La metamorfosis (2)

esSoñé que corría desorientado por los arenales y los hilos de las telarañas cruzaban mi cara. Respiraba haciendo hipos y por el frío de la madrugada mi cuerpo era un temblor. Anteayer cuando leía el periódico, miré hacia la ventana y no pude percibir el reflejo de mi rostro. Lo atribuí al cansancio. Una mañana frente al espejo, quitándome una escama de la cara, vi que uno de los dedos faltaba. Sonreí. Pues me percaté que éste se escondía detrás de los otros.

Los sueños no variaban. Corría entre los arbustos preso de confusión sobre los médanos. En las espinas quedaban jirones de piel. Algunas veces escuchaba el ruido sordo de mis pisadas; en otras, el murmullo del mar y el silbido de la brisa cuando ésta roza los tallos secos de las ramas.

Siempre de la oficina a la casa. Si acaso pasaba a una tienda a comprar víveres, la mayor parte de las veces latas de salmón, en la creencia que el aceite era bueno para las funciones mentales. Leía y leía; y de pie, miraba la calle y a la muchedumbre hasta que ésta quedaba solitaria, moviéndose solamente los colores del semáforo.

Las noches transcurrían con lentitud. Mi corazón parecía anunciar con su tambor un espectáculo circense. Ése, donde el lanzador de cuchillos parte a la mitad una manzana que descansa en la testa de una mujer hermosa.

Revoloteaba en la cama como una libélula que aletea dentro de un frasco de vidrio. Cuando me situaba en posición fetal, el corazón parecía ubicarse dentro de mi boca, y el latido repercutía en las sienes. Las horas se hacían lentas, y la mente era una pizarra que cultivaba voces e imágenes que una tras otra se proyectaban y desaparecían, para dar inicio a otra serie. Escuchaba el carro pasar, un grito lejano y el ulular de una patrulla. Veía la transparencia de la luna reflejada en los vidrios de la ventana. ¿A qué horas el sueño llegaba en mi ayuda? No lo sé, pero cuando abría los ojos, rumiaba un cansancio apelmazado.

Un domingo lluvioso desperté. El frío dormía en mis pies y busqué otra frazada, temblé, hasta que el sueño – bendito sea- llegó. Bajo las sábanas vi la hora, eran cerca de las cuatro de la tarde. Recordé que la despensa estaba vacía y con gran pereza me vestí para ir al supermercado. Antes, pensé en tirar la basura acumulada de hace una semana, pero me dije: mañana. En la tienda, después de comprar lo de costumbre, tuve dificultades para coger la billetera y sacar el importe.
– ¿Le pasa algo, me dijo la cajera? ¡Se ve transparente!
Sonreí, le di las gracias y contesté.
– Debe de ser el frío de diciembre.

Un día me sorprendí por no percibir el olor del café, observé que mi foto en el buró era sólo una mancha de claroscuros y que el recuerdo de su visita a mi departamento se había envejecido.

Recordé súbitamente que ella, al mencionar nuestras vivencias, las refería siempre en pasado. Miré el algodón de la fina camiseta que un día me obsequió, había máculas de un rojo óxido. Un algo del corazón me dijo que debía acariciarla, pero al hacerlo noté con gran pesar que la tela ya no respondía a mis manos. Entonces caminé de un lado a otro sin sentir mi peso y observé que al fondo del cuarto, se abría un rayo de luz y que en la parte superior danzaban finos corpúsculos. Salté una, dos y tres veces hasta que conseguí atraparlos y tenerlos entre mis manos. Curiosamente después de mi esfuerzo, me perdí entre ellos.

Desasosiego dos

DOS-LUNAS¡Bendito el marido que me ha tocado! Tiene horas que se fue, pero mi corazón me dice que se quedó la mitad de él. No puedo dejar nada que lo haga imaginar que hay en la habitación una respiración diferente de la mía porque es capaz de todo.

Hasta el viento que mueve las persianas me causa zozobra. Quemé mi agenda de soltera frente a sus narices y sonrió como diciéndome: ¡eso no basta!

Cuando pienso hablarle a alguno de mis amigos, repiquetea el teléfono.

¿Qué haces? Me dice con voz recelosa.

Aquí, limpiando los viejos libros que heredé de la abuela.

¡Tirálos, eso es basura!

Lo haré a su tiempo.

Mis ojos se detienen en el pez dorado que parece mirarme , mientras él se despide con instrucciones y besos por el teléfono.

