinero extra y que fuera lo bastante listo — o lo bastante idiota—, como para mantener la boca cerrada, cuando el Callas se hundió.

No tengo ni la menor idea de cómo sucedió, ni de por qué. Se nos había echado encima un buen vendaval, pero el crucero parecía capaz de capearlo. Pero el día 23, alrededor de las ocho de la noche, hubo una fuerte explosión bajo cubierta. Yo estaba en el salón en aquel momento y el Callas se escoró casi inmediatamente. A la izquierda, ¿cómo se llama: babor o estribor?

La gente empezó a gritar y a correr en todas direcciones. Las botellas cayeron de la estantería del bar y se estrellaron contra el suelo. Un hombre salió de una de las escaleras, con la camisa quemada y la piel asada. Los altavoces empezaron a decir a la gente que se dirigiera a los botes salvavidas que se les habían asignado al principio del viaje, durante un simulacro. Los pasajeros echaron a correr sin rumbo. Muy pocos se habían molestado en comparecer durante el simulacro. Yo, no sólo estuve allí, sino que fui más temprano, para estar en primera fila y ver bien todo, ¿comprendéis? Siempre pongo mucha atención en lo que se refiere a mi pellejo.

Bajé a mi camarote, saqué las bolsitas de heroína y me puse una en cada bolsillo. Después, me dirigí al Bote Salvavidas 8. Mientras yo subía las escaleras, hubo otras dos explosiones y el barco se inclinó aún más peligrosamente, si cabe.

En cubierta, todo era confusión. Vi una mujer que corría por la cubierta resbaladiza, gritando y con un niño en brazos. Según se inclinaba el buque, ella ganaba velocidad. Finalmente, golpeó contra la borda a la altura de los muslos, saltó por encima de ella, dio dos vueltas de campana y desapareció de mi vista. Había un hombre de mediana edad, sentado en medio del puente, que se arrancaba los cabellos con las manos. Otro, con ropas blancas de cocinero, la cara y las manos horriblemente quemadas, se daba contra las paredes y gritaba: «¡Socorro! ¡No veo! ¡Socorro! ¡No veo!»

El pánico era total y se había contagiado del pasaje a la tripulación como una epidemia. Tenéis que tener en cuenta que entre la primera explosión y el hundimiento del barco, pasaron solamente veinte minutos. Algunos de los botes iban repletos de gente que aullaba, y otros, totalmente vacíos. El mío, que estaba en la zona más próxima al agua, estaba casi desierto. Nadie más que yo y un marinero, con la cara muy pálida y llena de espinillas.

—Echemos al agua enseguida este condenado barreño —dijo, con los ojos desorbitados—, porque la maldita bañera se va a pique sin remedio.

Maniobrar un bote no es nada difícil, pero, con los nervios, el marinero se hizo un lío con las maromas de su lado. El bote bajó unos dos metros y quedó colgado, yo más cerca del agua que él.

Fui hacia su lado para ayudarle cuando empezó a gritar. Había logrado deshacer el nudo; pero, al mismo tiempo, se había pillado la mano. La soga se deslizó sobre la palma, dejándosela en carne viva; finalmente, salió despedido de la embarcación.

Acabé de deshacer el lío y libré el bote, que bajó al agua. Empecé a remar como un condenado. Remar era algo que siempre había hecho por placer en las casas de veraneo de mis amigos, pero ahora, por primera vez, lo hacía para salvar mi vida. Si no me alejaba del Callas antes de que se hundiera, me arrastraría con él.

Cinco minutos más tarde, se hundió. No escapé del todo a la succión, tuve que remar desesperadamente sólo para permanecer en el mismo lugar. Se hundió muy de prisa. Todavía había gente aferrada a la borda, gritando. Parecía una banda de monos.

La borrasca empeoró. Perdí un remo. Pasé la noche en una especie de pesadilla, achicando agua del bote, primero, y maniobrando con el único remo que me quedaba, después, para mantener la proa contra el oleaje.

Antes del amanecer del 24 las olas empezaron a empujarme por la popa. El bote adquirió una cierta velocidad, lo cual es aterrador, pero, al mismo tiempo, constituye un alivio. De pronto, los tablones fueron arrancados de debajo de mis pies, pero el bote no se hundió: había encallado a este montón de piedras olvidado del mundo. Ni siquiera sé dónde estoy; no tengo la menor idea. La navegación no es mi punto fuerte. Ja, ja.

Pero sí sé qué tengo que hacer. Éstas pueden ser mis últimas notas, pero algo me dice que saldrá bien. ¿Acaso no he conseguido siempre lo que me he propuesto? Además, hoy se hacen maravillas con las prótesis y podré moverme con un solo pie con toda comodidad.

Ha llegado el momento de ver si soy tan extraordinario como creo. Buena suerte.

5 de febrero

Lo hice.

El dolor era lo que menos me preocupaba, porque puedo soportarlo, pero temía que la debilidad, el hambre y el dolor combinados me hicieran perder el conocimiento antes de acabar.

Pero la heroína resolvió el problema maravillosamente.

Abrí una de las bolsitas y aspiré dos generosas dosis sobre una roca plana, primero la ventanilla derecha, luego, la izquierda. Era una especie de hielo deslumbradoramente anestésico que invadía mi cerebro íntegro. Aspiré la heroína al dejar de escribir, ayer, a las 9.45. Cuando volví a mirar la hora, las sombras se habían movido, dejándome parte del cuerpo al sol, y eran las 12.41. Me había adormilado. Nunca había imaginado que fuese tan fantástico y no comprendo por qué le tenía tanta manía. El dolor, el miedo, la infelicidad… todo desaparece, dejando sólo una calma eufórica.

Operé en esas condiciones.

Como era de esperar, sentí un dolor agudísimo, especialmente en la primera parte de la operación. Pero el dolor parecía desconectado de mí, como si fuera de otro. Me molestaba, pero me resultaba extraordinariamente interesante. ¿Podéis entender lo que digo? Si alguna vez habéis empleado un calmante con una fuerte base de morfina, sabréis de qué hablo. Hace algo más que mitigar el dolor. Induce un estado mental. Una cierta serenidad. Entiendo por qué la gente se queda colgada, aunque ésa sea una palabra horrorosamente fuerte y que usa, en general, la gente que nunca lo ha probado.

A media operación, el dolor empezó a ser algo más personal. Oleadas de desfallecimiento me acometían. Miré con ansia la bolsita de heroína, pero me obligué a apartar la vista. Si volvía a adormilarme, moriría desangrado con la misma seguridad que si me desmayara. Conté hasta cien al revés.

La pérdida de sangre era el factor más crítico. Como cirujano, era vitalmente consciente de ello. No debía perder una gota más que lo imprescindible. Si un paciente sufre una hemorragia durante una operación en un hospital, se le puede suministrar sangre. Yo carecía de esos medios. Todo lo que se había perdido —la arena debajo de mi pie estaba ya negra— estaba perdido hasta que mi propia fábrica lo repusiera. No tenía hemostáticos, ni hilo de sutura, ni grapas.

Empecé la operación exactamente a las 12.45. Acabé a la 1.50 e inmediatamente me atonté con heroína, una dosis mayor que la anterior. Me dormí en un mundo gris, indoloro, y permanecí así hasta alrededor de las cinco. Cuando me espabilé, el sol estaba cerca del horizonte occidental, trazando un camino de oro sobre el azul del Pacífico que llegaba hasta mí. Nunca he visto algo tan increíble. Tanto, que me compensó del dolor en un segundo. Una hora más tarde aspiré un poquito más, para seguir disfrutando de la puesta de sol.

Poco después de hacerse de noche, yo…

Yo…

Esperad un segundo. ¿Os he dicho que no he comido absolutamente nada durante cuatro días? ¿Y que lo único que tenía a mi alcance para recuperar mis energías agotadas era mi propio cuerpo? Después de todo, ¿no se ha dicho, una y otra vez, que la supervivencia es una cuestión mental? ¿De una mente superior? No voy a justificarme diciendo que cualquiera hubiera hecho lo mismo. En primer lugar, hay que ser cirujano. Y aun conociendo la técnica de la amputación, es posible hacer una carnicería y desangrarse de todos modos. Y, aun en el caso de poder sobrevivir a la amputación y al shock traumático, jamás se le ocurriría algo semejante a alguien convencional. No importa. Nadie tiene por qué enterarse. Lo último que haré antes de abandonar la isla será destruir este libro.

Tuve mucho cuidado.

Lo lavé muy bien antes de comérmelo.

de febrero

El dolor del muñón es intensísimo —en ocasiones, realmente intolerable—. Pero creo que el escozor profundo del proceso de cicatrización es todavía mucho peor. Esta tarde me he acordado de los pacientes que me tenían harto con lo mucho que les picaba la carne remendada, que era horrible y que no se podían rascar.

Yo sonreía y les decía que se sentirían mejor al día siguiente, pensando que se quejaban sin razón, que eran débiles e ingratos. Ahora los comprendo perfectamente. Varias veces he estado a punto de arrancar la camisa que sirve de vendaje y rascarme la herida, hundir los dedos en la carne cruda y tierna, quitarme los puntos, dejar que la sangre corriera en la arena, cualquier cosa, cualquier cosa con tal de no sentir ese horrible y enloquecedor hormigueo.

Entonces contaba hasta cien al revés y aspiraba heroína.

No tengo idea de cuánta he llegado a tomar, pero sí sé que he estado casi permanentemente dopado desde la operación. Como sabéis, quita el hambre. Ni siquiera sé si tengo hambre. Siento algo extraño, fantasmal, en la barriga, eso es todo. Por otra parte, puedo ignorarla con toda facilidad y, sin embargo, sé que no debo hacerlo, ya que la heroína no tiene un valor calórico fácilmente calculable. De manera que me he puesto a prueba para medir mi energía, arrastrándome de aquí para allá, y es agotador.

Dios mío, espero que no…, pero temo que sea necesaria una nueva operación.

(más tarde)

Pasó otro avión. Demasiado alto. Tanto, que todo lo que podía ver era el alerón de popa dibujándose contra el cielo azul. Hice señales, por si acaso, y grité como un energúmeno. Cuando desapareció, me eché a llorar.

Está muy oscuro y es difícil seguir escribiendo. Comida. He estado pensando en cantidad de platos. La lasaña de mi madre, pan de ajo, caracoles, langosta, chuletas, melocotones, asado, la gran porción de pastel de mantequilla y el helado de vainilla hecho en casa que te sirven en Mother Crunch en la Primera Avenida, pretzels calientes, salmón ahumado, cangrejos ahumados, jamón ahumado con rodajas de piña, aros de cebolla fritos, salsa de cebolla con patatas chip, té frío en largos sorbos, patatas fritas, y te relames los labios de gusto…

100, 99, 98, 97, 96, 95, 94

Dios, Dios, Dios.

8 de febrero

Esta mañana ha aterrizado otra gaviota en el montículo, grande, gorda, mientras yo reposaba a la sombra de mi roca, la que considero mi campamento particular, con el muñón apuntando al cielo. En cuanto el pájaro se posó, empecé a salivar igual que los perros de Pavlov. Se me caía la baba como a un bebé. Como a un bebé.

Busqué una piedra del tamaño de mi mano y empecé a arrastrarme hacia el pájaro. Queda tan sólo un cuarto, ya hemos escalado tres. Tres y pico. Pinzetti pasa hacia atrás (Pine, quiero decir Pine). No tenía demasiadas esperanzas. Estaba seguro de que saldría volando, pero había que intentarlo. Si atrapara un ave tan gorda y tan insolente como ésa, tal vez pudiese posponer la segunda operación indefinidamente. Continué, aunque, de vez en cuando, me golpeaba el muñón contra el canto afilado de una roca y veía las estrellas con todo el cuerpo, obligándome a reposar hasta que el dolor se calmara.

La gaviota no escapó. Daba saltitos de aquí para allá, con el pecho hinchado, como un general pasando revista a las tropas. De vez en cuando me miraba con sus ojos pequeños, negros y malignos, y no me quedaba más remedio que quedarme inmóvil como una piedra y contar hasta cien a la espera de que volviera a moverse. Cada vez que agitaba las alas, el hielo me invadía el estómago. más No dejaba de salivar. Se me caía la baba como a un niño.

No sé cuánto tiempo estuve al acecho. ¿Una hora? ¿Dos? Cuanto más me acercaba, más fuerte me latía el corazón y más apetecible parecía la gaviota. Daba la impresión de estar burlándose de mí y empecé a temer que, antes de que la tuviese a mi alcance, echara a volar. Me temblaban las piernas y los brazos. Tenía la boca seca. El muñón, por su parte, me daba unas punzadas asesinas. Ahora pienso que debo haber sentido también dolores de abstinencia. ¿Tan pronto? No he tomado heroína más que una semana.

No importa. La necesito. Y hay mucha, muchísima. En cuanto llegue a los Estados Unidos, me someteré a una cura de desintoxicación en la mejor clínica de California. Pero ahora no se trata de eso, ¿verdad?

Cuando la tuve al alcance, no quise arrojar la piedra. Estaba irracionalmente seguro de que erraría, probablemente por unos pocos centímetros. Tenía que acercarme. Así que seguí arrastrándome, con la cabeza alta, el sudor cayendo a chorros por mi cuerpo maltrecho de espantapájaros. Por cierto, creo que se me están pudriendo los dientes, ¿lo he dicho ya? Si fuera supersticioso, diría que es porque comí …

¡Ja! Pero no debe de ser ésa la razón, ¿verdad?

Me detuve otra vez. Estaba mucho más cerca de esta gaviota que de cualquiera de las anteriores. No conseguía obligarme a tirar la piedra. La agarré con toda mi alma, hasta que me dolieron los dedos, pero ni siquiera así pude hacerlo. Porque sabía perfectamente lo que no dar en el blanco significaba.

No me importa emplear toda la mercancía. Les voy a poner un pleito que se van a acordar toda la vida. ¡Viviré como un rey durante el resto de mi vida! ¡Mi larga, larga vida!

Estoy convencido de que hubiera escalado hasta poder tomarla con la mano si finalmente no hubiera levantado el vuelo. La hubiera estrangulado. Pero extendió las alas y echó a volar. La insulté, me hinqué de rodillas y le lancé la piedra con las pocas fuerzas que me quedaban. ¡Y le di!

El pájaro soltó un graznido y cayó al otro lado del montículo. Entre risas y temblores, sin preocuparme por los golpes en el muñón ni por si se me abría la herida, llegué a la cima y empecé a descender por la otra vertiente. Perdí el equilibrio y me di en el suelo con la cabeza. En aquel momento ni siquiera lo advertí, aunque tengo un magnífico chichón como recuerdo. Sólo podía pensar en la gaviota y en cómo le había dado, suerte fantástica, aun volando, ¡le había dado!

