Los cafetos de Cox de Rubén García García

Sendero

Las gentes de Cox cuidan en sus patios a las plantas de café. Sus hojas parecen boleadas con aceite. Por la mañana, mientras caminas la cuesta quedas en éxtasis, ¡qué espectáculo cuando los cafetales florean!, el color blanco es tan tupido, que bien puede decirse que nieva en el trópico. Los niños ven crecer el fruto, y dia con día el rojo se apodera milimétricamente de la piel de la cereza y la engullen, es una gota de miel. Las abuelas dejan que el fruto se seque en la mata. La llevan al mortero hasta que la carne de la semilla está lista para tostarse en los comales de barro bajo el amparo de su paciencia. El aroma se dispersa y revolotea como niño travieso. Nunca se va, se queda en la memoria y todos los días se despierta.

Poesia japonesa

Sendero

En la montaña

hice una gran fogata.

Versos y poemas

escritos a lo largo

de mi existencia.

Lapislázuli y ágatas,

nubes y espumas,

serpentinas de fuego.

flores de barro.

Caricias y suspiros

que me estremecen.

Apagué la fogata

y me entregué

al murmullo del mar.

Y en la lejanía

las parvadas de gruyas

volaban majestuosas.

Sobre la poesía que no se entiende

compartiendo.

https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2023-04-10/poesia-entender-literatura-espanola-poeta/

La decisión

Sendero

Juana vivía en una vecindad. Por la tarde sacaba la silla fuera de la vivienda y tejía. Sus ojos en el manto y sus oídos en el taconeo. Cuando reconocía el andar de su esposo empezaba a calentar su cena. Desde hace un mes llegaba cerca de la media noche. Lo oía comer, desvestirse y roncar. Sospechaba con buenas razones de que su esposo buscaba o tenía otra mujer.

Hace cinco años se juntó con él. Estaba joven, con cara de niña. y harta. Como fue la mayor, hacia todo y su madre solo sabía hacer hijos con los hombres que se juntaba. No le incomodaban sus hermanos, ellos no tenían culpa, para ellos era su mamá. Tampoco juzga a su madre. Simplemente se hartó y se fue. En poco tiempo se encontró con el que sería su pareja.

En cinco años nunca se le detuvo la regla. Y mujer es la que puede tener hijos y ella no se embarazaba por más que se lo pedía a la virgencita. Vendió los bordados y empeñó su reloj. Fue inútil. Los estudios ni en sueños podía pagarlos y el punto final se lo dio la doctora «tendremos que hacerle estudios a su pareja». Decirle eso a Toño, su marido, es como decirle que no sirve

Ese día aseó la vivienda, lavó la ropa, guisó. Si Toño llegaba temprano, solo calentaría la comida. Salió a la calle con un vestido encendido, pegado y se fue a un parque de luces y cumbia. Se sentó a mirar los anuncios. Después de unos minutos se gritó «si soy yo, maldita sea mi vida» al rato se le acercó un jovencito. Ella dudó. Las piernas le temblaban y el sudor en las manos hizo que las frotara. Escuchó la voz de él, como si ésta hubiese salido del cascarón. «No sea malita, yo también tengo miedo» y eso le dio valor.

Esa noche esperó a Toño y lo incitó a tener sexo. Un día no llegó la menstruación. El esposo volvió a ser el mismo, amable cariñoso y protector de la familia. Cuando el niño cumplió el año, le dijo al oído. ¿Cuándo me darás la niña para tener la parejita?

Nicolas Altobelli, científico planetario: «Ningún ser vivo de la Tierra puede atravesar los 100 km de hielo de Ganímedes»

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https://www.abc.es/ciencia/nicolas-altobelli-responsable-cientifico-ningun-vivo-tierra-20230327160905-nt.html

GAMINEDES LUNA Y MITOLOGÍA

Ganimedes era hijo del rey Tros, que dio su nombre a Troya (o de Laomedonte, según algunas versiones), y descendiente de Dárdano; su madre era Calírroe, hija de Escamandro. Sus hermanos eran Ilo y Asáraco. Este último fue bisabuelo de Eneas.

El rapto de Ganimedes

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Ganimedes fue raptado por Zeus en el monte Ida, en Frigia (que actualmente corresponde a Turquía), lugar de más de una leyenda sobre la historia mítica de Troya. Ganimedes pasaba allí el tiempo de exilio al que muchos héroes se sometían en su juventud, cuidando un rebaño de ovejas o, alternativamente, la parte rústica o ctónica de su educación, junto con sus amigos y tutores. Zeus lo vio, se enamoró de él casi instantáneamente, y enviando un águila o transformándose él mismo en una lo llevó al monte Olimpo.