La abuela, siempre lozana y viuda.

Variola

investigadoresHace tiempo desollaste a reyes y aldeanos. Los que sobrevivieron quedaron ciegos o carcomidos.No discriminaste. Hoy vives encarcelada. En mis noches de perversidad mezclo tus ácidos para sumar tu letalidad. Tiemblo al pensar que un error puede serme fatal. El rechazo que la institución me impone, estimula mi deseo de ponerte en libertad. Tan sencillo como dejarte olvidada en algún aeropuerto y quince días después, brotarías en los cuerpos transformada en pequeñas vesículas hediondas de pus y muerte.

La sospecha

ciudadCuando su hijo cerraba la puerta, le lanzó un beso chasqueando la lengua. Ella entrecerró los ojos y creyó ver a su esposo que, hace dieciocho años, se había ido de viaje. Aún lo recuerda con la ceja levantada y aquella sonrisa coqueta con la cual se despidió. Para ella no era extraño que él se ausentara algunos días. Aquella vez, fue un otoño, y el frío se colaba por las rendijas de la puerta.
Vivían en un gran condominio donde los edificios parecían haber sido calcados. Lo recuerda como una buena persona, amoroso, sin embargo, eran notorias sus ausencias. Muchas veces tuvo que golpearle la mejilla para que volviera a la realidad. A veces lo sueña. Ella piensa que lo mataron, tal vez por robarle, tal vez…
Hace dieciocho años él entrecerró la puerta, había ordenado ropa para una semana, pero al ir bajando la escalera, se preguntó, ¿Qué tanto me amará mi mujer? Sería bueno saberlo. Y en vez de irse a la estación, se dio a buscar un cuarto de renta. Lo encontró y se quedó allí. En unos minutos, vivía cerca de su casa, y podría decirse que era un vecino nuevo de sí mismo. No salió durante semanas. Su barba creció. Compró ropa holgada de colores oscuros y un sombrero que abarcaba toda la testa. Meses después vigilaba el edificio donde vivía su familia. La seguía cuando iba a comprar a la comisaría; en ocasiones, y oculto en espacios estratégicos, podía observar su mirada sin brillo y el rostro adelgazado. Pasó el tiempo, la mujer siempre sola, y con una rectitud ejemplar. Cierta vez coincidieron en algún puesto del mercado y pudo escuchar alguna conversación con la verdulera. Su voz era clara, suave, y caía como si nada más hablara para sí misma. Recordaba su tono; recién se habían casado y aunque suave, comunicaba una alegría que podía sentirse porque le hacía cosquilla en el lóbulo de la oreja.
Muchos años pasaron. Y casi para cumplir los veinte se dio cuenta de que su mujer era íntegra; ahora estaba seguro de que no lo reconocería e intentaría enamorarla. Se hizo coincidir con ella, logró sacarle algunos monosílabos, y hasta pudo entablar una charla en la soledad de un parque, donde sin rodeos le habló como la primera vez. Ella sintió que una aguja se le clavaba en el corazón. Y aquellos ojos tristes volvieron a prenderse como un cerillo. Ella se llenó de una fina lluvia y en un instante pensó que había algo mágico en aquel hombre y al verlo con los labios entreabiertos lo tomó de la mejilla y lo besó como lo haría una muchacha de veinte años. Reconoció los labios del hombre que se ausentó y dio gracias a Dios por habérselo regresado. Él se retiró ofuscado, perdiéndose en los vericuetos de la gran ciudad y nunca más volvió a verla.

La prueba

Ella estaba en un rincón de la sala orquestando sus manos largas que más que ganchos parecían batutas. Él fumaba y tamborileaba pensamientos; nada le parecía relevante. Intentaba recordar, pero las evocaciones pasaban veloces y livianas.
— ¿Qué haces?
—Tejo.
— ¿Es una corbata?
Ella ignoró el sentido irónico y siguió con la labor.
—Solo practico un punto que resista cualquier embate.
Él salió dando un portazo. Respiró hondo; la fina lluvia rápidamente lo cubrió.
— ¡Tu gabardina! —le gritó.
—Eres divina, estás en todo.
—Te cuido— Le dijo paciente.
Se internó por las callejuelas del barrio. La luz mortecina dejaba ver los grafitis y bajo el dintel de un viejo portón, miró a un ciego que cantaba, percutiendo con sus pies un bote de lata. Entró en el bar, pidió un tequila, después otro. La luz traspasaba indiferente los dobleces del humo que salían de la boca de los escasos parroquianos. Un saxofonista resoplaba el instrumento. No aguantó más y pidió la cuenta.
Por la mañana, su esposa lo encontró colgado con el lienzo que ella había tejido. Dijo para sí: “El punto no es tan bueno, tendré que ajustarlo”, y empezó a vestirse de negro.

