La mesa del balcón de Amélie Olais

Pedí la mesa del balcón, nuestro lugar favorito. He desarrollado un gusto agridulce por ese sitio. Quizá porque sentada ahí rescato un poco de nosotros; de ese dulce nosotros que cuando no estoy contigo pertenece al agridulce presente.

Llegué sola con tu libro y me senté a releer un cuento, recomendación tuya, por supuesto. Era el relato que hablaba del vacío ¿lo recuerdas? No me preguntes el nombre del cuento, tampoco el del autor, después de tanto leer me han quedado lagunas. La historia la tenía más o menos clara, pero quise leerla de nuevo porque siempre descubre uno detalles que la mente no registró en las primeras lecturas.

Al abrir las paginas, me percaté de algo que venía sucediendo sin que tomara conciencia: las letras se han gastado por la frecuencia con que mis ojos las recorren. Ahora mismo es tan tenue la tinta que dudo poder terminar de leerlo. Quizá sea la última vez que lo haga. Generalmente no regreso a ver las palabras que van quedando atrás. No lo hago porque dicen que es un defecto de la vista que entorpece la lectura.

Puedes comprobar esto abriendo un pequeño orificio en el periódico de cualquier lector. Procura hacerlo en el centro del papel y asegúrate que sea entre dos cajas tipográficas para no molestar demasiado con el experimento. No es agradable leer si faltan letras. Observa por ese orificio los ojos lectores, te darás cuenta como regresa la vista en un movimiento mecánico, como si los ojos quisieran reconfirmar lo leído.

Bueno, como te iba diciendo, he entrenado mis ojos para eliminar ese retroceso innecesario y evitar perdidas de tiempo. Pero hoy, por la impresión del descubrimiento, me dediqué a revisar.  He regresado dos páginas y constaté que las palabras leídas se están destiñendo. Lo puedo afirmar porque sobrepuse las hojas que leo ahora a las que leí hace rato y existe un notable cambio en la intensidad de la tinta. Pronto no tendré alternativa y sólo restará confiar en mi memoria. Creo que los recuerdos funcionan igual, van perdiendo nitidez y terminamos por recordar lo que se nos da la gana y no lo que fue.

Para reconfirmar esto leí despacito y regresé renglón por renglón. Tuve que parar de hacerlo porque la zona que releí quedó en blanco. Es increíble, pero mis ojos, como gomas, desgastaron lo escrito. El cuento se está borrando. ¿Cómo te lo puedo devolver así?

Siento una extraña angustia y empiezo a leer con desesperación, como si la plaga desintegradora de textos viniera persiguiendo a mis ojos. Devoro las letras, invadida por un miedo absurdo: pensar que nuestra historia también se borra.

Me pregunto si tengo antecedentes de un caso similar, esas referencias  ayudan para recuperar la calma, pero no, no encuentro un recuerdo claro que me de el acicate para detener la angustia.

Tú sabes que no existen las casualidades, lo hemos comentado, por eso recorro con la memoria detalles de la historia de los personajes y pienso que se parecen a ti y a mi, aunque creo que, a diferencia de ellos, tú y yo somos continuidad. Tu pensamiento y el mío, por alguna extraña razón, se complementan. Uno inicia y el otro continua para seguir y seguir, sin importar el orden o el desorden del universo que nos place pervertir.

Qué sé yo, quizá es que somos tan parecidos que podemos fluir en una adicción continua a las ideas y su contemplación.  Tal vez por eso te extraño ahora.

Vuelvo a mirar las letras y me pregunto  ¿qué le está pasando al libro? o ¿qué me pasa a mi? o ¿qué pasa contigo y con los recuerdos?

Desvío la vista del libro para verificar que el mundo sigue girando. Un cilindrero pasa bajo el balcón. Miro la manivela girar con la misma fluidez que la vida. Un rechinido interrumpe la armonía. El cilindrero se queda con la manivela en la mano.  Presiento algo extraño, como si la realidad estuviese a punto de colapsarse y pienso que es momento de decidir. Puedo negar todo lo que sucede, cerrar el libro y pedir a ese músico callejero  que  suba al balcón para dar cuerda a la nostalgia, para consentir y compadecer mi carencia con la música del cilindro mientras me enternezco por mi capacidad de sentir un afecto como este. ¡No! Me niego. Sería demasiado aburrido volver al pasado, tanto como reconfirmar lo leído.

