LA BÚSQUEDA CAPÍTULO I

Inicio un texto conformado con aspectos de mi vida, otros contados y algunos en donde la imaginación participa. De tal manera  que un hecho pudo haber sucedido, o bien fue soñado. Vigilia, sueño e imaginación se han fundido.  Un título provisional fue » llorando bajo la luz de la luna»  pero bien podría ser paseando por la montaña. El autor.

Terminé mis estudios cuando las plazas de servicio social ya se habían concedido. Meses atrás, fui una hormiga juntando material de curación y medicina. Ignoraba dónde, pero tenía conciencia de que estaría en un pueblo alejado de los centros urbanos.
-Puede buscar una comunidad que no tenga médico y la Secretaría reconocerá su servicio social. Me dijo el encargado de la oficina. Por supuesto, la Secretaría no le daría beca. Agregó.

Me di a la búsqueda de localidades que no tuviesen servicio médico. Mis compromisos eran intensos: casado, dos hijos, sin casa. Vivía con mi suegra. Cruzaba los dedos para tener tino y ubicarme en una comunidad próspera que me permitiera un sustento digno y hacerme de algunos bienes.

Había escuchado historias de médicos que en un año forjaron fortuna. Un maestro decía:
-Si ven que en la comunidad hay un dentista, es seguro que hay tela de donde cortar, pues los servicios dentales son caros.

Visité algunos pueblos que no fueron de mi agrado y a cuanto fulano veía con sombrero y machete al cinto, preguntaba y preguntaba; y preguntando, alguien me dijo:
-Vaya por la sierra, por allá cultivan café, maíz, pimienta, y hay ganado y cedro. Para que llegue pronto, váyase en avioneta.

En el campo aéreo, todos conocían al capitán Camacho quien era el piloto de una avioneta. Yo traía, enlistados, varios pueblos que copié de un mapa.
—El mejor es éste, pero ya tiene médico. Se lo digo porque el doctor viene y va cada quince días. Él es el encargado del centro de salud. El otro pueblo grande es el de arriba, pero es un pueblo difícil, casi nadie habla español y no son queridos los médicos. Le recomiendo el pueblo Cox. Ahora, no tiene médico, ni centro de salud. La población es numerosa, pero la última palabra la tiene usted. Vaya, y si le gusta, pues quédese. Mirar no hace daño.
— ¿Por tierra, qué tiempo hace uno?Sigue leyendo «LA BÚSQUEDA CAPÍTULO I»

El gato de Hilearón

Recién me habían crecido las chiches cuando por la tarde, le pedí permiso a mi papá para visitar a san Ignacio. Es el santo de mi padre.

La verdad, yo quería confesarme, pero de eso, nada dije. La última vez, lo hice por órdenes de mi tía, la beata, y estaba plana del pecho. El padre me impuso estar de rodillas sobre un puño de maíz y repetir una docena de padres nuestros y aves marías. Todo porque había pecado con el pensamiento.

—A tu edad, los pecados son pequeños. Al menos que ya tengas novio.
Me dijo, esa vez, el padre Remigio. Sacerdote que le había dado la confesión a mi madre en su muerte.
—Ni Dios lo quiera, pues usted conoce a mi papá y ya sabe lo delicado que es. A mi hermana mayor
la chingó, sólo porque la vio sonriéndole a Juan, el zapatero.
—Tu papá no dice groserías y tú sí, y es pecado.
—No las dice frente a usted, pero si lo oyera. Alza la voz y maldice, si lo que ve no le gusta. La vez que en los frijoles encontró un cabello, por poco brinca arriba de mi hermana.
—Lo afectó mucho la muerte de tu mamá.
-Pero… Ya tiene tres años y cada vez se hace más enojón y si algo huele mal, le da por arquearse. Nos tiene lavando los trastos, aunque estén lavados. Le tengo miedo, me asusta cuando se enoja, pero también, me da coraje y me da por ser rezongona. Luego, se me pasa y sigo haciendo mis tareas.

Aquí, le dejo un bocadito para que cene. Mi papá quería más, pero le dije que ya no había y se lo traje a usted.
– Ya, vete y reza tres padres nuestros que son buenos para prevenir el pecado.

¡Ay San Ignacio! ¡Mejor te lo cuento a ti! Ya ves que sólo matan res cada ocho días; y esa mañana, mi papá trajo unos bistecs. Es filete y costó caro.
-Voy a salir, al rato regreso a almorzar. Dijo.
-Ponles sal, ajo y pimienta y déjalos un rato en naranja agria. Agregó.Sigue leyendo «El gato de Hilearón»

Una monja en mi casa

 Me llegó la jubilación cuando menos la deseaba. Los hijos se fueron lejos y la mujer fue siguiéndolos y no regresó. Comía en fondas y la ropa la depositaba en la tintorería. Descuidé el aseo, y en el jardín proliferaron los pulgones y los hongos.