Renoir Tejedora

Célibe

pubCélibe camina por la playa, agradecida por el cosquilleo que hacen las burbujas que revientan entre los dedos de los pies.

Sentada contempla la puesta del sol en un lugar sombreado y solo. La brisa llega con olores de ostra que alborotan su pelo.

Entre sueña. Se desabotona la blusa para percibir el roce del viento. Entrecruza las piernas. Sus manos descansan en su vientre. No piensa, solo atiende al momento.Relajada disfruta del mar. Dormita y recrea a la hermana sentada sobre las piernas del novio, moviendo discretamente las caderas.

Llega un aire que despeina a la niña-mujer. Respira profundo, sus pechos empujan la blusa; y al contacto con la brisa brotan los pezones. Busca acomodo entrelazando sus piernas una y otra vez o abriendo y cerrando el compás. La brisa hurga en su interior. Se inquieta y suda. Llega un calor que rebalsa y recorre todo el cuerpo dejando un tic-tac de latidos en su bajo vientre. La mano laboriosa y gatuna salta al monte de Venus y retoza.

Después de la media noche

centroCasi es la media noche y las cuentas no ajustan. Me falta abrir y leer correspondencia que llegó del Ministerio de Hacienda. Mi espalda pide algo blando. ¡El calor es desesperante! Los abanicos no son suficientes. Abriré la ventana y levantaré un poco la cortina metálica para que corra aire fresco. A esta hora la gente se retira a sus casas, y la calle, poco a poco, se deshabita. Soy contador, superviso los estados financieros y hago el cálculo del tributo que el comerciante pagará al estado.
Tener trato para atender a los jefes de las dependencias, a los empleados que agilizan los trámites y a quienes nos contratan, es un trabajo arduo que exige discreción.

Miraré la correspondencia. El estilete para abrir cartas lo guardo en la bolsa de mi camisa. Si lo dejara en el escritorio, desaparecería entre los papeles.
Veamos, ésta es del Diario de la Federación dónde manifiestan un cambio en la norma 00325. Para fortuna mía, se refiere a las iglesias. Mis cincuenta años ya golpean. Ahora comprendo lo que el viejo tuvo que trabajar para comprar este espacio. ¡Me lo dejó de herencia! A los sesenta seguía con la fabricación manual de zapatos. Es un local que está en el subsuelo de un edificio de principios del siglo XX que, con el paso del tiempo, ha quedado en el primer cuadro de la ciudad.

Escucho el paso presuroso de la gente. El sonido de la sirena en la lejanía.
Me doblo como arco tratando de que el dolor disminuya, pero no, se hizo cruel. Decido reposar en el sofá que dispongo para mis clientes. Me digo que sólo será un momento. Boca abajo, y levantando un poco la testa es como mejor descanso. En dicha posición, mis ojos pueden mirar hacia la calle y ver el paso de las personas que transitan.

Ocho días después despierto sobresaltado en la cama de un hospital. Una luz mortecina sale de una lámpara que está sobre el buró. Mi esposa duerme profundamente en una poltrona acojinada. Yo trato de ubicarme mentalmente.
¿Cómo llegué a este lugar? Me questiono.

Recordé que en el momento de sumergirme en el sueño, había visto borrosamente las zapatillas de una mujer y, después, el ruido de su cuerpo recargado parcialmente contra la cortina. Al mirar sus piernas torneadas vi que una mano alzaba su falda. Ella respondía con suspiros entrecortados y gemidos. En un instante, el individuo levantó la cortina y, agachados, se introdujeron en mi local. Retozaban sobre la vieja alfombra, sin percatarse de mi presencia. Con la blusa abierta, él destrabó el sostenedor y acercando los pezones al centro, los succionaba a la vez. Ella, en silencio, metía sus dedos entre la abundante cabellera. Quedé estupefacto cuando él sacó un delgado puñal que hundió de un golpe por debajo del pezón izquierdo.
– ¡Estúpida, mil veces estúpida! –le gritaba. ¡A mí no me engañas! ¿Acaso crees que no me daría cuenta de que tú y el dueño de este sitio tienen amores?