Ascenso al Olimpo

En el Olimpo, Zeus hizo a Ganimedes su amante, compañero de lecho y copero de los dioses, suplantando a Hebe. Todos los dioses se llenaron de gozo al ver la belleza del joven, salvo Hera, la esposa de Zeus, que lo trató con desprecio. Su odio por el muchacho fue usado por los mitógrafos para justificar su rencor por los troyanos (junto al hecho de no habérsele concedido el premio de belleza en el juicio de Paris y a la infidelidad de Zeus con la pléyade Electra, de cuya unión nació Dárdano, ascendiente de los reyes troyanos). Más tarde Zeus ascendió a Ganimedes al cielo como la constelación de Acuario (el Aguador), que está relacionada con la de Aquila (el Águila).

Asimov maestro enorme

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https://www.lavanguardia.com/magazine/protagonistas/20230406/8869303/isaac-asimov-memorias-gran-maestro-ciencia-ficcion-genio-literatura.html

Lo Que Tengo Lo Llevo Conmigo… — El Rincón de Rovica

Todo lo que tengo lo llevo conmigo, pegado a mi piel, como si fuera mi abrigo. Los silencios  me enseñan a buscar, dentro de mí. Los abrazos me salen del alma. El amor lo doy sin esperar. La tristeza la sé esconder tras la calma. Las fuerzas me nacen del dolor y, el…

Lo Que Tengo Lo Llevo Conmigo… — El Rincón de Rovica

María Moliner La mujer que escribió un diccionario por Gabriel García Márquez

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LA MUJER QUE ESCRIBIÓ UN DICCIONARIO

EL PAÍS – Opinión – 10-02-1981

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Hace tres semanas, de paso por Madrid, quise visitar a María Moliner. Encontrarla no fue tan fácil como yo suponía: algunas personas que debían saberlo ignoraban quién era, y no faltó quien la confundiera con una célebre estrella de cine. Por fin logré un contacto con su hijo menor, que es ingeniero industrial en Barcelona, y él me hizo saber que no era posible visitar a su madre por sus quebrantos de salud. Pensé que era una crisis momentánea y que tal vez pudiera verla en un viaje futuro a Madrid. Pero la semana pasada, cuando ya me encontraba en Bogotá, me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años. María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria, y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Uno de sus hijos, a quien le preguntaron hace poco cuántos hermanos tenía, contestó: «Dos varones, una hembra y el diccionario». Hay que saber cómo fue escrita la obra para entender cuánta verdad implica esa respuesta.

María Moliner nació en Paniza, un pueblo de Aragón, en 1900. O, como ella decía con mucha propiedad: « En el año cero». De modo que al morir había cumplido los ochenta años. Estudió Filosofía y Letras en Zaragoza y obtuvo, mediante concurso, su ingreso al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Se casó con don Fernando Ramón y Ferrando, un prestigioso profesor universitario que enseñaba en Salamanca una ciencia rara: base física de la mente humana. María Moliner crió a sus hijos como toda una madre española, con mano firme y dándoles de comer demasiado, aun en los duros años de la guerra civil, en que no habla mucho que comer. El mayor se hizo médico investigador, el segundo se hizo arquitecto y la hija se hizo maestra. Sólo cuando el menor empezó la carrera de ingeniero industrial, María Moliner sintió que le sobraba demasiado tiempo después de sus cinco horas de bibliotecaria, y decidió ocuparlo escribiendo un diccionario. La idea le vino del Learner’s Dictionary, con el cual aprendió el inglés. Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse. «Es un diccionario para escritores», dijo María Moliner una vez, hablan do del suyo, y lo dijo con mucha razón. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo. Fue contra ese criterio de embalsamadores que María Moliner se sentó a escribir su diccionario en 1951. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Al principio le dedicaba dos o tres horas diarias, pero a medida que los hijos se casaban y se iban de la casa le quedaba más tiempo disponible, hasta que llegó a trabajar diez horas al día, además de las cinco de la biblioteca. En 1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida.

Su hijo Pedro me ha contado cómo trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario. Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas, que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. «Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista. «Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la España de todos los tiempos. Es el defecto mayor de su diccionario, y María Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para corregirlo.

Pasó sus últimos años en un apartamento del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores, que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le llegaba un periodista desperdigado. A uno que Ie preguntó por qué no contestaba las numerosas cartas que recibía le contestó con más frescura que la de sus flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».