Miro hacia el edificio de enfrente y veo a Teófilo que sale por el agujero de su habitual morada estirándose como si acabara de despertar. Abre los ojos al sentir la luz, pero en ese mismo instante empieza a desaparecer, y no es que regrese por donde vino, es que la punta de la cola ha desaparecido y el fenómeno sigue por el resto del cuerpo hasta que sólo queda su cabeza. Vuelve sus ojos hacia mi y al establecer contacto visual, ¡puaff!  el gato se esfuma, no hay más. El felino no está, pero tampoco la cornisa por donde caminaba, ni el agujero de donde salió, ni el muro que lo circundaba. El edificio colonial se diluye en el vacío como si fuera una gelatina de mamey al sol. Se derrite poco a poco  hasta que sólo queda vapor con un ligero tono rosado que pasa frente a mi y sube rumbo al infinito.

Caigo en la cuenta de que el sitio donde está nuestro balcón puede estar padeciendo el mismo fenómeno. Al recargarme sobre el barandal un movimiento rápido y brusco hace que sienta inseguridad. Observo hacia abajo y me percato que, en efecto, el muro que sostiene el balcón ha desaparecido, estoy suspendida en el vacío con las manos aferradas a una barandilla de hierro forjado que se funde, de abajo hacia arriba, en la nada.

No puedo perder un minuto más. Recojo tu libro de la mesa, que ya ha perdido las patas, y lo cierro. Estoy consternada pero decidida. Camino, sobre un piso que ya no existe, rumbo a la salida de lo que fue nuestro restaurante favorito, bajo las escaleras ausentes y salgo a una calle que es nada.

En el vacío dejo de angustiarme y camino con tranquilidad. Pienso que, dadas las circunstancias, no importa tanto llevar un libro en blanco bajo el brazo.

Permuta de Pilar

PERMUTA
Angustias acababa de enterarse de que su marido tan abnegado, tan amable, tan cumplidor, la engañaba. Una caritativa vecina le había avisado:
-Me parece que es mejor que lo sepas. Tu Antonio anda metido en asuntos de faldas y… Ya sabes como son los pueblos…
Angustias calló y, como era persona discreta, agradeció tan inesperada confidencia.
Más tarde, en brazos de su amante, el fantasma del despecho había sustituido al del remordimiento.
De la tómbola de ficticia

 

balthius

El solidario de Luis Torregrosa

Le dolía mucho más la miseria ajena que la propia, así que cuando fue inmensamente rico no le costó trabajo sentir repugnancia por la riqueza de los demás.

 

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Un texto autobiográfico inédito de la nueva Nobel Olga Tokarczuk

Babelia’ ofrece un avance de ‘Los errantes’, que llegará a las librerías españolas el 23 de octubre
Olga Tokarczuk nobelVer fotogalería
Olga Tokarczuk, este jueves en Cracovia (Polonia). REUTERS

No soy grande, tengo un tamaño cómodo y estoy bastante bien hecha. Tengo un estómago pequeño, nada exigente, unos pulmones robustos, una barriga firme y unos brazos fuertemente musculados. No tomo medicamentos ni hormonas, no llevo gafas. Me corto el pelo con una maquinilla, una vez cada tres meses, casi no uso cosméticos. Tengo los dientes sanos, tal vez no del todo bien alineados, pero enteros, con un solo empaste ya antiguo, creo que en el primer molar inferior izquierdo. El hígado, normal. El páncreas, normal. Los riñones derecho e izquierdo, en excelente estado. Mi aorta abdominal, normal. La vejiga, correcta. Hemoglobina: 12,7. Leucocitos: 4,5. Hematocrito: 41,6. Plaquetas: 228. Colesterol: 204. Creatinina: 1,0. Bilirrubina: 4,2. Etcétera. Mi CI –si alguien cree en esas cosas–: 121; suficiente. Tengo muy desarrollada la imaginación espacial, casi eidética, mas no así la lateralidad, que flojea. El perfil de mi personalidad es cambiante, más bien poco digno de confianza. La edad: psicológica. El sexo: gramatical. Compro libros preferentemente de tapa blanda para así poder dejarlos sin sentir pena en los andenes, para otros ojos. No colecciono nada.

