De vuelta
Hay días que pasan sin pena ni gloria, otros, sin que lo desees, vuelven a zarandearte. Días periféricos que sin ser cometas arriban y te percatas con el rabillo del ojo cuando transitas por la banqueta. Me turba ser de nuevo tu presa, pero es inútil resistir y estoy oliendo tus abrazos y mi boca memoriosa desfallece en tu aliento. Eres un pozo y soy pez, cuello de gacela y tú felina. Te vas alada y no se cuando llegará tu próximo asalto. Vivo tiempos periféricos.
El rescate
Mil disculpas
Todo es un machetazo al caballo de espadas. Aunque la cirugía fue un éxito, encontraron otros problemas de fondo. Drusas. Seguramente han visto la foto del sol y una parvada de pájaros lo cruza por el centro. Las palomas son las Drusas que impide que la luz llegue a plenitud. Luego una gripa que me tiene a fuego lento. Un abrazo grande a todos los blogueros que puntualmente nos damos cita.
Los olvidados
Cafeína
Tuve el impulso de pararme y vestirme. Creí que era ya muy tarde. La tranquilidad sobrevino cuando escuché a mi esposa dormir profundamente. Volví a acostarme, miré el reloj, oprimí el botón de luz, eran las cuatro de la mañana; una madrugada fría. Cerré los ojos y percibí el pulso al recostar mi cabeza. Conté la frecuencia, y rebasaba lo normal como si hubiese trotado. Respiré hondo. ¿Por qué mi corazón latía más de prisa? ¿Acaso sería mi presión, o el exceso de café durante el día?
A ella le encantaba el café y decía riendo:
– En este momento estoy hechizada, puedes hacer y deshacer de mí.
Yo reía. Era una broma, pero siempre la repetía. Empecé a creerle.
Una mañana, ya para salir del trabajo, la besé una, dos, tres veces, y seguimos y seguimos hasta que el café dejó de hacer efecto, y gritó:
– Tengo citas pendientes.
Después corriste buscando un taxi.
Subiste al auto, me observabas y desviabas tu mirada. Movías tu cabeza de un lado a otro. Verte con falda corta, invitaba a pasar mis manos sobre la tersura de tus piernas. Con una mano guiaba el auto, la otra planeaba sobre la suavidad de tu rodilla.
– ¿Te quedarías quieta, así como eres de juguetona?
Yo escuchaba ya los latidos de mi abdomen mientras tu mano de piel de oveja cubría mi entrepierna. Aquella vez vi cómo preparabas el café, colmado de harina.
– Es café turco – dijiste- y está recién tostado…
Apreté de nuevo la luz del reloj y, escasamente, habían pasado unos minutos.
Dos lunas
Tus lunas, las beso como una estampida de finas gotas. Lluvia breve en tu brazo sorprendiendo tus sábanas agostadas.
Y te preguntarás ¿de dónde vino esto?
¿Por qué tengo perlado el sendero de mi brazo?
No hay nada que explique porque tu corazón ha corrido toda la tarde visitando tu pensamiento. Sólo sabes que el agua calma la sed de la boca y esa lluvia la de tu corazón…
Por reparación
Saldré unos días de circulación. me quitarán una cabellera húmeda que los oftalmólogos llaman catarata. Ya me despedí de ella. En su lugar me pondrán un cristal, como aquellos que de niños llamaba canicas. Espero tener el tiempo de más para ponerme al corriente con sus bellos textos. Un abrazo a la cofradía de blogeros. Rub
El sueño de Eunice
Durante la noche tuvo un sueño inquieto. Miraba las cosas como las ve el pasajero que va dentro de un tren en movimiento. Se despertó cuando la máquina se detuvo, pero volvió a dormir. La máquina había tomado de nuevo el paso.
Bailaba en un salón con lámparas de cristal con un sujeto sin rostro. Dejó a su pareja y fue hacía el jardín. El riachuelo fluía rápido. Se sentó en la banca, sobre ella había un árbol y al lado un farol.
Una voz la sacó de sus cavilaciones y sintió miedo. Instintivamente se volteó.
—Buenas noches… perdona ¿te asusté?
—No —contestó ella, con fingida serenidad.
—Disculpa, es que te vi sola.
—Disfruto la noche.
— ¿Me puedo sentar a tu lado?
—Ya me iba.
—No quiero importunarte, acabo de llegar y me agradaría platicar, pero si no lo deseas, me retiro.
Con pasos cortos, el individuo comenzó a retirarse; se sintió descortés y le gritó:
— ¡Espere!Sigue leyendo «El sueño de Eunice»
La compañera
La siesta
El sol salió tímido. Hay rodajas de neblina por los cerros y en el imaginario meteorológico se piensa que el astro se pondrá bravo después de la media mañana. Atormentará a la rosa, y a los azares del limonero que caen como copos de nieve, los trastornará hasta volverlos tristes y amarillos. Todo se volverá silencio cuando el bochorno cruce la pierna y fume su puro.
La barca
Tirémonos en la alfombra y dejemos nuestra ropa. Vivo en tu interior y sueño en tu boca. Seamos viento y flauta. Llevo mis manos por tu cintura y en la media luz de tu espalda la doblaré con la fuerza de un tango. Seré barca en tu mar y sobre tu vientre desnudo mi agitación. Tu ombligo redondo y profundo de pétalo curvado. Mi lengua y mi aliento, carruaje de fuego que se vuelca hacía tu precipicio.
A tu flor me acercaré hasta que la fiebre la impulse a mirarme. La envolveré como la luna hace con la hierba. La barca en el atracadero rechina y rechina…
La cobija
Sigue lloviendo. El agua inexorable cae como lanzas sobre las hojas de los árboles y divide los poros de mi piel. Ya nada se puede hacer, es irremediable su llegada. El viento frío del norte está por arribar. No son buenas noticias para las plantas enanas, flácidas y tiritantes. Las cubro con un abrigo rojo para que combine con el anaranjado de sus retoños.
Visiones
La luz del faro aluza al viento que persigue a la red, las sirenas y las olas. Tiemblan los peces. En la memoria de la noche se oyen pasos de viejos naufragios. El mar contempla a las almas que abrazadas al viejo tablón sucumben al ojo espumoso del remolino.
Entre la roca que todo mira, se oye el asma de un tren en la montaña.
Chiquito y picoso
En el quicio, los pichones picotean sus plumas, y esperan a la mujer que canturrea salga a darle de comer a los cotorros. Las perras dormitan y no hacen nada por espantar a las palomas que rodean hambrientas la jaula de los pericos. Saben las perras que su alimento no será tocado. Un día las descaradas pagaron cara su osadía y una de ellas fue traspasada por sus colmillos.
Hay un perico pequeño con el que tampoco se meten y es que él eriza sus plumas y ladra como el perro doberman del vecino.