El video juego

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La primera vez de Rubén García García

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Camina por la playa. El agua al escurrir por los dedos de sus pies la hacen reir. Se recuesta en una porción de mar que simula una lengua. Salió apresurada por la puerta de atrás. Su madre dormía y su hermana mayor con su vestido amplio estaba sentada sobre las piernas del novio y moviendo la cadera en círculo. Inhala profundo y sus pechos rozan la blusa. Recoge y abre sus piernas. Intentó relajarse, pero los suspiros de la hermana mayor chocaban en su oído. El viento fresco desacomoda su pelo y levanta su blusa. El mar agitado llega con fuerza a su regazo, las olas la abrazan con caricias burbujeantes que la colman. Cerrando los ojos se concentra en el ir y venir y el splash que hacen las burbujas. Algo la ha despertado y la recorre. Su mano salta, a su monte recién poblado, y se une a las lenguas del mar.

El Jardín del Calvo, el árbol de mophane

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El Jardín del Calvo

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El árbol que nos alimenta…indirectamente.

El Mopane (Colophospermum mopane) crece en el sur de África, resulta curioso que sin que podamos comernos sus hojas, frutos o semillas, sea el origen de una fuente de proteínas inesperada que proporciona alimento a millones de personas. ¿Cuál es su secreto?

Para empezar, sus hojas son similares a unas alas de mariposa abiertas ¿Visualizáis la imagen no? Bien, pues cuando hace mucho calor, se pliegan por la mitad y se cierran, de esa manera sufren menos pérdida de humedad y soportan las horas críticas del día. Digamos que sus hojas aletean.

Al cerrar sus hojas, dejan pasar más luz al sotobosque, eso hace que prolifere la biodiversidad bajo su copa, aumente la vida animal y todos se beneficien. El Mopane es un ejemplo de buen vecino.

Su madera trae sorpresa, es tan densa, que se hunde en el agua, así que si vas a la selva, vigila con que tronco quieres hacerte una canoa, no vaya a ser que tengas un disgusto. No, no hacen en África canoas con este árbol, pero si construyen con él cabañas muy sólidas, tanto que repele a las termitas.

Y resulta que aletean sobre sus ramas las mariposas Gonimbrasia belina, que una vez al año escogen estos árboles para poner los huevos en sus hojas, y así, sin darnos cuenta nos vamos acercando al porqué de que este árbol resulte tan comestible.

Esos huevos eclosionan en verano, las larvas son voraces, mucho, aumentan cuatro mil veces su tamaño en seis semanas, los árboles Mopane quedan arrasados, pero ya están acostumbrados y en poco tiempo recuperan todo su follaje.

Ese gusano gordo como el dedo corazón tiene rayas verdes y amarillas además de un moteado negro, útiles para camuflarse de los pájaros, pero no del ojo humano, un humano…con ganas de proteína. A bote pronto nadie diría que es apetitoso, pero lo es, y está lleno de pasta semidigerida de hojas de Mopane, que de esta manera, ahora si, resultan nutritivas para nosotros.

Se recogen gusanos por millones, se hierven en sal y se secan. En vez de Pipas o patatas fritas, en los puestos ambulantes se venden Gusanitos de Mopane, contienen hasta un 60% de Proteína, grasas y minerales, podría pensarse que es un manjar solo apto para gente con pocos escrúpulos o hambre. Nada más lejos de la realidad, su consumo se ha popularizado por distintos países de África, lo cual siempre implica riesgos para los árboles, hay quienes con tal de acceder a los gusanos de los árboles más altos, los talan. Por ese motivo y por dar a las mariposas cierto respiro, se están elaborando programas de protección para este asombroso árbol lleno de sorpresas, un buen vecino que necesita que se le echen una mano de vez en cuando. Una libre de hacha claro.

Macondo

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«Cinco cuentos de diferentes autores preferidos», que el escritor Gabriel García Márquez, releía siempre.

Gabo afirmaba que esta vocación por escribir historias breves provenía de la vida cotidiana y de sus lecturas de otros grandes cuentistas. “La literatura no se aprende en la universidad, sino leyendo y leyendo a los otros escritores».