Un texto autobiográfico inédito de la nueva Nobel Olga Tokarczuk

He hecho una carrera universitaria, pero en realidad no he aprendido ningún oficio, cosa que lamento mucho; mi bisabuelo era tejedor, blanqueaba las telas ya tejidas extendiéndolas sobre la ladera del monte para que les diesen los ardientes rayos del sol. Me gustaría mucho entrelazar urdimbres y tramas, no existen, sin embargo, telares portátiles, tejer es un arte de pueblos asentados. Cuando viajo hago punto. Lamentablemente en los últimos tiempos algunas líneas aéreas prohíben subir a bordo agujas y ganchillos. Lo dicho: no he aprendido ningún oficio y sin embargo, pese a lo que siempre repetían mis padres, he conseguido sobrevivir a los muchos trabajos que he desempeñado por el camino sin nunca tocar fondo.

Cuando mis padres volvieron a la ciudad tras su romántico experimento de veinte años, ya cansados de las sequías y las heladas, de los alimentos sanos que durante inviernos enteros yacían enfermos en el sótano, de la lana de sus propias ovejas cuidadosamente embutida en las fauces sin fondo de edredones y almohadas, me dieron un poco de dinero, y por primera vez me puse en camino.

Desempeñaba trabajos ocasionales allí donde llegaba. En una manufactura internacional en las afueras de una gran metrópoli, ensamblaba antenas para yates de lujo. Allí había muchas personas como yo. Nos contrataban en negro, sin preguntar de dónde éramos ni qué planes de futuro teníamos. El viernes recibíamos la paga, y quien no estaba conforme simplemente no volvía por allí el lunes. Había entre nosotros futuros universitarios que aprovechaban el intervalo entre el examen de Estado y los exámenes de acceso a la universidad. Migrantes en busca de ese país justo e ideal de Occidente donde las personas son hermanas y hermanos, con un Estado fuerte como padre protector. Fugitivos de sus respectivas familias: esposas, maridos, padres… Infelizmente enamorados, distraídos, melancólicos y siempre muertos de frío. Prófugos de la ley por no lograr hacer frente a los pagos de los créditos suscritos. Bohemios y vagabundos. Locos que, tras sufrir una recaída de su enfermedad, acababan en un hospital, de donde –en virtud de difusas disposiciones legales– acababan siendo deportados a sus países de origen.

Solo un hindú trabajaba allí de forma fija, desde hacía años, aunque, a decir verdad, su situación no difería de la nuestra. No estaba asegurado ni tenía vacaciones. Trabajaba en silencio, paciente y acompasadamente. No llegaba nunca tarde ni buscaba excusas para librar. Convencí a varias personas de la necesidad de fundar un sindicato –corrían los tiempos de Solidaridad–, aunque solo fuera por él, pero no quiso. Conmovido por mi interés, me invitaba todos los días a un curry picante que traía en una fiambrera. Hoy ni tan siquiera recuerdo su nombre.

Hice de camarera, de «kelly» en un hotel de lujo y de niñera. Vendí libros, vendí billetes. Me empleé una temporada en un pequeño teatro como encargada de vestuario y así sobreviví a un largo invierno entre telones de terciopelo, pesados trajes, pelucas y capas de satén. Terminada la carrera, trabajé como pedagoga, terapeuta de desintoxicación y también, recientemente, en una biblioteca. En cuanto lograba ganar algo de dinero, me ponía en camino.

Olga Tokarczuk, a su llegada a una conferencia de prensa este jueves. En vídeo, sus primeras declaraciones tras conocer el fallo de la Academia. FOTO: AP | VÍDEO: REUTERS

La cabeza en el mundo

Estudié psicología en una sombría gran ciudad comunista, mi facultad ocupaba el edificio que durante la guerra albergó la sede de un destacamento de las SS. Esta parte de la ciudad se construyó sobre las ruinas del gueto, era fácil verlo si se miraba con atención: todo el barrio se elevaba un metro

por encima del resto de la ciudad. Un metro de escombros. Nunca me sentí a gusto allí; entre los bloques de pisos nuevos y las plazuelas de tres al cuarto siempre soplaba el viento y el aire frío parecía particularmente helado; pellizcaba la cara. En el fondo, pese a las nuevas edificaciones, el lugar seguía perteneciendo a los muertos. El edificio de la facultad se me sigue apareciendo en sueños: sus anchos pasillos, como tallados en piedra y bruñidos por un sinfín de pies, los bordes de los peldaños gastados, los pasamanos pulidos por un sinfín de manos, huellas grabadas en el espacio. Tal vez por eso se nos aparecían fantasmas.

