El sueño de la niña resucitada de Natalia Litvinova

Cuando hace calor los poros de la piel se agrandan. Podés verlo en el espejo. Creo que las cosas también se dilatan. No tienen una única forma. Las plantas se estiran en busca de agua, y cuando ya no pueden más, se secan. Ayer leí tanto los poemas de Zinaida Gippius que creí haber desgastado la posibilidad de soñar. Me acosté, cerré los ojos varias veces, y nada. Sólo un cansancio narcotizante. Un mareo que me lanzaba cada vez más lejos y la lejanía irreversible no era dormir. Pero lo logré y tuve un sueño extraño. Salí de mi casa, típica de los pueblos rusos, cerré la kalitka, (el nombre ruso para los portones), me desvié, elegí una calle de tierra y entré al patio donde una familia festejaba. Me senté en un banco con ellos, frente a una mesa de madera larga y precaria. La naturaleza estaba cerca: un viñedo colgante rozaba nuestras cabezas. Un niño se acercó y me habló. Irradiaba una sabiduría tranquila, jugamos, la familia nos miraba, feliz con mi integración. Pero el niño resultó ser una niña que había vuelto de la muerte. Yo era su maestra. Esperaban mi llegada desde hacía tiempo. Sabían que algún día atravesaría aquel portón. Era ocho de agosto.
Jung dice que no podemos permitirnos ser ingenuos al tratar los sueños. Se originan en un espíritu que no es totalmente humano sino más bien una bocanada de naturaleza. En mi sueño la caminata, el encuentro con esa familia y con la niña iluminada, duraba apenas un par de horas. Luego emprendía mi regreso, me recibía mi madre, la casa estaba distinta, las paredes pintadas y con dibujos hechos a mano: pequeñas figuras, damas danzarinas con vestidos como flores, faldas de pétalos, dibujos blancos sobre paredes blancas. Para mi familia, mi ausencia duró años, retorné el ocho de agosto. Mi madre me recibió diciendo que era mi Día Santo. La miré perpleja porque en realidad mi Día es el ocho de septiembre. Hoy recordé este fragmento de Boris Pasternak: Desear conscientemente dormir equivale a insomnio. La conciencia es un veneno, un medio de autoconvencimiento, para el sujeto que la aplica a sí mismo. Ahora pienso, pienso, pienso: ¿qué duerme en nosotros? ¿Qué bestia alojamos? ¿Cuándo dormimos se despierta eso que descansa en nosotros mientras estamos atentos a la luz?

Texto extraído de Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014)

 

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Natalia Livanova

Natalia Litvinova nació en Bielorrusia, en septiembre de 1986. Actualmente reside en Argentina. Es poeta y traductora de poetas rusos. Publicó: Esteparia (Ediciones del Dock, 2010), reeditado en el año 2013 en España, Uruguay y en Córdoba; Balbuceo de la noche (plaquette, Melón editora, 2012); Grieta (Gog y Magog ediciones, 2012; Ediciones Espiral, 2014, Costa Rica); Rocío animal (antología, La Pulga Renga, 2013); Todo ajeno (2013) publicado en Argentina (Melón Editora) y en España (Vaso roto), y Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014) escrito en coautoría con Javier Galarza. Compiló y tradujo El ruido de la existencia (Editorial Leviatán, 2013) de los poetas rusos Vladislav Jodasevich y Serguéi Esénin, y El espejo equivocado (Melón editora, 2013) de Cherubina de Gabriak. Dirige la sección dedicada a las letras argentinas de la Revista Ombligo.

«El sueño de la niña resucitada», por Natalia Litvinova

 

Dicen los que saben

“Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando, procura que efectivamente lo sea, pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él»

 

Cajitas de Julia Otxoa

Construyo cajitas de madera para enterrar los sueños rotos. Todos aquellos que quieren olvidar definitivamente lo que pudo haber sido y no fue, contratan mis servicios, me presento entonces en el lugar que me citan con una de mis cajitas, son todas iguales,de madera de pino sin pintar, sus medidas también son siempre las mismas 7 x 7 centímetros, me gusta el número siete, todo el mundo lo asocia con la sabiduría.
Una vez en el lugar de enterramiento, coloco la cajita abierta en el suelo y mi cliente relata en voz alta el sueño roto que quiere enterrar, para que éste pueda introducirse por entero en la cajita, luego le pongo la tapa, lo sello con siete clavos y la entierro. A partir de este momento mis clientes se sienten más aliviados, más ligeros sin el lastre del pesado recuerdo, hasta el punto que una vez un señor de Valladolid tras el rito de enterramiento echó a volar como un feliz pajarillo hacia su casa.

caja

Tomado del Fb

 

