ISA HDEZ Mientras esperaba que la peluquera me atendiera la observaba como peinaba a la anterior parroquiana y embelesada me fijé en ese movimiento continuo de brazos cual si fuera una bailarina danzando sin parar un segundo arrastrando a la vez todo el cuerpo que giraba de un lado al otro en movimientos coordinados con […]
VIDAS Alrededor de una supuesta visita del célebre Raymond Carver a Argentina, y su mujer de entonces, la también poeta Tess Gallagher, se tejió un malentendido que dura hasta hoy. Hablamos con Gallagher y algunos de los protagonistas. El 24 de marzo de 1986, Raymond Carver publicó su poema «Cutlery» en el New Yorker. En […]
En el camino hacia su casa el músico me explicaba que ya había nacido uno y que el otro no podía. El otro estaba atravesado. Un producto en transversa, en cualquier parte, es cesárea. Y ahora él me decía: «haga lo que pueda médico. Si se va a morir, es mejor que se muera aquí» Faltaba una hora para el amanecer. Aullaban los perros y la brisa traía el olor de las limonarias.
Para fortuna mía la parturienta hablaba español y dos parteras estaban presentes, que intentaron salir en cuanto me vieron, pero les dije que ellas me ayudarían. Quité las imágenes religiosas de la mesa, y ayudamos a la señora a subirse y tenderse sobre ella. Colgué de las vigas dos frascos con suero y canalicé una vena, que previamente había entablillado el brazo para protegerla. Las señoras me servirían para levantar sus piernas. Por fortuna tenía un buen arsenal de medicinas, que poco a poco fui reuniendo cuando hacía mis prácticas hospitalarias. Una hora después, la luz del cuarto mejoró con dos lámparas de gasolina. Cómo si fuese un viaje, todo parecía estar en orden, estaba a punto de partir con mis pasajeros. Ella había tomado bríos con el suero y su cara se había destensado al percibir que la acompañaríamos. Afuera los gallos cantaban en relevos. En el suero estaban las sustancias que llevarían a la pasajera a un sueño profundo, quizá unos diez minutos, críticos, vitales. El borde entre la vida y la muerte.
Antes de la cesárea los médicos de aquel tiempo intentaban lo siguiente. Yo parecía escuchar aquella clase en que el viejo maestro nos dictaba: «Metan la mano y traten de localizar el producto, dónde la cabeza, donde están los pies. Localicen la mano y traten de saludarlo, si su mano encaja, podrán imaginarse cómo está situado. Recorran el cuerpo para llegar a sus pies y sujétenlo, trabando sus dedos entre los dos tobillos. Muy despacio, lleven los pies hacia el pubis, y al llegar harán que de una maroma. Sacaran los pies y a lo último quedará la cabeza. Una equivocación y la matriz se desgarrará».
Han trascurrido muchos años y lo recuerdo como si fuese ayer. El día en que una mano invisible entró a la yema de mis dedos y me dio la increíble belleza de salvar a una madre y a su hijo.
En la madrugada, frente a su casa, hablé con el músico. Lejos relinchaba un caballo. —Tu mujer está mal, el niño está atravesado. Hay que trasladarla a un hospital. —No tengo dinero doctor. Usted sabe lo que ganamos y lo caro que sería una operación. Además ¿Cómo la llevamos? Me quedé callado. Había un cielo sin estrellas. —Dígame médico ¿podemos hacer algo? Tardé en contestar. La alborada estaba a la vuelta de la esquina. Ya uno que otro gallo cantaba. —Corremos el riesgo de que se muera. —Como quiera se va a morir doctor. Mire, si decido llevarla, habrá que cargar con ella. Serían seis horas de camino hasta el río. Si está el lanchero cruzaremos rápido, pero del otro lado habrá que esperar a que pase algún vehículo y nos haga el favor. Y si se me muere allá ¿cómo la traemos? De que se muera allá, mejor que se muera aquí… «Qué poca madre tiene, pero no le falta razón». Y entré de nuevo a la vivienda a enfrentarme con algo que solamente había leído en los libros y en la vos de un viejo maestro.
Los truenos se oyen cada vez más cerca. La luz apenas se unta en los bordes y me aterra el relámpago que enciende el almendro y lo exhibe en su fragilidad. Asi veo la radiografía de mi papá, cuando el médico la pone en la pantalla y dice: «llévenlo a terapia intensiva»
Mamá y yo seguimos con la mirada la camilla dondeva mi padre.
Ella debía ser madre, como corresponde a las chicas normales y guapas. De ahí la pena social por abortar: miedo, culpa, desprecio. Primero de sí para sí; luego, de todos. Subyace la idea de pecado, así que el sistema se robustece cuando la transgresión es castigada. Vaya película predecibl ¿Y si no? ¿Si para alguna […]
Frente a mí, una bella mujer descruza las piernas y no puedo evitar verle su ropa interior. Ruborizada me dice » ¡ay ya lo retraté! » Una expresión usada en mis días de escolar, por el mismo motivo. Con picardía le contesté: sería mejor si nos tomáramos una de cuerpo entero.
La luz traspasa los vidrios de la ventana y se tiende en una sábana color madera proyectando un tablero sobre la cama. Ella, es una reina blanca, él, un alfil negro, que, estremecidos, evocan la reciente victoria..