Cuando metíamos ratas en el laberinto, siempre había una cuyo comportamiento contradecía la teoría al hacer caso omiso de nuestras brillantes hipótesis. Se ponía sobre sus dos patitas, sin mostrar interés alguno por el premio que le aguar- daba al final del recorrido propuesto por el experimento; reacia a los privilegios del reflejo de Pávlov, paseaba la vista por nosotros y luego daba media vuelta o, sin apresurarse, se dedicaba a estudiar el laberinto. Buscaba algo en los corredores laterales, intentaba llamar la atención. Desorientada, emitía tenues gemidos, momento en que las chicas, contraviniendo las reglas, la sacaban del laberinto y la tomaban en brazos.

Los músculos de la despatarrada rana muerta se relajaban y se tensaban al dictado de los impulsos eléctricos, pero de una manera aún no descrita en nuestros manuales: nos hacían señales, y sus extremidades, con evidentes gestos de burla y amenaza, contradecían la consagrada fe en la inocencia mecánica de los reflejos fisiológicos.

Nos enseñaban que era posible describir el mundo e, incluso, explicarlo mediante respuestas sencillas a preguntas inteligentes. Que en esencia era inerte y exánime, que lo regían leyes bastante simples que debían ser explicadas y presentadas, mejor con ayuda de diagramas. Nos exigían experimentos. Formular hipótesis. Verificaciones. Se nos introducía en los arcanos de la estadística, creyendo que con su ayuda se podía describir a la perfección todas las reglas que gobernaban el mundo: que un noventa por cien era más relevante que un cinco por cien.

Pero hoy sé algo a ciencia cierta: quien busque un orden, que evite la psicología. Más vale que opte por la fisiología o la teología, así tendrá al menos una base sólida, ya sea en la materia o en el espíritu; no tropezará con la psique. La psique es un objeto de estudio muy resbaladizo.

Tenían razón quienes afirmaban que esta carrera no se elegía con vistas a una salida laboral, por curiosidad o vocación de ayudar a la gente, sino por un motivo diferente, muy sencillo. Sospecho que todos teníamos alguna tara oculta en nuestro más profundo interior, aunque seguramente aparentábamos ser jóvenes inteligentes y sanos: nuestro defecto estaba enmascarado, hábilmente camuflado en los exámenes de acceso. El ovillo de nuestras emociones, liado a conciencia, estaba hecho una bola compacta, como esos extraños tumores que en ocasiones se descubren en el cuerpo humano y que pueden ser contemplados en cualquier museo de anatomía patológica que se precie. ¿Y si resultaba que nuestros examinadores eran personas como nosotros y que en el fondo sabían lo que hacían? En ese caso habríamos sido sus herederos. Cuando en el segundo curso estudiábamos el funcionamiento de los mecanismos de defensa y descubríamos con admiración la potencia de esa parte de nuestra psique, empezábamos a comprender que si no fuera por la racionalización, la sublimación, la represión y los demás trucos con que nos obsequiamos a nosotros mismos, si se pudiese mirar al mundo sin protección alguna, valiente y honradamente, se nos partiría el corazón.

En la facultad nos enteramos de que estamos hechos de defensas, escudos y armaduras, de que somos ciudades cuya arquitectura se limita a murallas, torres y fortificaciones: un país de búnkeres.

Nos sometíamos a todos los test, entrevistas y pruebas unos a otros, y al acabar tercero ya era capaz de poner nombre a mis males; fue como descubrir mi propio nombre secreto, el que abre el camino iniciático con solo pronunciarlo.

No tardé en dar por terminado el ejercicio de mi profesión. En el curso de uno de mis viajes, cuando me quedé sin dinero en una gran ciudad en la que trabajaba como «kelly», me puse a escribir un libro. Era un libro de viaje, para ser leído en un tren, como si lo escribiera solo para mí. Un libro-canapé, para engullir de un bocado, sin masticar.