Leonid Andreiev: La nada

Se estaba muriendo un alto dignatario, viejo, importante; un gran señor que tenía mucho apego a la vida. Era para él muy penoso morir; no creía en Dios ni comprendía por qué moría y lo dominaba el terror. Era horrible ver cómo sufría.
Su vida era grande, rica y llena de interés; su corazón y su cerebro estaban siempre preocupados y satisfechos. Pero estaban cansados, agotados, casi como todo su cuerpo por otra parte, que se iba enfriando poco a poco. Sus ojos y sus oídos, acostumbrados a ver y oír siempre lo bello, estaban igualmente cansados, y la alegría misma pesaba demasiado sobre su pobre corazón, harto trabajado. Cuando todavía no se estaba muriendo pensaba en la muerte; algunas veces con cierto placer. Se decía que le daría el reposo, que le libraría de todos aquellos abrazos, muestras de estimación y relaciones que tanto le fastidiaban. Sí, lo pensaba con placer; pero ahora, estando a punto de morir, sentía que un horror indescriptible penetraba en su alma.
Quisiera vivir todavía un poco, aunque no fuera más que hasta el lunes próximo, mejor aún hasta el miércoles o jueves. Pero no sabía con precisión el verdadero día de su muerte, ya que en la semana hay solamente siete.
Y precisamente aquel día desconocido se presentó ante él un diablo muy ordinario, como muchos. Se introdujo en la casa disfrazado de cura; pero el alto dignatario comprendió enseguida que el diablo no había ido allí por ir, y se puso alegre. “Una vez que el diablo existe, la muerte no es realidad; por el contrario, la inmortalidad es algo real. En rigor, si la inmortalidad no existe se puede prolongar la vida vendiendo el alma en condiciones ventajosas”. Esto era evidente, casi claro.
Pero el diablo tenía un aspecto cansado y aburrido. Durante un rato bastante largo no dijo nada y miró a su alrededor con una mueca de disgusto, como si se hubiera equivocado de dirección. Esto inquietó al dignatario, que se apresuró a ofrecer un sillón al diablo. Pero aun después de sentado el diablo conservaba su aire aburrido y guardaba silencio.
“¡Helos aquí tales como son! –pensó el dignatario examinando con curiosidad al visitante–. ¡Dios mío, qué hocico tan desagradable! Ni en el infierno debe pasar por guapo.”
–Yo me lo figuraba a usted de otro modo –dijo en voz alta.
–¿Qué? –preguntó el diablo haciendo un gesto.
–Yo no me lo figuraba a usted así.
–¡Tonterías!
Todo el mundo le decía lo mismo al verle por primera vez, y esto le fastidiaba.
“Y sin embargo, no puedo ofrecerle té o vino –se dijo el dignatario–. Quizá ni siquiera sepa beber.”
–¡Bueno, ya está usted muerto! –comenzó el diablo con tono flemático.
–¿Qué es lo que dice usted? –exclamó indignado el dignatario–. ¡Estoy vivo todavía!
–No diga tonterías –respondió el diablo, y continuó–: Está usted muerto… Y bien, ¿qué hacemos ahora? Este es un asunto serio y hay que tomar una decisión…
–Pero ¿es de veras que… estoy muerto? Puesto que hablo…
–¡Ah, Dios mío! Cuando sale usted de viaje, ¿no tiene que pasar por la estación antes de subir en el tren? Ahora está usted en la estación, precisamente…
–¿En la estación?
–Sí.
–Ahora comprendo. Entonces, ¿esto ya no es yo? ¿Y dónde estoy yo? Es decir, mi cuerpo…
–En una habitación vecina. Le están lavando ahora con agua caliente.
Al dignatario le dio vergüenza, sobre todo cuando pensó en su vientre cubierto de espesas capas de grasa. Pensó además que son siempre las mujeres quienes lavan a los muertos.
–¡Esas costumbres estúpidas! –dijo con cólera.
–Eso no es cuenta mía –objetó el diablo–. No perdamos tiempo y vamos al grano… Tanto más cuanto que empieza usted a oler mal.
–¿En qué sentido?
–En el sentido más ordinario; se empieza usted a pudrir, y eso huele muy mal. ¡Pero ya estoy harto de sus preguntas! Tenga la bondad de escuchar bien lo que voy a decirle: no lo he de repetir.
Y en términos lleno de enojo, con una voz cansada de repetir siempre la misma cosa, expuso al dignatario lo que sigue:
El viejo dignatario muerto tenía ante sí dos perspectivas a elegir: o pasar a la muerte definitiva, o bien aceptar una vida de un género especial un poco extraño, capaz de provocar dudas. Tenía libre la elección. Si elegía lo primero sería la nada, el silencio eterno, el vacío…
