Me gustas toda.
Eres como una tierra llena de asombros, con flores de nieve sobre las montañas. Osos que parecen pedazos de hielo y arboledas que cubren elefantes y gacelas.
¡Me gustas toda como la tierra!
Tu ternura es sombra que refresca los ardores de la espalda. Percibo la vida cuando tus pies son agua que humedece mis entrañas. Eres tristeza cuando el sol es cubierto y el cielo revienta en cuchillos fríos. Me gustas en tu grito y en tu prudencia. Pues luego habrá sobre mis manos margaritas.
Me gustas como la tierra. Tu ardor que sale de los volcanes, el agua termal de tu vientre
y la paz de un cielo que cubre la floración del maíz. Me gustas circular. Abrazada a mí como el lazo de un gigantesco anillo y canto enloquecido uniendo mi grito al de la vida.
Grito sideral que corre tras las cometas, diciéndote que estás en mí, como yo estoy en la tierra.
Me gustas, eso es todo.
Que importa si no te gusto.
Eres para mi como la mariposa que acaricia, y se va.
¡ Lo bello es saber que llegó a mí! ¡Qué importa que no te guste! Lo esencial es admirarse: cómo se admira la tierra, cómo me sublima la luna. Tú eres circular, no hay parte de ti que no sea como la tierra. Cuando te canto, también me canto. Y así caminaremos por las copas de los árboles. Seremos nubes, niebla, lluvia y anillo de colores que despierte las alboradas.
¡Me gustas toda cómo la tierra!
Velando a Hector Cárdenas
Frente a la casa donde lo despedimos, había unas piedras enormes; abajo el río corría chapoteando; el cielo tenía nubes grises y el sol convulsionaba ofreciendo un brillo de oro sucio.
A mitad del río, un pelícano pescaba y en fila, las garzas inmóviles parecían meditar. Las gaviotas pasaban de un lado a otro aleteando jirones de la noche. El agua con su bamboleo rayaba las orillas, y cuando la lancha rauda rompía la continuidad del manto, el silencio se refugiaba entre las zancas de las aves.
El hombre muerto oía los rezos, pero poco caso les hacía; sólo se veía el reflejo de su silueta en el río cazando los últimos coágulos de luz.
Peleas
Cuando platicamos, pareces una elegante boxeadora. Me engañas con pasitos hacia delante, a los lados, cabeceas y mueves tu cuello con gracia. Poco a poco me llevas a una esquina para acorralarme. Te mueves como sierpe. Cuando llega tu golpe demoledor, me abrazo a ti. En el clinch bailamos, mejilla con mejilla y por instantes golpeo con besos intensos tu cuello y caemos en el ring. Un murmullo, un suspiro y después el chapoteo que hacen los cuerpos al encontrarse.
La campana suena y regresamos a nuestras esquinas, esperando a que el tiempo nos de otra hora.
El trabajo de un dios
basado en una leyenda Totonaca
El leñador se desperezó estirando el cuerpo.
Se calzó las botas y fue por sus arreos.
Con el dedo pulgar comprobó el filo.
Observó a la lejanía y con una leve inclinación de la testa saludó a los cuatro puntos.
Respiró hondo y de a poco fue moviéndose en círculos,
iniciando una danza de gratitud por los bienes concedidos.
Con las manos ceñía el mango del hacha y lo giraba,
cortando gajos de viento con el borde plateado.
Los tacones de sus botas sonaban en el piso como si miles de potros trotaran sobre la estepa.
Avanzaba, se detenía y daba vueltas por encima del piso. Parecía una libélula.
El sudor hacía regatos dibujando el perfil muscular de su cuerpo.
Después la mirada caía sobre los grandes árboles y el sonido de caballos presurosos se transformaba en golpes certeros sobre los tallos.
Provocando el miedo germinal por los estruendos.
El sudor del cuerpo corría por cordones de cristal… .
Las gruesas de leña se disponían como tambores acostados.
Del norte y del sur llegaban vientos que revolvían la oscuridad del cielo. Los hatos rodaban.
El leñador corría de un lado a otro tratando de detener los tambores.
Enojado levantaba el hacha y las luces que caían sobre filo,
se convertían en relámpagos.
Poseído, disparaba rayos hacia la luna, hacia la tierra.
El sudor incesante formaba arroyos que al resbalar por los promontorios cuajaban en cascadas ahogando las ínsulas.
Al volver a danzar, llegaba la calma y daba fin a la furia cuando se dormía ocupando la mitad del cielo.
La esperanza
He podado mi esperanza,
para que no crezca hasta el cielo.
La quiero chica,
tierna;
compatible con la tierra que me abraza.
Agria como el sudor del obrero,
callosa como la arruga del campesino.
No quiero que trepe más allá.
La quiero pequeña.
Para que la miré el niño,
o la señora
que sin quitarse el hato de leña;
pueda sonreír con la mirada
y decirme:
su esperanza es tan grande como la mía.
El gobierno
| Inserté en el “aviso de ocasión” un anuncio donde solicitaba un licenciado en ciencias sociales, con carácter, ambición y capacidad para resolver problemas. Llevaba días entrevistando en una oficina que no es la mía y alejada del centro urbano. Cuando lo tuve frente a mí, vi que era el hombre que buscaba. Frente amplia, de mediana edad, ojos claros y grandes que despertaban simpatía y un movimiento rápido que reconozco sólo en las personas observadoras. Alto, robusto y con la piel aceitunada por frecuentes caminatas bajo el sol. Discutimos el sueldo y acepté su propuesta. Le pagaría de acuerdo a los resultados. La zona indígena de la región de la montaña andaba alborotada. Él tendría que llevar en una mano el pan y en la otra el fuete. Tenía libertad para decidir, si una situación escapaba y había difuntos, yo tendría a quien echarle las culpa. ¡ Joder! En la actualidad los “ chivos expiatorios” le salen caros al gobierno del cambio. |
Suicidio
Y la llama al sentir que a nadie iluminaba, decidió aumentar el fuego y terminar con su soledad.