Cierta vez, me enfermé. Nada grave, pero las fuerzas menguaron. Agua, pan duro y una bolsa de dulces fue mi alimento. Un día, se presentó una mujer que rondaba por los cincuenta años. Vestida con falda larga oscura, blusa lisa parda y sobre la cabeza, un velo. Parecía sacada de algún convento. Vendría tres veces por semana: limpieza, lavado de ropa y prepararía alimentos para ella y para mí. Estaba satisfecho de sus servicios, pero su atuendo me ponía con un humor de perro viejo.

El velo lo traía sujeto al cuello, empapado de sudor. Le pregunté por qué no se lo quitaba. “Es una manda que tengo que cumplir”. Pidió una escalera para limpiar los vidrios de la ventana y atisbé, sin que lo notara, la lozanía de su piel almendrada. Al terminar sus quehaceres, quedaba en la vivienda un discreto aroma a lavanda y un orden femenino.

Recargado en la poltrona, miraba el patio. Las plantas habían recobrado su verde joven. El durazno aclimatado al calor, enseñaba sus botones rosados. Salí a caminar. Supe que la señora Otilia me ponía de malas; no ella, sino el atuendo oscuro que le cubría casi todo. Para colmo, los pocos amigos que aún me visitaban para jugar y tomarnos las copas, me jodían con sus bromas.

Una de esas tardes de bochorno, dijo:

– Dentro de un mes termino mi manda.

-¡Por fin descansará de tanto trapo que se pone! Acoté.

– Si viera que ya me he acostumbrado.Sigue leyendo «Una monja en mi casa»

Ofrenda de lupitas

El corazón latía muy rápido cuando quería alcanzar a mi hermana; imaginaba mi corazón sacando su lengua por el espacio de mis costillas. Deeini era ágil y ligera. ¡Hasta parece que escucho su carcajada de agua! Subíamos por el camino hasta el punto más alto de la barranca. Mientras la alcanzaba, ella veía a lo lejos la silueta del río, el pedregal blanco, la arena que lucía sus cristales sobre un manto canela y, al lado de las piedras encimadas, el lugar donde mi madre solía lavar. Me acariciaba los cabellos como peinándome con las uñas, diciendo cuanta cosa se le ocurría y de regreso me enseñaba unas hojas a las que yo no les encontraba nada de raro, pero me decía que eran pétalos del niño Dios, pues en diciembre cambiaban de color anunciando el nacimiento de Jesús.

Nos alegraba subir y al llegar, levantábamos los brazos al cielo. Percibíamos el silencio, la gota de agua que al rodar humedecía la roca y luego, acostados con las manos bajo la nuca veíamos las  nubes acariciadas por el viento.

El río era una culebra de relámpagos y fulgores.Sigue leyendo «Ofrenda de lupitas»

No todo está perdido

A los setenta años lo sacudió el deseo de ser extraordinario. No recuerda cuando le llegó, pero fue después de dar un largo paseo y previo a una vigilia adormilada. Una pregunta rondó como mugido. ¿ Cuántas veces estuvo a punto de perder la vida? Se dio respuestas que rápidamente enumeró. «De escolar casi me ahogo, de recién casado, nos asaltaron en un paraje desolado».
Se sonrió. Tenía la habilidad de recordar con nitidez. Y volvió a sentir los olores, los sonidos y el ambiente que le rodeaba las veces que estuvo en peligro. Cuando se dio cuenta había escrito en dos libretas todos los pormenores. Poco a poco fue dándoles forma y las veces que leyó a sus amigos en tardes de copas, recibió buenos comentarios.
Llevó tiempo encontrar a un profesional de la literatura para que le diese una opinión de su narrativa. Una semana después, le comentó con seriedad : “ Vas bien , sigue insistiendo, la literatura es de estar dando de patadas al portón”, días después fue al periódico de la localidad y Sigue leyendo «No todo está perdido»

Metámorfosis

Soñé que corría desorientado por los arenales y los hilos de  las telarañas cruzaban mi cara.  Respiraba  haciendo hipos y  por el frío  de la  madrugada mi cuerpo era un temblor.

Anteayer que leía el periódico, miré hacia  la ventana y no pude percibir el reflejo de mi rostro,  – Lo atribuí al cansancio-. Una mañana frente al espejo,   quitándome una escama de la cara, vi que uno de los dedos  faltaba. Sonreí.  Pues  me  percaté que éste se escondía detrás de los otros.

Los sueños no variaban. Corría entre los arbustos preso de confusión sobre los médanos. En  las espinas quedaban jirones de piel. Algunas veces escuchaba el ruido sordo de mis pisadas, en otras, el murmullo del mar y el silbido de la brisa cuando  ésta roza los tallos secos de las ramas.