  1. La breve vida feliz de Francis Macomber»,
    de Ernest Hemingway.

García Márquez solía decir que con Ernest Hemingway había aprendido la “carpintería literaria”, es decir, la técnica para sobrellevar con éxito el oficio narrativo. Lo leyó por primera vez a los veintiséis años en un hotel de Valledupar, cuando trabajaba como vendedor de enciclopedias por todo el Caribe colombiano. Desde entonces estuvo seguro de que Hemingway viviría eternamente en lo más alto de la historia de la literatura universal por haber creado un par de cuentos magistrales. Entre esos, Gabo siempre destacaba “La breve vida feliz de Francis Macomber”. Según contó en una entrevista para la revista Pluma en abril de 1985, es “uno de los cuentos más perfectos que se han escrito”.
En este relato Hemingway habla del miedo y la mayoría de edad que los hombres alcanzan cuando logran enfrentar a la muerte. Es la historia de Francis Macomber, un norteamericano que viaja a África junto a su esposa para cazar a un león. La experiencia, junto al cazador profesional Robert Wilson, cambiará el destino de los esposos Macomber y acabará en un desenlace fatal. La lectura de este cuento ofrece algunas pistas para entender “El verano feliz de la señora Forbes”, un relato que García Márquez escribió muchos años después y que incluyó en su libro Doce cuentos peregrinos.
Francis Macomber era muy alto, muy bien formado si no te importaba que tuviera los huesos tan largos, atezado, con el pelo rapado como un galeote, labios bastante finos, y se le consideraba un hombre apuesto. Llevaba la misma clase de ropas de safari que Wilson, solo que las suyas eran nuevas. Tenía treinta y cinco años, se mantenía muy en forma, era buen deportista, poseía varios récords de pesca mayor, y acababa de demostrarse a sí mismo, a la vista de todo el mundo, que era un cobarde.

  1. «La herencia de Matilde Arcángel», de Juan Rulfo.

Cuando García Márquez llegó a vivir a México el 2 de julio de 1961, (el mismo día en que Hemingway se disparó en a cabeza), todavía no había leído a Juan Rulfo. Ni siquiera sabía quién era. Fue un compatriota, el poeta Álvaro Mutis, el que irrumpió una tarde en su apartamento y puso en sus manos un libro revelador.
– «¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!» –le dijo Mutis.
Era Pedro Páramo. Gabo pasó toda la noche en vela leyendo aquella novela de Juan Rulfo. Luego, alucinado por esa narrativa, consumió todo lo que había escrito el autor mexicano. “La herencia de Matilde Arcángel” lo leyó poco tiempo después en una revista médica que encontró en la antesala de un consultorio. “El resto de aquel año no pude leer a ningún otro autor, porque todos me parecían menores”, confesaría García Márquez en un homenaje realizado a Rulfo en 1980.
En “La herencia de Matilde Arcángel” se narra el vínculo de odio de un padre con su hijo. Euremio Cedillo padre ejercerá un amargo rencor contra Euremio Cedillo hijo, única descendencia de Matilde Arcángel. Todo ocurre en un pueblo solitario de México llamado Corazón de María.
Euremio chico creció a pesar de todo, apoyado en la piedad de unas cuantas almas; casi por el puro aliento que trajo desde al nacer. Todos los días amanecía aplastado por el padre, que lo consideraba un cobarde y un asesino, y si no quiso matarlo, al menos procuró que muriera de hambre para olvidarse de su existencia. Pero vivió. En cambio el padre iba para abajo con el paso del tiempo. Y ustedes y yo y todos sabemos que el tiempo es más pesado que la más pesada carga que puede soportar el hombre. Así, aunque siguió manteniendo sus rencores, se le fue mermando el odio, hasta convertir sus dos vidas en una viva soledad.
Yo los procuraba poco. Supe, porque me lo contaron, que mi ahijado tocaba la flauta mientras su padre dormía la borrachera. No se hablaban ni se miraban; pero aun después de anochecer se oía en todo Corazón de María la música de la flauta; y a veces se seguía oyendo mucho más allá de la media noche.

  1. «La pata de mono», de William.W. Jacobs.

