Hayku
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La nieve cubre
los pinos de la tundra.
El sol emerge.
El baile
Me habían dicho que Lillo era quien bailaba vestido de payaso. No imaginé que aquel viejo aserrador, diestro en trepar los árboles, fuese el danzante. De cara terrosa, cuarteada y con ojillos que simulan persianas entrecerradas, llegaba a la falda de la montaña al clarear la mañana para aserrar la caoba, el cedro o el carboncillo. Es el oficio que aprendió y sabe del quehacer, pues una tabla serruchada por él mide una pulgada por cualquier lado. Lo hacía a escondidas de los militares, por encargo de los ricos. Es un trabajo duro que lo contrapone con sus emociones, por lo que murmuraba -en totonaco- un rezo de perdón.
Tirar el árbol, derramarlo, trozarlo, subirlo a una tarima exige destreza. Trabajaba en silencio. El único ruido que se oía era el roer de los dientes de acero. Era una sierra manual que requería un ojo aritmético y un pulso fino para mantener la dirección del corte. Su oído tenía que ignorar el dolor de la madera y concentrarse en el ruido que hacen las pisadas de los caballos, las voces y ecos. Adquirió con los años un oído de centinela.
Por las tardes, Lillo deambulaba por el parque, la iglesia o el palacio municipal y al saludarlo, sabías que su mano era una pinza revestida por una piel callosa y gruesa. Traía cabello corto que lo cubría con su sombrero de palma; la frente, surcada por canales, servía de marco para unos ojos que ven mejor cuando los entrecierra, pero no adivinas qué hay detrás; sólo se ve una carnosidad, que amenaza con saltar.
En la plaza había ruido de tambores y violines. Sobre la gente arremolinada, atisbé, entre los hombros y sombreros, el baile del payaso. En medio del cuadrado estaba él vestido de colores y con mascara; en cada ángulo, un bailador. Movía hombros y piernas con gracia y elasticidad; se acercaba a cada uno de los danzantes y, bajo el influjo de la música, estremecía su cuerpo, lo hacía temblar durante unos minutos. Con vertiginosa armonía, saltaba de una esquina a otra. Tal parecía un reto que finalizaba consigo mismo. Bailaba solo; sus acompañantes habían desaparecido. Entre el silencio y la risa destacaba –más aún – su profunda soledad: se hacía irreal, sin tiempo. Era un espíritu libre, lejos de la pobreza y la miseria diaria. Poco a poco, doblaba su cuerpo, llegaban las convulsiones y la muerte que coincidía con la nota aguda y lastimera del violín. El público le miraba con tristeza, como viendo parte de su vida en la muerte del payaso. Poco después, cada quién seguía su camino.
El tigre

En la fría, soleada mañana llegó el pájaro que acicala , es un ave que le acomoda el pelo con la peineta de su pico. Él responde con gruñidos , el ave entre chisme y chisme quita las garrapatas del cuello y sigue.
Hoy no gruñó el tigre y el ave comprendió que era un día diferente y calló respetando su deseo.Tiene la cabeza oculta entre sus patas y no percibe que las mariposas revolotean alrededor de su testa. Arriba hay sol tibio, no siente el calor que cae sobre el lomo.
Anoche no levantó su testa al cielo. La luna se fue malhumorada; gusta reflejarse en sus ojos; Allí se peina, corrige sus aretes y se retira.
¡Se fue el hijo del tigre! él se ha quedado solo, ya no harán las correrías por caminos que le enseñó. Sabe que es viejo, no tendrá más hijos. Tiene una mirada lejana. Recuerda los besos del cachorro sobre su hocico, los juegos insistentes, con sus manazas.
Todo fue después de la tormenta, del rayo que mordió los hombros de la montaña.¿Qué dislocó su corazón? para que su hijo cambiara tanto: se hizo taciturno, de mal carácter, y luego enmudeció.
Está solo, pero eso no le preocupa. Él disfruta del viento, la mirada de la luna y el grito en la lejanía de los búhos. Su hijo se fue; eso pasaría tarde o temprano., preocupa lo que dijo antes de irse, lo dijo sin decirlo. Pero el padre adivina que le han dado ansias de matar por el sólo placer de matar y eso no lo soporta.
La tierra