–”¡Dios mío, eso precisamente era lo que me daba siempre horror!”, pensó el dignatario.
–Eso era el reposo imperturbable –dijo el diablo examinando con curiosidad el techo tallado–. Desaparecerá usted sin dejar ninguna huella, sin existencia. Tendrá un fin absoluto, no hablará usted jamás, ni pensará, ni deseará nada, ni experimentará alegría ni dolor; nunca pronunciará la palabra “yo”; en fin, no existirá usted ya, se extinguirá, cesará de vivir, se hará nada…
–¡No, no quiero! –gritó con fuerza el dignatario.
–¡Y, sin embargo, eso sería el reposo! Eso también vale algo. Un reposo tal que es imposible imaginársele más perfecto.
–¡No, no quiero reposo! –dijo decididamente el dignatario mientras su corazón cansado no imploraba más que reposo, reposo, reposo.
El diablo alzó sus hombros peludos y continuó con un tono fatigado, como el viajante de un almacén de modas al fin de una jornada de trabajo.
–Pero, por otro lado, voy a proponerle a usted la vida eterna…
–¿Eterna?
–Que sí. En el infierno. No es eso precisamente lo que usted hubiera deseado, pero así y todo es la vida. Tendrá usted algunas distracciones, conocimientos interesantes, conversaciones… y sobre todo conservará su “yo”. En fin, habrá de vivir usted eternamente.
–¿Y sufrir?
–Pero ¿qué es eso del sufrimiento? –y el diablo hizo una mueca–. Eso parece terrible hasta que uno se acostumbra. Y debo decirle a usted que es precisamente de la costumbre de lo que se lamentan allí.
–¿Hay allí mucha gente?
–Bastante… Sí, se lamentan tanto que últimamente hasta hubo perturbaciones bastante graves: reclamaban nuevos suplicios. Pero ¿dónde encontrar esos suplicios nuevos? Y, sin embargo, aquellas gentes gritaban: “¡Esto es la rutina! ¡Esto se ha hecho trivial!”
–¡Qué brutos son!
–Sí, pero vaya usted a llamarles a la razón. Felizmente, nuestro Maestro…
El diablo se levantó respetuosamente y su rostro adquirió una expresión aún más desagradable. El hombre hizo también un gesto cobarde para manifestar su respeto.
–Nuestro Maestro ha propuesto a los pecadores que se martiricen ellos mismos…
–¿Una especie de autonomía? –dijo sonriendo el dignatario.
–Sí, lo que usted quiera… Ahora los pecadores se rompen la cabeza… ¡Vamos, querido, hay que decidirse!
El otro reflexionó, y teniendo ahora plena confianza en el diablo le preguntó:
–¿Qué me recomendaría usted?
El diablo frunció las cejas.
–No, en cuanto a eso… no soy amigo de dar consejos.
–Entonces no quiero ir al infierno.
–Muy bien, será como usted guste. No tiene usted más que poner su firma.
Desplegó ante el dignatario un papel muy sucio, que más bien parecía un moquero que un documento tan importante.
–Firme aquí –y señaló con su garra–. Digo, no, aquí no. Aquí se firma cuando se elige el infierno. Para la muerte definitiva es aquí donde hay que firmar.
El dignatario, que había cogido ya la pluma, la dejó en seguida sobre la mesa y suspiró.
–Naturalmente –dijo con un tono de reproche–, eso a usted lo mismo le da; pero a mí… Dígame, si gusta: ¿con qué se martiriza allí a los pecadores? ¿Con el fuego?
–Sí, con el fuego también –respondió con flema el diablo–. Tenemos días de asueto.
–¿De veras? –exclamó con alegría el hombre.
–Sí, los domingos y días de fiesta se descansa. Y además hemos introducido la semana inglesa: los sábados no se trabaja más que desde las diez de la mañana hasta el mediodía.
–¡Vaya, vaya! ¿Y por Navidad?
–Por Navidad, lo mismo que por Pascuas, se dan tres días libres. Aparte de esto se da un mes de vacaciones en el verano.
–¡Vamos, eso es muy liberal! –exclamó el otro con alegría–. No me lo esperaba… Pero dígame, en rigor ¿aquello es malo, lo que se dice malo, malo?…
–¡Tonterías! –respondió el diablo.
El dignatario tuvo un sentimiento de vergüenza. El diablo estaba visiblemente de mal humor; probablemente no había dormido aquella noche, o bien hacía mucho tiempo que estaba mortalmente aburrido de todo aquello: de dignatarios muriéndose, de la nada, de la vida eterna…
El dignatario vio barro en la pierna derecha del diablo. “No son muy limpios”, se dijo.
