
Haiku
Las petunias
con su color magenta
visten la tarde.

El nonagenario

Lo acomodaban en una mecedora con vistas a la calle; que se entretuviese mirando pasar a la gente. Dormitaba, o bien el parloteo de las viejas que regresaban del mercado, lo despertaba. Ayer pasó un ángel, vestido corto y moviendo con cadencia la cadera, sin corpiño. Al verla, un rayo lo cimbró de la cabeza hasta el pubis. Sonrió y se dijo “joder, estoy cachondo”
Ayer y hoy
No había sacerdote en el poblado, la gente iba hacia la playa y practicaban el rito del bautismo. Viajaban en lanchas, río abajo. Al llegar a la bocana, las olas crispadas podían voltear la embarcación, y más de una gente murió ahogada. Decía doña Mercedes: las playas de aquel tiempo estaban llenas de vida; mi mamá, que sabía manejar bien el bote, siempre traía un trasto de lámina que había servido para almacenar las galletas. En el mar por donde quiera que miraras se movía algo, en el cielo las gaviotas, bandadas de pájaros, mariposas que parecían marchar. Sobre la arena enormes cangrejos, cuando una ola deslizaba dejaban jaibas, pulpos pequeños y caracoles. Cuando teníamos hambre, juntábamos leña, y en el cacharro ponía agua dulce y nos hacía de comer, recogiendo de la playa el alimento. Hoy, todo venden.
¿Seré siempre de ti?

Algún día dejaré de escribir sobre ti. —Ella se río.
—Imposible. Mi alma es paisaje . Nunca dejarás de escribir.
—Guardaré silencio.
— Peor. —Repetiré que sigas con tu labor.
— Moriré.
—Me das risa, entonces obedecerás como espíritu, con el atributo de que tu escritura desaparecerá en cuanto termines un texto y volverás infinitamente al inicio.
—¡Soy entonces de ti!
—¡También soy de ti! Estamos encadenados, ¡así qué escribe!
Dijo imperativa la hoja en blanco.
Soñando
Tu espalda es un mar,mis labios una barca. Remo a la vera de tu columna y la habito
.
Taza de café

Me vestí con un short hecho de una tela delgada, adherente y un suspensorio. Terminaba de calzarme los tenis para ir a trotar cuando oí sus pasos.
— ¡Ah… ya hizo café! –Exclamé.
¿Quiere que le sirva una taza?
Dije que sí
Había un sofá de tela aterciopelada verde oscuro. Ella sentada. De reojo la veía. Me acuclillé y quedamos cara a cara. No recuerdo que le decía acerca de la vida. Dejamos de hablar. Sólo murmullos, pulsos, alientos cortados. Mis labios en su oído, su cuello, sus senos. ¡Ah… sus senos! Los respiré. Mis manos exploraban por dentro del vestido, los muslos duros. Sentí el elástico de sus bragas, metí los pulgares y con lentitud empecé a tirar hacia abajo. No opuso resistencia, facilitó al levantar sus caderas. Yo seguía en cuclillas, besaba sus rodillas, y ella relajó sus piernas. Rodaban mis labios por su piel, mi humedad buscó la suya. Labio con labio. Su cadera y la mía se amoldaban; sudor, respiración y nuestros gemidos que fueron ocultados por el griterío de los vendedores ambulantes.
Minutos después salí a correr por un viejo camino real lleno de árboles de naranjo. Imposible no recrear lo que había pasado a cada zancada, la brevedad del short, el roce constante de la tela volvió a incendiarme y retorné para degustar otro café.
La mujer

El sol no tardará en salir. En silencio trota, sólo ella y su pensamiento. Escucha gritos lejanos que provienen de la zona boscosa de la ciudad. Los resplandores de las torres de la iglesia iluminan el rocío. La mirada se fuga y surge el color viejo del pasado. Recuerda su cara agraciada, la misma que ahora ve en sus hijos. Cerca del parque central, a una cuadra de la escuela donde estudió la primaria se ve jugando con sus amigas, ¿qué habrán hecho de su vida? En una calle casi en las afueras de la ciudad, reconoce la casa donde vivió con sus hermanos, parece oír la voz de su madre, que con los brazos cansados la abrigaban en las noches de oscuridad y de frío. Ya llega la alborada, se oye el canto de los pájaros, el aroma de la hierba, el color rosa de la cordillera y silba el himno escolar. Su novio, el primero y el único, le vislumbra, suspira recordando el inmenso placer de amarlo, entregada en espíritu y carne.
Sube por la pendiente, La respiración se hace asmática, el sudor se desliza por la piel. Se ve en su departamento, durmiendo después de la media noche y levantándose antes de que el sol abra. Los años pasan. El esposo vive obseso de su trabajo, apenas si se da cuenta que los hijos están convertidos en hombres. Al dar la vuelta, en una esquina se topa con la mujer que barre la calle. Es la misma falda negra, su escoba hecha de ramas de árboles caídos que día a día sirve para recoger la basura y de lo encontrado, mantiene a su prole; al pasar a su lado siente su mirada vacía. Muerde sus labios, desea darle los buenos días, y sólo levanta la mano. Prosigue su carrera golpeando el cemento. Va aclarando el día. Levanta la mirada y divisa los cerros que parecen puños levantados. Sobre el horizonte, el sol está saliendo, deja en las paredes del caserío un color de naranja suave. En el descenso, el sudor se desvanece por el viento frío. Un rocío cae y baña su espalda produciéndole escalofrío.
De la oscuridad del pensamiento corren como bolas de fuego los silencios y el desamor de un hombre que se extravió en la vida. Respira profundo a pesar de que tiene nudos en el pecho y a punto de desfallecer y quedarse a la vera del camino, saca del vientre un impulso más, logra rebasar la loma y seguir y seguir. Pareciera que corre por inercia; sobre el paisaje llega una ventisca con olor de frutas, levanta la cara sobre el bermellón de las montañas y continúa con más fuerza; es ave que levanta el vuelo saliendo de los abismos. El día abre.
El gato

Por la fría mañana pasan con lentitud viejos años.
La neblina levanta y cubre en espirales el bosque de perones
Una mano niña tirita en la ventana
y por la rendija
descubre que hay motivo para sonreír;
es el gato que intenta atrapar los cabellos de la niebla.
Brevedad negra