Después de esa exclamación de odio, sacó el puñal del pecho y se abalanzó sobre mí. Cuando me daba vuelta para enfrentarlo, parte de la luz cayó sobre su rostro y, con sorpresa, comprobé que se trataba de una mujer. Fue lo último que divisé antes de sentir la punta acerada en mi carne, y la sangre que se deslizaba humedeciendo mis ropas.

La llegada del médico a la sala interrumpió mis pensamientos.
–Le daré el alta –dijo – luego de revisarme, y agregó antes de salir.
-Pero no me explico su estado de inconsciencia, ya que la herida no interesó ninguna zona vital.
Tampoco comprendió la tensión muscular en la expresión de mi cara y la crispación de mis manos cuando le pregunté por el cadáver de la mujer.
– ¿Cuál mujer, cuál cadáver? – Contestó tartamudeando.
–La que mataron frente a mí.
– ¿Se siente bien? No había ningún cadáver, usted estaba solo, tirado sobre un sillón, boca abajo, con parte del estilete clavado muy cerca de la arteria axilar. ¡No había nadie más!
Se retiró negando con la cabeza. Quedé abrumado.
–Seguramente aluciné –atiné a decir.

Una semana después, cuando estaban remodelando el despacho, ordené que quitaran el piso de madera para cambiarlo por cerámica. El obrero encontró un pequeño puñal, fino, largo, que parecía de juguete. Miró en forma furtiva a ambos lados y, sigilosamente, lo escondió debajo de sus ropas.
Yo bajé la mirada y preferí callar.

Ser Sax

saxHáblame al oído,
tócame con el azul eléctrico de tus manos,
dale finos dientes a tu respiración.
Convierteme en un sax
y rompe con encendidos solos
la plaza de tus deseos.

Escribiré

estudioSoy Susano Zabaleta y conozco al escritor. Somos amigos, pero si él dice que es blanco, yo, que negro. Cuando el enojo sube, le paramos, dando fin a la cuestión . Cambiamos de tema y decimos salud.

Un día dijo que no tomaría porque pretendía escribir como los ángeles. Por semanas no tuvimos ninguna charla, pero ese día, pareciera que el infierno había cambiado de domicilio, y fui a su departamento. Abrí la puerta sabiendo que allí estaba. Lo encontré escribiendo no sé qué cosas en su computadora y mirando diccionarios. No se inmutó.

—Espérame, no te vayas, termino y te atiendo, quiero enseñarte algo.

Con esa dichosa frase, me tuvo más de media hora.

—Ya termino, ya termino. —repetía. Estuve a punto de mandarlo a la chingada, cuando me dijo

—¿Sabes, Susano, que no tardaré en escribir como los ángeles? Tademus dice que los ángeles tienen piel; y en la espalda, las plumas que forman las alas.

Se desnudó. Dándome la espalda dijo:

—¡Mira! Ya me están saliendo las alas.

Yo, por más que miraba, no veía más que piel y espinillas.

—¿Cuáles alas? —pregunté.

—¡No seas ignorante! Sólo tienes que fijarte en los plumíferos: la piel enrojece y poco a poco, hacen erupción. Primero brotan las puntas de los caños que se enramaran de plumas. ¡Fíjate bien! ¡Acércate más! —dijo furioso.

Sólo encontré puntos rojizos.

—¡Tócame!

Toqué. Sentí pequeños nódulos y, sí, estaban enrojecidos.

—¡Es el principio de mis plumas! Dentro de poco, escribiré como los ángeles.

Versitos seis y siete

flor de silencioEn la montaña
junté mis poesías
y prendí fuego.
Nada quedó del río,
ni del rubí,
ni la flor de tus hombros.
Eres recuerdo,
como también lo soy.
De la montaña
descendí encanecido,
pero dispuesto
a sentir el asombro
del vuelo de las garzas.

7-

Leve sonido
es al romper un tallo,
a nadie ofende,
sucede en los caminos.
En mi interior
también tengo talluelos
que se fracturan:
un amigo que engaña
o un hijo que nos miente.

Sueño

niñoAnoche soñé. Tenía en mis brazos un bebé de meses, lo trataba como a una cosa. No le daba de comer. Estábamos en un cuarto de hotel y esperaba a su madre para entregárselo. Como no llegaba, lo dejé sobre un montículo de ropa fuera del hotel, creyendo que anduviera por donde anduviera se percataría de su hijo.