El hombre la parásita,
la desnuda, desequilibra
Ella soporta al político
al inversionista
al mercader
al soldado
al cura
y hasta los poetas.
¿Y quién nos amparará
cuando ella diga Basta?
El mar (Haibun)
Había visto tu bastedad de pie sobre un acantilado: la playa, las olas mansas. ¡Nunca había estado cara a cara! Asombras, enmudeces, abrumas, empequeñeces.
Vuelves al escuchar el graznido de las aves, te extasías ante la marcha de los delfines o el vuelo mudo de los pelícanos. Hay agua viva, percibes que abajo hay un cuerpo gigantesco que respira.
Bajo mis pies,
y miles de miradas
la inmensidad.
Bajo mis pies,
y miles de mirada
la inmensidad.
¿Y después de la torre?
Nos enamoramos. Entre sueños cuando construíamos codo a codo la Torre de Babel, se rompió la palabra y después el entendimiento.
Hayku
Es primavera.
los árboles carentes
aún te esperan.
Fútbol
Cuando al defensa le ganaron la espalda, supo que su portería sería vulnerada.
La íntima amiga

Susi me esperaba sentada en un café de chinos. Frente a ella, pensé en la diferencia que había con aquella que traté en la escuela del barrio. Me dio un beso en la mejilla; capté su olor a tabaco. De jóvenes concurríamos a los mismos lugares; las miradas de los varones siempre se movían al compás de sus caderas. Caminos diferentes nos separaron, ella de tumbo en tumbo, yo entre las velas, el rosario y el recato. Mientras sorbíamos el café, confesó su deseo de darle un giro a su vida. Instalar un negocio de ropa, de costura, abandonar la vida en rosa. Me solicitó una buena cantidad de dinero en condición de préstamo para rehacer su vida, cosa que aplaudí, se lo prometí de corazón, ¡por los viejos tiempos! Claro, antes continuaría trabajando con la juventud que le restaba, en el salón privado donde noche tras noche prostituía. Yo, como administradora de dichos negocios le ahorraría su bono para el retiro.
Tanka
Se va el amor,
mudo desaparece.
Pero el recuerdo
de lo intenso y vivido
florea para siempre.
Soy más viejo que mi padre
. 
Sale luz brillante de la lámpara, escucho, “sólo miraras puntitos de colores. cuéntalos”. Llegué a tres y no supe. la náusea brinca bajo la lengua. Tengo frío, frío intenso, dentro. A dos camillas de la mía, una niña se queja. Con señas hice que la enfermera me auxiliara. Me cubre con una frazada y deja un riñón de acero por si vomito. Muevo manos, pies y siento. “es ganancia” Supe por la enfermera que fueron casi cinco horas de cirugía de espalda. Dormito, sueño, o no sé; despierto e intento arquear. La niña se queja y me duele. “solo tiene diez años, escucho otra voz. Dile a su médico.
soy más viejo que mi padre, me duele serlo; dolor íntimo, petrificado. Padre Hubieses recogido el olor de la tierra si hubieses llegado a mi edad. Cargo piedras que ruedan sobre mi espalda herida. Dolor que hace bolas o se estira; es tan pequeño como inmenso fue el tuyo Nada comparado con tu sufrimiento. Tan joven que eras y yo tan viejo.
Viaje de olores ( haibun)
Miraba las buganvilias. llegó el aroma de la vainilla; el grano de café al tostar escapaba de cada casa. La vaina verde desdoblaba en perfume y la cereza en el comal exhala una fragancia que aloca el corazón. Son mujer y varón. La vainilla cobijando en la intimidad; el café en la mañana es campana, llama a chicos y grandes a compartir la mesa, antes de encontrarse con los quehaceres de la vida.
Pueblo de olores
niebla, flores y piedra.
Suenan campanas.
Poesía de nuestro jardín interior
Monet








