La poetisa Carilda Oliver Labra, una leyenda de la lírica de Cuba, ajena a los prejuicios y con una obra privilegiada por la popularidad que arrastró su fascinante personalidad, será recordada en la isla por las rimas intimistas de su mítico y más repetido soneto, «Me desordeno, amor, me desordeno».
Comenzó con un grano. Me lo reventé, pero al otro día tenía tres. Como no soporto los granos me los , pero al día siguiente ya eran diez. Y así continué mi labor de autodestrucción. En una semana mi cara era una cordillera de granos, pequeñas montañas nevadas de pus, minúsculos volcanes en podrida erupción. Los granos de los párpados no me dejaban ver y los que tenía dentro de la nariz me dolían al respirar. Pero seguí reventándolos con minuciosa obsesión. No me di cuenta de que me habían saltado a los dedos y a las palmas de las manos hasta que sentí ese dolor penetrante en lasyemas. La infección se había esparcido por todo mi cuerpo y los granos crecían como hongos por mi espalda, las ingles y mi pubis. Si cerraba los brazos se reventaban los granos de mis axilas. Un día no pude más. Me miré al espejo por última vez y dejé sobre la mesa del comedor mi carné de identidad. Después me perdí en la laguna.
. . La foto con la que abro (y con las que cerraré) esta entrada forman parte de la obra de fotomontaje de Mostafá Heravi, fotógrafo de origen iraní. La idea general del trabajo habla por sí misma y, lo más importante, si no nos quedamos sólo con el aspecto estético, el cual aquí, por […]
Cuando perdió el brazo derecho, comenzó a escribir con la mano izquierda. Cuando perdió el brazo izquierdo, comenzó a escribir con el pie derecho. Cuando perdió la pierna derecha, comenzó a escribir con el pie izquierdo. Cuando perdió la segunda pierna, dejó de escribir. Como soldado hubiese sido un mártir. Sin embargo, con 150 centímetros, nunca pasará de ser un escritor mediocre.
Fernando Dinis nació en 1976. Estudió piano. Publicó en 2003 el primer libro de poesía Dá-me-te, (Hugin Editores). En 2006 participó en la antología bilingüe Poema Poema-Antología de Poesía Portuguesa Actual (Uberto Stabile – Huelva).
Hacía tres minutos que cavaba en la arena cuando el pozo le tragó la palita. Desconcertado, el chico miró a la madre. La mujer lo vio hundirse, corrió, alcanzó a tomarle las manos aterrada, y se hundió con él. Los otros bañistas aún no habían reaccionado y el pozo ya devoraba una sombrilla. Se miraron con estupor, vieron que ellos mismos convergían hacia allí, y por un instinto soterrado desde siempre que se acababa de revelar, intuyeron que no podían salvarse. Era tan natural como el ocaso: el mundo se revertía. Muchos trataron de huir, despacio, con la misma aprensión sin esperanza de los animales que buscan esconderse de la tormenta. Pero la arena se deslizaba más rápido y todos terminaron cayendo mansamente. A su turno, se derrumbaron en el pozo casas, ciudades, montañas. Del mismo modo que la mano invisible da vuelta la manga de una camisa, una fuerza poderosa arrastraba hacia dentro la piel del mundo poniéndolo del revés. Y cuando los últimos retazos desflecados de mares y tierras fueron engullidos, el pozo se consumió a sí mismo. No dejó siquiera un hueco fugaz en el espacio, tan sólo quedó el vacío, homogéneo y silencioso, la inapelable evidencia de que el mundo había sido el revés de la nada.
Siempre he creído que somos momentos… momentos en los que nos reímos, cantamos; en los que somos felices y nos enamoramos. Siempre he creído que somos lugares… lugares en los que fuimos, lloramos; en los que dejamos una parte de nuestra alma y nos olvidaron. By: Ana Carranza.
Fuimos a cazar conejos. Era una expedición bien organizada que capitaneaba el idiota. Teníamos sombreros rojos. Y escopetas, puñales, ametralladoras, cañones y tanques. Otros llevaban las manos vacías. Laura iba desnuda. Llegados al bosque inmenso, el idiota levantó una mano y dio la orden de dispersarnos. Teníamos un plan completo. Todos los detalles habían sido previstos. Había cazadores solitarios, y había grupos de dos, de tres o de quince. En total éramos muchos, y nadie pensaba cumplir las órdenes.
Yo sentía pinchazos en las piernas. Al principio no les daba importancia; lo atribuía al pasto y a los yuyos. Pero luego, cuando el dolor fue subiendo, y un poco más tarde aún, cuando el dolor y el mareo me hicieron vacilar y caer, vi —antes de que la vista se me nublara y cuando mi cuerpo comenzaba a retorcerse en los espasmos de la muerte—, vi la araña con ropas de cazador y sombrero rojo, y mirada perversa y divertida, arrojándome sin pausa los darditos envenenados a través de su pequeña cerbatana.
La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora. De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza, ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías? Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un movimiento. Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.