La gaviota se arrastró hasta la playa, el ala rota, el cuerpo ensangrentado. Me arrastré tras ella todo lo rápido que me era posible, pero ella era más veloz. ¡ Una carrera de lisiados! ¡Ja! ¡ Ja! Podría haberla capturado, ya estaba muy cerca, de no haber sido por mis manos. Tengo que cuidar mis manos. Puedo volver a necesitarlas. A pesar del cuidado tenía las palmas llenas de tajos cuando por fin llegamos a la playa. Por si fuera poco, golpeé mi reloj contra una roca y saltó hecho añicos.

La gaviota entró en el mar cojeando, graznando como una endemoniada. La atrapé, pero sólo me quedó un puñado de tristes plumas. Entonces me caí y tragué agua, tosiendo y atragantándome.

Pero seguí arrastrándome y hasta traté de nadar tras ella. La venda del muñón acabó por caérseme en el agua, empecé a hundirme y no tuve más remedio que regresar a la arena. No sé cómo, pero salí del agua, temblando, exhausto, encogido de dolor, llorando, gritando y maldiciendo a la gaviota. Todavía estaba a la vista, allá lejos, cada vez más lejos. Creo recordar que en un momento le rogué que volviera. Eso sí, cuando salió al arrecife, juraría que estaba muerta.

No es justo.

Me llevó casi una hora arrastrarme hasta el campamento. He tomado mucha heroína, pero aun así, continúo enfadado con la gaviota. Si no iba a dejarse cazar, ¿a qué burlarse así de mí? ¿Por qué diablos esperó tanto?

9 de febrero

Me he amputado el pie izquierdo y lo he vendado con mis pantalones. Extraño. Durante toda la operación se me cayó la baba. ¡Se me cayó la baaaaaba! Como cuando descubrí la gaviota, se me caía la baba sin parar… Pero me obligué a esperar hasta la noche. Conté hasta cien al revés veinte o treinta veces. ¡Ja! ¡Ja!

Entonces…

Tenía que repetirme: rosbif frío, rosbif frío, rosbif frío.

11 de febrero (?)

Ha llovido durante dos días, con mucho viento. Cambié algunas rocas de lugar, hice una especie de escondrijo con ellas y me guarecí allí dentro todo el tiempo. Sorprendí una pequeña araña, la tomé con los dedos antes de que escapara y me la metí en la boca. Muy buena, muy gustosa. Empecé a temer que las rocas que tenía encima de la cabeza se vinieran abajo y me sepultaran. No importaba.

Me pasé toda la tormenta muy dopado. Tal vez haya llovido tres días, y no dos. O sólo uno. Aunque creo recordar que oscureció en dos ocasiones. Me encanta dormir, no siento ni el dolor ni el picor. Sé que voy a sobrevivir, no puede ser que tenga uno que pasar por todo esto para nada.

Había un cura en la Sagrada Familia cuando yo era niño, un enano que adoraba hablar del infierno y del pecado mortal. Les tenía verdadero cariño. No hay retorno del pecado mortal, ése era su punto de vista. Me pasé la noche soñando con él, el Padre Hailley, con su sotana y su nariz de whisky, sacudiéndose el dedo y diciendo: «Qué vergüenza, Richard Pinzetti…, un pecado mortal…, condenado al infierno…, condenado al infierno…

Me reí de él. Si esto no es el infierno, ¿qué es? El único pecado mortal es darse por vencido.

La mitad del tiempo la paso delirando; el resto me pican los muñones; la humedad hace que me duelan todavía más.

Pero no voy a ceder. No me voy a dar por vencido. No pasaré por todo esto para nada.

12 de febrero

Hace un día magnífico y el Sol brilla otra vez en todo su esplendor. Espero que se estén helando en Nueva York.

Es un buen día, en la medida de lo posible. La fiebre parece haber bajado. Estaba débil y temblaba cuando salí de mi madriguera, pero después de dos o tres horas al sol, vuelvo a sentirme casi humano otra vez.

Me arrastré hasta el sur de la isla y encontré varios trozos de madera arrojados por la tormenta, además de varios tablones de mi propio bote. Había quelpo y algas en uno de los tablones y me lo comí todo. Me dieron ganas de vomitar. Es como comerse la cortina de plástico del baño, pero me siento mucho más fuerte esta tarde.

Llevé la madera a la arena para que se secara. Todavía me queda una caja completa de cerillas a prueba de humedad y podré hacer una fantástica señal de humo si pasa alguien pronto. Si no, me servirá para cocinar. Voy a aspirar heroína.

13 de febrero

He encontrado un cangrejo, que maté y cocí en una pequeña hoguera. Esta noche casi vuelvo a creer en Dios.

14 de feb

Acabo de darme cuenta de que la tormenta se llevó casi todas las piedras de mi señal de AYUDA. Pero la tormenta terminó… ¿hace más de tres días? ¿He estado drogado todo ese tiempo? Tengo que tener más cuidado y bajar la dosis, porque ¿qué ocurriría si pasara un barco y yo estuviera durmiendo?

Reconstruí la señal, pero me llevó casi todo el día y estoy exhausto. Busqué un cangrejo donde encontré el otro, pero nada. Me corté las manos con varias de las piedras de la señal, pero me desinfecté con yodo, a pesar de mi debilidad. Debo cuidar mis manos. Por encima de todo.

15 de feb

Hoy se posó otra gaviota en el montículo. Levantó el vuelo antes de que yo me acercara. La conminé a irse al infierno, a picotear los ojillos rojizos del Padre Hailley para toda la Eternidad.

¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Ja.

17 de feb (?)

Me he cortado la pierna derecha a la altura de la rodilla, pero he perdido mucha sangre. El dolor era inenarrable, a pesar de la heroína. Sólo el shock hubiera matado a un hombre menos hombre que yo. Déjame contestar con una pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir? ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir?

Me tiemblan las manos. Si me traicionan, estoy perdido. No tienen ningún derecho a traicionarme. ¡Ningún derecho! Las he cuidado durante todas sus vidas. Las he mimado. Mejor que no me traicionen. O se van a arrepentir.

Por lo menos, no siento hambre.

Uno de los tablones del bote se partió por la mitad. Una de las partes tenía una punta bastante afilada, que fue la que usé. Se me caía la baba, pero me hice esperar pensando en… ¡aquellas barbacoas! Aquella casa que Will Hammersmith tenía en Long Island, con una barbacoa donde se podía asar un cerdo entero. Acostumbrábamos a sentarnos al atardecer, con tragos largos en la mano, hablando de nuevas técnicas quirúrgicas o de golf o de cualquier otra cosa. Y la brisa nos traía el olor del cerdo asado. Madre mía, el olor del cerdo asado.

Feb ?

Me he cortado la otra pierna a la altura de la rodilla. He estado dando cabezadas todo el santo día:

«Doctor, ¿la operación era necesaria?». Ja, ja. Me tiemblan las manos como las de un viejo. Las odio. Tengo sangre debajo de las uñas, costras. ¿ Recuerdas el modelo de la facultad, con la barriga de vidrio? Pues me siento igual, pero no quiero mirar. De ninguna de las maneras. Recuerdo que Dom decía eso, se paraba a charlar contigo en la calle con la chaqueta del Hiway Outlaws Club. Tú le decías: «Hombre, ¿cómo hiciste para conseguirla?». Y Dom respondía de ninguna de las maneras. Viejo Dom. Caramba, ojalá me hubiera quedado en el barrio. Esto tiene tan mala pinta, como decía Dom. Ja ja.

Pero me han dicho, sabes, que con la terapia adecuada y unas prótesis, volvería a estar como nuevo, podría volver a la isla y decirle a la gente: «Aquí es donde ocurrió».

¡Ja-ja-ja!

23 de febrero (?)

Encontré un pez muerto, podrido y apestoso. Es igual, me lo comí. Me doblaban el cuerpo las arcadas, pero no me lo permití. Sobreviviré. Estoy tan bien con heroína, las puestas de sol.

Febrero

No me atrevo, pero tengo que hacerlo. ¿Pero, cómo haré para ligar la arteria femoral tan arriba? Es amplia como una maldita autopista a esa altura.

A pesar de todo, tengo que hacerlo. He marcado la parte alta del muslo, la parte donde todavía hay carne, con lápiz.

Desearía poder dejar de babear.

Fe

Te… mereces… un descanso hoy… también… así que… levántate y vete.., a McDonald’s… dos hamburguesas… salsa especial… lechuga… pepinillos.., cebollas… en… un panecillo…

Da… dada… dadada…

Febbe

Hoy me he visto la cara en el agua. Una calavera cubierta de piel. ¿Me he vuelto loco ya? Debo de estar loco. Ahora soy un monstruo. Un engendro. No me queda nada bajo las ingles. Un verdadero monstruo. Una cabeza atada a un torso que se arrastra por los codos en la arena. Un cangrejo. Un cangrejo dopado. Eh, tú, soy un pobre cangrejo dopado, dame una moneda.

Jajajaja.

Dicen que de lo que se come se cría, así que ¡TODAVÍA SOY EL MISMO! Querido Dios shock traumático shock traumático shock traumático NO EXISTE NADA QUE SE PAREZCA A UN SHOCK TRAUMÁTICO.

JA.

40/Fe ?

He soñado con mi padre. Cuando se emborrachaba, olvidaba el inglés. No es que tuviera nada interesante que decir de todos modos. Condenado cerdo, me alegré tanto de irme de tu casa, papito, condenado cerdo, chapucero, nada, no vales para nada, nada, cero. Sabía que lo lograría. Me alejé de ti, ¿verdad? Me fui andando sobre las manos.

Pero ya no puedo cortar nada más con ellas. Ayer me corté las orejas.

la mano izquierda lava la derecha no dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha pito pito colorito donde vas tú tan bonito… jajaja…

Qué importa, una mano u otra, buena comida, buena carne, buen Dios comamos… pies de cerdo saben igual que manos de cerdo.

https://www.biblioteca.org.ar/libros/1590.htm

Gentileza de Beater


Donado por Letras Perdidas

 

Jack Kerouac, su visión del hay-ku y la opinión de un ingeniero en sus ratos libres.

Fundador de poemame.com. Poeta aficionado e ingeniero en sus ratos libres. Le gusta el café sin azúcar y la rima consonante, aunque tiene cierta debilidad por el haiku japonés. Code is poetry.

Con estas palabras –de la introducción de su libro “Poemas dispersos”- nos daba Jack Kerouac (1922-1969) su concepción del haiku en lengua inglesa (y por extensión en cualquier lengua occidental).

El estadounidense Jack Kerouac ha pasado a la historia como el escritor más representativo de la Generación Beat. Él y otros como Allan Ginsberg, William Burroughs o Neal Cassady tomaron las carreteras de los EEUU entre los años 50 y 60 en busca de la libertad artística y vital.

kerouac
Jack Kerouac

Si bien Kerouac es conocido sobre todo por su faceta como novelista –sus novelas “En la carretera” (1957) o “Los vagabundos del Dharma» (1958) retrataron el lado oscuro de la acomodada sociedad norteamericana- su obra poética es también particularmente interesante. Y de hecho, a él se debe buena parte de la popularidad del haiku en la literatura norteamericana.

Kerouac llegó al haiku a través de sus estudios de budismo, de la mano de su amigo Gary Snyder, un conocido poeta zen. Y de igual manera que revolucionó la novela tradicional con sus ideas sobre la “escritura espontánea”, también cambió la manera de entender el haiku: rechazó de plano la métrica estricta de diecisiete sílabas propia del haiku japonés, pero mantuvo en cambio la brevedad expresiva en tres líneas.

No telegram today
only more leaves
fell.

No hay telegramas hoy
sólo más hojas
que caen.

Nightfall,
boy smashing dandelions
with a stick.

Anochecer,
un chico destroza el diente de león
con un palo.

Siguiendo de nuevo las palabras de Keroauc, “un verdadero haiku debe ser tan sencillo como unas gachas, y aún así mostrarte completamente la realidad”. El haiku permitía a Kerouac mantener esa espontaneidad buscada –vital para él- mediante la imagen descrita pero también sugerida. Veámoslo.

Missing a kick
at the icebox door
It closed anyway.

Yerra la patada
en la puerta de la nevera.
Se cierra igualmente.

Me gusta este haiku. En mi opinión muestra “el aquí y el ahora” que sugería Basho, acompañado de una fina ironía, la puerta que se cierra igualmente, a pesar de los esfuerzos del protagonista del haiku.

Evening coming.
The office girl
unloosing her scarf.

Cae la tarde.
La chica de la oficina
se desata la bufanda.

Éste es un haiku sencillísimo, que nos describe una escena diaria en la rutina de una joven. Quizá ha terminado el trabajo y vuelve a casa, o quizá tiene una cita, o quizá va de compras, o quizá… Me sugiere tantísimas cosas.

In the sun
the butterfly wings
Like a church window

En el sol
las alas de la mariposa.
Como la vidriera de una iglesia.

En este caso se presenta una imagen que se me antoja hermosa. Establece un vínculo entre la belleza de la naturaleza y la belleza del arte, e insinúa cómo éste se inspira en aquella.

Concluyo este breve recorrido por la obra de Jack Kerouac con una reflexión sobre el carácter universal que el haiku ha tomado en el último siglo, y cómo ha convertido su sencillez en un puente capaz de unir culturas y tiempos y literaturas muy lejanas entre sí.

And the quiet cat
sitting by the post
Perceives the moon

Y el gato inmóvil
sentado junto al poste
se percata de la luna.

The bottoms of my shoes
are clean
from walking in the rain.

Las suelas de mis zapatos
están limpias
de caminar bajo la lluvia.

https://revista.poemame.com/2019/03/20/8-haikus-de-jack-kerouac/

El fumador de pipa de Martin D. Armstrong

Este es el cuento más famoso del escritor inglés Martin Donisthorpe Armstrong (1882-1974). Muchos lectores de lengua española lo conocerán por haber aparecido en Cuentos únicos (1989), colección de historias insólitas realizada por Javier Marías y en la que aparecen autores que, según Marías, sólo una vez en la vida lograron una narración memorable. Esto es injusto en el caso de Armstrong, quien tuvo una carrera ilustre pero, por desgracia, confinada a su propio país. En cualquier caso, «El fumador de pipa» –aparecido por vez primera en el libro El milagro del general Buntop (1934)– es una historia extraordinaria.

Resultado de imagen de martin armstrong escritor

El fumador de pipa

Por lo general no me importa caminar bajo la lluvia, pero en aquella ocasión la lluvia era torrencial y aún tenía diez millas que recorrer. Por eso me detuve ante la primera casa, más o menos a una milla del pueblo siguiente, y miré por encima de la canela del jardín. La casa no tenía un aspecto muy prometedor, pues vi en seguida que estaba vacía. Todas las ventanas estaban cerradas, y no había una sola con persianas ni visillos. Por una de ellas, del piso bajo, vi paredes desnudas, la desnuda repisa de una chimenea y una parrilla vacía. También el jardín estaba descuidado, los lechos de flores llenos de hierbas; apenas se lo habría reconocido como tal jardín de no ser por la cerca, los vestigios de senderos rectos y los arbustos de lilas que estaban en plena flor y que regaban de agua la hierba cada vez que el viento los sacudía.