Siempre de la oficina a la casa, si acaso pasaba a una tienda a comprar víveres, la mayor parte de las veces latería de salmón, en la creencia que el aceite era bueno para las funciones mentales. Leía y leía y de pie miraba la calle y a la muchedumbre,  hasta que ésta,  quedaba solitaria; moviéndose  solamente los colores del semáforo.

Las noches transcurrían con lentitud. Mi corazón parecía anunciar con su tambor un espectáculo circense – Ese,  donde el lanzador de cuchillos parte a la mitad una manzana y ésta descansa en la testa de una mujer hermosa-. Revoloteaba en la cama como una libélula que aletea dentro de un frasco de vidrio. Cuando me situaba en posición fetal, el corazón parecía ubicarse dentro de mi boca y el latido repercutía en las sienes. Sigue leyendo «Metámorfosis»

Negrura

Hace tiempo dañaste a reyes y aldeanos. Los que sobrevivieron quedaron ciegos y carcomidos. No discriminaste. Hoy vives encarcelada. En mis noches de perversidad mezclo tus ácidos para hacerte más letal. Me incita pensar que un descuido puede ser mi oscuridad. Un día, cuando nadie te nombre y solo seas referente en libros empolvados quitaré tus  grillos. Te dejaré olvidada en algún aeropuerto y quince días después brotarás en forma de vesículas hediondas de pus y de muerte. En la hecatombe te preguntaré: ¿Estás satisfecha?

La ocasión

¿Recuerdas cuando Juana te dijo que ella ya no podía seguir trabajando contigo? Pero que sabía de una prima que podría hacerlo. Le preguntaste si tenía buena presentación y ella contestó con familiaridad que sí. Juana te conocía bien y supo interpretar lo que tu querías decirle, pues al responderte movió las manos dibujando dos paréntesis.
Dos días más tarde llegó con su prima. Joven, bien formada, con acné en la frente y respondía al nombre de María. Habló lo elemental y mirando hacia abajo. Tenía conocimiento de primeros auxilios. Trabajaría por la mañana y por la tarde y sus obligaciones serían: mantener el local aseado, ordenar el medicamento, recibir la consulta, tomar signos vitales y ayudarte con la clientela femenina.
Por ese tiempo eras parte de un club de corredores por tu afición. Te veías delgado, elástico y resistente. Todos los días corrías de veinte a treinta minutos y los domingos trotabas con media docena de corredores. El local no tenía lujos, pero si era amplio y cómodo. Como una breve casa. Tu compromiso: atender de las nueve de la mañana a dos de la tarde.
Salió lista la muchacha: inyectaba, ponía sueros, y poco a poco enseñaste las complicadas formulas de las medicinas y cómo preparar pomadas de manera artesanal. Amén de que con paciencia la instruiste de cómo insertar un espejo vaginal y tomar muestras para el diagnóstico de cáncer. Me atrevo a decir, que mirar de cerca los aspectos íntimos dio oportunidad para dialogar sin prejuicios. En dos meses Sigue leyendo «La ocasión»

El perfume

Pensó que dicha botica no existía, al encontrarla redobló las esperanzas. Al cruzar la puerta percibió un olor de antigüedad  y, al recargarse sobre el mostrador de cedro el aroma se hizo penetrante.
Deseaba un perfume. El anciano se le acercó. Lo  atendió como si fuese un viejo cliente que recién llega de un largo viaje. Después desapareció tras de una puerta que parecía de juguete.
— Por favor aspire y me dice si es de su agrado.
Con el primero sintió la soledad de su niñez; con el segundo, apretó los ojos y  llegaron sensaciones vagas de una novia a la que jamás le dio un beso. En el tercero se vio de la mano con Martha. Una nueva aspirada y se encontró con dos años de coincidencias. Esas pláticas tan intensas donde el sueño se espanta; en el que las intimidades brincaban de la sábana al cielo.
Al día siguiente ordenó un ramo de flores, sobresaliente en rojos y amarillos.
—Rosas, de preferencia.
— ¿Adónde se las envío? —preguntó el dependiente— olisqueando el aroma sin tiempo.
— Al cruce de la Divina Providencia y Santa Fátima de los Remedios.
— ¿En qué colonia?
—En ninguna: es en el cementerio municipal.
Ya en el centro de la ciudad vio  a un grupo de universitarias que con sus libros bajo el brazo caminaban delante de él. Y exclamó para sí, ¡Lo que tengo  que hacer para cumplir la promesa de no olvidar!

 

Los patos

Llegué al pueblo cuando los patos volaban rumbo al sur. La choza olía a cera, a silencio. A ella confesé mi ánimo indiferente. Juntó hojas, flores y aceites que al hervir dejaron escapar aromas de raíces tiernas.

—Debe tomar la poción al anochecer.

