En el quicio, los pichones picotean sus plumas, y esperan a la mujer que canturrea salga a darle de comer a los cotorros. Las perras dormitan y no hacen nada por espantar a las palomas que rodean hambrientas la jaula de los pericos. Saben las perras que su alimento no será tocado. Un día las descaradas pagaron cara su osadía y una de ellas fue traspasada por sus colmillos.
Hay un perico pequeño con el que tampoco se meten y es que él eriza sus plumas y ladra como el perro doberman del vecino.