Es fácil imaginar, pues, que me sorprendiera cuando un hombre salió de entre las lilas y vino hacia mí lentamente por el sendero. Lo sorprendente no era sólo que estuviera allí, sino que paseaba por allí sin objeto, con la cabeza descubierta y sin impermeable, bajo aquella lluvia que empapaba y calaba. Era un hombre más bien gordo y vestido de clérigo, canoso, calvo, bien afeitado, con el aspecto engreído de intensidad excesiva que ve uno en los retratos de William Blake. Advertí en seguida cómo los brazos le colgaban desmayadamente junto a los costados. Sus ropas y ––lo que lo hacía aún más extraño–– su cara estaban chorreando agua. No parecía notar en absoluto la lluvia. Pero yo sí. Estaba empezando a correrme por el pelo y a bajarme por el cuello, y dije:

––Usted perdone, señor, pero ¿puedo pasar a guarecerme?

Se sobresaltó y alzó unos ojos desconcertados que se encontraron con los míos.

––¿Guarecerse?––dijo.

––Sí ––respondí yo––, de la lluvia.

––Ah, de la lluvia. Sí señor, no faltaría más. Hágame el favor de pasar.

Abrí la cancela del jardín y lo seguí por un sendero hacia la puerta principal, donde él se hizo a un lado con una leve inclinación para dejarme pasar primero.

––Me temo que no lo encontrará muy acogedor ––dijo cuando estábamos ya en la entrada––. No obstante, pase usted, señor; aquí dentro, la primera puerta a la izquierda.

La habitación, que era amplia y con un ventanal saledizo dividido en cinco vidrieras, estaba vacía, con la excepción de una mesa y un banco de madera de pino y una mesa más pequeña en un rincón cerca de la puerta y sobre la que había una lámpara no encendida.

––Hágame el favor de sentarse, señor ––dijo, señalando el banco con otra leve inclinación. Había una cortesía anticuada en sus modales y en su manera de hablar. Él no se sentó, sino que dio unos pasos hasta el ventanal y se quedó de pe, mirando el jardín chorreante, los brazos aún colgándole ociosamente junto a los costados.

––Por lo visto, a usted no le importa la lluvia tanto como a mí, señor ––dije, tratando de ser amable.

Se dio la vuelta y tuve la impresión de que no podía volver la cabeza y de que por eso tenía que volver el cuerpo entero para mirarme.

—¡No, oh, no! ––respondió––. En absoluto De hecho no había reparado en ella hasta que usted me la hizo notar.

––Pero debe de estar usted muy mojado ––dije yo––. ¿No sería más prudente que se cambiara?

–– ¿Qué me cambiara? ––su absorta mirada se hizo inquisitiva y suspicaz ante la pregunta.

––Que se cambiara de ropa, la mojada.

—¿Que me cambiara de ropa? ––dijo––. ¡Oh, no! ¡Oh, por Dios, no, señor! Si está mojada, sin duda se secará a su hora. Entiendo que aquí dentro no llueve, ¿verdad?

Le mire a la cara. Realmente estaba pidiendo información al respecto.

––No ––respondí––, aquí dentro no llueve, gracias a Dios.

––Me temo que no puedo ofrecerle nada ––dijo cortésmente––, Viene una mujer del pueblo por la mañana y a media tarde, pero entretanto no tengo ninguna ayuda ––abrió y cerró sus manos colgantes––. A menos ––añadió–– que quiera usted pasar a la cocina y hacerse una taza de té, si entiende usted de esas cosas.

Rehusé, pero le pedí permiso para fumarme un cigarrillo.

––Hágame el favor ––dijo––. Me temo que no tengo ninguno que ofrecerle. El otro, mi predecesor, solía fumar cigarrillos, pero yo soy fumador de pipa —sacó pipa y tabaco del bolsillo; era un alivio verle emplear sus brazos y manos.

Cuando ambos hubimos prendido nuestro tabaco, yo volví a hablar: todo el rato era consciente de que recaía sobre mí la responsabilidad de la conversación; de que, si yo no hubiera hablado, mi extraño anfitrión no habría hecho la menor tentativa de romper el silencio, sino que se habría limitado a permanecer de pie, con los brazos caídos junto a los costados, mirando directamente al frente, bien al jardín, bien a mí.

Eché una ojeada a la desnuda habitación.

—Supongo que acaba usted de mudarse, ¿no? —dije.

—¿Mudarme? —se desplazó mínimamente y volvió de nuevo hacía mí su absorta mirada, intensa y desazonante.

—De mudarse a esta casa, quiero decir.

—Oh, no —dijo—. Oh, no, por Dios, señor. Llevo aquí varios años; o, mejor dicho, yo mismo llevo aquí casi un año, y el otro, mi predecesor, pasó aquí cinco años con anterioridad. Sí, ahora debe de hacer siete meses que murió. Sin duda, señor —una melancólica, pensativa sonrisa transformó inesperadamente su rostro—, sin duda no me creerá, Mrs. Bellows no me creyó, cuando le diga que llevo sólo siete meses aquí, eso más o menos.

—Si usted lo dice, señor —respondí— ¿por qué no habría de creerle?

Dio unos pasos hacia mí y alzó la mano derecha. Se la cogí de mala gana, una mano gorda, fofa, fría, que me produjo una sensación desagradable.

—Gracias, señor —dijo—, gracias. ¡Es usted el primero, el primerísimo…!

Solté la mano y él no terminó la frase: Se había sumido, aparentemente, en un ensueño. Luego volvió a empezar:

—Sin duda todo habría ido bien, habría bastado con que mi… esto es, el viejo tío de mi predecesor no le hubiera dejado esta casa. Más le hubiera valido seguir donde estaba. Era clérigo, sabe usted —abrió las manos, dándose a ver a sí mismo—. Éstas son sus ropas de clérigo. De pronto me preguntó:

—¿Usted cree en la confesión?

—¿En la confesión? —dije yo— ¿Quiere usted decir en el sentido religioso del término?

Se acercó un paso. Ahora casi me tocaba.

—Lo que quiero decir es —dijo, bajando la voz y mirándome intensamente—, ¿cree usted que confesar, confesar un pecado o un… un crimen, reporta alivio?

¿Qué iba a contarme? Me habría gustado decir “No”, para disuadir a la pobre criatura de hacerme ninguna confesión, ero había hecho su pregunta con tal tono de súplica que no tuve corazón para rechazarlo.

—Sí —dije—, creo que al hablar de ello puede uno librarse muchas veces de un peso en la conciencia.

—¡Ha sido usted tan comprensivo, señor —dijo con una de sus corteses inclinaciones—, que estoy tentado de abusar…! —alzó una de sus pesadas manos con un gesto perfunctorio y la dejó caer de nuevo—. ¿Tendría usted paciencia para escuchar?

Estaba de pie a mi lado como si fuera el maniquí de un sastre que hubiera sido colocado allí. Su pierna tocada mi rodilla. Me sentí fuertemente repelido por su vecindad.

—¿No quiere sentarse ahí? —dije, señalando el otro extremo del banco en el que yo estaba sentado—. Me resultaría más fácil escucharle.

Volvió el cuerpo y miró absorta y seriamente el banco, luego se sentó en él, dándome la cara, con una pierna a cada lado, inclinado hacia mí. Estaba a punto de hablar, pero se frenó y miró a la ventana y la puerta. Luego se sacó la pipa de la boca y la depositó en la mesa, y sus ojos se volvieron a mí.

—Mi secreto, mi terrible secreto —dijo—, es que soy un asesino.

Su declaración me horrorizó, como no podía ser menos; y sin embargo, creo, apenas me sorprendió. Su extremada rareza me había preparado, hasta cierto punto, para algo bastante sombrío. Contuve el aliento y lo miré fijamente, y él, con horror en sus ojos, me devolvió la mirada fija. Parecía estar esperando a que yo hablara, pero en un primer momento no pude hablar. ¿Qué podía yo decir, en nombre de la cordura? Lo que por fin dije fue algo fantásticamente inadecuado.

—Y esto —dije—. ¿le remuerde la conciencia?
—Me obsesiona —dijo, apretando de repente sus manos pesadas, fofas, que reposaban sobre el banco ante él—. ¿Tendría usted paciencia…?

Asentí.

—Cuéntemelo —dije.

—De no haber sido por la herencia de esta casa —empezó—, nada habría sucedido. El otro, mi predecesor, habría permanecido en su rectoría, y yo… yo no habría hecho nunca acto de aparición. Aunque hay que reconocer que él, mi predecesor, no estaba contento en su rectoría. Se enfrentó con hostilidades, sospechas. Por eso vino a esta casa al principio, sólo a título de prueba, ya ve. Le fue legada vacía: simplemente la casa, sin muebles, sin dinero, y se vino y puso un par de cosas, esta mesa, este banco, unos cuantos utensilios de cocina, una cama plegable arriba. Quería, ya ve, probarla primero. Lo atraía el apartamiento de la casa, pero quería asegurarse de ella en otros sentidos. Algunas casas, ve usted, son seguras, y otras no lo son, y quería asegurarse de que ésta era una casa segura antes de mudarse a ella —hizo una pausa y luego dijo con mucha seriedad—: permítame aconsejarle, amigo mío, que siempre haga eso cuando considere la posibilidad de mudarse a una casa desconocida: porque algunas casas son muy inseguras.

Asentí.

—¡Ya lo creo! —dije—. Paredes húmedas, mal alcantarillado y demás.

Él negó con la cabeza.

—No —dijo—, no es eso. Algo mucho más serio que eso. Me refiero al espíritu de la casa. ¿No siente usted —su mirada absorta se hizo más penetrante que nunca— que ésta es una casa peligrosa?

Me encogí de hombros.

—Las casas vacías son siempre un poco raras —dije.

Reflexionó sobre esta afirmación.

—¿Y ha notado usted —inquirió por fin— la rareza de ésta?

Sentí, en efecto, al hacerme él la pregunta, que la casa era rara; pero era la rareza de él, lo sabía perfectamente, y las sombrías insinuaciones de su charla, lo que la hacían rara, y respondí:

—No es más rara que otras casas vacías, señor.

Me miró con incredulidad.

—¡Extraño! —dijo— Extraño que no lo sienta usted. Aunque bien es verdad que… que el otro, mi predecesor, no lo sintió al principio. Ni siquiera esta habitación (porque esta habitación, señor, es la habitación peligrosa) le pareció extraña al principio; no, pese a que hay en ella una cosa muy curiosa.

Si hubiera hecho bueno, habría puesto fin a la conversación y me habría marchado, pues la charla y el comportamiento del viejo me estaban haciendo sentir cada vez más incómodo. Pero no hacía bueno: estaba lloviendo con más fuerza que nunca y se estaba poniendo muy oscuro. Evidentemente estábamos en medio de una tormenta.

El viejo se levantó del banco.

—Me parece que ahora puedo mostrarle —dijo— esa cosa curiosa de la habitación. Sólo se ve después de que ha oscurecido, pero me parece que ya está lo bastante oscuro.

Se acercó a la mesita del rincón y se puso a encender la lámpara. Cuando estuvo encendida y él hubo vuelto a su lugar el globo de cristal esmerilado, la llevó a la mesa más grande y la colocó a mi izquierda.

—Ahora —me dijo—, siéntese a la mesa de frente.
Así lo hice. Ante mí, al otro lado de la habitación desnuda, se hallaba el ventanal saledizo con sus cinco vidrieras y sin visillos.

—Ahora está usted sentado —dijo, posando una pesada mano sobre mi hombro— donde el otro, mi predecesor, solía sentarse para sus comidas.

No pude reprimir un respingo, ni resistir el impulso de volverme y mirarle. Me resultaba molesto tenerlo de pie a mi lado, detrás de mí, fuera de mi vista. Pareció sorprendido.

—No se alarme, señor, hágame el favor —dijo—; vuélvase y dígame lo que ve.
Obedecí.

—Veo el ventanal —dije.

—¿Eso es todo? —preguntó.

Miré fijamente el ventanal.

—No —dije—. Veo también cinco reflejos de mí mismo, uno en cada vidriera del ventanal.

—Eso es —dijo el viejo—, ¡eso es! Eso es lo que veía el otro cuando comía a solas. Veía a los otros cinco, cada uno tomando su solitaria comida. Cuando él se echaba un poco de agua, cada uno de ellos se echaba agua; cuando él encendía un cigarrillo, cada uno de ellos encendía un cigarrillo.

—Claro —dije yo—. ¿Y eso alarmaba a su amigo, al clérigo?

—El reverendo James Baxter —dijo el viejo—; así se llamaba. Asegúrese de no olvidarlo, amigo mío; y si la gente le pregunta quién vive aquí, acuérdese de decir que el reverendo James Baxter. ¡Nadie sabe, ve usted, que… que…!

—Nadie sabe lo que me ha contado usted. Entiendo.
—¡Exactamente! –dijo él, bajando repentinamente la voz—. Nadie lo sabe. Ni un alma. Usted es la primera persona a la que se lo he mencionado.

—¿Y no ha sido usted objeto de investigaciones? —pregunté—. A este Mr. Baxter, ¿no se lo echó en falta?

Negó con la cabeza.

—No —dijo—. Ni siquiera Mrs. Bellows, que cuidó de él desde el principio, se ha dado cuenta de lo ocurrido.

Me volví y lo miré con incredulidad.

—No se ha dado cuenta, ¿quiere usted decir…?

—No se ha dado cuenta de que yo no soy él. Ve usted —explicó—, éramos muy parecidos. ¡Así es, tremendamente parecidos! Antes de que se vaya puedo enseñarle una fotografía suya y verá usted mismo.

Ahora decidí que, con lluvia o sin ella, me iba a ir: no parecía haber mucho motivo, aparte de la lluvia, para mi permanencia allí. Me puse en pie.

—Bien, señor —dije—, no puedo sino esperar que sienta usted el beneficio de haber aliviado su conciencia de su… secreto.

El viejo caballero se puso muy agitado. Cerraba y abría sus manos fofas.

—Oh, pero no debe irse aún. No ha oído usted ni la mitad. No ha oído usted cómo ocurrió. ¡Yo esperaba, señor, ha sido usted tan amable, que tendría paciencia y amabilidad para…!

Volví a sentarme en el banco.

—No faltaba más —dije—, si tiene usted más que decir.
—Acababa de decirle, ¿verdad que le había dicho —prosiguió el viejo caballero— que yo… que el otro… que mi predecesor solía sentarse aquí durante sus comidas y veía a sus otros cinco yos imitándolo? Cuando él encendía su cigarrillo, ¡veía otros cinco cigarrillos encenderse simultáneamente…!

—Naturalmente —dije yo.

—Sí, naturalmente —dijo el viejo—; todo era enteramente natural hasta una noche, una noche terrible —se interrumpió y me miró fijamente con horror en sus ojos.

—¿Y entonces? —dije yo.

—Entonces ocurrió algo extraño, horroroso. Cuando él, mi predecesor, hubo encendido su cigarrillo mirando a aquellos otros yos, como siempre hacía, vio que uno de ellos, el de más a la izquierda, había encendido no un cigarrillo, sino una pipa.

Me eché a reír.