Me despeñé en un sueño. Me vi en una procesión. Mi dedo medio parecía un cabo de vela. Llegué al altar frente a la sacerdotisa. Ella, ocultando mi cara con su túnica, besó mi boca y degusté el sabor de las almendras dulces. Desperté sudoroso, tratando de tomar una bocanada de aire. Los cantos de fe envolvían mis oídos, pero no lo suficiente, pues el graznar agudo de los patos enmudecían los golpes que propinaba al féretro al tratar de salir.

¿Los patos regresaban o se iban? Nunca lo supe.

Lágrimas negras

La mañana es húmeda y fría. Hace quince noches que la lluvia pertinaz se escurre por las callejuelas del pueblo ahogando los campos sembrados de papa. En la aridez, los viejos soplan sus manos para calentar el pulpejo de los dedos. Las nubes, percudidas de sombra presagian que el mal tiempo seguirá.
Los pobladores oran, y el murmullo busca un trozo de cielo dónde asirse; mas las gotas lo devuelven a la tierra.
Cuatro espectros montados en escuálidos caballos bajan de la serranía y las madres, desesperadas, abrazan el cuerpo de los niños. ¡Lloran sin lágrimas para no mojar más la tierra!

El cuadro es de Millet

 

Gracias por  el tallereo  Letra.

La tarde

Abre la tarde.
Cuida una primavera,
es breve, mínima,
con dificultad pía;
pero es robusta.
Me comenta la tarde
que su plumaje
esta hecho de arcoíris
de viento y agua,
y cada hora que pasa
se fortalece.
No te extrañe, me dice
que cuando cante
el mundo se despierte
vistiendo mariposas.

Foto tomada con celular.

El color de la sangre

Tenía el puñal de su mejor amigo en la parte izquierda del pecho. A su alrededor las chicharras y,  en la lejanía los coyotes firmaban sobre el silencio de la noche. Respiraba con dolor. Pensó que su agresor iría ya por el arroyo cuando sintió el chapoteo de la sangre en la batea de su tórax.
El escritor de historias detuvo de tajo la narración, se volteó irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Pero una boca depositó un beso en el lóbulo de la oreja y con voz suave le dijo:
—Soñé que escribías algo para mí.
Aún estaba molesto, pero la caricia le disipó el enojo y tomándola de la cintura le susurró:
— ¿Qué deseas, un cuento jocoso o algún relato serio?Sigue leyendo «El color de la sangre»

La paloma

Desde la antena de  televisión una paloma obesa  dobla el cuello y picotea sus alas. Espulga de parásitos su plumaje, alza la cabeza y divisa al sol vespertino. Es una tarde bochornosa, percudida por los vehículos que dejan una estela de inmundicias: aire remolido, vientos oxidados, espray de fetideces y una que otra virginidad masculina.
La antena   es insegura o quizá la obesidad del ave ha doblado la frágil lámina del tubo y ella decide aletear por precaución y se refugia en la cúpula de la iglesia. Desde allí se ve el “paseo de las bolsas”: es un espacio alumbrado de colores por luces de neón y música que eructan las bocinas dispuestas en torres.  Es una cuadra de sudores, donde las manos de los mujercitos mueven la cartera como si jugaran al boliche, y ellas— las mujercitas— la bambolean  al ritmo de la cadera y al golpe del tacón. Están en la misma calle, pero cada grupo ocupa diferente acera. ¿Qué se dirán las miradas? ¿Y aquel adolescente a qué puerta tocará? El policía está Indeciso no sabe hacía donde dirigirse, pero por donde vaya,  llevará  una pelota más en el vientre. El adolescente se ha ubicado estratégicamente y mira con insistencia a  ambos lados. Se lleva las manos a la bolsa de su pantalón y saca una moneda, juguetea con ella, la frota y luego la lanza  hacia arriba. Vueltas y más vueltas  en el aire,  como si fuese  un maromero. ¿Cara o cruz?,  ¿Águila o sol? Tal vez en el volado esté su vida. Cerca del cielo la paloma amamanta a los huevos con el calor de su cuerpo. Las campanas llaman a misa de las siete y las devotas apresuran el paso, doblando esquinas para evitar las embestidas del fauno.

 

La prueba

Ella estaba en un rincón de la sala orquestando sus manos largas que más que ganchos parecían batutas. Él fumaba y tamborileaba pensamientos; nada le parecía relevante. Intentaba recordar, pero las evocaciones pasaban veloces y livianas.
— ¿Qué haces?
—Tejo.
— ¿Es una corbata?
Ella ignoró el sentido irónico y siguió con la labor.
—Sólo practico un punto que resista cualquier embate.
Él salió dando un portazo. Respiró hondo; la fina lluvia
rápidamente lo cubrió.
— ¡Tu gabardina!— le gritó.Sigue leyendo «La prueba»