Lo encontré en la poltrona. Había dos beatas: una de cada lado agitando los abanicos que trataban de romper las vejigas formadas por la sudación. Su cabeza reclinada sobre el cabezal del mueble, o bien, metida en el cuello y el tórax dando la impresión de ser un péndulo. Respiraba rápido, superficial. Tenía los globos de los ojos protruidos, sus manos las alternaba cerrándolas o abriéndolas para darse aire a sí mismo o para masajearse el pecho. Él sufría una gran crisis y quizá tuviese visiones oscuras. A cada rato repetía:
-¿Qué tengo?
Yo callaba. Su mirada recorría todos los lugares y ninguno.
Sabía con exactitud lo que pasaba. Cuando llegó su secretaria para decirme que fuese a darle atención, me informó que después de una breve, pero intensa disputa, ella le mencionó que no le había bajado su menstruación.
-Se lo dije en broma, estaba molesta.
De esa manera se disculpó la muy cabrona. El sudor, el sofoco en un hombre menor de treintaicinco años y con el antecedente de la noticia, me ofrecía un diagnóstico certero y la seguridad de tenerlo activo en un lapso de horas.
Abrí su vena, le instalé un suero, metí grandes dosis de vitamina B y, por último, un tranquilizante. Mañana, antes de clarear, estaría como si nada hubiese sucedido: ofreciendo la misa de gallo para los feligreses de la serranía. Eso pensé, pero no fue así. ¡Quién me iba a decir que el sacerdote era alérgico a la vitamina B y que el farmacéutico no se encontraba!
Hace quince días se le dio sepultura y hoy vino la secretaria a decirme, entre sollozos, que la broma que le había dicho al sacerdote, ya no era tal.












Hoy en la mañana cuando me duchaba, escuché que abrían la puerta. Al darme vuelta, me encontré con mi esposo en una actitud de recuperar una noche perdida de sexo. Le hablé con sutileza, le dije que ya tendríamos tiempo, pero el agua que caía de mi pelo dejaba gotas que se prendían a la piel, tal vez eso lo excitó tanto como mis palmas al acariciar mis pechos cuando los enjabonaba. Hubiese querido sentir lo mismo, sin embargo, la prisa, la urgencia de citas contraídas me tenían sin deseos. Sólo pensaba en el maldito tiempo que nunca es suficiente. Sentía un coraje que no deseaba expresar. Logré decirle suplicante: por favor, déjame salir. En un titubeo me zafé de sus brazos.