—¡Oh, vamos, vamos, señor!

El viejo se retorció las manos lleno de agitación.

—Es cómico, lo sé –dijo—, pero también es terrible. ¿Qué habría pensado usted si lo hubiera visto efectivamente, con sus propios ojos? ¿Acaso no se habría quedado espantado?

—Sí —dije—, si efectivamente hubiera ocurrido. Si hubiera visto una cosa así realmente, desde luego me habría quedado espantado.

—Bien —dijo el viejo—, ocurrió. No había error posible al respecto. Era espantoso, horrible —había tanto horror en su voz como si él mismo lo hubiera visto efectivamente.

—Pero, querido señor mío –le dije—, usted sólo cuenta con la palabra de este Mr. … Mr. Baxter.

Me miró con fijeza, sus ojos resplandecientes de convicción.

—Yo sé que ocurrió –dijo—; lo sé con mucha mayor certeza que si lo hubiera visto. Escuche. La cosa siguió durante cinco días: durante cinco noches seguidas mi predecesor vigiló lleno de horror a ver si la cosa se arreglaba sola.

—Pero ¿por qué no fue… se marchó de la casa? –pregunté.

—No se atrevió –dijo el viejo con un forzado susurro—. No se atrevía a irse: tenía que quedarse y asegurarse con sus propios ojos de que la cosa se había arreglado.

—¿Y no se arregló?
—La sexta noche –dijo el viejo con un hilo de voz— el quinto reflejo, el que había desobedecido, desapareció.

—¿Desapareció?

—Sí, había desaparecido del ventanal. Mi predecesor se quedó sentado, mirando con terror, absorto, el cristal vacío, y los otros cuatro devolvían la aterrada mirada al interior de esta habitación. Él miraba el cristal vacío y luego los miraba a ellos, y ellos le devolvían la mirada fija, a él o a algo detrás de él, con horror en sus ojos. Entonces él empezó a ahogarse… a ahogarse —dijo el viejo jadeando, él mismo casi ahora ahogándose—, a ahogarse, porque había unas manos alrededor de su garganta, agarrándolo, estrangulándolo.

—¿Quiere usted decir que las manos eran las manos del quinto? –pregunté, y fue sólo mi horror ante el horror del viejo lo que me impidió sonreír cínicamente.

—Sí —dijo él con un silbido, y extendió sus manos gordas y pesadas, mirándome con ojos fijos—. Sí. ¡Mis manos!

Por primera vez me sentí realmente aterrorizado. Nos miramos mudos el uno al otro, él jadeando y resollando aún. Luego, esperando calmarle, dije lo más tranquilamente que pude:

—Ya veo: ¿así que usted era el quinto reflejo?

Él señaló su pipa encima de la mesa.
—Sí —jadeó—; yo, el fumador de pipa.

Me puse en pie: tenía el impulso de correr hacia la puerta. Pero algún escrúpulo me retuvo allí inmóvil, la sensación de que sería inhumano dejarlo solo, presa de su horrible fantasía; y con la vaga idea de hacerle entrar en razón, de aliviar su torturada mente, pregunté:

—¿Y qué hizo usted con el cuerpo?

Contuvo el aliento, un estremecimiento le desfiguró el rostro y, apretando sus dos extendidas manos, empezó a golpearse el pecho convulsivamente.

Éste —gritó con voz agónica—, éste es el cuerpo.

Autrui cuento de terror de J.J. Arreola

Lunes. Sigue la persecución sistemática de ese desconocido. Creo que se llama Autrui. No sé cuándo empezó a encarcelarme. Desde el principio de mi vida tal vez, sin que yo me diera cuenta. Tanto peor.

Martes. Caminaba hoy tranquilamente por calles y plazas. Noté de pronto que mis pasos se dirigían a lugares desacostumbrados. Las calles parecían organizarse en laberinto, bajo los designios de Autrui. Al final, me hallé en un callejón sin salida.

Miércoles. Mi vida está limitada en estrecha zona, dentro de un barrio mezquino. Inútil aventurarse más lejos. Autrui me aguarda en todas las esquinas, dispuesto a bloquearme las grandes avenidas.

Jueves. De un momento a otro temo hallarme frente a frente y a solas con el enemigo. Encerrado en mi cuarto, ya para echarme en la cama, siento que me desnudo bajo la mirada de Autrui.

Viernes. Pasé todo el día en casa, incapaz de la menor actividad. Por la noche surgió a mi alrededor una tenue circunvalación. Cierta especie de anillo, apenas más peligroso que un aro de barril.

Sábado. Ahora desperté dentro de un cartucho exagonal, no mayor que mi cuerpo. Sin atreverme a tocar los muros, presentí que detrás de ellos nuevos hexágonos me aguardan.
Indudablemente, mi confinación es obra de Autrui.

Domingo. Empotrado en mi celda, entro lentamente en descomposición. Segrego un líquido espeso, amarillento, de engañosos reflejos. A nadie aconsejo que me tome por miel…
A nadie naturalmente, salvo al propio Autrui.

abejas abejorros  vamos a todas las zonas bajamos panal

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Jhumpa Lahiri

Quiero cruzar un pequeño lago. Es realmente pequeño, pero aun así la otra orilla me parece demasiado distante, más allá de mis capacidades. Me consta que es un lago muy profundo y, aunque sé nadar, me da miedo encontrarme sola en el agua, sin ningún apoyo.
El lago del que hablo se encuentra en un lugar apartado, aislado. Para llegar hay que caminar un rato por un bosque silencioso. Al otro lado se ve una cabaña, la única vivienda en toda la orilla. El lago se formó inmediatamente después de la última glaciación, hace milenios. Su agua es límpida, aunque oscura; más pesada que el agua salada, ninguna corriente la surca. Una vez dentro, a pocos metros de la orilla ya no se ve el fondo.
Por la mañana observo a los que, como yo, visitan el lago. Contemplo cómo lo cruzan de manera desenvuelta y relajada, cómo se detienen unos minutos delante de la cabaña y luego vuelven. Cuento sus brazadas. Los envidio.
Durante un mes solo me atrevo a nadar bordeándolo, sin alejarme de la orilla. Es una distancia mucho mayor, la circunferencia respecto al diámetro. Tardo más de media hora en dar la vuelta completa, pero con la seguridad de que puedo pararme en cualquier momento, hacer pie si me canso. Es un buen ejercicio, aunque nada emocionante.
Una mañana, hacia el final del verano, quedo allí con dos amigos: me he decidido a cruzar el lago con ellos para llegar por fin a la cabaña del otro lado. Estoy cansada de limitarme a ir por la orilla.
Cuento las brazadas. Sé que mis compañeros están en el agua conmigo, pero también que estamos solos. Tras casi ciento cincuenta brazadas llegamos al medio, la parte más honda. Continúo. Después de cien brazadas más diviso el fondo de nuevo.
Llego al otro lado. Lo he conseguido sin problemas. Por primera vez, veo la cabaña a unos pasos de mí y, a lo lejos, las distantes y pequeñas siluetas de mi marido y de mis hijos. Parecen inalcanzables, aunque sepa que no lo son. Después de una travesía, la orilla conocida se convierte en la margen opuesta: aquí se convierte en allí. Cargada de energía, exultante, vuelvo a cruzar el lago.
Durante veinte años he estudiado italiano como si nadara por la orilla de aquel lago: siempre al lado de mi lengua dominante, el inglés; siempre bordeando la ribera. Ha sido un buen ejercicio, beneficioso
para los músculos y el cerebro, aunque nada emocionante. Estudiando una lengua extranjera de ese modo, uno no se puede ahogar: el otro idioma está siempre allí para sustentarte, para salvarte. Pero no basta con flotar sin posibilidad de hundirse: para saber una nueva lengua, para sumergirse en ella, hay que alejarse de la orilla. Nadar sin salvavidas, sin contar con la tierra firme.
Unas semanas después de haber cruzado aquel lago pequeño y escondido, hago una segunda travesía, mucho más larga, pero nada fatigosa. Será la primera vez en mi vida que parto de verdad. Esta vez en barco, cruzo el océano Atlántico para instalarme en Italia.
Jumpha lahiri indu
La literatura nos ayuda a “entender la parte más difícil de la vida”, afirma Jhumpa Lahiri. La autora estadounidense de origen indio, publica Tierra desacostumbrada, un conmovedor libro de relatos que se plantea como una de las sorpresas del año.

El inmenso talento literario de Jhumpa Lahiri (Londres, 1967) se basa en que es capaz de contar una y otra vez la misma historia, relatos de inmigrantes indios en la Costa Este de Estados Unidos, y que siempre sea diferente. La crítica la ha comparado con una miniaturista por su capacidad para describir con precisión un mundo pequeño mientras lo convierte en universal. Pero sus relatos son mucho más, se quedan flotando en la memoria durante horas, durante días porque, en el fondo, tocan los temas más importantes de la vida: el amor, la familia y la identidad.

La noche del elefante de Gustavo Roldán

Carta a los chicos

Muchos dicen que en el monte chaqueño no hay elefantes. Y un poco de razón tienen, porque antes no había. Pero ahora sí hay, después de la historia que se cuenta en este libro.¿Qué donde están? Ahí no más, junto al Bermejo, entre Lavalle y Vapor  Quebrado.

Muchos también dicen que no es cierto, que son puros inventos de un mentiroso.Para eso nada mejor que mostrar las pruebas, así se termina la discusión. Y qué mejor prueba que una fotografía donde aparezco yo mismo junto a un elefante, sacada en agosto de 1995, justito en la zona donde hay un vapor que dicen que se hundió cuando remontaba el Bermejo.

Bueno, me acaban de entregar las fotos recién reveladas, y se ve que los elefantes se corrieron un poco para el costado y no salieron. Pero salió un chivito. Apenas vuelva al monte, me saco otra foto con los elefantes.

El circo llegó al pueblo, y con el circo llegó el elefante.

– ¡Estoy podrido!-fue lo único que se le oyó decir cuando bajó del tren.

El elefante había viajado con el circo por París, Londres, Moscú, Buenos aires, siempre por las

más grandes ciudades del mundo, y ahora,  cruzando el Charco, había llegado a Sáenz peña,

que seguramente también era una de las grandes  ciudades del mundo.  ahí fue cuando dijo:

           – ¡Estoy podrido!

Y no habló más. Los otros animales lo miraron sorprendidos, porque no estaban acostumbrados a que anduviera protestando. Al contrario, tenía fama casi de demasiado manso. La rutina siguió. levantaron la carpa, acomodaron las jaulas de las fieras, y prepararon un desfile por las calles para que a todo el pueblo le diera ganas de ir a ver las maravillas del circo más hermoso.

Todo marchaba sobre ruedas. o por lo menos parecía. Nadie se había dado cuenta de que el elefante andaba más trompudo que de costumbre. Nadie sabía que mientras el tren iba recorriendo los caminos del Chaco el elefante se había puesto a oler.

Fue un olor que le llegó de golpe, mientras descansaba tranquilamente en su jaula junto con abundante pasto y agua limpia, y fue como si la tierra se hubiera dado vuelta. Sintió apenas una especie de cosquilla que le hormigueaba desde la trompa hasta la punta de la cola,  y de pronto supo de qué se trataba.

Era el olor de los árboles, era el olor de un río, era el olor de la selva. Miró por entre los barrotes de su jaula y vio miles de pájaros que volaban y se posaban en los árboles,  y miró los árboles. No eran los mismos que conociera, pero eran árboles. Tampoco los pájaros eran los mismos, pero eran pájaros. De un lugar así lo habían sacado los cazadores hacía muchos  años, tantos, que ya ni sabía que se acordaba. pero ahora de golpe, se le vino encima toda la memoria.

Y entonces se acordó de los grandes espacios por donde correteaba con la manada, se acordó del calor y de las noches inmensas cuando toda la tierra era de los elefantes. se acordó de las grandes caminatas para buscar agua y comida y de las peleas con el tigre.

Y se acordó del miedo.

Era un elefante joven, con colmillos que comenzaban a crecer con fuerza, cuando conoció el miedo. Fue cuando llegaron los cazadores. Hasta entonces creía ser un animal más fuerte, un animal que podía matar al león con su trompa poderosa y sus colmillos. Un animal que ya había enfrentado al tigre de suaves manchas y lo había visto huir.

-¡Qué pequeños son!-pensó cuando vio a los cazadores. Pero no sabía que tenían dardos con venenos para hacer dormir a un elefante, y que tenían jaulas de hierro capaces de aguantar toda la fuerza y el peso de su cuerpo.

Después pasó a otras manos que lo cuidaron mucho mejor.

Nunca le faltó agua ni comida, pero siempre con una gruesa cadena atada a la pata. le enseñaron pruebas y lo premiaron cada vez que aprendía a repetirlas. Y cada vez que aprendía también iba aprendiendo que ahora debía vivir con los hombres.

Entonces lo llevaron al circo con otros animales y con otros elefantes. Durante muchos años siguió aprendiendo y olvidando, hasta que un día casi estuvo convencido de haber nacido en el circo y de que ése era el mundo de los elefantes.

Ya no tenía la gruesa cadena atada a la pata. pero había otra cadena, invisible, que lo dejaba atado al lado de los hombres. Y tal vez era más difícil de romper que una cadena de hierro.Recorrió grandes ciudades, y ahora, al sentir el olor de los árboles, del bosque, al ver volar tantos pájaros, fue como un golpe, casi como el pequeño golpe que sintiera cuando un dardo se le clavó una tarde lejana porque no huyó de los cazadores. No estaba dispuesto a escapar de esos seres tan débiles. Fue así, como un pequeño golpe. Y se le vino encima toda la memoria.

Esa noche, cansados, todos en el circo se durmieron temprano. Pero el elefante no. Despertó a la elefanta y le contó sus planes.Ella dijo primero que no, que estaba loco, que qué iban a hacer en un mundo desconocido, que aquí nunca les faltaba comida, que todas las noches los aplaudían a rabiar, que quién sabe lo que les esperaba afuera de la carpa.

-Claro que quiero irme y ya mismo-dijo finalmente la elefanta.

-¿Qué vamos a hacer?-dudó ahora el elefante.

-No sé. Pero si allá afuera hay árboles y hay un río y hay una selva, ése es nuestro lugar.

-¡aquí estamos seguros!

-pero no tenemos aire libre.

-¿Entonces querés irte?

-Elefante, ¿qué estás pensando? Este es el mejor momento para salir de aquí. Después veremos -dijo convencida la elefanta.

Y se fueron…

Caminaron sin hacer ruido, y se alejaron lentamente del circo. siguieron por las calles dormidas de la ciudad y sin mirar atrás llegaron a los primeros árboles. Arrancaron con la trompa un manojo de hojas frescas y sintieron que eso se parecía a la felicidad.

-ahora podemos descansar un rato-dijo la elefanta.

-No, todavía no -dijo el elefante-. Mañana van a salir a buscarnos.

-¿Nos encontrarán?

-Si nos alejamos mucho, no. tenemos que meternos en el monte, lejos de los caminos. Nos van a buscar por los caminos.