–Entonces –repuso el hombre–, ¿es la Nada?
–La Nada –repitió el diablo como un eco.
–¿O la vida eterna?
–O la vida eterna.
El hombre se puso a reflexionar. En la habitación vecina habían terminado ya el servicio fúnebre en su honor y él seguía reflexionando. Y los que le veían en su lecho mortuorio, con su rostro grave y severo, no adivinaban qué extraños pensamientos asaltaban su cráneo frío. Tampoco veían al diablo. Olía a incienso, a cirios ardiendo y alguna otra cosa más.
–La vida eterna –dijo el diablo pensativo, cerrando los ojos–. Se me ha recomendado muchas veces que les explique lo que eso quiere decir. Creen que no me expreso con suficiente claridad; pero ¿es que estos idiotas la pueden comprender?
–¿Es de mí de quien habla usted?
–No solamente de usted… Hablo en general. Cuando se piensa en todo esto…
Hizo un gesto de desesperación. El dignatario intentó manifestarle su compasión.
–Le comprendo. Es un oficio penoso el suyo, y si yo por mi parte pudiera…
Pero el diablo se enfadó.
–¡Le ruego a usted que no toque a mi vida personal o me veré obligado a enviarle a usted al diablo! Se le presenta una cuestión y usted no tiene más que responder: ¿la muerte o la vida eterna?
Pero el dignatario seguía reflexionando y no podía decidirse. Fuera porque su cerebro comenzara a abismarse o porque nunca hubiera sido muy sólido, el dignatario se inclinaba más bien a la vida eterna. “¿Qué es eso del sufrimiento?”, se decía. ¿No había sido toda su vida una serie de sufrimientos? Y, sin embargo, amaba la vida. No temía los sufrimientos. Pero su corazón cansado pedía reposo, reposo, reposo…
En este momento se le conducía ya al cementerio. A las puertas del departamento de donde había sido jefe se detuvo el cortejo y los curas dieron comienzo a un oficio religioso. Llovía, y todo el mundo abrió los paraguas. El agua a chorros caía de los paraguas, corría por el suelo y formaba charcos en el pavimento.
“Mi corazón está cansado hasta de las alegrías”, continuaba reflexionando el dignatario, al que conducían al cementerio. “No pide más que reposo, reposo, reposo. Quizá sea demasiado estrecho mi corazón, pero estoy terriblemente cansado…”
Y estaba casi decidido por la Nada, la muerte definitiva. Se había acordado de un corto episodio. Fue antes de caer enfermo. Tenía gente en casa, se reían. Él también reía mucho, a veces hasta llorar de risa. Y, sin embargo, precisamente en el momento en que se creía más feliz sintió de repente un deseo irresistible de estar solo. Y para satisfacer este deseo se escondió, como un muchacho que teme que lo castiguen, en un rinconcito.
–¡Pero despache usted! –le dijo el diablo con tono disgustado–. ¡El fin se acerca!
Hizo mal en pronunciar aquella palabra; el dignatario casi se había decidido por la muerte definitiva, pero la, palabra “fin” le espantó y experimentó un deseo irresistible de prolongar su vida a cualquier precio. No comprendiendo ya nada, perdiéndose en sus reflexiones, no pudiendo tomar decisión neta, remitió la solución al Destino.
–¿Se puede firmar con los ojos cerrados? –preguntó tímidamente.
El diablo le echó una mirada bizca y respondió:
–¡Siempre tonterías!
Pero probablemente todos aquellos tratos le tenían fatigado; reflexionó un instante, suspiró y puso de nuevo ante el dignatario el pequeño papel, que más bien parecía un moquero sucio que un documento importante.
El otro tomó la pluma, sacudió la tinta, cerró los ojos, puso el dedo sobre el papel y… precisamente en el último momento, cuando había firmado ya, abrió un ojo y miró.
–¡Ah, qué es lo que he hecho! –gritó con horror, arrojando la pluma.
–¡Ah! –le respondió como un eco el diablo.
Las paredes repitieron esta exclamación. El diablo, marchándose, se echó a reír. Y cuanto más se alejaba, más ruidosa se hacía su risa, semejando una serie de truenos…
En este momento se procedía ya al entierro del alto dignatario. Los pedazos de tierra húmeda caían pesadamente, con un ruido sonoro, sobre la tapa del ataúd. Podría creerse que el ataúd estaba vacío, que no había nadie dentro: tan sonoro era aquel ruido.