Volví al cuarto y ya casi al llegar, me llegó el presentimiento de que la madre tal vez no lo viese, y regresé. Frenético corría para rescatarlo. Al encontrarlo sano y salvo, sentí como si se hubiese abierto el día después de meses de no ver al sol; y a trote, corrí con él buscándole agua y alimento.

Tenía la preocupación legítima de que el bebé me necesitaba, y yo sonreía con él y apretándolo en mis brazos, corría bajando por caminos de lodo, después escalones. Buscaba en aquel pueblo un puesto donde comprar agua y leche. Cuando vi al bebé comer, sentí que estaba bien, fue un momento de gloria y luz para mi interior y lo acerqué a mi cuello, dándole golpes suaves sobre su espalda y apretándolo sobre mi corazón.

La peste

¡Qué grandes fuimos cuando conducíamos a millones de roedores desde Asia hasta Europa! La sangre de la rata era amarga; y dulce, la de los hombres. Por cada familia infectada sólo quedaba la mitad para contarlo. Si Atila fue el azote de Dios, nosotros lo fuimos de los hombres.peste

Versitos del uno al cinco

marip

Tardes de invierno
me agobian con su píe
al recordarte.
El flash de mi memoria
no sabe y me perturba.

2.-

Inquebrantable
lo que siento por ti,
es mar y hueso
inmenso azul profundo
que teme a tu desprecio.

3-

Llegan mujeres
que pasan a mi lado
zurciendo anhelos
doblando orillas de hombre.
Entre mis sueños
susurraba tu nombre.
Nunca llegaste.
¿Acaso te escondías?
No lo sé…no lo sé

4-

Oscuridad
y silencio en la calle,
nadie transita,
solo yo y mis recuerdos.
El golpeteo
del frío asusta mi alma.
Cuando mi caja
se abra seré ligero
como ave entre los vientos

5

abrió la tarde.
Cuida una primavera,
es breve, mínima,
con dificultad pía;
pero es robusta.
Me comenta la tarde
que su plumaje
esta hecho de arcoíris
de viento y agua,
y cada hora que pasa
se fortalece.
No te extrañe, me dice
que cuando cante

el mundo se despierte
vistiendo mariposas.

La foto

mujer caminandoEl cura penetró al dormitorio de la señora Josefina Santa Cruz. Sobre la pared, la imagen de Cristo, una foto de ella con el obispo. En otra se le miraba con el pelo largo, pantalón deportivo y caminando entre los eucaliptos. Tenía el clavo de un probable infarto. En su lecho, el pelo caoba y trenzado. La mirada fulgía ajada y tierna. Su médico ya había iniciado tratamiento y en breve llegaría la ambulancia.

El cura Anselmo recordaba las veces que organizó a la comunidad para que la iglesia se mantuviese. La recordaba rezando en la capilla. Lo hacía a solas. Su conducta humilde, servicial. ¿Qué podría confesar, si en ella todo era cristal? Preguntó suave.
—¿En qué has ofendido al Señor?
—Males antiguos regresan y deseo estar preparada. No lo he ofendido, pero quiero llegar hacia Él, con mi mejor traje.
—Siempre has sido transparente, hija mía.
—Mi vida en la comunidad la he hecho con las ventanas abiertas, pero hay espinas que siguen.
—Te escucho.Sigue leyendo «La foto»

Callejero

perroSentada bajo la sombra del almendro, una niña mira hacia el caserío imaginando que su perro yace con el lomo quebrado en alguna callejuela. Su mirada es llorosa. Las amigas que pasan la saludan. Algunas acompañadas de sus mascotas.

Está por regresar a su casa cuando siente el roce de un lomo peludo por sus piernas. Sabe qué es. Se hace la indiferente y alzando la voz lo regaña por no avisarle dónde se había metido.
-¡Dos días sin saber de ti! ¡Es demasiado!
El Perro le mueve la cola. Ella no se inmuta. Su mirada profunda se vuelve más triste y avizora que en un futuro, “Callejero” no regresará.

Desde lo más dentro lo regaña con gimoteos.
– ¡No has sido buen perro! ¡Eres libertino, andariego!
El can lame sus manos, chilla, mueve la cola. Ella suspira, lagrimea. Toma de la calle piedras y cerrando los ojos, las tira a no darle y le grita.
– ¡Vete!
Camina dándole la espalda y, después, corre hasta perderse en un punto.