Y se internaron en el monte, y caminaron sin descansar, abriéndose paso entre la maleza. días y noches caminaron, encontrando cada vez más árboles y árboles cada vez más grandes.

Y encontraron espacios abiertos para correr y largas noches bajo las estrellas. descubrieron el canto de los pájaros y el sonido del viento. Vieron volar las bandadas de garzas blancas y se quedaron quietos escuchando el griterío de las cotorras.

Probaron distintos pastos y las hojas de distintos árboles, y fueron descubriendo sabores dulces y amargos y fueron eligiendo porque tenían para elegir. En la laguna vieron rastros de toda clase de animales y jugaron echándose agua con la trompa. Y sintieron el calor del sol y la frescura de la sombra. Caminaron. Y cada noche sentían que estaban un poco más cerca.

Y vino un olor a tierra mojada y los elefantes se quedaron inmóviles, recordando. sabían que ahora vendría una de las cosas más hermosas. Llegaría la lluvia. Esperaron la lluvia. Esperaron la lluvia con las trompas levantadas, lanzando el enorme grito de los elefantes.

El agua comenzó a caer y sentían que los lavaba y refrescaba, que les sacaba el recuerdo de las jaulas y de las cadenas y gritaron de nuevo. Hasta cansarse de gritar. Hasta que se acabó  la lluvia. Eran nuevos elefantes.

Cada vez que escuchaban algún ruido se quedaban quietos. Sentían demasiado el olor de los hombres todavía. tenían que llegar más lejos. ¿dónde quedaba ese lugar más lejos?siguieron caminando…

Nadie sabe si fue el instinto y la inteligencia de los elefantes, o si fue simplemente el azar.

Pero lo cierto es que se encaminaron hacia un lugar de monte impenetrable lejos de las ciudades y del hombre. Y ahí se quedaron, en el monte chaqueño.

 Nadie volvió a verlos nunca. Nunca intentaron volver.

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Un pescado sin bicicleta de Liliana V. Blum

Liliana Blum es una escritora mexicana de cuentos. Es una de las primeras escritoras mexicanas de su generación en ser traducida al inglés. Wikipedia (Inglés)
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Fecha de nacimiento1974 (edad 46 años), México

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“¿Te acuerdas de la leche podrida?”, le digo a mi hermano, que asiente sin dejar de mirar el camino. Vamos en mi carro rumbo al hospital para ver a mi madre, pero él maneja, supongo que por costumbre. Siempre fui la hermana pequeña a la que había que cuidar y ayudar sobre todas las cosas. Mi hermano cargaba mi mochila, era mi tutor de matemáticas y el que me llevaba un vaso de agua a cualquier hora de la noche. Desde luego papá lo obligaba.

“Ella creía que era yogurt”, dice y da un sorbo de su botella de agua. Nunca ha bebido café ni usa drogas ni toma alcohol. Los vicios no son el único terreno en el que no muestra solidaridad conmigo.

“Nadie cree que la leche podrida se convierte en yogurt”.

“La leche inoculada con los bacilos se vuelve ácida. Entiendo que mamá se haya confundido”.

Entre los dones de mi hermano Roberto no está el de la conversación. Nunca llama por teléfono y rara vez contesta los correos electrónicos. En persona, las palabras las entrega a cuentagotas, como si le dolieran, y generalmente son datos técnicos o respuestas monosilábicas. A menos que se trate de defender a mamá, claro. No importa que haya sido ella la que lo obligó por años a beber leche rancia durante el desayuno.

“¿Ya se te olvidó cómo te pegaba si la escupías en el fregadero?”.

“Eran los ochentas. No podía darse el lujo de tirar por el drenaje un litro de leche”.

“¿O sea que ella no hizo nada malo?”.

“Nunca fue su intención. Al contrario”.

Prendo la radio y sintonizo una estación donde varias personas comentan las vidas privadas de actrices de temporal. Ahora los dos miramos hacia el frente con la misma obstinación infantil de hace tantos años. Podría retacarle las narices con anécdotas a manera de evidencias, pero él va a encontrar una forma de excusarla. Papá, casi siempre de viaje, no estaba al tanto de aquellas batallas lácticas; cuando yo se lo conté, ella dejó de obligarme a tomar esa leche, pero Roberto siguió siendo su víctima, no sé por qué.

Mi hermano cambia de estación y encuentra una melodía que le permite tamborilear los dedos sobre el volante y cantar solamente con los labios. Yo me como la dona de chocolate que llevo en una bolsa de papel estraza. Necesito sobornarme a mí misma para ir a visitarla, igual que hacía ella cuando era tiempo de vacunarnos. Yo iba aullando todo el camino al consultorio hasta que ofrecía comprarme un dulce. A mi hermano, en cambio, le explicaba las bondades de las inoculaciones. “Es por tu bien”, y él extendía su brazo sin llorar. Aunque yo era la de la boca llena de chocolate, tenía la sensación de que me habían privado de algo.

Sorbo ruidosamente mi café sobrepreciado, porque sé que Roberto detesta ese sonido. El sigue llevando el ritmo sobre el volante, como si nada, pero cuando entramos al estacionamiento del hospital, frena con la fuerza necesaria para que el mokachino doble se derrame sobre mi blusa y las vestiduras del carro.

* * *

La habitación huele a químicos de limpieza, pero hay un olor que subyace: el de mi madre. Es una combinación de flores marchitas, channel y orines con penicilina, si no es que algo peor. Roberto parece no percibirlo y se lanza a la cama para besarla. Ella tiene la piel colgada y casi transparente. Yo me paro cerca y le pregunto cómo se siente, pero ella me tiende los brazos y debo inclinarme para que me abrace, soportando el repollo agrio de su boca.

“Reina, te ves muy bonita con esa ropa”, me dice. Yo miro mi blusa con las manchas de café y demasiado ajustada sobre mis pechos. A veces me es imposible encontrar brassieres de mi tamaño en México y tengo que esperar a que Roberto vaya a la frontera. Allí hay un mercado de vacas como yo. Como papá lo entrenó para jamás negarme un favor, me los trae invariablemente. Lo imagino caminando entre los pasillos llenos de mujeres, titubeando mientras revisa tallas, texturas, colores. Alguna dependienta le pregunta si busca algo para su esposa o su novia, y él humillado confiesa que quiere un 38-DD para su hermana en satín color beige.

“Está sucia y me aprieta, ya lo sé”.

Mi madre no me oye porque está contándole a Roberto toda la faena de convalecencias del día anterior. La internaron hace un par de semanas por unos dolores en el vientre que resultaron ser tumores en los ovarios. Hubo una cirugía que la dejó hueca y ahora está en observación. Con el peso que perdió recientemente, está más delgada que nunca. Y sin embargo, tiene el ánimo para hacerme sentir mal por ser como soy. Pero si lo traigo a colación, Roberto dirá que ella nada más me hacía un cumplido y que yo estoy siempre a la defensiva.

Una enfermera entra a tomarle los signos vitales y a darle algunos medicamentos. Mi madre se deja hacer, dócil, con esa sonrisa débil y dulce que tiene para los extraños y que jamás me dedicó a mí. Me hundo en el sillón de las visitas y una oscuridad amarga me envuelve. Mi hermano se acerca a mí y susurra que mi madre necesita privacidad: van a cambiarle las sábanas y a bañarla.

* * *

En la cafetería Roberto compra un jugo y un café americano para mí. Luego salimos para que yo fume. Mi hermano se sienta en una banca cercana, a pesar de que mi humo le irrita la garganta.

“¿Te acuerdas que cuando nos quedábamos solos brincábamos a las camas desde arriba del clóset?”.

“Claro que me acuerdo”, dice y trata de limpiar el aire agitando una mano.

“¿Y cuando salíamos por el balcón y gateábamos sobre la barda del patio de atrás?”.

Él me dedica esa mirada de ya-sé-adonde-va-esto y después asiente.

“También recuerdo que jugábamos en la calle con otros niños hasta que oscurecía. Eran otros tiempos, Elsa”.

Cierto. Eran los tiempos en que la obesidad infantil era más bien una rareza. Si yo fuera niña hoy, pasaría como parte de las estadísticas de niños con sobrepeso y en peligro de tener diabetes, pero nadie se volvería a mirarme por la calle. En ese entonces yo era “la” gorda del salón que desarrolló su cuerpo para el cuarto año de primaria y tuvo la menstruación para el quinto. Yo era el blanco de las bromas de los niños y la que recibía los comentarios soeces de los albañiles en la calle. Según mi madre, no debía contestarles a los que me gritaban cosas. “No te bajes a su nivel. Lo digno es ignorarlos”. Pero yo no me sentí digna jamás. Mi cuerpo era mi vergüenza. No importa que intentara apretarme el pecho o caminar encorvada. Tener glándulas mamarias era denigrante, aunque luego aprendí que era peor no tenerlas.

“Entonces tuvimos suerte de que no nos pasara nada”, digo.

* * *

Cuando regresamos a la habitación de mi madre, la encontramos dormida. Tiene la boca entreabierta y respira inquieta. Hay un ligero olor a vinagre en el ambiente. El doctor abre la puerta y nos hace una señal para que salgamos. Nos informa que es un hecho que mi madre tiene cáncer y que, aunque han retirado los tumores, el mal ya se ha esparcido a otras partes de su cuerpo. Roberto es el que hace preguntas acerca de los tratamientos, la mitigación del dolor, otras opciones.

“¿Y cuánto tiempo le queda?”, interrumpo.

El médico y Roberto me dedican una mirada que pasa en segundos de la sorpresa al desprecio. Desde luego, es algo que cualquiera se cuestiona cuando se le informa de la enfermedad terminal de un pariente, pero poner palabras a esa duda es como empujar a alguien desnudo al frente de un escenario. A mi hermano y al hombre de la bata blanca, con todos sus estudios, sus matrimonios, sus hijos, sus casas que funcionan porque hay una mujer a cargo, les resulta muy fácil juzgarme por la pregunta. En su mundo masculino nada es más lógico que la soltera se ocupe de la madre moribunda. Para ellos soy una hija genérica, nada más. No conocen la bodega llena de maletas sentimentales que ambas guardamos. Llenas de moho, polvo y rencor.

La noche en que mi papá moría de un infarto en la cocina, yo estaba encerrada en mi cuarto viendo mi programa favorito de detectives forenses y comiendo helado, mi madre se debatía en un juego de canasta en casa de alguna de sus amigas de los jueves y mi hermano estudiaba en el extranjero. En realidad fue muy cómodo para todos. Por eso pensé que con ella sería igual.

“Depende de su respuesta al tratamiento”, dice el doctor y antes de irse dedica una mirada rápida a mi blusa. Mis pezones me han traicionado con el aire frío del pasillo y se levantan por debajo de la tela.

Regresamos a la habitación y yo me dejo caer en el sillón que se hunde, escondiéndome a mí y a estas montañas de vergüenza. Roberto se sienta junto a la cama de mamá y la observa dormir. Luego se pasa la mano por el cabello y sus dedos dejan los surcos amplios de la calvicie inminente. Por primera vez lamento no tener un esposo junto a mí, un par de niños a quienes cuidar, una excusa para dividir más equitativamente la agonía que viene. Mi sobrepeso y mi soltería han sido los eternos disparadores de las peores peleas entre mi madre y yo. “Necesitas un hombre que te cuide”, su cantaleta de siempre. El subtexto era que ni mi hermano ni mi padre estarían por siempre junto a mí y yo era, después de todo, una gorda inútil y consentida. Cuando tuve mi etapa feminista, porque la tuve, como todas, le dije que una mujer sin un hombre es algo tan trágico como un pescado sin una bicicleta. Recuerdo que lo leí en alguna revista. Ella se quedó mirándome desde su 1.70 de estatura y sus 55 kilos, con su maquillaje perfecto, y me preguntó: “¿Pero qué haría el pescado si se le descompone la bicicleta? De todas maneras necesita un hombre”.

Roberto dice que él puede pasar a visitar a mamá todos los días después del trabajo y pedir permiso cuando haya que llevarla a las sesiones de quimio, pero que lo mejor será que se quede conmigo. Además, ésa es la casa de mi madre, ¿y en dónde iba a sentirse más cómoda?

Mi silencio es una forma de aceptación tácita, como cuando peleábamos y ella nos obligaba a pedirnos perdón. Mi hermano era capaz de hacerlo, pero yo miraba el piso obstinadamente sin decir nada. Entonces él se acercaba a mí y decía quedito, “¿Verdad que me perdonas, Elsa?”, y yo movía apenas mi cabeza, apretando los puños, mientras las lágrimas escurrían hasta el piso.

Cuando vamos en el carro de regreso, abro un poco el vidrio para que salga el humo del cigarro. Roberto se voltea y me dice:

“Yo jamás les daría a mis hijos leche agria”.

Sin querer, sonrío.

Desde <http://www.odradekelcuento.com/3odradek15.htm>

El dream team de Olga Tokarczuk Nobel 2019

Hacía un buen rato que todos habíamos terminado de comer, pero como a mí me tocaban los trastes, me quedé en la cocina. Terminé de lavar, sequé todo, guardé todo y volví a la mesa a comer galletas; era mi postre y era una mínima recompensa por mi trabajo. De pronto sentí raro que hubiera tanto silencio y me vino el presentimiento: el abuelo. Me levanté como resorte y fui a la sala en busca de mi mamá, quien estaba viendo la televisión en el sofá:

—¿Y el abuelo?

—¡Mi papá! —exclamó ella, y se levantó también.

Fuimos juntos a la habitación del viejo. Efectivamente, había escapado una vez más. Siempre se las arreglaba: a veces se brincaba por la ventana, a veces hurtaba las llaves de alguien o esperaba a que nos descuidáramos y dejáramos la puerta sin cerrojo… sus estratagemas eran diversas. Lo que no cambiaba eran las consecuencias. El abuelo estaba pirado, loco, borderline. De verdad. Tenía una necesidad compulsiva de demostrar que era más listo que todas las demás personas. Por eso le daba por escapar cuando había tenido una pelea con mi madre o con alguno de nosotros, o cuando sentía que de alguna manera habíamos vulnerado su autoestima. Así nos lo dijo el doctor: era su manera de castigarnos. Se salía a la calle, tomaba el tranvía y se iba a robar a las tiendas. Sabía hacerlo y en general lograba burlar vigilantes, espejos, sensores y circuitos cerrados. Llegaba a la casa con su bolsa llena de porquerías: dulces, pantimedias, latas de atún, cremas faciales, velas perfumadas… pero cuando en verdad quería castigarnos, dejaba que lo cacharan. Y entonces sí: venían los problemas. Llamaba por teléfono —o hacía que llamaran los empleados de la tienda— para que fuéramos a rescatarlo. Y ahí íbamos, a veces mi pobre madre y yo. Hablábamos con el empleado, le explicábamos que el viejo estaba mal de la cabeza, nos disculpábamos y pagábamos o devolvíamos lo robado. Algunas personas eran amables y no llevaban el problema a mayores. Hasta les caía en gracia lo del viejito cleptómano. Pero otros se engorilaban y empezaban a amenazar con que iban a llamar a la policía y sólo se calmaban si pagábamos el triple de lo que costaba la mercancía robada. No siempre era posible, claro. Entonces había que pelear. Pero hasta eso, el abuelo era considerado: entraba a tiendas baratas y se birlaba sólo cosas baratas; nunca se metió a una joyería, por ejemplo, aunque yo sé que tenía esa fantasía.