Leonid Andreiev

 

 

https://narrativabreve.com/2017/10/cuento-de-leonid-andreiev-la-nada.html

Un cuento breve de Ivan Turguénev

Yo vivía entonces en Suiza… Era muy joven, tenía mucho amor propio y estaba muy solo. Vivía de modo penoso, sin júbilo. Sin haber visto nada aún, me aburría, agotaba y enojaba. Todo en la tierra me parecía ínfimo y trivial, y, como sucede a menudo con los hombres muy jóvenes, acariciaba con malicia secreta la idea del… suicidio. “Les probaré… me vengaré…” -pensaba… ¿Pero qué probar? ¿Qué vengar? Eso yo mismo no lo sabía. En mí, simplemente, se fermentaba la sangre, como el vino en un recipiente taponeado… y me parecía, que debía dejar que se derramara ese vino al exterior, y que era hora de romper el recipiente que lo constreñía… Byron era mi ídolo, Manfredo mi héroe.
Una vez, al atardecer, como Manfredo, decidí dirigirme allí, a la cima de la montaña, por encima de los glaciares, lejos de los hombres, allí donde no había, incluso, vida vegetal, donde se apilaban sólo peñascos muertos, donde se helaba todo sonido, ¡donde no se oía, incluso, el rugido de la cascada!
¿Qué intentaba hacer allí?… no lo sabía… ¡¿Acaso terminar con mi vida?!
Anduve largo tiempo, primero por un camino, después por un sendero, subía más alto… más alto. Ya hacía tiempo que había pasado las últimas casas, los últimos árboles… Las piedras, sólo piedras había alrededor; una nieve cercana, pero aún invisible, soplaba hacia mí un frío áspero; por todas partes, en masas negras, avanzaban las sombras nocturnas.
Me detuve, finalmente.
¡Qué silencio terrible!
Era el reino de la muerte.
Y estaba yo solo allí, un hombre vivo, con toda su pena arrogante, desolación y desprecio… Un hombre vivo, consciente, que se había alejado de la vida y no deseaba vivir. Un terror secreto me helaba, ¡pero yo me imaginaba grandioso!..
¡Un Manfredo, y basta!
-¡Solo! ¡Yo solo! -me repetía, -¡sólo, cara a cara con la muerte! ¿Y acaso no era hora? Sí… era hora. ¡Adiós, mundo ínfimo! ¡Yo te aparto con el pie!
Y de pronto, en ese mismo instante, llegó volando hasta mí un sonido extraño, que no entendí al momento, pero vivo… humano… Me estremecí, presté oídos… el sonido se repitió… Pero eso… ¡eso era el grito de una criatura, de un niño de pecho!.. En esa altura desierta, salvaje, donde toda vida, al parecer, había muerto hacía tiempo y para siempre, ¿el grito de una criatura?
Mi sorpresa, de repente, se convirtió en otra sensación, una sensación de júbilo sofocante… Y corrí sin reparar en el camino, directo hacia ese grito, ¡hacia ese grito débil, lastimero y salvador!
Pronto surgió ante mí una lucecita trémula. Corrí aún más rápido, y a los pocos instantes vi una choza baja. Hecha de piedra, con un tejado plano, aplastado; esas chozas, que por semanas enteras, servían de refugio a los pastores alpinos.
Empujé la puerta entreabierta, e irrumpí en la choza así, como si la muerte me pisara los talones…
Encogida en un banco, una mujer joven le daba el pecho a un niño. Un pastor, probablemente su marido, estaba sentado a su lado.
Ambos me miraron fijamente, pero yo no pude proferir nada; sólo sonreí y asentí con la cabeza…
Byron, Manfredo, los sueños del suicidio, mi orgullo y mi grandeza, ¿adónde se habían ido?..
La criatura seguía gritando, y yo la bendije a ella, a su madre y al marido…
¡Oh grito ardiente de una vida humana, recién nacida, tú me salvaste, tú me curaste!
Vestnik Evropi, 1882

