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Archivo del autor: Rubén Garcia García - Sendero
Médico recién jubilado.Nací en Álamo, Veracruz, en 1946, vivo en la ciudad de Poza Rica,. Egresado de la UNAM. Trabajé en la facultad de medicina de la Universidad Veracruzana.
Las historias:
La danza de las fuerzas libro de ficción breve cuya autoría es Rubén García García
He sido antologado en Cien fictiminimos,( Edit.Ficticia)
Alebrije de la palabra, (Universidad Autónoma de Puebla)
Minibichiario, (edit. Ficticia)
Lectura de locos,( edit. GH)
Cuentos pequeños grandes lectores. 2015
Eros y afrodita Edit. Ficticia 2017
O dispara usted o disparo yo
Textos en libros de primaria de la editorial Sm de Puerto Rico y en revistas tanto de papel como electrónicas.
Antes de expirar, tu hijo el que fue bendecido por tus desvelos, dice: «qué bien que ya se va». La esposa y la hija que llevan dos años prodigándole cuidados y cubriendo gastos médicos, se quedan en silencio. La esposa llora y la hija sabe que no es por la muerte del finado. Anoche su mamá se quedó cuidándole y el frasco de sedantes está en la basura.
Jorge Luis Borges visitó la ciudad de México en 1973. Amable, accedió a todos los «impiadosos compromisos» que, según sus palabras, «confundían a un modesto autor con un pésimo actor». De la breve entrevista que sostuvo con el Licenciado Luis Echeverría se sabe poco. El extinto periodista colombiano Miguel Cantero le preguntó meses después por la impresión causó el mandatario. A lo cual Borges respondió:
«Nunca me tomé en serio. Pero si ése es el presidente, prefiero no imaginar al gobierno». A su llegada al país, el escritor argentino «pidió un favor» a sus anfitriones. Quería hablar con Juan Rulfo. Le sugirieron entonces un desayuno. «Pido clemencia -respondió-. Prefiero los atardeceres. Las mañanas me derrotan. Ya no tengo el brío ni las fuerzas para entregar al día lo que se merece. Hoy el crepúsculo me sienta mejor. Sólo quiero conversar con mi amigo Rulfo».
Reproducimos la conversación sin reclamo alguno de presión. Las fuentes son demasiado vagas para permitirlo:
Rulfo: Maestro, soy yo, Rulfo. Que bueno que ya llegó. Usted sabe como lo estimamos y lo admiramos.
Borges: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.
Rulfo: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.
Borges: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.
Rulfo: No, eso sí que no. Juan cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.
Borges: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?
Rulfo: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.
Borges: Entonces no le ha ido tan mal.
Rulfo: ¿Cómo así?
Borges: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.
Rulfo: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.
Borges: Le voy a confiar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospechoso que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.
Los cascos de la yegua resonaron con eco en el empedrado del pueblo. Parecía que todos dormían la siesta. Había señales de un pasado esplendoroso: figuras talladas en las ventanas de cedro, con el vidrio astillado. Huellas de la opulencia que se negaba a desaparecer. La maleza crecía en los jardines, las trepadoras subían por las paredes de piedra. En los tejados, como urracas centinelas, se balanceaba los helechos. La iglesia majestuosa. El pueblo fue paso obligado de los mercaderes de la vainilla. Cuando los precios bajaron llegó la penuria. Los pudientes se llevaron su dinero, dejaron sus casas y se hospedaron en la capital. Se quedaron los viejos los enfermos de amor a la tierra. Otros huyeron porque tienen fuga en la sangre y la mayoría para no morir de hambre.
Hoy leo que habrá una feria de globos en un pueblo mágico. Aún huele a vainilla. Renació el lustre de las casas, la sonrisa de los niños y los que se fueron estarán en algún cementerio de la capital.
Fuiste reina blanca, yo, alfil negro. Un día en la vida decidimos ser viento y fecundar con sonidos a la hierba. Hubo flores en nuestras vidas, aromas de fuego en tus nevados. También hubo tiempos en que la tierra se hizo gris y abrieron fuego los tambores. Hay en el ejido: sol, silencio y soledad.
Originalmente publicado en El blog de una empleada doméstica: ¿Por qué habrá vidas tan desgraciadas y otras tan afortunadas? No lo sé. Algunos lo atribuirán a la suerte, al azar, al tan nombrado karma, a la disposición personal o a una mezcla de todos estos factores juntos. Luego hay muchas vidas normalitas, sin demasiados…
En este recorrido que venimos haciendo por temáticas, nacionalidades… y que reúne en cada artículo varios cuentos (no todos ellos microrrelatos sino que he ampliado a relatos más extensos) he ido descubriendo algunas historias que se enlazan por un personaje o por alguna otra particularidad. Es por esto que iré intercalando algunos artículos con las […]