Pues otra vez se había metido en líos. O estaba por hacerlo. Le marqué al celular, resignado. Desde la mesa de la cocina empezó a sonar, inmediatamente, su canción favorita: We are the Champions. Genial: no se lo llevó.

—Ya vendrá —le dije a mi madre, que me miraba con su eterna cara de preocupación.

—Tu hermano va a llegar tarde —me contestó—. Fue a hacer un trabajo en equipo.

—Pues yo no voy a ir a buscar a mi abuelo. No tengo idea de dónde esté.

Mi madre se me quedó viendo ya sin decir nada, con los ojos vidriosos de angustia.  Pero no quise dejar que me manipulara.

—Siempre agarra un camino distinto —le expliqué.

Empezó a estrujarse las manos.

No le hice caso. Regresé a la cocina a servirme un vaso de agua de tamarindo. Le eché hielos y me lo subí a mi cuarto. Me eché en la cama a oír música, a ver si me quedaba dormido y cuando despertara ya no me dolía la cabeza. Pero de pronto sentí que mi madre me estaba observando desde la puerta. Volteé. No había nadie ahí: la puerta estaba cerrada. Era el resultado de dieciséis años de condicionamiento moral familiar. Sencillamente no podía librarme de él. Me levanté y volví a la sala, donde mi madre no había dejado de retorcerse las manos. Tomé mi sudadera, que había dejado aventada en el respaldo del sofá.

—Dame dinero, pues.

Con más angustia que si yo hubiera seguido negándome, me entregó un billete que ya tenía preparado —así de bien me conoce— y todavía tuvo la desfachatez de encargarme que no me tardara.

Una vez en la calle, la pregunta era: ¿derecha o izquierda? Por la izquierda se iba al mercado, al cine El Ángel Azul y a la estación del tren: tiendas que iban de medio pelo a más o menos; por la derecha, al centro y a los portales y luego a la plaza comercial y al parque. Tomé este camino.

En la primera cuadra había una tienda de deportes, una de regalos y una tabaquería. Ni siquiera me asomé: ésa no era la línea de mi abuelo. A partir de la segunda cuadra empecé a mirar adentro: libros, música y DVDs, perfumes, papelería, lencería, arreglos florales… Ni sus luces. También por ahí estaba la pastelería El Tiempo Perdido, así que pasé a comprarme una magdalena aprovechando que llevaba dinero. Me atendió la hija de la dueña, una chica de lentes que me gusta y a quien pienso invitar a salir un día de éstos, cuando su madre no esté ahí cuidándome los ojos.

Me fui comiendo en el camino y me alegré un poco con eso. Luego vi a otra muchacha que me pareció interesante: tenía aspecto de vaga, pero una cara linda, entre melancólica y agresiva, algo así. Estaba parada ante el aparador de una zapatería, comentando con un chico de pelo largo que parecía niña.

Llegué a Plaza Marsh —nuestro flamante centro comercial con dos plantas completas de como veinte tiendas cada una y cuatro salas de cine—. Recorrí el primer pasillo, luego el segundo y ahí… ahí lo encontré. Estaba en una tienda de ropa para caballeros y de inmediato vi cuál era el objetivo de la presente misión: las corbatas. No era mala idea: una corbata ocupa poco

Hacía un buen rato que todos habíamos terminado de comer, pero como a mí me tocaban los trastes, me quedé en la cocina. Terminé de lavar, sequé todo, guardé todo y volví a la mesa a comer galletas; era mi postre y era una mínima recompensa por mi trabajo. De pronto sentí raro que hubiera tanto silencio y me vino el presentimiento: el abuelo. Me levanté como resorte y fui a la sala en busca de mi mamá, quien estaba viendo la televisión en el sofá:

—¿Y el abuelo?

—¡Mi papá! —exclamó ella, y se levantó también.

Fuimos juntos a la habitación del viejo. Efectivamente, había escapado una vez más. Siempre se las arreglaba: a veces se brincaba por la ventana, a veces hurtaba las llaves de alguien o esperaba a que nos descuidáramos y dejáramos la puerta sin cerrojo… sus estratagemas eran diversas. Lo que no cambiaba eran las consecuencias. El abuelo estaba pirado, loco, borderline. De verdad. Tenía una necesidad compulsiva de demostrar que era más listo que todas las demás personas. Por eso le daba por escapar cuando había tenido una pelea con mi madre o con alguno de nosotros, o cuando sentía que de alguna manera habíamos vulnerado su autoestima. Así nos lo dijo el doctor: era su manera de castigarnos. Se salía a la calle, tomaba el tranvía y se iba a robar a las tiendas. Sabía hacerlo y en general lograba burlar vigilantes, espejos, sensores y circuitos cerrados. Llegaba a la casa con su bolsa llena de porquerías: dulces, pantimedias, latas de atún, cremas faciales, velas perfumadas… pero cuando en verdad quería castigarnos, dejaba que lo cacharan. Y entonces sí: venían los problemas. Llamaba por teléfono —o hacía que llamaran los empleados de la tienda— para que fuéramos a rescatarlo. Y ahí íbamos, a veces mi pobre madre y yo. Hablábamos con el empleado, le explicábamos que el viejo estaba mal de la cabeza, nos disculpábamos y pagábamos o devolvíamos lo robado. Algunas personas eran amables y no llevaban el problema a mayores. Hasta les caía en gracia lo del viejito cleptómano. Pero otros se engorilaban y empezaban a amenazar con que iban a llamar a la policía y sólo se calmaban si pagábamos el triple de lo que costaba la mercancía robada. No siempre era posible, claro. Entonces había que pelear. Pero hasta eso, el abuelo era considerado: entraba a tiendas baratas y se birlaba sólo cosas baratas; nunca se metió a una joyería, por ejemplo, aunque yo sé que tenía esa fantasía.

Pues otra vez se había metido en líos. O estaba por hacerlo. Le marqué al celular, resignado. Desde la mesa de la cocina empezó a sonar, inmediatamente, su canción favorita: We are the Champions. Genial: no se lo llevó.

—Ya vendrá —le dije a mi madre, que me miraba con su eterna cara de preocupación.

—Tu hermano va a llegar tarde —me contestó—. Fue a hacer un trabajo en equipo.

—Pues yo no voy a ir a buscar a mi abuelo. No tengo idea de dónde esté.

Mi madre se me quedó viendo ya sin decir nada, con los ojos vidriosos de angustia.  Pero no quise dejar que me manipulara.

—Siempre agarra un camino distinto —le expliqué.

Empezó a estrujarse las manos.

No le hice caso. Regresé a la cocina a servirme un vaso de agua de tamarindo. Le eché hielos y me lo subí a mi cuarto. Me eché en la cama a oír música, a ver si me quedaba dormido y cuando despertara ya no me dolía la cabeza. Pero de pronto sentí que mi madre me estaba observando desde la puerta. Volteé. No había nadie ahí: la puerta estaba cerrada. Era el resultado de dieciséis años de condicionamiento moral familiar. Sencillamente no podía librarme de él. Me levanté y volví a la sala, donde mi madre no había dejado de retorcerse las manos. Tomé mi sudadera, que había dejado aventada en el respaldo del sofá.

—Dame dinero, pues.

Con más angustia que si yo hubiera seguido negándome, me entregó un billete que ya tenía preparado —así de bien me conoce— y todavía tuvo la desfachatez de encargarme que no me tardara.

Una vez en la calle, la pregunta era: ¿derecha o izquierda? Por la izquierda se iba al mercado, al cine El Ángel Azul y a la estación del tren: tiendas que iban de medio pelo a más o menos; por la derecha, al centro y a los portales y luego a la plaza comercial y al parque. Tomé este camino.

En la primera cuadra había una tienda de deportes, una de regalos y una tabaquería. Ni siquiera me asomé: ésa no era la línea de mi abuelo. A partir de la segunda cuadra empecé a mirar adentro: libros, música y DVDs, perfumes, papelería, lencería, arreglos florales… Ni sus luces. También por ahí estaba la pastelería El Tiempo Perdido, así que pasé a comprarme una magdalena aprovechando que llevaba dinero. Me atendió la hija de la dueña, una chica de lentes que me gusta y a quien pienso invitar a salir un día de éstos, cuando su madre no esté ahí cuidándome los ojos.

Me fui comiendo en el camino y me alegré un poco con eso. Luego vi a otra muchacha que me pareció interesante: tenía aspecto de vaga, pero una cara linda, entre melancólica y agresiva, algo así. Estaba parada ante el aparador de una zapatería, comentando con un chico de pelo largo que parecía niña.

Llegué a Plaza Marsh —nuestro flamante centro comercial con dos plantas completas de como veinte tiendas cada una y cuatro salas de cine—. Recorrí el primer pasillo, luego el segundo y ahí… ahí lo encontré. Estaba en una tienda de ropa para caballeros y de inmediato vi cuál era el objetivo de la presente misión: las corbatas. No era mala idea: una corbata ocupa poco espacio, no pesa, se oculta fácilmente. El viejo hacía como que las miraba con ojos de conocedor sin poder decidirse entre una roja con lunares blancos y una azul con rayas diagonales verdes y amarillas. Conozco los métodos de mi abuelo: la que pensaba llevarse no era ninguna de esas dos; ésa ya la tenía en el bolsillo del saco. Ahora tomaría una chamarra cualquiera y se la llevaría al probador; una vez ahí le quitaría el clip magnético a la corbata con una herramienta especial que había diseñado él mismo… y ya estaba.

Sin embargo, fuera porque ya lo conocían ahí o porque su actitud resultara sospechosa, una de las empleadas no dejaba de vigilarlo disimuladamente. Él seguro se había dado cuenta: tiene el mismo sexto sentido de las muchachas bonitas, que les advierte enseguida cuando alguien las está mirando. Como quiera, peligraba la misión. Y yo no tenía el mínimo interés en volver a caer en una de esas situaciones humillantes en que hay que entrar al rescate, explicar, disculparse, pagar, sonreír vergonzosamente… se me ocurrió hacer lo que nunca había hecho. Caminé directamente hacia la señorita, quien no le quitaba los ojos de encima al viejo y le pregunté si tenía calcetines negros. Me llevó al fondo de la tienda y ahí se puso a mostrarme distintos modelos, que yo miraba indeciso. Finalmente le di las gracias y me fui a mirar las chamarras. El abuelo iba saliendo.

Por supuesto, me esperaba afuera.

—¡Estuvimos geniales! —me dijo con un entusiasmo ridículamente infantil. Y sacó de su bolsillo, no una sino dos corbatas.

—Escoge la que quieras —me dijo—. Es tu parte del botín.

Acepté, más por diversión y por ahorrar palabras que por otra cosa, y tomé la más bonita de las dos corbatas: una amarilla con dibujos de los Simpson. Nos fuimos a casa en silencio, el abuelo caminando detrás de mí como perrito satisfecho de su paseo. Le dije a mi mamá que no había pasado nada, que había interceptado a su señor padre antes de que pudiera hacer una travesura, y le devolví su dinero, menos lo de la magdalena. Ella no preguntó más y el resto de la tarde transcurrió en paz.

Sin embargo, en la noche, cuando ya era yo el único que seguía despierto y estaba en la computadora checando el Face, el viejo se acercó a mí sigilosamente y me dijo en voz baja:

—Oye, la operación de hoy estuvo de veras genial. ¿Qué te parece si nos hacemos socios? Vamos a michas.

Aparté la vista de la pantalla y me le quedé viendo.

—Ándale —insistió—. Haríamos algunas operaciones facilitas, de entrenamiento, y luego nos vamos a la joyería Gina, ¿qué te parece? Ya la tengo bien estudiada. Todo el plan hecho.

No pude evitar sonreír. La idea no era tan descabellada. Tal vez el abuelo estaba pirado, pero en eso de robar cosas tenía su talento.

—¿Lo puedo pensar? —le pregunté, con miedo de sonar como niña en su primer noviazgo.

—Piénsalo de aquí a mañana. ¡Rayos! Vas a ver que no te arrepientes. Haremos el dream team y luego hasta podemos especializarnos en obras de arte o algo así de picudo —con esto dio por terminado su discurso de convencimiento y se retiró a su cuarto con cara de ensoñación.

Yo me quedé un rato más en la computadora y, por supuesto, pensando en la propuesta. Sí, sonaba tentador, pero había cosas que me daban mala espina. Por eso le dije que necesitaba pensarlo, no por hacerme el interesante. Me fui a dormir con la pregunta en la mente y al otro día la traje conmigo todo el tiempo como un zumbido en los oídos.

El abuelo no me buscó ni intentó salirse a la calle ni hizo nada loco. Se la pasó oyendo música: sus viejos discos de Emerson, Lake & Palmer. Cómo no iba a estar tranquilo. ¿Qué podía perder? Si nos caían en algo gordo, él de todas maneras ya estaba viejo: había vivido todo lo que tenía que vivir. No pasaría muchos años en la cárcel de cualquier manera. Y a la mejor hasta le rebajaban la condena en atención a su avanzada edad. En cambio yo… el reformatorio, el estigma de la sociedad, la pena para mis padres. Ahora que, ¿y si hacíamos nada más lo de la joyería y que ahí muriera? Con lo que sacáramos se resolverían las necesidades más inmediatas de la familia. Mi papá podría pagarle al banco, mi mamá ya no tendría que trabajar tanto, por lo menos unos meses… yo me compraría una MacAir y unos Converse… Pero, ¿cómo le haríamos para vender las cosas? Habría que esperar a que se enfriaran, como decían en las películas, y mientras tanto no podríamos dormir en paz ni una sola noche. Y seguro el abuelo querría hacer otros robos. Podría chantajearme si yo no aceptaba; ahora tendría con qué.

Mi ángel bueno y mi ángel malo siguieron peleándose así todo el día, sin que ninguno de los dos pudiera llegar a una victoria clara.

Finalmente, en la noche, llegó el momento que temía: el abuelo vino a verme a la computadora. Lo sentí acercarse desde mucho antes que llegara. Y bueno, no tenía yo ninguna respuesta para él, no había podido llegar a nada. Pero él no me preguntó.

—No sé qué hayas pensado —me dijo—, pero creo que yo me rajo.

Sonreí con desencanto a pesar de todo.

—¿Ya no me vas a invitar a tu dream team? —le pregunté.

—Ya no habrá tal cosa. Me retiro. A partir de hoy soy un hombre nuevo. No más sobresaltos, no más humillaciones ni vergüenzas para la familia.

—¿Es en serio, abuelo?

—Completamente.

—¿Y crees que te lo va a creer mi mamá?

—Me creerá porque nunca antes se lo había prometido. Y nunca le he dejado sin cumplir una promesa. Pues qué te crees: soy ratero, pero honorable.