TURGUENEV

 

Cuento breve recomendado: “¡U-Á… U-Á!”, de Iván Turguéniev

 

 

Esas palabras huecas

Hubo un tiempo que dejé de escribirte,
pues a pesar de hacerlo
sentía que en tus respuestas había ausencia.
Dejé de hablarte y me senté a esperar.
Hoy de nuevo escuché que murmuras.
De acuerdo, platiquemos, aunque no respondas,
solo hazme saber que me escuchas.

angelito

Cómo escribir un cuento policíaco, por G.K. Chesterton

Que quede claro que escribo este artículo siendo totalmente consciente de que he fracasado en escribir un cuento policíaco. Pero he fracasado muchas veces. Mi autoridad es por lo tanto de naturaleza práctica y científica, como la de un gran hombre de estado o estudioso de lo social que se ocupe del desempleo o del problema de la vivienda. No tengo la pretensión de haber cumplido el ideal que aquí propongo al joven estudiante; soy, si les place, ante todo el terrible ejemplo que debe evitar. Sin embargo creo que existen ideales para la narrativa policíaca, como existen para cualquier actividad digna de ser llevada a cabo. Y me pregunto por qué no se exponen con más frecuencia en la literatura didáctica popular que nos enseña a hacer tantas otras cosas menos dignas de efectuarse. Como, por ejemplo, la manera de triunfar en la vida. La verdad es que me asombra que el título de este artículo nos vigile ya desde lo alto de cada quiosco. Se publican panfletos de todo tipo para enseñar a la gente las cosas que no pueden ser aprendidas como tener personalidad, tener muchos amigos, poesía y encanto personal. Incluso aquellas facetas del periodismo y la literatura de las que resulta más evidente que no pueden ser aprendidas son enseñadas con asiduidad. Pero he aquí una muestra clara de sencilla artesanía literaria, más constructiva que creativa, que podría ser enseñada hasta cierto punto e incluso aprendida en algunos casos muy afortunados. Más pronto o más tarde, creo que esta demanda será satisfecha, en este sistema comercial en que la oferta responde inmediatamente a la demanda y en el que todo el mundo está frustrado al no poder conseguir nada de lo que desea. Más pronto o más tarde, creo que habrá no sólo libros de texto explicando los métodos de la investigación criminal sino también libros de texto para formar criminales. Apenas será un pequeño cambio de la ética financiera vigente y, cuando la vigorosa y astuta mentalidad comercial se deshaga de los últimos vestigios de los dogmas inventados por los sacerdotes, el periodismo y la publicidad demostrarán la misma indiferencia hacia los tabúes actuales que hoy en día demostramos hacia los tabúes de la Edad Media. El robo se justificará al igual que la usura y nos andaremos con los mismos tapujos al hablar de cortar cuellos que hoy tenemos para monopolizar mercados. Los quioscos se adornaran con títulos como La falsificación en quince lecciones o ¿Por qué aguantar las miserias del matrimonio?, con una divulgación del envenenamiento que será tan científica como la divulgación del divorcio o los anticonceptivos.
Pero, como a menudo se nos recuerda, no debemos impacientarnos por la llegada de una humanidad feliz y, mientras tanto, parece que es tan fácil conseguir buenos consejos sobre la manera de cometer un crimen como sobre la manera de investigarlos o sobre la manera de describir la manera en que podrían investigarseMe imagino que la razón es que el crimen, su investigación, su descripción y la descripción de la descripción requieren, todas ellas, algo de inteligencia. Mientras que triunfar en la vida y escribir un libro sobre ello no requieren de tan agotadora experiencia.
En cualquier caso, he notado que al pensar en la teoría de los cuentos de misterio me pongo lo que algunos llamarían teórico. Es decir que empiezo por el principio, sin ninguna chispa, gracia, salsa ni ninguna de las cosas necesarias del arte de captar la atención, incapaz de despertar o inquietar de ninguna manera la mente del lector.
Lo primero y principal es que el objetivo del cuento de misterio, como el de cualquier otro cuento o cualquier otro misterio, no es la oscuridad sino la luz. El cuento se escribe para el momento en el que el lector comprende por fin el acontecimiento misterioso, no simplemente por los múltiples preliminares en que no. El error sólo es la oscura silueta de una nube que descubre el brillo de ese instante en que se entiende la trama. Y la mayoría de los malos cuentos policíacos son malos porque fracasan en esto. Los escritores tienen la extraña idea de que su trabajo consiste en confundir a sus lectores y que, mientras los mantengan confusos, no importa si les decepcionan. Pero no hace falta sólo esconder un secreto, también hace falta un secreto digno de ocultar. El clímax no debe ser anticlimático. No puede consistir en invitar al lector a un baile para abandonarle en una zanja. Más que reventar una burbuja debe ser el primer albor de un amanecer en el que el alba se ve acentuada por las tinieblas. Cualquier forma artística, por trivial que sea, se apoya en algunas verdades valiosas. Y por más que nos ocupemos de nada más importante que una multitud de Watsons dando vueltas con desorbitados ojos de búho, considero aceptable insistir en que es la gente que ha estado sentada en la oscuridad la que llega a ver una gran luz; y que la oscuridad sólo es valiosa en tanto acentúa dicha gran luz en la mente.
Siempre he considerado una coincidencia simpática que el mejor cuento de Sherlock Holmes tiene un título que, a pesar de haber sido concebido y empleado en un sentido completamente diferente, podría haber sido compuesto para expresar este esencial clarear: el título es “Resplandor plateado” (“Silver Blaze”).
El segundo gran principio es que el alma de los cuentos de detectives no es la complejidad sino la sencillez. El secreto puede ser complicado pero debe ser simple. Esto también señala las historias de más calidad. El escritor está ahí para explicar el misterio pero no debería tener que explicar la propia explicación. Ésta debe hablar por sí misma. Debería ser algo que pueda decirse con voz silbante (por el malo, por supuesto) en unas pocas palabras susurradas o gritado por la heroína antes de desmayarse por la impresión de descubrir que dos y dos son cuatro. Ahora bien, algunos detectives literarios complican más la solución que el misterio y hacen el crimen más complejo aún que su solución.