Supe concentrarme como era menester, fui por un tiempo una descomunal oreja dedicada a escuchar susurros, ecos y rumores, voces lejanas que atravesaban las paredes.

Pero nunca llegué a ser una auténtica escritora o, mejor dicho, escritor, puesto que en masculino la palabra suena más seria. A mí la vida siempre se me escabullía. Solo daba con sus huellas, pálidos vestigios. Cuando alcanzaba a detectarla, ya estaba en otra parte. Tan solo encontraba marcas como las que se quedan grabadas en la corteza de los árboles del parque: «Estuve aquí». En mi escritura la vida devenía en historias incompletas, cuentos oníricos, tramas vagas; se aparecía a lo lejos en extrañas perspectivas desenfocadas o en secciones transversales, lo que hacía difícil llegar a una conclusión generalizadora.

Todo aquel que en algún momento haya intentado escribir una novela sabe lo duro que es este trabajo, sin duda una de las peores formas de autoempleo. Hay que quedarse permanentemente encerrado en uno mismo, en una celda individual, completamente a solas. No deja de ser una psicosis controlada, una paranoia y una obsesión uncidas al trabajo, desprovistas por lo tanto de plumas, polisones y máscaras venecianas por los que las conocemos, sino ataviadas más bien con delantales de carnicero, calzadas con botas de goma, empuñando un cuchillo de destripar. Desde ese sótano de escritor se ven apenas los pies de los transeúntes y se oye el taconeo. A veces alguien se detiene, se agacha y echa un vistazo al interior, y entonces por fin puede verse un rostro humano e incluso intercambiar unas palabras. Pero en realidad la mente sigue ocupada en el juego que desarrolla ante sí misma en un panóptico trazado a vuelapluma para mover figuritas sobre ese escenario provisional: el autor y el protagonista, la narradora y la lectora, la que describe y la que es descrita; los pies, los zapatos, los tacones y los rostros más tarde o más temprano formarán parte de este juego.

No estoy arrepentida de haber elegido esta singular ocupación: no habría sido una buena psicóloga. No sabía revelar fotografías familiares desde el cuarto oscuro de los pensamientos ajenos, ni explicarlas. Las confesiones de otros, lo admito con tristeza, a menudo me aburrían. Para ser sincera, a menudo habría preferido intercambiar los papeles y empezar a hablarles de mí. Me tenía que controlar para no tirar de pronto de la manga a una paciente e interrumpirle a mitad de una frase: «Pero ¡qué cosas dice, señora! ¡Yo lo percibo de forma totalmente diferente! Mire lo que he soñado…» O: «¡Qué sabrá usted del insomnio, señor! Y esto, según usted, ¿es un ataque de pánico? Déjese de bromas. El que he sufrido yo recientemente, ese sí que lo fue…»

https://elpais.com/cultura/2019/10/10/babelia/1570725920_182556.html

Deformación editorial de Mónica Lavín

DE LA TÓMBOLA DE FICTICIA
Al cumplir sesenta y cinco años comprendió la revelación.
Nunca tendría la oportunidad de una segunda edición de su vida, corregida y aumentada, por lo que en lugar de testamento redactó una fe de erratas.

Mónica Lavín

La flor de Luis Torregrosa

Habían pasado solo dos días desde que la yema del índice de su mano derecha sangró por culpa de una espina del rosal, cuando de la herida comenzó a brotar un hombre nuevo. Primero los cambios se extendieron por los brazos hasta llegar a los hombros y luego se apoderaron de su cabeza, dejándose caer más tarde por el resto de su cuerpo. Todo en él se convirtió en suave terciopelo, fragancia de aromas sutiles y tonos vivos, chillones como el sol luminoso del verano. Al explotar la floración creyó reventar en un oleaje de dichas. Pero sólo fue un suspiro pues pronto llegó el jardinero y lo decapitó.
Tomado de ficticia.com
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POESÍA JAPONESA(詩歌) SEDOKA(旋頭歌) — POESÍA JAPONESA DE ELFICAROSA.