El 24 de julio del 2000, García Márquez respondió en la revista «Cambio», una carta de un lector que le preguntaba su opinión sobre los cuentos en la literatura. Dijo que escribir cuentos era como “vaciar en concreto” o lanzar “una flecha en el centro del blanco”, y mencionó que una joya de este género era “La pata de mono”, de William Wymark Jacobs. “Es un buen ejemplo de cuento compacto e intenso”, escribió.
El relato de Jacobs también fascinó a los escritores argentinos como Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, quienes lo incluyeron en su célebre Antología de la literatura fantástica. En pocas páginas, Jacobs nos cuenta la historia de una pata de mono dotada de poderes mágicos por un faquir de la India que puede conceder tres deseos a tres hombres distintos a cambio de unas consecuencias funestas. La familia White obtiene este extraño objeto a través de un militar y sufre una terrible condena por intentar modificar el curso de su destino.
–«¿Una pata de mono?» -preguntó la señora White.
– «Bueno, es lo que se llama magia, tal vez» –dijo con desgana el sargento.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios; volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
–« A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular»–, dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
– «¿Y qué tiene de extraordinario?»–preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
–«Un viejo faquir le dio poderes mágicos», -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
– «Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas?» –preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
–« Las he pedido» –dijo, y su rostro curtido palideció.
– «¿Realmente se cumplieron los tres deseos?» –, preguntó la señora White.
– «Se cumplieron», –dijo el sargento.
– «¿Y nadie más pidió?», –insistió la señora.
– «Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono –».

  1. «La verdad del caso del señor Valdemar»,
    de Edgar Allan Poe.

Para García Márquez, Edgar Allan Poe era unos de los más grandes escritores norteamericanos junto con Herman Melville y Nathaniel Hawthorne. Su admiración por el escritor estadounidense fue tal que el 7 de octubre de 1949 escribió un artículo para el periódico El Universal en el que analizaba la visión del mundo de Poe e invitaba a su lectura. Lo tituló “Vida y novela de Poe” y fue publicado a propósito del centenario de la muerte del autor.
Sin embargo, no fue sino hasta 12 de mayo de 1981 cuando reveló cuál era su cuento favorito de este autor. Lo hizo en una columna titulada “Como ánimas en pena” que publicó simultáneamente en El País de España y El Espectador. Allí Gabo afirmó que “El caso del doctor Valdemar” era un cuento perfecto, uno de esos relatos “que lo deslumbran a uno desde la primera lectura, y que uno vuelve a leer cada vez que puede”.
El texto de Poe narra el experimento de un hipnotista que logra detener la muerte de un enfermo de tuberculosis cuando lo pone bajo los efectos de sus poderes hipnóticos. A pesar del carácter sobrenatural de la trama, las descripciones que Poe son de una minuciosidad médica fascinante.
Mientras hablaba, se produjo un notable cambio en la apariencia del hipnotizado. Los ojos se abrieron lentamente, aunque las pupilas habían girado hacia arriba. La piel adquirió un tono cadavérico, más parecido al papel que al pergamino, y los círculos hécticos, que hasta ese momento se destacaban claramente en el centro de cada mejilla, se apagaron bruscamente. Usa esta expresión porque la rapidez de su desaparición trajo a mi mente la imagen de una vela que se apaga al soplarla. Al mismo tiempo, el labio superior se replegó, dejando al descubierto los dientes, que antes habían estado totalmente ocultos, mientras la mandíbula inferior caía con un temblor que todos oímos, dejando la boca completamente abierta y mostrando una lengua hinchada y ennegrecida. Supongo que todos los presentes estábamos acostumbrados a los horrores de un lecho de muerte, pero la apariencia del señor Valdemar en este momento era tan horrible que todos nos alejamos de la cama.

  1. «El hombre en la calle», de George Simenon.

“El hombre en la calle” fue un cuento que García Márquez leyó por primera vez en 1949 y volvió a leer por segunda vez cuarenta y cuatro años después. La demora se debió a que el escritor colombiano había regalado la antología de cuentos en el que encontró el texto de Simenon y había olvidado su título. Desde entonces lo buscó sin éxito en todas las librerías y bibliotecas a las que iba. Lo recordaba como un relato magistral, desarrollado en París, donde un inspector perseguía a un hombre en medio de una intriga policial que se resolvía con un sacrificio de amor.
En 1993 la editora Beatriz de Moura le consiguió a Gabo una copia del cuento extraviado. El escritor colombiano quedó tan agradecido por el hallazgo que escribió el prólogo a la edición en español de “El hombre en la calle” que publicó la Editorial Tusquets ese año. Lo tituló “El mismo cuento distinto” y resaltó las dotes narrativas de George Simenon, al que llamó “un autor legendario, aunque no tanto por sus libros como por el modo de escribirlos, y por su fecundidad casi irracional”.
Así empezó una cacería que iba a prolongarse durante cinco días y cinco noches, por entre transeúntes apresurados, en un París indiferente, de bar en bar, de taberna en taberna; por un lado un hombre solo, por otro Maigret y sus inspectores, que se turnaban en la persecución y que, a fin de cuentas, acabaron tan exhaustos como su perseguido.

Gabriel García Márquez.