Toni Ibargüengoitia despertó empapado en sudor. Vio que la pistola de cargo siguiera debajo de la almohada y se sentó en el borde de la cama. Mientras se tranquilizaba fumándose un cigarro Delicadossin filtro, trató de reconstruir la pesadilla que, de nueva cuenta, lo tenía en aquel estado. Pero como sucede en la vida real con tantos casos como aquel, las pistas recabadas no le alcanzaban para terminar de armar el rompecabezas completo. «¡Maldita suerte!», se dijo y aplastó la bachicha del cigarro contra el fondo opaco del cenicero de madera, con forma de alebrije oaxaqueño. Luego se recostó sobre la cama y esperó a quedarse nuevamente dormido para continuar con las investigaciones de su asesinato. —Un día de estos nos vemos las caras, pinche Cojo —le espetó Benito el Tuerto desde el Centro de Videovigilancia de la ciudad.
José Manuel Ortiz Soto (Jerécuaro, Gto., 1965).
Libros de poesía publicados: Réplica de viaje, y Ángeles de barro; de minificción, formato digital, Doble cámara falsa de Gesell, La moraleja del cuento, Las cincuenta cabezas de la hidra, Las historias de cada quien, y formato tradicional, Cuatro caminos y Las metamorfosis de Diana/Fábulas para leer en el naufragio; es antólogo de El libro de los seres no imaginarios. Minibichario y, junto con Fernando Sánchez Clelo, Alebrije de palabras
Para Camila Ixchel, Sofía Valentina y Austin Manuel
Dictado de palabras José Manuel Ortiz Soto
Lápiz en mano, Noecilla está lista para tomar el dictado. —Duna —dicta mamá al pasar junto a ella. “Duna”, escribe Noecilla en el cuaderno. Una montaña de arena arrastrada por el viento cubre la llanura de la hoja. El sol cala fuerte. Noecilla siente su cuerpo seco y arrugado, cual pasita de uva. —Masa —dicta mamá desde algún lugar en la casa. La palabra “masa” toma forma en la hoja del cuaderno: el desierto se hace blanco, suave y húmedo, como la masa del pan que hace su familia para vender. Un agradable olor a pan recién horneado flota ya en el aire. —Lluvia —dicta mamá, acercándose. Antes de que la palabra “lluvia” vaya a estropearle la tarea, Noecilla cierra el cuaderno, y le dice a mamá que necesita un descanso.
José Manuel Ortiz Soto (México, 1965). Pediatra y cirujano pediatra. Ha publicado los libros de minificción en formato tradicional, Cuatro caminos y Las metamorfosis de Diana; es antólogo de El libro de los seres no imaginarios. Minibichario y, coantólogo de Alebrije de palabras: Escritores mexicanos en breve y El Tótem de la rana. Catapulta de microrrelatos. Miembro de La Internacional Microcuentista. Coordina la Antología Virtual de Minificción Mexicana.
Laura gateaba en el pasto. La cosquilla de los yuyos la excitaba, y entonces aparecía un conejo. Ella lo atrapaba entre sus piernas. Era lindo de ver la cabecita blanca asomando y hociqueando sobre esas nalgas también blancas. Ella decía preferir los conejos a los hombres; que los conejos eran de pelo más suave y cuerpo más cálido. Y si ella apretaba un poco demasiado con sus muslos, al conejo se le nublaban los ojos y moría dulcemente, graciosamente, o aun con indiferencia
De la antología de Lilían Elphick » O dispara usted o disparo yo»
José Manuel Ortiz Soto Ojo de águila
Toni Ibargüengoitia despertó empapado en sudor. Vio que la pistola de cargo siguiera debajo de la almohada y se sentó en el borde de la cama. Mientras se tranquilizaba fumándose un cigarro Delicados sin filtro, trató de reconstruir la pesadilla que, de nueva cuenta, lo tenía en aquel estado. Pero como sucede en la vida real con tantos casos como aquel, las pistas recabadas no le alcanzaban para terminar de armar el rompecabezas completo. «¡Maldita suerte!», se dijo y aplastó la bachicha del cigarro contra el fondo opaco del cenicero de madera, con forma de alebrije oaxaqueño. Luego se recostó sobre la cama y esperó a quedarse nuevamente dormido para continuar con las investigaciones de su asesinato. —Un día de estos nos vemos las caras, pinche Cojo —le espetó Benito el Tuerto desde el Centro de Videovigilancia de la ciudad.
Diálogo en la oficina Perla Hermosillo
—¿Cuáles son las pistas?, pregunta el detective. Su compañera se levanta del escritorio y busca la información en el archivero. Él la mira con atención. Le gustan sus tacones negros que lucen sensuales en sus pequeños pies. Ese traje gris delinea su silueta a la perfección, aunque su falda no tiene bastilla. Lo que más le fascina son sus manos, muestra de una delicadeza exquisita. Nota una ligera mancha azul en su dedo índice. — Una pisada, un hilo y una nota suicida, responde la detective. —¿La huella en la tierra es aproximadamente del número 3? — Sí. —¿El hilo es de color gris? — Sí. —¿La nota está escrita con tinta azul? —Sí. Los dos detectives se miran a los ojos unos segundos. Ágatha le descarga la pistola en el pecho. Orgullosa, sonríe: esta vez superó a Poirot.