En tercer lugar, de lo anterior deducimos que el hecho o el personaje que lo explican todo, deben resultar familiares al lector. El criminal debe estar en primer plano pero no como criminal; tiene que tener alguna otra cosa que hacer que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer en el proscenio. Tomaré como ejemplo el que ya he mencionado, “Resplandor plateado”. Sherlock Holmes es tan conocido como Shakespeare. Por lo tanto, no hay nada de malo en desvelar, a estas alturas, el secreto de uno de estos famosos cuentos. A Sherlock Holmes le dan la noticia de que un valioso caballo de carreras ha sido robado y el entrenador que lo vigilaba asesinado por el ladrón. Se sospecha, justificadamente, de varias personas y todo el mundo se concentra en el grave problema policial de descubrir la identidad del asesino del entrenador. La pura verdad es que el caballo lo asesinó.
Pues bien, considero el cuento modélico por la extrema sencillez de la verdad. La verdad termina resultando algo muy evidente. El caballo da título al cuento, trata del caballo en todo momento, el caballo está siempre en primer plano, pero siempre haciendo otra cosa. Como objeto de gran valor, para los lectores, va siempre en cabeza. Verlo como el criminal es lo que nos sorprende. Es un cuento en el que el caballo hace el papel de joya hasta que olvidamos que una joya puede ser un arma.
Si tuviese que crear reglas para este tipo de composiciones, esta es la primera que sugeriría: en términos generales, el motor de la acción debe ser una figura familiar actuando de una manera poco frecuente. Debería ser algo conocido previamente y que esté muy a la vista. De otra manera no hay auténtica sorpresa sino simple originalidad. Es inútil que algo sea inesperado no siendo digno de espera. Pero debería ser visible por alguna razón y culpable por otra. Una gran parte de la tramoya, o el truco, de escribir cuentos de misterio es encontrar una razón convincente, que al mismo tiempo despiste al lector, que justifique la visibilidad del criminal, más allá de su propio trabajo de cometer el crimen. Muchas obras de misterio fracasan al dejarlo como un cabo suelto en la historia, sin otra cosa que hacer que delinquir. Por suerte suele tener dinero o nuestro sistema legal, tan justo y equitativo, le habría aplicado la ley de vagos y maleantes mucho antes de que lo detengan por asesinato. Llegamos al punto en que sospechamos de estos personajes gracias a un proceso inconsciente de eliminación muy rápido. Por lo general, sospechamos de él simplemente porque nadie lo hace. El arte de contar consiste en convencer, durante un momento, al lector no sólo de que el personaje no ha llegado al lugar del crimen sin intención de delinquir si no de que el autor no lo ha puesto allí con alguna segunda intención. Porque el cuento de detectives no es más que un juego. Y el lector no juega contra el criminal sino contra el autor.
El escritor debe recordar que en este juego el lector no preguntará, como a veces hace en una obra seria o realista: ¿Por qué el agrimensor de gafas verdes trepa al árbol para vigilar el jardín del médico? Sin sentirlo ni dudarlo, se preguntará: ¿Por qué el autor hizo que el agrimensor trepase al árbol o cuál es la razón que le hizo presentarnos a un agrimensor?. El lector puede admitir que cualquier ciudad necesita un agrimensor sin reconocer que el cuento pueda necesitarlo. Es necesario justificar su presencia en el cuento (y en el árbol) no sólo sugiriendo que lo envía el Ayuntamiento sino explicando por qué lo envía el autor. Más allá de las faltas que planea cometer en el interior de la historia debe tener alguna otra justificación como personaje de la misma, no como una miserable persona de carne y hueso en la vida real. El lector, mientras juega al escondite con su auténtico rival el autor, tiende a decir: Sí soy consciente de que un agrimensor puede trepar a un árbol, y sé que existen árboles y agrimensores. ¿Pero qué está haciendo con ellos? ¿Por qué hace usted que este agrimensor en concreto trepase a este árbol en particular, hombre astuto y malvado?
Esto nos conduce al cuarto principio que debemos recordar. La gente no lo reconocerá como práctico ya que, como en los otros casos, los pilares en que se apoya lo hacen parecer teórico. Descansa en el hecho que, entre las artes, los asesinatos misteriosos pertenecen a la gran y alegre compañía de las cosas llamadas chistes. La historia es un vuelo de la imaginación. Es conscientemente una ficción ficticia. Podemos decir que es una forma artística muy artificial pero prefiero decir que es claramente un juguete, algo a lo que los niños juegan. De donde se deduce que el lector que es un niño, y por lo tanto muy despierto, es consciente no sólo del juguete, también de su amigo invisible que fabricó el juguete y tramó el engaño. Los niños inocentes son muy inteligentes y algo desconfiados. E insisto en que una de las principales reglas que debe tener en mente el hacedor de cuentos engañosos es que el asesino enmascarado debe tener un derecho artístico a estar en escena y no un simple derecho realista a vivir en el mundo. No debe venir de visita sólo por motivos de negocios, deben ser los negocios de la trama. No se trata de los motivos por los que el personaje viene de visita, se trata de los motivos que tiene el autor para que la visita ocurra. El cuento de misterio ideal es aquel en que es un personaje tal y como el autor habría creado por placer, o por impulsar la historia en otras áreas necesarias y después descubriremos que está presente no por la razón obvia y suficiente sino por ls segunda y secreta. Añadiré que por este motivo, a pesar de las burlas hacia los noviazgos estereotipados, hay mucho que decir a favor de la tradición sentimental de estilo más lector o más victoriano. Habrá quien lo llame un aburrimiento pero puede servir para taparle los ojos al lector.
Por último, el principio de que los cuentos de detectives, como cualquier otra forma literaria, empiezan con una idea. Lo que se aplica también a sus facetas más mecánicas y a los detalles. Cuando la historia trata de investigaciones, aunque el detective entre desde fuera, el escritor debe empezar desde dentro. Cada buen problema de este tipo empieza con una buena idea, una idea simple. Algún hecho de la vida diaria que el escritor es capaz de recordar y el lector puede olvidar. Pero en cualquier caso la historia debe basarse en una verdad y, por más que se le pueda añadir, no puede ser simplemente una alucinación.
G.K. Chesterton
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El origen del mal de Leon Tolsotói