Sentí que un gran peso desaparecía de mis espaldas. Adiós ayuda para mis padres, adiós MacAir, adiós autoestima, adiós todo. Pero qué geníal sería ya no tener que vigilar al abuelo, ya no ver a mi madre tronándose los dedos de preocupación; eso sería en sí una gran ayuda para ella.  Cuando me convencí de que el viejo hablaba en serio, de que no me iba a salir con una broma tonta, me vino la idea de volteársela:

—¿Le vas a sacar entonces? Yo ya estaba listo, jefe. Hasta la mochila tenía preparada.

—Ya te dije.

—Para eso me gustabas, sacatón.

Y así lo seguí jorobando, no sólo unos días, sino todos los meses que le quedaban de vida. Porque, ciertamente, el abuelo cumplió su promesa y no volvió a dar lata. Pero tampoco volvió a vérsele en los ojos el brillo de antes, de cuando lograba escapar a nuestra vigilancia y salirse a robar a las tiendas. Sin esa emoción, lo poco que le quedaba de vitalidad se resecó como un charco al sol.

Le daría gusto saber que en su funeral, a pesar del regaño de mi madre y las miradas criticonas de muchos de los asistentes, usé la corbata de los Simpson que fue lo primero y lo último que robamos juntos.Traducción castellana de Agatha Orzeszek, para Anagrama. Traducción catalana de Xavier Farré, para Rata Editorial (esta versión va seguida de una traducción informativa al castellano).

decidirse entre una roja con lunares blancos y una azul con rayas diagonales verdes y amarillas. Conozco los métodos de mi abuelo: la que pensaba llevarse no era ninguna de esas dos; ésa ya la tenía en el bolsillo del saco. Ahora tomaría una chamarra cualquiera y se la llevaría al probador; una vez ahí le quitaría el clip magnético a la corbata con una herramienta especial que había diseñado él mismo… y ya estaba.

Sin embargo, fuera porque ya lo conocían ahí o porque su actitud resultara sospechosa, una de las empleadas no dejaba de vigilarlo disimuladamente. Él seguro se había dado cuenta: tiene el mismo sexto sentido de las muchachas bonitas, que les advierte enseguida cuando alguien las está mirando. Como quiera, peligraba la misión. Y yo no tenía el mínimo interés en volver a caer en una de esas situaciones humillantes en que hay que entrar al rescate, explicar, disculparse, pagar, sonreír vergonzosamente… se me ocurrió hacer lo que nunca había hecho. Caminé directamente hacia la señorita, quien no le quitaba los ojos de encima al viejo y le pregunté si tenía calcetines negros. Me llevó al fondo de la tienda y ahí se puso a mostrarme distintos modelos, que yo miraba indeciso. Finalmente le di las gracias y me fui a mirar las chamarras. El abuelo iba saliendo.

Por supuesto, me esperaba afuera.

—¡Estuvimos geniales! —me dijo con un entusiasmo ridículamente infantil. Y sacó de su bolsillo, no una sino dos corbatas.

—Escoge la que quieras —me dijo—. Es tu parte del botín.

Acepté, más por diversión y por ahorrar palabras que por otra cosa, y tomé la más bonita de las dos corbatas: una amarilla con dibujos de los Simpson. Nos fuimos a casa en silencio, el abuelo caminando detrás de mí como perrito satisfecho de su paseo. Le dije a mi mamá que no había pasado nada, que había interceptado a su señor padre antes de que pudiera hacer una travesura, y le devolví su dinero, menos lo de la magdalena. Ella no preguntó más y el resto de la tarde transcurrió en paz.

Sin embargo, en la noche, cuando ya era yo el único que seguía despierto y estaba en la computadora checando el Face, el viejo se acercó a mí sigilosamente y me dijo en voz baja:

—Oye, la operación de hoy estuvo de veras genial. ¿Qué te parece si nos hacemos socios? Vamos a michas.

Aparté la vista de la pantalla y me le quedé viendo.

—Ándale —insistió—. Haríamos algunas operaciones facilitas, de entrenamiento, y luego nos vamos a la joyería Gina, ¿qué te parece? Ya la tengo bien estudiada. Todo el plan hecho.

No pude evitar sonreír. La idea no era tan descabellada. Tal vez el abuelo estaba pirado, pero en eso de robar cosas tenía su talento.

—¿Lo puedo pensar? —le pregunté, con miedo de sonar como niña en su primer noviazgo.

—Piénsalo de aquí a mañana. ¡Rayos! Vas a ver que no te arrepientes. Haremos el dream team y luego hasta podemos especializarnos en obras de arte o algo así de picudo —con esto dio por terminado su discurso de convencimiento y se retiró a su cuarto con cara de ensoñación.

Yo me quedé un rato más en la computadora y, por supuesto, pensando en la propuesta. Sí, sonaba tentador, pero había cosas que me daban mala espina. Por eso le dije que necesitaba pensarlo, no por hacerme el interesante. Me fui a dormir con la pregunta en la mente y al otro día la traje conmigo todo el tiempo como un zumbido en los oídos.

El abuelo no me buscó ni intentó salirse a la calle ni hizo nada loco. Se la pasó oyendo música: sus viejos discos de Emerson, Lake & Palmer. Cómo no iba a estar tranquilo. ¿Qué podía perder? Si nos caían en algo gordo, él de todas maneras ya estaba viejo: había vivido todo lo que tenía que vivir. No pasaría muchos años en la cárcel de cualquier manera. Y a la mejor hasta le rebajaban la condena en atención a su avanzada edad. En cambio yo… el reformatorio, el estigma de la sociedad, la pena para mis padres. Ahora que, ¿y si hacíamos nada más lo de la joyería y que ahí muriera? Con lo que sacáramos se resolverían las necesidades más inmediatas de la familia. Mi papá podría pagarle al banco, mi mamá ya no tendría que trabajar tanto, por lo menos unos meses… yo me compraría una MacAir y unos Converse… Pero, ¿cómo le haríamos para vender las cosas? Habría que esperar a que se enfriaran, como decían en las películas, y mientras tanto no podríamos dormir en paz ni una sola noche. Y seguro el abuelo querría hacer otros robos. Podría chantajearme si yo no aceptaba; ahora tendría con qué.

Mi ángel bueno y mi ángel malo siguieron peleándose así todo el día, sin que ninguno de los dos pudiera llegar a una victoria clara.

Finalmente, en la noche, llegó el momento que temía: el abuelo vino a verme a la computadora. Lo sentí acercarse desde mucho antes que llegara. Y bueno, no tenía yo ninguna respuesta para él, no había podido llegar a nada. Pero él no me preguntó.

—No sé qué hayas pensado —me dijo—, pero creo que yo me rajo.

Sonreí con desencanto a pesar de todo.

—¿Ya no me vas a invitar a tu dream team? —le pregunté.

—Ya no habrá tal cosa. Me retiro. A partir de hoy soy un hombre nuevo. No más sobresaltos, no más humillaciones ni vergüenzas para la familia.

—¿Es en serio, abuelo?

—Completamente.

—¿Y crees que te lo va a creer mi mamá?

—Me creerá porque nunca antes se lo había prometido. Y nunca le he dejado sin cumplir una promesa. Pues qué te crees: soy ratero, pero honorable.

Sentí que un gran peso desaparecía de mis espaldas. Adiós ayuda para mis padres, adiós MacAir, adiós autoestima, adiós todo. Pero qué geníal sería ya no tener que vigilar al abuelo, ya no ver a mi madre tronándose los dedos de preocupación; eso sería en sí una gran ayuda para ella.  Cuando me convencí de que el viejo hablaba en serio, de que no me iba a salir con una broma tonta, me vino la idea de volteársela:

—¿Le vas a sacar entonces? Yo ya estaba listo, jefe. Hasta la mochila tenía preparada.

—Ya te dije.

—Para eso me gustabas, sacatón.

Y así lo seguí jorobando, no sólo unos días, sino todos los meses que le quedaban de vida. Porque, ciertamente, el abuelo cumplió su promesa y no volvió a dar lata. Pero tampoco volvió a vérsele en los ojos el brillo de antes, de cuando lograba escapar a nuestra vigilancia y salirse a robar a las tiendas. Sin esa emoción, lo poco que le quedaba de vitalidad se resecó como un charco al sol.

Le daría gusto saber que en su funeral, a pesar del regaño de mi madre y las miradas criticonas de muchos de los asistentes, usé la corbata de los Simpson que fue lo primero y lo último que robamos juntos.

Traducción castellana de Agatha Orzeszek, para Anagrama. Traducción catalana de Xavier Farré, para Rata Editorial (esta versión va seguida de una traducción informativa al castellano).

Resultado de imagen de viejito cariacatura

Es que ustedes… de Max Aub

Es que ustedes no son mujeres, y, además, no viajan en camión, sobre todo en el Circunvalación, o en el amarillo cochino de Circuito Colonias, a la hora de la salida del trabajo. Y no saben lo que es que la metan a una mano. Que todos y cualquiera procuren aprovecharse de las apreturas para rozarle los muslos y las nalgas, haciéndose los desinteresados, mirando a otra parte, como si fuesen inocentes palomitas. Indecentes.
Y una procura hurtarse a la presión y empuja hacia otro lado. Y ahí otro cerdo, con las manos en los bolsillos rozándola a una. ¡Qué asco! Pero ese tipo se pasó de la raya: dos días seguidos nos encontramos lado por lado. Yo no quería hacer un escándalo, porque me molestan, y son capaces de reírse de una. Por si acaso me lo volvía a encontrar me llevé un cuchillito, filoso, eso sí. Sólo quería pincharle. Pero entró como si fuera manteca, puritita manteca de cerdo. Era otro, pero se lo merecía igual que aquél.

 

Nació el 2 de junio de 1903 en París (Francia) en 1903.

Su padre era alemán y su madre francesa. Se instalaron en Valencia (España) en 1914.

Estuvo al cargo de la dirección, entre 1935 y 1936, del teatro universitario «El búho» perfilándose como uno de los escritores jóvenes influido por la Revista de Occidente y José Ortega y Gasset.

Cuando estalló la Guerra Civil española, colaboró con André Malraux en la filmación de L’Espoir (1937). Republicano, cruzó la frontera en 1939 y fue internado en un campo francés. Deportado a Argelia, logró escapar en 1942 y partió hacia México, donde publica la parte más significativa de su obra literaria.

Antes de la Guerra Civil ya se habían publicado Los poemas cotidianos (1930), Teatro incompleto (1930), Espejo de avaricia (1935) y Yo vivo (1936). A finales de la década de 1960 regresó a España, y escribió La gallina ciega, diario español (1971). Publicó revistas muy personales: Sala de Espera (1960) y Los 60.

u obra narrativa comprende las novelas del ciclo «El laberinto mágico» (Campo cerrado, 1943; Campo de sangre, 1945; Campo abierto, 1951; Campo del moro, 1963; Campo francés, 1965; y Campo de los almendros, 1968); varios volúmenes de cuentos y, entre otras novelas, Juego de cartas (1964), compuesta de 108 naipes en cuyo reverso van escritas misivas que trazan el retrato del protagonista, Máximo Ballesteros.

Max Aub falleció el 22 de julio de 1972 en Ciudad de México.

Obras seleccionadas

Novelas

Luis Álvarez Petreña
El laberinto mágico
Las buenas intenciones
Jusep Torres Campalans
La calle de Valverde
Juego de Cartas

Relatos

No son cuentos
Revista Sala de espera
Algunas prosas
Cuentos ciertos
Cuentos mexicanos
La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco y otros cuentos
El Zopilote y otros cuentos mexicanos
Historias de mala muerte
Mis páginas mejores
Últimos cuentos de la guerra de España

Teatro

Una botella
El desconfiado prodigioso
Espejo de avaricia
Narciso
San Juan
Morir por cerrar los ojos
El rapto de Europa
De algún tiempo a esta parte
Deseada
No

Poesía

Los poemas cotidianos
Diario de Djelfa
Antología traducida
Versiones y subversiones
Imposible Sinaí
Antología de la poesía mexicana

Biografía

Conversaciones con Luis Buñuel

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Nazim Hikmet

Jamás he vuelto a mi ciudad natal.

No me gusta volver atrás.

A los tres años, en Halep, ejercité la profesión de nieto de pachá,

a los diecinueve la de estudiante en la universidad de Moscú,

a los cuarenta y nueve otra vez en Moscú:

y desde los catorce años escribo poesías.

Hay hombres que conocen mil variedades de hierbas, otros

conocen variedades de peces,

yo, de separaciones.

Hay hombres que saben de memoria el nombre de cada estrella,

yo, el de las nostalgias.

He dormido en las cárceles y en los grandes hoteles.

He pasado hambre. Casi no existe plato que no haya probado

incluido el de la huelga de hambre.

A los treinta años han querido ahorcarme,

a los cuarenta y ocho quisieron concederme la medalla de la Paz

y me la concedieron.

A los treinta y seis, necesité seis meses para recorrer

cuatro metros cuadrados de sombrío hormigón.

A los cincuenta y nueve, en dieciocho horas, volé

desde Praga a La Habana.

En 1951, en un mar, en compañía de un amigo,

anduve sobre la muerte.

En 1952, con un corazón cascado, tendido sobre la espalda,

esperé la muerte más de cuatro meses.

Fui locamente celoso de las mujeres a las que amé.

No le tuve ninguna envidia a nadie, ni siquiera a Charlot.

Engañé a mis mujeres.

Nunca hablé mal detrás de mis amigos.

He bebido, sin llegar nunca a borrachín.

Siempre con el sudor de mi frente

gané mi dinero. ¡Qué suerte para mí!

Sentí vergüenza ajena. Mentí.

Mentí por piedad.

Pero nunca dije mentiras porque sí.

He montado en tren, en avión, en coche.

La mayoría no lo consigue.

He ido a la ópera.

La mayoría no consigue ir

a la mezquita, la iglesia, el templo, la sinagoga, los hechiceros;

ni siquiera ha oído hablar de la ópera.

Sin embrago, desde los veintiún años no voy

a muchos sitios adonde va la mayoría,

pero suelo hacerme leer el porvenir

en los posos del café.

Mis escritos están impresos en cuarenta idiomas

y prohibidos en mi Turquía, en mi propia lengua.

No tengo aún el cáncer,

tampoco es obligación padecerlo.

Nunca seré primer ministro ni cosa parecida,

tampoco me gustaría serlo.

No fui a la guerra

Pero tampoco bajé a los refugios en medio de la noche.

No me arrastré en las carreteras

huyendo de los aviones que vuelan a ras de tierra.

Cerca de los sesenta me enamoré locamente.

En pocas palabras, amigos míos

Aunque esté hoy en Berlín muriendo de nostalgia,

puedo afirmar

que he vivido como un hombre.

En el tiempo que me queda por vivir

¿qué podrá ocurrirme aún?