Dina Grijalva Autora intelectual
Es cierto: yo planeé el crimen, decidí el arma, la víctima y el victimario. Confieso que me dejé llevar por la pasión de ir armando cada detalle para conseguir el crimen perfecto. Pero la policía debe comprender que todo sucedió en las páginas de mi libro. El juez dijo: A mí no me venga con cuentos y me declaró culpable.
Diana Raquel Hernández Meza Archivo muerto
El capitán Márquez entró a la habitación y no pudo evitar las náuseas que el penetrante olor a sangre le provocaron. —Nunca se está listo para ver de nuevo a la que apenas te cogiste la noche anterior, ¿verdad? —dijo el sargento Sánchez, que entró detrás. Los peritos terminaban de recabar los indicios de la escena del crimen y estaban por llevar el cuerpo a la morgue. —No tengo nada qué decir, pudo ser cualquier cabrón. El capitán Márquez dio media vuelta, apesadumbrado; enamorarse con las primeras caricias siempre tiene riesgos.
Engel Islas Miedo No pagó la droga y lo iban a matar, lo sabía. Pero no sería de un tiro, era demasiada clemencia. Lo llevaban desnudo y amarrado, con la cabeza metida en un costal. Lo sentaron sobre lo que, imaginó, sería un carro de supermercado. Llegó la brisa vespertina, luego el frío de la noche y el sonido de un tren acercándose.
Inmovilidad, dramatismo y belleza La inmovilidad instantánea de lo que siempre se mueve es dramática, posee el horror de una muerte inconclusa y la belleza de la eternidad. Lo eterno sólo puede cristalizar en el instante, donde la experiencia del tiempo es imposible. Karl B. Ausar, Advanced Mic(h)ronodynamics
No se trata de captar el instante y fijar la imagen en la retina. Mucho mejor es que se detenga un instante el flujo de loque sucede. El caballo inmóvil en actitud de veloz carrera, el pájaro congelado en pleno vuelo, la lluvia detenida en elaire. Y saber que no es vacilación de la mirada.
Algunos cazan conejos persiguiéndolos sin tregua, a caballo, despiadadamente, dentro y fuera del bosque; en polvorientas carreteras, en praderas enormes, trepando incluso a pedregosas montañas. Cuando el conejo se detiene, loco de fatiga, le destrozan el cráneo con un golpe certero de garrote. Luego se lo comen, crudo y hasta con pelos. Yo estoy condenado genéticamente a otros procedimientos. Tejo laboriosamente durante varios meses una enorme y casi invisible tela como de araña, y luego me siento a esperar, un poco oculto entre el follaje. A veces pasan otros tantos meses antes de que aparezca un conejo en los alrededores, y a veces otros tantos más para que el conejo caiga en mi tela. Mientras tanto atrapo sin querer moscas y mosquitos, moscardones, avispas, ratones, culebras, mulitas, caballos, pájaros, jirafas y monstruos marinos. Me fatiga mucho despegarlos y recomponer la tela donde ha sido dañada. Es un trabajo agotador y la vigilia es constante. Me destrozo los nervios en esta tensa y eterna espera. Tengo las mandíbulas apretadas, me caigo de sueño, y mis sentidos se agudizan y exasperan en alerta constante. Mi forma de cazar conejos, y no tengo otra, es lo que me ha transformado en un loco.
Jorge Mario Varlotta Levrero nació el 23 de enero de 1940 en Montevideo, Uruguay, donde residió la mayor parte de vida, con estancias en Piriápolis y Colonia y en Buenos Aires, Rosario y Burdeos (Francia). Fue librero, fotógrafo, humorista, editor de una revista de entretenimientos y, en sus últimos años, dirigió un taller literario. Comenzó a publicar a fines de la década de los 60, escribió novela y relato, aunque su última obra se centra en lo que denominó novelas pero que son más bien un género propio, a caballo entre el ensayo, el relato y las memorias. Levrero generó un creciente grupo de seguidores que lo tuvieron como autor de culto, tanto en Uruguay como en Argentina, pero nunca alcanzó grandes reconocimientos públicos, salvo una beca Guggenheim en el año 2000, que le permitió dedicarse a la redacción de La novela luminosa. Este diario-relato y su antecesor El discurso vacío son consideradas sus obras maestras. El estilo literario de Levrero cae dentro de lo que una crítica de Ángel Rama denomina el grupo de «los raros», una corriente típicamente uruguaya de autores que no pueden encasillarse dentro de ninguna corriente reconocible, aunque tienden a una especie de surrealismo leve. Felisberto Hernández, Armonía Somers, José Pedro Díaz, y el propio Levrero son los nombres principales de esta corriente. Murió el 30 de agosto de 2004.
Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán