Doña

cox Doña Candi era esposa de un vaquero. El vaquero sabía de vacas y hacer hijos. Ella tenía como oficio ser mamá. El vaquero  gustaba de la cerveza y de gastar lo poco que ganaba en otras mujeres. Doña Candi, hacia todo lo posible por sostener a la prole. No, nada de pegarles a los hijos, anteponía su amor hacia ellos, ante los maltratos del vaquero. ¿Quién me lo decía? Nadie, sólo la veía trasteando frente a mi consultorio y lavando ropa ajena y cargando a sus pequeños. Nadie me decía nada. De vez en cuando, ella se acercaba a darme de lo poco que tenía: un café, una enchilada. Le veía la cara, su andar, su silencio y sabía, entonces, que esa mujer no estaba para odiar a nadie. Amaba a sus hijos por encima de toda pobreza.

De vuelta

perifericoHay días que pasan sin pena ni gloria, otros, sin que lo desees, vuelven a zarandearte. Días periféricos que sin ser cometas arriban y te percatas con el rabillo del ojo cuando transitas por la banqueta. Me turba ser de nuevo tu presa, pero es inútil resistir y estoy oliendo tus abrazos y mi boca memoriosa desfallece en tu aliento. Eres un pozo y soy pez, cuello de gacela y tú felina. Te vas alada y no se cuando llegará tu próximo asalto. Vivo tiempos periféricos.

El rescate

mujer derojoSabía de la partida, de tu viaje inexorable. Tiempo atrás fuimos fiesta, mandarina y caña; después quedó un camino de piedra y yuyo. Apreté mis años, reuní mis palabras, solté mis vientos, abrí la cremallera de mis subterráneos y renuncié con un golpe seco al adiós definitivo.

Mil disculpas

Todo es un machetazo al caballo de espadas. Aunque la cirugía  fue un éxito, encontraron otros problemas de fondo. Drusas. Seguramente han visto la foto del sol y una parvada de pájaros lo cruza por el centro. Las palomas son las Drusas que impide  que la luz llegue a plenitud. Luego una gripa que me tiene a fuego lento.  Un abrazo   grande a todos los blogueros que  puntualmente nos damos cita.

 

 

Los olvidados

manicomiosEn la mañana los internos de psiquiatría van en fila hacia las regaderas, el agua fría hace que tiriten sus cuerpos mientras esperan a ser secados por la asistente; toman una bata del montón y regresan a sus camas como sobrevivientes de un holocausto.

Cafeína

cafeinaTuve el impulso de pararme y vestirme. Creí que era ya muy tarde. La tranquilidad sobrevino cuando escuché a mi esposa dormir profundamente. Volví a acostarme, miré el reloj, oprimí el botón de luz, eran las cuatro de la mañana; una madrugada fría. Cerré los ojos y percibí el pulso al recostar mi cabeza. Conté la frecuencia, y rebasaba lo normal como si hubiese trotado. Respiré hondo. ¿Por qué mi corazón latía más de prisa? ¿Acaso sería mi presión, o el exceso de café durante el día?
A ella le encantaba el café y decía riendo:
– En este momento estoy hechizada, puedes hacer y deshacer de mí.
Yo reía. Era una broma, pero siempre la repetía. Empecé a creerle.

Una mañana, ya para salir del trabajo, la besé una, dos, tres veces, y seguimos y seguimos hasta que el café dejó de hacer efecto, y gritó:
– Tengo citas pendientes.
Después corriste buscando un taxi.

Subiste al auto, me observabas y desviabas tu mirada. Movías tu cabeza de un lado a otro. Verte con falda corta, invitaba a pasar mis manos sobre la tersura de tus piernas. Con una mano guiaba el auto, la otra planeaba sobre la suavidad de tu rodilla.
– ¿Te quedarías quieta, así como eres de juguetona?
Yo escuchaba ya los latidos de mi abdomen mientras tu mano de piel de oveja cubría mi entrepierna. Aquella vez vi cómo preparabas el café, colmado de harina.
– Es café turco – dijiste- y está recién tostado…

Apreté de nuevo la luz del reloj y, escasamente, habían pasado unos minutos.

Dos lunas

DOS-LUNAS

Tus lunas, las beso como una estampida de finas gotas. Lluvia breve en tu brazo   sorprendiendo tus sábanas agostadas.

Y te preguntarás ¿de dónde vino esto?

¿Por qué tengo perlado el sendero de mi brazo?

No hay nada que explique porque tu corazón ha corrido toda la tarde visitando tu pensamiento. Sólo sabes que el agua calma la sed de la boca y esa lluvia la de tu corazón…

Por reparación

Antología virtual de la minificción mexicanaSaldré unos días de circulación. me quitarán una cabellera húmeda que los oftalmólogos llaman catarata. Ya me despedí de ella. En  su lugar me pondrán un cristal,  como aquellos que de niños llamaba   canicas.  Espero tener el tiempo de más para ponerme al corriente con sus bellos textos. Un abrazo a la cofradía de blogeros. Rub

El sueño de Eunice

etudiantesDurante la noche tuvo  un sueño inquieto. Miraba las cosas como las ve el pasajero que va dentro de un tren en movimiento. Se despertó cuando la máquina se detuvo, pero  volvió a dormir. La máquina había tomado de nuevo el paso.

Bailaba  en un salón con lámparas de cristal con un sujeto sin rostro. Dejó a su pareja y fue hacía el jardín.    El riachuelo fluía rápido. Se sentó en la banca, sobre ella había un árbol y al lado un farol.

Una voz la sacó de sus cavilaciones y sintió miedo. Instintivamente se volteó.

—Buenas noches… perdona ¿te asusté?
—No —contestó ella, con fingida serenidad.
—Disculpa, es que te vi sola.
—Disfruto la noche.
— ¿Me puedo sentar a tu lado?
—Ya me iba.
—No quiero importunarte, acabo de llegar y me agradaría platicar, pero si no lo deseas, me retiro.
Con pasos cortos, el individuo comenzó a retirarse; se sintió descortés y le gritó:
— ¡Espere!Sigue leyendo «El sueño de Eunice»

La compañera

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Con que íntima tristeza deslice mis manos por la humedad de la tierra. Sentí que su bulbo no daría más hojas. Compañera de mi cuarto, testigo de mi soledad, amiga de todos y de la arañas; ellas no tendrán el verde de tus tallos, ni fabricaran sus columpios, donde algunas veces se mecieron mis ojos.

La siesta

vincent van GoghEl sol salió tímido. Hay rodajas de neblina por los cerros y en el imaginario meteorológico  se piensa que el astro se pondrá bravo después de  la media mañana. Atormentará  a la rosa, y  a los azares del limonero  que caen como copos de nieve,  los trastornará  hasta volverlos  tristes y amarillos. Todo se volverá silencio cuando el bochorno cruce  la pierna y fume su puro.

La barca

oral302Tirémonos en la alfombra y  dejemos nuestra ropa. Vivo en tu interior y sueño en tu boca.  Seamos viento y  flauta. Llevo mis manos por tu cintura y en la media luz de tu  espalda la doblaré con la fuerza de un tango. Seré barca en tu mar y sobre tu vientre desnudo mi agitación.  Tu ombligo redondo y profundo de  pétalo curvado. Mi lengua y mi  aliento, carruaje  de fuego que se vuelca hacía tu precipicio.

A tu flor me acercaré hasta que la fiebre la impulse a mirarme. La   envolveré como la luna hace con la hierba. La barca en el atracadero rechina y rechina…

La cobija

floresSigue lloviendo. El agua inexorable cae como lanzas sobre las hojas de los árboles y divide los poros de mi piel. Ya nada se puede hacer, es irremediable su llegada. El viento frío del norte está por arribar.  No son buenas noticias para las plantas enanas, flácidas y tiritantes. Las cubro con  un abrigo rojo para que combine con el anaranjado de sus retoños.

Visiones

tren.La luz del faro aluza al viento que persigue a la red, las sirenas y las olas. Tiemblan los peces.  En la memoria de la noche se oyen  pasos de viejos naufragios. El mar  contempla  a las almas que abrazadas al viejo tablón  sucumben al ojo espumoso del remolino.
Entre la roca que todo mira, se oye el asma de un tren en la montaña.

Chiquito y picoso

bogo181En el quicio,  los pichones picotean sus plumas, y esperan a la mujer que canturrea  salga a darle de  comer a los cotorros. Las  perras  dormitan y  no hacen nada por espantar a las palomas que  rodean hambrientas la jaula de los pericos. Saben las perras que su alimento no será tocado. Un día   las descaradas pagaron cara su osadía y una  de ellas fue traspasada por sus colmillos.

Hay un perico pequeño con el que tampoco se meten y es que él eriza sus plumas y  ladra como el  perro doberman del vecino.