Hola amigos míos, ya conocéis el sedoka, pero daré una somera explicación para los seguidores nuevos. Este estilo fue registrado en Man’yōshū por Kokin Wakashu. El sedoka tiene una métrica de: 5-7-7-5-7-7. Lleva título, se escribe sin rima, ningún poema japonés la admite. Y habla de todos los aspectos de la vida. Hay tres tipos de sedoka: de seis […]

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Compartiendo ingenio y belleza con Marina Colsanti

Frutos y flores
Mi amado me dice
que soy como una manzana
partida en dos.
Yo tengo las semillas
es verdad.
Y la simetría de las curvas.
Tuve un cierto rubor
en la piel lisa
que no sé
si todavía tengo.
Pero si en abril florece
el manzano
yo hecha manzana
y por demás madura
todavía me despliego
en flores blancas
cada vez que su daga
me traspasa.
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Magia al ralenti de Elisa de Armas

Cuando lo conocí era apuesto como un príncipe, pero en seguida empezó a redondeársele el vientre. Más tarde, mientras encogía poco a poco, los ojos se volvieron saltones, el cuello fue desapareciendo y un buche enorme creció bajo su mandíbula. De un tiempo a esta parte se le ha cubierto la piel de verrugas. Lo peor es la sospecha de que soy yo quien tiene la culpa, por no haber dejado de besarlo en los últimos treinta y cinco años.

 

El túnel de Federico Fuentes Guzmán

De nuevo sobrevino la luz. Lara se limpió los labios con el pañuelo amarillo. Parecía una mujer satisfecha. ¿Cuál de aquellos pasajeros la había besado en el ínterin oscuro del túnel?

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En memoria de Escher Mónica Lavín

Sin saber qué hacer con sus secretos se ranuró el pecho y uno a uno insertó -doblados con minucia- los poemas, las cartas, las tarjetas amorosas. Terminada la tarea, apretó las manos ensangrentadas sobre el tajo abultado y descansó.
Cuando la encontraron, una bandada de pajarillas de papel se desprendía de aquella herida y partía por la ventana.

Nació en la Ciudad de México el 22 de agosto de 1955. Narradora. Bióloga por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha sido investigadora en el Instituto de Ecología; jefa del Departamento Editorial de Difusión Cultural de la uam; conductora del programa de radio “Muy Interesante”; coordinadora de talleres de narrativa en el Centro de Comunicación y Desarrollo; maestra de la Escuela de Escritores de la sogem. Presidenta de la Asociación Iberoamericana de Escritores; guionista del Canal Once; conductora del programa radiofónico “Palabras al oído”. Colaboradora de El Economista, El Universal, Época, La Plaza, La Vida Literaria, Memoria de Papel, Mundo Celular,  Nonotza, Vértigo. Becaria del Fideicomiso para la Cultura México-Estados Unidos, 1998; del fonca y el Gobierno de Canadá para una residencia literaria en el Banff Centre for the Arts en Alberta, Canadá, 2000. Pertenece al snca desde 2003. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 1996. Premio del Club de Periodistas 1997 por el programa radiofónico de divulgación de la ciencia “Muy Interesante”. Premio Nacional Narrativa Colima para obra publicada 2001 por Café cortado. Parte de su obra aparece en diversas antologías nacionales como Cuentos eróticos mexicanos, Selector, 1995; La luna de miel según Eva, Selector, 1996; Historias para sentir, Ediciones sm, 2004, entre otras.lavin Monica

El cartero llama dos veces XIX — El Blog de Arena

Hacía mucho que no escribía una entrada bajo este título tan poco original y que fue extendiéndose más de lo que pensé en su inicio; pero hay hallazgos que merecen la pena ser compartidos. Encontré esta deliciosa carta en The National Archives, sitio oficial histórico británico donde pueden encontrarse verdaderas maravillas. La carta, escueta […]