En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.
En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.
-El mal procede del hambre -declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema-. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.
El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.
leon-tolstoi-Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella “¿Habrá comido?”, nos preguntamos. “¿Tendrá bastante abrigo?” Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.
-No; el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.
El ciervo no fue de este parecer.
-No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.
Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:
-No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.

El pescador y el pez dorado de Alexandr Puchkin

Érase una vez un pescador anciano que vivía con su también anciana esposa en una triste y pobre cabaña junto al mar. Durante treinta y tres años el anciano se dedicó a pescar con una red y su mujer hilaba y tejía. Eran muy pero que muy pobres.
Un día, se fue a pescar y volvió con la red llena de barro y algas.
La siguiente vez, su red se llenó de hierbas del mar. Pero la tercera vez pescó un pequeño pececito.
Pero no era un pececito normal, era dorado. De repente, el pez le dijo con voz humana:
-Anciano, devuélveme al mar, te daré lo que tú desees por caro que sea.
Asombrado, el pescador se asustó. En sus treinta y tres años de pescador, nunca un pez le había hablado. Entonces le dijo con voz cariñosa:
-¡Dios esté contigo, pececito dorado! Tus riquezas no me hacen falta, vuelve a tu mar azul y pasea libremente por la inmensidad.
Cuando volvió a casa, le contó a la anciana el milagro: que había pescado un pez dorado que hablaba y que le había ofrecido riquezas a cambio de su libertad. Pero que no fue capaz de pedirle nada y lo devolvió al mar. La anciana se enfadó y le dijo:
-¡Estás loco! ¡Desgraciado! ¿No supiste qué pedirle al pescado? ¡Dale este balde para lavar la ropa, está roto!
Así, se volvió al mar y miró. El mar estaba tranquilo aunque las pequeñas olas jugueteaban. Empezó a llamar al pez que nadó hasta su lado y con mucho respeto le dijo:
-¿Qué quieres, anciano?
-Su majestad pez, mi anciana mujer me ha regañado. No me da descanso. Ella necesita un nuevo balde porque el nuestro está roto.
El pez dorado contestó:
-No te preocupes, ve con Dios, tendrás un balde nuevo.
Volvió el pescador con su mujer y ella le gritó:
-¡Loco, desgraciado! ¡Pediste, tonto, un balde! Del balde no se puede sacar ningún beneficio. Regresa, tonto, pídele al pez una isba.
Así volvió el viejo al mar y este estaba revuelto. Llamó de nuevo al pez y este le preguntó:
-¿Qué quieres, anciano?
-Su majestad pez, mi anciana mujer me ha regañado aún más. No me da descanso. La anciana amargada pide una isba.
El pez dorado contestó:
-No te preocupes, ve con Dios, tendrás una isba.
Cuando volvió, se encontró a la anciana sentada en una piedra y, a sus espaldas, había una maravillosa isba con chimenea de ladrillo y un gran portón.
No quedaba rastro de la cabaña de madera.
-¡Estás loco! Desgraciado! -volvió a gritarle la anciana-. No quiero vivir como una pobre campesina, quiero ser una burguesa.
De nuevo, volvió al mar a buscar al pez. El mar no estaba en absoluto tranquilo. Llamó al pez y este le dijo:
-¿Qué quieres, anciano?
-Su majestad pez, mi anciana mujer me ha regañado nuevamente. No me da descanso. Ella quiere dejar de ser campesina, quiere ser burguesa.
-No te preocupes, anciano. Ve con Dios.
Cuando volvió, vio a su esposa ataviada con ropas caras, un collar de perlas, botas rojas y una corona. Tenía criados a los que azotaba continuamente.
El viejo le dijo:
-¡Buenos días, noble señora! ¡Estarás ahora contenta!
Pero ella ni lo miró y lo hizo llevar a las cuadras.
Volvió a obligarle a ir al mar por la fuerza. Incluso llegó a pegarle en la cara.
Ya no quería ser burguesa y le dijo que le pidiera al pescado que la convirtiera en zarina. Eso hizo el anciano. Volvió al mar, que estaba de color negro y agitado y le pidió al pez lo que su anciana mujer le había solicitado.
Cuando volvió a la aldea, su mujer estaba sentada en una gran mesa llena de manjares y servida por infinidad de criados. Detrás había soldados con hachas que vigilaban su seguridad. El viejo hizo una reverencia y le dijo:
-¡Buenas, su alteza zarina! -y ella lo hizo sacar de allí a palos y casi le dan con las hachas.
Esa semana la anciana lo hizo llamar de nuevo. Le dijo que quería ser la dueña del mar y poseer incluso al pez mágico. Lo mandó de vuelta al mar para que cumpliera con sus deseos.
El anciano le dijo al pez que su mujer quería ser la dueña de todo, vivir en el mar y por supuesto, poseerlo a él. El mar estaba absolutamente revuelto. Había una tormenta con olas tremendamente grandes y daba miedo acercarse.
El pez le salpicó con la cola y no dijo nada.
De repente, el anciano se encontró en su barca pescando con su vieja red. En la orilla, su anciana y amargada mujer estaba sentada frente a la casucha en la que habían vivido siempre.
A sus pies, estaba el balde roto.

pescador y pez

Tomado de https://ciudadseva.com/texto/el-pescador-y-el-pez-dorado/

MIRANDO MÁS ALLÁ: un poco sobre la vida después de la muerte

a través de MIRANDO MÁS ALLÁ: un poco sobre la vida después de la muerte

Los amigos

Cobijado por la tarde vieja, los amigos se despiden, cada quien marcha por diferente camino, unos a pie, otros en mulas. lejos, ondean el sombrero; uno de ellos, quién está próximo a desaparecer, da la vuelta y sobre la colina el arriero chifla tres veces, deseando buena ventura, el que va hacia la sabana, se detiene y le contesta. Se vuelven diminutos y se pierden. Tal vez nunca volverán a verse, quizá en la próxima fiesta. Un año se va rápido.

A grandes males… Alejandra días Ortiz

Jana clavó sus ojos en los de Miguel. Aunque húmedos, no se permitió ni un sólo parpadeo. Le estaba pidiendo que se separaran por sexta vez en los cinco años que llevaban juntos. No se habían casado, pero su amarre era aún más estoico que la firma en un papel. Era tan inexorable el nudo que, a pesar de llevar tanto tiempo destruyéndolo, eran incapaces de estar separados. Y, cuando lo habían estado, apenas habían sido unos pocos días, cuando mucho un mes. Sabían que no debían estar cerca uno del otro por una cuestión ya no de salud emocional, sino de simple integridad fisica. Pero eran incapaces de sentirse en la misma vida y no juntar sus miserias.
Miguel le sonrió. Tomó su mano entre las suyas, la acarició cariñosamente. Pausadamente, como midiendo cada palabra, le dijo:
-Mira, la única razón que se me ocurre para dejarte es que aparezca otra mujer…
El fin de semana siguiente, Jana le presentó a Teresa.

alejandra-diaz-ortiz

Autora de «Pizca de sal» (Trama editorial, 2012) y «Cuentos chinos» (Trama editorial, 2009). Su primera novela corta, «Julia» ha sido publicada por ViveLibro Editorial, 2013. Actualmente, está presentando «No hay tres sin dos», editado por Trama editorial (2014).
Mexicana de nacimiento, al lado izquierdo de cualquier frontera. Analfabeta pasional confesa. Pagana. Ni guapa ni fea: simpática y educada.
Pase, la puerta está abierta

https://alejandradiazortiz.wordpress.com

Alejandra Díaz-Ortiz
Cuentos chinos.Trama Editorial 2009