 

(Nazım Hikmet Ran; Salónica, 1902 – Moscú, 1963) Poeta, dramaturgo, novelista y traductor turco, considerado el poeta más universal de su lengua. Estudió en el liceo Galatasaray e ingresó en la Academia de Marina. Abandonó Estambul tras la caída del imperio para trasladarse a Anatolia, donde Kemal Atatürk sentaba las bases del nuevo Estado. Fue objeto de represalias por un artículo contra el sultán y deportado, tras lo cual se exilió en Rusia.


Nazim Hikmet

Estudió filología en la Universidad de Moscú y al cabo de cuatro años regresó a la Turquía republicana, donde, a partir de 1929, se hizo famoso por la serie de artículos «Derribemos a los ídolos», en los que desmitificaba el valor de las grandes figuras literarias relacionadas con el poder político. Marginado por ello, Nazim Hikmet dejó de publicar y se dedicó a escribir guiones cinematográficos.

Sin embargo, bajo la falsa acusación de «incitación a la rebelión», fue condenado a veintiocho años de cárcel, de los cuales cumplió más de trece. Un importante movimiento internacional, encabezado en 1949 por Tristan Tzara, se organizó para lograr su libertad. Conseguida ésta luego de una dramática huelga de hambre, prosiguieron las persecuciones y las dificultades, por lo que, enfermo, inició un nuevo exilio en Moscú, hasta su muerte.

Nazim Hikmet cultivó diversos géneros literarios, si bien fue como poeta que alcanzó la universalidad, además de convertirse con ella en el renovador de la lírica turca. Ya con sus primeras publicaciones, 835 líneas (1929), 1+1=1 y Tres golpes (1930), prácticamente acabó con la rígida tradición poética del Diván. Antes de ser encarcelado publicó La ciudad que perdió la voz (1931, que le valió su primer proceso), ¿Por qué se ha suicidado Berenice? y, en 1932, Telegrama nocturno, el mismo año en que aparecieron dos de sus obras de teatro, El cráneo y La casa de un muerto.

En 1935 publicó Cartas a Taranta-Babú contra la intervención fascista en Etiopía y, por entregas, la novela La sangre no habla, así como varias obras dramáticas y otros poemarios. Durante su encarcelamiento estaba prohibida la publicación y circulación de sus obras, por lo que, en lo que al teatro se refiere, las firmaba con seudónimo: es el caso de Ferhât y SirinSabâhat y Yûsuf y Züleilâ.

 

Su obra poética más ambiciosa y de mayor alcance, Paisajes humanos de mi país, fue escrita en prisión, al igual que Poemas de las horas 21-22RubaisPoemas sobre la vida. Ya en el exilio, Nazim Hikmet continuó escribiendo y publicando teatro (¿Ha existido Ivan Ivanovich?La estaciónLa espada de Damocles), la novela Qué bello es vivir, hermano mío, y una recopilación de cuentos populares, La nube enamorada.

No dejó nunca de escribir poesía, aunque ésta sólo pudo ser conocida después de su muerte, ya que en Turquía, privado de nacionalidad, su obra estaba severamente prohibida y su nombre proscrito. Hubo que esperar a finales de la década de 1960 para que su obra completa, caracterizada tanto por un intenso lirismo como por su compromiso, fragmentada y dispersa en infinidad de publicaciones extranjeras, comenzara a aparecer en su país.

Cómo citar este artículo:
Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Nazim Hikmet. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España). Recuperado de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/h/hikmet.htm el 13 de febrero de 2020.

Alice Munro Nobel canadiense

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Debo confesarlo: para mí, Alice Munro, era una total desconocida. Nunca
había escuchado de ella, nunca la  había leído, ni siquiera sabía que es canadiense y
que lleva más de cuarenta años escribiendo, sobre todo, cuentos. Mi pobre acercamiento parte, por un lado, de mi desconocimiento de Canadá, de la rica y diversa literatura de ese gigantesco país, con el que, particularmente, guardamos alguna identidad latinoamericana con la provincia de Quebec, y que para mí ha llegado como un
reflejo, pasado por Estados Unidos, de un país helado, lejano, en el que se habla francés e inglés y que, según las recientes estadísticas, está entre uno de los diez países con mejor calidad de vida.
No en vano, gran parte de la migración reciente de nuestro país ha decidido irse a Canadá, pues es desde hace algunos años el nuevo sueño americano. Y es que ante una vasta región tanpoco habitada, las expectativas de obtener un trabajo, un espacio y la posibilidad de una mejor vida son inmediatas. Llegué a Canadá no como inmigrante, sino
como lector. Le debo el tiquete a la literatura de

Alice Munro. En esta visita, guiada por la delicada narrativa de la cuentista, descubrí algunas zonas inesperadas, sorprendentes. Entre estas sorpresas descritas en El amor de una mujer generosa, conjunto de cuentos, descubrí esa zona del Sur Oeste de Ontario llamada Southwest, espacio primordial en el que se desenvuelven muchas de las historias de Munro, también algo de la isla y la ciudad de Vancouver, lugares que Munro
conoció muy bien. En sus historias se reconoce con claridad la zona que rodea el Lago Hurón: las granjas, el lago y sus caminos fangosos, una ciudad al límite de ser pueblo, en el que la calma y el sosiego es natural; o la ciudad de Vancouver y la distancia, la lejanía de las preocupaciones delas urbes ruidosas. Más que los lugares geográficos, cuando me
acerqué a la narrativa de Munro, me encontré con una serie de personajes que revelaban una condición de anhelo persistente, una inconformidad. Acaso sea esa circunstancia tan pasiva de la vida canadiense expuesta por la autora, todo
tan seguro y tan fácil, lo que atosiga a sus mujeres protagonistas de las historias, quienes al en-contrarse en una situación extrema deben dar un salto mortal y ver si al caer pueden sobrevivir.
El libro contiene ocho cuentos. El primero, de casi 80 páginas, “El amor de una mujer
generosa”, del cual se ha tomado el título del libro1, trata el hallazgo de un automóvil en medio de un río, en el que se encuentra el cadáver del optometrista Willens, quien al parecer fue asesinado. Sin embargo, el eje central de la historia no radica fundamentalmente en el homicidio ni en los probables asesinos, sino en la culpa. La culpa de Enid, enfermera que ayuda a personas con enfermedades terminales; la culpa de la cómplice de asesinato, en este caso la señora Quinn, la enferma terminal y la posible culpa de Rupert, esposo de la señora Quinn y por quien Enid siente una fuerte atracción. A partir del asesinato y la posterior confesión de la señora Quinn en su lecho de muerte, Enid empezará a cuestionarse si es conveniente para su vida o no saber la verdad, si estaría bien que aquella mujer muriera y qué podría pasar si ella
misma delatara a Rupert. Sin embargo, resumido de esta forma, creo que no soy justo con la historia. El cuento es mucho más profundo. Recuérdese: estamos hablando de un cuento de ochenta páginas.
Quisiera señalar que en este primer cuento tenemos una compleja arquitectura en la estructura, tenemos una elaborada precisión en la creación de cada uno de los detalles, tenemos largas digresiones que aportan para entender las tremendas honduras de cada uno de los personajes; es decir, en esta pieza de filigrana narrativa, Munro es en extremo delicada. Sin duda, su detallado trabajo funciona a la perfección, pues la tensión del lector no se inclina hacia el asesinato, sino hacia los sentimientos y preocupaciones de la enfermera Enid. Desde mi punto de vista, es en estas aguas en las que Munro se mueve mejor: en la fina descripción de las angustias, sentimientos y preocupaciones
de una mujer, sabe cómo entrar en sus deseos, en sus inquietudes. Lo mejor es que no cae en sentimentalismos, ni en ideas románticas, al contrario, las protagonistas de sus historias generalmente viven una encrucijada en la que deben
reconocerse a sí mismas para salir de la monotonía, para quebrar ese mundo, a veces insulso, que han tenido que sufrir por años.
Este es el tema de “Yakarta”, la segunda historia del libro, allí que un par de amigas echadas de la biblioteca en la que trabajaban, en la década de los sesenta, cerca de Vancouver, viven de cerca la farsa de la sociedad de entonces y desean, a su vez, poder escapar de aquella farsa, a pesar de los hijos y la vida de amas de casa a la
que se han adaptado de manera natural.
“La isla de Cortés” es una narración en primera persona exquisita de una joven aspirante a escritora que empieza a vivir con su esposo en  una nueva ciudad. El eje central no es la ciudad ni el drama de empezar de cero, sino la relación que la escritora establece con la señora y el señor Gorrie. La señora Gorrie es una vieja chismosa; el señor Gorrie es un paralítico. La historia se desenvuelve en la relación que establece la joven mujer con el señor Gorrie, quien una tarde le revela un secreto. En esta historia se ve una de las premisas de Munro: reconocerse en el otro. Se trata de reconocer que, algunas
veces, somos aquello que tanto odiamos. Por otra parte, es usual en las historias de
Munro que un secreto revele la posibilidad de que los personajes se desarrollen y así se encuentren. El secreto les permite entrar en contacto, descubrirse entre sí e iniciar nuevos caminos.
Quizás uno de los temas fundamentales de Munro en todas las historias es la complejidad en las relaciones familiares. En “Salvo el segador” encontramos este complejo dilema: entender que las relaciones con los hijos, a pesar de ser
tan estrechas, una vez ha pasado el tiempo, ya no serán las mismas. En esta historia, tenemos a una mujer mayor, Eve, una actriz, quien tuvo una relación muy cercana con su hija Sophie, pero con el paso del tiempo la propia hija empieza a distanciarse. Eve descubre que es incluso una molestia para su hija. Es una historia con un tono, al
principio, nostálgico, que luego se transformará en extraño, pues la trama se enreda hasta generar una situación de tensión al final, pues hay un giro inesperado que da una vitalidad enorme a la historia. Es una de mis favoritas.
“Las niñas se quedan” es otro enfrentamiento entre Pauline, una joven madre de dos niñas pequeñas, ante la decisión de continuar su vida monótona o encontrar una pasión que inflame su vida. Aquella pasión se encarna en Jeffrey, el director de teatro comunitario con quien Pauline empieza a relacionarse, pero sobre todo por la
oportunidad de actuar, pues Pauline se convertirá en actriz aficionada, y así podrá convertirse en otra mujer. La obra en la que la joven es protagonista, Eurídice de Jean Anouilh, se presenta como metáfora de la misma vida de Pauline: cala plenamente en la vida patética de esta madre que encuentra en su esposo y en sus hijas el infierno
del que tal vez un Orfeo la rescate.
“Asquerosamente rica” es la historia de una preadolescente, Karin, hija de divorciados,
quien vive un tiempo con su padre y otro con su madre. Karin visita a su mamá, Rosemary, una histérica correctora de texto, quien parecía empezar a formar una pareja con un escritor vecino y amigo, Derek. Sin embargo, la relación de los adultos no funciona y esto afecta a la chica, quien ya se había acostumbrado a Derek. El
tema es el divorcio y la importancia de reconfigurar la familia. Aún así, considero que la historia no alcanza el nivel de profundidad de las otras. Otros no estarán de acuerdo.
“Antes del cambio”, a diferencia de la anterior, para mí fue una de las historias más fuertes, profundas e intensas elaboradas por Munro. Se trata de una joven que regresa a casa de su padre, un médico que se descubrirá que ha ejercido como abortista, y cómo este secreto puesto al descubierto, cambiará la relación de la hija con el padre. Uno de los hechos más importantes es que no aborda el tema del aborto desde el discurso moralista, ni defensivo; el tratamiento es delicado, natural. Uno de los mejores cuentos.

“El sueño de mi madre” es una estupenda historia contada desde la voz de una joven mujer que relata cómo fue la relación de su madre
con ella antes y después de su propio nacimiento. Por supuesto, está focalizada en la madre, Jill, y se da un efecto muy interesante: una primera persona que narra como testigo de la vida de su propia mamá. El cuento reúne una gran cantidad de dificultades que debe afrontar Jill. La primera es que debe mudarse y vivir con sus cuñadas y
suegra, pues perdió a su esposo en la Segunda Guerra Mundial y ellas la obligan a dejar su mínimo apartamento para poderla ayudar y cuidar; por otra parte, ella necesita encontrar un espacio para tocar el violín, pero, ante todo, es la dificultad de tener una hija por primera vez. Esta jovencita, como muchas madres primerizas,
no tiene la más mínima idea de cómo cuidar a un bebé, cómo dormirlo y mucho menos cómo tratarlo. Una de sus cuñadas, Iona, asume el rol de madre, a tal punto que el día que debe dejar a su sobrina y su cuñada solas entra en shock. Hacia el final hay tal enredo de emociones, tal el nerviosismo, que Jill es capaz de llegar a
decisiones extremas para hacer que esa bebé, posterior narradora de la historia, pueda descansar y dejar a la propia madre en paz.

Vale la pena señalar que como lector de sexo masculino debo perderme mucho de las
sensaciones que estos personajes femeninos exhalan. Por ejemplo, en estos dos últimos cuentos, la historia está tan ligada a la mujer con su cuerpo, con sus sensaciones y relaciones con la maternidad que creo que es poco probable que yo pueda sentir la historia de la misma manera que una mujer que ha vivido un aborto o que ha
sido madre. Honestamente, no veo esto como una barrera, al contrario, me parece inquietante que la narrativa de Munro comunique estas sensaciones y que haya cosas en ella que pertenecen exclusivamente a la naturaleza y la realidad de la mujer.

Por otra parte, quisiera llamar la atención sobre las protagonistas de las historias: mujeres lectoras, músicas, actrices, escritoras; es decir, mujeres vinculadas con el arte o la cultura como alter ego de Munro. Pero esta misma condición hace que sus personajes crezcan, sean sensibles y reconsideren sus posibilidades como creadoras. Por esta misma condición, las protagonistas se preguntan sobre cuál camino tomar, sobre si
deben seguir su condición como madres o amas de casa o arriesgarlo todo para ser, ante todo, dueñas de sí mismas. Además, hay que señalar que los personajes de Munro están muy bien configurados. Algunos ejemplos de trabajo tan exquisito estarían en las otras mujeres que no necesariamente son protagonistas: la señora Quinn, la señora Gorrie, la tía Iona… personajes que sin duda dan contrapeso a las historias y
que ayudan a la construcción de cada una de los protagonistas.

Finalmente, quiero señalar que la propuesta estética de Munro me parece arriesgada y por lo mismo emocionante. Es poco común encontrar cuentos de 80 páginas. Y quiero remarcar que no estamos ante novelas cortas. No, la propuesta es escribir cuentos con un mínimo de personajes y con una trama específica. Munro apuesta a entrar en detalles sobre la vida cotidiana, sobre la naturaleza misma de los personajes, construirlos a profundidad y no limitarse a la anécdota, ni a una serie de acciones que sorprendan. Munro le apuesta al cuento, a darle un salto a las posibilidades orgánicas del género, sin
obligarlo a convertirse en novela y así le da una dimensión superior. El cuento acepta digresión, profundos saltos temporales, flujo de conciencia y una arquitectura compleja.
Vale la pena echarle una mirada atenta a la literatura de la autora canadiense, quien ya
cuenta con una obra extensa  y quien puede ser candidata al premio Nobel de Literatura de este año. Cruzo los dedos.

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