a través de El cartero llama dos veces XIX — El Blog de Arena

Aquellos nombres de curufmapu

Pasea por la playa indiferente al viento salvaje. Descalza,  sigue la senda que demarca la espuma fría de las olas.
Ha recorrido incontables veces, a través de los años, esas rutas húmedas  que aparecen y desaparecen según la marea. Ama esa línea inexacta que se desvanece absorbida por la arena  para ser trazada de nuevo por la siguiente ola, abriendo nuevas e infinitas posibilidades de trayectos y destinos.
Cada año, vuelve a esta playa siguiendo el ritual de quien peregrina a la tierra madre y nutricia en busca de los paisajes, sonidos, perfumes y nombres que dieron forma a su infancia y juventud lejana y que ahora sostienen, como un amuleto protector, el peso de su adultez.
Camina mientras recuerda el tiempo en que hubo paisajes generosos de naturaleza escarpada y rebelde que recorrió con entusiasmo de explorador , y hubo nombres que agitaron su corazón y dilataron sus pupilas en las noches de verano, que la hicieron sentir bella y cómplice de un lenguaje bipersonal. Recuerda que hubo dolor y gracia en equilibrio, como si el Universo hubiese querido otorgarle una vida por la cual estar agradecida.
Hoy aquellos paisajes, aunque bellos aun, reflejan los estragos de la antropocéntrica y errónea idea de progreso, y aquellos nombres indelebles aun la visitan de vez en cuando, en sueños, tan vívidos, que no se desvanecen hasta muy avanzado el día siguiente.
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mujer mar

Poligamia, poliginia y poliandria

Del latín polygamia, la poligamia es el estado o la cualidad de polígamo, o sea una persona que está casada o que mantiene relaciones con varias personas del otro sexo de manera simultánea.
Poligamia es el régimen familiar que permite que un individuo esté casado con varios individuos al mismo tiempo. El término hace referencia tanto al hombre que está casado con varias mujeres como a la mujer que está casada con varios hombres, una condición que, dado el peso del machismo en el mundo, es muy poco frecuente.
El derecho occidental no habilita la poligamia, sino que sólo acepta un único matrimonio a la vez, y por lo general permite el divorcio. Por lo tanto, desde el punto de vista institucional o jurídico, si una persona quiere formalizar sus relaciones sentimentales con más de una persona, no podrá hacerlo sin incurrir en una falta.
En algunas  naciones islámicas , en cambio, se acepta la poligamia siempre que las co-esposas del hombre estén de acuerdo con dicha situación. En estos casos, el vínculo es avalado por las instituciones estatales.
Es importante tener en cuenta que las relaciones sexuales ocasionales, las orgías, la prostitución y el intercambio de pareja no se enmarcan dentro de lo que se conoce como poligamia.
Así como el Islam admite la poligamia, el catolicismo condena dicha condición ya que considera que el amor conyugal es exclusivo e indivisible. El judaísmo y el hinduismo tampoco promueven la poligamia, mientras que los mormones sí la toleran. Cabe señalar que la aceptación o el rechazo de algunos países por este estado civil ha cambiado a lo largo de la historia.
Poligamia
En principio, la antropología reconoce una división básica de la poligamia: la poliginia (un hombre con varias mujeres) y la poliandria(una mujer con varios hombres). Como se comenta en un párrafo anterior, el segundo caso es mucho menos frecuente que el primero; un estudio sociológico que cubrió casi mil doscientas sociedades de todo el mundo reveló que la poliginia tenía presencia en más de un setenta por ciento de ellas.
La poliandria, por otro lado, se puede apreciar en el grupo de los Toda, una tribu situada al sur de la India, que admite que varios hermanos varones se casen con la misma mujer. Esto se repite en otras tribus y representa una tradición que busca no perder el dominio de una familia por sobre la tierra. Ya en el siglo III a.C. se dejó constancia de las relaciones entre una mujer y multiples hombres en una obra mitológica titulada «Mahábharata«.
Es interesante notar que, en la actualidad, estos términos no resultan lo suficientemente abarcativos cuando se necesita describir lazos que involucran el mismo número de mujeres y hombres.
El término poliamor, que no goza de una gran popularidad en el habla cotidiana, se usa para describir una relación sentimental o sexual con varias personas en el mismo período de tiempo, siempre que todas ellas sean conscientes de la situación y la acepten al cien por ciento. Cabe señalar que todas las relaciones polígamas pueden ser consideradas de este tipo, pero lo mismo no se aplica en el sentido contrario. Además, la poligamia acarrea una serie de cuestiones religiosas o propias de la tradición, mientras que las reglas y los límites del poliamor (siempre dentro del marco de su definición) las crean quienes lo practican.
Cuando un grupo familiar se compone de más de una mujer y más de un hombre, se habla de círculo matrimonial o de matrimonio grupal. En este caso, todos los integrantes de la unión civil tienen partes iguales de responsabilidad frente a la manutención y crianza de los hijos.
https://definicion.de/poligamia/